CAMINANDO CON JESUS

PEDRO SERGIO ANTONIO DONOSO BRANT

SANTA TERESA DE JESUS

 

DICHOS BREVES, SENTENCIAS Y PENSAMIENTOS  DE SANTA TERESA DE JESUS, EN LA LINEA DEL PENSAMIENTO DE SANTO TOMAS

 

 

 

AMOR DE DIOS

BELLEZA Y HERMOSURA DE DIOS

BIENAVENTURANZA DE DIOS

BONDAD INFINITA DE DIOS

CARIDAD, AMOR A DIOS

CIENCIA DE DIOS

CONOCER A DIOS

CREER

DIOS, EXISTENCIA DE

ETERNIDAD DE DIOS

GOBIERNO Y CONSERVACION DE DIOS

INFINIDAD DE DIOS

INMENSIDAD Y UBICUIDAD DE DIOS

JUSTICIA DE DIOS

MISERICORDIA DE DIOS

OMNIPOTENCIA DE DIOS

PROVIDENCIA DE DIOS

SIMPLICIDAD Y PERFECCION ABSOLUTA DE DIOS

UNIDAD Y TRINIDAD DE DIOS

VERDAD, DIOS ES LA VERDAD

VIDA, DIOS ES LA VIDA

VOLUNTAD DE DIOS

 

 

SELECCIONADOS POR JESUS MARTI BALLESTER

CLASIFICADOS Y ORDENADOS POR PEDRO SERGIO ANTONIO DONOSO BRANT

LIBRO DE REFERENCIA:

TERESA DE JESUS NOS HABLA HOY- SUMA ANTOLOGICA

 


AMOR DE DIOS

1           Mal deseará que todos le desprecien y le aborrezcan, y todas las virtudes grandes que tienen los perfectos, quien no tiene alguna prenda del amor que Dios le tiene, y juntamente fe viva. (V 10, 6).

2           Algunas, si son muy sensibles, sufren mucho pensando siempre en la Pasión, y en cambio, se regalan y aprovechan considerando el poder y la grandeza de Dios en las criaturas y el amor que nos tiene y que en todo se manifiesta (V 13, 13; CN 3).

3           ¡Oh, Jesús y Señor mío! ¡Cuánto nos ayuda aquí vuestro amor!, porque éste tiene cogido al nuestro, que no le deja libertad para amar en aquel momento a nadie y nada, más que a Vos! (V 14, 2; CN 4).

4           ¿Es posible, Señor, que exista algún alma que haya llegado a que Vos le hagáis mercedes semejantes y regalos y haya entendido que Vos os gozáis con ella, que os haya vuelto a ofender después de tantos favores y de tan grandes muestras del amor que le tenéis, de lo cual no puede dudar, pues las obras se han visto claras?

Sí la hay, por cierto, y no os ha ofendido una vez sino muchas, que soy yo. Y quiera vuestra bondad, Señor, que sea yo sola la ingrata y la que haya hecho tan gran maldad y tenido tan excesiva ingratitud: porque incluso de esa ingratitud algún bien ha sacado vuestra infinita bondad, y cuanto mayor es el mal, más resplandece el gran bien de vuestras misericordias. ¡Y con cuánta razón las puedo yo para siempre cantar! (Sal 88, 2).

Yo os suplico, Dios mío, que así sea y que las cante sin fin, ya que habéis querido hacerlas tan grandísimas conmigo, que causan admiración a los que las ven, y a mí me sacan de mí muchas veces, para poder alabaros mejor a Vos; que estando en mí sin Vos no podría, Señor mío, nada, sino que otra vez volvieran a ser cortadas estas flores de este huerto, de suerte que esta miserable tierra volviese a servir de muladar como antes.

No lo permitáis, Señor, ni queráis que se pierda alma que con tantos trabajos comprasteis y tantas veces de nuevo la habéis vuelto a rescatar y arrancar de los dientes del dragón (V 14, 11; CN 4).

5            Es pues esta oración una centellica que comienza el Señor a encender en el alma del verdadero amor suyo, y quiere que el alma vaya entendiendo qué cosa es este amor con regalo.

