LA CIENCIA Y LA DOBLE ACCION DE DIOS
Después de reflexionar y estudiar sobre la
naturaleza divina, meditamos con Santo Tomás sobre sus obras, porque el obrar
sigue al ser, o sea, el ser primero es, después obra, actúa. Dos géneros de
operaciones hay en Dios, unas inmanentes y otras transeúntes. Las inmanentes
permanecen en el mismo Dios y son: la operación de entender, a la que sigue
la operación de querer, pues sólo puede ser querido un bien cuando ha sido
previamente conocido. Las operaciones transeúntes producen un efecto exterior
y extrínseco al mismo Dios, tal es el poder de Dios sobre toda la entera
creación. Lo que Dios conoce, por su acción inmanente, origina su ciencia,
tomada aquí en su más amplio sentido, como conocimiento cierto y evidente de
las cosas. Por tanto cuando hablamos de ciencia de Dios, estamos hablando de
conocimiento de Dios. Los molinistas, creadores de la ciencia media,
admitirán el conocimiento de Dios de los actos futuribles, que son aquellos
que los hombres podrían realizar en uso de su libertad, pero que son sólo
potenciales.
LA CIENCIA DE DIOS ES VERDAD DE FE
Es de fe que Dios es infinitamente
inteligente y que su ciencia o conocimiento o sabiduría son infinitos. Así lo
dice en diversos lugares la Sagrada Escritura: "Es inmensa la sabiduría
del Señor, es grande su poder y lo ve todo" (Eclo 15,18). "El Señor
es un Dios que sabe, él es quien pesa las acciones" (1 Sm 2,3); "En El están la sabiduría y el poder; suyo
es el consejo, suya la prudencia" (Jb 12,13). El libro de la Sabiduría nos da pie
para garantizar la Ciencia
de Dios, que se pone de manifiesto en la conducción de los Patriarcas de
Israel y en su acción sobre Moisés (Sap 10,9). La
liberación admirable y milagrosa de José, vendido por sus hermanos: "La
sabiduría sacó de apuros a sus adictos. Al justo que escapaba de la ira de su
hermano lo condujo por sendas llanas; le dio éxito a sus tareas e hizo
fecundos sus trabajos: le protegió contra la codicia de sus explotadores y lo
enriqueció; lo defendió de sus enemigos y lo puso a salvo de sus
asechanzas" (lb.). Proclaman su Sabiduría los Salmos: "El hizo
sabiamente los cielos" (Sal 135,5). Y el libro del Eclesiástico dice
determinadamente: "Toda sabiduría viene del Señor y está con él
eternamente... Uno solo es sabio" (Ecclo 1,1).
MANIFESTACIÓN ESPLÉNDIDA DE LA CIENCIA DE DIOS
La ciencia de Dios se manifiesta
esplendorosamente tanto en el reino de la naturaleza como en el de la gracia:
en la creación del cuerpo del hombre, en su complejidad y armonía, en la
actividad del alma y de sus potencias, más complicadas y prolijas que los más
potentes ordenadores, que le ha permitido crear esos ordenadores e inventar
los grandes ingenios, sobre todo del siglo XX; la creación de la tierra y sus
condiciones climatológicas; la del mundo maravilloso de los animales y el de
las plantas; el desarrollo de una espiga, la floración de una rosa, la
fecundación de las plantas por medio del viento. La creación del reino
sideral con sus misterios admirables, tantísimos
aún sin descubrir. El reino de la gracia y su desarrollo; la vida mística,
evolución de la misma vida divina; los misterios insondables y
misericordiosos de la
Encarnación y de la Eucaristía. La
fundación y la historia de la
Iglesia y su crecimiento. Ante tal cúmulo de prodigios nos
prosternamos y adoramos con San Pablo al Dios todo sabio: "¡Oh
profundidad de la riqueza, de la sabiduría y ciencia de Dios! ¡Cuán
insondables son sus juicios y cuán inescrutables sus caminos!" (Rm
11,33).
