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Caminando con Jesus Pedro Sergio Antonio
Donoso Brant |
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CARLOS
DE FOUCAULD UN RABINO ERRANTE POR EL MARRUECOS PROHIBIDO |
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El
25 de abril de 1885, los periódicos de París publicaron, en
lugar muy destacado, el resumen de la sesión extraordinaria de la
Sociedad de Geografía, que se había celebrado bajo la presidencia
de Fernando de Lesseps, constructor del canal de Suez, el día
anterior, con el fin de escuchar el relato de la expedición a
Marruecos realizada por el vizconde Carlos de Foucauld, de veinticinco
años de edad, a quien le había sido otorgada la medalla de oro. «Antes
del viaje del señor de Foucauld -es lo que pudo leer el público
de Francia y de fuera de Francia- los cartógrafos disponían
apenas de Este
fue un capítulo en la vida de Carlos de Foucauld con el cual se
podría escribir una novela. La sociedad de Geografía
destacó únicamente su excepcional importancia
científica. Fue un capítulo de ruptura, comprometido y audaz,
que él quiso afrontar como reto, para acabar con las irregularidades
de una existencia inútil. Nosotros, aquí, trataremos de relatar
algunos momentos. Primeramente,
el joven vizconde y su guía habían intentado penetrar en
Marruecos por tierra, a través de las salvajes montañas del
Rif, pasadas las fronteras argelinas, pero no lo consiguieron. Formaban
una curiosa pareja. Uno, Carlos de Foucauld, alias Joseph Aleman -supuesto
rabino moscovita, huido de Rusia a consecuencia de los últimos
progroms-, disfrazado con aquellos vestidos medio sirios y medio argelinos,
recordaba grotescamente a uno de esos monos que, con traje de colorines,
hacen piruetas y muecas sobre el hombro de su amo. El otro, Mardoqueo Abi
Serour, rabino auténtico de vida ajetreada, no era ya más que
una ligera sombra del aventurero de otro tiempo: la barba, entonces negra y
abundante, estaba ahora raía y surcada de abundantes hilos blancos; el
caftán que, sujeto a la cintura, le caía hasta los pies y el
casquete rojo que, con el turbante negro, le cubría la cabeza,
mostraban a duras penas, entre los remiendos y las manchas, la buena calidad
de las telas antiguamente. Viejo, cobarde y desgraciado, Mardoqueo se
había quedado .casi ciego y sordo, si bien contaba con las mejores
referencias de todo el Sahara. Tenía siempre entre las manos una vieja
petaca, de la cual extraía contenido sin parar, y cuando podía
entablar conversación con alguien, hablaba siempre y solamente de
alquimia: era un buscador fanático de la piedra filosofal. Con
tal guía, Carlos de Foucauld había comenzado una de las
expediciones más arduas y peligrosas de la época, tras diez
días de haber buscado inútilmente, en las casuchas y las
sinagogas de Orán, Tlemcen, LallaMarnia y Nemurs, un hebreo dispuesto
a conducirlo al otro lado de la frontera, a introducirlo en el imperio
secreto del sultán Muley Hassan. Esbelto,
majestuoso, con su vestidura alba, el rostro velado, sobre un caballo blanco
cubierto con gualdrapa de terciopelo verde con franja de oro, rodeado de una
nube de esclavos, atentos a espantar las moscas y a darle sombra con un
gigantesco quitasol rojo, el sultán Muley Hassan,con su enorme cortejo
de nobles, portaestandartes, guardias de vistosos uniformes encarnados y
músicos incansables, estaba casi siempre de viaje a través de
un vasto imperio, un imperio sin caminos y sin puentes, roído por el
hambre y minado por la violencia. Iba de una ciudad a otra, de Fez a Rabat,
de Meknés a Marrakech, o de una a otra de sus lejanas provincias, para
cobrar los impuestos por la fuerza, o someter a las tribus rebeldes. Cuando,
por la noche, se detenía, alrededor de su tienda, deslumbrante de
adornos dorados, florecía como por encanto una ciudad de tiendas
dispuestas en círculos concéntricos y dividida en sectores,