Esta quietud y recogimiento y centellica, si es espíritu de Dios y no gusto causado por el demonio y procurado por nosotros... ; pues esta centellica encendida por Dios, aunque es tan pequeñita hace mucho ruido, y si no la mata por su culpa, comienza a encender el gran fuego llameante del grandísimo amor de Dios que hace Su Majestad que tengan las almas perfectas (V 15, 4; CN 5).

6           Este temor va mezclado con grandísimo amor que se cobra de nuevo a quien vemos lo tiene tan grande a un gusano tan podrido, que parece que no tiene bastante con llevarse de veras al alma consigo, que quiere llevarse también el cuerpo, siendo tan mortal y de tierra tan sucia, por tantos pecados cometidos (V 20, 7; CN 10).

7           Siempre que se piense en Cristo, acordémonos del Amor con que nos concedió tantas gracias, y de qué gran amor nos demostró Dios dándonos tal prenda del que nos tiene; que amor saca amor.

Y aunque estemos comenzando a hacer oración y nosotras seamos tan ruines, procuremos ir mirando siempre esto y despertándonos a amar; porque si el Señor nos concede la gracia de que se nos grave en el corazón este Amor, todo nos resultará fácil y lo haremos todo muy pronto y con muy poco esfuerzo.

Que el Señor nos conceda este amor, que sabe lo que mucho que nos conviene, por el amor que nos tuvo y por su glorioso Hijo, a quienes nos demostró su Amor, que tan caro le costó, amén (V 22, 14; CN 12).

8           ¡Oh, Señor mío! ¡Qué delicada y fina y sabrosamente sabéis tratar a quienes os aman! ¡Quién nunca se hubiera entregado a amar a nadie sino a Vos!

9           Parece, Señor, que probáis con rigor a quien os ama, para que en la mayor intensidad del sufrimiento se manifieste la mayor intensidad de vuestro amor (V 25, 17).

10      En este modo de conocer Dios y el alma, sólo con quererlo Su Majestad, se entienden estos amigos y se manifiestan el amor, sin necesidad de palabras. Del mismo modo que en este mundo dos personas inteligentes que se aman, con sólo mirarse y aun casi sin señas, parece que se entienden.

Así debe de ser este modo de conocimiento del que estoy escribiendo, sin que veamos cómo, de hito en hito se miran estos dos amantes, como creo que he oído que dice el Esposo a la esposa, en los Cantares (4, 9). (V 27, 10).

11      Yo me he regalado hoy con el Señor y me he atrevido a quejarme de Su Majestad, y le he dicho: "¿No basta, Dios mío, que me tengáis en esta miserable vida y que por amor a Vos pase por ello, y acepto vivir donde no hay más que obstáculos que me impiden gozar de Vos, porque he de comer y dormir y preocuparme de los asuntos y hablar con todos, y todo lo paso por vuestro amor, pues bien sabéis, Señor mío, que todo es tormento grandísimo para mí, que los poquitos ratos que tengo para gozar de Vos, también me os escondéis? Creo yo, Señor, que si yo pudiera esconderme de Vos, como Vos de mí, el amor que me tenéis no lo soportaría; pero Vos estáis conmigo y me veis siempre. ¡No se puede sufrir esto, Señor mío! Os suplico miréis que lastimáis a quien tanto os ama (V 37, 8).

12      ¡Oh, señor mío, que de todos los bienes que nos hicisteis nos aprovechamos mal! Vuestra majestad buscando modos y maneras e invenciones para manifestar el amor que nos tenéis; nosotros, como mal experimentados en amaros a Vos, los apreciamos tan poco, que de mal ejercitados en esto, se nos van los pensamientos a donde están siempre, olvidando los misterios que este idioma encierra en sí, como ha dicho el Espíritu Santo. ¿Qué más era menester para encendernos en amor suyo y pensar que adoptó este estilo no sin gran causa?