LA VOZ DE LA IGLESIA INFALIBLE
El Concilio Vaticano I define que Dios es
infinito en su entendimiento, en Su voluntad y en todas las perfecciones... y que todo
está desnudo y patente a sus ojos. Santo Tomás razona que cuanto más
inmaterial es un ser más conocimiento tiene. Las plantas no conocen, porque
son puramente materiales. Y el entendimiento humano conoce mejor que los
sentidos, porque está más alejado de la materia. Como Dios es espíritu
purísimo, es infinitamente inteligente y lo conoce todo con infinita perfección¬
LA VOZ DE LOS SANTOS ANTE LA IGNORANCIA HUMANA
Santa Teresa adopta la palabra sabiduría
casi siempre para designar la ciencia y el conocimiento de Dios: “Ante la Sabiduría infinita,
vale más un poco de estudio de humildad y un acto de ella, que toda la
ciencia del mundo”. Y como lo ha hecho todo, evidentemente sabe cuál es el
modo mejor de usar las cosas que ha hecho, cuál es el mejor plan que deben
seguir sus criaturas. Cuando nos quejamos y decimos “¿por qué hace Dios
esto?”, pensemos que un niño al que su madre le quita de sus manos
inconscientes las cerillas o el cuchillo con que está jugando, tiene mucha
más razón de enfadarse que el hombre, cuando en su limitada inteligencia,
pone en duda la infinita sabiduría de Dios. Para afirmar que Dios es
infinitamente sabio, basta observar el orden de la Creación
Los hombres podemos participar en la
ciencia de Dios, porque Dios puede conceder y concede su sabiduría, como a
José en Egipto (Gn 37); a Salomón para gobernar a su pueblo, como leemos en
(3 Rey 3.5); y a Daniel ante Nabucodonosor en el juicio contra Susana (Dn 13,45). Pero el camino para conseguir esa sabiduría,
ha escrito San Juan de la Cruz,
es el de la humildad: "para venir el alma a unirse con la sabiduría de
Dios, antes ha de ir no sabiendo que sabiendo" (Subida 1, 4, 4).
TEOLOGÍA COMO CIENCIA
Santo Tomás considera la teología como
ciencia y afronta en la Suma
un horizonte más amplio cuando se plantea si el hombre tiene necesidad de un
saber que sobrepase los límites de la razón, pues, como el hombre tiene una
meta que va más allá de su razón, necesita una luz superior, la luz divina,
que le indique la meta y el camino. Aunque con mucho trabajo podríamos intuir
algo de la verdad última, sin su Revelación, siempre caminaríamos a tientas
rastreando en la oscuridad. Sin el conocimiento de la Revelación el
misterio más íntimo de Dios y el de su vida permanecerían ocultos para el
hombre.
La ciencia no es un fin en sí misma; ella
siempre tiene que ver con el hombre, con su camino y con su meta. Está a su
servicio. Por eso, los que consideran al hombre con un espacio vital que se
queda en la tierra no necesitarán más luz que le trascienda. Como según Santo
Tomás toda ciencia tiene sus axiomas, que no puede demostrar, pero que
presupone, también la teología tiene los suyos, que son las verdades
esenciales de la fe, incomprensibles por sí mismas para la razón, aunque no
la contradicen, si no que se esclarecen a la luz de una ciencia superior.
Idea ésta de máxima importancia para la teoría de la ciencia. A la luz de la Ciencia de Dios, el
hombre participa de su saber por la fe, aunque no la puede captar plenamente.
El trabajo científico de la teología consiste en penetrar con la inteligencia
en la ciencia de Dios recibida por la fe. ¬Los
teólogos buscan la coherencia de las distintas verdades de la fe para iluminar
desde ellas los diversos sectores de la ciencia. La teología no puede
demostrar con evidencia que Dios ha creado al hombre, pero puede clarificar
su significado. De manera concisa, ésta es la visión base de la teología como
ciencia de fe.
ESTADO ACTUAL DE LA TEOLOGIA
Pero hoy la teología se encuentra en una
fase de empobrecimiento¬. Tras un período grandioso
en el siglo pasado, que fue cultivada y enseñada por grandes figuras, como
Van Balthasar, Karl Barth, Rahner, Guardini, Congar, de Lubac, etc. y fue fecunda en innovaciones en la exégesis,
en la teología histórica, en la ciencia litúrgica y en la dogmática, que
termina en torno a 1968, hoy nos encontramos en una fase de imitación y de
predominio del enciclopedismo. Estamos asistiendo a un gran florecimiento de
manuales y enciclopedias teológicas. En las obras de mayor difusión se
relacionan las posiciones de autores individuales y las de la época, y se
echa de menos una profundización sistemática. Con el declive de la teología
escolástica y de la neoescolástica, injustamente
criticadas, la teología católica ha abandonado un marco unificador. El
cardenal Schönbom, arzobispo de Viena, con motivo
del Jubileo de la Academia
de las Ciencias de aquella capital, ha ofrecido tres principios para
conseguir un reflorecimiento de la teología católica: Dedicarse de manera
decidida a su objeto, que es su verdadero sujeto, hablando más de Dios, y
menos sobre Dios; volviendo de nuevo con coraje a los grandes temas, y no
escondiéndose en lo que éste o aquel autor han dicho sobre el tema.
