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Caminando con Jesus Pedro Sergio Antonio
Donoso Brant |
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CARLOS DE FOUCAULD EL ULTIMO A TODA COSTA |
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El sobre presentaba un
montón de sellos de colores vivos, en los cuales se veía la
media luna turca. Hacía meses que María de Foucauld, esposa del
señor de Blic, esperaba aquella carta. «El trabajo más duro
-leyó, entre otras cosas, y fue el párrafo que la
impresionó más- es el de la tierra. En invierno se talan los
bosques, en primavera se podan las vides, en verano se siega el heno y se
recoge el grano. Anteayer precisamente hemos terminado de segar. Un trabajo
de labradores, en suma, inmensamente bueno para el alma, la plegaria y la
meditación. Después de este trabajo -más pesado de cuánto
se puede imaginar, sobre todo para uno como yo, que jamás lo ha hecho-
se siente compasión de los pobres, caridad hacia los obreros, amor por
los trabajadores... Se conoce el precio de un pedazo de pan cuando se prueba
cuánto sudor cuesta producirlo. ¡Se aprende a tener compasión
de aquellos que trabajan, al compartir fatigas!...» La carta estaba firmaba por el
hermano de la señora Blic, el antiguo vizconde Carlos de Foucauld de
Pontbriand, ahora más sencillamente fray María Alberico, y
procedía de la lejana trapa de Nuestra Señora del Sagrado
Corazón, en Siria, lo que en aquél entonces equivalía a
decir del imperio otomano. La fecha era la de un día de fin de verano
de 1891. Carlos, como le seguían llamando en la familia, estaba
allí desde hacia más de un año. Fray María Alberico estuvo
sólo seis meses en la trapa de Nuestra Señora de las Nieves,
enclavada en los helados montes de Vivarais. («Parecía un
ángel en medio de nosotros», escribía de él el padre
abad, don Martín). Después no se le quiso hacer suspirar
más por la pobrísima trapa del Asia Menor y, en junio de 1890,
el novicio pudo dejar la escoba junto al cogedor de basura y dirigirse a
Marsella, donde embarcó hacia Oriente. El 9 de julio desembarcaba en
Alejandreta. En el puerto, bajo un cielo de metal fundido, le esperaba el
padre Etienne, con la blanca túnica empapada de sudor. En silencio,
los dos subieron a la grupa de sendas mulas y, escoltados en el primer trecho
del camino por un pelotón de guardias turcos y después por
varios guerreros curdos, avanzaron hacia el interior. El camino ascendía con
rápida pendiente por entre las montañas de Amanus, vigilado
desde lo alto por las torres espectrales de antiguos castillos en ruinas. El
paisaje sombrío, que recordaba al áspero y desolado del
Pequeño Atlas, la escolta armada que caminaba con cautela a su lado,
los jinetes de mirada huidiza que se cruzaban con ellos, las caravanas de
lentitud exasperante que a veces cerraban el paso, los bosques infectados de
bandidos, el sol que había bajado hasta la altura del horizonte: todo
hacia revivir en la mente de Carlos una parte de su aventura marroquí.
