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PEDRO SERGIO
ANTONIO DONOSO BRANT |
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SANTA TERESA DE JESUS |
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DICHOS BREVES,
SENTENCIAS Y PENSAMIENTOS DE SANTA
TERESA DE JESUS, EN |
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SELECCIONADOS POR
JESUS MARTI BALLESTER CLASIFICADOS Y
ORDENADOS POR PEDRO SERGIO ANTONIO DONOSO BRANT LIBRO DE
REFERENCIA: TERESA DE JESUS
NOS HABLA HOY- SUMA ANTOLOGICA |
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1
Mal deseará que todos le
desprecien y le aborrezcan, y todas las virtudes grandes que tienen los
perfectos, quien no tiene alguna prenda del amor que Dios le tiene, y
juntamente fe viva. (V 10, 6). 2
Algunas, si son muy sensibles,
sufren mucho pensando siempre en 3
¡Oh, Jesús y Señor mío! ¡Cuánto nos
ayuda aquí vuestro amor!, porque éste tiene cogido al nuestro, que no le deja
libertad para amar en aquel momento a nadie y nada, más que a Vos! (V 14, 2;
CN 4). 4
¿Es posible, Señor, que exista algún
alma que haya llegado a que Vos le hagáis mercedes semejantes y regalos y
haya entendido que Vos os gozáis con ella, que os haya vuelto a ofender
después de tantos favores y de tan grandes muestras del amor que le tenéis,
de lo cual no puede dudar, pues las obras se han visto claras? Sí la hay, por cierto, y no os ha ofendido
una vez sino muchas, que soy yo. Y quiera vuestra bondad, Señor, que sea yo
sola la ingrata y la que haya hecho tan gran maldad y tenido tan excesiva
ingratitud: porque incluso de esa ingratitud algún bien ha sacado vuestra
infinita bondad, y cuanto mayor es el mal, más resplandece el gran bien de
vuestras misericordias. ¡Y con cuánta razón las puedo yo para siempre cantar!
(Sal 88, 2). Yo os suplico, Dios mío, que así sea y que
las cante sin fin, ya que habéis querido hacerlas tan grandísimas conmigo,
que causan admiración a los que las ven, y a mí me sacan de mí muchas veces,
para poder alabaros mejor a Vos; que estando en mí sin Vos no podría, Señor
mío, nada, sino que otra vez volvieran a ser cortadas estas flores de este
huerto, de suerte que esta miserable tierra volviese a servir de muladar como
antes. No lo permitáis, Señor, ni queráis que se
pierda alma que con tantos trabajos comprasteis y tantas veces de nuevo la
habéis vuelto a rescatar y arrancar de los dientes del dragón (V 14, 11; CN
4). 5
Es pues esta oración una centellica que
comienza el Señor a encender en el alma del verdadero amor suyo, y quiere que
el alma vaya entendiendo qué cosa es este amor con regalo. Esta quietud y recogimiento y centellica, si
es espíritu de Dios y no gusto causado por el demonio y procurado por
nosotros... ; pues esta centellica encendida por Dios, aunque es tan
pequeñita hace mucho ruido, y si no la mata por su culpa, comienza a encender
el gran fuego llameante del grandísimo amor de Dios que hace Su Majestad que
tengan las almas perfectas (V 15, 4; CN 5). 6
Este temor va mezclado con grandísimo
amor que se cobra de nuevo a quien vemos lo tiene tan grande a un gusano tan
podrido, que parece que no tiene bastante con llevarse de veras al alma
consigo, que quiere llevarse también el cuerpo, siendo tan mortal y de tierra
