www.caminando-con-jesus.org

PAGINA CREADA EL 12 DE FEBRERO DE 2002

PAGINA WEB DE PEDRO DONOSO BRANT

Reflexiones sobre Dios

Jesús Marti Ballester

 

LA CIENCIA Y LA DOBLE ACCION DE DIOS

Después de reflexionar y estudiar sobre la naturaleza divina, meditamos con Santo Tomás sobre sus obras, porque el obrar sigue al ser, o sea, el ser primero es, después obra, actúa. Dos géneros de operaciones hay en Dios, unas inmanentes y otras transeúntes. Las inmanentes permanecen en el mismo Dios y son: la operación de entender, a la que sigue la operación de querer, pues sólo puede ser querido un bien cuando ha sido previamente conocido. Las operaciones transeúntes producen un efecto exterior y extrínseco al mismo Dios, tal es el poder de Dios sobre toda la entera creación. Lo que Dios conoce, por su acción inmanente, origina su ciencia, tomada aquí en su más amplio sentido, como conocimiento cierto y evidente de las cosas. Por tanto cuando hablamos de ciencia de Dios, estamos hablando de conocimiento de Dios. Los molinistas, creadores de la ciencia media, admitirán el conocimiento de Dios de los actos futuribles, que son aquellos que los hombres podrían realizar en uso de su libertad, pero que son sólo potenciales.

LA CIENCIA DE DIOS ES VERDAD DE FE

Es de fe que Dios es infinitamente inteligente y que su ciencia o conocimiento o sabiduría son infinitos. Así lo dice en diversos lugares la Sagrada Escritura: "Es inmensa la sabiduría del Señor, es grande su poder y lo ve todo" (Eclo 15,18). "El Señor es un Dios que sabe, él es quien pesa las acciones" (1 Sm 2,3); "En El están la sabiduría y el poder; suyo es el consejo, suya la prudencia" (Jb 12,13). El libro de la Sabiduría nos da pie para garantizar la Ciencia de Dios, que se pone de manifiesto en la conducción de los Patriarcas de Israel y en su acción sobre Moisés (Sap 10,9). La liberación admirable y milagrosa de José, vendido por sus hermanos: "La sabiduría sacó de apuros a sus adictos. Al justo que escapaba de la ira de su hermano lo condujo por sendas llanas; le dio éxito a sus tareas e hizo fecundos sus trabajos: le protegió contra la codicia de sus explotadores y lo enriqueció; lo defendió de sus enemigos y lo puso a salvo de sus asechanzas" (lb.). Proclaman su Sabiduría los Salmos: "El hizo sabiamente los cielos" (Sal 135,5). Y el libro del Eclesiástico dice determinadamente: "Toda sabiduría viene del Señor y está con él eternamente... Uno solo es sabio" (Ecclo 1,1).

MANIFESTACIÓN ESPLÉNDIDA DE LA CIENCIA DE DIOS

La ciencia de Dios se manifiesta esplendorosamente tanto en el reino de la naturaleza como en el de la gracia: en la creación del cuerpo del hombre, en su complejidad y armonía, en la actividad del alma y de sus potencias, más complicadas y prolijas que los más potentes ordenadores, que le ha permitido crear esos ordenadores e inventar los grandes ingenios, sobre todo del siglo XX; la creación de la tierra y sus condiciones climatológicas; la del mundo maravilloso de los animales y el de las plantas; el desarrollo de una espiga, la floración de una rosa, la fecundación de las plantas por medio del viento. La creación del reino sideral con sus misterios admirables, tantísimos aún sin descubrir. El reino de la gracia y su desarrollo; la vida mística, evolución de la misma vida divina; los misterios insondables y misericordiosos de la Encarnación y de la Eucaristía. La fundación y la historia de la Iglesia y su crecimiento. Ante tal cúmulo de prodigios nos prosternamos y adoramos con San Pablo al Dios todo sabio: "¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios y cuán inescrutables sus caminos!" (Rm 11,33).

