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Caminando con Jesus Pedro Sergio Antonio
Donoso Brant |
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CARLOS DE FOUCAULD EL MARABUTO DEL CORAZÓN ROJO |
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La mañana del 6 de marzo de
1897, la hermana María Fiel, lega de las clarisas de Nazaret, se
detuvo mucho más tiempo del acostumbrado en la capilla del convento.
Había fingido salir con las demás después de la
oración en común; pero se había escondido detrás
de una columna, desde donde podía vigilar a un extraño
vagabundo arrodillado ante el Santísimo. Había entrado en la capilla
a primera hora de la mañana -«Un tipo que inspira poca
confianza»-, cubierto de harapos y polvo, la barba sin arreglar, los
pies hinchados y heridos dentro de unas sandalias con las suelas rotas,-
«ha debido venir andando»- se cubría la cabeza con algo
que se parecía a un turbante; sobre la espalda, una blusa con capucha
a rayas blancas y azules dejaba ver unos pantalones de algodón, cuyo
color podría haber sido en otra época más o menos
parecido al azul: «Un tipo al que no hay que perder de vista, si no
queremos que desaparezca de improviso llevándose la custodia de
oro», pensó también la hermana Maria Fiel y, por ello, se
había quedado en la sombra montando la guardia, mientras aquella
figura sospechosa, inmóvil ante el altar, parecía no decidirse
nunca a separar los ojos del Santísimo. Transcurrieron tres horas.
Entonces se puso en pie. «Ahora intenta el golpe», pensó
la lega, preparándose para dar la alarma. Pero él, sin darse
cuenta de que era vigilado, salió de la capilla y se dirigió a
la puerta del convento. Tocó la campana, y la
Hermana Marta, la portera, se quedó asombrada al oír en un
francés absolutamente correcto, sin acento ninguno, expresarse a aquel
hombre andrajoso, que le dijo: «Quisiera hablar con la madre
abadesa». Al llegar a este punto de nuestra
narración, ni siquiera las vitrinas del mayor anticuario de
París podrían contener por orden cronológico -si se nos
permite decirlo así- los trajes y uniformes que Carlos de Foucauld de
Pontbriand ha lucido ya, así como si fueran los símbolos de las
distintas fases de su vida, que incluso cambia hasta en el modo de vestir. A
los ocho años se puso el uniforme del colegio diocesano de
Estrasburgo. A los dieciocho, el de cadete de la Escuela Militar Especial de
Saint-Cyr. A los veinte, el de alumno de la escuela de caballería de
Saumur. A los veintiuno, el de subteniente de Húsares (en este periodo
particularmente desordenado, el smoking fue un segundo uniforme,
vistiéndolo todas las noches). A los veintidós, vistió
el de subteniente de Cazadores de África. A los veinticinco, una
exótica vestidura sirio-argelina, mientras fingía ser el rabino
moscovita Joseph Alemán. Poco después, en el papel de rabino
Couvaud, se puso la más modesta de hebreo marroquí. A los
treinta y dos años, tomando el nuevo nombre de hermano María
Alberico, se cubrió con el hábito trapense. Siete años
más tarde, una vez abandonada la Trapa (momento en que le encontramos
a las puertas del convento de la clarisas de Nazaret), ha cambiado otra vez
de nombre, se llama hermano Carlos de Jesús y también ha
variado de vestiduras: ahora lleva andrajos, como el más miserable de
los mendigos de Palestina. Única señal de distinción: un
rosario de cuentas muy gruesas suspendido de la cintura. Había desembarcado en Jaffa
el 24 de febrero, y sin una moneda en el bolsillo, se puso en camino hacia el
sur, hacia Belén y Jerusalén, en peregrinación;
después fue hacia el norte, hasta Nazaret, la meta tan largamente
soñada. Había hecho doscientos kilómetros a pie en ocho
días. Llegó a Nazaret hambriento,
extenuado, herido, marcado con llagas sangrientas producidas por el empedrado