tan sucia, por tantos pecados cometidos (V 20, 7; CN 10). 7
Siempre que se piense en Cristo,
acordémonos del Amor con que nos concedió tantas gracias, y de qué gran amor
nos demostró Dios dándonos tal prenda del que nos tiene; que amor saca amor. Y aunque estemos comenzando a hacer oración y
nosotras seamos tan ruines, procuremos ir mirando siempre esto y
despertándonos a amar; porque si el Señor nos concede la gracia de que se nos
grave en el corazón este Amor, todo nos resultará fácil y lo haremos todo muy
pronto y con muy poco esfuerzo. Que el Señor nos conceda este amor, que sabe
lo que mucho que nos conviene, por el amor que nos tuvo y por su glorioso
Hijo, a quienes nos demostró su Amor, que tan caro le costó, amén (V 22, 14;
CN 12). 8
¡Oh, Señor mío! ¡Qué delicada y fina y
sabrosamente sabéis tratar a quienes os aman! ¡Quién nunca se hubiera
entregado a amar a nadie sino a Vos! 9
Parece, Señor, que probáis con rigor a
quien os ama, para que en la mayor intensidad del sufrimiento se manifieste
la mayor intensidad de vuestro amor (V 25, 17). 10
En este modo de conocer Dios y el alma,
sólo con quererlo Su Majestad, se entienden estos amigos y se manifiestan el
amor, sin necesidad de palabras. Del mismo modo que en este mundo dos
personas inteligentes que se aman, con sólo mirarse y aun casi sin señas,
parece que se entienden. Así debe de ser este modo de conocimiento del
que estoy escribiendo, sin que veamos cómo, de hito en hito se miran estos
dos amantes, como creo que he oído que dice el Esposo a la esposa, en los
Cantares (4, 9). (V 27, 10). 11
Yo me he regalado hoy con el Señor y me
he atrevido a quejarme de Su Majestad, y le he dicho: "¿No basta, Dios
mío, que me tengáis en esta miserable vida y que por amor a Vos pase por
ello, y acepto vivir donde no hay más que obstáculos que me impiden gozar de
Vos, porque he de comer y dormir y preocuparme de los asuntos y hablar con todos,
y todo lo paso por vuestro amor, pues bien sabéis, Señor mío, que todo es
tormento grandísimo para mí, que los poquitos ratos que tengo para gozar de
Vos, también me os escondéis? Creo yo, Señor, que si yo pudiera esconderme de
Vos, como Vos de mí, el amor que me tenéis no lo soportaría; pero Vos estáis
conmigo y me veis siempre. ¡No se puede sufrir esto, Señor mío! Os suplico
miréis que lastimáis a quien tanto os ama (V 37, 8). 12
¡Oh, señor mío, que de todos los bienes
que nos hicisteis nos aprovechamos mal! Vuestra majestad buscando modos y
maneras e invenciones para manifestar el amor que nos tenéis; nosotros, como
mal experimentados en amaros a Vos, los apreciamos tan poco, que de mal
ejercitados en esto, se nos van los pensamientos a donde están siempre, olvidando
los misterios que este idioma encierra en sí, como ha dicho el Espíritu
Santo. ¿Qué más era menester para encendernos en amor suyo y pensar que
adoptó este estilo no sin gran causa? Recuerdo haber oído a un religioso un sermón
harto admirable, declarando estos regalos que la esposa trataba con Dios. Y
causó tanta risa y se recibió tan mal lo que dijo, porque hablaba de amor
(siendo el sermón del Mandato, que es para no tratar de otra cosa), que yo