Recuerdo haber oído a un religioso un sermón harto admirable, declarando estos regalos que la esposa trataba con Dios. Y causó tanta risa y se recibió tan mal lo que dijo, porque hablaba de amor (siendo el sermón del Mandato, que es para no tratar de otra cosa), que yo estaba espantada. Y veo claro que nos ejercitamos tan mal en el amor a Dios, que no nos parece posible que un alma trate así con Dios. Mas conozco a algunas personas que sacaron tan gran bien, tanto regalo, tan gran seguridad en sus temores, que hacían particulares alabanzas a nuestro Señor muchas veces, porque dejó remedio tan saludable para las almas que con hirviente amor le aman para que entiendan y vean que es posible que se humille Dios tanto (Mdt C 1, 4-5).

13      Aunque no entendáis la Sagrada Escritura ni los misterios de nuestra fe, ni las palabras encarecidas que en ella oigáis de lo que pasa entre Dios y el alma, jamás os espantéis. El amor que nos tuvo y nos tiene me espanta a mí y más me desatina, siendo los que somos; que amándonos así, no hay encarecimiento de palabras con que nos lo demuestre, que no las haya demostrado más con obras (Mdt C 1, 7).

14      ¡Por cuántos caminos y de cuántas maneras y de cuántos modos nos manifestáis el amor! Con trabajos, con muerte tan áspera, con tormentos, sufriendo cada día injurias y perdonando; y no sólo con esto, sino que además le decís en los Cantares unas palabras tan heridoras al alma que os ama, y le enseñáis a que os las diga, que no se cómo se pueden soportar, si Vos no ayudáis a que las sufra quien las siente (Mdt C 3, 11).

15      Pensaba yo ahora si hay alguna diferencia entre la voluntad y el amor. Y paréceme que sí. No se si es soberbia. El amor me parece que es una saeta que envía la voluntad, que si va con toda la fuerza que ella tiene, libre de todas las cosas de la tierra, empleada en solo Dios, muy de verdad debe de herir a Su Majestad; de suerte que, metida en el mismo Dios, que es Amor, vuelve de allí con grandísimas ganancias (Mdt C 6, 5).

16      Se podrá decir que parecen cosas imposibles y que es importante no escandalizar a los débiles. Menos se pierde en que ellos no crean lo que Dios obra, que en que se dejen de aprovechar los que reciben los carismas, y se gozarán y estimularán a amar más a quien hace tantas misericordias, viendo que es tan grande su poder y majestad. Tanto más, cuando al escribir y decir estas maravillas, se que hablo con quien no tendrá este peligro, porque saben y creen que hace Dios aún mayores muestras de amor.

Yo se que quien esto no creyere no lo verá por experiencia; porque es muy amigo el Señor de que no pongan tasa a sus obras y así, hermanas, jamás os ocurra a las que el Señor no llevare por este camino, poner límites a sus grandezas (I M 1, 4).

17      Todas querréis, mis hijas, procurar tener esta oración, y tenéis razón, que -como he dicho- no acaba de entender el alma las mercedes que allí le hace el Señor y el amor con que la va acercando más a sí. Lo cierto es que desearéis saber cómo alcanzamos esta merced (IV M 2, 9).

18      Yo se que hay mucho que temer en este caso, y conozco algunas personas que me tienen harto lastimada, y he visto lo que digo, porque cayeron por haberse apartado de quien con tanto amor se les quería dar por amigo y manifestárselo con obras. 

Y, aunque  el demonio no vea otra cosa sino que Su Majestad les demuestra amor tan particular, basta para que él se deshaga por perderlas, y por eso son muy combatidas, y aún mucho más perdidas que otras, si se pierden (IV M 3, 10).

19      Pues vengamos, con el favor del Espíritu Santo, a hablar de las sextas moradas, donde el alma ya queda herida del amor del Esposo y busca más tiempo para estar sola y evita todo lo que puede, según su estado, lo que puede impedir esta soledad (VI M 1, 1).

20      Creedme que es lo más seguro no querer sino lo que quiere Dios, que nos conoce más que nosotros mismos y nos ama. Póngamonos en sus manos para que se haga su voluntad en nosotros, y no nos equivocaremos si con determinada voluntad, permanecemos en esa decisión (VI M 9, 17).

21      Es un secreto tan grande y una gracia tan alta lo que Dios comunica allí al alma en un instante, y el grandísimo deleite que siente el alma, que no se a qué compararlo, sino a que el Señor quiere manifestarle en aquel momento la gloria que hay en el cielo de modo más perfecto, que por ninguna visión ni gusto espiritual (VII M 2, 4).