 

LA VOZ DE LA IGLESIA INFALIBLE

El Concilio Vaticano I define que Dios es infinito en su entendimiento, en Su voluntad y  en todas las perfecciones... y que todo está desnudo y patente a sus ojos. Santo Tomás razona que cuanto más inmaterial es un ser más conocimiento tiene. Las plantas no conocen, porque son puramente materiales. Y el entendimiento humano conoce mejor que los sentidos, porque está más alejado de la materia. Como Dios es espíritu purísimo, es infinitamente inteligente y lo conoce todo con infinita perfección¬

LA VOZ DE LOS SANTOS ANTE LA IGNORANCIA HUMANA

Santa Teresa adopta la palabra sabiduría casi siempre para designar la ciencia y el conocimiento de Dios: “Ante la Sabiduría infinita, vale más un poco de estudio de humildad y un acto de ella, que toda la ciencia del mundo”. Y como lo ha hecho todo, evidentemente sabe cuál es el modo mejor de usar las cosas que ha hecho, cuál es el mejor plan que deben seguir sus criaturas. Cuando nos quejamos y decimos “¿por qué hace Dios esto?”, pensemos que un niño al que su madre le quita de sus manos inconscientes las cerillas o el cuchillo con que está jugando, tiene mucha más razón de enfadarse que el hombre, cuando en su limitada inteligencia, pone en duda la infinita sabiduría de Dios. Para afirmar que Dios es infinitamente sabio, basta observar el orden de la Creación

Los hombres podemos participar en la ciencia de Dios, porque Dios puede conceder y concede su sabiduría, como a José en Egipto (Gn 37); a Salomón para gobernar a su pueblo, como leemos en (3 Rey 3.5); y a Daniel ante Nabucodonosor en el juicio contra Susana (Dn 13,45). Pero el camino para conseguir esa sabiduría, ha escrito San Juan de la Cruz, es el de la humildad: "para venir el alma a unirse con la sabiduría de Dios, antes ha de ir no sabiendo que sabiendo" (Subida 1, 4, 4).

TEOLOGÍA COMO CIENCIA

Santo Tomás considera la teología como ciencia y afronta en la Suma un horizonte más amplio cuando se plantea si el hombre tiene necesidad de un saber que sobrepase los límites de la razón, pues, como el hombre tiene una meta que va más allá de su razón, necesita una luz superior, la luz divina, que le indique la meta y el camino. Aunque con mucho trabajo podríamos intuir algo de la verdad última, sin su Revelación, siempre caminaríamos a tientas rastreando en la oscuridad. Sin el conocimiento de la Revelación el misterio más íntimo de Dios y el de su vida permanecerían ocultos para el hombre.

La ciencia no es un fin en sí misma; ella siempre tiene que ver con el hombre, con su camino y con su meta. Está a su servicio. Por eso, los que consideran al hombre con un espacio vital que se queda en la tierra no necesitarán más luz que le trascienda. Como según Santo Tomás toda ciencia tiene sus axiomas, que no puede demostrar, pero que presupone, también la teología tiene los suyos, que son las verdades esenciales de la fe, incomprensibles por sí mismas para la razón, aunque no la contradicen, si no que se esclarecen a la luz de una ciencia superior. Idea ésta de máxima importancia para la teoría de la ciencia. A la luz de la Ciencia de Dios, el hombre participa de su saber por la fe, aunque no la puede captar plenamente. El trabajo científico de la teología consiste en penetrar con la inteligencia en la ciencia de Dios recibida por la fe. ¬Los teólogos buscan la coherencia de las distintas verdades de la fe para iluminar desde ellas los diversos sectores de la ciencia. La teología no puede demostrar con evidencia que Dios ha creado al hombre, pero puede clarificar su significado. De manera concisa, ésta es la visión base de la teología como ciencia de fe.

 

ESTADO ACTUAL DE LA TEOLOGIA

Pero hoy la teología se encuentra en una fase de empobrecimiento¬. Tras un período grandioso en el siglo pasado, que fue cultivada y enseñada por grandes figuras, como Van Balthasar, Karl Barth, Rahner, Guardini, Congar, de Lubac, etc. y fue fecunda en innovaciones en la exégesis, en la teología histórica, en la ciencia litúrgica y en la dogmática, que termina en torno a 1968, hoy nos encontramos en una fase de imitación y de predominio del enciclopedismo. Estamos asistiendo a un gran florecimiento de manuales y enciclopedias teológicas. En las obras de mayor difusión se relacionan las posiciones de autores individuales y las de la época, y se echa de menos una profundización sistemática. Con el declive de la teología escolástica y de la neoescolástica, injustamente criticadas, la teología católica ha abandonado un marco unificador. El cardenal Schönbom, arzobispo de Viena, con motivo del Jubileo de la Academia de las Ciencias de aquella capital, ha ofrecido tres principios para conseguir un reflorecimiento de la teología católica: Dedicarse de manera decidida a su objeto, que es su verdadero sujeto, hablando más de Dios, y menos sobre Dios; volviendo de nuevo con coraje a los grandes temas, y no escondiéndose en lo que éste o aquel autor han dicho sobre el tema.