Si no hubiese sido por la vestidura que llevaba -el hábito
cisterciense de fray María Alberico y no el pintoresco disfraz del
rabino Couvaud- la similitud de lugares y circunstancias le habrían
hecho creer que verdaderamente se acababa de despertar de un largo
sueño para encontrarse, algunos años atrás, y a millares
de kilómetros de distancia, sobre un camino prohibido en la tierra del
Sultán Muley Hassan. Cabalgaron dos días y dos
noches, con breves descansos para dormir. Subieron a la cima de la colina de
Beilán y descendieron por la otra vertiente hasta el poblado de
Akbés, asomado a una vertiginosa pared cortada a pico. Bajaron por un
lugar donde la verticalidad era menos pronunciada, siguiendo un camino de
mulas apenas marcado en la roca, y alcanzaron el fondo del horrible
precipicio. Recorrieron un largo trecho de la estrecha garganta, treparon por
el lecho de un arroyo sin agua en aquellos momentos, y desembocaron al fin en
un amplio valle, dulcemente extendido a ochocientos metros de altura, pero
cercado de montes impenetrables, que erguían sus cimas de roca gris,
horadadas por cavernas, más altas que los sombríos bosques de
pinos marítimos, encinas gigantes y olivos silvestres, vivienda de
perdices, venados y bandidos, reserva de caza -durante el invierno- de los
lobos, panteras, osos y jabalíes. Si el hosco paisaje, que los
había acompañado durante el largo camino desde Alejandreta
hasta allí, hizo recordar a Carlos algunas regiones de Marruecos,
aquel valle insospechado y que aparecía repentinamente ante sus ojos,
verde de pastos, dorado de mieses y alegre de árboles frutales, le
trasladó, como por arte de magia, a los años de su infancia, en
un valle de los Vosgos, cuando su pequeña mano iba cogida de la mano
grande y buena del abuelo Morlet, coronel de artillería retirado. Pero
poco después, los ojos del novicio encontraron dos detalles que le
volvieron bruscamente a la realidad: una empalizada alta y sólida,
protegida con espino, construida alrededor de todo el valle, en los limites
con el bosque, para impedir las incursiones de las fieras; y en el centro, un
poblado de barracas, hechas con madera y barro, cubiertas con ramas, muy semejante
a los pueblos de los buscadores de oro del Far West, de los cuales Carlos
había visto algunas fotografías. Aquella era la trapa de Nuestra
Señora del Sagrado Corazón. «Es una babel de graneros,
establos, chozas, unidos los unos a los otros por miedo a los ladrones y a
las fieras, a la sombra de árboles inmensos», escribió
Carlos en una de sus cartas. En otra explicó: «Hace treinta
años, este lugar estaba habitado; la comarca, ahora desierta, era
populosa. Pero, a causa de una insurrección, los turcos lo arrasaron
todo. Evidentemente, no pensaban prepararnos el lugar». En 1882, los trapenses de Nuestra
Señora de las Nieves, amenazados con la expulsión de Francia,
enviaron a uno de ellos a buscar refugio en otro lugar. Alguien
encontró aquí el refugio adecuado, en tierra Siria, en aquella
cuenca perdida entre montes, donde el furor de los turcos había pasado
sin dejar huella de personas y de cosas. Entonces vinieron unos cuantos
monjes desde Nuestra Señora de las Nieves, y fundaron una trapa hija,
dedicada a Nuestra Señora del Sagrado Corazón, y don Luis
Gonzaga, hermano de don Martín, fue el prior. Algunos curdos, bajados
de las montañas, se dejaron convencer de que abandonaran el bandidaje
y todos juntos pusieron manos a la obra; levantaron algunos alojamientos provisionales,
protegieron el valle con la empalizada, limpiaron el suelo de ruinas y,
araron la tierra cultivable. Cada año recogían cebada, trigo,
legumbres, uva, algodón y fruta, cada vez con mayor abundancia. Después de ocho años
de fatigas sin descanso, el valle que se ofrecía a los ojos de Carlos,
tapizado de prados limpios y de cultivos ordenados, era un encanto. Pero el
monasterio -si así se podía llamar a aquel conjunto de chozas
miserables- hablaba todavía el áspero lenguaje de los pioneros.