para alojar a los dignatarios y el harén, la guardia y los mercaderes,
los soldados regulares y los reclutados en las distintas tribus sometidas. Estas
eran las noticias «de color» que entonces se tenían del
imperio prohibido más allá de sus fronteras, traídas por
los pocos que habían osado poner los pies en Marruecos y logrado salir
con vida de aquel país ferozmente xenófobo, que se
defendía de la penetración de cualquier «cristiano»
con leyes tan rigurosas que llegaban a contemplar la pena de muerte, la misma
que para los que alimentaban aquel estado de constante insurrección
que se recrudecía, contra todo y contra todos, a lo largo del inmenso
territorio marroquí. Una
sola ciudad estaba abierta a los europeos: Tánger, que, para permitir
el comercio de Marruecos con el resto del mundo, consentía a los
comerciantes de toda Europa establecerse en ella con relativa seguridad. Fue
a Tánger donde Carlos de Foucauld y su guía llegaron por mar,
tras fracasar en los demás intentos de penetrar en Marruecos por
tierra. Era
el 20 de junio de 1883. Una vez desembarcado en el inmenso puerto, que
exhibía un sol espléndido, situado entre olivos y casas de
blanquísimas fachadas, lanzando al cielo azul altísimas
palmeras y agudos minaretes con un brillante policromado de mosaicos, Carlos
de Foucauld se mezcló entre la multitud cosmopolita y,
abriéndose paso con dificultad entre europeos, hebreos, árabes,
bereberes y esclavos negros, se adentró en un laberinto de callejas
estrechas y tortuosas, entre los gritos de vendedores públicos, el
caracolear de jinetes con amplias chilabas, la música mágica de
los encantadores de serpientes, el tintinear de las campanillas de los
vendedores de agua, el trotar de los asnos cargados hasta los topes, los
lamentos desesperados de los mendigos, las rimas de los cantantes y
músicos y las ofertas susurrantes de las vendedoras con velo negro,
acurrucadas en el suelo junto a sus pobres mercancías, con un surtido
amplísimo, desde dátiles a pollos, desde hierbas a cacharros de
barro. Finalmente,
Carlos encontró la casa del señor Ordega, ministro
francés en Tánger, y luego fue a la morada de Mouley Abd es
Selam, descendiente de Mahoma y amigo de Francia. Uno y otro le dieron cartas
de recomendación para distintos personajes que, tarde o temprano,
podrían serle útiles. La
primera jornada en territorio marroquí se desenvolvió
felizmente. Alquilaron unas mulas y las cargaron con el equipaje
indispensable: un par de sacos, que contenían cada uno una manta, un
vestido, algunas .provisiones y utensilios de cocina, un botiquín con
los medicamentos más necesarios y una caja metálica con el
material secreto para la exploración: el sextante, el teodolito, el
cronómetro, brújulas, termómetros, barómetros y
mapas. Tres mil francos, en oro y corales -el capital de la
expedición-, estaban escondidos en las vestiduras de Carlos, dentro de
un pliegue que ni siquiera Mardoqueo conocía. Luego, los dos montaron
en sendas mulas y se pusieron en camino hacia lo desconocido, hacia
Tetuán. Durante
el camino, Carlos había tenido una conversación con su
guía: «Escucha, Mardoqueo -le había dicho-: Estos
días pasados, cuando intentabas convencer a alguno de tus
correligionarios para que nos introdujera en Marruecos a través de las
montañas del Rif, yo te dejaba hablar escuchándote en silencio;
pero estaba bastante preocupado. Inventas cuentos sin fin sobre mi vida en
Rusia. ¡Demasiadas historias sobre mí y, lo que es más,
bastante inverosímiles! A la larga, esa manía tuya de fantasear
puede llegar a ser imprudente. Y si nos descubren, ya sabes lo que nos
espera... Por lo tanto, vamos a simplificar las cosas: desde este momento yo
no soy el rabino Joseph Aleman, huido de Moscú, etc., etc. En
adelante, simplemente, diremos que soy el rabino Couvaud, de
Jerusalén, y basta. ¿De acuerdo?». Llegaron
a Tetuán, sin que nadie les molestase lo más mínimo.
