CAMINANDO CON JESUS

PEDRO SERGIO ANTONIO DONOSO BRANT

SANTA TERESA DE JESUS

 

DICHOS BREVES, SENTENCIAS Y PENSAMIENTOS  DE SANTA TERESA DE JESUS, EN LA LINEA DEL PENSAMIENTO DE SANTO TOMAS

 

 

 

AMOR DE DIOS

BELLEZA Y HERMOSURA DE DIOS

BIENAVENTURANZA DE DIOS

BONDAD INFINITA DE DIOS

CARIDAD, AMOR A DIOS

CIENCIA DE DIOS

CONOCER A DIOS

CREER

DIOS, EXISTENCIA DE

ETERNIDAD DE DIOS

GOBIERNO Y CONSERVACION DE DIOS

INFINIDAD DE DIOS

INMENSIDAD Y UBICUIDAD DE DIOS

JUSTICIA DE DIOS

MISERICORDIA DE DIOS

OMNIPOTENCIA DE DIOS

PROVIDENCIA DE DIOS

SIMPLICIDAD Y PERFECCION ABSOLUTA DE DIOS

UNIDAD Y TRINIDAD DE DIOS

VERDAD, DIOS ES LA VERDAD

VIDA, DIOS ES LA VIDA

VOLUNTAD DE DIOS

 

 

SELECCIONADOS POR JESUS MARTI BALLESTER

CLASIFICADOS Y ORDENADOS POR PEDRO SERGIO ANTONIO DONOSO BRANT

LIBRO DE REFERENCIA:

TERESA DE JESUS NOS HABLA HOY- SUMA ANTOLOGICA

 


AMOR DE DIOS

1           Mal deseará que todos le desprecien y le aborrezcan, y todas las virtudes grandes que tienen los perfectos, quien no tiene alguna prenda del amor que Dios le tiene, y juntamente fe viva. (V 10, 6).

2           Algunas, si son muy sensibles, sufren mucho pensando siempre en la Pasión, y en cambio, se regalan y aprovechan considerando el poder y la grandeza de Dios en las criaturas y el amor que nos tiene y que en todo se manifiesta (V 13, 13; CN 3).

3           ¡Oh, Jesús y Señor mío! ¡Cuánto nos ayuda aquí vuestro amor!, porque éste tiene cogido al nuestro, que no le deja libertad para amar en aquel momento a nadie y nada, más que a Vos! (V 14, 2; CN 4).

4           ¿Es posible, Señor, que exista algún alma que haya llegado a que Vos le hagáis mercedes semejantes y regalos y haya entendido que Vos os gozáis con ella, que os haya vuelto a ofender después de tantos favores y de tan grandes muestras del amor que le tenéis, de lo cual no puede dudar, pues las obras se han visto claras?

Sí la hay, por cierto, y no os ha ofendido una vez sino muchas, que soy yo. Y quiera vuestra bondad, Señor, que sea yo sola la ingrata y la que haya hecho tan gran maldad y tenido tan excesiva ingratitud: porque incluso de esa ingratitud algún bien ha sacado vuestra infinita bondad, y cuanto mayor es el mal, más resplandece el gran bien de vuestras misericordias. ¡Y con cuánta razón las puedo yo para siempre cantar! (Sal 88, 2).

Yo os suplico, Dios mío, que así sea y que las cante sin fin, ya que habéis querido hacerlas tan grandísimas conmigo, que causan admiración a los que las ven, y a mí me sacan de mí muchas veces, para poder alabaros mejor a Vos; que estando en mí sin Vos no podría, Señor mío, nada, sino que otra vez volvieran a ser cortadas estas flores de este huerto, de suerte que esta miserable tierra volviese a servir de muladar como antes.

No lo permitáis, Señor, ni queráis que se pierda alma que con tantos trabajos comprasteis y tantas veces de nuevo la habéis vuelto a rescatar y arrancar de los dientes del dragón (V 14, 11; CN 4).

5            Es pues esta oración una centellica que comienza el Señor a encender en el alma del verdadero amor suyo, y quiere que el alma vaya entendiendo qué cosa es este amor con regalo.

Esta quietud y recogimiento y centellica, si es espíritu de Dios y no gusto causado por el demonio y procurado por nosotros... ; pues esta centellica encendida por Dios, aunque es tan pequeñita hace mucho ruido, y si no la mata por su culpa, comienza a encender el gran fuego llameante del grandísimo amor de Dios que hace Su Majestad que tengan las almas perfectas (V 15, 4; CN 5).

6           Este temor va mezclado con grandísimo amor que se cobra de nuevo a quien vemos lo tiene tan grande a un gusano tan podrido, que parece que no tiene bastante con llevarse de veras al alma consigo, que quiere llevarse también el cuerpo, siendo tan mortal y de tierra tan sucia, por tantos pecados cometidos (V 20, 7; CN 10).

7           Siempre que se piense en Cristo, acordémonos del Amor con que nos concedió tantas gracias, y de qué gran amor nos demostró Dios dándonos tal prenda del que nos tiene; que amor saca amor.

Y aunque estemos comenzando a hacer oración y nosotras seamos tan ruines, procuremos ir mirando siempre esto y despertándonos a amar; porque si el Señor nos concede la gracia de que se nos grave en el corazón este Amor, todo nos resultará fácil y lo haremos todo muy pronto y con muy poco esfuerzo.

Que el Señor nos conceda este amor, que sabe lo que mucho que nos conviene, por el amor que nos tuvo y por su glorioso Hijo, a quienes nos demostró su Amor, que tan caro le costó, amén (V 22, 14; CN 12).

8           ¡Oh, Señor mío! ¡Qué delicada y fina y sabrosamente sabéis tratar a quienes os aman! ¡Quién nunca se hubiera entregado a amar a nadie sino a Vos!

9           Parece, Señor, que probáis con rigor a quien os ama, para que en la mayor intensidad del sufrimiento se manifieste la mayor intensidad de vuestro amor (V 25, 17).

10      En este modo de conocer Dios y el alma, sólo con quererlo Su Majestad, se entienden estos amigos y se manifiestan el amor, sin necesidad de palabras. Del mismo modo que en este mundo dos personas inteligentes que se aman, con sólo mirarse y aun casi sin señas, parece que se entienden.

Así debe de ser este modo de conocimiento del que estoy escribiendo, sin que veamos cómo, de hito en hito se miran estos dos amantes, como creo que he oído que dice el Esposo a la esposa, en los Cantares (4, 9). (V 27, 10).

11      Yo me he regalado hoy con el Señor y me he atrevido a quejarme de Su Majestad, y le he dicho: "¿No basta, Dios mío, que me tengáis en esta miserable vida y que por amor a Vos pase por ello, y acepto vivir donde no hay más que obstáculos que me impiden gozar de Vos, porque he de comer y dormir y preocuparme de los asuntos y hablar con todos, y todo lo paso por vuestro amor, pues bien sabéis, Señor mío, que todo es tormento grandísimo para mí, que los poquitos ratos que tengo para gozar de Vos, también me os escondéis? Creo yo, Señor, que si yo pudiera esconderme de Vos, como Vos de mí, el amor que me tenéis no lo soportaría; pero Vos estáis conmigo y me veis siempre. ¡No se puede sufrir esto, Señor mío! Os suplico miréis que lastimáis a quien tanto os ama (V 37, 8).

12      ¡Oh, señor mío, que de todos los bienes que nos hicisteis nos aprovechamos mal! Vuestra majestad buscando modos y maneras e invenciones para manifestar el amor que nos tenéis; nosotros, como mal experimentados en amaros a Vos, los apreciamos tan poco, que de mal ejercitados en esto, se nos van los pensamientos a donde están siempre, olvidando los misterios que este idioma encierra en sí, como ha dicho el Espíritu Santo. ¿Qué más era menester para encendernos en amor suyo y pensar que adoptó este estilo no sin gran causa?

Recuerdo haber oído a un religioso un sermón harto admirable, declarando estos regalos que la esposa trataba con Dios. Y causó tanta risa y se recibió tan mal lo que dijo, porque hablaba de amor (siendo el sermón del Mandato, que es para no tratar de otra cosa), que yo estaba espantada. Y veo claro que nos ejercitamos tan mal en el amor a Dios, que no nos parece posible que un alma trate así con Dios. Mas conozco a algunas personas que sacaron tan gran bien, tanto regalo, tan gran seguridad en sus temores, que hacían particulares alabanzas a nuestro Señor muchas veces, porque dejó remedio tan saludable para las almas que con hirviente amor le aman para que entiendan y vean que es posible que se humille Dios tanto (Mdt C 1, 4-5).

13      Aunque no entendáis la Sagrada Escritura ni los misterios de nuestra fe, ni las palabras encarecidas que en ella oigáis de lo que pasa entre Dios y el alma, jamás os espantéis. El amor que nos tuvo y nos tiene me espanta a mí y más me desatina, siendo los que somos; que amándonos así, no hay encarecimiento de palabras con que nos lo demuestre, que no las haya demostrado más con obras (Mdt C 1, 7).

14      ¡Por cuántos caminos y de cuántas maneras y de cuántos modos nos manifestáis el amor! Con trabajos, con muerte tan áspera, con tormentos, sufriendo cada día injurias y perdonando; y no sólo con esto, sino que además le decís en los Cantares unas palabras tan heridoras al alma que os ama, y le enseñáis a que os las diga, que no se cómo se pueden soportar, si Vos no ayudáis a que las sufra quien las siente (Mdt C 3, 11).

15      Pensaba yo ahora si hay alguna diferencia entre la voluntad y el amor. Y paréceme que sí. No se si es soberbia. El amor me parece que es una saeta que envía la voluntad, que si va con toda la fuerza que ella tiene, libre de todas las cosas de la tierra, empleada en solo Dios, muy de verdad debe de herir a Su Majestad; de suerte que, metida en el mismo Dios, que es Amor, vuelve de allí con grandísimas ganancias (Mdt C 6, 5).

16      Se podrá decir que parecen cosas imposibles y que es importante no escandalizar a los débiles. Menos se pierde en que ellos no crean lo que Dios obra, que en que se dejen de aprovechar los que reciben los carismas, y se gozarán y estimularán a amar más a quien hace tantas misericordias, viendo que es tan grande su poder y majestad. Tanto más, cuando al escribir y decir estas maravillas, se que hablo con quien no tendrá este peligro, porque saben y creen que hace Dios aún mayores muestras de amor.

Yo se que quien esto no creyere no lo verá por experiencia; porque es muy amigo el Señor de que no pongan tasa a sus obras y así, hermanas, jamás os ocurra a las que el Señor no llevare por este camino, poner límites a sus grandezas (I M 1, 4).

17      Todas querréis, mis hijas, procurar tener esta oración, y tenéis razón, que -como he dicho- no acaba de entender el alma las mercedes que allí le hace el Señor y el amor con que la va acercando más a sí. Lo cierto es que desearéis saber cómo alcanzamos esta merced (IV M 2, 9).

18      Yo se que hay mucho que temer en este caso, y conozco algunas personas que me tienen harto lastimada, y he visto lo que digo, porque cayeron por haberse apartado de quien con tanto amor se les quería dar por amigo y manifestárselo con obras. 

Y, aunque  el demonio no vea otra cosa sino que Su Majestad les demuestra amor tan particular, basta para que él se deshaga por perderlas, y por eso son muy combatidas, y aún mucho más perdidas que otras, si se pierden (IV M 3, 10).

19      Pues vengamos, con el favor del Espíritu Santo, a hablar de las sextas moradas, donde el alma ya queda herida del amor del Esposo y busca más tiempo para estar sola y evita todo lo que puede, según su estado, lo que puede impedir esta soledad (VI M 1, 1).

20      Creedme que es lo más seguro no querer sino lo que quiere Dios, que nos conoce más que nosotros mismos y nos ama. Póngamonos en sus manos para que se haga su voluntad en nosotros, y no nos equivocaremos si con determinada voluntad, permanecemos en esa decisión (VI M 9, 17).

21      Es un secreto tan grande y una gracia tan alta lo que Dios comunica allí al alma en un instante, y el grandísimo deleite que siente el alma, que no se a qué compararlo, sino a que el Señor quiere manifestarle en aquel momento la gloria que hay en el cielo de modo más perfecto, que por ninguna visión ni gusto espiritual (VII M 2, 4).

22      Sólo se puede decir que, a lo que se puede entender, el alma, o mejor, el espíritu de esta alma, queda hecho una cosa con Dios que, como también es espíritu, ha querido Su Majestad manifestar el amor que nos tiene haciendo ver a algunas personas hasta dónde llega para que alabemos su grandeza; porque de tal manera ha querido unirse a la criatura, que no se quiere separar de ella como los que, ya casados, no se pueden separar (VII M 2, 4).

23      La unión viene a ser como si dos velas de cera se uniesen tanto que toda la luz fuese una, o que la mecha y la luz y la cera es todo uno. Pero después que han estado unidos se pueden separar sin dificultad una vela de la otra y quedan siendo como antes dos velas, o mecha y cera (VII M 2, 6).

24      En el matrimonio es como si cae agua del cielo en un río o en una fuente en donde queda hecho todo agua. Nadie podrá dividir ni separar el agua del río de la que cayó del cielo; o como si un arroyo pequeño entra en el mar, no habrá manera de separarlos; o como si en un salón hubiese dos ventanas por donde entrara mucha luz, aunque la luz entra separada, se hace toda una luz. Quizá es esto lo que dice san Pablo: "Estar unido al Señor es ser un espíritu con El" (1 Cor 6, 17), referido a este soberano matrimonio, que presupone que Su Majestad se ha juntado al alma por unión.

Y también dice san Pablo: "Para mí vivir es Cristo y morir ganancia" (Fl 1, 21). Esto me parece que puede decir aquí el alma, porque ahora es cuando la mariposilla de que hemos hablado, muere, y con grandísimo gozo, porque su vida es ya Cristo (VII M 2, 6).

25      Que es muy cierto que si nosotros nos vaciamos de todas las criaturas y de ellas nos desasimos por amor de Dios, el mismo Señor nos llenará de sí mismo. ¡No se qué mayor amor puede ser que éste! Y no dejaremos de entrar aquí todos, porque así dijo Su Majestad: "No te pido sólo por éstos, te pido también por los que han de creer en Mí mediante su mensaje" (Jn 17, 20). Y sigue diciendo: Yo unido  con ellos y tú conmigo" (Jn 17, 23).

¡Oh, válgame Dios, qué palabras tan verdaderas, y cómo las entiende el alma, que en esta oración lo ve realizado en sí misma! Y ¡cómo lo entenderíamos todos si no fuese por nuestra culpa, pues las palabras de Jesucristo, nuestra Rey y Señor, no pueden faltar (Lc 21, 3)!; mas como faltamos en no disponernos y apartarnos de todo lo que puede oscurecer esta luz, no nos vemos en este espejo que contemplamos, donde nuestra imagen está esculpida (VII M 2, 9-10).

26      Veía claramente lo mucho que el Señor había puesto de su parte desde que era muy niña, para acercarme a El con medios harto eficaces y de ninguno me aproveché. En lo cual se me representó claramente el excesivo amor que Dios nos tiene perdonando todo esto cuando queremos volver a el, y más conmigo que con nadie, por muchas causas (Cc 14ª, 3).

27      ¡Oh, verdadero Amador, con cuánta piedad, con cuánta suavidad, con cuánto deleite, con cuánto regalo y con cuán grandísimas muestras de amor curáis estas llagas que con las saetas del mismo amor habéis hecho! ¡Oh, Dios mío y descanso de todas las penas, qué desatinada estoy! ¿Cómo podía haber medios humanos que curasen a los que ha enfermado el fuego divino? ¿Quién ha de saber hasta dónde llega esta herida, ni de qué procedió, ni cómo se puede aplacar tan penoso y deleitoso tormento? No sería justo que tan precioso mal pudiera poderse aplacar con algo tan vulgar como son los medios que pueden tomar los mortales. Con cuánta razón dice la esposa en los Cantares: "Mi Amado para mí y yo para mi Amado" (2, 16); porque semejante amor no es posible que tenga su origen en amor tan pobre como el mío.

Pues si es pobre, Esposo mío, cómo no para en ninguna criatura hasta llegar a su Creador? ¡Oh mi Dios!, ¿por qué yo para mi Amado?. Vos, mi verdadero Amador, comenzáis esta guerra de amor, que no parece otra cosa el desasosiego y desamparo de todas las potencias y sentidos que salen por las plazas y barrios conjurando a las hijas de Jerusalén que le digan a su Dios. ¡Oh, alma mía, qué batalla tan admirable has tenido en esta pena, y cuán al pie de la letra pasa así! Pues mi Amado para mí y yo para mi Amado, ¿quién será el que podrá extinguir y apagar dos fuegos tan encendidos? Será trabajar en balde, porque ya se han convertido en uno (E 16).

28      ¡Oh Amor que me amas más de lo que yo puedo amar ni entiendo! ¿Para qué quiero, Señor, desear más de lo que Vos quisiereis darme? ¿Para qué me quiero cansar en pediros cosa pedida por mi deseo, pues todo lo que mi entendimiento puede organizar y mi deseo desear, ya sabéis Vos en qué termina, cuándo yo no entiendo lo que más me aprovecha? En lo que mi alma piensa salir con ganancia, quizá estará más perdida (E 17).

29      No deja de nos amar

Nuestro Dios, y nos llamar,

Sigámosle sin recelo,

Monjas del Carmelo (P 10).

 

30      ¡Oh, nudo que así juntáis

Dos cosas tan desiguales!

No se por qué os desatáis,

Pues atado fuerza dais

A tener por bien los males.

Juntáis quien no tiene ser

con el Ser que no se acaba;

Sin acabar acabáis,

Sin tener que amar amáis

Engrandecéis nuestra nada (P 6).

VOLVER

 

---

 


BELLEZA Y HERMOSURA DE DIOS

 

31      Quiso el Señor mostrarme solas las manos con tan grandísima hermosura, que yo no lo podría encarecer... Pocos días después ví también su divino rostro, que me dejó absorta... Cuando lo vi todo entero, comprendí que el Señor tenía en cuenta mi debilidad y me iba preparando...; y, como quien esto sabía, iba el piadoso Señor disponiendo (V 28, 1).