de los caminos. Se presentó a los franciscanos de la Casa Nueva para
pedirles trabajo y permiso para poder vivir a la puerta de su convento, pero
aquellos frailes no tenían trabajo para darle, y le dijeron que
probase a pedirlo en las clarisas. Tal era la razón de que se
encontrase en el locutorio de paredes encaladas, con una mesita, una silla y,
delante de él, la verja de hierro, tras la cual había una
cortina negra sin ninguna abertura. «Alabado sea
Jesucristo», bisbisó una voz de mujer a través de la
cortina. El hermano Carlos no dijo nada de
sí. Sólo pronunció aquello que dicen los que piden
trabajo. Pero la abadesa, madre San Miguel, intuyó rápidamente
que no se trataba de uno de tantos hombres sin ocupación cuando,
después de decirle que efectivamente necesitaban alguien que les
sirviese de sacristán, hiciera los recados y supiera realizar algunos
trabajos manuales, le preguntó qué cantidad quería como
salario, éste le contestó: «No tengo necesidad de
salario, sino sólo de un poco de pan y agua, además de
algún tiempo libre para orar». No quiso alojarse en la casa del
jardinero; prefirió una garita de madera, que se usaba para guardar
las herramientas en el fondo del huerto, poco más grande que una
garita militar. Quitó cuanto le estorbaba y, unas veces haciendo de
carpintero y otras de albañil, la puso perfectamente en orden y
limpia. Una lega le llevó una mesita, un banco y un catre. Pero este
último terminó retirado en un rincón, pues Carlos
dormía en el suelo. Terminado el arreglo, elevó
la barraca a la dignidad de ermita y la dedicó a nuestra Señora
del Perpetuo Socorro. Comenzó entonces una nueva
fase de la vida de Carlos de Foucauld, al cual le veían regularmente
levantarse antes del amanecer, ir al convento de los franciscanos y
permanecer en oración hasta las seis. Seguidamente volvía donde
las clarisas para barrer, preparar el altar, ayudar a la misa del
capellán, y poner en orden la iglesia. A lo largo del día,
cavaba en el huerto o regaba la verdura, hacía los pequeños
trabajos manuales que siempre son necesarios en un convento, iba a buscar el
correo, pues en aquella época Nazaret tenía servicio postal,
pero no cartero. Los momentos libres los dedicaba a
la oración en la capilla o a la lectura en su barraca. Leía los
libros de piedad que le pasaban las monjas del convento y los de
teología que le mandaban de Francia sus familiares. Únicamente
los domingos aceptaba el mismo desayuno frugal de las clarisas; los otros
días de la semana hacía sólo dos comidas, de pan duro y
agua. La abadesa, informada de aquello
por las legas, mandó varias veces que le llevasen almendras e higos
secos para hacer un poco más agradables las austerísimas
comidas; pero se enteró que siempre él ponía aquellas
frutas en una caja de cartón y las distribuía entre los
niños y los mendigos, cuando creía no ser visto por nadie. Un día, no se sabe
cómo ni por quién, la madre San Miguel supo la verdadera
identidad del hermano Carlos de Jesús; pero, respetando su silencio y
deseo de ser olvidado, no le dijo ni una palabra. Sin embargo, quiso ponerle
a prueba. Se acercaba el 6 de agosto, fiesta
de la Transfiguración. Como todos los años, la mayor parte de
los cristianos de Nazaret y de los alrededores haría dos horas de
camino para subir al monte Tabor en romería. Sin embargo, esto, como
otras veces, terminaría en jolgorio, con bailes y embriagueces. La víspera de la fiesta, la
madre abadesa mandó a la hermana Marta que fuera a decir al hermano
Carlos que debía subir necesariamente al monte Tabor. Carlos, que había
oído hablar de aquella anual romería, tan irreverente, no
sentía ningún deseo de asistir. «No conozco el
camino», trató de excursarse. «No se preocupe, nosotras se
lo indicaremos», le contestó la hermana Marta. Carlos inclinó la cabeza,
resignándose a obedecer, y se dirigió a la capilla para orar.