En el verano, los frailes dormían en un granero que estaba encima de
los establos; el olor se metía por entre las tablas mal juntas y el
pataleo de los animales no cesaba en toda la noche. Para los inviernos
tenían otro granero, situado sobre el refectorio, y el frío
parecía una lluvia glacial desde el techo de hojalata cubierto de
nieve. «Somos una veintena de
trapenses, comprendidos los novicios -escribió Carlos algún
tiempo después a su hermana Maria de Blic-. Hay ganado, bueyes,
cabras, caballos, asnos, cuanto es necesario para una labor agrícola
en gran escala. En las barracas se alojan también una veintena de
huérfanos católicos -comprendidos entre los cinco y los quince
años- y una quincena de obreros laicos -curdos que abandonaron el
bandolerismo para hacerse agricultores-, sin contar un número siempre
variable de huéspedes, en el verdadero sentido de la palabra, pues ya
sabes que los monjes son esencialmente hospitalarios... Mi alma tiene una
profunda paz, una paz que desde el instante en que llegué no me ha
dejado, y que cada día es más grande, si bien comprendo
cuán poco es mía y cuánto, por el contrario, es un puro
don del Señor». Aquella pobreza santificada por la
oración, el trabajo hecho sagrado por la regla, el encontrarse en
tierra de Asia, no lejos de los lugares que habían acogido a los
primeros eremitas cristianos, le entusiasmaron, hasta tal punto, que
creyó -por algún tiempo- haber conseguido plenamente la
sencillez de los tiempos primitivos. Pero luego recordó que
todavía estaba ligado al mundo por un grado de oficial de la reserva y
por aquel extravagante apartamento que poseía en Paris en el
número 50 de la calle Miromesnil. Se apresuró a escribir a su
hermana: «También es tuyo, te lo regalo»; y al ministro de
la guerra: «De nuevo presento mi dimisión del ejército
francés, y esta vez definitivamente». Después, con un
profundo sentimiento de alivio, comunicó a su prima Maria de Bondy:
«Este paso me ha dado una verdadera alegría. Había dejado
todos los bienes; pero me quedaban dos impedimentos miserables: el grado y
una pequeña propiedad. Me siento feliz de haberlos arrojado
también por la ventana». La semana del 2 de febrero de 1892
-el alba no había despuntado todavía sobre la fiesta de la
Candelaria- fray María Alberico hizo voto de pobreza, castidad y
obediencia en la Orden de los cistercienses reformados es decir, de los
trapenses. «Ya no me pertenezco en
absoluto -escribió en la noche de su profesión religiosa-. Me
encuentro en un estado que nunca había experimentado, si no es a mi
regreso de Jerusalén. Es una necesidad de recogimiento, de silencio,
de estar a los pies de Dios y de contemplarle...». «No sabéis,
señora -escribía respecto a él Don Luis Gonzaga, prior
de la trapa, a María de Bonfy-, qué santo compañero de
viaje hacia el cielo se ha unido a nosotros... Nuestro venerado padre
Policarpo, que es su director espiritual, tiene casi cincuenta años de
profesión religiosa y más de treinta de superior, y me asegura
que no ha encontrado en su vida un alma tan entregada a Dios...». Y le
confiaba, quizá para obtener de ella una ayuda indirecta:
«Quisiera que fray María Alberico hiciese los estudios de
teología para ordenarse sacerdote. Pero preveo que habré de
sostener una gran lucha con su humildad». Si ése era el deseo de Don
Luis Gonzaga, más ambicioso era el proyecto que abrigaba su hermano,
Don Martín. Este, llegado desde Francia a la trapa de Siria en visita
canónica, dijo clara y rotundamente que fray María Alberico era
el más dotado para ser en un día futuro prior del monasterio de
Nuestra Señora del Sagrado Corazón. Sin embargo, los dos
estaban de acuerdo en que la tarea de convencerle, para que aceptase
semejante dignidad, iba a ser muy difícil. Fray María Alberico no
tenía ninguna de las llamadas «santas ambiciones»; o,
mejor dicho, de ambiciones nutría una sola legítima,
firmísima: la ambición de estar en el último puesto
siempre y en todas partes. Los dos superiores lo comprobaron, sin lugar a
dudas, al iniciar los primeros sondeos; nada más mencionárselo
se declaró indigno del sacerdocio y descartó la idea de
cualquier dignidad, aunque fuese religiosa, con el mismo ímpetu con
que habría rechazado la tentación que pretendiera alejarle de
aquella pobreza, la cual -decía- era la única capaz de acercarle
a Cristo: «Experimento un gozo vivísimo al estar metido hasta el
cuello entre la paja y la leña, y mi repugnancia es extrema hacia
cuanto pueda alejarme de este último puesto, que he venido a buscar
aquí, en esta abyección, en la cual deseo profundizar más
y más, según el ejemplo de nuestro Señor...» El «peligro» de tener
que ordenarse sacerdote -es la palabra empleada textualmente por fray
María Alberico- pareció alejarse cuando, además de no
volver a mencionarle los estudios teológicos, le encargaron de remendar
y coser los vestidos de los huérfanos acogidos en la trapa. Le
pareció entonces que se le abrían las puertas del cielo.