32      Se me representó la Sacratísima Humanidad Resucitada, con tanta hermosura y majestad.(V 28, 3).

33      Esta visión de  no es un resplandor que deslumbra, sino una blancura suave y un resplandor difuso que da deleite grandísimo a la vista, y la claridad que se ve para poder ver esta hermosura divina no le cansa. Es una luz tan diferente de la de acá que la luminosidad del sol de la tierra es tan opaca en comparación de aquella claridad y luz de la visión, que no se querrían abrir los ojos después. Es como ver agua muy clara que corre sobre cristal en la que reverbera el sol, comparada con un agua turbia con un cielo muy nublado corriendo por la superficie de la tierra. Y no es que en la visión se represente el sol, ni la luz es como la del sol; sino que la luz de la visión parece luz natural y la de la tierra artificial. Es luz que no tiene noche porque siempre hay luz y, por gran entendimiento que tenga una persona, en toda su vida no podrá imaginar cómo es. (V 28, 5).

34      La visión de  me dejó impresa su grandísima hermosura, que aún me dura... (V 37, 4).

35      Después de haber visto la hermosura del Señor, nadie me gustaba en comparación suya, ni nadie podía llenarme (V 37, 4).

36      ¡Oh, Hermosura que excedéis

            a todas las hermosuras! (P VI).

37      No deje yo, mi Dios, no deje de gozar de tanta hermosura en paz. (E 14, 2). 

 

VOLVER

---

 


BIENAVENTURANZA DE DIOS

 

38      Estando así el alma buscando a Dios siente que casi va desfalleciendo toda con un deleite grandísimo y suave y una especie de desmayo, en que le va faltando la respiración y todas las fuerzas corporales de tal modo, que sólo con dificultad puede mover las manos (V 18, 10; CN 8).

39      También me parece que Su Majestad va probando a unos y a otros, manifestándoles quién es con deleite tan soberano, para ver quién le quiere y para avivar la fe, si es que está muerta, en lo que nos ha de dar, diciendo: "Mirad, que esto es sólo una gota del mar grandísimo de bienes", para no dejar nada por hacer con los que ama y según ve que le reciben, así da y se da (V 22, 17; CN 12).

40      Mirad que lo que digo no se puede comparar con la realidad; sólo he dicho lo que es necesario para dar a entender secretos y grandezas suyas, pues su deleite supera a todos los que en este mundo se pueden gozar. Por eso con toda razón hace aborrecer los deleites de esta vida, que son basura todos juntos. Asco da compararlos aquí, aunque fuera para gozarlos sin fin, con éstos que da el Señor, que son sólo una gota del gran río caudaloso que nos tiene preparado (V 27, 12).

41      Jamás me podía penar haber visto estas visiones celestiales, que ni una sola cambiaría yo por todos los bienes y deleites del mundo. Siempre las tuve por gran merced del Señor y me parecían un gran tesoro y así me lo decía el Señor muchas veces. Yo me veía crecer mucho en amarle (V 29, 4).

42      Yo quisiera poder dar a entender algo de la mínima parte que veía, y pensando cómo lo podré conseguir, veo que me parece imposible. Porque sólo la diferencia de esta luz a la de allá, aunque una y otra son luz, es incomparable, porque incluso la luminosidad del sol parece opaca. En fin, que por muy sutil que sea la imaginación, no puede producir luz celeste, ni nada de lo que el Señor me daba a entender con un deleite tan soberano que no se puede decir; porque todos los sentidos gozan en tan alto grado y suavidad que no se puede expresar, y por eso es mejor callar (V 38, 2).

43      En esta oración de que estoy hablando, que yo llamo de quietud, porque el sosiego que produce en todas las potencias parece que conforta todo el hombre interior y exterior, como si le echasen en los tuétanos una unción suavísima de un gran perfume de muchas esencias, sin que sepamos lo que es ni dónde está aquel perfume, sino que nos penetra totalmente, así parece que es este amor suavísimo de nuestro Dios. Se introduce en el alma con gran suavidad y la contenta y la satisface y no puede entender cómo y por dónde entra aquél bien. Querría no perderlo, querría no menearse ni hablar ni aún mirar, para que no se le fuese. Y esto es lo que dice aquí la esposa a mi propósito, que dan de sí los pechos del Esposo olor muy bueno, más que los ungüentos (Mdt C 4, 2).

44      Mas cuando este Esposo riquísimo la quiere enriquecer y regalar más, la convierte tanto en Sí que, como una persona que el gran placer y contento la desmaya, le parece que se queda suspendida en aquellos divinos brazos y arrimada a aquel sagrado costado y a aquellos pechos divinos. No sabe más que gozar, sustentada con aquella leche divina con que la va curando su Esposo y mejorando en aquel sueño y en aquella embriaguez celestial, y queda espantada y embobada y con un santo desatino. Me parece a mí que puede decir estas palabras: "Mejores son tus pechos que el vino" porque, cuando estaba en aquella borrachez, le parecía que ya no podía subir más; mas, cuando se vio en más alto grado y toda empapada en aquella inmensa grandeza de Dios y se vio que quedaba tan satisfecha, delicadamente lo comparó, diciendo: "Mejores son tus pechos que el vino". Porque así como un niño no entiende cómo crece ni sabe cómo mama -que, aunque sin mamar él ni hacer nada, muchas veces le echan la leche en la boca-, así sucede aquí, que totalmente el alma no sabe de sí ni hace nada ni sabe cómo ni por dónde le vino aquel bien tan grande. Sabe que es el mayor que en la vida se puede gustar, aunque se junten todos los deleites y gustos del mundo; se ve crecida y mejorada, sin saber cuándo le mereció; fortalecida en las virtudes, regalada por quien tan bien lo sabe y puede hacer. No sabe a qué comparar su estado, sino al regalo de la madre que ama mucho al hijo y lo cría y regala (Mdt C 4, 4).

45      Y ¡cuán venturosa es el alma que merece estar debajo de esta sombra, aun para cosas que acá se pueden ver! Parece que estando el alma en este deleite, siente que está toda engolfada y amparada por una sombra como una nube de la Divinidad, de donde vienen influencias al alma y rocío tan deleitoso, que con mucha razón quitan el cansancio que le han causado las cosas del mundo (Mdt C 5,4).

46      No es otra cosa el alma del justo que un paraíso donde El dice que tiene sus complacencias (Prv 8, 11) (I M 1, 1).

47      ¿Cómo os podría yo decir la riqueza y tesoros y deleites que hay en las quintas moradas? Creo que sería mejor no decir nada de las que faltan, pues no lo he de saber decir, ni el entendimiento lo sabe entender, ni las comparaciones pueden servir para explicarlo, porque son muy pobres las cosas de la tierra para expresar tanta grandeza (V M 1, 1).

48      Es así como, sabiendo que se comunica con sus criaturas, alabaremos más su grandeza y nos animaremos a no menospreciar al hombre, con quien tanto se deleita el Señor. Y cuánto más supiéramos de esto, mejor (VII M 1, 1).

49      Porque el gran deleite que siente entonces el alma es porque se ve cerca de Dios. En esta situación no entiende nada, porque pierde el uso de todas las potencias (VII M 1, 6).

50      Cuando considero que decís que tenéis vuestros deleites con los hijos de los hombres, se alegra mucho mi alma. ¡Oh Señor del cielo y de la tierra, y qué palabras éstas para que ningún pecador desconfíe!... Aquella voz que se oyó cuando el Bautismo, dijo que os deleitáis con vuestro Hijo... Pues, ¿qué necesidad tenéis de mi amor? ¿Para qué lo queréis, Dios mío, qué ganáis con él? ¡Oh, bendito seáis Vos!; ¡oh, bendito seáis Dios mío, para siempre! Que os alaben todas las cosas, Señor, en fin, pues no lo puede haber en Vos (E 7).

51      ¡Oh almas que ya gozáis sin temor de vuestro gozo y estáis siempre embebidas en alabanzas de mi Dios! Venturosa fue vuestra suerte. ¡Qué gran razón tenéis para ocuparos siempre en estas alabanzas y qué envidia os tiene mi alma, porque estáis ya libres del dolor que dan las ofensas tan grandes que en estos desventurados tiempos se hacen a mi Dios, y de ver tanta ingratitud, y de ver que no se quiere ver esta multitud de almas que se lleva Satanás! ¡Oh bienaventuradas almas celestiales!; ayudad nuestra miseria y sednos intercesoras ante la divina misericordia para que nos de algo de vuestro gozo y reparta con nosotros ese claro conociento que tenéis.

52      Dadnos, Dios mío, Vos a entender qué es lo que se da a los que pelean varonilmente en este sueño de esta miserable vida. Alcanzadnos, ¡oh almas amadoras!, a entender el gozo que os causa ver la eternidad de vuestros gozos y cómo es cosa tan deleitosa ver con certeza que no se han de acabar. ¡Oh desventurados de nosotros, Señor mío!, que bien lo sabemos y creemos, sino que con la costumbre tan general de no meditar estas verdades, son tan extrañas ya para las almas, que ni las conocen ni las quieren conocer.

53      ¡Oh, oh, oh, qué poco nos fiamos de Vos, Señor! ¡Cuántas mayores riquezas y tesoros nos confiasteis a nosotros!, pues treinta y tres años de grandes trabajos y después muerte tan intolerable y lastimosa, nos disteis a vuestro Hijo tantos años antes de nuestro nacimiento; y aun sabiendo que no os lo habíamos de pagar, no quisisteis dejarnos de confiar tan inestimable tesoro, para que no quedase por Vos lo que nosotros granjeando con El, podemos ganar con Vos, Padre piadoso (E 13).

54      El es bienaventurado porque se conoce y se ama y goza de sí mismo, sin que sea posible otra cosa; no tiene, ni puede tener, ni fuera perfección de Dios poder tener libertad para olvidarse de sí y dejar de amarse (E 17).

VOLVER

---

 


BONDAD INFINITA DE DIOS

 

55      Y Dios que es tan bueno que, cuando Su Majestad sabe por qué, quizá para gran provecho quiere que esté seco el pozo, si hacemos lo que podemos como buenos hortelanos, sin agua sustenta las flores y hace crecer las virtudes (V 11, 10; CN 1).

56      Confíen en la bondad de Dios, que es mayor que todos los males que podemos hacer y no se acuerda de nuestra ingratitud cuando nosotros, reconociéndonos, queremos volver a su amistad, ni de las mercedes que nos ha hecho para castigarnos por no haberlas aprovechado. Al contrario, ellas sirven para perdonarnos más pronto, como personas que ya eran de su casa y han comido su pan.

57      Acuérdense de sus palabras y miren lo que ha hecho conmigo, que antes me cansé de ofenderle que Su Majestad de perdonarme. Nunca se cansa de dar ni se puede agotar su misericordia; no nos cansemos nosotros de recibir. Sea bendito por siempre, amén, y que le alaben todas las cosas (V 19, 17: CN 9).

58      Lo que sí se muy bien es que la fortaleza que deja Dios en el alma al principio, cuando la unión dura tiempo tan breve como el abrir y cerrar los ojos, que si no fuera por los efectos que deja sería casi imperceptible, es muy diferente de cuando dura más tiempo esta merced. La razón de esta diferencia creo que está en que el alma no está preparada del todo, y el Señor poco a poco la va formando y le da decisión y fuerzas varoniles para que todo lo pisotee del todo.

59      Con la misma rapidez que lo hizo con la Magdalena, lo hace con otras personas, en la medida en que ellas le dejan hacer a Su Majestad. No nos creemos del todo que Dios da el ciento por uno en esta vida (Lc 18, 29-30) (V 22, 15; CN 12).

60      Pues ¿qué tal os parece que será la habitación donde se deleita un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio y tan lleno de todos los bienes? No encuentro nada que se pueda comparar a la gran hermosura del alma y a su gran capacidad. Y verdaderamente no pueden comprenderla nuestros entendimientos, por muy agudos que sean. De la misma manera que no pueden comprender a Dios, pues El mismo dice que nos crió a imagen y semejanza suya (Gn 1, 28) (I M 1, 1).

61      Esta pena no se alivia pensando que nuestro Señor tiene ya perdonados los pecados y olvidados, sino que aún aumenta la pena viendo tanta bondad y que se hacen mercedes a quien no merecía sino infierno.

62      Yo pienso que fue éste el gran martirio de san Pedro y de la Magdalena; porque, como tenían el amor tan crecido y habían recibido tantas mercedes y conocían la grandeza y majestad de Dios, sería harto recio de sufrir y con muy tierno sentimiento (VI M 7, 4).

63      Mas este andar siempre el alma tan asida de Dios y ocupado su pensamiento en El, le daría tanta rabia al demonio que, aunque lo intentase, no volvería muchas veces, y es Dios tan fiel, que no permitirá darle tanta mano en alma que no pretende otra cosa sino agradar a Su Majestad y gastar su vida en su honra y gloria, sino que pronto ordenará que sea desengañada (VI M 8, 7).

64      Y si no falta a Dios el alma, jamás El, a mi parecer, dejará de manifestar con tanta claridad su presencia. Y tiene el alma gran confianza de que Dios no dejará que pierda este don que le ha regalado (VII M 1, 9).

65      Entonces, alma mía, entrarás en tu descanso, cuando te entrañes con este Sumo Bien y entiendas lo que entiende, y ames lo que ama, y goces lo que goza. Cuando veas ya perdida tu mudable voluntad, y sin posibilidad de cambio; porque la gracia de Dios ha podido tanto que te ha hecho partícipe de su divina naturaleza; con tanta perfección que ya no puedas ni desees poder olvidarte del sumo Bien, ni dejar de gozarle junto con amor (E 17).

66      Créanme por Dios... que no dormirá el demonio para tentarnos cuando más daño nos piense hacer, como hizo a esta mujer, que cierto me espantó mucho, aunque no porque crea que impediría su salvación, que es grande la bondad de Dios.(F 6, 21).

VOLVER

 

---

 


CARIDAD, AMOR A DIOS

 

67      Nos poníamos de acuerdo para irnos a tierra de moros, pidiendo por amor de Dios que allá nos descabezasen, y paréceme que nos daba el Señor ánimo en tan tierna edad para realizarlo, si hubiéramos encontrado el modo (V 1, 5).

68      Gran cosa fue haberme hecho el Señor la merced en la oración que me había hecho, que ésta me hacía entender lo que era amarle (V 6, 3).

69      Era más penoso para mi carácter recibir mercedes cuando había caído en grandes culpas, que recibir castigos; que una merced sola me parece, cierto, me deshacía y confundía más y fatigaba, que muchas enfermedades con otros trabajos hartos juntas; porque esto veía que lo merecía y me parecía que con ello pagaba algo mis pecados, aunque todo era poco, según ellos eran muchos; mas verme recibir de nuevo mercedes pagando tan mal las recibidas, es un tormento para mí terrible, y creo que para todos los que tuvieren algún conocimiento o amor de Dios, y esto lo podemos deducir de lo que siente una persona sensible, virtuosa y delicada (V 7, 19).

70      Por eso era tan amiga de imágenes. ¡Desventurados de los que por su culpa pierden este bien! Bien me parece que no aman al Señor, porque si le amaran, se alegraría de ver su retrato, como nos ocurre con el de las personas queridas (V 9, 6).

71      Comenzó a crecer en mí la afición de estar más tiempo con El y a quitarme de los ojos las ocasiones porque, quitadas, enseguida me volvía yo a amar a Su Majestad; que bien entendía yo que le amaba, mas no entendía como lo había de entender, en qué consiste el amor verdadero a Dios (V 9, 9).

72      Hablemos ahora de los que comienzan a ser siervos del amor, que esos son los que se determinan a seguir por el camino de la oración, a quien tanto nos amó. Seguir por este camino constituye una dignidad tan grande, que me regalo extraordinariamente pensando en ella (V 11, 1; CN 1).

73      ¡Oh, Señor de mi alma y bien mío!, ¿por qué no quisisteis que, cuando un alma se determina a amaros haciendo lo que puede en dejarlo todo para dedicarse a cultivar este amor de Dios, pudiese ya gozar del amor perfecto? (V 11, 1; CN 1).

74      Mal he dicho antes: ¿por qué no quisisteis...? Habría de haber dicho: "no nos lo das porque no queremos nosotros", y nos habríamos de quejar de ello; pues es nuestra toda la culpa de que no empecemos a gozar enseguida de tan gran dignidad, pues cuando se consigue tener con perfección este verdadero amor de Dios, trae consigo todos los bienes (V 11, 1-2; CN 1).

75      ¡Donosa manera de buscar amor de Dios! Y luego lo queremos tener a manos llenas, por decirlo de algún modo. Queremos seguir apegados a nuestras aficiones y recibir muchos consuelos espirituales; esto no encaja bien, ni es compatible una cosa con otra. Pues no procuramos realizar nuestros deseos de virtudes y no nos decidimos a desarraigar los deseos de la tierra. Así que, porque no se acaba de dar todo, no se nos da del todo este tesoro. Quiera el Señor dárnoslo gota a gota, aunque sea costándonos todos los trabajos del mundo...

76      Porque son tantas las dificultades que pone el demonio al principio para que no se comience este camino de veras, porque sabe el daño que de aquí le viene, no sólo de perder aquella alma, sino muchas..., que no es menester poco ánimo para no volver atrás, sino muy mucho y mucho favor de Dios (V 11, 3-4).

77      Pasen como puedan este destierro, que bastante desgracia tiene un alma que ama a Dios ver que vive en esta miseria y que no puede lo que quiere por tener tan mal huésped como es este cuerpo (V 11, 16; CN 1).

78      Puede la persona representarse delante de  y acostumbrarse a enamorarse mucho de su sagrada Humanidad y traerle siempre consigo y hablar con El, pedirle por sus necesidades y quejársele de sus trabajos, alegrarse con El en sus alegrías y no olvidarle por ellas, no buscando fórmulas de oraciones de sino diciéndole palabras brotadas del corazón conforme a sus deseos y necesidades.