22      Sólo se puede decir que, a lo que se puede entender, el alma, o mejor, el espíritu de esta alma, queda hecho una cosa con Dios que, como también es espíritu, ha querido Su Majestad manifestar el amor que nos tiene haciendo ver a algunas personas hasta dónde llega para que alabemos su grandeza; porque de tal manera ha querido unirse a la criatura, que no se quiere separar de ella como los que, ya casados, no se pueden separar (VII M 2, 4).

23      La unión viene a ser como si dos velas de cera se uniesen tanto que toda la luz fuese una, o que la mecha y la luz y la cera es todo uno. Pero después que han estado unidos se pueden separar sin dificultad una vela de la otra y quedan siendo como antes dos velas, o mecha y cera (VII M 2, 6).

24      En el matrimonio es como si cae agua del cielo en un río o en una fuente en donde queda hecho todo agua. Nadie podrá dividir ni separar el agua del río de la que cayó del cielo; o como si un arroyo pequeño entra en el mar, no habrá manera de separarlos; o como si en un salón hubiese dos ventanas por donde entrara mucha luz, aunque la luz entra separada, se hace toda una luz. Quizá es esto lo que dice san Pablo: "Estar unido al Señor es ser un espíritu con El" (1 Cor 6, 17), referido a este soberano matrimonio, que presupone que Su Majestad se ha juntado al alma por unión.

Y también dice san Pablo: "Para mí vivir es Cristo y morir ganancia" (Fl 1, 21). Esto me parece que puede decir aquí el alma, porque ahora es cuando la mariposilla de que hemos hablado, muere, y con grandísimo gozo, porque su vida es ya Cristo (VII M 2, 6).

25      Que es muy cierto que si nosotros nos vaciamos de todas las criaturas y de ellas nos desasimos por amor de Dios, el mismo Señor nos llenará de sí mismo. ¡No se qué mayor amor puede ser que éste! Y no dejaremos de entrar aquí todos, porque así dijo Su Majestad: "No te pido sólo por éstos, te pido también por los que han de creer en Mí mediante su mensaje" (Jn 17, 20). Y sigue diciendo: Yo unido  con ellos y tú conmigo" (Jn 17, 23).

¡Oh, válgame Dios, qué palabras tan verdaderas, y cómo las entiende el alma, que en esta oración lo ve realizado en sí misma! Y ¡cómo lo entenderíamos todos si no fuese por nuestra culpa, pues las palabras de Jesucristo, nuestra Rey y Señor, no pueden faltar (Lc 21, 3)!; mas como faltamos en no disponernos y apartarnos de todo lo que puede oscurecer esta luz, no nos vemos en este espejo que contemplamos, donde nuestra imagen está esculpida (VII M 2, 9-10).

26      Veía claramente lo mucho que el Señor había puesto de su parte desde que era muy niña, para acercarme a El con medios harto eficaces y de ninguno me aproveché. En lo cual se me representó claramente el excesivo amor que Dios nos tiene perdonando todo esto cuando queremos volver a el, y más conmigo que con nadie, por muchas causas (Cc 14ª, 3).

27      ¡Oh, verdadero Amador, con cuánta piedad, con cuánta suavidad, con cuánto deleite, con cuánto regalo y con cuán grandísimas muestras de amor curáis estas llagas que con las saetas del mismo amor habéis hecho! ¡Oh, Dios mío y descanso de todas las penas, qué desatinada estoy! ¿Cómo podía haber medios humanos que curasen a los que ha enfermado el fuego divino? ¿Quién ha de saber hasta dónde llega esta herida, ni de qué procedió, ni cómo se puede aplacar tan penoso y deleitoso tormento? No sería justo que tan precioso mal pudiera poderse aplacar con algo tan vulgar como son los medios que pueden tomar los mortales. Con cuánta razón dice la esposa en los Cantares: "Mi Amado para mí y yo para mi Amado" (2, 16); porque semejante amor no es posible que tenga su origen en amor tan pobre como el mío.