¿Tal vez la realidad de Marruecos era menos hostil de lo que se
decía? Satisfechos
por este primer éxito, y amablemente hospedados por una familia del
«ghetto», se pusieron inmediatamente a preparar la siguiente
aventura, bastante más ambiciosa: nada menos que una excursión
a Chechaouen, la ciudad santa árabe, donde jamás un europeo
había puesto los pies. Partieron
llenos de entusiasmo. Pero no pasarían muchas horas sin que la familia
que los había hospedado los viera volver, con los vestidos desgarrados
y los rostros lívidos. A las afueras de la ciudad, unos árabes,
al descubrir los instrumentos científicos que el «rabino
Couvaud» estaba manejando, olfatearon al explorador, y por lo mismo, al
espía, y rápidamente se lanzaron contra él, para
asesinarlo. «Si estamos todavía vivos, es de milagro»,
balbuceaba Mardoqueo, que había perdido hasta la última gota de
su antiguo coraje. Carlos
de Foucauld comprendió que aquel era el primer aviso del verdadero
Marruecos. Convenía, por tanto, anteponer, al estudio de la
geografía y los demás estudios científicos, el conocimiento
de la situación local y la profundización en ciertos aspectos
particulares, referentes a los usos y costumbres de aquella gente.
Informándose a fondo de la situación, descubrió que era
la siguiente: en el País abundaban los salteadores dedicados a arrancar,
sin misericordia, a los campesinos de aquellos contornos, y a rastrear hasta
el último céntimo, de lo poco que se escapaba a las
recaudaciones fiscales que llevaban a cabo el Sultán Mouley Hassan y
su ávida y suntuosa corte. En lo que concernía a la posibilidad
práctica de viajar por aquellas tierras, aprendió que no
existía más que una manera, articulada en tres momentos:
primero, pedir a un miembro importante de la tribu que le había
hospedado que le concediese su anaia, esto es, su protección; segundo,
concertar con él la zetata, o sea, la suma que pedía por
protegerlo; tercero, afrontar el riesgo del viaje hasta el lugar indicado, en
compañía del protector y de algunos de sus hombres armados
hasta los dientes. Estos le pondrían en manos amigas y podría
seguir el viaje hacia otros lugares merced a nuevas peticiones de anaia,
nuevas zetata y nuevos desplazamientos con escolta armada, siempre con la
esperanza de no encontrar alguna banda de ladrones más fuerte que la
escolta. Y así, hasta el fin de su viaje por Marruecos. Aprendida
la lección, Carlos la puso inmediatamente en práctica para ir a
Fez. A lo largo del camino, bajo la amenaza constante de los bandidos y la
mirada desconfiada de sus acompañantes, logró rehacer de nuevo
los primeros planos, a escondidas, trazando los primeros relieves con ayuda
de la brújula y el barómetro, inaugurando aquel sistema
clandestino de anotaciones científicas, que le sirvió
después a lo largo de toda la expedición. «Durante
la marcha -contó más tarde- tenía siempre una libretita
de cinco centímetros cuadrados escondida en la palma de la mano
izquierda y un pedazo de lápiz como de dos centímetros en la
derecha. Allí anotaba lo que me parecía importante en el
camino, y lo que veía a izquierda y derecha. Anotaba los cambios de
dirección, según las indicaciones de la brújula, los
accidentes del terreno gracias a la altitud barométrica, la hora y el
minuto de cada observación, las detenciones, la velocidad de la
marcha, etc. Lo hice así todo el tiempo que duró el viaje y nadie
se dio cuenta, ni siquiera en las ocasiones en que llegamos a ser una
caravana numerosa; tenía, de hecho, la astucia de colocarme en cabeza
o al final de la fila, de modo que, con ayuda de mis amplios vestidos, no se
viese el ligero movimiento de mis manos al escribir...». Cuando,
a la caída del sol, llegaba a alguna aldea y conseguía un
cuarto para él solo, Carlos pasaba aquellos apuntes a su cuaderno de
viaje, describía el perfil de los paisajes observados durante la
jornada y realizaba los croquis topográficos. Las
observaciones astronómicas resultaron para Carlos más
complicadas que la descripción del paisaje y los caminos. El sextante
no lo podía esconder como la brújula y, además, aquella
labor exigía permanecer bastante tiempo contemplando el cielo.