79      Es ésta excelente manera de avanzar muy rápidamente; y a quien trabaje por traer esta preciosa compañía y se aproveche mucho de ella y se encienda de veras en el amor de este Señor, a quien tanto debemos, yo le doy por aprovechado (V 12, 12; CN 2).

80      Ve el alma que le comienza a nacer un amor de Dios muy desinteresado. Desea ratos de soledad para gozar más de aquel bien. En fin..., es un comienzo de todos los bienes, un estar las flores a punto de brotar. Y esto lo verá el alma muy claro, y no podrá aceptar que Dios no estuvo con ella, hasta que se ve con faltas e imperfecciones, que entonces todo lo teme.

81      Y es bueno que tema; aunque hay almas a quienes les aprovecha más creer que es cierto que es Dios, que todos los temores que les pueden meter; porque si el alma es de suyo amorosa y agradecida, la lleva más a Dios el recuerdo del carisma recibido, que todos los castigos del infierno que le representen. Al menos a mí, aunque tan ruín, esto me acaecía (V 15, 14; CN 5).

82      Parece que salgo de quicio. Porque no puedo hacer otra cosa cuando el Señor me saca de mí, y creo que no soy yo la que hablo desde esta mañana que comulgué. Parece que sueño lo que veo y quisiera que todos estuviesen enfermos de este mal. Suplico a usted que estemos todos locos de amor a quien fue llamado loco por nosotros. Ya que usted dice que me quiere, disponiéndose para recibir esta merced me lo ha de demostrar, porque veo pocos que no tengan demasiado seso para recibirla (V 16, 6; CN 6).

83      Queda el alma tan animosa que, si entonces la hiciesen pedazos por Dios, le daría gran consuelo. En ese momento se hacen promesas y determinaciones heroicas. Brotan ardentísimos deseos, comienza a aborrecer el mundo viendo tan claramente su vanidad. Ha quedado mucho más mejorada que en los grados de oración anteriores, y con la humildad más crecida; porque ve claro que aquella excesiva merced grandiosa no fue traida por sus fuerzas.

84      Se ve indignísima con mucha claridad, porque en una sala donde entra mucho sol no hay telaraña escondida, ve su miseria...  Si se quedó sola con El, ¿qué ha de hacer más que amarle?... De sí ve que merece el infierno y la castigan con gloria; se deshace en alabanzas de Dios, y yo me quisiera deshacer ahora; ¡bendito seáis, Señor mío, que así hacéis, de estiércol tan sucio como yo, agua tan clara que sea para vuestra mesa! ¡Seáis alabado, oh regalo de los ángeles, que así queréis elevar un gusano tan vil! (V 19, 2; CN 9).

85      ..Si una cosa como yo, porque el Señor me ha dado esta luz, teniendo tan tibia caridad...muchas veces siente tanto verse en este destierro, ¿qué sería el sentimiento de los santos? ¿Cuánto sufriría san Pablo y la Magdalena y otros como ellos, que vivían sumergidos en el fuego del amor de Dios? Debía de ser un contínuo martirio.

86      Creo que los que me dan algún alivio y descanso en su trato son las personas en las que encuentro estos deseos; deseos con obras; digo con obras, porque hay algunas personas que creen que están desprendidas y así lo publican, y así debía ser, ya que así lo exige su estado y los muchos años que hace que algunos comenzaron el camino de la perfección; mas conoce muy bien esta alma desde muy lejos a los que tienen estos deseos sólo de palabra, y a los que lo han demostrado con sus obras...(V 21, 7; CN 11).

87       

88      En todo encontraba medios para conocer más a Dios y amarle y darme cuenta de lo que le debía y dolerme de haber sido como fuí. Bien entendía yo que aquello no venía de mí, ni lo había conseguido con mi esfuerzo (V 21, 12; CN 11).

89      Bienaventurado quien de verdad le amare y siempre lo trajere junto a sí. Miremos al glorioso san Pablo, que parece que no se le caía de la boca siempre Jesús, como quien lo tenía bien metido en el corazón.

90      Yo he examinado cuidadosamente después de haber comprendido esta verdad, que algunos santos grandes contemplativos, no iban por otro camino. San Francisco con sus llagas lo demuestra; san Antonio de Padua con el Niño; san Bernardo se deleitaba en la Humanidad; santa Catalina de Sena..., y otros muchos... ( V22, 7; CN 12).

91      Estoy persuadida de que cuando un alma forcejea para conseguir oración de unión, aunque parezca que consigue algo, se desvanece muy pronto como algo artificial. Y temo que no llegue nunca a la verdadera pobreza de espíritu, que consiste en no buscar consuelo ni gusto en la oración..., sino consuelo en los sufrimientos soportados por amor del que siempre vivió en ellos y permanecer sosegada en ellos y en las sequedades (V 22, 11; CN 12).

92      Puede además el alma sentir grandes indicios en su interior de que ama a Dios de verdad, porque las que han llegado a este nivel no tienen el amor tan escondido como en el comienzo de sus vida cristiana, sino con grandes ímpetus y deseo de ver a Dios; todo les cansa, todo les fatiga, todo les causa tormento. Si no es con Dios o por Dios, no hay descanso que no canse, y por eso digo que no pueden disimular el amor (V 26, 1).

93      Me dijo un compañero (de san Pedro de Alcántara), que le acaecía estar ocho días sin comer. Esto debía de ser estando en oración, porque tenía grandes arrobamientos e ímpetus de amor  de Dios, de los cuales yo fuí una vez tetigo (V 27, 17).

94      Aunque quisiera distraerme no podía dejar de estar en oración; creo que incluso durmiendo seguía orando; crecía el amor y las quejas que yo dirigía al Señor de que no podía soportar el tener que dirigirle desprecios, y no estaba en mi mano dejar de pensar en El, aunque yo lo quería y lo intentaba (V 27, 7).

95      Poco después comenzó Su Majestad, como me lo había prometido, a dar mayores pruebas de que era El quien se me aparecía, con lo cual crecía en mí un amor tan grande de Dios que no sabía de donde venía, porque era muy sobrenatural y yo no lo procuraba. Me sentía morir de deseo de ver a Dios, y no sabía donde buscar la vida más que en la muerte (V 27, 8).

96      Me daban unos ímpetus grandes de amor que, aunque no eran tan insufribles como los que ya otra vez he dicho, ni de tanto valor, yo no sabía qué hacer de mí; porque nada me satisfacía, ni cabía en mí, sino que verdaderamente me parecía que se me arrancaba el alma. ¡Oh soberano arte del Señor! ¡Qué maravilla tan delicada hacíais con vuestra esclava miserable! Os escondíais de mí y me apretabais con vuestro amor, con una muerte tan sabrosa que nunca el alma querría salir de ella (V 27, 8).

97      Quien no haya experimentado estos ímpetus, es imposible que lo pueda entender, pues no es un desasosiego del pecho, ni unos fervores que a veces se tienen que ahogan el espíritu porque no se pueden dominar; es ésta una oración más elemental, cuyos ímpetus hemos de contener procurando recogerlos en lo interior con suavidad y acallar el alma...(V 27, 9).

98      Piense en otra cosa pensando que aquello no es oración, sino movimiento de la sensibilidad, y haga callar a este niño con un regalo de amor que le mueva a amar suavemente y no a bofetadas, como suele decirse.

99      Recojan el amor en lo interior para que no resulte ser una olla que hierbe demasiado y se desparrama toda porque se ha puesto leña sin discreción. Moderen la causa que inflamó este amor y procuren extinguir la llama con lágrimas suaves y no penosas, que lo son las de estos sentimientos, y perjudican mucho (V 27, 9).

100  Aquellos ímpetus de amor son diferentísimos. En ellos no ponemos nosotros la leña sino que parece que el fuego ya está ardiendo y de repente nos echan dentro para que nos quememos.

101  No es el alma la que trabaja para que le duela esta llaga de la ausencia del Señor, sino que a veces le clavan una saeta en lo más vivo de sus entrañas y corazón, y el alma se queda sin saber lo que le pasa y lo que quiere.

102  Bien entiende que quiere a Dios, y que la saeta parece que trae hierba venenosa para que se aborrezca a sí misma por amor del Señor, por quien de buena gana perdería la vida.

103  No se puede encarecer ni decir el modo con que Dios llaga al alma y la grandísima pena que le causa sin saber qué le pasa; mas es una pena tan sabrosa que no hay deleite en la vida que más contento de. Siempre querría el alma estar muriendo de este mal (V 29, 10).

104  ¡Oh, qué es ver un alma herida! El alma siente que está herida de amor divino y ve que no procede de ella este amor, sino que parece que del muy grande que el Señor tiene por ella, cayó vertiginosamente en su corazón la chispa que la hace arder.

105  ¡Oh, cuántas veces me acuerdo, cuando así estoy, de aquel verso de David: "Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a Tí, Dios mío" (Sal 42, 2), que me parece lo veo cumplirse en mí al pie de la letra!

106  Cuando este ímpetu no es muy recio, parece que se aplaca un poco, al menos busca el alma algún remedio porque no sabe qué hacer, en algunas mortificaciones que no se sienten más ni causan más dolor, aunque derrame sangre, que si el cuerpo estuviese muerto. Busca modos y maneras para sufrir algo por amor de Dios; mas es tan grande el dolor de amor, que no se yo que tormento corporal lo podría quitar.

107  Como no está en sufrir el remedio, son muy bajas estas medicinas para tan subido mal; algo se aplaca y calma pidiendo a Dios le de remedio para su mal, y ninguno ve sino la muerte, que con ésta piensa gozar del todo su Bien (V 29, 11-12).

108  Otras veces da tan recio, que ni eso ni nada se puede hacer, pues paraliza todo el cuerpo; ni pies ni brazos puede mover; si está en pie tiene que sentarse, como un cuerpo traspuesto, que no puede ni siquiera respirar: sólo da unos gemidos no grandes, porque no puede más; son grandes en el sentimiento (V 29, 12).

109  Bien claro tengo yo que aún no he comenzado a servir a Dios, aunque Su Majestad me ha concedido mercedes como si fuera buena, y que soy una verdadera calamidad, excepto en los deseos y en el amor, y en esto también veo claro que me ha favorecido el Señor para que pueda servirle en algo. A mí me parece que le amo, mas me desconsuelan las obras y las muchas imperfecciones que veo en mí (V 30, 17).

110  Este estado es como un navegar con un aire muy sosegado, en el que se avanza mucho sin que se sienta.

111  En los grandes ímpetus de amor que Dios da, el alma ve que mejora, porque los efectos son muy grandes y visibles; y bulle en deseos que no puede realizar. Es como unas fontecicas que yo he visto manar en las que la arena nunca cesa de empujar hacia arriba.

112  Al natural me parece este ejemplo o comparación, pues así les ocurre a las almas en esta situación: siempre está hirbiendo en ellas el amor pensando qué harán por Dios; no cabe en el alma el amor, como el agua de la fontecica no cabe en la tierra y por eso se vierte al exterior.

113  Así está el alma siempre, que no sosiega ni cabe en sí con tanto amor como tiene y, pues ella está saturada de agua y no le hace falta, quisiera que bebieran los demás para que le ayudasen a alabar a Dios.

114  ¡Oh, cuántas veces me acuerdo del agua viva que prometió el Señor a la samaritana! y por eso soy muy aficionada a aquel evangelio; y desde niña, cuando no entendía tan bien como ahora, gozaba con este pasaje, y suplicaba muchas veces al Señor me diese aquella agua, y la tenía pintada donde estaba siempre, con este letrero de las palabras de la samaritana cuando el Señor llegó al pozo: "dame agua" (Jn 4, 15) (V 30, 19).

115  Parecen también las almas con estos ímpetus de amor una hoguera grande que hay que alimentar constantemente para que no se extinga; y ellas quieren traer leña, aunque sea con sacrificio de sí mismas, para que este fuego no se apague. Yo soy tan pobre que me contentaría con poder echar pajas en ese fuego, y eso hago algunas veces; a veces me río y otras lloro mucho por no poder echar leña grande. El ardor interior me incita a servir en algo y, ya que no puedo hacer cosas grandes, pongo ramos y flores a las imágenes, me dedico a barrer, ordeno el oratorio y hago unas cositas tan insignificantes, que me llenan de vergüenza; si hago alguna penitencia es tan pequeña y poca que, de no ser porque Dios mira la voluntad, veo yo que no vale nada, y yo misma me burlo de mí (V 30, 20).

116  No es poco el trabajo que tienen las almas a quienes Dios da, por su bondad, este fuego de amor suyo en abundancia, cuando ven que no tienen fuerzas corporales para hacer algo por El: es una pena grande porque, como le faltan fuerzas para echar leña en este fuego y ella muere porque no se apague, me parece que ella interiormente se consume y se hace ceniza y se deshace en lágrimas y se quema y es harto tormento, aunque es sabroso.

117  Alabe mucho al Señor el alma que ha llegado aquí y tiene fuerzas corporales para hacer penitencia, o le dio estudios y talentos y libertad para predicar y confesar y acercar las almas a Dios; que no sabe ni entiende el bien que tiene, si no ha experimentado lo que es no poder hacer nada en servicio del Señor, cuando está recibiendo siempre mucho de El (V 30, 21).

118  Me enseñó el Señor el grandísimo bien que es pasar trabajo y persecución por El, porque como fruto ví que crecía en mi alma el amor de Dios y las demás virtudes tanto, que yo esta anonadada. Esto es lo que me mueve a desear los sufrimientos.

119  Los que me trataban pensaban que yo estaba muy avergonzada, y sí lo estaría, si el Señor no me hubiera favorecido tan extraordinariamente con merced tan grande. Entonces reaparecieron los ímpetus de amor de Dios pero más intensos, y mayores arrobamientos, aunque yo disimulaba y a nadie contaba estas ganancias (V 33, 4).

120  Entendí que podía estar contenta y segura de que estaba en gracia por el gran amor de Dios que sentía, y las mercedes y sentimientos que me regalaba no los podría recibir si estuviera en pecado mortal (V 34, 10).

121  ¡Oh, Jesús mío, qué cosas hace un alma abrasada en vuestro amor! ¡Cómo la habíamos de estimar en mucho y suplicar al Señor que la deje en este mundo! (V 34, 15).

122  ¡Oh, Señor mío, cómo se os nota que sois poderososo! No es menester buscar razones para lo que Vos queréis porque hacéis tan posible lo que mandáis, que se comprende que sólo es necesario amaros de veras y dejarlo todo de veras por Vos, para que Vos, Señor mío, lo hagáis todo fácil.

123  Bien se puede decir que fingís trabajo en vuestra ley; porque yo no lo veo, Señor, ni se cómo es estrecho el camino que lleva a Vos. Camino real veo que es, que no senda; camino que quien de verdad lo sigue va más seguro. Muy lejos están los puertos y las rocas para caer porque están alejadas las ocasiones. Senda llamo yo, y ruín senda y angosto camino, al que en una parte hay un valle muy hondo donde caer y en otra un despeñadero: aún no se han descuidado, cuando se despeñan y hacen pedazos.

124  El que os ama de verdad, Bien mío, seguro va por ancho y camino real; lejos está el despeñadero; apenas ha tropezado cuando le dais Vos, Señor, la mano; no basta una caída ni muchas, si os ama a Vos, y no las cosas del mundo, para perderse (V 35, 13-14).

125  Muy a gusto escojo todos los sufrimientos del mundo por un poquito de gozar más por entender más profundamente las grandezas de Dios; pues veo que quien más lo comprende más le ama y alaba (V 37, 2).

126  Fue grandísima la gloria de este arrobamiento. Me quedé todo lo que quedaba del tiempo pascual tan embobada y tonta, que no sabía qué hacer, y sin saber cómo podía soportar tan gran favor y merced. Con tanto gozo interior parece que no oía ni veía nada. Creció más intensamente el amor a Dios, y las virtudes se me robustecieron mucho más (V 38, 11).

127  Cuando estaba con esta pena, se me apareció el Señor y me acarició mucho, y me dijo que hiciera yo estas cosas y las sufriera por amor, pues mi vida era ahora necesaria.

128  Y desde ese momento en que me decidí a servir con todas mis fuerzas al Señor y consolador mío, no me sentí ya apenada, porque aunque me dejaba padecer un poco, me consolaba tanto, que no me cuesta nada desear padecimientos. De tal manera que ahora me parece que la vida no tiene sentido más que para sufrir y eso es lo que pido con toda mi voluntad (V 40, 20).

129  Ya que las monjas hacemos lo más, que es renunciar a la propia libertad por amor de Dios, dejándola en las manos del superior, y pasamos tantos trabajos, ayunos, silencio, clausura, asistir al coro que, por mucho que nos queramos regalar sólo alguna vez podremos..., ¿por qué no nos decidimos a mortificarnos interiormente, pues ahí está el secreto de que todo lo demás sea más meritorio y más perfecto, y de que lo podamos hacer con más suavidad y descanso?

130  Todo esto se consigue acostumbrándonos poco a poco a no hacer nuestra voluntad y nuestro gusto, aun en cosas menudas, hasta que el cuerpo esté sometido al espíritu (C 12, 1).

131  Comprenderéis cómo el verdadero amor de Dios, cuando está en su madurez, libre ya de todo y volando sobre las cosas de la tierra, es señor de todos los elementos y del mundo; y como el agua procede de la tierra, no tengáis miedo de que mate este fuego de amor de Dios; no tiene poder sobre él. Aunque el fuego y el agua son contrarios, el fuego del amor de Dios es ya señor absoluto; no está sometido al poder del agua (C 19, 4).

132  Y si es agua que llueve del cielo, menos aún apagará este fuego; no son elementos contrarios fuego de amor y lágrimas del cielo, pues tienen el mismo origen; no tengáis miedo de que el uno perjudique al otro, al contrario, se ayudan el uno al otro a encender más el amor; porque el agua de las lágrimas verdaderas, que son las que proceden de verdadera oración y son regalo del Rey del cielo, ayudan a encender más el fuego y hacen que dure más, y el fuego ayuda a enfriar el agua (C 19, 5).

