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Caminando con Jesus Pedro Sergio Antonio
Donoso Brant |
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CARLOS DE FOUCAULD EL CAMINO QUE LLEVA A
LA TRAPA |
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El invierno de 1886 fue
crudo incluso para Jerusalén. Las terrazas de las casas, las
cúpulas de los santuarios, las cúspides de los minaretes, las
copas de las palmeras y los ramos de los olivos se cubrieron de una nieve
espesa como algodón. Las callejas sucias de la ciudad vieja se
llenaron rápidamente de un barro resbaladizo, de color grisáceo
oscuro. Nevaba también, la
víspera de Navidad, cuando un joven europeo -el bigote aguzado
según el dictamen de la última moda y con un paletot de
inconfundible corte parisino- fue visto aventurarse en aquel fango helado que
cubría la Via Crucis hasta el Calvario; se dirigió
después al Santo Sepulcro y paseó más tarde por el
Jardín de la Resurrección. Por la noche llegó a
Belén, asistió a la misa de medianoche y comulgó. En los
días que siguieron a la Navidad, visitó Betania, Caná,
subió al monte Tabor, pasó por Emaús y fue a Nazaret. En
esta última ciudad se detuvo más largamente que en los Otros
lugares y recorrió las calles llenas de barro, donde jugaban
niños harapientos. Se marchó. Pero en seguida
volvió sobre sus pasos, como si una voz, a la que no se pudiera no
hacer caso, le repitiera: «Aquí, aquí, en Nazaret, es
donde Jesús vivió treinta años. Los vivió en silencio,
ignorado por todos, desconocido, orando junto a su madre y trabajando de
carpintero en el taller de José. Treinta años,
¿comprendes? Todo lo larga que ha sido tu vida hasta ahora; tal vez
tanto como te queda todavía por vivir...». Se hizo la luz. Jesús no le
llamaba a imitarle en la vida pública; no le mandaba por ello ingresar
en una orden religiosa que después le enviara a la predicación
o a la vida intelectual. Nazaret hablaba claro a su corazón:
«Estar escondido en Cristo, con San Pablo, quiere decir elegi abjectus esse (he elegido ser
despreciado), porque nuestro Señor lo fue». Era la luz. La luz que Carlos
buscaba desde hacía cuatro años, a partir del verano de 1885,
el cual pasó -como vamos a ver a continuación- en Tuquet, entre
los plácidos viñedos de Gironda. Poco después de terminada
la expedición al Marruecos prohibido, Carlos de Foucauld había
regresado a Francia. El eco de su empresa y la fama proporcionada por los
primeros elogios oficiales habían borrado, del ánimo de sus
parientes, el resentimiento por las pasadas irregularidades. Estos le
acogieron con un calor que era a la vez afecto y orgullo. Pero Carlos
permaneció poco tiempo entre ellos. En octubre nos lo encontramos de
nuevo en Argel, donde -apoyándose en los apuntes confeccionados
durante el viaje- escribió una obra de elevado valor cien
tífico y gran interés literario, que el editor Challamel
publicó con el titulo Reconnaissance
au Maroc. Fue un trabajo absorbente, que exigía de él
mucha concentración, pero que no le impidió correr el riesgo de
contraer un matrimonio, cuyos preparativos ya habían comenzado.
Afortunadamente se salvó, en el último momento, gracias a la
intervención a distancia de sus parientes, en particular de su prima
María de Bondy, una persona de la cual sería necesario decir
alguna palabra. Tía Inés, la belleza
sofisticada de otros tiempos, había contraído matrimonio con el
bonachón señor de Moitissier. Fue ella quien, preocupada por la
conducta de Carlos y sus prodigalidades extravagantes, había hecho
imponer a éste un consejo judicial. Había tenido dos hijas. La
mayor, Catalina, estaba casada con un diplomático, el conde de
Flavigni. La segunda, María, era esposa del vizconde de Bondy.