SANTO TOMAS ENTRE LOS GRANDES MAESTROS

La teología debe dedicarse de nuevo a los grandes maestros, no estudiando a los clásicos de forma enciclopédica quedándose a un nivel superficial, sino caminando de la mano de los grandes maestros. ¬Estudiar a san Agustín, a San Juan de la Cruz, a Santa Teresa de Jesús, por algo la Iglesia los ha declarado Padres y Doctores de la Comunidad creyente. Estudiarles en primera persona es inigualablemente más importante y fructífero que hacer crítica literaria de sus obras. Hay que estudiar en profundidad a Santo Tomás, sobre todo. Con estos estudios tratamos de abrir el apetito de los lectores para que se decidan a estudiar, principalmente, a los Santos. Es lo que dijo Hans Urs von Balthasar: De los grandes teólogos, sólo me han interesado los santos. En ninguna de las otras ciencias es tan importante tener una familiaridad personal y existencial con el objeto, como lo es en la teología. Dice santo Tomás de Aquino que el perfecto teólogo es aquel que no sólo conoce conceptualmente las cosas divinas, sino el que las ha probado, el que las conoce por experiencia. Por eso, junto a tantos otros teólogos santos, es muy enriquecedor el conocimiento de santo Tomás de Aquino. En su persona, en su saber inmenso, en su perspicaz agudeza mental y en su experiencia personal de Dios hay una síntesis tan extraordinaria, que justifica su denominación de "Doctor communis". Una teología que traza sus parámetros desde personajes como éstos, volverá a adquirir el impulso que la convirtió, durante sus mejores tiempos, en una fuerza inspiradora e integrante de la morada de las ciencias.

PERVIVENCIA DE LA SUMA DE SANTO TOMAS: NOVEDAD PERENNE EN BUSCA DE LA VERDAD (10)

A santo Tomás le acucia el ansia de conocer y enseñar la verdad descubierta en su tiempo y no se desdeña de penetrar el pensamiento árabe y hebreo Y de leer profundamente a Aristóteles y de aceptar los principios que no están en contradicción con la ley natural para empeñarse en el supremo esfuerzo de cristianizar aquella filosofía humana y poder construir desde ella la monumentalidad de la filosofía, la teología y la mística cristianas. No cejó Santo Tomás en su afán de conocer por pensar que su cabeza se llenaría de conocimientos de religión, de teología o de liturgia, de los documentos de los Papas y de los Concilios, y llegaría a tener la sensación de que lo sabía todo. Ni de que corría el peligro de llegar a creerse suficiente para juzgarlo todo y condenarlo, como los sabios del mundo a los que Dios se oculta, corno los fariseos. En efecto, si resulta perjudicial leer a los Papas, estudiar teología y  liturgia, ¿por qué dos siglos después de Santo Tomás decretará el Concilio de Trento la institución de los seminarios Conciliares, y las casas de formación Y las universidades, si todo eso se puede convertir en un obstáculo para saborear a Dios? Más, ¿pera qué estudiar, escribir, enseñar y predicar?

LOS ESTUDIOS DE SAN IGNACIO

El mismo San Ignacio que escribirá que hay que sentir internamente de Dios, ha puesto antes todo su esfuerzo en el estudio, que le resultaría duro a su edad y desconociendo casi el castellano y más el latín, porque su lengua materna era el vasco. Herido en la pierna derecha en Pamplona, pide libros, y comienza a leer, junto con los de Caballerías, la Vita Cristi de Ludolfo de Sajonia y el Flos Sanctorum, se abre a la gracia y comienza a estudiar gramática en Barcelona, Artes en Alcalá y latín en París. Consigue el título de Bachiller y Maestro en Artes en París y estudia teología en Venecia y, ya Fundador, ordena la creación de colegios por todas partes y goza con que San Pedro Canisio, jesuíta hijo suyo, escriba un Catecismo.