133  ¡Oh, válgame Dios, qué cosa tan hermosa y maravillosa, ver que el fuego enfría! Sí, y no sólo enfría, sino que el fuego hiela todos los afectos mundanos, cuando se une con el agua viva del cielo, que es la fuente de donde brotan estas lágrimas, que son infusas y no adquiridas con el esfuerzo nuestro. Es pues, bien seguro, que este fuego enfría el amor a las cosas del mundo, hace que el alma no se detenga en ellas, sino para ver si puede prender con ellas fuego, pues es propio de él no contentarse con poco, sino que, si pudiera, abrasaría a todo el mundo (C 19, 5).

134  Si conociéramos a Dios, así le amaríamos en este mundo, aunque no con tanta perfección ni de manera permanente, como en el cielo; ¡ah, si le conociéramos, le amaríamos de muy distinta manera de como le amamos! (C 30, 5).

135  El remedio que tenemos y nos dio Su Majestad, es amor y temor: el amor nos hará apresurar los pasos; el temor nos hará ir mirando dónde ponemos los pies para no caer en el camino por el que caminamos todos los que vivimos, donde hay tantos peligros en que tropezar (C 40, 1-2).

136  Los que de veras aman a Dios, todo lo bueno aman, todo lo bueno quieren, todo lo bueno favorecen, todo lo bueno alaban, se unen siempre a los buenos y los favorecen y defienden; sólo aman verdades y cosas dignas de ser amadas. ¿Creéis que es posible, que quien muy de veras ama a Dios, pueda amar vanidades y riquezas y deleites del mundo, y honores? ¿Creéis que se mete en pleitos y se enzarza en envidias? No, porque no pretende otra cosa que contentar al Amado. Andan muriendo por su amor, y así ponen toda su vida en conocer cómo le agradarán más (V 40, 3).

137  ¡Es imposible esconder el amor de Dios, si de veras es amor! Si no, mirad a san Pablo, mirad a la Magdalena; san Pablo, a los tres días se comenzó a saber que estaba enfermo de amor (Hch 9, 20). De la Magdalena, desde el primer día (Lc 7, 36), ¡y cuán elocuentemente! Que esto tiene el amor, que hay más y menos; y así su manifestación es equivalente a la fuerza que tiene el amor; si es poco, se demuestra poco, y si es mucho, mucho; mas poco o mucho, si hay amor de Dios, siempre se nota (C 40, 3).

138  En los contemplativos, el amor no es poco; siempre tienen mucho amor, si no, no serían contemplativos, y así se manifiesta mucho y de muchas maneras. Es fuego grande, por eso da gran resplandor (C 40, 4).

139  Así que no dejaréis de conocer dónde está este amor, ni sé cómo se puede ocultar; pues no se puede ocultar si un hombrecillo y una mujercilla se aman, y cuanto más intentan ocultarlo más se descubre, aunque este amor se centra en un gusano, y ni merece el nombre de amor, porque se funda en nonada, y da asco poner esta comparación, ¿y se podría encubrir un amor tan fuerte, tan justo, que siempre va creciendo, pues todo lo que ve en Dios es digno de amor, y fundamentado sobre tal cimiento como es ser pagado con otro amor, del que no puede dudar por haber sido demostrado tan a las claras, con tan grandes y sufrimientos y derramamiento de sangre, hasta dar la vida, para que no nos quedase ninguna duda de este amor? ¡Oh, válgame Dios, qué diferente debe de ser un amor del otro, para quien lo ha experimentado! (C 40, 7).

140  Será muy hermoso a la hora de la muerte, ver que vamos a ser juzgados por quien hemos amado sobre todas las cosas. Seguros podremos ir con el pleito de nuestras deudas; no será ir a tierra extranjera, sino propia, pues es la patria de quien tanto amamos y nos ama (C 40, 8).

141  Y lo que no puedo sufrir, Señor, es no poder saber con certeza que os amo, ni si mis deseos os agradan (C 42, 2).

142  Es cosa sabrosa hablar del amor, ¿qué será tenerlo? ¡Oh, Señor mío, dádmelo Vos! No me vaya yo de esta vida hasta que no quiera nada de ella, ni sepa amar más que a Vos, ni ponga mi amor en nadie, pues todo es falso, porque lo es el cimiento, y por eso no dura el edificio (C 41, 1).

143  Quiso el Señor que oyese algunas palabras de los Cantares, y en ellas entendió que iba bien encaminada su alma; porque conoció que es posible que pase el alma enamorada por su Esposo todos estos regalos y desmayos y muertes y aflicciones y deleites y gozos con El; después que ha dejado todos los del mundo por su amor, está del todo puesta y abandonada en sus manos; esto no de palabra sino con toda verdad, confirmada por obras (Mdt C 1, 6).

144  Mi intención es hablar de lo que podemos aprovecharnos las que nos dedicamos a la oración, aunque todo aprovecha para animar a admirar a un alma que con ardiente amor ama al Señor (Mdt C 1, 10).

145  "Béseme con el beso de su boca". ¡Oh, Señor mío y Dios mío, y qué palabra es ésta para que la diga un gusano a su Creador!... ¿Quién osará, Rey mío, decir esta palabra, si no fuera con vuestra licencia? Es cosa que espanta, y así espantará decir yo que la diga nadie. Dirán que soy ignorante, que no quiere decir esto, que tiene muchos significados, que está claro que no habíamos de decir esta palabra a Dios, que por eso no conviene que las gentes sencillas lean estas cosas. Yo confieso que tiene muchos sentidos; mas el alma que está abrasada de amor, tanto que la desatina, no quiere ningún otro, sino decir estas palabras literalmente; sí, que no se lo quita el Señor (Mdt C 1, 11).

146  "Béseme con besos de su boca" Estas palabras verdaderamente causarían temor si estuviera en sí quien las dice, tomadas sólo a la letra; mas a quien vuestro amor, Señor, ha sacado de sí, bien perdonaréis que diga eso y más, aunque sea atrevimiento (Mdt C 1, 12).

147  Si una persona esta viva, por poquito que la pinchen con un alfiler o una espinita pequeñita ¿no lo siente? Pues si el alma no está muerta, sino que tiene amor de Dios, no es merced grande de Dios que cualquier cosita que se haga contra lo que hemos profesado y a lo que estamos obligadas, se sienta? (Mdt C 2, 5).

148  ¡Oh, amor fuerte de Dios, que cree que no hay cosa imposible a quien ama! ¡Oh, dichosa alma que ha llegado a alcanzar esta paz de su Dios, que esté tan por encima de los trabajos y peligros del mundo, que no le impidan servir a tan buen Esposo y Señor...! (Mdt C 3, 5).

149  ¡Cuántos prudentes le decían que era disparate! A los que no llegamos a amar tanto al Señor, así nos parece; y ¡cuán mayor disparate es que se nos acabe este sueño de esta vida con tanto seso!, que Dios quiera que merezcamos entrar en el cielo, cuánto menos ser de estos que tanto se aventajaron en amar a Dios (Mdt C 3, 6).

150  Parece que este amor suavísimo al Señor penetra en el alma con grandísima suavidad y la contenta y satisface y no puede entender cómo ni de dónde entra aquel bien. Esto debe de ser lo que dice la esposa, "que dan de sí tus pechos más olor que los ungüentos muy buenos". Querría entonces la esposa no moverse ni hablar ni mirar, para que no se le fuese su Amado, que claramente conoce que está muy cerca... Y queda tan enseñada y con tan grandes efectos y con tan gran fortaleza en las virtudes, que después no se conoce, ni querría hacer otra cosa sino alabar al Señor; está, cuando está en este gozo, tan embebida y absorta, que no parece que está en sí, sino en una manera de borrachez, que no sabe lo que aquí cree, ni lo que dice ni lo que pide. En fin, no sabe de sí, mas no está tan fuera de sí que no entienda algo de lo que le pasa (Mdt C 4, 3).

151  ¡Oh, Jesús mío, y quién pudiese dar a entender la ganancia que hay en arrojarnos en los brazos de este Señor y hacer un compromiso con El y decir con la esposa: mi Esposo para mí y yo para mi Amado! Ya yo veo cómo, Esposo mío, que Vos sois para mí; no lo puedo negar: por mí vinisteis al mundo, por mí pasasteis tan grandes trabajos, por mí sufristeis tantos azotes, por mí os quedasteis en el santísimo Sacramento, y ahora me hacéis grandísimos regalos (Mdt C 4, 6).

152  ¿En qué seré para Vos, mi Dios? ¿Qué puede hacer por Vos quien se dio tan mala maña para perder las mercedes que me habéis hecho? ¿Qué se podrá esperar de su servicio? Ya que con vuestro favor hago algo, mirad que podrá hacer un gusano; ¿para qué le ha menester un tan poderoso Señor? ¡Oh, Amor!, que en muchas partes querría repetir esta palabra, porque sólo él es el que se puede atrever a decir con la esposa: yo para mi Amado. El nos da licencia para que pensemos que tiene necesidad de nosotros este verdadero Amador, Esposo y Bien mío (Mdt C 4, 5-6).

153  Dios da sus regalos a las personas que han deseado su amor y han procurado disponerse para que sean agradables a Su Majestad todas sus cosas. Cansadas ya de largos años de meditación y de haber buscado a este Esposo, y cansadísimas de las cosas del mundo, se fundan en la verdad, no buscan en otra parte su consuelo ni sosiego ni descanso, sino donde entienden que en verdad lo pueden tener; se ponen debajo del amparo del Señor; no quieren otro (Mdt C 5, 3).

154  ¡Oh, Dios mío y Creador mío! ¿es posible que haya alguien que no os ame? ¡Oh, triste de mí, y cómo soy yo la que durante mucho tiempo no os amé! ¿Por  qué no merecí conoceros? ¡Cómo baja sus ramas este divino manzano, para que las coja el alma considerando sus grandezas y las mansedumbres de sus misericordias! (Mdt C 5, 7).

155  ¡Oh, alma de Dios! No te fatigues, que cuando Su Majestad te llega aquí y te habla tan regaladamente, no consentirá que le descontentes, sino que te ayudará a lo que no supieres para que le contentes más. La ve perdida de sí, enajenada por amarle, y que la misma fuerza del amor le ha quitado el entendimiento para poderle amar más; sí, que no ha de sufrir, ni suele, ni puede Su Majestad dejar de darse a quien se le da toda (Mdt C 6, 9).

156  Esta alma -que es el oro-, está sin hacer más movimiento ni obrar más por sí, que estaría el oro, y la divina sabiduría, contenta de verla así, como hay tan pocas que le amen con esta fuerza, va asentando en este oro muchas piedras preciosas y esmaltadas con mil filigranas (Mdt C 6, 10).

157  Pues esta alma ¿qué hace entonces? Esto es lo que no se puede entender ni saber más de lo que dice la esposa: "Ordenó en mí la caridad". Ella al menos, si ama, no sabe cómo ni entiende qué es lo que ama; el grandísimo amor que la tiene el Rey, que la ha traído a tan gran estado, debe de haber unido el amor de esta alma a Sí, de manera que no lo merece entender el entendimiento, y estos dos amores se funden en uno; y puesto tan verdaderamente y tan unido su amor con el de Dios, ¿cómo lo ha de alcanzar el entendimiento? Lo pierde de vista en aquel tiempo -que nunca dura mucho, sino que es breve-, y allí lo ordena Dios, de tal manera, que sabe bien contentar a Su Majestad entonces, y aún después, cuando ve a esta alma tan esmaltada y compuesta de piedras y perlas de virtudes, que le tiene espantado y puede decir: "¿Quién es ésta que ha quedado como el sol?".

158  ¡Oh, verdadero Rey, y cuánta razón tuvo la esposa de poneros este nombre, pues en un momento podéis dar riquezas y ponerlas en un alma, que se gozan para siempre! Qué ordenada deja el amor a esta alma! (Mdt C 6, 11).

159  Quedan las virtudes tan fuertes y el amor tan encendido, que no se puede encubrir, porque siempre, aunque sin querer, aprovechan a otras almas (Mdt C 6, 13).

160  "Ordenó en mí el Rey la caridad"; tan ordenada, que el amor que tenía al mundo se le quita, y el que a sí misma, lo cambia en desamor; y el que a sus parientes, queda de suerte que sólo los quiere por Dios; y el que a los prójimos y el que a los enemigos, no se podrá creer si no se prueba; es muy crecido; el amor que tiene a Dios es tan sin tasa, que la aprieta muchas veces más de lo que puede sufrir su débil naturaleza, y como ve que ya desfallece y va a morir,dice: "Sostenedme con flores y fortalecedme con manzanas, porque desfallezco de mal de amores (Mdt C 6, 14).

161  No penséis que es exagerado decir que muere, pues pasa así de verdad, porque el amor obra con tanta fuerza algunas veces, que se enseñorea de todas las fuerzas del sujeto natural; y sé de una persona, que estando en oración semejante, oyó cantar una voz y certifica, que si no cesara el canto, iba ya a salirse el alma del gran deleite y suavidad que nuestro Señor le daba a gustar, y así proveyó Su Majestad que callara quien cantaba, que la que estaba en esta suspensión bien se podía morir, mas no podía decir que cesara, porque no podía moverse. Y este peligro en que se veía se entendía bien, mas como quien está en un sueño profundo del que querría salir y no puede hablar, aunque quería. Aquí el alma no querría salir de allí, ni le causaría pena, sino grande alegría, pues eso es lo que desea. Y cuán dichosa muerte sería a manos de este amor! (Mdt C 7, 2).

162  Las almas que el Señor llega hasta aquí creo que no se acuerdan más de sí que si no existieran, para calcular si perderán o ganarán; sólo miran el servir y contentar al Señor, y porque saben el amor que tiene a sus criados, gustan de dejar su sabor y bien, por contentarle en servirlas y decirles las verdades lo mejor que pueden para que se aprovechen sus almas, y sin pensar si perderán ellos; la ganancia de sus hermanos tienen presente, no más. Por contentar más a Dios, se olvida a sí misma por ellos y pierden la vida en la demanda, como hicieron muchos mártires, y envueltas sus palabras en este tan subido amor de Dios, emborrachadas con aquel vino celestial, no se acuerdan, y si se acuerdan, no se les da nada descontentar a los hombres; éstos hacen mucho bien (Mdt C 7, 4).

163  Hacen mucho bien los que después de estar hablando con Su Majestad algunos años, cuando ya reciben regalos y deleites suyos, no quieren dejar de servir en las cosas penosas, aunque les impidan estos deleites y contentos. El olor de estas flores y obras salidas y producidas por árbol de tan fervoroso amor, dura mucho más, y aprovecha más un alma de éstas con sus palabras y obras, que muchos que las hagan con el polvo de nuestra sensualidad y con algún interés propio (Mdt C 7, 8).

164  Estas son las obras que produce la fruta; éstos son los manzanos que dice luego la esposa: "fortalecedme con manzanas". Dadme, Señor, trabajos, dadme persecuciones. Y verdaderamente lo desea, y aun sale bien de ellos; porque como ya no mira su contento, sino el contentar a Dios, su gusto es imitar en algo la vida trabajosísima que  vivió. Entiendo yo por manzano el árbol de la cruz, porque dijo en otro lugar de los Cantares (8, 5): "debajo del árbol manzano te resucité"; y un alma que está rodeada de cruces, de trabajos y persecuciones..., acude más a las necesidades de los hermanos, en especial a las de las almas, que por sacar una de pecado mortal, darían muchas vidas (Mdt C 7, 9).

165  Porque si le volvemos las espaldas y nos vamos tristes como el joven del evangelio, cuando nos dice lo que hemos de hacer para ser perfectos, ¿qué queréis que haga Su Majestad, que ha de dar el premio conforme al amor que le tenemos? Y este amor, hijas, no ha de ser fabricado en nuestra imaginación, sino probado por obras; y no penséis que El necesita nuestras obras, sino nuestro amor (III M 1, 7).

166  Para aprovechar mucho en este camino y subir a las moradas que deseamos, no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho; y así lo que más os despertare a amar, eso haced (IV M 1, 7).

167  No hay otro medio mejor para conocer que las mercedes son auténticas, que no pensar que las merecéis, ni las merceréis nunca, y no buscarlas..., porque lo primero que para alcanzarlas es menester, es amar a Dios sin interés ((IV M 2, 10).

168  Muchas veces estando la persona descuidada y sin pensar en Dios, Su Majestad la despierta, a manera de una cometa que pasa veloz, o un trueno, aunque no se oye su ruído, mas entiende muy bien el alma que fue llamada por Dios, tan claro, que algunas veces, sobre todo las primeras veces, la hace estremecer y aun quejar, sin que le duela nada. Siente que es herida sabrosísimamente, mas no atina cómo ni quién la hirió; mas bien conoce que es cosa preciosa y jamás querría curarse de aquella herida.

169  Quéjase con palabras de amor a su Esposo, incluso verbalmente, sin poder hacer otra cosa, porque siente que él está presente, mas no se quiere manifestar más de manera que permita al alma gozarle, y es harta pena, aunque sabrosa y dulce; y aunque quiera no tenerla, no puede; mas querría jamás no tenerla. Le satisface mucho más que el embebecimiento sabroso, que carece de pena, de la oración de quietud (VI M 2, 1).

170  Deshaciéndome estoy por hacer entender esta operación de amor, y no sé cómo; porque parece cosa contraria que el Amado esté manifestando claramente que está con el alma y que la llama, con una señal tan cierta que no se puede dudar, y con un silbido tan penetrante para que el alma lo sienta, que no puede dejar de oír; porque no parece sino que apenas habla el Esposo, que está en la séptima morada, de esta manera -porque no es palabra articulada-, toda la gente que está en las otras moradas, no se atreve a moverse, ni sentidos, ni imaginación ni potencias (VI M 2, 2).

171  Parece que llega a las entrañas esta pena y cuando de ellas saca la saeta el que la hiere, verdaderamente parece que se las lleva consigo, según el sentimiento de amor que experimenta (VI M 2, 3).