estaba espantada. Y veo claro que nos ejercitamos tan mal en el amor a Dios,
que no nos parece posible que un alma trate así con Dios. Mas conozco a
algunas personas que sacaron tan gran bien, tanto regalo, tan gran seguridad
en sus temores, que hacían particulares alabanzas a nuestro Señor muchas veces,
porque dejó remedio tan saludable para las almas que con hirviente amor le
aman para que entiendan y vean que es posible que se humille Dios tanto (Mdt
C 1, 4-5). 13
Aunque no entendáis 14
¡Por cuántos caminos y de cuántas
maneras y de cuántos modos nos manifestáis el amor! Con trabajos, con muerte
tan áspera, con tormentos, sufriendo cada día injurias y perdonando; y no
sólo con esto, sino que además le decís en los Cantares unas palabras tan
heridoras al alma que os ama, y le enseñáis a que os las diga, que no se cómo
se pueden soportar, si Vos no ayudáis a que las sufra quien las siente (Mdt C
3, 11). 15
Pensaba yo ahora si hay alguna diferencia
entre la voluntad y el amor. Y paréceme que sí. No se si es soberbia. El amor
me parece que es una saeta que envía la voluntad, que si va con toda la
fuerza que ella tiene, libre de todas las cosas de la tierra, empleada en
solo Dios, muy de verdad debe de herir a Su Majestad; de suerte que, metida
en el mismo Dios, que es Amor, vuelve de allí con grandísimas ganancias (Mdt
C 6, 5). 16
Se podrá decir que parecen cosas
imposibles y que es importante no escandalizar a los débiles. Menos se pierde
en que ellos no crean lo que Dios obra, que en que se dejen de aprovechar los
que reciben los carismas, y se gozarán y estimularán a amar más a quien hace
tantas misericordias, viendo que es tan grande su poder y majestad. Tanto
más, cuando al escribir y decir estas maravillas, se que hablo con quien no
tendrá este peligro, porque saben y creen que hace Dios aún mayores muestras
de amor. Yo se que quien esto no creyere no lo verá
por experiencia; porque es muy amigo el Señor de que no pongan tasa a sus
obras y así, hermanas, jamás os ocurra a las que el Señor no llevare por este
camino, poner límites a sus grandezas (I M 1, 4). 17
Todas querréis, mis hijas, procurar
tener esta oración, y tenéis razón, que -como he dicho- no acaba de entender
el alma las mercedes que allí le hace el Señor y el amor con que la va
acercando más a sí. Lo cierto es que desearéis saber cómo alcanzamos esta
merced (IV M 2, 9). 18
Yo se que hay mucho que temer en este
caso, y conozco algunas personas que me tienen harto lastimada, y he visto lo
que digo, porque cayeron por haberse apartado de quien con tanto amor se les
quería dar por amigo y manifestárselo con obras. Y, aunque
el demonio no vea otra cosa sino que Su Majestad les demuestra amor
tan particular, basta para que él se deshaga por perderlas, y por eso son muy
combatidas, y aún mucho más perdidas que otras, si se pierden (IV M 3, 10). 19
Pues vengamos, con el favor del
Espíritu Santo, a hablar de las sextas moradas, donde el alma ya queda herida
del amor del Esposo y busca más tiempo para estar sola y evita todo lo que
puede, según su estado, lo que puede impedir esta soledad (VI M 1, 1). 20
Creedme que es lo más seguro no querer
sino lo que quiere Dios, que nos conoce más que nosotros mismos y nos ama.