Al que ha estudiado y leído mucho, algo le habrá quedado en su cerebro y por lo menos habrá conseguido saber distinguir y juzgar por lo que ha leído y sabrá no condenar él, sino lo que la Ética, la Moral, el Magisterio o el Evangelio condenan y habrá podido adquirir horizonte para su propia vida cristiana y su ejercicio de testimonio cristiano. Peor lo tendrá quien, sin haber leído ni estudiado bastante, se atreve a condenar por suposiciones o prejuicios y a priori. No sospechó Santo Tomás que podía tener una indigestión de conocimientos religiosos porque no es el mucho saber lo que lleva Dios, sino el saborear y eso lo da Dios a los sencillos, a los que no pretenden saberlo todo o estar en la plena posesión de la verdad, a los que se sienten pobres. Al contrario, él sabe que quien tiene el deber de estudiar y formarse y no lo hace porque es una tarea ingrata, el Espíritu Santo no le va a infundir la ciencia. Su ignorancia es ignorancia culpable. Le preguntó una hermana carmelita a San Juan de la Cruz: "Padre, esas palabras ¿se las ponía Dios? Y contestó el Santo: Unas veces me las ponía Dios, y otras las buscaba yo". Precisamente porque no se considera uno en posesión de la verdad es por lo que lee y estudia para ampliar más su capacidad. Cuando Santo Tomás estudiaba y enseñaba, no había aún San Ignacio escrito que no el mucho saber harta y satisface al alma, sino el sentir internamente de las cosas de Dios, y Dios lo da Dios a quien reconoce que a Dios "no se le sabe" leyendo y discutiendo. Y bien que leyó y discutió Santo Tomás, pues cada artículo de la Suma está redactado en forma de refutación de errores, sin que ello no sólo no fuera impedimento para su oración y saboreo de Dios, sino acicate. Las Ordenes Religiosas desde siempre celebran la lectio Divina, que nos ha quedado en la Liturgia de las Horas.

EL TRABAJO DE SANTO TOMÁS

Lo que hoy sobra no es lectura; todas las encuestas proclaman la carencia de lectura, la escasez de cultura, sobre todo religiosa. Si a Dios sólo se le sabe tomando el sol de Dios de rodillas, caminaríamos hacia el Nirvana budista o el islamismo fundamentalista, que, sin leer ni estudiar, o estudiar unilateralmente caminan hacia el atentado. Santo Tomás, leía mucho y dictaba a cinco amanuenses a la vez y su amor inteligente y enfervorizado a la Eucaristía quedó plasmado en el Oficio del Corpus Christi, que compuso a petición del Papa Urbano II para celebrar el extraordinario milagro de Orvieto¬

LA FIDES ET RATIO

Escribe Juan Pablo II en la “Fides et ratio” que el pensamiento de santo Tomás de Aquino es una Novedad perenne que le corresponde un puesto singular en el largo camino de la búsqueda de la verdad, no sólo por el contenido de su doctrina, sino también por la relación dialogal que supo establecer. Cuando los pensadores cristianos descubrieron la filosofía antigua, y más concretamente aristotélica, tuvo el mérito de destacar la armonía entre la razón y la fe. Como la luz de la razón y la luz de la fe proceden de Dios, no pueden contradecirse. Tomás reconoce que la naturaleza, objeto de la filosofía, puede contribuir a la comprensión de la revelación divina. Por eso, la fe no teme la razón, sino que la busca y confía en ella¬. Así como la gracia supone la naturaleza y la perfecciona, la fe supone y perfecciona la razón, que es iluminada por la fe. Señala el carácter sobrenatural de la fe sin olvidar su carácter racional. La razón del hombre no se anula cuando acepta libremente los contenidos de la fe. La Iglesia, decía Chesterton, nos manda quitarnos el sombreo para entrar en el templo, pero no quitarnos la cabeza. Por eso la Iglesia ha propuesto siempre a santo Tomás como maestro de pensamiento y modelo del modo correcto de hacer teología. Pablo VI dijo: "Santo Tomás poseyó en grado eximio audacia para la búsqueda de la verdad, libertad de espíritu para afrontar problemas nuevos y la honradez intelectual propia de quien, no tolerando que el cristianismo se contamine con la filosofía pagana, sin embargo no rechaza a priori esta filosofía. Por eso ha pasado a la historia del pensamiento cristiano cano precursor del nuevo rumbo de la filosofía y de la cultura universal. El punto capital y como el meollo de la solución casi profética a la confrontación entre la razón y la fe, consiste en conciliar la secularidad del mundo con las exigencias radicales del Evangelio. Una de las grandes intuiciones de santo Tomás; es atribuir a la acción del Espíritu Santo que hace madurar en sabiduría la ciencia humana.