¡Aquel trabajo si que le aproximaba a la casita de Nazaret! Pero su felicidad duró poco
tiempo. En agosto de 1892 le fue ordenado, de repente, que dejase la aguja y
comenzase los estudios de teología. Desesperado, corrió ante el
prior. «No tengo
vocación», insistió. Don Luis Gonzaga le
contestó, con tono terminante, que era cosa ya decidida y no
había nada que objetar. Fray Maria Alberico estuvo durante
varios días profundamente deprimido. Después recordó que
la obediencia perfecta es más pura que la más pura
intención personal, y se sobrepuso. A partir de entonces, dos veces a
la semana, acompañado de otro fraile trapense, recorrió a pie,
ida y vuelta, el largo camino que llevaba a la aldea de Akbés -el
terrible precipicio, el vertiginoso camino de mulas apenas señalado en
la pared de roca casi vertical-, con objeto de acudir a la misión de
los lazaristas y escuchar las lecciones del padre Destino, el superior, hijo
de un antiguo ministro del rey de Nápoles y que había sido
profesor de teología en Montpellier. «La teología me
interesa», escribió Carlos algún tiempo más
adelante; pero nunca dijo que la amara. Le interesaba en cuanto !e hablaba de
Dios y, queriendo, también podía conducirlo a Él. Pero
en cuanto ciencia -no como acto de vida ni de amor- en ningún momento
le produjo una chispa de entusiasmo. «Estos estudios -escribió-
no valen lo que la práctica de la pobreza, de la obediencia, de la
mortificación, de la imitación de nuestro Señor, que me
inclinan al trabajo manual. Pero como lo hago por obediencia, después
de haberme resistido cuanto me ha sido posible, no hay duda de que es esto lo
que el buen Dios quiere de mí en este momento». Yendo y volviendo de la trapa a la
misión de los lazaristas en Akbés, Carlos tenía mucho
tiempo para pensar sobre los hechos de su vida. Poco a poco, empezó a
no sentirse a gusto consigo mismo. Recordaba que hacia algún
tiempo había escrito: «Cuanto más das a Dios, más
devuelve El. Creía, al dejar el mundo, haberlo dado todo; pero en la
trapa he recibido mucho más de cuanto he dado en toda mi vida».
Entonces escribió estos reglones con el corazón lleno de gozo.
Pero, ahora, pensar en ello le producía profunda inquietud.
Había soñado y encontrado la trapa más pobre y
más dura de cuantas existían en el mundo; y sin embargo aquella
trapa le había ofrecido una vida tan dulce y tan fácil... Por añadidura, la orden de
estudiar le turbaba. «Para aplicarme con todas mis fuerzas en el estudio
de la teología, me veo obligado a renunciar a la lectura y a pasar
menos tiempo en la Iglesia... la teología me interesa, sí, y
también es bella cuando se la ama... Pero sabía mucha, acaso,
San José?» A pesar de su gran tristeza, sacaba fuerzas para ironizar
sobre sí mismo: una trapa, que le encaminase hacia «una
honorable vida de estudio», no la había esperado ni remotamente.
Mientras tanto, las palabras de san Vicente de Paúl resonaban cada
día, cada hora, de la misma manera, en su interior: «Amemos a Dios,
amemos a Dios; pero a costa de nuestros brazos y con el sudor de nuestra
frente». El sentimiento de disgusto que ya
dominaba el alma de Carlos, aumentó en abril de Comprendía perfectamente
que el Papa había dado aquel documento por la preocupación de
salvaguardar, en cuanto era posible, la salud de los trapenses; y sabia
también que, únicamente con este espíritu, la trapa de
Nuestra Señora del Sagrado Corazón había aceptado la
invitación de Roma. No obstante, no podía negarse a si mismo
que aquel hecho hacía más profundo el sentimiento que
experimentaba últimamente: el de hallarse en la trapa como pez fuera
del agua. «Desde hace unas semanas
-escribía a María de Bondy el exrefinadísimo sibarita en
especialidades gastronómicas- no tenemos nuestra buena cocina a base
de agua y sal... Ponen en los alimentos una enorme cantidad de grasa...
