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CREADA EL 12 DE FEBRERO DE 2002 PAGINA WEB DE PEDRO DONOSO BRANT Reflexiones sobre Dios Jesús Marti Ballester Como la bienaventuranza es el fruto de las
virtudes, santo Tomás, después de exponer las virtudes de Dios, la sabiduría,
el amor, la justicia, la misericordia, la providencia y el poder, trata de la
bienaventuranza de Dios en la cuestión XXVI, con la que concluye su tratado
de DIOS UNO. Por También es anunciada por Isaías EL ARGUMENTO DE SANTO TOMAS Santo Tomás, fundamentado en la Ética de
Aristóteles y en el texto citado de la primera carta de Pablo a Timoteo 6,15,
nos ofrece el argumento teológico: En cambio Dios es felicísimo porque se
contempla incesantemente a sí mismo, y se ama con amor infinito, y se
reconoce lleno de infinita majestad, belleza y santidad. Su excelsa divinidad
es atravesada y penetrada por insondables e inmensos torrentes de gozo, que
culminan en la beatitud contemplativa y activa que constituye su infinita
bienaventuranza. Dios encuentra la felicidad que
proporciona la vida contemplativa eminentemente contenida en la contemplación
clara y continua de su ser divino y de todas las criaturas en El, así como la
felicidad de la vida activa la encuentra en el gobierno de todo el universo.
La bienaventuranza significa el bien perfecto de la naturaleza intelectual,
pues así como todos los seres apetecen su perfección, la naturaleza
intelectual apetece ser bienaventurada. Ahora bien, lo más perfecto que hay
en la naturaleza intelectual es la operación intelectual por la que adquiere
todas las cosas y, por consiguiente, la bienaventuranza de la naturaleza
intelectual consiste en entender. Y aunque en Dios el ser y el entender no
son realmente distintos, sus conceptos sí son distintos, por lo tanto, la bienaventuranza
se le atribuye a Dios por el entendimiento, como también a los
bienaventurados, que lo son, por su identificación con la naturaleza divina. En Dios, pues, el placer que proporcionan
el disfrute de los placeres terrenos se encuentra eminentemente compensado
por el gozo inmenso que siente de sí mismo y de la compañía de todos los
santos; el placer de la riqueza, por su suprema saciedad y abundancia; el del
poder, por su omnipotencia; el de la dignidad, por el gobierno de toda la
creación; y el de la fama por la admiración y alabanza de toda la creación. Y
es evidente que si la contemplación y el amor de sí mismo llena las infinitas
profundidades de su entendimiento y de su voluntad, mucho más llenará las
débiles y limitadas capacidades de las criaturas humanas. Santo Tomás es heredero de la filosofía de
Platón y de Aristóteles que define la felicidad como la ausencia de
necesidades y considera la dicha y la felicidad como fruto de las virtudes
espirituales y éticas. Según EL HOMBRE DESEA Dice San Agustín: "Ciertamente todos
queremos vivir felices. ¿Cómo es que yo te busco, Señor? Porque al buscarte,
Dios mío, busco la vida feliz, haz que te busque para que viva mi alma,
porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de ti". Y añade Santo
Tomás: "Solo Dios sacia". En efecto, el deseo humano de la
felicidad, bien supremo de la vida humana, ha sido reflexionado por los
grandes pensadores de la antigüedad, y en sentido cristiano por primera vez
por San Agustín, cuya es la terminología de ser, usar, gozar, para expresar
la realidad corporal del hombre, la espiritual y la personal. En resumen, si
el hombre quiere ser feliz debe armonizar su relación consigo mismo, con el
mundo, con el prójimo y con Dios. La respuesta de los catecismos antiguos
pronunciaba la última palabra señalando a Dios como meta y fin del hombre,
pasando demasiado deprisa sobre las realidades terrenas, sin captar la
búsqueda del hombre moderno. Para conseguir la felicidad nos hace falta una
purificación de nuestros conceptos, de nuestras actitudes y de nuestros malos
instintos. Sólo con purificación se consigue la santificación propia y el
establecimiento del reino de Dios entre los hombres, por Según Boecio, la
felicidad terrena consiste en placeres, riquezas, poder, riqueza y fama. Los
hombres de todos los tiempos nos dirán que la felicidad consiste en vivir, amar,
y gozar. Pero vivir se acaba con la muerte, pasando por el final de la
infancia, de los bríos de la juventud y de la madurez de la vida y de los
recuerdos, las relaciones, y el agotamiento paulatino de las fuerzas. Amar es
bello, pero el gran experto en amor que era San Agustín, escribe en sus
Confesiones: "Aún no amaba y deseaba amar, sin saber la complicación que
trae consigo el amor humano. Las pasiones de mi carne me decían por lo bajo:
« ¿Nos dejas?» Y « ¿desde este momento no estaremos contigo por siempre
jamás?» Y « ¿desde este momento nunca más te será lícito esto y aquello?» ¡Y
qué cosas, Dios mío, qué cosas me sugerían con las palabras esto y aquello!