Pues si es pobre, Esposo mío, cómo no para en ninguna criatura hasta llegar a su Creador? ¡Oh mi Dios!, ¿por qué yo para mi Amado?. Vos, mi verdadero Amador, comenzáis esta guerra de amor, que no parece otra cosa el desasosiego y desamparo de todas las potencias y sentidos que salen por las plazas y barrios conjurando a las hijas de Jerusalén que le digan a su Dios. ¡Oh, alma mía, qué batalla tan admirable has tenido en esta pena, y cuán al pie de la letra pasa así! Pues mi Amado para mí y yo para mi Amado, ¿quién será el que podrá extinguir y apagar dos fuegos tan encendidos? Será trabajar en balde, porque ya se han convertido en uno (E 16).

28      ¡Oh Amor que me amas más de lo que yo puedo amar ni entiendo! ¿Para qué quiero, Señor, desear más de lo que Vos quisiereis darme? ¿Para qué me quiero cansar en pediros cosa pedida por mi deseo, pues todo lo que mi entendimiento puede organizar y mi deseo desear, ya sabéis Vos en qué termina, cuándo yo no entiendo lo que más me aprovecha? En lo que mi alma piensa salir con ganancia, quizá estará más perdida (E 17).

29      No deja de nos amar

Nuestro Dios, y nos llamar,

Sigámosle sin recelo,

Monjas del Carmelo (P 10).

 

30      ¡Oh, nudo que así juntáis

Dos cosas tan desiguales!

No se por qué os desatáis,

Pues atado fuerza dais

A tener por bien los males.

Juntáis quien no tiene ser

con el Ser que no se acaba;

Sin acabar acabáis,

Sin tener que amar amáis

Engrandecéis nuestra nada (P 6).

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BELLEZA Y HERMOSURA DE DIOS

 

31      Quiso el Señor mostrarme solas las manos con tan grandísima hermosura, que yo no lo podría encarecer... Pocos días después ví también su divino rostro, que me dejó absorta... Cuando lo vi todo entero, comprendí que el Señor tenía en cuenta mi debilidad y me iba preparando...; y, como quien esto sabía, iba el piadoso Señor disponiendo (V 28, 1).

32      Se me representó la Sacratísima Humanidad Resucitada, con tanta hermosura y majestad.(V 28, 3).

33      Esta visión de  no es un resplandor que deslumbra, sino una blancura suave y un resplandor difuso que da deleite grandísimo a la vista, y la claridad que se ve para poder ver esta hermosura divina no le cansa. Es una luz tan diferente de la de acá que la luminosidad del sol de la tierra es tan opaca en comparación de aquella claridad y luz de la visión, que no se querrían abrir los ojos después. Es como ver agua muy clara que corre sobre cristal en la que reverbera el sol, comparada con un agua turbia con un cielo muy nublado corriendo por la superficie de la tierra. Y no es que en la visión se represente el sol, ni la luz es como la del sol; sino que la luz de la visión parece luz natural y la de la tierra artificial. Es luz que no tiene noche porque siempre hay luz y, por gran entendimiento que tenga una persona, en toda su vida no podrá imaginar cómo es. (V 28, 5).

34      La visión de  me dejó impresa su grandísima hermosura, que aún me dura... (V 37, 4).

35      Después de haber visto la hermosura del Señor, nadie me gustaba en comparación suya, ni nadie podía llenarme (V 37, 4).

36      ¡Oh, Hermosura que excedéis

            a todas las hermosuras! (P VI).

37      No deje yo, mi Dios, no deje de gozar de tanta hermosura en paz. (E 14, 2). 

 

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BIENAVENTURANZA DE DIOS

 

38      Estando así el alma buscando a Dios siente que casi va desfalleciendo toda con un deleite grandísimo y suave y una especie de desmayo, en que le va faltando la respiración y todas las fuerzas corporales de tal modo, que sólo con dificultad puede mover las manos (V 18, 10; CN 8).

39      También me parece que Su Majestad va probando a unos y a otros, manifestándoles quién es con deleite tan soberano, para ver quién le quiere y para avivar la fe, si es que está muerta, en lo que nos ha de dar, diciendo: "Mirad, que esto es sólo una gota del mar grandísimo de bienes", para no dejar nada por hacer con los que ama y según ve que le reciben, así da y se da (V 22, 17; CN 12).