María había sentido siempre un afecto particular por su
extravagante primo, desde el momento en que, siendo un niño,
quedó huérfano de padre y madre. También durante el
transcurso de todos aquellos años que siguieron, cuando a casa de los
Moitissier llegaban las noticias, cada vez más alarmantes, sobre el
comportamiento del muchacho, Maria, sola en medio del coro consternado e
indignado de la familia, nunca había pronunciado una palabra de
condena. Por el contrario, siguió manteniendo con Carlos una
relación epistolar cariñosa y serena que, en algunas ocasiones,
le libró de cometer locuras todavía más grandes que
aquellas en que caía. Fue también su discreta y
dulce intervención la que disuadió a su primo de caer en un
nuevo error. «Tenía necesidad de ser salvado de este matrimonio,
y vos lo habéis hecho», escribió después Carlos a
su prima. Y ésta no será, como veremos más adelante,
más que una de las intervenciones trascendentales de María de
Bondy en la vida de Carlos de Foucauld. Mientras tanto, en Argel, Carlos
se había puesto preocupantemente enfermo, con una inflamación.
El médico, que le había tratado hasta su curación, le
prescribió taxativamente una larga convalecencia en Francia, a ser
posible en el campo. Era ya el verano de 1885. Carlos,
todavía con fiebre, aprovechó para reunirse con su hermana, que
estaba veraneando con los Moitissier en una granja que estos tenían en
Tuquet, en Gironda. «Nada de trabajar, nada de escribir, ninguna clase
de fatiga: reposo, reposo y reposo», le había recomendado el
médico de Argel. A Carlos no le quedó más remedio que
pasar las horas en una cómoda habitación, pensando y
observando. Pero pensara lo que pensara, viera lo que viera, era
África quien prevalecía en sus recuerdos. Los viñedos de Gironda eran
bellos. Para recorrerlos, no se necesitaba contratar protección, ni
pagar una escolta armada, ni afrontar emboscadas como en Marruecos... Pero,
cuando la brisa movía los pámpanos de la vid, era el rumor de
las palmeras de Tisint el que resonaba en los oídos de Carlos. Si,
desde la ventana de su habitación veía la blanca barba de un
labrador anciano, era la patriarcal figura de Sidi Ben Daoud la que se alzaba
ante sus ojos. Cuando, desde los lejanos telares se alzaba, al atardecer,
alguna coplilla, le venia a la mente el eco de la plegaria musulmana que
desde la cordillera del Atlas llegaba hasta allí, hasta la Gironda;
aquella plegaria solemne, que hacían postrados, y cinco veces al
día repetía: «Allah
Akbar» («Dios es el más grande»). Sin embargo, en Tuquet
había aprendido que no eran los seguidores de Mahoma los únicos
que sabían orar, creer y adorar. Se daba cuenta de que, mientras los
beduinos se inclinaban allá en el lejano desierto, en la iglesia del
pueblo, a pocos pasos de la granja, su prima Maria rezaba por lo menos con la
misma entrega. Durante muchos años
había pensado -desde que la adolescencia echó su fe a las
ortigas- que precisamente la diferencia entre unas y otras religiones era la
negación de todas. Ahora conocía a los creyentes de dos de
ellas, comprendía que aquella convicción no se tenía en
pie y que se imponía esta otra como evidente y cierta: de las
ardientes arenas del Sahara, como de la fresca penumbra de la iglesita de
Tuquet, era único el acto de fe que se alzaba a Dios, única la
alabanza al Altísimo... El no creía en aquel Dios.
Pero, sin saberlo, tenía una gran necesidad de creer. Las
interminables horas de aquel reposo forzado estuvieron, a partir de un
determinado momento, llenas de meditaciones sobre el mundo de la fe y la
virtud. El no tenía fe; pero podía aspirar, al menos, a la
virtud. Una virtud -sin duda alguna- pagana. Se lanzó a buscarla en los
viejos autores griegos y latinos; pero sólo halló aburrimiento
y disgusto. Entonces, casi instintivamente, pasó a ojear algunos
textos cristianos. Fueron las Elevations
sur les Mystéres, de Bossuet, las que le hicieron al fin
encontrar un cierto sentido místico a la vida. Pero siguió
vacilando ante la fe en Dios, y, todavía más, ante la fe en el
Hijo de Dios, y rebelándose al solo pensamiento de aceptar el
«yugo de la Iglesia». Mientras tanto su salud mejoraba.