Poco después volvió la hermana Marta. «Tenga, hermano -le dijo-,
ésta es la escalera para subir al Tabor». Le puso en las manos
una escalerita de cartón, en cuyos peldaños estaban escritas,
con la bonita caligrafía de las monjas, las virtudes que se deben practicar
para subir a la montaña santa de Dios... La hermana Marta no pudo
contener su alegre risa y el hermano Carlos le hizo coro. Creyó que las monjas
habían querido burlarse de él -no sospechó que, bajo la
broma, lo que habían hecho era ponerle a prueba- y se alegró de
que, en el fondo, le tuvieran por simple. Porque no deseaba otra cosa que ser
escarnecido y despreciado y empezaba a sufrir a causa de que las clarisas le
tratasen con muchos miramientos. El hecho es que, a la vez que habían comenzado
a conocerlo mejor, a través de las noticias de las legas, lo admiraban
cada vez más. «Afortunadamente no es
así en Nazaret», pensó Carlos. En efecto, cuando iba a la ciudad
a buscar el correo, siempre había algún granuja que le
insultaba o se reía de él, al verle vestido con aquellos
pintorescos harapos. Una vez le persiguieron a pedradas, y para Carlos fue
aquel un día de alegría. «Días dichosos»
como aquel, que señalaban ante él mismo las etapas de su
descenso, de la renuncia llevada al extremo, de la abyección elevada a
ideal, hubo muchos. Bastará recordar algunos. El hermano Carlos de Jesús,
que se cortaba el pelo él mismo, medio arrancándoselos con una
vieja navaja oxidada, un día se arrodilló delante de un padre
carmelita, que había ido de visita al convento, y le pidió su
bendición. Aquél, al ver una cabeza tan horrible le dijo:
«Amigo, ¿no tendrás por casualidad sarna?». En otra ocasión, las monjas
le encargaron que acabara con un zorro que, desde hacía algún
tiempo, entraba todas las noches en el gallinero del convento y
cometía grandes destrozos. Rogaron a un vecino que le prestara un
fusil. Este llegó con el arma, vio a aquel criado andrajoso y
despeluchado, le pareció un poco tonto y se sentó a su lado
para explicarle, durante dos horas, con palabras muy sencillas, lo mismo que
si hablara con un niño o un retrasado mental, el modo de disparar.
Carlos de Foucauld, que había estado en dos escuelas militares, que
había sido oficial y había combatido en Argelia y explorado
Marruecos, le dejó la satisfacción de darle aquellas
instrucciones, aceptando también todo el desprecio que encerraban.
Más tarde, al anochecer, se puso al acecho detrás de un olivo,
exactamente como le había sido indicado. Esperó varias horas,
sin ver siquiera la sombra del zorro. Después se puso el fusil sobre
las rodillas y pasó el resto de la noche rezando el rosario. Al alba,
cuando volvió al convento de las clarisas, supo que el zorro
había hecho su acostumbrada visita al gallinero. Todo Nazaret se
rió a su costa. Otra vez, un predicador, de paso,
comió en el locutorio de las clarisas. Era tiempo de Navidad,
así que los alimentos que el hermano Carlos sirvió a la mesa
fueron excepcionalmente buenos y abundantes. Al final, quedaron en los platos
algunos restos. «Ahora te toca a ti -le dijo
el predicador, levantándose-. Siéntate y come bien, por lo
menos esta vez...» Carlos leyó en los ojos del
fraile la buena intención; pero también cierto deseo de gozar
de la escena de un atracón memorable. Evidentemente le juzgaba un
tragón. No quiso desilusionarle y, aunque aquellos alimentos le
repugnaban, decidió comerlos. Farfulló una inacabable serie de
«gracias» y se lanzó sobre los platos, cogiendo con las
dos manos los restos que habían quedado en ellos, devorándolos
con toda la avidez que logró fingir. ¡Le habían tratado
de glotón, qué felicidad! Había descendido otro
peldaño en la escala de las humillaciones. Otro día que podía
haber sido de dicha plena, lo fue solamente a medias. Se encontraba en el
patio de las legas, cerniendo lentejas. Pasaron dos religiosos franceses y
les oyó un comentario irónico a su respecto, por estar haciendo
aquel trabajo de mujer. Enrojeció hasta las orejas. Aquel rubor le
quitó la alegría de la nueva humillación. No lograba
perdonárselo: «¿Por ventura Jesús se hubiera
avergonzado, aquí en Nazaret, de ayudar a su madre?». Trató, en suma,
apasionadamente, día tras día, de convertirse, cada vez