SANTO TOMAS ENTRE LOS GRANDES MAESTROS
La teología debe dedicarse de nuevo a los
grandes maestros, no estudiando a los clásicos de forma enciclopédica
quedándose a un nivel superficial, sino caminando de la mano de los grandes
maestros. ¬Estudiar a san Agustín, a San Juan de la Cruz, a Santa Teresa de
Jesús, por algo la Iglesia
los ha declarado Padres y Doctores de la Comunidad creyente. Estudiarles en primera
persona es inigualablemente más importante y fructífero que hacer crítica literaria
de sus obras. Hay que estudiar en profundidad a Santo Tomás, sobre todo. Con
estos estudios tratamos de abrir el apetito de los lectores para que se
decidan a estudiar, principalmente, a los Santos. Es lo que dijo Hans Urs von
Balthasar: De los grandes teólogos, sólo me han
interesado los santos. En ninguna de las otras ciencias es tan importante
tener una familiaridad personal y existencial con el objeto, como lo es en la
teología. Dice santo Tomás de Aquino que el perfecto teólogo es aquel que no
sólo conoce conceptualmente las cosas divinas, sino el que las ha probado, el
que las conoce por experiencia. Por eso, junto a tantos otros teólogos
santos, es muy enriquecedor el conocimiento de santo Tomás de Aquino. En su
persona, en su saber inmenso, en su perspicaz agudeza mental y en su
experiencia personal de Dios hay una síntesis tan extraordinaria, que
justifica su denominación de "Doctor communis".
Una teología que traza sus parámetros desde personajes como éstos, volverá a
adquirir el impulso que la convirtió, durante sus mejores tiempos, en una
fuerza inspiradora e integrante de la morada de las ciencias.
PERVIVENCIA DE LA SUMA DE SANTO TOMAS:
NOVEDAD PERENNE EN BUSCA DE LA
VERDAD (10)
A santo Tomás le acucia el ansia de
conocer y enseñar la verdad descubierta en su tiempo y no se desdeña de
penetrar el pensamiento árabe y hebreo Y de leer profundamente a Aristóteles
y de aceptar los principios que no están en contradicción con la ley natural
para empeñarse en el supremo esfuerzo de cristianizar aquella filosofía
humana y poder construir desde ella la monumentalidad de la filosofía, la
teología y la mística cristianas. No cejó Santo Tomás en su afán de conocer
por pensar que su cabeza se llenaría de conocimientos de religión, de
teología o de liturgia, de los documentos de los Papas y de los Concilios, y
llegaría a tener la sensación de que lo sabía todo. Ni de que corría el
peligro de llegar a creerse suficiente para juzgarlo todo y condenarlo, como
los sabios del mundo a los que Dios se oculta, corno los fariseos. En efecto,
si resulta perjudicial leer a los Papas, estudiar teología y liturgia, ¿por qué dos siglos después de
Santo Tomás decretará el Concilio de Trento la institución de los seminarios
Conciliares, y las casas de formación Y las universidades, si todo eso se
puede convertir en un obstáculo para saborear a Dios? Más, ¿pera qué
estudiar, escribir, enseñar y predicar?
LOS ESTUDIOS DE SAN IGNACIO
El mismo San Ignacio que escribirá que hay
que sentir internamente de Dios, ha puesto antes todo su esfuerzo en el
estudio, que le resultaría duro a su edad y desconociendo casi el castellano
y más el latín, porque su lengua materna era el vasco. Herido en la pierna
derecha en Pamplona, pide libros, y comienza a leer, junto con los de
Caballerías, la Vita Cristi
de Ludolfo de Sajonia y el Flos
Sanctorum, se abre a la gracia y comienza a estudiar gramática en Barcelona,
Artes en Alcalá y latín en París. Consigue el título de Bachiller y Maestro
en Artes en París y estudia teología en Venecia y, ya Fundador, ordena la
creación de colegios por todas partes y goza con que San Pedro Canisio, jesuíta hijo suyo,
escriba un Catecismo.