Cuando, en septiembre, los Moitissier y su hermana regresaron a París,
él volvió a Argelia. Tenía planeado Otro viaje -a
través de las regiones desde hacía poco sometidas a Francia- y
lo realizó. De Mzab a El Golea, después subiendo hasta
Túnez, donde embarcó, para llegar a su patria en enero de 1886. Se estableció en Paris, en
el número 50 de la calle Miromesnil. En el apartamento volcó su
nostalgia de África: colgó de las paredes, entre los viejos
retratos familiares, una colección completa de sus «paisajes»
marroquíes. Adquirió una biblioteca de obras selectas y
editadas lujosamente, contrató un mayordomo; pero no compró
cama. Prefirió dormir sobre una estera, envuelto en su albornoz, como
Buo Rhim y los otros amigos de allá. ¿Bohemia de lujo con
fantasías exóticas? ¿Ascetismo snob? Puede ser. Sin
embargo, la diferencia entre los equívocos pisitos anteriores y este
apartamento, aunque extravagante, indicaba que algo había cambiado en
el interior de Carlos de Foucauld. A poca distancia de la calle
Miromesnil, en la de Anjou, vivían los Moitissier. La tía
Inés tenía un salón que ejercía cierta influencia
en el mundo político francés de la época. Carlos fue
acogido con todo el interés que merecía el explorador de una
parte de mundo desconocida. Bien pronto se vio asediado por un coro de
ilustres aduladores, que pretendían atraerle a su campo con toda clase
de tentadoras ofertas. Hastiado, no les dio oportunidad; y si continuó
frecuentando el salón fue sólo para encontrarse, lo más
a menudo posible, con su prima María, a la cual definía a
menudo como «ángel en la tierra», o «alma
bella». Estas dos expresiones hoy nos
pueden parecer mediocres y hasta un poco cursis, dada la profusión
poética y romántica de las «almas bellas» y de los
«ángeles en la tierra». Pero en boca de Carlos de Foucauld
tenían un significado genuino. Un hombre como él -que durante
años había conocido la «dolce vita», calibrando la
relación con las mujeres solamente con la medida del capricho o la
pasión- no podía encontrar otras expresiones para definir a una
mujer como María de Bondy, la cual, por primera vez en su vida, cual
imagen viviente de la virtud, le inspiraba un sentimiento de absoluta pureza,
jamás conocido antes. A la calle de Anjou iba, de vez en
cuando, el abate Huvelin para visitar a la tía Inés y a
María. Era un convertido que se había hecho sacerdote y que
entonces desempeñaba el cargo de vicario en la parroquia de San
Agustín. Fatigas y enfermedades habían señalado su
rostro, haciéndole parecer más viejo de lo que en realidad era.
Para escuchar sus sermones acudía mucha gente del gran mundo; sin
embargo no tenía nada de abate mundano, y no ofrecía un
Evangelio aguado, sino todo lo contrario. Carlos sintió muy pronto
una gran admiración por aquél abate; pero ni siquiera se le
ocurrió pensar que pudiera ayudarle lo más mínimo. Si
Maria no había logrado que recobrase la fe, mucho menos estaba ello al
alcance del abate Huvelin. Este era un simple sacerdote, no un taumaturgo. Y
además, la fe, no te la pueden imponer los otros, ni tú la puedes
comprar en los mercados, ni siquiera para hacer feliz a una María de
Bondy... Un día Carlos entró
en San Agustín. Recorrió lentamente las naves, sumidas en una
discreta penumbra, murmurando entre dientes: «Dios mío, si
existís, hacédmelo saber». ¿Le buscaría
-podríamos preguntar con Pascal- si no le hubiese encontrado ya? Pero no es siempre fácil
para un hombre conocer aquello que le inspira. Además, sin negar el
poder de la gracia, quien ha perdido la fe es raro que la recobre como
iluminado por un rayo de lo alto. La mayoría de las veces, debe
recorrer un camino largo y penoso, con avances y retrocesos, antes de llegar
a la meta del «si» que subraya el final del drama interior. En septiembre de 1886, Carlos
volvió a embarcar se. Quería realizar una rápida
expedición por territorio tunecino, antes de poder decir que
había recorrido toda África del norte, desde Tánger
hasta Tunez. Un mes más tarde, en
octubre, se lo pudo decir a María, nada más volver a