¿Cómo hacer entonces? «La
altura del sol y de las estrellas -comentaba después- la tomé
casi siempre en los pueblos. De día, buscaba el instante en que no
hubiera nadie en la terraza de la casa donde me hospedaba; llevaba entonces
los instrumentos envueltos en ropa interior, que decía iba a tender
para que se secara. Mardoqueo se quedaba al pie de la escalera, de guardia,
dispuesto a entretener, con sus interminables narraciones, a cualquiera que
fuera a buscarme. Comenzaba las observaciones cuando tampoco en las terrazas
vecinas había nadie; pero con frecuencia tenía que
interrumpirías. Era una labor pesadísima...». Más
de una vez le sorprendieron en plena faena y, para que no sospecharan que era
explorador, se hizo pasar por hechicero un tanto loco. Un día, por
ejemplo, dijo que estaba escrutando el cielo para descubrir los pecados de
los hebreos; otra vez aseguró que, con aquel aparato, lanzaba conjuros
contra el cólera... Finalmente,
el 11 de julio, en el horizonte de una gran llanura verde, nuestros viajeros
distinguieron las torres almenadas y los muros rojos de tierra prensada de
una ciudad que se anunciaba espléndida, con sus altas terrazas
blancas, los techos brillantes de azulejos verdes y los esbeltos minaretes
cubiertos de mosaicos. Era Fez, con todo su fulgor, la más grande
ciudad santa de Marruecos, una de las cuatro magníficas capitales del
sultán Muley Hassan. Pero
al llegar, cuando se dirigieron al Mellan de los hebreos, se ofreció a
sus ojos el espectáculo más horrendo y repugnante que hubiera
visto jamás: el «ghetto» estaba separado del resto de la
ciudad por una extensa franja de «tierra de nadie», llena de
montañas de inmundicia y cúmulos de carroña de animales,
que producían un hedor insoportable. Eran los desperdicios de toda
Fez, arrojados allí como indiscutible frontera racial. Las
calles del «ghetto» eran las más estrechas, sucias y
oscuras que Carlos recordaba. Tuvo que recorrerlas muchas veces antes de
descubrir, en un soportal maloliente, la pequeña puerta de la casa de
Samuel Ben Simún, para el cual le había entregado una carta de
recomendación el ministro Ordega. Pero cuando la puerta fue abierta, y
anduvo a tientas por un corredor oscuro como la noche, Carlos quedó
literalmente estupefacto ante el encantador espectáculo que se ofrecía
a sus ojos. Se encontraba, como por arte de magia, en presencia de un patio
digno de «las mil y una noches»: las paredes interiores de la
casa, que tenía dos pisos, con balcones preciosamente calados, estaban
recubiertas de mosaicos desde el tejado hasta el suelo y, en el centro del
patio, un pozo revestido de cerámica verde era un maravilla de
arabescos. El dueño de la casa, un hombre encantador y de
educación exquisita, alojó al «rabino Couvaud» en
una estancia pequeña y fresca, una joya del arte de la
cerámica, y le permitió el acceso a la terraza, desde la cual
pudo, secretamente, hacer sus observaciones. Carlos
no pensaba echar raíces en Fez. Dijo que quería alcanzar lo
más pronto posible Tadía, la vasta región salvaje y
desconocida, que se extendía en torno a los montes de Atlas Medio.