Al que ha estudiado y leído mucho, algo le
habrá quedado en su cerebro y por lo menos habrá conseguido saber distinguir
y juzgar por lo que ha leído y sabrá no condenar él, sino lo que la Ética, la Moral, el Magisterio o el
Evangelio condenan y habrá podido adquirir horizonte para su propia vida
cristiana y su ejercicio de testimonio cristiano. Peor lo tendrá quien, sin
haber leído ni estudiado bastante, se atreve a condenar por suposiciones o
prejuicios y a priori. No sospechó Santo Tomás que podía tener una
indigestión de conocimientos religiosos porque no es el mucho saber lo que
lleva Dios, sino el saborear y eso lo da Dios a los sencillos, a los que no
pretenden saberlo todo o estar en la plena posesión de la verdad, a los que
se sienten pobres. Al contrario, él sabe que quien tiene el deber de estudiar
y formarse y no lo hace porque es una tarea ingrata, el Espíritu Santo no le
va a infundir la ciencia. Su ignorancia es ignorancia culpable. Le preguntó
una hermana carmelita a San Juan de la Cruz: "Padre, esas palabras ¿se las ponía
Dios? Y contestó el Santo: Unas veces me las ponía Dios, y otras las buscaba
yo". Precisamente porque no se considera uno en posesión de la verdad es
por lo que lee y estudia para ampliar más su capacidad. Cuando Santo Tomás
estudiaba y enseñaba, no había aún San Ignacio escrito que no el mucho saber
harta y satisface al alma, sino el sentir internamente de las cosas de Dios,
y Dios lo da Dios a quien reconoce que a Dios "no se le sabe"
leyendo y discutiendo. Y bien que leyó y discutió Santo Tomás, pues cada
artículo de la Suma
está redactado en forma de refutación de errores, sin que ello no sólo no
fuera impedimento para su oración y saboreo de Dios, sino acicate. Las
Ordenes Religiosas desde siempre celebran la lectio
Divina, que nos ha quedado en la
Liturgia de las Horas.
EL TRABAJO DE SANTO TOMÁS
Lo que hoy sobra no es lectura; todas las
encuestas proclaman la carencia de lectura, la escasez de cultura, sobre todo
religiosa. Si a Dios sólo se le sabe tomando el sol de Dios de rodillas,
caminaríamos hacia el Nirvana budista o el islamismo fundamentalista, que,
sin leer ni estudiar, o estudiar unilateralmente caminan hacia el atentado.
Santo Tomás, leía mucho y dictaba a cinco amanuenses a la vez y su amor
inteligente y enfervorizado a la Eucaristía quedó plasmado en el Oficio del
Corpus Christi, que compuso a petición del Papa
Urbano II para celebrar el extraordinario milagro de Orvieto¬
LA FIDES ET RATIO
Escribe Juan Pablo II en la “Fides et ratio” que el pensamiento de santo Tomás de
Aquino es una Novedad perenne que le corresponde un puesto singular en el
largo camino de la búsqueda de la verdad, no sólo por el contenido de su
doctrina, sino también por la relación dialogal que supo establecer. Cuando
los pensadores cristianos descubrieron la filosofía antigua, y más
concretamente aristotélica, tuvo el mérito de destacar la armonía entre la razón
y la fe. Como la luz de la razón y la luz de la fe proceden de Dios, no
pueden contradecirse. Tomás reconoce que la naturaleza, objeto de la
filosofía, puede contribuir a la comprensión de la revelación divina. Por
eso, la fe no teme la razón, sino que la busca y confía en ella¬. Así como la gracia supone la naturaleza y la
perfecciona, la fe supone y perfecciona la razón, que es iluminada por la fe.
Señala el carácter sobrenatural de la fe sin olvidar su carácter racional. La
razón del hombre no se anula cuando acepta libremente los contenidos de la
fe. La Iglesia,
decía Chesterton, nos manda quitarnos el sombreo
para entrar en el templo, pero no quitarnos la cabeza. Por eso la Iglesia ha propuesto
siempre a santo Tomás como maestro de pensamiento y modelo del modo correcto
de hacer teología. Pablo VI dijo: "Santo Tomás poseyó en grado eximio
audacia para la búsqueda de la verdad, libertad de espíritu para afrontar
problemas nuevos y la honradez intelectual propia de quien, no tolerando que
el cristianismo se contamine con la filosofía pagana, sin embargo no rechaza
a priori esta filosofía. Por eso ha pasado a la historia del pensamiento
cristiano cano precursor del nuevo rumbo de la filosofía y de la cultura
universal. El punto capital y como el meollo de la solución casi profética a
la confrontación entre la razón y la fe, consiste en conciliar la secularidad del mundo con las exigencias radicales del
Evangelio. Una de las grandes intuiciones de santo Tomás; es atribuir a la
acción del Espíritu Santo que hace madurar en sabiduría la ciencia humana.