París. Pero la conversación se desvió inevitablemente a
Otro tema y terminó con estas palabras amargas de Carlos:
«Vosotros sois felices con creer; yo, por el contrario, busco la luz y
no la encuentro». Sin embargo, una mañana de
los últimos días de octubre, a primera hora, después de una
noche de insomnio, Carlos de Foucauld salió de casa y se
dirigió a San Agustín. No sabia claramente que era lo que
deseaba; sólo sentía una angustiosa necesidad de ayuda. En la sacristía
preguntó por el abate Huvelin. Le contestaron que estaba en el confesionario,
aquél de allí, y se lo indicaron. Carlos se aproximó y,
hablando a media voz, a través de las portezuelas cerradas:
«Abate Huvelin -dijo, y fueron las únicas palabras que le
acudieron a los labios-, deseo que me instruyáis en la fe». «Arrodillaos
-respondió desde la oscuridad la voz contenida del sacerdote-,
confesaos a Dios y creeréis.». «Pero yo no he venido a
eso...». «Confesaos»
-repitió el abate-. Un último momento de vacilación y
Carlos pasó al lateral del confesionario y se arrodilló con la
vista dirigida hacia la rejilla. Desde aquel día, casi todas
las mañanas iba a comulgar y se confesaba cada semana. Su alma
sentía una serenidad como jamás la había conocido. Pero Carlos no había
llegado al final de su conversión. Porque si conversión significa
la transformación total del ser, él comprendía que
ésta no estaría concluida mientras su vida no fuera arrasada,
para construirla de nuevo de un modo completamente distinto. «Cuando
creí que había Dios -escribirá más tarde-, supe
que no podía hacer otra cosa que vivir sólo para El. Mi
vocación religiosa nació en el mismo instante que mi fe». Empero, su fe recién nacida
tenía que soportar muchas dificultades para sobrevivir. A veces, los
prodigios narrados por los Evangelios le sabían a fábula; en otros
momentos deseaba mezclar las plegarias cristianas con trozos del
Corán... Fue necesaria la ayuda constante del confesor para que
aquella delicada fe llegase a madurar; pero, sobre todo, fue decisiva la
ayuda de la gracia de Dios. En medio de tantas contradicciones,
la primera idea -que fulguró en el mismo momento que la mano del abate
Huvelin trazaba la cruz de la absolución- se abría paso y se
robustecía. «Deseo ser religioso, vivir sólo para Dios,
hacer lo más perfecto, cueste lo que cueste...» El abate Huvelin le hizo esperar
tres años. Además de otras razones, había una especial:
aunque Carlos deseaba «desaparecer ante Dios en un puro
anonadamiento» -como le sugerían las páginas de Bossuet-,
sus ideas seguían sin ser claras del todo y no sabía qué
Orden religiosa escoger. La primera indicación le
llegó de un trozo del Evangelio, que le produjo un impacto muy
particular: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este es el primero y el
más grande de los mandamientos. El segundo es semejante a éste:
amarás al prójimo como a ti mismo». Por lo tanto,
comenzaba y se circunscribía en el amor. La segunda orientación..Ja
tuvo por medio de un sermón del abate Huvelin en San Agustín.
Recordaba muy bien sus palabras: «Nuestro Señor ha elegido el
último puesto, hasta tal punto que nadie ha logrado
quitárselo». «De acuerdo -pensó Carlos-, no es
posible quitárselo; pero lograr el último puesto entre los
hombres sí que es posible. Este, sin duda, es el único modo de
estar próximo a nuestro Señor...» Transcurrieron varios meses.
Durante los mismos, Carlos -convencido de tener al fin en la mano la llave de
su vida- meditó profundamente en la gran paradoja del cristianismo:
Dios es el Altísimo; pero el Hijo de Dios se ha hecho el último
de los hombres. ¿Por qué? Lentamente sus ideas se fueron
aclarando: el Altísimo ha amado a la humanidad con tal amor, que
ocultó toda señal de su gloria para hacerse hombre -y entre los
hombres el más miserable-, llegar incluso hasta la muerte en el
patíbulo y a la ignominia para conquistar el amor de las criaturas
humanas. Durante aquellos meses nadie se
dio cuenta del drama que se desarrollaba en el alma de Carlos de Foucauld.