Póngamonos en sus manos para que se haga su voluntad en nosotros, y no nos
equivocaremos si con determinada voluntad, permanecemos en esa decisión (VI M
9, 17). 21
Es un secreto tan grande y una gracia
tan alta lo que Dios comunica allí al alma en un instante, y el grandísimo
deleite que siente el alma, que no se a qué compararlo, sino a que el Señor
quiere manifestarle en aquel momento la gloria que hay en el cielo de modo
más perfecto, que por ninguna visión ni gusto espiritual (VII M 2, 4). 22
Sólo se puede decir que, a lo que se
puede entender, el alma, o mejor, el espíritu de esta alma, queda hecho una
cosa con Dios que, como también es espíritu, ha querido Su Majestad
manifestar el amor que nos tiene haciendo ver a algunas personas hasta dónde
llega para que alabemos su grandeza; porque de tal manera ha querido unirse a
la criatura, que no se quiere separar de ella como los que, ya casados, no se
pueden separar (VII M 2, 4). 23
La unión viene a ser como si dos velas
de cera se uniesen tanto que toda la luz fuese una, o que la mecha y la luz y
la cera es todo uno. Pero después que han estado unidos se pueden separar sin
dificultad una vela de la otra y quedan siendo como antes dos velas, o mecha
y cera (VII M 2, 6). 24
En el matrimonio es como si cae agua
del cielo en un río o en una fuente en donde queda hecho todo agua. Nadie
podrá dividir ni separar el agua del río de la que cayó del cielo; o como si
un arroyo pequeño entra en el mar, no habrá manera de separarlos; o como si
en un salón hubiese dos ventanas por donde entrara mucha luz, aunque la luz entra
separada, se hace toda una luz. Quizá es esto lo que dice san Pablo:
"Estar unido al Señor es ser un espíritu con El" (1 Cor 6, 17),
referido a este soberano matrimonio, que presupone que Su Majestad se ha
juntado al alma por unión. Y también dice san Pablo: "Para mí vivir
es Cristo y morir ganancia" (Fl 1, 21). Esto me parece que puede decir
aquí el alma, porque ahora es cuando la mariposilla de que hemos hablado,
muere, y con grandísimo gozo, porque su vida es ya Cristo (VII M 2, 6). 25
Que es muy cierto que si nosotros nos
vaciamos de todas las criaturas y de ellas nos desasimos por amor de Dios, el
mismo Señor nos llenará de sí mismo. ¡No se qué mayor amor puede ser que
éste! Y no dejaremos de entrar aquí todos, porque así dijo Su Majestad:
"No te pido sólo por éstos, te pido también por los que han de creer en
Mí mediante su mensaje" (Jn 17, 20). Y sigue diciendo: Yo unido con ellos y tú conmigo" (Jn 17, 23). ¡Oh, válgame Dios, qué palabras tan
verdaderas, y cómo las entiende el alma, que en esta oración lo ve realizado
en sí misma! Y ¡cómo lo entenderíamos todos si no fuese por nuestra culpa,
pues las palabras de Jesucristo, nuestra Rey y Señor, no pueden faltar (Lc
21, 3)!; mas como faltamos en no disponernos y apartarnos de todo lo que
puede oscurecer esta luz, no nos vemos en este espejo que contemplamos, donde
nuestra imagen está esculpida (VII M 2, 9-10). 26
Veía claramente lo mucho que el Señor
había puesto de su parte desde que era muy niña, para acercarme a El con
medios harto eficaces y de ninguno me aproveché. En lo cual se me representó
claramente el excesivo amor que Dios nos tiene perdonando todo esto cuando
queremos volver a el, y más conmigo que con nadie, por muchas causas (Cc 14ª,
3). 27
¡Oh, verdadero Amador, con cuánta
piedad, con cuánta suavidad, con cuánto deleite, con cuánto regalo y con cuán
grandísimas muestras de amor curáis estas llagas que con las saetas del mismo
amor habéis hecho! ¡Oh, Dios mío y descanso de todas las penas, qué
desatinada estoy! ¿Cómo podía haber medios humanos que curasen a los que ha
enfermado el fuego divino? ¿Quién ha de saber hasta dónde llega esta herida,
ni de qué procedió, ni cómo se puede aplacar tan penoso y deleitoso tormento?
No sería justo que tan precioso mal pudiera poderse aplacar con algo tan vulgar
como son los medios que pueden tomar los mortales. Con cuánta razón dice la
esposa en los Cantares: "Mi Amado para mí y yo para mi Amado" (2,
16); porque semejante amor no es posible que tenga su origen en amor tan
pobre como el mío. Pues si es pobre, Esposo mío, cómo no para en
ninguna criatura hasta llegar a su Creador? ¡Oh mi Dios!, ¿por qué yo para mi
Amado?. Vos, mi verdadero Amador, comenzáis esta guerra de amor, que no
parece otra cosa el desasosiego y desamparo de todas las potencias y sentidos
que salen por las plazas y barrios conjurando a las hijas de Jerusalén que le
digan a su Dios. ¡Oh, alma mía, qué batalla tan admirable has tenido en esta
pena, y cuán al pie de la letra pasa así! Pues mi Amado para mí y yo para mi
Amado, ¿quién será el que podrá extinguir y apagar dos fuegos tan encendidos?