Tú puedes comprender cuánto me disgusta esto: mortificarse
menos es dar un poco menos a Dios, un poco menos a los pobres...». Pasó algún tiempo, y
la inquietud creció hasta tal punto en el ánimo de Carlos, que
no tuvo más remedio que enfrentarse con el dramático
interrogante que dominaba sus pensamientos: ¿podía,
debía permanecer todavía entre los trapenses? En realidad, los
votos que había pronunciado hasta aquel momento eran temporales; pero
este hecho no era suficiente para aplacar su angustia. Decidió pedir consejo al
padre Policarpo y a sus superiores, y les habló con entera sinceridad. «Me siento seguro -les dijo-
de que mi vocación no coincide exactamente con la Orden de los
cistercienses reformados». Le pidieron que dijera cuál
era la Orden a la que se sentía llamado y respondió que, en
aquel momento, no existía en la Iglesia una comunidad que reuniese las
condiciones que él necesitaba. «Viendo que no es posible en
la trapa llevar la vida de pobreza, de absoluto desinterés, humildad
-y diría también de recogimiento- de nuestro Señor en
Nazaret, me he preguntado si Él me habrá dado estos deseos tan
vivos para que se los sacrifique o, por el contrario, si dado que hoy ninguna
congregación en la Iglesia ofrece la posibilidad de llevar la misma
vida que El tuvo en este mundo, debo buscar algunas almas con las cuales
fundar una pequeña congregación que reúna estas
condiciones: imitar lo más exactamente posible la vida de nuestro
Señor, vivir únicamente del trabajo manual, sin aceptar
ningún regalo ni limosna alguna, siguiendo al pie de la letra los
consejos de Cristo, no poseyendo nada, dando a todo el que pida, no
reclamando nada, privándose de todo lo privable, a fin de ser lo más
conforme posible a nuestro Señor y darle lo más que podamos en
la persona de los pobres. Al trabajo iría unida mucha oración,
pero sin oficio en el coro, ya que es un inconveniente para los
huéspedes y ayuda tan poco a la santificación de los
ignorantes. Las comunidades serían de pocos miembros, a la manera de
los carmelitas, porque los monasterios numerosos asumen, necesariamente, una
importancia material que es enemiga de la pobreza y de la humildad. Y
así difundirse por todas partes, sobre todo en los países de
infieles o abandonados, donde será dulcísimo aumentar el amor y
los servidores de nuestro Señor Jesús...» Esto dijo a sus superiores. Al
confesor le preguntó de dónde le vendría aquel deseo tan
grande de realizar su «ideal de Nazaret»: ¿De Dios?
¿Tal vez del demonio? ¿O de su fantasía? «El padre
Policarpo me ha contestado que no lo piense por el momento y espere la
ocasión, propicia, que Dios, si este deseo mío viene de El, lo
hará surgir sin duda». Más dura fue la respuesta
del abate Huvelin, al cual había escrito para pedirle también
consejo: «Proseguid los estudios de teología, al menos hasta el
diaconado; aplicaos en el ejercicio de las virtudes interiores y sobre todo
del anonadamiento. En cuanto a las virtudes externas, practicadlas en la perfecta
obediencia a la regla y a los superiores... Para lo demás, esperemos.