172  Estaba ahora pensando si sería que de este fuego del brasero encendido que es mi Dios, saltaba alguna centella y daba en el alma, de manera que se dejaba sentir aquel encendido fuego y, como no era aún bastante fuerte para quemarla y él es tan deleitoso, queda con aquella pena, y al tocar hace aquella operación. Y me parece que ésta es la mejor comparación que he acertado a decir. Porque este dolor sabroso -que no es dolor-, no es constante; aunque a veces dura gran rato, otras se acaba rápidamente, como quiere comunicarlo el Señor, que no es cosa que se puede procurar por medios humanos.

173  Mas, aunque algunas veces dura un rato, desaparece y vuelve a aparecer; en fin, nunca permanece fijo, y por eso no acaba de abrasar al alma pues, cuando se va a encender, muérese la centella y queda el alma con deseo de volver a padecer aquel dolor amoroso que le causa (VI M 2, 4).

174  A veces a deshora, estando rezando vocalmente y descuidado de lo interior, parece que viene una inflamación deleitosa, como si rápidamente viniese un olor tan grande que se comunicase a los sentidos o una cosa parecida, sólo para hacer sentir que está allí el Esposo; produce un deseo sabroso de gozar el alma de él, y con esto queda dispuesta para hacer grandes obras y alabanzas a nuestro Señor (VI M 2, 9).

175  Da Dios a estas almas un deseo tan grandísimo de no descontentarle en nada, por poquito que sea, ni hacer ninguna imperfección si pudiesen, que sólo por esto,... querrían huir de la gente y tienen gran envidia a los que viven y han vivido en los desiertos.

176  Y por otra parte, se querría meter en medio del mundo sólo por conseguir que un alma alabase más a Dios; y si es mujer, se aflige de los límites que le impone su condición; porque no puede hacer esto, y tiene gran envidia a los que tienen libertad para dar voces, publicando quién es éste gran Dios de los ejércitos (VI M 6, 3).

177  Pues sabemos el camino para agradar a Dios con la práctica de los mandamientos y consejos evangélicos, andemos muy diligentes en esto y en meditar su vida y muerte y lo mucho que le debemos; lo demás venga cuando el Señor quisiere (VI M 7, 9).

178  Cuando Su Majestad quiere, no podemos más que andar siempre con él, como se ve claro por las maneras y modos con que Su Majestad se nos comunica y nos manifiesta el amor que nos tiene, con algunas apariciones y visiones tan admirables (VI M 8, 1).

179  Aunque en este camino de oración no hubiera otra ganancia que comprender el interés particular que Dios tiene de comunicarse con nosotros y andarnos rogando que nos estemos con él, me parece que estaban bien empleados todos los sufrimientos que hay que soportar para gozar estos toques de su amor tan suaves y penetrativos (VII 3, 9).

180  Porque si el alma está mucho con él, como es razón, poco se debe de acordan de sí misma; toda la memoria se le va en cómo le contentará más y en qué o por dónde manifestará el amor que le tiene. Para esto es la oración, hijas mías; de esto sirve este matrimonio espiritual, de que nazcan siempre obras, obras (VII M 4, 6).

181  Otras veces me dan unos ímpetus muy grandes con un deshacimiento por Dios que no me puedo valer. Parece que se me va a acabar la vida, y así me hace dar voces y llamar a Dios; y esto me da con gran furor (Cc 1ª, 3).

182  Y así no hago más que encomendarlos a Dios, porque veo yo que haría más provecho una persona perfecta del todo, con fervor verdadero de amor de Dios, que muchas con tibieza (Cc 3ª, 7).

183  Hay días en que me acuerdo infinitas veces de lo que dice san Pablo que ni parece que vivo yo, ni hablo, ni tengo querer, sino que está en mí quien me gobierna y me da fuerza, y ando como casi fuera de mí, y así me causa grandísima pena la vida. Y la mayor cosa que yo ofrezco a Dios como gran servicio, es que siéndome tan penoso estar apartada de él, por su amor quiero vivir con grandes trabajos y persecuciones; ya que no sirvo para aprovechar a los demás, querría servir para sufrir, y cuantos trabajos hay en el mundo pasaría por un tantico más de mérito cumpliendo mejor su voluntad (Cc 3ª 10).

184  Otras veces parece que esta herida del amor sale de lo íntimo del alma. Los efectos son grandes... Son como unos deseos de Dios tan vivos y tan finos, que no se pueden decir (Cc 54ª, 15).

185  Parece que vivo sólo para comer y dormir y no tener pena de nada, y aun esto no me da pena... No reina en mí con fuerza apego de ninguna criatura ni de toda la gloria del cielo, sino deseo de amar a este Dios, que esto no se menoscaba, sino que crece, y deseo de que todos le sirvan (Cc 66ª, 5).

186  ¡Oh, amor poderoso de Dios, cuán diferentes son tus efectos de los del amor del mundo! Este no quiere compañía, porque le parece que le han de quitar algo de lo que posee; el de mi Dios, mientras más amadores entiende que hay, más crece, y así sus gozos se mitigan viendo que no todos gozan de aquel bien... y busca medios para buscarle compañía, y de buena gana deja su gozo si puede conseguir que otros gocen este amor (E 2).

187  Tal vez le pareció que no la amabais tanto como a su hermana, que esto lo sentiría más que el tener que servir a quien ella tenía gran amor, porque el amor hace tener por descanso el trabajo; y por eso no dijo nada a su hermana, sino que fue a Vos con toda su queja; el amor la hizo atreverse a decir que cómo no teníais cuidado. Y aun en la respuesta parece que brilla la razón de lo que digo: que sólo el amor es el que da valor a todas las cosas, y que lo más necessario es que sea tan grande que ninguna cosa le impida amar (E 5).

188  Considero yo muchas veces,  mío, cuán sabrosos y cuán deleitosos se muestran vuestros ojos a quien os ama, y Vos, Bien mío, queréis mirar con amor. Me parece que sola una mirada tan suave a las almas que tenéis por vuestras, basta como premio de muchos años de servicio (E 14).

189  ¡Oh, mi suave descanso de los amores de mi Dios!; no faltéis a quien os ama, pues por Vos ha de crecer y mitigarse el tormento que causa el Amado al alma que le desea. Deseo yo, Señor, contentaros, mas mi contento bien se que no está en ninguno de los mortales; siendo esto así, no culpéis mi deseo. Veisme aquí, Señor; si es necesario vivir para haceros algún servicio, no rehuso todos cuantos trabajos me puedan venir en la tierra, como decía vuestro amador san Martín (E 15).

190  Mira que mientras más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado, con gozo y deleite que no puede tener fin (E 15).

191  El corazón que mucho ama, no admite consejo ni consuelo, sino del mismo que le llagó; porque de ahí espera que ha de ser remediada su pena. Cuando Vos queréis, Señor, presto sanáis la herida que habéis hecho; antes no hay que esperar salud ni gozo, sino el que se saca de padecer tan bien empleado (E 16).

192  Ya toda me entregué y dí

Y de tal suerte he trocado,

Que mi Amado es para mí

Y yo soy para mi Amado.

Cuando el dulce cazador

Me tiró y dejó herida,

En los brazos del amor

Mi alma quedó rendida,

Y cobrando nueva vida,

De tal manera he trocado

Que mi Amado es para mí

Y yo soy para mi Amado

Hirióme con una flecha

Enarbolada de amor

Y mi alma quedó hecha

Una con su Creador;

Ya yo no quiero otro amor,

Pues a mi Dios me he entregado,

Y mi amado es para mí

Y yo soy para mi Amado  (P 3).

 

193  Si el amor que me tenéis,

Dios mio, es como el que yo os tengo,

Decidme, ¿en qué me detengo?.

Vos, ¿en qué os detenéis?

Alma, ¿qué quieres de mí?

-Dios mío, no más que verte.

-Y ¿qué temes más de tí?

-Lo que más temo es perderte.

Un amor que ocupe os pido,

Dios mío, mi alma os tenga,

Para hacerte un dulce nido

Adonde más la convenga.

Un alma en Dios escondida

¿Qué tiene que desear,

Sino amar y más amar,

Y en amor toda encendida

Tornarte de nuevo a amar? (P 4).

 

194  Dichoso el corazón enamorado

Que en solo Dios ha puesto el pensamiento

Por él renuncia a todo lo criado,

Y en él halla su gloria y su contento;

Aun de sí mismo vive descuidado,

Porque en Dios está todo su intento,

Y así alegre pasa y muy gozoso

Las ondas de este mar tempestuoso (P 5).

 

195  ¡Oh, caridad de los que verdaderamente aman al Señor y conocen su condición! ¡Qué poco descanso podrán tener, si ven que pueden hacer algo para que sola un alma se aproveche y ame más a Dios. O para darle algún consuelo o para apartarla de algún peligro! Y cuando no puede con obras, con oración, importunando al Señor por las muchas almas que la lastima ver que se pierden; pierde ella su descanso y lo tiene por bien perdido, porque no se acuerda de su contento, sino de cómo cumplir mejor la voluntad del Señor, y así en la obediencia (F 5, 5).

196  Sería recia cosa que nos estuviese diciendo claramente Dios que hiciéramos alguna cosa que le interesa, y no quisiéramos sino quedarnos mirándole, porque estamos más a nuestro placer. Donoso adelantamiento en el amor de Dios es atarle las manos creyendo que no podemos adelantar más que por un camino! (F 5, 5).

197  A mi parecer, amarían mucho mejor no dejándose embobar... pues mucho más se puede merecer con un acto y con despertar muchas veces la voluntad para que ame a Dios, que no dejándola tanto tiempo embebida (F 6, 5).

198  Todo lo que hacía (Beatriz de la Encarnación) de labor y de oficios, lo hacía con un fin que no dejaba perder el mérito, y así decía a las hermanas: No tiene precio la cosa más pequeña que se hace, si se hace por amor de Dios; no habíamos de mover los ojos, sino fuera por este fin de agradarle (F 12, 7).

199  Más gozaremos en aquella eternidad, donde son las moradas conforme al amor con que hemos imitado la vida de nuestro Buen Jesús (F 14, 5).

VOLVER

 

---

CIENCIA DE DIOS

 

200  ¡Oh Dios mío! ¡Cuánto daño hace en el mundo pensar que puede haber alguna cosa contra Vos que os sea secreta! (V 2, 7).

201  Más delante de la Sabiduría infinita créanme que vale más un poco de estudio de humildad y un acto de ella, que toda la ciencia del mundo (V 15, 8; CN 5).

202  Es un glorioso desatino, una celestial locura, donde se aprende la verdadera sabiduría y es deleitosísima manera de gozar el alma (V 16, 1; CN 6).

203  Dios no necesita pedir el consentimiento del alma para que acepte entrar en el arrobamiento, porque ella ya se lo dio y sabe El que se ha entregado en sus manos con toda su voluntad, y que a El lo le puede engañar, porque lo sabe todo (V 21, 1; CN 11).

204   

205   ¡Qué sabio el que se alegró de ser tenido por loco, pues lo llamaron a la misma Sabiduría! (Lc 23, 11) (V 27, 14).

206  No tenga miedo, ni crea que las gracias místicas son cosas imposibles -todo es posible para el Señor- (Mc 9, 23), sino procure avivar la fe y humillarse, porque el Señor hace a una viejecita más sabia quizá que él, por muy teólogo que sea (V 34, 12).

207  Cuando yo veo una Majestad tan grande disimulada en una pequeña Hostia, me admira tanta sabiduría (V 38, 21).

208  Dejad hacer al Señor de la casa; sabio es; poderoso es; entiende lo que os conviene y lo que le conviene a El también (C 17, 7).

209  Adherida pues, a este Maestro de la Sabiduría, quizá me enseñe alguna consideración que os satisfaga (C 21, 4).

210  Así que está claro qué es lo que dice la esposa, que la sabiduría de Dios suple aquí por el alma y él ordena cómo gane tan grandísimas mercedes en aquel tiempo (Mdt C 6, 6).

211  Imaginemos, para entenderlo mejor, que vemos dos fuentes con dos pilas que se llenan de agua. Que no encuentro cosa más apropiada para explicar alguna de espíritu que el agua; y es que, como se poco y el ingenio no ayuda y soy tan amiga de este elemento, lo he mirado con más atención que otras cosas, que en todas las que creó Dios, tan sabio, debe de haber hartos secretos de que nos podemos aprovechar, y así lo hacen los que lo entienden, aunque creo que en cada cosita que creó Dios hay más de lo que se entiende, aunque sea en una hormiguita (IV M 2, 2).

212  Ya veis esta alma que la ha hecho Dios boba del todo para imprimir mejor en ella la divina sabiduría (V M 1, 9).

213  Ya habéis oido hablar de las maravillas de la cría de la seda, que sólo Dios pudo hacer semejante invención, y cómo de una simiente, que es como granos de pimienta pequeños..., con el calor, cuando comienza a brotar hoja en los morales, empieza esta simiente a vivir; que mientras no hay este alimento con que puedan vivir está muerta la simiente; y con hojas de moral se crían los gusanos, hasta que, cuando se han hecho grandes, les ponen unas ramillas, y allí con las boquillas van de sí mismos hilando la seda y hacen unos capuchillos muy apretados donde se encierran; y acaba este gusano que es grande y feo, y sale del mismo capucho una mariposa blanca muy graciosa. Mas si esto no se viese sino que nos lo contaran de otros tiempos, ¿quién lo pudiera creer, ni cómo podríamos explicar que una cosa tan sin inteligencia como es un gusano y una abeja sean tan inteligentes en trabajar para nuestro provecho y con tanta industria, y el pobre gusanillo pierda la vida en la demanda? Para un rato de meditación basta esto, aunque sólo contempléis en ello las maravillas y sabiduría de nuestro Dios (V M 2, 2).

VOLVER

 

---

 


CONOCER  A DIOS

214  Pues comenzando a gustar de la buena y santa conversación de esta monja. (Dª María de Briceño), holgábame de oirla cuán bien hablaba de Dios, porque era muy discreta y santa. Según yo creo, nunca dejé de holgarme de oir hablar bien de Dios (V 3, 1).

215  Hablaba mucho de Dios, de manera que edificaba a todas (V 6, 2).

216  Quedóme deseo de soledad, amiga de tratar con Dios y de hablar de El, que si hallaba con quién, más contento y recreación me daba que toda la cortesía, o grosería por mejor decir, de la conversación del mundo (V 6, 4).

217  El no tenerme por tan ruín se debía a que, como me veían tan joven y en tantos peligros, y a que buscaba muchas veces la soledad para rezar y leer; a que hablaba mucho de Dios y era amiga de hacer pintar su imagen en muchos lugares y de tener oratorio y procurar tener en él cosas que fomentasen la devoción; no hablar mal de nadie y otras cosas como éstas que tenían apariencia de virtud (V 7, 2).

218  Era aficionadísima a los sermones, de tal manera que si veía a alguien predicar con espíritu y bien, le cobraba un amor particular sin procuralo yo, que no se quién me lo ponía. Casi nunca me parecía el sermón tan malo, como para no escucharlo de buena gana; aunque los oyentes juzgasen que no era bueno, era para mí recreo muy particular. De hablar de Dios y de oir hablar de El nunca me cansaba, y esto después que comencé a hacer oración (V 8, 12).

219  Entendí grandísimas verdades sobre esta Verdad, mejor que si me lo hubieran enseñado muchos teólogos. Pues en este caso no se me hubieran quedado tan impresas ni se me hubiera hecho comprender tan claramente la vanidad de este mundo (V 40, 4).

220  Ni en mil vidas de las nuestras llegaríamos a entender cómo merece ser tratado este Señor, ante quien tiemblan los ángeles (C 22, 7).

221  Jamás nos acabamos de conocer, si no procuramos conocer a Dios (II M 2, 9).

222  No hemos de buscar razones para comprender las cosas ocultas de Dios, sino que como creemos que es poderoso, está claro que hemos de creer que un gusano de tan limitado poder como nosotros no puede comprender sus grandezas. Alabémosle mucho porque quiere que comprendamos algunas (VI M 4, 7).

223  Ni el demonio podría representar cosas que tantos efectos interiores y paz y sosiego y aprovechamiento dejan en el alma, de forma especial, conocimiento de la grandeza de Dios, porque con cuanta mayor experiencia tuviéremos de ella mejor se manifiesta El (VI M 5, 10).

224  Porque en estas grandezas que le comunica comprende mucho más la de Dios. Espántase de cómo fue tan atrevida, llora su poco respeto, parécele una cosa tan desatinada su desatino, que no acaba de apenarse jamás cuando recuerda por qué cosas tan bajas dejaba una tan gran majestad. Mucho más se acuerda de esto que de las mercedes que recibe, siendo tan grandes como las dichas y las que están por decir; parece que se las lleva un río caudaloso y las trae a sus tiempos (VI M 7, 2).

225  Lo mismo ocurre con otras cosas espirituales, que no se saben decir, mas se comprende por ellas cuán importante es nuestra naturaleza que puede entender las grandezas de Dios, y pues  ni siquiera somos capaces de entender éstas, emplee los días en admiración y alabanza de Su Majestad quien las reciba; y así le de muchísimas gracias por ellas que, pues no es carisma que se da a todos, se ha de estimar mucho y procurar entregarse más, ya que de tantas maneras la ayuda Dios (VI M 8, 6).

226  ¿Habrán bastado todas estas mercedes que ha hecho al alma el Esposo para que la palomilla o la mariposilla esté satisfecha (no penséis que la tengo olvidada), y haga asiento donde ha de morir? No por cierto, sino que está mucho peor; aunque haga muchos años que recibe estos favores, siempre gime y anda llorosa, porque de cada uno de ellos le queda mayor dolor. La causa está en que, como va conociendo más y más las grandezas de su Dios y se ve que está tan ausente y privada de gozarle, crece mucho más el deseo; porque también crece el amor cuanto más se le descubre lo que merece ser amado este gran Bien y Señor; y viene en estos años creciendo poco a poco este deseo, hasta que la lleva a tan gran pena.