Precisamente en aquellos días, Ben Simún supo que el jerife
Sidi Omar estaba organizando en Meknés una caravana para ir a Boujad,
la capital de Tadía y, por medio de una colección de amistades,
logró que sus huéspedes fuesen admitidos en la misma. Cuando
salió para Meknés, a Carlos el cabello le había crecido
hasta los hombros, tal como era costumbre entre los hebreos de Marruecos.
Entonces pensó en sustituir las llamativas vestiduras sirio-argelinas
por el traje sencillo de los rabinos marroquíes &endash;casquete
negro y babuchas negras-, con objeto de pasar lo más desapercibido
posible entre la gente. En
Meknés, el 27 de agosto, el jerife Sidi Omar dio orden de partida a la
larga caravana, en la cual viajaban, además de nuestro par de rabinos,
siete u ocho miserables musulmanes que se dirigían a Tadía, dos
hebreos de Boujad que retornaban a sus casas y una cincuentena de mercaderes,
que deseaban tomar parte en una feria que se celebraba a una jornada de
camino. Los
incidentes no se hicieron esperar: en el término de dos horas, el
camino fue cerrado cinco veces por bandas de salteadores, que siempre
exigían el pago de importantes peajes. Al
día siguiente, dejados los mercaderes, junto con sus naranjas,
aceitunas, dátiles y rojos pimientos, y reforzada la escolta armada,
la caravana atravesó una región de gargantas escabrosas,
excavadas en las montañas y llenas de bosques, infectados de tribus
amenazadoras. Afortunadamente, éstas no hicieron acto de presencia.
Los hombres de la escolta se encargaron de crear complicaciones. Se tumbaron
en el suelo y dijeron que no se moverían de allí mientras no
les dieran un sustancioso suplemento sobre el sueldo que les habían
asignado. El suplemento fue concedido y el viaje continuó bajo la
amenaza constante de las emboscadas. Y la comezón del miedo
hacía presa, cada vez mayor, en el pobre Mardoqueo. El
5 de septiembre la caravana alcanzó los limites de Tadía.
«Estoy a sólo tres horas de marcha de Boujad -anotó en su
libreta Carlos de Foucauld-; pero me hallo muy lejos de haber llegado. Hay
casi tantos peligros en este pequeño trozo de camino que me queda por
hacer como en todo lo que he recorrido hasta ahora. Aquí no hay anaia
ni zetata que valgan. Los ladrones pueden con todo y ni las caravanas de
cincuenta fusiles osan aventurarse a pasar...». Solo
cabía una solución: recurrir a Sidi Ben Daoud, el único
personaje respetado en Boujad y en toda la región de Tadía.
Carlos recordó entonces que en Tánger había obtenido de
Muley Abd es Selam, descendiente de Mahoma y amigo de Francia, una carta de
recomendación, precisamente para aquel Sidi Ben Daoud, quien
tenía por antecesor a Omar, compañero de Mahoma y segundo
califa del Islam. Llamó inmediatamente a un hombre de la escolta, le
mandó quitarse los vestidos, para que no atrajese la avidez de los
ladrones, y le envió con aquella carta en busca de Ben Daoud. A
la mañana siguiente, el mensajero retornó vestido de punta en
blanco, y con él un joven de hermosa apariencia, montado en una
muía blanca, seguido de un esclavo que le protegía con una
sombrilla. Era Sidi Edris, nieto de Ben Daoud, mandado por éste para
escoltar a los viajeros. Llegados
a Boujad, Carlos y Mardoqueo fueron conducidos ante Sidi Ben Baoud, un
anciano benévolo de rostro pálido, expresión dulce y