40      Mirad que lo que digo no se puede comparar con la realidad; sólo he dicho lo que es necesario para dar a entender secretos y grandezas suyas, pues su deleite supera a todos los que en este mundo se pueden gozar. Por eso con toda razón hace aborrecer los deleites de esta vida, que son basura todos juntos. Asco da compararlos aquí, aunque fuera para gozarlos sin fin, con éstos que da el Señor, que son sólo una gota del gran río caudaloso que nos tiene preparado (V 27, 12).

41      Jamás me podía penar haber visto estas visiones celestiales, que ni una sola cambiaría yo por todos los bienes y deleites del mundo. Siempre las tuve por gran merced del Señor y me parecían un gran tesoro y así me lo decía el Señor muchas veces. Yo me veía crecer mucho en amarle (V 29, 4).

42      Yo quisiera poder dar a entender algo de la mínima parte que veía, y pensando cómo lo podré conseguir, veo que me parece imposible. Porque sólo la diferencia de esta luz a la de allá, aunque una y otra son luz, es incomparable, porque incluso la luminosidad del sol parece opaca. En fin, que por muy sutil que sea la imaginación, no puede producir luz celeste, ni nada de lo que el Señor me daba a entender con un deleite tan soberano que no se puede decir; porque todos los sentidos gozan en tan alto grado y suavidad que no se puede expresar, y por eso es mejor callar (V 38, 2).

43      En esta oración de que estoy hablando, que yo llamo de quietud, porque el sosiego que produce en todas las potencias parece que conforta todo el hombre interior y exterior, como si le echasen en los tuétanos una unción suavísima de un gran perfume de muchas esencias, sin que sepamos lo que es ni dónde está aquel perfume, sino que nos penetra totalmente, así parece que es este amor suavísimo de nuestro Dios. Se introduce en el alma con gran suavidad y la contenta y la satisface y no puede entender cómo y por dónde entra aquél bien. Querría no perderlo, querría no menearse ni hablar ni aún mirar, para que no se le fuese. Y esto es lo que dice aquí la esposa a mi propósito, que dan de sí los pechos del Esposo olor muy bueno, más que los ungüentos (Mdt C 4, 2).

44      Mas cuando este Esposo riquísimo la quiere enriquecer y regalar más, la convierte tanto en Sí que, como una persona que el gran placer y contento la desmaya, le parece que se queda suspendida en aquellos divinos brazos y arrimada a aquel sagrado costado y a aquellos pechos divinos. No sabe más que gozar, sustentada con aquella leche divina con que la va curando su Esposo y mejorando en aquel sueño y en aquella embriaguez celestial, y queda espantada y embobada y con un santo desatino. Me parece a mí que puede decir estas palabras: "Mejores son tus pechos que el vino" porque, cuando estaba en aquella borrachez, le parecía que ya no podía subir más; mas, cuando se vio en más alto grado y toda empapada en aquella inmensa grandeza de Dios y se vio que quedaba tan satisfecha, delicadamente lo comparó, diciendo: "Mejores son tus pechos que el vino". Porque así como un niño no entiende cómo crece ni sabe cómo mama -que, aunque sin mamar él ni hacer nada, muchas veces le echan la leche en la boca-, así sucede aquí, que totalmente el alma no sabe de sí ni hace nada ni sabe cómo ni por dónde le vino aquel bien tan grande. Sabe que es el mayor que en la vida se puede gustar, aunque se junten todos los deleites y gustos del mundo; se ve crecida y mejorada, sin saber cuándo le mereció; fortalecida en las virtudes, regalada por quien tan bien lo sabe y puede hacer. No sabe a qué comparar su estado, sino al regalo de la madre que ama mucho al hijo y lo cría y regala (Mdt C 4, 4).

45      Y ¡cuán venturosa es el alma que merece estar debajo de esta sombra, aun para cosas que acá se pueden ver! Parece que estando el alma en este deleite, siente que está toda engolfada y amparada por una sombra como una nube de la Divinidad, de donde vienen influencias al alma y rocío tan deleitoso, que con mucha razón quitan el cansancio que le han causado las cosas del mundo (Mdt C 5,4).