Será trabajar en balde, porque ya se han convertido en uno (E 16). 28
¡Oh Amor que me amas más de lo que yo
puedo amar ni entiendo! ¿Para qué quiero, Señor, desear más de lo que Vos
quisiereis darme? ¿Para qué me quiero cansar en pediros cosa pedida por mi
deseo, pues todo lo que mi entendimiento puede organizar y mi deseo desear,
ya sabéis Vos en qué termina, cuándo yo no entiendo lo que más me aprovecha?
En lo que mi alma piensa salir con ganancia, quizá estará más perdida (E 17). 29
No deja de nos amar Nuestro Dios, y nos
llamar, Sigámosle sin
recelo, Monjas del Carmelo
(P 10). 30
¡Oh, nudo que así juntáis Dos cosas tan
desiguales! No se por qué os
desatáis, Pues atado fuerza
dais A tener por bien los
males. Juntáis quien no
tiene ser con el Ser que no se
acaba; Sin acabar acabáis, Sin tener que amar
amáis Engrandecéis nuestra
nada (P 6). 31
Quiso el Señor mostrarme solas las manos
con tan grandísima hermosura, que yo no lo podría encarecer... Pocos días
después ví también su divino rostro, que me dejó absorta... Cuando lo vi todo
entero, comprendí que el Señor tenía en cuenta mi debilidad y me iba
preparando...; y, como quien esto sabía, iba el piadoso Señor disponiendo (V
28, 1). 32
Se me representó 33
Esta visión de no es un resplandor que deslumbra, sino una
blancura suave y un resplandor difuso que da deleite grandísimo a la vista, y
la claridad que se ve para poder ver esta hermosura divina no le cansa. Es
una luz tan diferente de la de acá que la luminosidad del sol de la tierra es
tan opaca en comparación de aquella claridad y luz de la visión, que no se
querrían abrir los ojos después. Es como ver agua muy clara que corre sobre
cristal en la que reverbera el sol, comparada con un agua turbia con un cielo
muy nublado corriendo por la superficie de la tierra. Y no es que en la
visión se represente el sol, ni la luz es como la del sol; sino que la luz de
la visión parece luz natural y la de la tierra artificial. Es luz que no
tiene noche porque siempre hay luz y, por gran entendimiento que tenga una
persona, en toda su vida no podrá imaginar cómo es. (V 28, 5). 34
La visión de me dejó impresa su grandísima hermosura,
que aún me dura... (V 37, 4). 35
Después de haber visto la hermosura del
Señor, nadie me gustaba en comparación suya, ni nadie podía llenarme (V 37,
4). 36
¡Oh, Hermosura que excedéis a todas las hermosuras! (P VI). 37
No deje yo, mi Dios, no deje de gozar
de tanta hermosura en paz. (E 14, 2). 38
Estando así el alma buscando a Dios siente
que casi va desfalleciendo toda con un deleite grandísimo y suave y una
especie de desmayo, en que le va faltando la respiración y todas las fuerzas
corporales de tal modo, que sólo con dificultad puede mover las manos (V 18,
10; CN 8). 39
También me parece que Su Majestad va
probando a unos y a otros, manifestándoles quién es con deleite tan soberano,
para ver quién le quiere y para avivar la fe, si es que está muerta, en lo
que nos ha de dar, diciendo: "Mirad, que esto es sólo una gota del mar grandísimo
de bienes", para no dejar nada por hacer con los que ama y según ve que
le reciben, así da y se da (V 22, 17; CN 12). 40
Mirad que lo que digo no se puede
comparar con la realidad; sólo he dicho lo que es necesario para dar a
entender secretos y grandezas suyas, pues su deleite supera a todos los que
en este mundo se pueden gozar. Por eso con toda razón hace aborrecer los
deleites de esta vida, que son basura todos juntos. Asco da compararlos aquí,