larga barba blanca. Le dijeron que eran dos rabinos de Jerusalén, que
habían estado siete años en Argelia, etc., etc. Carlos se dio
cuenta de que el anciano le miraba atentamente y con sospecha; también
lo advirtió Mardoqueo, que del susto perdió el habla. Pero no
sucedió nada. El anciano ordenó que los dos rabinos fueran
hospedados, con todos los honores, en casa de la mejor familia judía
de la ciudad. En
los días siguientes, los dos huéspedes se vieron tratados con
la mayor cortesía. Regularmente, eran invitados a comer y cenar por el
hijo o por el nieto de Ben Daoud. ¿Qué significaban aquellas
atenciones extraordinarias, sin precedentes para los hebreos? «No
tardé en comprender -dijo después Carlos- dos cosas. Por una
parte las constantes invitaciones y las visitas amabilísimas de los
familiares de Sidi Ben Daoud tenían por objeto ganar mi confianza y
hacerme hablar. Por otro lado, los hebreos ejercían un verdadero
espionaje sobre todos mis movimientos, metían la nariz en mis apuntes
y examinaban mis instrumentos. Algún pequeño detalle
había hecho nacer en Sidi Ben Daoud, en su hijo Sidi Omar y, por lo
tanto, en el nieto Sidi Edris, la sospecha de que yo era cristiano. Para
comprobarlo, los marabutos me hacían vigilar por los hebreos y,
mediante sus invitaciones, me examinaban con toda libertad...». Un
día, durante la comida, Carlos advirtió que el joven Sidi Edris
estaba dispuesto a descubrir sus cartas. Decidió hacer lo mismo y
correr el riesgo que implicaba sincerarse. «No
se imagina cuanto me gustaría hacer un viaje a Francia», dijo
Sidi Edris, como por casualidad. Y
Carlos le respondió: «Nada más fácil. El ministro
de Francia en Tánger le haría llegar hasta Argel y, en
ésta, yo me pondría a su completa disposición.
¿Pero usted traería un cristiano aquí, a Boujad?». «No
tendría nada que oponer, a condición de que ese cristiano se
vistiera de musulmán, o de judío, de que el Sultán no
supiese nada y que el acuerdo se tomará secretamente entre el ministro
de Francia y yo». En
este caso -contestó Carlos-, estoy seguro de que las autoridades de
Francia le dispensarían la mejor acogida, ya que es importante para
ellas poder enviar franceses de visita a esta ciudad, pues jamás ha
sido vista por un cristiano». «No
es exacto -rebatió, sonriendo alusivamente, Sidi Edris-. Hay
cristianos que han estado en esta ciudad». «¿Disfrazados
de musulmanes?». «No,
de hebreos. Venían de incógnito; pero nosotros los hemos
conocido». Era
evidente que Sidi Edris, su padre Sidi Omar y su abuelo Sidi Ben Daoud habían
descubierto que él era cristiano. ¿Le esperaba la muerte? No
tuvo tan mala suerte. Enemigos del despotismo absolutista y aislacionista del
sultán de Marruecos, los miembros de la familia santa de Boujad
buscaban el modo más discreto de iniciar relaciones con el mundo
occidental. Al final, entregaron a Carlos de Foucauld, falso rabino
desenmascarado, un mensaje para el ministro de Francia en Tánger. Las
sucesivas etapas de la peligrosa expedición por el Marruecos prohibido
llevaron al vizconde francés y a su guía hebreo a través
del Gran Atlas, en el cual las poblaciones se apretaban en torno a las
kasbah, de rojos muros almenados, construidas por los señores feudales
en lo alto de picachos rocosos, semejantes a nidos de águilas.