Por tu misericordia aléjalas del alma de tu siervo. ¡Oh, qué suciedades me
sugerían, qué indecencias! Conseguían que yo, vacilante, tardase en romper,
en desentenderme de ellas y saltar adonde era llamado, mientras la costumbre
violenta me decía: « ¿Qué?, ¿piensas tú que podrás vivir sin estas cosas?»
Mas esto lo decía ya muy tibiamente". Sigue Agustín en su bravo combate:
"Se me dejaba ver la casta dignidad de la continencia, serena y alegre,
acariciándome honestamente para que me acercase y no vacilara y extendiendo
para recibirme y abrazarme sus piadosas manos, llenas de multitud de buenos
ejemplos. Allí una multitud de niños y niñas, allí una juventud numerosa y
hombres de toda edad, viudas venerables y vírgenes, y en todas la misma
continencia, no estéril, sino fecunda madre de hijos, nacidos de los gozos de
su esposo, tú, ¡oh Señor! Y reíase ella de mí con
risa alentadora, como diciendo: « ¿No podrás tú lo que éstos y éstas? ¿O es
que éstos y éstas lo pueden por sí mismos? También narraré de qué modo me
libraste del vínculo del deseo carnal, que me tenía estrechísimamente
cautivo, y de la servidumbre de los negocios seculares, y confesaré tu
nombre, ¡oh, Señor!, ayudador mío y redentor mío. Hacía las cosas de
costumbre con angustia creciente y todos los días suspiraba por ti y
frecuentaba tu iglesia todo lo que me dejaban libre los negocios, bajo cuyo
peso gemía. A mí, cautivo, me atormentaba enormemente la costumbre de saciar
aquella mi insaciable concupiscencia". Gozar es muy dulce, pero se paga
caro. Refiere Goethe, que Bismarck,
Canciller del imperio alemán, había dicho al final de su vida: "Si sumo
las horas escasas de verdadera felicidad, no llego a contar más de 24".
Es lo mismo que, harto de placeres, confesaba el Califa Abderramán,
insigne estadista, al final de su reinado de 50 años, que no había sido feliz
más que 15 días. San Agustín, al fin, victoriosa la gracia,
lanza su grito, como una flecha: "¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y
tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y
por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas
hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no lo estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no
estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera;
brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y
respiré, y estoy anhelándote; gusté de ti, y siento hambre y sed, me tocaste,
y me abrasé en tu paz". Santa Teresa contempla la felicidad
infinita de Dios rebosante en nuestro ser creatural,
como "un deleite soberano que contenta y satisface el alma, sostenida en
aquellos divinos brazos y sustentada por aquella leche divina". La leche
del que es bienaventurado porque se conoce y ama y goza de sí mismo. COMO GOZARAN LOS BIENAVENTURADOS Una es la
bienaventuranza del alma y otra la del hombre. La del alma consiste en la
visión directa del rostro de Dios (1 Jn 3,2), que ahora es incomprensible.
Pero hay una gloria del cuerpo, exigida por el compuesto humano, aunque
comparada con visión esencial del gozo del Bien y de Pedro Sergio Antonio Donoso Brant |