más, en objeto de risa, y desprecio, a fin de anular su
«yo» y ser, en la mayor medida posible, una sola cosa con Cristo
burlado y desprepciado. El día de
Pentecostés escribió entre sus apuntes una nota dirigida a
sí mismo, que años más tarde había de adquirir el
dramatismo de una profecía: «Piensa que debes morir
mártir, despojado de todo, tirado en tierra, desnudo, irreconocible,
cubierto de sangre y heridas, muerto violentamente y dolorosamente.., y desea
que sea hoy...». ¿Qué más
podía hacer Carlos de Foucauld, que no hubiese hecho ya en aquellos
primeros meses pasados en Nazaret, para arrancar de lo profundo de su ser las
raíces del «hombre viejo», de que habla el apóstol
Pablo? Sin embargo, él pensaba que no había logrado toda la
expoliación de sí mismo que debía. Por ello, del 5 al 15
de noviembre entró en retiro: de la capilla a la barraca, en el
más absoluto silencio, siempre en meditación y plegaria. Esta subida a la montaña de
Dios, hecha de mortificaciones, ayunos, vigilias y una pasión siempre
ardiente de ser despreciado, no pasó inadvertida a las clarisas, las
cuales le seguían, en todos sus detalles, a través de las
noticias que llevaban las legas, quienes eran las que trataban con él. La abadesa, madre San Miguel,
quiso conocer al hermano Carlos más íntimamente, para lo cual
mantuvo con él una serie de conversaciones a través de la
cortina negra que cubría la reja. Nació así entre los
dos, y paulatinamente se fue reforzando, un vínculo espiritual
extraordinario, sin que sus ojos se llegaran a ver jamás. En un determinado momento, la
madre San Miguel informó del caso a sor Isabel del Calvario, abadesa
de las clarisas de Jerusalén, la cual también quiso conocer
personalmente a Carlos. Cuando éste llegó ante la reja
-corría julio de 1898-, ella comenzó a interrogarle y Carlos le
contó a grandes rasgos toda su vida. La madre Isabel le retuvo
algún tiempo junto a su monasterio: «Nazaret no se ha equivocado
-dijo, cuando concluyó su examen-; verdaderamente es un hombre de
Dios: tenemos en casa un santo». Seguidamente, de acuerdo con la madre
San Miguel, empezó la tarea de convencerle para que se hiciera
sacerdote. Como se suponía, Carlos
rechazó inmediata y decididamente aquella proposición. Pero
insistiendo un día y otro, repitiéndole que no tenía
derecho a enterrar los talentos que Dios le había concedido, la abadesa
advirtió, con enorme alegría, que se abrían las primeras
grietas en la coraza de su resistencia. El continuaba afirmando su
indignidad, diciendo que no creía posible una conciliación
entre el ministerio sacerdotal y su vocación al último puesto,
a la abyección; pero ya había comenzado a admitir que quizá
pudiera aceptar la idea de hacerse sacerdote si hubiera tenido la certeza de
poder permanecer humilde y pobre, ignorado y despreciado. Dos años más tarde,
el 9 de junio de 1901, después de un retiro en su querida trapa de
Nuestra Señora de las Nieves, entre los fríos montes de
Vivarais, en Francia, monseñor Montéty, obispo de Viviers, le
impuso las manos para ordenarle sacerdote. La madre San Miguel y la madre
Isabel del Calvario, que habían sido intérpretes de la voluntad
de Dios, veían realizadas su esperanza. Carlos se había puesto
una nueva vestidura, esta vez la negra sotana del sacerdote, que
añadía a la larga serie de sus trajes. A los cuarenta y dos años
cumplidos, una nueva vida se abría ante él. Era sacerdote de la
diócesis de Viviers; pero, en principio, se había asegurado una
completa libertad para residir fuera de la misma. ¿Dónde? No existía problema de
elección para él. Sabía perfectamente, desde mucho
tiempo atrás, a qué lugar se dirigiría. «En la
soledad de la preparación al diaconado y al sacerdocio
-recordará más adelante- comprendí que aquella vida de
Nazaret, que consideraba como mi vocación, debía vivirla no en
Tierra Santa, tan amada, sino entre las almas más enfermas, las ovejas
más abandonadas. Este divino banquete, del cual yo iba a ser ministro,
era preciso ofrecerlo no a los parientes, ni a los ricos vecinos, sino a los
cojos, a los ciegos, a los pobres, es decir, a las almas sin la ayuda de un
sacerdote». ¿África, entonces?
Precisamente, no podía ser otro lugar que «su» África.