Sin embargo, tened presente que vos no estáis hecho, en absoluto, para
guiar a los demás...». Ante esta respuesta, fray Maria
Alberico inclinó la cabeza. «Paciencia,
paciencia», pensó. Transcurrieron varios meses, sin que
sucediera nada. Pero de improviso, Dios le envió la primera
señal. Fue en abril de «Nosotros, los trapenses
-pensó entonces-, hemos renunciado al mundo, es verdad; vivimos una
vida dura, es cierto. Pero este hombre que acaba de morir en este tugurio ha
llevado una vida todavía más dura. Por añadidura,
nosotros los frailes formamos una comunidad numerosa, nos sostenemos el uno
al otro, tenemos algunas tierras y ganados; pero este hombre, para mantener a
su familia, estaba solo, como San José. No poseía nada. Y si ha
logrado sobrevivir hasta hoy, ha sido gracias a que vendía cada
día, míseramente, el trabajo de sus brazos. ¡Qué
diferencia entre esta casa y la nuestra! ¡Cómo añoro a
Nazaret!». Un año más tarde, en
noviembre de 1895 hubo una terrible matanza, fue la segunda señal. Los
cristianos de Armenia se sublevaron contra los turcos y éstos
aprovecharon la oportunidad para intentar el exterminio no sólo de los
armenios, sino de todos los cristianos, católicos y greco-ortodoxos,
donde quiera que se encontrasen. En pocos meses las víctimas llegaron
a ciento cuarenta mil -en Marache, la ciudad más próxima a la
trapa, en dos días fueron muertos cuatro mil quinientos-, y muchos
fueron mártires, en el pleno sentido de la palabra, porque murieron
voluntariamente, sin defenderse, antes que renegar de la fe. «Los europeos se hallan bajo
la protección del gobierno turco, y así nosotros estamos
seguros -escribió Carlos, con profunda amargura-. Pero es bien
doloroso ser tratados de este modo por los mismos que deguellan a nuestros
hermanos. ¡Cuánto mejor seria morir con ellos que ser protegidos
por sus asesinos!». La gran tragedia aumentó
todavía más su deseo de abyección total. Si no hubiese
sabido aceptar la obediencia hasta la completa negación de si mismo,
no habría resistido, ni un minuto más, dentro de la empalizada
que cerraba el verde valle. Pero obedeció, una vez
más se anonadó en la obediencia, Aunque desde hacía tres
años no sentía otro deseo que salir de la trapa, en enero de
1896 -por obediencia- renovó los votos temporales por dos años
más. No obstante, al mismo tiempo, elaboraba con todo detalle un
proyecto de regla para las pequeñas comunidades que soñaba
fundar y para las cuales ya había encontrado nombre:
«Congregación de los Hermanitos de Jesús». «Estas comunidades
-escribió- se establecerán en las ciudades pequeñas o en
los suburbios de los centros populosos, en todo caso en los barrios donde
vivan los más pobres. Habitarán en pequeños alojamientos,
que serán absolutamente semejantes a las más miserables
viviendas del lugar, barracas o cabañas, según sean. Cada
alojamiento tendrá tres habitaciones; una reservada a la capilla, otra
a los huéspedes y la tercera a los Hermanitos. Nada de sillas, ni de
camas: bastará con unos bancos adosados a las paredes. En torno a la
barraca habrá un huertecillo para cultivar legumbres y algunos
árboles frutales. La clausura será extremadamente severa, y el
silencio deberá reinar perpetuo, roto solamente por la oración
que, con el trabajo, ocupará toda la jornada. El trabajo será
manual y lo más sencillo posible, tanto para sufrir la misma fatiga
que la gente más ignorante como para dejar libre el espíritu
para la meditación. Por el trabajo se cobrará el salario
más bajo. Como vestido se adoptará el que usen los más
pobres de la región. Para la alimentación serán
suficientes dos comidas: una con solo cereales hervidos en agua y sal y la
otra de una libra de pan. Únicamente los domingos habrá un poco
de leche, miel, mantequilla y fruta. Sin embargo, los enfermos gozarán
de la mayor abundancia, porque es justo que naden en las delicias.