Más al sur, la poca vegetación, constituida por espinos y
acacias, les anunció que estaban cerca del Sahara; se adentraron entre
las dunas del mismo Sahara, desde el oasis de Tisint al de Akka, para tomar
finalmente el camino de regreso, de una ciudad prohibida a otra, de una a otra
emboscada, a lo largo de un itinerario que les condujo a Mrimina, donde les
ocurrieron algunos hechos que vale la pena contar. Estaban
en Navidad. Carlos había pasado una melancólica Nochebuena, sus
recuerdos se habían remontado hasta las dulces navidades de Nancy,
cuando se reunía junto al árbol con su hermana y el bondadoso
abuelo Morlet, coronel de artillería retirado. La mañana del
día de Navidad de 1883 Bou Rhim, notable de Tisint y amigo
entrañable de Carlos, que como jefe de la escolta les había
llevado, a él y a Mardoqueo, hasta Mrimina, confió a ambos a la
protección de Si Abd Allah, quien debía acompañarlos
durante la próxima etapa. Si Abd Allah era en Mrimina un santón
de una importante fraternidad religiosa musulmana, un anciano de apariencia
huraña, de cuyo rostro bronceado fluía una luenga barba blanca. «Yo
no siento gran simpatía por los judíos -fue el poco
tranquilizador discurso que les soltó, apenas los tuvo en su
presencia-. Sin embargo, ya que vosotros dos me habéis sido
traídos aquí, y por lo tanto sois mis huéspedes, os
trataré con toda consideración. Pero dados mis sentimientos
hacia los hebreos, lo mínimo que puede pediros como prueba de
gentileza es que me compenséis de la repugnancia que siento por tener
que ayudaros y me hagáis un regalo, y se entiende que tiene que ser un
regalo digno de mí y aparte del precio acordado para que os conceda mi
protección.» Carlos
se consideró afortunado, porque Si Abd Allah se contentó con
los panes de azúcar, el té y el algodón que había
encontrado en su equipaje. Pero, al despedirse, el santón dijo:
«Está bien. Ahora voy a tratar con uno para que os provea de
escolta». ¿Cómo?
¿No estaba todo arreglado, cerrado el trato, pagado y requetepagado?
¿No se había comprometido él, Si Abd Allah en persona, a
escoltarlos en la siguiente etapa? Misterios del Marruecos prohibido. Al
día siguiente, fecha de partida, nadie apareció. Carlos, que
desde el primer momento había olfateado en Mrimina un aire
particularmente enrarecido, decidió utilizar el segundo recurso, el
que después del dinero se había revelado como el más
eficaz en aquel extraño país. Buscó entre las cartas de
recomendación de que había sido provisto antes de comenzar el
viaje y durante el mismo. Una de Muley Abd Selam, venerable jerife de Uazan,
le pareció la más prometedora. Lo
fue, en efecto, hasta el punto de que, apenas la mostró,
mereció ser leída públicamente en las mezquitas. Si Abd
Allah, en los tres días siguientes, se tomó la molestia de
hacer numerosas visitas a los rabinos y, no contento con esto, encargó
a dos de sus hijos que durmieran junto a Carlos y Mardoqueo,
concediéndoles así el máximo honor y la más
fuerte garantía de seguridad. Pero de la partida, el anciano
seguía hablando en términos de dilación. Hasta que
dejó de ir donde ellos, con la excusa de que estaba enfermo. Entre
tanto, llegó a los oídos de Carlos una alarmante noticia: por
toda la región se había esparcido el rumor de que el
«rabino Couvaud» era en realidad un cristiano disfrazado, que
llevaba consigo un importante tesoro. A las puertas de Mrimina, dos bandas
rivales de ladrones, la de los Arib y la de los Beraber, estaban apostados
para apoderarse del botín, apenas él y Mardoqueo pusieran el
pie en despoblado. La extraña conducta de Si Abd Allah tenía al
fin explicación, así como sus recomendaciones de paciencia
encontraban una justificación. El
comienzo del año 1884 fue tan triste para Carlos como
melancólica había sido la Navidad. Días más
tarde, le llegó la noticia de que la banda de los Arib se había
cansado de esperar y se había ido. Otro tanto había hecho la de
los Beraber. Pero habían sido sustituidas inmediatamente por una
treintena de Am Seddrat, los cuales, poco dispuestos a perder el tiempo
esperando la presa, habían enviado una embajada a Si Abd Allah para
pedir que les confiara a ellos la protección de sus huéspedes. Aunque