Tanto más cuanto que habían sido los musulmanes de Marruecos,
sin querer, los primeros en orientarlo hacia Dios. Ahora quería
devolverles el ciento por uno. Era entre ellos donde deseaba ser testigo del
verdadero Dios. Los recuerdos de dieciocho años atrás afloraban
claros en su mente: «En el interior de Marruecos, tan extenso como
Francia y con diez millones de habitantes, no hay un solo sacerdote. En el
Sahara, siete u ocho veces mayor que Francia, y bastante más poblado
de lo que en un tiempo se creyó, apenas se encuentran una docena de
misioneros. Ningún pueblo me parece más abandonado que
éste...». Sabía que, después
de la muerte del sultán Muley Hassán, la situación en el
interior de Marruecos se había hecho todavía más
caótica y que toda la frontera argelino-marroquí estaba en
llamas. Exceptuadas las localidades donde había una fuerte
guarnición francesa, pocos oasis argelinos situados en las
proximidades de la frontera con Marruecos se podían considerar a
cubierto de las incursiones de los guerrilleros marroquíes. Solamente muy al sur, en el
corazón profundo del Sahara, los franceses habían hecho
algún progreso, completando la ocupación, entre otros, de los
oasis de Saoura, habitados por una de las más extrañas
poblaciones de origen árabe, negra y hebrea. Ahora bien, aquellos
oasis -Carlos lo sabia perfectamente- se extendían hasta las fronteras
del sur de Marruecos. Era allí donde debía
ir. Y su sueño -siempre impedido, pero jamás abandonado, de
fundar la Congregación de los Hermanitos de Jesús- se
unió a la nueva decisión: «Nosotros fundaremos junto a la
frontera marroquí no una trapa, no un grandioso y rico monasterio, no
una empresa agrícola, sino una especie de humilde eremitorio, donde
pocos monjes pobres podamos vivir con una escasa cantidad de fruta y trigo,
cultivados con nuestras propias manos, en una rigurosa clausura, haciendo
penitencia y adorando al Santísimo, sin salir jamás de los
límites del eremitorio, sin predicar jamás; pero ofreciendo
hospitalidad a quien la pida, bueno o malo, amigo o enemigo, musulmán
o cristiano... Creo que habéis comprendido lo que yo quisiera:
construir una zaouia de oración y hospitalidad, para hacer irradiar el
Evangelio, la verdad, la caridad, a Jesús». Era tal su amor a Marruecos que,
para denominar el eremitorio que soñaba, no dudaba en emplear una
palabra árabe: zaouia, que significa «centro de una fraternidad
religosa musulmana». En septiembre de 1901,
Carlos de Foucauld desembarcó en Argel; pero en seguida sus proyectos
encontraron serias dificultades. El Saoura era todavía considerado
zona de operaciones y los militares no soportaban la llegada de civiles. En
cuanto a sacerdotes, el gobernador general de Argelia era absolutamente
contrario a que pusieran allí los pies, por temor, decía, a
indisponer todavía más a los musulmanes. Si además un
clérigo se presentaba, como Carlos de Foucauld, anunciando su
intención de fundar una nueva congregación, esto todavía
hacía más categórica la negativa. Por fortuna, Carlos
encontró en Argel a bastantes de sus antiguos compañeros de
armas, algunos de los cuales ocupaban importantes puestos de mando en
África del Norte. Fueron éstos quienes consiguieron allanar,
una tras otra, todas las dificultades. Así que, después de
haber estado cerca de un mes en descanso forzoso, Carlos obtuvo permiso para
ponerse en viaje hacia los oasis del Saoura, exactamente hacia Beni
Abbés, ya que éste, según las informaciones que le
habían dado, era el que mejor se adaptaba a sus planes, pues
comprendía algunos poblados indígenas, se alojaba en él
una guarnición francesa, ni un solo sacerdote había en sus
proximidades y por añadidura era el más cercano al sur de
Marruecos. Carlos, para emprender el camino,
se puso una nueva vestidura, esta vez la misma de los indígenas
saharianos: una blanca gandourah y un cheché de igual color.