He dicho años, teniendo en cuenta lo que ha ocurrido en mi alma, pues se muy bien que a Dios no hay que ponerle límites, pues en un momento puede hacer llegar a un alma a lo más subido que se ha dicho aquí. Poderoso es Su Majestad para todo lo que quisiere hacer y ganoso de hacer mucho por nosotros (VI M 11, 1).

227  Son tantas las cosas que veo y lo que entiendo de las grandezas de Dios y cómo las ha conducido, que casi ninguna vez comienzo a pensar en ello que no me falle el entendimiento, como quien ve cosas que sobrepasan en mucho lo que puedo entender y quedo en recogimiento (Cc 3ª 11).

228  ¡Oh Dios mío, misericordia mía!, ¿qué haré para que no deshaga yo las grandezas que Vos hacéis conmigo? Vuestras obras son santas, son justas, son de inestimable valor y con gran sabiduría, pues la misma sois Vos, Señor. Si en ella se ocupa el entendimiento, quéjase la voluntad, porque querría que nadie la impidiera amaros - pues no puede el entendimiento en tan grandes grandezas alcanzar quién es su Dios-, y desea gozarle y no ve cómo, metida en la cárcel tan penosa de este cuerpo mortal, todo le estorba, aunque primero fue ayudada en la consideración de vuestras grandezas, donde se hallan mejor las innumerables bajezas mías (E 1).

229  ¡Oh Sabiduría que no se puede comprender! (E 12).

230  ¡Oh Dios mío y mi Sabiduría infinita, sin medida y sin tasa y sobre todos los entendimientos angélicos y humanos! ( E 17).

VOLVER

 

---

 



CREER

 

231  Aprovechábame a mí ver campo, agua o flores; en estas cosas encontraba yo memoria del Creador, quiero decir que me despertaban y me recogían y me servían de libro (V 9, 5).

232  Esto de apartarse de lo corpóreo debe de ser bueno, ya que lo dice gente tan espiritual; mas, según me parece, ha de ser cuando el alma está muy avanzada, porque hasta que lo esté, está claro que se ha de buscar al Creador por las criaturas (V 22, 8; CN 12).

233  ¡Oh, Jesús mío! ¡Quién pudiese hacer entender la majestad con que os mostráis! Y cuán Señor de todo el mundo y de los cielos, y de otros mil mundos, y mundos y cielos incontables que Vos creaseis, entiende el alma por la majestad con que os manifestais, que son nada para ser Vos Señor de todo (V 28, 8).

234  A mí me parece que cuando una persona ha sido elevada por Dios a tener claro conocimiento de lo que es el mundo, y de que hay otro mundo, y le ha hecho conocer la diferencia que hay de un mundo a otro, y que el uno es eterno y el otro soñado; y cuando le ha hecho experimentar que es muy diferente amar al Creador de amar a la criatura; y le ha hecho ver lo que se gana con el uno y lo que se pierde con el otro; y le ha dado experiencia de lo que es el Creador y lo que es la criatura y otras muchas verdades que el Señor enseña a quien se deja enseñar por El en la oración, o a quien Su Majestad quiere enseñarlo, su amor es muy diferente del que tenemos los que no hemos llegado aquí (C 6, 3).

235  Ahora vengamos a tratar del desasimiento que hemos de tener, porque en esto está el todo, si se hace con perfección. Digo que en esto está el todo porque, si nos abrazamos con solo el Creador y no nos interesa nada de lo creado, Su Majestad infunde tan copiosamente las virtudes, que practicando nosotros poco a poco lo que está en nuestra mano, no tendremos necesidad de luchar mucho, porque el Señor carga su mano contra los demonios y contra todo el mundo (C 8, 1).

236  Poderoso es para librarnos de todo que, una vez que mandó hacer el mundo, fue hecho; su querer es obrar (C 16, 6).

237  Las que se puedan encerrar de esta manera en este pequeño cielo de nuestra alma, donde está el que hizo el cielo y la tierra (C 28, 5).

238  Porque todo lo que he escrito en este libro va dirigido a entregarnos del todo al Creador, y a dejar nuestra voluntad en la suya y a desprendernos de las criaturas, y ya sabéis cuán importante es esto, no insisto más en ello (C 32, 9).

239  ¡Oh hermanas mías, qué fuerza tiene esta entrega! Si se hace con la determinación debida, se une el Todopoderoso con nuestra pequeñez y nos transforma en El, y consigue la unión del Creador con la criatura (C 32, 11).

240  Aun sabiendo que existe la misma diferencia entre el Castillo y Dios que entre el Creador y la criatura, ya que el castillo es criatura, basta que Su Majestad diga que está hecha a su imagen, para que apenas podamos entender la gran dignidad y hermosura del alma (I M 1, 1).

241  Deja en el alma... propio conocimiento y humildad al ver cómo cosa tan vulgar, en comparación del Creador de tantas grandezas, se ha atrevido a ofendenderla, y osa mirarla; la tercera, tener en muy poco todas las cosas de la tierra, de no ser las que pueda emplear en el servicio de Dios (VI M 5, 10).

242  Queda con muy mayor desprendimiento del mundo que antes, porque ve que nada de él le ayudó en aquel tormento, y muy desasida de las criaturas, porque ya ve que sólo el Creador es el que puede consolar y hartar su alma, y con mayor temor y cuidado de no ofenderle, porque ve que tan bien puede atormentar como consolar (VI M 11, 10).

243  Muchas veces, Señor mío, considero que si con algo se puede sustentar el vivir sin Vos es en la soledad, porque descansa el alma con su descanso, puesto que, como no se goza con entera libertad muchas veces, se dobla el tormento; mas el que da el tener que tratar con las criaturas y dejar de entender el alma con su Creador, hace tenerle por deleite (E 2).

244  Pues ¿qué podrá pedir una cosa tan miserable como yo? Que me deis, Dios mío, que os de con san Agustín, para pagar algo de lo mucho que os debo, que os acordéis de que soy vuestra hechura y conozca yo quién es mi Creador, para que le ame (E 7).

245  ¡Oh, esperanza mía y Padre mío y mi Creador y verdadero Señor y Hermano! (E 7).

246  ¡Oh, Dios mío, Dios, Hacedor de todo lo creado! Y ¿qué es lo creado, si Vos quisierais crear más? Pues haced, Señor, que no se aparten de mi pensamiento vuestras palabras...¿Qué más queremos, Señor?, ¿qué pedimos?, ¿qué buscamos? ¿Por qué están los del mundo perdidos sino por buscar descanso?... Tened piedad, Creador, de estas creaturas vuestras (E 8).

247  Muera ya este yo, y viva en mí otro que es más que yo, y para mí mejor que yo, para que yo le pueda servir: El viva y me de vida; El reine y yo sea cautiva, que no quiere mi alma otra libertad. ¿Cómo será libre el que del Sumo estuviere alejado? ¿Qué mayor ni más miserable cautiverio que estar el alma desligada de la mano del Creador? (E 17).

248  Pues comenzando a poblarse estos palomarcicos de la Virgen nuestra Señora, comenzó la divina Majestad a manifestar sus grandezas en estas mujercitas flacas, aunque fuertes en los deseos y en el desprenderse de todo lo criado, que debe de ser lo que más une al alma con su Creador, teniendo limpia la conciencia (F 4, 5).

249  También a veces me daban alegría las grandes contradiciones y murmuraciones que este ir fundando ha provocado, con buena intención unos, otros por otros fines. Mas tan gran alegría como de esto sentí, no me acuerdo, por trabajo que me venga, haberla sentido; que yo confieso que en otro tiempo, cualquier cosa de las tres que me vinieron juntas, fuera harto trabajo para mí. Creo que fue mi gozo principal el parecerme que, pues las criaturas me pagaban así, es que tenía contento al Creador (F 27, 21). (Se refiere al confinamiento por el General con prohibición de fundar más conventos).

VOLVER

 

---

DIOS  , EXISTENCIA DE

 

250  Lo que hay que procurar, según ellos, es ver a Dios inmenso que está en todas partes y verse engolfado en El (V 22, 1; CN 12).

251  El Señor me enseñó esta verdad, que tuviera la certeza de que nada de lo que tenía era mío, sino de Dios, y así como no me apenaba de oir alabar a otras personas, sino que me alegraba y me consolaba mucho de ver que allí se manifestaba Dios, tampoco podía sentir pena de que manifestara en mí sus obras (V 31, 14).

252  Aprender a mirar al Señor en lo muy interior de su alma, es una mirada muy unitiva y mucho más provechosa que mirarle fuera de sí mismo; esto se lee en algunos libros de oración que enseñan dónde hay que buscar a Dios. Sobre todo lo dice San Agustín que ni en las plazas, ni en los deleites, ni en ninguna parte que lo buscaba, lo encontraba como dentro de sí. Y esto es mucho mejor, pues no es necesario subir al cielo, ni ir más lejos que a nuestro interior, porque buscarlo fuera cansa el espíritu y distrae el alma y no produce tanto fruto (V 40, 6).

253  Para buscar a Dios en lo interior (donde se encuentra mejor y con más provecho que en las criaturas, como dice san Agustín, que lo halló después de haberlo buscado en muchas partes), es gran ayuda cuando Dios hace esta merced. Y no creáis que este recogimiento es fruto del entendimiento activo, que se esfuerza en pensar que Dios está dentro de sí, ni de la imaginación, que lo representa dentro de sí. Bueno es esto y excelente manera de meditación, porque se funda sobre la verdad de que Dios está dentro de nosotros mismos; mas no es esto, que cada uno lo puede hacer -con el favor de Dios, ya se entiende-; mas lo que digo es de diferente manera, y que algunas veces, antes de que comience a pensar en Dios, ya esta gente está en el castillo, que no se por dónde ni cómo oyó el silbo de su Pastor, que no fue por los oídos, pues no se oye nada, mas siéntese notablemente un recogimiento suave en lo interior, como verá quien lo experimenta, que yo no lo se explicar mejor. Paréceme que he leído que sucede como a un erizo o tortuga cuando se retiran hacia sí; y debíalo de entender quien lo escribió. Con la diferencia de que los erizos y tortugas entran en sí cuando quieren; pero la oración de recogimiento no está en nuestro querer, sino llega cuando Dios nos quiere hacer esta merced (IV M 3, 3).

254  Mas entiendo que quedan unas verdades en esta alma tan fijas de la grandeza de Dios, que aunque no tuviera fe que le dice quién es y que está obligada a creerle por Dios, le adorara desde aquel punto por tal, como hizo Jacob cuando vio la escala (Gn 28, 12), que con ella debía de entender otros secretos, que no los supo decir; que sólo por ver una escala por la que bajaban y subían ángeles, de no haber recibido más luz interior, no hubiera entendido tan grandes misterios. Ni tampoco Moisés supo decir todo lo que vio en la zarza, sino lo que quiso Dios que dijese (Ex 3, 12); mas si no hubiera revelado Dios a su alma secretos con certidumbre para que viese y creyese que era Dios no se hubiera expuesto a tantos y tan grandes trabajos; mas debió de entender tan grandes cosas dentro de los espinos de aquella zarza, que le dieron ánimo para hacer lo que hizo por el pueblo de Israel (IV M 4, 6-7).

 

VOLVER

 

---

ETERNIDAD DE DIOS

 

255  No hay nadie que sea estable sino Dios (V 39, 19).

256  Os alabo, Señor, y os bendigo por siempre; en fin, vuestro Reino durará siempre (C 22, 11).

257  ¡Oh Rey de la gloria, Señor de los señores, Emperador de los emperadores, Santo de los santos, no dejaréis de reinar por siempre (CE 37, 6).

258  Me introdujo el Rey. Y ¡qué bien llena este nombre de Rey, que no tiene superior, ni se acaba su Reino nunca! (Mdt C 6, 2).

259  Si se pierde una cosa, una aguja o un gavilán, que sólo sirve para dar un gustillo a la vista de verle volar por el aire, nos da pena, ¡y que no la tengamos de perder esta águila caudalosa de la Majestad de Dios y un Reino que no ha de tener fin el gozarlo! (E 14).

260  Mira que mientras más peleares, más demostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado, con gozo y deleite que no puede tener fin (E 15).

 

261  Breve es todo tiempo para darlo por vuestra eternidad (E 17).

262  Nada te turbe,

Nada te espante,

Dios no se muda... (P 30).

263  Esto nacía de tener muy presente la eternidad y el fin para que Dios nos ha creado (F 12, 1).

264  Cuanto menos tengamos aquí, más gozaremos en aquella eternidad (F 14, 3).

265  Bendito seáis Vos, Dios y Señor mío, que sois inmutable por siempre jamás, amén; quien os sirviere hasta el fin, vivirá sin fin en vuestra eternidad (F 27, 21).

266  Veis aquí cómo ya acabaron estos trabajos y la gloria que tiene será sin fin (F 28, 36).

267  No nos cansemos de alabar a tan gran Rey y Señor, que nos tiene preparado un reino que no tiene fin, por unos trabajillos mezclados con mil contentos, que se acabarán mañana (F 31, 47).

268  Bendito sea Dios, que hemos de gozar de El con seguridad eternamente (Cta 75, 7).

Y así se habrá de quedar mi descanso para aquella eternidad que no tiene fin

 


 VOLVER

 

---

 

GOBIERNO Y CONSERVACION DE DIOS

 

269  Se nos da a entender cómo es Dios y poderoso, y que todo lo puede y todo lo dispone y todo lo gobierna y todo lo llena de su amor (V 28, 9).

270  Veía que, aunque era Dios, era también Hombre, que no se extraña de las flaquezas de los hombres, que comprende nuestra miserable condición, sujeta a muchas caídas, por el primer pecado que El había venido a reparar (V 37, 6).

271  Comulgué y estuve en misa, que no se cómo pude estar. Me pareció que todo había pasado muy rápidamente. Quedé espantada cuando sonó el reloj y ví que había estado dos horas en aquel arrobamiento y gloria. Espantábame después de que, cuando viene de arriba este fuego de verdadero amor de Dios, que sólo llega cuando quiere Su Majestad, y de mí no brota ni una chispa aunque me haga pedazos, parece que consume las faltas y tibieza y miseria del hombre viejo; y así como el ave fénix cuando se quema, de sus mismas cenizas sale otra, así queda transformada el alma con diferentes deseos y fortaleza grande. No parece la misma de antes, sino que comienza con nueva pureza el camino.

Suplicando yo a Su Majestad que así fuera, y que comenzara a servirle de nuevo, me dijo: "Buena comparación has hecho; mira que no se te olvide para procurar mejorarte siempre" (V 39, 23).

272  ¿No es linda cosa que una pobre monja de san José pueda llegar a señorear la tierra y sus elementos? Y ¿qué extraño es que los santos los dominaran como ellos querían? A san Martín le obedecían el fuego y las aguas; a san Francisco, las aves y los peces, y así a otros muchos santos (C 19, 4).

273  No es pequeña lástima y vergüenza que, por nuestra culpa, no nos comprendamos a nosotros mismos ni sepamos  quiénes somos. ¿No sería gran ignorancia que preguntasen a uno quién es y no se conociese ni supiera quién fue su padre, ni su madre, ni de qué tierra? Pues si esto sería tan irracional, lo es más, sin comparación, que nosotros no procuremos saber quiénes somos, sino que nos quedamos en nuestros cuerpos, y así a bulto, porque lo hemos oido y porque nos lo dice la fe, sabemos que tenemos alma. Mas pensamos poco las riquezas que atesora y quién vive dentro, y el gran valor del alma. Y, en consecuencia, se tiene poco interés en conseguir con todo cuidado conservar su hermosura. Todo se nos va en la tosquedad del engaste o cerca del castillo, que son estos cuerpos nuestros (I M 1, 2)

274  Pues pensemos bien que este castillo tiene muchas moradas: unas arriba, otras abajo, otras a los lados, y en el centro y en el medio de todas está la más principal, que es donde ocurren los misterios secretísimos entre Dios y el alma (Ib 3).

275  Pues si la grandeza de Dios no tiene término, tampoco lo tendrán sus obras. ¿Quién acabará de contar sus misericordias y grandezas? (Ex 18, 2-4). Es imposible. Y por eso no os maravilléis de lo que he escrito y de lo que voy a escribir, porque es un resumen de lo que hay que contar de Dios. Demasiada misericordia nos ha demostrado comunicando estas maravillas a quien nos las pueda contar. Pues cada una de nosotras tiene alma pero, como no valoramos como lo merece una criatura hecha a imagen de Dios, tampoco entendemos los grandes secretos que encierra (VII M 1, 1).

276  ¿Por qué está este hermano mío donde corre peligro su salvación¬? Si yo viera, Señor, a un hermano vuestro en este peligro, ¿qué hiciera por remediarle? Creo que no me quedara por hacer cosa que yo pudiera. Me dijo el Señor: "Oh, hija, hija; hermanas mías son éstas de la Encarnación, ¿y te detienes? Pues ten ánimo; mira que lo quiero yo, y no es tan difícil como te parece... no resistas, que es grande mi poder" (Cc 20).

277  Como estaba espantada de ver tanta majestad en cosa tan baja como mi alma, entendí: "No es baja, hija, pues está hecha a mi imagen". También entendí algunas cosas tan delicadas, de la causa por la que Dios se deleita con las almas más que con otras criaturas que, aunque el entendimiento las entendió instantáneamente, no las sabré decir (Cc 41).

278  ¡Oh, esperanza mía y Padre mío y mi Creador y mi verdadero Señor y Hermano! Cuando considero en cómo decís que vuestros deleites los tenéis con los hijos de los hombres, se alegra mucho mi alma! ¡Oh, Señor del cielo y de la tierra, y qué palabras son éstas para que no desconfíe ningún pecador! ¿Os falta, Señor, tal vez con quien os deleitéis, que buscáis un gusanillo de tan mal olor como yo? Aquella voz que se oyó en el Bautismo, dijo que os deleitáis con vustro Hijo. Pues, ¿hemos de ser todos igual, Señor? (E 7).