Para todos seguía siendo el elegante parisino, un poco
«snob», que frecuentaba el salón de madame Moitissier,
tenía un mayordomo con lujosa librea y un piso un poco extravagante,
donde pasaba las horas corrigiendo las pruebas de su obra sobre Marruecos y
completando los mapas y cartas topográficas. Cuando -a comienzos del
año 1888- el editor Challamel lanzó al mercado Reconnaissance
au Maroc, el libro tuvo el más lisonjero éxito y la
crítica profetizó a su autor un brillante porvenir. Al leer
esto último, Carlos no pudo contener una sonrisa irónica. En el verano de aquel mismo
año, fue a pasar unos días en el castillo de los Bondy, en
Indre. Fue entonces cuando María le aconsejó que
visitará la trapa de Fontgombault, que estaba próxima. Carlos
así lo hizo. Contempló el silencioso ir y venir de aquellos
monjes de hábitos de lana blanca, oyó el golpear del martillo
en el taller, el trino de los pájaros en los árboles, el
murmullo del agua en las fuentes, el mugido lejano de una vaca, el sonido
sordo que producía el azadón al hundirse en la tierra del
huerto, el rumor del rastrillo; pero no oyó una sola voz humana en
aquél pequeño mundo, limpio y misterioso. El silencio absoluto
del hombre le pareció que transfiguraba el mismísimo campo de
Francia, dándole la muda majestad del desierto. Pero lo que más
le impresionó fue el mísero hábito de trabajo, sucio y
remendado, de un fraile que regresaba de los campos. Esta fue la tercera
indicación: «Es aquí dentro -pensó- donde ese
fraile ha encontrado el último puesto. Su hábito es el
más bello del mundo...» ¿Era la trapa el
único lugar de la tierra donde podía satisfacer su
vocación? El abate Huvelin, al cual sometió su pregunta en
cuanto estuvo de regreso en París, no se pronunció
todavía. «Es mejor -le dijo- que antes de tomar cualquier decisión,
hagáis una peregrinación a Tierra Santa. Allí pedid a
Dios que os ayude a decidir». En Tierra Santa, entre la nieve,
sucedieron los acontecimientos que hemos narrado al comienzo de este
capítulo. Desde aquella Navidad, Carlos no soñó sino con
vivir la vida de silencio, oración y trabajo que durante treinta
años llevó Cristo en Nazaret.. Había recibido la cuarta
indicación y era la definitiva. El 16 de enero de 1880 fue un
día de viento impetuoso. Carlos avanzó por el sendero que se
adentraba en un bosque de hayas y abetos, en forma de escarpada pendiente,
entre los montes del Vivarais. Aquel camino llevaba a la trapa de Nuestra
Señora de las Nieves. Respecto de la misma, sabía
dos cosas esenciales: la primera, que aquél era el más pobre
entre los pobres monasterios trapenses, y él quería ser el
más miserable de aquellos frailes míseros; segunda, que aquella
trapa había fundado un nuevo monasterio en Siria, cerca de
Alejandreta, y esperaba formar parte del grupo que iba a ser enviado
allí para reforzar la nueva comunidad, la cual sin duda seria
todavía más pobre que la casa madre. El abate Huvelin le había
escuchado, -ya no cabían dudas, la elección de Foucauld era
meditada- y le dio su aprobación. Aquél fue el momento de la
decisión final. Desde que solicitó la
admisión en la trapa, hasta que le fue concedida, pasaron varios
meses. En el transcurso de los mismos, el tribunal de Nancy le quitó
el consejo judicial y le devolvió la plena libertad para disponer de
su fortuna. Curiosa historia la de la fortuna de Carlos: había podido
utilizarla a manos llenas cuando era mejor que no la tuviese; le fue
administrada precisamente cuando la había podido emplear en algo
serio; se le devolvía ahora la completa disposición sobre la
misma, cuando para él carecía totalmente de interés.