LA SABIDURIA, DON DEL ESPIRITU
Desde las primeras páginas de su Suma
Teológica demuestra la primacía de la sabiduría, don del Espíritu Santo e
introduce en el conocimiento de las realidades divinas. Su teología ve la
sabiduría en su vínculo con la fe y el conocimiento de lo divino y conoce por
connaturalidad y formula su recto juicio a partir
de la verdad de la fe.
La prioridad de esta sabiduría no hace
olvidar al Doctor Angélico la presencia de otras dos formas de sabiduría
complementarias: la filosófica, basada en la capacidad de la inteligencia
para indagar la realidad, y la teológica, fundamentada en la Revelación.
Santo Tomás amó de manera desinteresada la
verdad. La buscó allí donde pudiera manifestarse, poniendo de relieve al
máximo su universalidad. El Magisterio de la Iglesia ha visto y
apreciado en él la pasión por la verdad, su pensamiento, al mantenerse
siempre en el horizonte de la verdad universal, objetiva y trascendente,
alcanzó “cotas que la inteligencia humana jamás podría haber pensado”. Con
razón, pues, se le puede llamar "apóstol de la verdad".
Precisamente porque la buscaba sin reservas, supo reconocer en su realismo la
objetividad de la verdad. Su filosofía es verdaderamente la filosofía del ser
y no del simple parecer.
Se ha escrito que la soberbia del sabio es
una venda terrible que tapa los ojos. Estéril empeño el de intentar vincular
la sabiduría con la soberbia He vi5to sabios creyentes y científicos
agnósticos y ateos. Ciertamente que prefiero dialogar con personas agnósticas
inteligentes, que con creyentes acérrimos poco letrados. De los poco letrados
desconfiaba Santa Teresa. Pasteur decía: porque he
estudiado mucho tengo la fe de un bretón: si hubiera estudiado más tendría la
fe de una bretona. El Fundador de Taizé, Hermano Rotger, dijo: que los católicos españoles influirían poco
en la sociedad porque estudiaban poco y oraban poco. Cuando Pablo llega a
Atenas e intenta hablar a ese pueblo culto y sofisticado sobre la Resurrección del
Señor se ríen de él y lo abandonan. Es cierto que todo el que ama el
conocimiento debe escuchar sin previos prejuicios todo aquello que le
formulen, pero será necesario que tenga base suficiente para discernir lo que
le dicen. Pero si está envanecido por sus propios conocimientos y tiende a
ignorar al que, presuntamente, es menos inteligente o menos científico que
él, no encontrará la verdad. La humildad que reconoce nuestras limitaciones
es un buen ingrediente para saber sabio de verdad.
Creerse sabio, disponer de “título
oficial” de sabio, es un camino de embrutecimiento. No pensaba así Santo
Tomás, sabio entre los sabios y claramente lo declara Juan Pablo II en su
Encíclica FIDES ET RATIO. Hay que suponer que santo Tomás no estaba ciego y
se conocía a sí mismo. La
Iglesia le considera sabio y él, con toda humildad por la
que reconocía que su sabiduría se la debía a Dios, buscador como era de la
verdad, también reconocía su talento y sabía que había tenido que estudiar
mucho y sufrir buscando y encerrarse en su celda, trabajar en la biblioteca,
quemándose las cejas y sufriendo las consecuencias de la vida sedentaria en
su cuerpo voluminoso y, considerando su verdad, no se embruteció. Santa
Teresa, mujer inteligentísima, lloró cuando la Inquisición prohibió
los libros que le habían dado la vida y buscaba maestros letrados, muy
letrados. Los quería espirituales y letrados, pero si no los encontraba con
ambas cualidades, los prefería más letrados que espirituales. Y desconfiaba
de "devociones a bobas".
SABER ENSEÑAR
Santo Tomás
también sabía enseñar sin envidia, como dice la Sabiduría de los
Sabios Doctores: "Con sencillez la aprendí y sin envidia la comunico; no
me guardo ocultas sus riquezas" (Sb 7,13). Ah! La envidia ¡qué general
es y qué poco confesada!, pero cómo hace sufrir y seca los huesos, y ciega a
los que por ella son dominados. De las consecuencias de este vicio ni Santo
Tomás, ni su hermano San Vicente Ferrer, otra lumbrera dominicana, se vieran
libres. No podía ser de otra manera, pues eran genios y la envidia es el
tributo de los mediocres. Quien desee saber cuán extendida está, lea el libro
"Viviendo juntos" de Carlos G. Vallés.
Que el Espíritu Santo nos libre de sufrirla, tanto activa como pasivamente.