abusón y rapaz, Si Abd Allah se reveló, afortunadamente, no del
todo deshonesto. Rehusó la oferta e hizo poner guardia de
protección en la casa de los rabinos. Nueva
embajada de los bandidos; nueva negativa del viejo santón. El asedio
continuó. «La
única solución -dijo Si Abd Allah, apareciendo ante sus
huéspedes, después de la diplomática enfermedad- es
esperar otros ocho días. Porque entonces los miembros de mi fraternidad
religiosa y yo dejaremos Mrimina para ir devotamente en peregrinación
a Tisint, a la tumba del gran marabuto. Ustedes podrán mezclarse entre
ellos, en la procesión, entre la multitud de peregrinos...». «Basta
-le interrumpió Carlos-. Si no eres capaz de proporcionarnos
inmediatamente la protección necesaria para que pueda salir de
aquí, buscaré yo mismo la forma de seguir el viaje por otros
medios». Mandó
un mensajero a Tisint, a su amigo Bou Rhim. Tres días más
tarde, cerca de treinta jinetes, guiados por Bou Rhim en persona, entraron en
Mrimina como un huracán, galopando directamente a la casa de Carlos. Pasada
media hora, Carlos y Mardoqueo salían camino de Tisint. La escolta que
Bou Rhim había formado, con hombres de su parentela, estaba tan poderosamente
armada, que los Am Seddrat no creyeron prudente salir al paso. Pero
las aventuras de Carlos y Mardoqueo no habían terminado. Nuevos
incidentes los acompañaron de Tisint a El Outat, hasta Lalla Marnia,
en las fronteras con Argelia, donde los encontramos desvanecidos, magullados
y cubiertos de sangre, en la mañana del 23 de marzo de 1884. Marruecos
los había despedido apaleándolos y robándolos. Los
autores materiales del hecho habían sido los hombres de la
última escolta. Una despedida digna de aquella tierra, «donde
-había escrito Carlos a su hermana María- entre los ladrones y
el Sultán, no tienen tranquilidad ni ricos ni pobres; donde la
autoridad no defiende a nadie y amenaza los bienes de todos; donde el Estado
atesora continuamente, sin jamás hacer un gasto para el bien del
país; donde la justicia se vende, la injusticia se compra y el trabajo
nunca tiene recompensa... Se trabaja de día y se hace guardia durante
la noche. Cierras los ojos un momento y los ladrones te quitan ganado y
cosecha... Y cuando, a fuerza de trabajo y fatigas, la cosecha está a
salvo en el granero, hay que defenderla todavía del Sultán.
Para librarla de éste, los campesinos gritan que están en la
miseria, que la estación ha sido pésima. Pero los emisarios los
vigilan. Si ven que salen del mercado sin comprar grano, eso quiere decir que
tienen, y los denuncian. En el momento menos pensado, llega una veintena de
guardias, les registran la casa, les quitan el grano y además, si
tienen esclavos y animales domésticos, se los llevan. Por la
mañana si despiertan ricos y a la noche se encuentran pobres. Sin
embargo, no les queda más remedio que seguir viviendo, sembrar para el
siguiente año. En esta situación, sólo hay una
esperanza: el judío. Este, si es un hombre honesto, les hará un
préstamo al sesenta por ciento. En caso contrario, el interés
todavía es más grande. El principio del fin, porque el primer
año de sequía, las tierras salen a subasta y ellos van a la
cárcel. Ruina total...» El
26 de mayo de 1884, Carlos llegó a Argel. Lo primero que hizo fue ir a
la biblioteca para entregar a su viejo amigo Mac Carthy las notas
científicas de la expedición. Se
quitó los vestidos de hebreo errante. De ellos salió el Carlos
de Foucauld «hombre viejo» elevado a la enésima potencia.
Mientras los periódicos, argelinos contaban su viaje con
categoría de hecho sensacional, él se entregó, durante
doce días, a las orgías más desenfrenadas. Pero eran las
últimas locuras del descendiente de los vizcondes de Foucauld de
Pontbriand. Para él estaba muy próxima la hora de su gran
conversión. Mardoqueo
cobró la paga pactada -doscientos setenta francos por cada uno de los
nueve meses que duró la expedición- y, en poco tiempo,
quemó todo este dinero en las llamas de su vieja pasión: la
alquimia. Unos meses más tarde, durante un experimento del cual
esperaba obtener la piedra filosofal, murió envenenado por los vapores
del mercurio. |
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Fuentes: www.abandono.com |