46      No es otra cosa el alma del justo que un paraíso donde El dice que tiene sus complacencias (Prv 8, 11) (I M 1, 1).

47      ¿Cómo os podría yo decir la riqueza y tesoros y deleites que hay en las quintas moradas? Creo que sería mejor no decir nada de las que faltan, pues no lo he de saber decir, ni el entendimiento lo sabe entender, ni las comparaciones pueden servir para explicarlo, porque son muy pobres las cosas de la tierra para expresar tanta grandeza (V M 1, 1).

48      Es así como, sabiendo que se comunica con sus criaturas, alabaremos más su grandeza y nos animaremos a no menospreciar al hombre, con quien tanto se deleita el Señor. Y cuánto más supiéramos de esto, mejor (VII M 1, 1).

49      Porque el gran deleite que siente entonces el alma es porque se ve cerca de Dios. En esta situación no entiende nada, porque pierde el uso de todas las potencias (VII M 1, 6).

50      Cuando considero que decís que tenéis vuestros deleites con los hijos de los hombres, se alegra mucho mi alma. ¡Oh Señor del cielo y de la tierra, y qué palabras éstas para que ningún pecador desconfíe!... Aquella voz que se oyó cuando el Bautismo, dijo que os deleitáis con vuestro Hijo... Pues, ¿qué necesidad tenéis de mi amor? ¿Para qué lo queréis, Dios mío, qué ganáis con él? ¡Oh, bendito seáis Vos!; ¡oh, bendito seáis Dios mío, para siempre! Que os alaben todas las cosas, Señor, en fin, pues no lo puede haber en Vos (E 7).

51      ¡Oh almas que ya gozáis sin temor de vuestro gozo y estáis siempre embebidas en alabanzas de mi Dios! Venturosa fue vuestra suerte. ¡Qué gran razón tenéis para ocuparos siempre en estas alabanzas y qué envidia os tiene mi alma, porque estáis ya libres del dolor que dan las ofensas tan grandes que en estos desventurados tiempos se hacen a mi Dios, y de ver tanta ingratitud, y de ver que no se quiere ver esta multitud de almas que se lleva Satanás! ¡Oh bienaventuradas almas celestiales!; ayudad nuestra miseria y sednos intercesoras ante la divina misericordia para que nos de algo de vuestro gozo y reparta con nosotros ese claro conociento que tenéis.

52      Dadnos, Dios mío, Vos a entender qué es lo que se da a los que pelean varonilmente en este sueño de esta miserable vida. Alcanzadnos, ¡oh almas amadoras!, a entender el gozo que os causa ver la eternidad de vuestros gozos y cómo es cosa tan deleitosa ver con certeza que no se han de acabar. ¡Oh desventurados de nosotros, Señor mío!, que bien lo sabemos y creemos, sino que con la costumbre tan general de no meditar estas verdades, son tan extrañas ya para las almas, que ni las conocen ni las quieren conocer.

53      ¡Oh, oh, oh, qué poco nos fiamos de Vos, Señor! ¡Cuántas mayores riquezas y tesoros nos confiasteis a nosotros!, pues treinta y tres años de grandes trabajos y después muerte tan intolerable y lastimosa, nos disteis a vuestro Hijo tantos años antes de nuestro nacimiento; y aun sabiendo que no os lo habíamos de pagar, no quisisteis dejarnos de confiar tan inestimable tesoro, para que no quedase por Vos lo que nosotros granjeando con El, podemos ganar con Vos, Padre piadoso (E 13).

54      El es bienaventurado porque se conoce y se ama y goza de sí mismo, sin que sea posible otra cosa; no tiene, ni puede tener, ni fuera perfección de Dios poder tener libertad para olvidarse de sí y dejar de amarse (E 17).

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BONDAD INFINITA DE DIOS

 

55      Y Dios que es tan bueno que, cuando Su Majestad sabe por qué, quizá para gran provecho quiere que esté seco el pozo, si hacemos lo que podemos como buenos hortelanos, sin agua sustenta las flores y hace crecer las virtudes (V 11, 10; CN 1).