Carlos la donó íntegra a su hermana. Hizo una visita de despedida a sus
parientes. Fue de Nancy a Dijón y por último a París. La
víspera de la partida, él y Maria asistieron juntos a la misa
que celebró el abate Huvelin y ambos comulgaron. Al llegar el momento,
dio un postrer abrazo a los parientes de la calle de Anjou y se
encaminó solo hacia la estación. El bosque estaba ahora a su
espalda; pero el viento soplaba igualmente en la desnuda pendiente de la
montaña. Al alzar los ojos, Carlos vio los muros de granito blanco del
monasterio solitario. Entonces sintió que, en verdad, todo
había terminado: las locuras de Saumur, las pasiones de Evian, las
aventuras de Fez, las amistades de Boujad y de Tisint, los afectos de
París, las noches marroquíes bajo un cielo de diamantes, las
noches parisinas iluminadas con las luces de los grandes bulevares, los
veranos entre los viñedos de Gironda y en el castillo de Indre. Pero,
al mismo tiempo, sintió que todo comenzaba en aquel reino de silencio.
Hizo sonar la campana que había en la puerta. «Deseo hablar con el Padre
Abad» -dijo-. El hermano portero le guió, sin abrir la boca,
ante el P. Martín. «¿Qué
sabéis hacer?» -le preguntó éste sin entrar en
preámbulos. «Pocas cosas». «Entonces tomad
ésta». Y le dio una escoba. «Es mejor ser el
último allí donde Dios quiere» -murmuró Carlos. El día 27 de aquél
mismo mes entró en la comunidad como postulante. Diez días
más tarde tomaba el hábito de los novicios de coro: una amplia
túnica de lana blanca, el escapulario y la cogulla. El vizconde de
Carlos de Foucauld elegía para nombre religioso el de hermano
María Alberico. «María -explicó-, por la Virgen de
Nazaret, por mi prima que había sido la inspirada y como una hermana,
a la que amaba tiernamente. Alberico en recuerdo de uno de los santos
fundadores de la orden cisterciense». En la trapa de Nuestra
Señora de las Nieves cada día era idéntico que el
anterior e igual que el siguiente. Para el hermano María Alberico
todos ellos significaban oración, estudio y escoba, y una gran
nostalgia de las personas amadas: María, Catalina, su hermana, la
tía... «Nos levantamos a las dos
-escribió a su hermana- y vamos a la iglesia, donde recitamos durante
dos horas en voz alta los salmos en el coro. Después, durante hora y
media, se está libre: se lee, se reza, los sacerdotes celebran su
misa. Hacia las cinco y media volvemos al coro para seguir recitando salmos
-es el oficio de «prima»- y se oye la misa de la comunidad.
Después se va al capítulo, donde se hacen algunas oraciones, el
superior comenta una parte de la regla y, si alguno ha cometido una culpa, se
acusa en público y recibe la penitencia correspondiente, que no es
jamás severa. Después, más tiempo libre -tres cuartos de
hora- para leer y orar cada uno por su cuenta; luego se recita en el coro la
«tercia». Hacia las siete se comienza el trabajo: al salir de
«tercia» el superior señala el trabajo a cada uno. Se hace
éste hasta las once, hora en que se dice la «sexta». A las
once y media vamos al refectorio. Después de la comida -una comida
monacal- nos dirigimos a la habitación para dormir hasta la una y
media de la tarde. Tres cuartos de hora de intervalo para las plegarias
particulares de cada uno o la lectura. A las dos y media, vísperas.
Después de éstas, trabajo hasta las seis menos cuarto. A las
seis, oración. A las seis y cuarto, cena. Un poco de tiempo libre y, a
las siete y cuarto, lectura para toda la comunidad, en capitulo.
Después «completas», canto de la salve y a la cama. Vamos
a dormir a las ocho...» Los trapenses no tienen celdas
separadas, duermen todos juntos en una desnuda habitación.
Adiós cámara familiar de otro tiempo, adiós cuarto
número 82 de la escuela de Saumur con su cómoda tumbona,
adiós garçoniere de Pont-á-Mousson, adiós
apartamento de Paris, adiós tiendas marroquíes... Pero ¿por qué
había elegido la trapa? «Por amor, por amor»,
escribía. |
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Fuentes: www.abandono.com |