391 Danos el Padre

A su Unico Hijo

Hoy viene al mundo

En pobre cortijo,

¡Oh, gran regocijo,

Que ya el hombre es Dios (P 13).

 

279  Ni se acuerdan de que es Dios el que así lo ordena... (F 20, 3).


VOLVER

 

---

INFINIDAD DE DIOS

 

280  ¡Oh Rey de la gloria y Señor de todos los reyes! ¡Cómo no es vuestro reino montado sobre palillos de romero seco, pues no tiene fin! ¡Cómo no es necesario buscar recomendaciones para hablar con Vos! Sólo con ver vuestra Persona, se ve en seguida que sois el único que merece que le llamen Señor, según la Majestad que manifestáis; no necesitáis cortesanos ni guardias para que se conozca que sois Rey. Porque en este mundo mal se puede conocer que un hombre es rey por sola su presencia personal; por mucho que él quiera ser reconocido como rey, no será creído, porque es como todos los demás hombres; es menester que se vea por qué han de creer que es rey, y ésta es la razón de que necesite insignias reales, porque si no las tuviese, no lo apreciarían como tal; pues como no brota de su interior ser poderoso, le ha de venir la autoridad de otros.

281  ¡Oh Señor mío! ¡Oh Rey mío! ¡Quién supiera ahora manifestar la majestad que tenéis! Es imposible dejar de ver que sois gran Emperador en Vos mismo, que anonada mirar esta Majestad; pero aún anonada más, Señor, mirar vuestra humildad junto a vuestra Majestad y el amor que demostráis a una como yo.

282  Se puede conversar y hablar con Vos de todo, cuando queramos, después de haber perdido el primer asombro y el temor de ver Vuestra Majestad quedando mayor temor de ofenderos; mas, no por miedo del castigo, Señor mío, porque éste no se tiene en nada en comparación de perderos a Vos (V 37, 6).

283   Mas, si habéis de hablar con tan gran Señor, es justo que advirtáis que estáis hablando con El, y que sois criatura para, al menos, hablar con cortesía. Porque, ¿cómo podéis llamar al Rey Majestad, ni conocer las ceremonias que se tienen que hacer cuando hay que hablar con un personaje, si no tenéis presente su categoría y la vuestra? Porque el tratamiento ha de corresponder a estas condiciones, y ha de estar reglamentado por la costumbre, y esto lo tenéis que saber; de lo contrario os despedirán por torpe, y no podréis negociar los asuntos.

 

284  Pues ¿qué es esto, Señor mío? ¿Qué es esto, mi Emperador? ¿Cómo se puede tolerar? Rey sois, Dios mío, sin fin, que no es Reino prestado el que tenéis. Cuando en el Credo decimos: "Vuestro reino no tiene fin, casi siempre me causa consuelo especial (C 22, 1).                 

285  Mas nosotras con llaneza tomemos lo que el Señor nos diere; y lo que no, no nos cansemos, sino alegrémonos considerando qué gran Dios y Señor tenemos, que una palabra suya tendrá en sí mil misterios, y así no entendemos nosotras su principio (Mdt C 1, 2).

286  Pues volviendo a nuestra santa Esposa, dice: "Me introdujo el Rey". Y ¡cuánto llena este nombre de Rey, que no tiene superior, ni se acaba su Reino para sin fin! Cuando el alma está así, seguramente podemos creer que no le falta fe para conocer y creer mucho de la grandeza de este Rey, cuanto en esta vida mortal se puede entender (Mdt C 6, 2).

287  Os parecerá que se ha hablado tanto de este camino espiritual que no es posible decir nada más. Pensar eso sería una gran equivocación. Pues si la grandeza de Dios no tiene término, tampoco lo tendrán sus obras. ¿Quién acabará de contar sus misericordias y grandezas? (Ex 18, 2-4). Es imposible, y por eso, no os maravilléis de lo que he escrito y de lo que voy a escribir porque es un resumen de lo que hay que contar de Dios.

288  Demasiada misericordia nos ha demostrado comunicando estas maravillas a quien nos las puede contar. Asi, sabiendo que se comunica con sus criaturas, alabaremos más su grandeza y nos animaremos a no menospreciar al hombre con quien tanto se deleita el Señor. Y cuanto más supiéremos de esto, más. Pues cada uno de nosotros tiene alma pero, como no valoramos como lo merece una criatura hecha a imagen de Dios,tampoco entendemos los grandes secretos que encierra.

289  Quiera el Señor, si es de su agrado, mover la pluma y darme a entender para que os diga algo de lo mucho que hay que decir y lo mucho que enseña a quien mete en esta morada. Mucho se lo he suplicado, ya que conoce que mi intención es que no permanezcan ocultas sus misericordias, para que su nombre sea alabado y glorificado (VII M 1, 1).

290  Pues Dios es infinito, ¿por qué ha de estar el alma cautiva a una sola de sus grandezas o misterios, pues hay tanto en qué ocuparnos? Y mientras más cosas suyas quisiéramos considerar, más se descubren sus grandezas (F 6, 7).

VOLVER

 

---

 


INMENSIDAD Y UBICUIDAD  DE DIOS

 

291  Sabemos que Dios nos oye siempre y está con nosotros. No hay duda de que esto es así, mas quiere nuestro Emperador y Señor nuestro que entendamos aquí que nos entiende y lo que hace su presencia, y quiere particularmente comenzar a obrar en el alma, por la gran satisfacción interior y exterior que le da y por la diferencia que hay de este deleite y contento a los de la tierra, tal que parece que llena el vacío que nuestros pecados habían hecho en el alma (V 14, 6; CN 4).

292  Los que no tenían estudios me decían que Dios estaba en el alma sólo por la gracia. Yo no lo podía creer porque, como digo, me parecía que estaba presente, y esto me afligía. Un gran letrado de la Orden de Santo Domingo me libró de esta duda, pues me dijo que Dios estaba presente y que se comunicaba con nosotros, lo que me consoló mucho (V 18, 15; CN 8).

293  Estando una vez en oración se me representó cómo se ven en Dios todas las cosas y cómo existen todas en El, (aunque no vi ninguna figura, fue una representación con gran claridad). Yo no se escribir esto mas quedó muy grabado en mi alma, y ésta ha sido una de las mayores mercedes que el Señor me ha hecho y que más me ha confundido y avergonzado, recordando los pecados que he cometido. Creo que si esto lo hubiera sabido antes, y si lo vieran los que le ofenden, no tendrían corazón ni atrevimiento para hacerlo.

294  Aunque digo que no vi nada, algo se debe de ver, de muy sutil y delicado, que escapa al entendimiento, y yo no entiendo estas visiones que, aunque no parezcan imaginarias, algún elemento imaginario deben de tener, por lo que yo pondré la siguiente comparación:...Podemos decir que la Divinidad es como un diamante muy claro, mucho más grande que todo el mundo; o como un espejo, como escribí en la visión anterior, pero tan soberanamente superior, que yo no lo se expresar. Dentro de este diamante está toda la creación, porque fuera de esta grandeza no hay nada, y así todo lo que hacemos se ve dentro de este diamante.

295  En un momento, llena de asombro y de pena, vi tantas cosas a la vez en este claro diamante que, cuando recuerdo que en aquella limpieza de claridad veía representadas cosas tan feas como mis pecados, me sentía muy lastimada. Cuando lo recuerdo no se cómo lo puedo soportar, y así quedé tan avergonzada, que no sabía dónde esconderme.

296  ¡Oh quién pudiera hacer comprender esto a los que cometen pecados muy deshonestos y feos, para que tengan presente que no están ocultos, y que con razón los siente Dios, pues se hacen tan presentes a la Majestad, y nos comportamos ante El con tan poco respeto!...

297  No se puede comprender cuán gravísima falta es hacerla delante de tan gran Majestad y cuán enemigas de El son semejantes maldades. Y así se ve más su misericordia, pues aunque nosotros sabemos todo esto, nos soporta...

298  ¡Oh, válgame Dios, en cuánta ceguedad he vivido! Escribiendo esto muchas veces he quedado abrumada, y no se extrañe usted de ello, sino de cómo puedo vivir viendo estas cosas y mirándome a mí. ¡Sea bendito por siempre que tanto me ha sufrido! (V 40, 9-11).

299  Ya sabéis que Dios está en todas partes. Y como donde está el Rey debe estar su corte, donde está Dios está el cielo. Podéis creer sin ningún género de duda que donde está Su Majestad está toda la gloria. Dice San Agustín que le buscaba en muchas partes y que lo encontró dentro de sí mismo (C 28, 2).

300  Yo bien sabía que tenía alma; mas, como yo me tapaba los ojos con las vanidades de la vida que me impedían ver el respeto que esta alma merecía y quién vivía dentro de ella, no lo entendía.

301  Si yo hubiera sabido que en este palacio pequeñito de mi alma cabe tan gran Rey, como ahora lo se, no lo hubiera dejado solo tantas veces; alguna vez me hubiera estado con El, y hubiera procurado que no estuviera tan sucio.

302  Mas, ¡qué cosa tan admirable, que quiera estar encerrado en un sitio tn pequeño el que puede llenar mil mundos y muchísimos más con su grandeza! Como verdaderamente es Señor, trae consigo la libertad y como nos ama, se hace a nuestra medida (C 28, 11).

303  Yo se de una persona que no sabía que Dios estaba en todas las cosas por presencia y esencia y potencia, y después de una gracia de esta clase que el Señor le concedió, lo vino a creer tan firmemente que, aunque un medioletrado de los que tengo dichos, a quien preguntó cómo estaba Dios en nosotros (él lo sabía tan poco como ella antes de que Dios se lo manifestase), le dijo que sólo estaba por gracia, ella tenía tan fija la verdad, que no le creyó, y lo preguntó a otros que le dijeron la verdad, con lo que se consoló mucho (V M 1, 10).

304  Y aunque, según creo, alguna mercedes de las anteriores son mayores, ésta trae consigo un particular conocimiento de Dios, y de esta compañía tan contínua nace un amor ternísimo a Su Majestad y unos deseos mayores aún que los de antes, de entregarse a su servicio, y una limpieza grande de conciencia, porque la presencia que va con ella le hace advertir a todo. Porque aunque ya sabemos que Dios está presente a todo lo que hacemos, nuestra naturaleza es tan frágil, que se descuida en pensarlo; esto no ocurre ahora, porque la despierta el Señor que está a su lado.

 

305  Y ocurre que incluso las mercedes que antes recibía, ahora las recibe más habitualmente, porque el alma esta casi siempre inmersa en un amor a quien ve y entiende que está cabe sí (VI M 8, 4).

306  Acaece, cuando el Señor quiere, estando el alma en oración y con los sentidos bien despiertos, venirle de repente una suspensión, en la que el Señor le da a entender grandes secretos, que parece que los ve en el mismo Dios. Estas no son visiones de la sacratísima Humanidad, ni aunque digo que ve, no ve nada, porque no es visión imaginaria, sino muy intelectual, en la cual se le descubre cómo en Dios se ven todas y las tiene todas en sí mismo. Y es de gran provecho, porque, aunque ocurre en un momento, se queda muy grabado, y sumerge en grandísima humillación, y se ve con mayor claridad la maldad de la ofensa a Dios, porque en el mismo Dios, estando dentro de El, hacemos grandes maldades.

307  Quiero poner una comparación si acierto, para dároslo a entender, porque aunque esto es así y lo oímos muchas veces, o no reparamos en ello o no lo queremos entender, porque parece que no sería posible que fuéramos tan atrevidos si se comprendiese cómo es.

308  Imaginemos que Dios es como una morada o palacio muy grande y hermoso, y que este palacio, como digo, es el mismo Dios. ¿Acaso puede el pecador para hacer sus maldades, apartarse de este palacio? No por cierto, sino que dentro, en el mismo palacio, que es el mismo Dios, ocurren las abominaciones y deshonestidades que hacemos los pecadores (VI M 10, 3-4).

309  Una vez entendí cómo estaba el Señor en todas las cosas y cómo en el alma, y se me ocurrió la comparación de una esponja que embebe el agua en sí (Cc 49).

310  ¡Oh, verdadero Dios y Señor mío! Gran consuelo es para el alma a quien fatiga la soledad de estar ausente de Vos, ver que estáis en todas partes (E 16).

311  A lo que me parece, el mote es del Esposo de nuestras almas, que dice: "Búscate en Mí". Pues señal es que yerra el señor Francisco de Salcedo poniendo tanto énfasis en que Dios está en todas las cosas, porque él es sabedor de que está en todas las cosas (Vej 2).

312   (Cta 98, 19).

VOLVER

 

---

 


JUSTICIAS DE DIOS

 

313  Una vez rezando las Horas... llegué al verso que dice: "Señor, tú eres justo, tus mandamientos son rectos" (Sal 119, 137) y comencé a pensar qué gran verdad era (V 19, 9; CN 9).

314  Mas cuando ha llegado el éxtasis en el que le da el sol de justicia que le hace abrir los ojos, ve tantas motas en sí que quisiera volverlos a cerrar; porque aún no es tan hija de esta águila caudalosa para poder mirar este sol de hito en hito; mas por poco abiertos que los tenga, se ve toda turbia. Recuerdo el salmo que dice: "¿Quién será justo delante de Tí?" (Sal 142) (V 20, 29; CN 10).

315  Estando en un oratorio muy afligida sin saber lo que me iba a ocurrir, leí un libro, que parece que el Señor lo puso en mis manos, en que decía san Pablo: "Que Dios era muy fiel y no permitía que los que le amaban fueran engañados por el demonio" (1 Cor 10, 13). Esto me consoló mucho (V 23, 15).

316  ¡Oh, quién pudiera gritar en vuestro nombre, para decir cuán fiel sois a vuestros amigos! Todas las cosas fallan: Vos, Señor de todas ellas, nunca falláis (V 25, 17).

317  Aquí el alma se ve inundada de verdadera humildad al ver su miseria, pues no la puede ignorar. Aquí la confusión y el verdadero arrepentimiento de los pecados pues, aun viéndole manifestando amor, no sabe uno dónde meterse, y así se deshace toda (V 28, 9).

318  No es nada delicado mi Dios, no se fija en menudencias. Así es como tendrá algo que agradeceros; eso es dar algo. Lo demás, bueno es para quien no es generoso, sino tan mezquino, que no tiene corazón para dar. No es nada minucioso para tomarnos cuentas, sino generoso; por grande que sea la deuda, no le cuesta perdonarla. Para pagarnos es tan mirado, que no tengáis miedo de que un alzar de ojos acordándonos de El, deje sin premio (C 23, 3).

319  ¡Oh, hijas mías, que es Dios muy pagador, y tenéis un Señor y un Esposo a quien no se le pasa nada sin que lo entienda y lo vea! Y así, aunque sean cosas muy pequeñas, no dejéis de hacer por su amor lo que pudiereis. Su Majestad las pagará; lo que mira es el amor con que lo hacéis (Mdt C 1, 6).

320  En estas moradas no deja el Señor de pagar como justo, y aun como misericordioso -que siempre da mucho más de lo que merecemos-, dándonos contentos harto mayores que los que nos pueden dar los regalos y vanidades del mundo (III M 2, 8).

321  No penséis que importa poco que no quede por nosotros, que cuando no es nuestra la falta, justo es el Señor (Sal 118, 137), y Su Majestad os dará por otros camino lo que os quita por éste, por lo que Su Majestad sabe, que son muy ocultos sus secretos, al menos será lo que más nos conviene sin duda ninguna (III M 2, 11).

322  ¡Oh, poderoso Dios mío!, pues aunque no queramos, nos habéis de juzgar, ¿por qué no miramos lo que nos importa teneros contento para aquella hora? (E 3).

¡Oh, Dios mío!, ¿cómo padecéis por quien tan poco se duele de vuestras penas?. Tiempo vendrá, Señor, en el que se manifieste vuestra justicia y si es igual que la misericordia. Mirad, cristianos, considerémoslo bien y jamás podremos acabar de entender lo que debemos a nuestro Señor Dios y las magnificencias de sus misericordias. Pues si es tan grande su Justicia, ¡ay dolor!, ¡ay dolor!, ¿qué será de los que hayan merecido que se ejecute y resplandezca en ellos? (E 12). 

VOLVER

 

---

MISERICORDIA DE DIOS

 

323  ¡Ay de mí, Creador mío, que si quiero dar disculpa, ninguna tengo! ¡Ni tiene nadie la culpa sino yo! Porque si os pagara algo del amor que me comenzasteis a demostrar, no habría podido yo amar a nadie más que a Vos, y vuestro amor me hubiera librado de todos mis pecados. Mas ya que no lo merecí ni tuve esta dicha, válgame ahora Señor, vuestra misericordia (V 4, 4).

324  Muchas veces he pensado espantada de la gran bondad de Dios y se ha regalado mi alma de ver su gran magnificencia y misericordia (V 4, 10).

325  He contado todo esto para que se vea la gran misericordia de Dios y mi ingratitud (V 8, 4).

326  Y ¿quién, Señor de mi alma, no se ha de espantar de misericordia tan grande y tan crecida merced a quien os ha traicionado con traición tan fea y abominable? ¡Que no se cómo no se me parte el corazón cuando escribo esto! ¡Porque soy ruín! (V 19, 6; CN 9).

327  bis  Mas mirad, Emperador mío, que ya sois Dios de misericordia; habedla de esta pecadorcilla, gusanillo que así se os atreve (CE 4, 3).

328  Por cierto que es grande la misericordia de Dios. ¿Qué amigo hallaremos tan sufrido? (Mdt C 2, 21).

329  ¡Oh, Señor mío y misericordia mía y bien mío!, y ¿qué mayor lo quiero yo en esta vida que estar junto a Vos, que no haya división entre Vos y yo? Con esta compañía, ¿qué se puede hacer difícil? ¿Qué no se puede emprender, teniéndoos tan unido? ¿Qué hay que agradecerme, Señor? Que culparme, mucho por lo que no os sirvo. Y así os suplico con san Agustín, con toda determinación, que "me deis lo que mandareis, y mandadme lo que quisiereis"; no volveré las espaldas con vuestro favor y ayuda (Mdt C 4, 7).