LA SABIDURIA, DON DEL ESPIRITU

Desde las primeras páginas de su Suma Teológica demuestra la primacía de la sabiduría, don del Espíritu Santo e introduce en el conocimiento de las realidades divinas. Su teología ve la sabiduría en su vínculo con la fe y el conocimiento de lo divino y conoce por connaturalidad y formula su recto juicio a partir de la verdad de la fe.

La prioridad de esta sabiduría no hace olvidar al Doctor Angélico la presencia de otras dos formas de sabiduría complementarias: la filosófica, basada en la capacidad de la inteligencia para indagar la realidad, y la teológica, fundamentada en la Revelación.

Santo Tomás amó de manera desinteresada la verdad. La buscó allí donde pudiera manifestarse, poniendo de relieve al máximo su universalidad. El Magisterio de la Iglesia ha visto y apreciado en él la pasión por la verdad, su pensamiento, al mantenerse siempre en el horizonte de la verdad universal, objetiva y trascendente, alcanzó “cotas que la inteligencia humana jamás podría haber pensado”. Con razón, pues, se le puede llamar "apóstol de la verdad". Precisamente porque la buscaba sin reservas, supo reconocer en su realismo la objetividad de la verdad. Su filosofía es verdaderamente la filosofía del ser y no del simple parecer.

Se ha escrito que la soberbia del sabio es una venda terrible que tapa los ojos. Estéril empeño el de intentar vincular la sabiduría con la soberbia He vi5to sabios creyentes y científicos agnósticos y ateos. Ciertamente que prefiero dialogar con personas agnósticas inteligentes, que con creyentes acérrimos poco letrados. De los poco letrados desconfiaba Santa Teresa. Pasteur decía: porque he estudiado mucho tengo la fe de un bretón: si hubiera estudiado más tendría la fe de una bretona. El Fundador de Taizé, Hermano Rotger, dijo: que los católicos españoles influirían poco en la sociedad porque estudiaban poco y oraban poco. Cuando Pablo llega a Atenas e intenta hablar a ese pueblo culto y sofisticado sobre la Resurrección del Señor se ríen de él y lo abandonan. Es cierto que todo el que ama el conocimiento debe escuchar sin previos prejuicios todo aquello que le formulen, pero será necesario que tenga base suficiente para discernir lo que le dicen. Pero si está envanecido por sus propios conocimientos y tiende a ignorar al que, presuntamente, es menos inteligente o menos científico que él, no encontrará la verdad. La humildad que reconoce nuestras limitaciones es un buen ingrediente para saber sabio de verdad.

Creerse sabio, disponer de “título oficial” de sabio, es un camino de embrutecimiento. No pensaba así Santo Tomás, sabio entre los sabios y claramente lo declara Juan Pablo II en su Encíclica FIDES ET RATIO. Hay que suponer que santo Tomás no estaba ciego y se conocía a sí mismo. La Iglesia le considera sabio y él, con toda humildad por la que reconocía que su sabiduría se la debía a Dios, buscador como era de la verdad, también reconocía su talento y sabía que había tenido que estudiar mucho y sufrir buscando y encerrarse en su celda, trabajar en la biblioteca, quemándose las cejas y sufriendo las consecuencias de la vida sedentaria en su cuerpo voluminoso y, considerando su verdad, no se embruteció. Santa Teresa, mujer inteligentísima, lloró cuando la Inquisición prohibió los libros que le habían dado la vida y buscaba maestros letrados, muy letrados. Los quería espirituales y letrados, pero si no los encontraba con ambas cualidades, los prefería más letrados que espirituales. Y desconfiaba de "devociones a bobas".

SABER ENSEÑAR

Santo Tomás también sabía enseñar sin envidia, como dice la Sabiduría de los Sabios Doctores: "Con sencillez la aprendí y sin envidia la comunico; no me guardo ocultas sus riquezas" (Sb 7,13). Ah! La envidia ¡qué general es y qué poco confesada!, pero cómo hace sufrir y seca los huesos, y ciega a los que por ella son dominados. De las consecuencias de este vicio ni Santo Tomás, ni su hermano San Vicente Ferrer, otra lumbrera dominicana, se vieran libres. No podía ser de otra manera, pues eran genios y la envidia es el tributo de los mediocres. Quien desee saber cuán extendida está, lea el libro "Viviendo juntos" de Carlos G. Vallés. Que el Espíritu Santo nos libre de sufrirla, tanto activa como pasivamente.

www.caminando-con-jesus.org

Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

p.s.donoso@vtr.net