56      Confíen en la bondad de Dios, que es mayor que todos los males que podemos hacer y no se acuerda de nuestra ingratitud cuando nosotros, reconociéndonos, queremos volver a su amistad, ni de las mercedes que nos ha hecho para castigarnos por no haberlas aprovechado. Al contrario, ellas sirven para perdonarnos más pronto, como personas que ya eran de su casa y han comido su pan.

57      Acuérdense de sus palabras y miren lo que ha hecho conmigo, que antes me cansé de ofenderle que Su Majestad de perdonarme. Nunca se cansa de dar ni se puede agotar su misericordia; no nos cansemos nosotros de recibir. Sea bendito por siempre, amén, y que le alaben todas las cosas (V 19, 17: CN 9).

58      Lo que sí se muy bien es que la fortaleza que deja Dios en el alma al principio, cuando la unión dura tiempo tan breve como el abrir y cerrar los ojos, que si no fuera por los efectos que deja sería casi imperceptible, es muy diferente de cuando dura más tiempo esta merced. La razón de esta diferencia creo que está en que el alma no está preparada del todo, y el Señor poco a poco la va formando y le da decisión y fuerzas varoniles para que todo lo pisotee del todo.

59      Con la misma rapidez que lo hizo con la Magdalena, lo hace con otras personas, en la medida en que ellas le dejan hacer a Su Majestad. No nos creemos del todo que Dios da el ciento por uno en esta vida (Lc 18, 29-30) (V 22, 15; CN 12).

60      Pues ¿qué tal os parece que será la habitación donde se deleita un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio y tan lleno de todos los bienes? No encuentro nada que se pueda comparar a la gran hermosura del alma y a su gran capacidad. Y verdaderamente no pueden comprenderla nuestros entendimientos, por muy agudos que sean. De la misma manera que no pueden comprender a Dios, pues El mismo dice que nos crió a imagen y semejanza suya (Gn 1, 28) (I M 1, 1).

61      Esta pena no se alivia pensando que nuestro Señor tiene ya perdonados los pecados y olvidados, sino que aún aumenta la pena viendo tanta bondad y que se hacen mercedes a quien no merecía sino infierno.

62      Yo pienso que fue éste el gran martirio de san Pedro y de la Magdalena; porque, como tenían el amor tan crecido y habían recibido tantas mercedes y conocían la grandeza y majestad de Dios, sería harto recio de sufrir y con muy tierno sentimiento (VI M 7, 4).

63      Mas este andar siempre el alma tan asida de Dios y ocupado su pensamiento en El, le daría tanta rabia al demonio que, aunque lo intentase, no volvería muchas veces, y es Dios tan fiel, que no permitirá darle tanta mano en alma que no pretende otra cosa sino agradar a Su Majestad y gastar su vida en su honra y gloria, sino que pronto ordenará que sea desengañada (VI M 8, 7).

64      Y si no falta a Dios el alma, jamás El, a mi parecer, dejará de manifestar con tanta claridad su presencia. Y tiene el alma gran confianza de que Dios no dejará que pierda este don que le ha regalado (VII M 1, 9).

65      Entonces, alma mía, entrarás en tu descanso, cuando te entrañes con este Sumo Bien y entiendas lo que entiende, y ames lo que ama, y goces lo que goza. Cuando veas ya perdida tu mudable voluntad, y sin posibilidad de cambio; porque la gracia de Dios ha podido tanto que te ha hecho partícipe de su divina naturaleza; con tanta perfección que ya no puedas ni desees poder olvidarte del sumo Bien, ni dejar de gozarle junto con amor (E 17).

66      Créanme por Dios... que no dormirá el demonio para tentarnos cuando más daño nos piense hacer, como hizo a esta mujer, que cierto me espantó mucho, aunque no porque crea que impediría su salvación, que es grande la bondad de Dios.(F 6, 21).

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CARIDAD, AMOR A DIOS

 

67      Nos poníamos de acuerdo para irnos a tierra de moros, pidiendo por amor de Dios que allá nos descabezasen, y paréceme que nos daba el Señor ánimo en tan tierna edad para realizarlo, si hubiéramos encontrado el modo (V 1, 5).

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