aunque fuera para gozarlos sin fin, con éstos que da el Señor, que son sólo
una gota del gran río caudaloso que nos tiene preparado (V 27, 12). 41
Jamás me podía penar haber visto estas
visiones celestiales, que ni una sola cambiaría yo por todos los bienes y
deleites del mundo. Siempre las tuve por gran merced del Señor y me parecían
un gran tesoro y así me lo decía el Señor muchas veces. Yo me veía crecer
mucho en amarle (V 29, 4). 42
Yo quisiera poder dar a entender algo
de la mínima parte que veía, y pensando cómo lo podré conseguir, veo que me
parece imposible. Porque sólo la diferencia de esta luz a la de allá, aunque
una y otra son luz, es incomparable, porque incluso la luminosidad del sol
parece opaca. En fin, que por muy sutil que sea la imaginación, no puede
producir luz celeste, ni nada de lo que el Señor me daba a entender con un
deleite tan soberano que no se puede decir; porque todos los sentidos gozan
en tan alto grado y suavidad que no se puede expresar, y por eso es mejor
callar (V 38, 2). 43
En esta oración de que estoy hablando,
que yo llamo de quietud, porque el sosiego que produce en todas las potencias
parece que conforta todo el hombre interior y exterior, como si le echasen en
los tuétanos una unción suavísima de un gran perfume de muchas esencias, sin
que sepamos lo que es ni dónde está aquel perfume, sino que nos penetra
totalmente, así parece que es este amor suavísimo de nuestro Dios. Se
introduce en el alma con gran suavidad y la contenta y la satisface y no
puede entender cómo y por dónde entra aquél bien. Querría no perderlo,
querría no menearse ni hablar ni aún mirar, para que no se le fuese. Y esto
es lo que dice aquí la esposa a mi propósito, que dan de sí los pechos del
Esposo olor muy bueno, más que los ungüentos (Mdt C 4, 2). 44
Mas cuando este Esposo riquísimo la
quiere enriquecer y regalar más, la convierte tanto en Sí que, como una
persona que el gran placer y contento la desmaya, le parece que se queda
suspendida en aquellos divinos brazos y arrimada a aquel sagrado costado y a
aquellos pechos divinos. No sabe más que gozar, sustentada con aquella leche
divina con que la va curando su Esposo y mejorando en aquel sueño y en
aquella embriaguez celestial, y queda espantada y embobada y con un santo
desatino. Me parece a mí que puede decir estas palabras: "Mejores son
tus pechos que el vino" porque, cuando estaba en aquella borrachez, le
parecía que ya no podía subir más; mas, cuando se vio en más alto grado y
toda empapada en aquella inmensa grandeza de Dios y se vio que quedaba tan
satisfecha, delicadamente lo comparó, diciendo: "Mejores son tus pechos
que el vino". Porque así como un niño no entiende cómo crece ni sabe
cómo mama -que, aunque sin mamar él ni hacer nada, muchas veces le echan la
leche en la boca-, así sucede aquí, que totalmente el alma no sabe de sí ni
hace nada ni sabe cómo ni por dónde le vino aquel bien tan grande. Sabe que
es el mayor que en la vida se puede gustar, aunque se junten todos los
deleites y gustos del mundo; se ve crecida y mejorada, sin saber cuándo le
mereció; fortalecida en las virtudes, regalada por quien tan bien lo sabe y
puede hacer. No sabe a qué comparar su estado, sino al regalo de la madre que
ama mucho al hijo y lo cría y regala (Mdt C 4, 4). 45
Y ¡cuán venturosa es el alma que merece
estar debajo de esta sombra, aun para cosas que acá se pueden ver! Parece que
estando el alma en este deleite, siente que está toda engolfada y amparada
por una sombra como una nube de 46