330  Las que más me lastiman son las almas de los cristianos que, aunque ve que es tan grande la misericordia de Dios que, por mal que vivan se pueden enmendar y salvarse, teme que se condenen muchos (V M 2, 10).

331  En fin, que ningún remedio hay en esta tempestad, sino aguardar a la misericordia de Dios (VI M 1, 10).

332  Viendo lo que su Majestad hace con ella y volviéndose a mirar a sí misma lo poco que hace para lo que está obligada, y lo poquillo que hace lleno de faltas y defectos y flojedad, que para no acordarse de cuán imperfectamente hace alguna obra, si la hace, prefiere olvidarla y considerar sus pecados y sumergirse en la misericordia de Dios, que, pues ella no tiene con qué pagar, supla la misericordia que el siempre tuvo con los pecadores (VI M 5, 5).

333  Consideremos la gran misericordia y paciencia de Dios en no hundirnos allí en seguida y démosle grandísimas gracias, y tengamos vergüenza de ofendernos por cualquier cosa que se haga o se diga contra nosotras, que es la mayor maldad del mundo ver que sufre Dios, nuestro Creador, tantas a sus criaturas dentro de sí mismo, y que nosotros sintamos alguna vez alguna palabra que se dijo en nuestra ausencia, y quizá sin mala intención (VI M 10, 4).

334  Y me saque del purgatorio, que allí estaré quizá, por la misericordia de Dios, cuando esto se os diere a leer (VII M 4, 24).

335  ¡Oh, Dios mío, misericordia mía!, ¿qué haré para que no deshaga yo las grandezas que Vos hacéis conmigo? (E 1).

336  ¡Oh, qué grandísima misericordia y qué favor que no podemos nosotros merecer! ¡Y que los mortales olvidemos todo esto! Acordaos Vos, Dios mío, de tantas miserias y mirad nuestra flaqueza, pues de todo sois sabedor (E 7).

337  Espera en Dios, que aún confesaré a El mis pecados y sus misericordias, y de todo junto haré cantar de alabanzas con suspiros perpétuos al Salvador mío y Dios mío (E 17).

338  Sea su nombre bendito que en todo tiempo tiene misericordia con todas sus criaturas (Cta 440, 1).


VOLVER

 

---

 


OMNIPOTENCIA DE DIOS

 

339  Espántame lo mucho que hace en este camino animarse a grandes cosas, aunque luego no tenga fuerzas el alma, da un vuelo y llega a mucho aunque, como avecita que tiene pelo malo, se cansa y se detiene.

340  En otro tiempo pensaba yo muchas veces lo que dice San Pablo, que todo se puede en Dios (Flp 4, 13). De mí sabía que no podía nada. Esto me aprovechó mucho y lo que dice san Agustín: "Dame, Señor, lo que me mandas, y manda lo que quieras" (Conf 10, 29).

341  Pensaba yo muchas veces que no habría perdido nada San Pedro en arrojarse al mar, aunque después temió (Mt 14, 29-30) (V 13, 3; CN 3).

342  Creo que me ocurría que, cuanto menos iban por camino natural los misterios, más firme era mi fe y me causaba gran devoción: en ser todopoderoso hallaban explicación para mí todas las grandezas que podáis hacer, y de esto jamás tenía duda (V 19, 9; CN 9).

343  Los efectos del éxtasis son grandes: en primer lugar, se manifiesta el gran poder del Señor y que no podemos, cuando Su Majestad quiere, detener ni el cuerpo ni el alma, ni somos dueños de ellos: mal que nos pese, vemos que tenemos superior y que estas mercedes las da El y que nosotros no podemos en nada nada; con esto se infunde mucha humildad.

344  Yo confieso que sentí gran temor, al principio grandísimo, al ver cómo se elevaba mi cuerpo de la tierra que, aunque el espíritu lo lleva consigo y es con suavidad grande si no se resiste, no se pierde el sentido; al menos yo era consciente y me daba cuenta de que se me llevaba.

345  Se manifiesta una majestad de quien puede hacer aquello, que espeluzna los cabellos, y queda un gran temor de ofender a tan gran Dios (V 20, 7; CN 10).

346  ¡Oh Señor mío, cómo sois Vos el amigo verdadero; y, como poderoso, cuando queréis podéis, nunca dejáis de querer si os quieren! ¡Que os alaben todas las cosas, Señor del mundo! (V 25, 17).

347  ¡Oh Dios mío! ¡Quién tuviera entendimiento y estudios y palabras brillantes para enaltecer vuestras obras como lo entiende mi alma! Fáltame todo, Señor mío; mas, si Vos no me desamparáis, no os faltaré yo a Vos.

348  Levántense contra mí todos los letrados, persíganme todas las cosas criadas, atorméntenme todos los demonios; no me faltéis Vos, Señor, que ya tengo experiencia de la ganancia con que sacáis a quien sólo en Vos confía.

349  Pues estando en esta gran tribulación, me la quitaron del todo y me pacificaron estas pocas palabras: "No tengas miedo, hija, que Yo soy y no te desampararé; no temas".

350  Según el estado de turbación de mi alma parece que eran necesarias muchas horas para persuadirme a sosegarme y que nadie lo podría conseguir. Sin embargo, he aquí que con solas estas palabras quedé sosegada, con fortaleza, con ánimo, con seguridad, con una paz y luz, que en un instante vi mi alma transformada en otra, y creo que con todo el mundo discutiría que el espíritu que recibía era de Dios (V 25, 17-18).     

351  ¡Oh, qué buen Dios! ¡Oh, qué buen Señor y qué poderoso! No sólo da el consejo, sino el remedio. Sus palabras son obras (Flp 4, 13). ¡Oh, válgame Dios, y cómo fortalece la fe y se aumenta el amor!

352  Esto es tan gran verdad, que muchas veces me acordaba de cuando el Señor mandó que se calmasen los vientos en el mar, cuando se levantó la tempestad (Mc 4, 39), y así decía yo: ¿Quién es éste que así le obedecen todas mis potencias, y en un instante hace brillar la luz en tan gran oscuridad y ablanda un corazón que parecía de piedra y da agua de lágrimas suaves donde parece que durante mucho tiempo había sequedad? ¿Quién pone estos deseos? ¿Quién este ánimo?; y me acaeció pensar: ¿De que tengo miedo?, ¿Qué es esto? (V 25, 18-19).

353  Pues tenemos Rey poderoso y tan gran Señor que todo lo puede y a todos manda, no hay que temer, andando, como he dicho, en verdad delante de Su Majestad y con limpia conciencia.

354  Para esto, como he dicho, querría yo todos los temores: para no ofender en un punto a quien en el mismo punto nos puede deshacer; que, contento Su Majestad, no hay quien se oponga contra nosotros, que no se vaya con las manos en la cabeza (V 26, 1).

355  Estando afligida por los muchos problemas que llevaba sobre mis espaldas, con decirme el Señor: "¿De qué temes? ¿No sabes que soy Todopoderoso? Yo cumpliré lo que te he prometido", y así se ha cumplido puntualmente, he quedado con fortaleza (V 26, 2).

356  Dentro de mí quedó esculpida una verdad de la Divina Verdad que se me reveló, que da noticia de su majestad y Poder de una manera que no se puede decir (V 40, 3).

357  Todo lo dispone, todo lo puede; su querer es obrar. Pues justo será que procuremos deleitarnos en estas grandezas que tiene nuestro Esposo y que sepamos con quién estamos desposadas y qué vida hemos de vivir (C 22, 7).

358  ¿Qué nos cuesta pedir mucho, pues pedimos a Poderoso? Vergüenza daría pedir a un emperador unas monedas. Y para  acertar, dejemos a su voluntad el dar, pues ya le tenemos dada la nuestra (CE 72, 6).

359  Si los letrados no son disipados, sino hombres de Dios, nunca se espantan de sus grandezas, pues saben muy bien que puede mucho más y más. Y, en fin, aunque no conozcan algunas cosas tan detalladamente, deben de haber leído otras, por las que deducen que éstas pueden pasar.

360  De esto tengo grandísima experiencia y también la de unos medioletrados espantadizos, porque me cuestan muy caro.

361  Estoy segura de que quien no creyere que Dios puede mucho más y que ha querido y quiere comunicarse a sus criaturas, tiene bien cerrada la puerta para recibir los carismas.

362  Por eso, hermanas, nunca os ocurra esto, sino creed de Dios mucho más y más, y no os fijéis en si los que los reciben son buenos o malos que Su Majestad lo sabe, como os lo he dicho (V M 1, 8).

363  ¡Oh grandeza de Dios, y cómo sale un alma de aquí después de haber estado un poquito metida en la grandeza de Dios y tan unida a El que, a mi parecer, nunca llega a media hora. Yo os digo en verdad que la misma alma no se conoce; porque mirad la diferencia que hay de un gusano feo a una mariposica blanca, que la misma hay acá. No sabe de dónde pudo merecer tanto bien (de dónde le pudo venir, quise decir, que bien sabe que no lo merece). Se ve con un deseo de alabar al Señor que se quisiera deshacer y morir por El mil muertes (VM 2, 7).

364  Poderoso es el Señor para enriquecer a las almas por muchos caminos y llevarlas a estas moradas, y no por el atajo que queda dicho (V M 3, 4).

365  A deshora, con una palabra suya, o con una circunstancia que acaso sucedió, lo quita todo tan de presto que parece que no hubo nublado en el alma, según queda llena de sol y de mucho más consuelo. Y como quien se ha librado de una batalla peligrosa habiendo ganado la victoria, queda alabando a nuestro Señor, que fue el que peleó para vencer; porque ve muy claro que ella no peleó, que todas las armas con que se podía defender le parece que las ve en las manos de su enemigo, y así experimenta claramente su miseria y lo poquísimo que podemos nosotros si nos desampara el Señor (VI M 1, 10).

366  ¿Y por qué hay que maravillarse de lo que hace el Todopoderoso? Bien sabéis Vos, mi Dios, que entre todas mis miserias nunca dejé de conocer vuestro gran poder y misericordia. Válgame, Señor, esto en que no os he ofendido. Recuperad, Dios mío, el tiempo perdido, con darme gracia en el presente y porvenir, para que aparezca delante de Vos con vestiduras de bodas, pues, si queréis, podéis (E 4).

367  Y si todo esto no basta, básteos conocer que no podéis nada contra su poder, y que tarde o temprano habéis de pagar con fuego eterno tan gran desacato y atrevimiento (E 12).

368  ¡Oh, grandeza de Dios, y cómo manifestáis vuestro poder dando osadía a una hormiga! ¡Y cómo, señor mío, no queda por Vos el no hacer grandes obras los que os aman, sino por nuestra cobardía y pusilanimidad! Como nunca nos decidimos, sino llenos de temores y prudencias humanas, así, Dios mío, no obráis Vos maravillas y grandezas. ¿Quién más amigo de dar, si tuviese a quien, ni de recibir servicios a su costa? Haga Vuestra Majestad que os haya servido yo en algo, y no tenga más cuenta que dar de lo mucho que he recibido, amén (F 2, 7).


VOLVER

 

---

 


PROVIDENCIA, DE DIOS

 

369  Este camino se ha de andar con libertad, puestos en las manos de Dios; si Su Majestad nos quiere elevar a la categoría de sus íntimos y hombres de confianza a quienes confía sus secretos, aceptemos de buena gana; si no, dediquémonos a las tareas humildes, sin pretender sentarnos en el primer lugar (Lc 14, 10) (V 22, 12; CN 12).

370  Sea Dios alabado por siempre, que tanto cuidado tiene de las almas para que no se pierdan (V 34, 19).

371  En estos sufrimientos grandes siempre me enviaba el Señor, como lo tengo comprobado, una persona que me diera la mano de su parte, como me lo profetizó en esta visión, sin otro interés que el de servir al Señor. Esto ha servido para sostenerme esta poquita virtud que yo tenía de desear ser útil en su Iglesia (V 39, 19).

372  Vuestra preocupación no cambia el pensamiento del otro, ni le pone deseo de dar limosna. Dejad este cuidado a Quien los puede mover a todos, porque es el Señor de las rentas y de los renteros. Por su mandato hemos venido aquí; verdaderas son sus palabras, no pueden faltar; antes faltarán los cielos y la tierra (Lc 21, 23) (C 2, 2).

373  De otro pan no tengáis cuidado las que muy de veras os habéis abandonado en la voluntad de Dios; quiero decir que nos os preocupéis de otro pan durante la oración, en la que os ocupáis de cosas más importantes, que ya tendréis tiempo para trabajar y ganaros la comida. Mas tened cuidado de que nunca gastéis el cerebro con la preocupación del trabajo  y de la comida; sino procurad que trabaje el cuerpo, pues es justo que procuréis sustentaros, y descanse el alma. Dejad ese cuidado a vuestro Esposo, que El lo tendrá siempre (C 34, 4).

374  Si un criado se pone al servicio de un señor debe tener cuidado de contentar a su señor en todo; mas el señor está obligado a dar de comer al servidor mientras esté en su casa, a menos queel señor sea tan pobre, que no tenga para sí ni para el criado. Ese no es nuestro caso, pues el Señor siempre es rico y será rico y poderoso. Y no estaría bien que el criado fuese por ahí pidiendo de comer, sabiendo que su amo tiene cuidado de darle de comer y lo ha de tener. Con razón le dirá el amo al criado que se ocupe él en servir y en cómo le complacerá que, por estar preocupado en lo que no lo ha de estar, no hace cosa derecha (C 34, 5).

375  Dios ayuda a los que por El se exponen a mucho, y nunca falta a quien en El solo confía, y quisiera encontrar a quien me ayudase a creerlo así, y a no tener cuidado de lo que ha de comer y vestir, sino dejarlo todo a Dios (Cc 1ª, 21).

376  ¡Oh, Señor, cuán diferentes son vuestros caminos de nuestras torpes imaginaciones, y cómo de un alma que está ya determinada a amaros y abandonada en vuestras manos, no queréis otra cosa sino que obedezca y se informe bien de lo que es más servicio vuestro, y eso desee! No ha menester ella buscar caminos ni escogerlos, que ya su voluntad es vuestra. Vos, Señor mío, tomáis ese cuidado de guiarla por donde más se aproveche (F 5, 6). 

377  Volví a la ciudad de Toledo, donde estuve algunos meses, hasta comprar la casa y dejarlo todo en orden. Estando ocupada en esto, me escribió el rector de la Compañía de Jesús de Salamanca, diciéndome que estaría allí muy bien un monasterio de éstos, dándome las razones de ello. Me había detenido en hacer allí fundación de pobreza, por ser muy pobre la ciudad, mas consideré que Avila lo es tanto, y nunca le falta - ni creo le faltará Dios a quien le sirviere (F 18, 1).

378  Pues habiendo tenido ya cuatro hijas, cuando nació Teresa de Laiz, dio mucha pena a sus padres ver que también era hija. Cosa ciertamente para llorar mucho, ver que sin entender los hombres lo que más les conviene, como los que del todo ignoran los juicios de Dios, no sabiendo los grandes bienes que pueden venir de las hijas ni los grandes males de los hijos, no quieran dejar actuar al que todo lo entiende y los crea, y se matan por lo que se habían alegrar. Como gente que tiene dormida la fe, no piensan más allá, ni se acuerdan de que es Dios quien así lo ordena, para dejarlo todo en sus manos (F 20, 3).

379  En todas las cosas creadas mire la Providencia de Dios y su Sabiduría, y en todas le alabe (Av 35).

380  Me parece que es poca confianza en nuestro Señor pensar que nos ha de faltar lo necesario, pues Su Majestad tiene cuidado de proveer de alimento hasta al más mínimo animalico. Hijas mías, expongan su cuidado y diligencia a nuestro buen Jesús y procuren servirle, que yo aseguro que no nos falte ni nos desampare. (Frag 1).

VOLVER

 

---

 

SIMPLICIDAD Y PERFECCION ABSOLUTA DE DIOS

 

381  Tiene tan grandísima fuerza esta visión, cuando el Señor quiere manifestar al alma mucha parte de su grandeza y majestad, que si el Señor no la ayudase sobrenaturalmente poniéndola en arrobamiento y en éxtasis, con lo que al gozar de Dios pierde la visión, ninguna persona lo podría resistir. Tan imprimida queda aquella majestad y hermosura que no se puede olvidar, de no ser cuando quiere el Señor que padezca el alma gran sequedad y soledad, pues entonces parece que se olvida incluso de Dios (V 28, 9).

¡Oh Emperador nuestro, sumo Poder, suma Bondad, la misma Sabiduría, sin principio, sin fin y sin límite en sus obras! ¡Son infinitas e incomprensibles, un abismo sin fondo de maravillas, una Hermosura que tiene en sí todas las hermosuras, la misma Fortaleza! ¡Oh, válgame Dios! ¡quién tuviera ahora toda la elocuencia de los mortales y la sabiduría, para saber bien, como aquí se puede saber, -que todo es no saber nada en este caso- algunos de los atributos que podemos considerar para conocer un poco quién es este Señor y Bien nuestro. (C 22, 6).

 

UNIDAD Y TRINIDAD DE DIOS 

 

382  El alma se ve sabia en un instante y con un conocimiento del misterio de la Santísima Trinidad y de otros misterios más sublimes, que se atrevería a hablar con todos los teólogos de la verdad de estas grandezas (V 27, 9).

383  Después de esta visión queda el alma siempre embebida; parece que comienza a experimentar un nuevo amor vivo de Dios, según me parece de mucha calidad; pues, aunque la visión intelectual de la que hablé es más aquilatada, sin embargo la visión imaginaria es más útil porque queda grabada en la memoria y dura más tiempo, y el haber quedado representada en la imaginación tan divina presencia, ayuda para que la memoria la recuerde y quede absorta en la visión.

384  Casi siempre vienen juntos estos dos modos de visión; y es así como vienen porque con los ojos del alma se ve la excelemcia y hermosura y gloria de