También la oración será "pobre": se
asistirá a la misa, se adorará al Santísimo, se
rezarán el ángelus, el viacrucis y el rosario; pero nada de
oficio canónico: no se debe excluir de la plegaria a aquellos que no
saben nada de latín...». Carlos envió una copia de
este esbozo de regla al abate Huvelin. La respuesta llegó,
alarmadísima, a vuelta de correo: «Vuestra regla es absolutamente
impracticable. ¡Si el Papa vaciló en aprobar la franciscana, por
considerarla demasiado severa, imaginad la vuestra! ¿Debo deciros la
verdad? Me asusta. Vivid a las puertas de una comunidad, en la
abyección que queréis; pero no redactéis reglas, os lo
suplico...». ¡Pobre abate Huvelin,
qué golpe había asestado a aquel proyecto de regla!. Pero
había servido para algo: rehusaba, de un modo claro, reconocer en
Carlos de Foucauld el espíritu del fundador y, al fin, le daba permiso
para vivir -como un solitario loco de Dios- a la puerta de cualquier
monasterio. Carlos no dejó pasar el
tiempo. Inmediatamente presentó al padre Policarpo y a los superiores
su petición de libertad. Estos escribieron a Roma para solicitar la
autorización de Don Sebastián, el superior general de los
trapenses. Cuando el 10 de septiembre llegó la respuesta, decía
sólo: «El hermano María Alberico es invitado a partir
inmediatamente hacia la trapa de Staoueli, donde recibirá nuevas
instrucciones». La trapa de Staoueli se encontraba
situada a diecisiete kilómetros de Argel, en una meseta desierta. Era
prior Don Luis Gonzaga, el mismo que hasta hacia poco había estado
allí, en Siria, dirigiendo la de Nuestra Señora del Sagrado
Corazón. La alegría que
sintió Carlos al ver, después de diez años, a su amada
África y al abrazar a su antiguo superior, se apagó tan pronto
le fueron comunicadas las «nuevas instrucciones» dadas por Don
Sebastián: como última prueba debía estudiar, durante dos
años, teología en Roma. ¡Dos años! Tenía
treinta y ocho, y de prueba en prueba, había tenido paciencia desde
hacía más de tres años. Pero de nuevo obedeció.
Es más: «Obedecer es amar: es el acto de amor mas puro, el
más perfecto, el más sublime, el más desinteresado, el
más adorador». En noviembre de 1896, Carlos
llegó a Roma y se alojó en la casa generalicia de los
cistercienses reformados, al lado de San Juan de Letrán. Poco
después comenzaba los cursos de la Universidad Gregoriana. «El trabajo manual
-escribió- ahora lo hemos dejado necesariamente... No tenemos
todavía edad para trabajar como San José; estamos aprendiendo a
leer como el Niño Jesús...». Mientras tanto, se acercaba la
temida fecha del 2 de febrero de 1897. En aquel día, por cumplirse los
cinco años de los primeros votos, las constituciones indicaban que
Carlos debía, o pronunciar los votos perpetuos, o abandonar la Orden.
Precisamente, mientras se encontraba cumpliendo la última prueba que
le había sido impuesta, lo cual complicaba la situación: si se
iba de la trapa, faltaría al compromiso de ser obediente a su superior
hasta el final, y pronunciando los votos anularía, en principio, todo
resultado diverso de la prueba misma. Fue el propio Don Sebastián
quien resolvió in extremis la cuestión: reunió, con
carácter de urgencia, el consejo, y los dos años de prueba y de
teología fueron suprimidos. Fray María Alberico, al fin, era
libre de abandonar la trapa. Solamente se le rogaba que pidiera un
último consejo al abate Huvelin, quien había quedado como
único director de su conciencia. «Creo que mi vocación
es descender… -escribió entonces Carlos al abate-. Se me han
abierto las puertas para dejar de ser religioso de coro y bajar al rango de
mandadero y criado». En suma, le hizo comprender que también en
la jerarquía eclesiástica quería ocupar el último
puesto. El abate, en la respuesta, le
repitió el permiso para vivir con todo el ocultamiento que
quería, a las puertas de un convento, si era lo que deseaba; pero le
negó de nuevo, con palabras claras y terminantes, la
autorización para redactar una regla para otras personas. Era todavía septiembre
cuando Carlos dejó Roma, no llevando consigo más que lo poco
que le habían dado los trapenses. Poco, pero sí suficiente para
embarcarse con dirección a Jaffa. De ésta, pensaba dirigirse a
Nazaret, ya que era precisamente allí donde quería vivir la
«vida de Nazaret». |
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Fuentes: www.abandono.com |