No es otra cosa el alma del justo que
un paraíso donde El dice que tiene sus complacencias (Prv 8, 11) (I M 1, 1). 47
¿Cómo os podría yo decir la riqueza y
tesoros y deleites que hay en las quintas moradas? Creo que sería mejor no
decir nada de las que faltan, pues no lo he de saber decir, ni el
entendimiento lo sabe entender, ni las comparaciones pueden servir para
explicarlo, porque son muy pobres las cosas de la tierra para expresar tanta
grandeza (V M 1, 1). 48
Es así como, sabiendo que se comunica
con sus criaturas, alabaremos más su grandeza y nos animaremos a no
menospreciar al hombre, con quien tanto se deleita el Señor. Y cuánto más
supiéramos de esto, mejor (VII M 1, 1). 49
Porque el gran deleite que siente entonces
el alma es porque se ve cerca de Dios. En esta situación no entiende nada,
porque pierde el uso de todas las potencias (VII M 1, 6). 50
Cuando considero que decís que tenéis
vuestros deleites con los hijos de los hombres, se alegra mucho mi alma. ¡Oh
Señor del cielo y de la tierra, y qué palabras éstas para que ningún pecador
desconfíe!... Aquella voz que se oyó cuando el Bautismo, dijo que os
deleitáis con vuestro Hijo... Pues, ¿qué necesidad tenéis de mi amor? ¿Para
qué lo queréis, Dios mío, qué ganáis con él? ¡Oh, bendito seáis Vos!; ¡oh,
bendito seáis Dios mío, para siempre! Que os alaben todas las cosas, Señor,
en fin, pues no lo puede haber en Vos (E 7). 51
¡Oh almas que ya gozáis sin temor de
vuestro gozo y estáis siempre embebidas en alabanzas de mi Dios! Venturosa
fue vuestra suerte. ¡Qué gran razón tenéis para ocuparos siempre en estas
alabanzas y qué envidia os tiene mi alma, porque estáis ya libres del dolor
que dan las ofensas tan grandes que en estos desventurados tiempos se hacen a
mi Dios, y de ver tanta ingratitud, y de ver que no se quiere ver esta
multitud de almas que se lleva Satanás! ¡Oh bienaventuradas almas
celestiales!; ayudad nuestra miseria y sednos intercesoras ante la divina
misericordia para que nos de algo de vuestro gozo y reparta con nosotros ese
claro conociento que tenéis. 52
Dadnos, Dios mío, Vos a entender qué es
lo que se da a los que pelean varonilmente en este sueño de esta miserable
vida. Alcanzadnos, ¡oh almas amadoras!, a entender el gozo que os causa ver
la eternidad de vuestros gozos y cómo es cosa tan deleitosa ver con certeza
que no se han de acabar. ¡Oh desventurados de nosotros, Señor mío!, que bien
lo sabemos y creemos, sino que con la costumbre tan general de no meditar
estas verdades, son tan extrañas ya para las almas, que ni las conocen ni las
quieren conocer. 53
¡Oh, oh, oh, qué poco nos fiamos de
Vos, Señor! ¡Cuántas mayores riquezas y tesoros nos confiasteis a nosotros!,
pues treinta y tres años de grandes trabajos y después muerte tan intolerable
y lastimosa, nos disteis a vuestro Hijo tantos años antes de nuestro
nacimiento; y aun sabiendo que no os lo habíamos de pagar, no quisisteis
dejarnos de confiar tan inestimable tesoro, para que no quedase por Vos lo
que nosotros granjeando con El, podemos ganar con Vos, Padre piadoso (E 13). 54
El es bienaventurado porque se conoce y
se ama y goza de sí mismo, sin que sea posible otra cosa; no tiene, ni puede
tener, ni fuera perfección de Dios poder tener libertad para olvidarse de sí
y dejar de amarse (E 17). 55
Y Dios que es tan bueno que, cuando Su
Majestad sabe por qué, quizá para gran provecho quiere que esté seco el pozo,
si hacemos lo que podemos como buenos hortelanos, sin agua sustenta las
flores y hace crecer las virtudes (V 11, 10; CN 1). 56
Confíen en la bondad de Dios, que es
mayor que todos los males que podemos hacer y no se acuerda de nuestra
ingratitud cuando nosotros, reconociéndonos, queremos volver a su amistad, ni
de las mercedes que nos ha hecho para castigarnos por no haberlas
aprovechado. Al contrario, ellas sirven para perdonarnos más pronto, como
personas que ya eran de su casa y han comido su pan. 57
Acuérdense de sus palabras y miren lo
que ha hecho conmigo, que antes me cansé de ofenderle que Su Majestad de
perdonarme. Nunca se cansa de dar ni se puede agotar su misericordia; no nos
cansemos nosotros de recibir. Sea bendito por siempre, amén, y que le alaben
todas las cosas (V 19, 17: CN 9). 58
Lo que sí se muy bien es que la
fortaleza que deja Dios en el alma al principio, cuando la unión dura tiempo
tan breve como el abrir y cerrar los ojos, que si no fuera por los efectos
que deja sería casi imperceptible, es muy diferente de cuando dura más tiempo
esta merced. La razón de esta diferencia creo que está en que el alma no está
preparada del todo, y el Señor poco a poco la va formando y le da decisión y
fuerzas varoniles para que todo lo pisotee del todo. 59
Con la misma rapidez que lo hizo con 60
Pues ¿qué tal os parece que será la
habitación donde se deleita un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio y tan
lleno de todos los bienes? No encuentro nada que se pueda comparar a la gran
hermosura del alma y a su gran capacidad. Y verdaderamente no pueden
comprenderla nuestros entendimientos, por muy agudos que sean. De la misma
manera que no pueden comprender a Dios, pues El mismo dice que nos crió a
imagen y semejanza suya (Gn 1, 28) (I M 1, 1). 61
Esta pena no se alivia pensando que
nuestro Señor tiene ya perdonados los pecados y olvidados, sino que aún
aumenta la pena viendo tanta bondad y que se hacen mercedes a quien no
merecía sino infierno. 62
Yo pienso que fue éste el gran martirio
de san Pedro y de 63
Mas este andar siempre el alma tan
asida de Dios y ocupado su pensamiento en El, le daría tanta rabia al demonio
que, aunque lo intentase, no volvería muchas veces, y es Dios tan fiel, que
no permitirá darle tanta mano en alma que no pretende otra cosa sino agradar
a Su Majestad y gastar su vida en su honra y gloria, sino que pronto ordenará
que sea desengañada (VI M 8, 7). 64
Y si no falta a Dios el alma, jamás El,
a mi parecer, dejará de manifestar con tanta claridad su presencia. Y tiene
el alma gran confianza de que Dios no dejará que pierda este don que le ha
regalado (VII M 1, 9). 65
Entonces, alma mía, entrarás en tu
descanso, cuando te entrañes con este Sumo Bien y entiendas lo que entiende,
y ames lo que ama, y goces lo que goza. Cuando veas ya perdida tu mudable
voluntad, y sin posibilidad de cambio; porque la gracia de Dios ha podido
tanto que te ha hecho partícipe de su divina naturaleza; con tanta perfección
que ya no puedas ni desees poder olvidarte del sumo Bien, ni dejar de gozarle
junto con amor (E 17). 66
Créanme por Dios... que no dormirá el
demonio para tentarnos cuando más daño nos piense hacer, como hizo a esta
mujer, que cierto me espantó mucho, aunque no porque crea que impediría su
salvación, que es grande la bondad de Dios.(F 6, 21). 67
Nos
poníamos de acuerdo para irnos a tierra de moros, pidiendo por amor de Dios
que allá nos descabezasen, y paréceme que nos daba el Señor ánimo en tan
tierna edad para realizarlo, si hubiéramos encontrado el modo (V 1, 5). 68 |