Únicamente llevaba dos signos que le distinguían: un grueso
rosario de cuero pendiente de la cintura y un gran corazón rojo, sobre
el cual había una cruz también roja, colocada en el pecho de la
blanca gandourah. Tomó un viejo tren que,
traqueante y lento, llegaba hasta unos pocos kilómetros antes de
Figuig, un oasis más bien turbulento. De allí en adelante no
había más que un camino que, marchando paralelo a la invisible
frontera de Marruecos, conducía a Beni Abbés. Carlos quiso hacer el camino a
pie; pero se lo impidieron. «No son éstos lugares por los cuales
se pueda andar según el gusto de uno. !A caballo, monsieur
l'abbé!». Carlos aceptó el caballo y
se puso en camino confiado a las escoltas de un lugarteniente, que regresaba
de permiso, y un grupo de soldados indígenas. No les acompañaremos en su
viaje a través de las dunas del Sahara. Mejor esperarles a las puertas
de Beni Abbés, donde el círculo de peladas colinas del desierto
se abre y se descubre a la mirada de quien llega, al otro lado de una llanura
de aridez lunar, la cinta brillante de las aguas del oued Saoura, que suaves
y caudalosas, envuelven un bosque de siete u ocho mil palmeras verdes
oscuras; desde aquí, un espolón de roca amarilla prorrumpe
gigantesco hacia el cielo. Si Carlos de Foucauld pensaba
vivir en el Sahara más oculto que en Nazaret, pronto le fue quitada
esta ilusión. El capitán Regnault, que mandaba la
guarnición local, salió a su encuentro en
compañía de todos los oficiales y, desde los tres poblados,
escondidos entre los huertos y los árboles frutales del encantador
oasis, vinieron los jefes de aquel millar y medio de habitantes, de raza
mitad negra y mitad bereber. Su fama de húsar brillante,
valeroso soldado del cuerpo de Cazadores de África e intrépido
explorador de Marruecos, había llegado unos días antes que
él. Ya podía presentarse, estrechando las numerosas manos que
se le tendían, como «hermano Carlos de Jesús».
Intento inútil. Le habían bautizado ya a su manera, apenas
recibieron de Argel la noticia de que le iban a tener entre ellos: los
franceses le llamaban «padre Foucauld» y los árabes
«marabuto del corazón rojo». Los unos querían que
se alojase en el fortín y los otros en los poblados. Pero el fortín, aunque
austero, era demasiado confortable y las aldeas demasiado floridas. Su puesto
estaba fuera del fortín y fuera de las aldeas, en pleno desierto, solo
ante Dios, pero al mismo tiempo no demasiado lejos de aquellos hombres que
tenían necesidad de él. Es más, encontrándose
cerca de la frontera entre Argel y Marruecos, su puesto no podía estar
más que en el lugar de división entre franceses y
árabes, entre cristianos y musulmanes.
«Para recibir la gracia de
Dios -escribió aquella misma noche a un amigo trapense- es preciso
vivir algún tiempo en el desierto: aquí es donde uno se
vacía, se desembaraza de todo aquello que no es Dios, se libera
completamente la habitación de nuestra alma para dejar el sitio
sólo a Dios. Los hebreos pasaron por el desierto; Moisés
vivió en él antes de ser encargado de su misión; San
Pablo, San Juan Crisóstomo, también fueron preparados en el
desierto... Es un tiempo de gracia, una condición por la cual el alma
que quiera dar fruto debe pasar necesariamente. Es preciso este silencio,
este olvido de todo lo creado, pues en él Dios edifica su eremitorio y
crea el espíritu interior... Subid todavía más arriba:
mirad a San Juan Bautista, a nuestro Señor mismo. El no tenía
necesidad; sin embargo quiso darnos ejemplo...» Después escribió
también a su prima María de Bondy. para pedirle dinero.
Necesitaba un millar de francos destinados a comprar al caíd de Beni
Abbés el árido terreno de la cuesta, porque justamente a lo
largo de aquella pendiente esperaba encontrar un poco de tierra cultivable.
El dinero llegó pronto y Carlos puso manos a la obra. Tenía que
levantar el pequeño eremitorio, cavar la tierra para plantar un
huertecillo, poner de nuevo en funcionamiento los viejos pozos del fondo de
la hondonada y plantar en torno de éstos algunas palmeras y olivos.
Comprendió bien pronto que él solo no lograría hacerlo. Pero
el capitán Regnault, sospechando la misma cosa, le envió varios
soldados para que le ayudasen, al menos, a preparar el adobe.
Lo primero que construyó
fue la capilla. No se parecía en nada a una iglesia, ni siquiera a la
más mísera del más olvidado valle de Europa. Si no
hubiese sido por la pequeña cruz de madera que tenía en el tejado,
no se la habría podido distinguir, externamente, de las demás
chozas árabes de aquellos contornos. Por dentro no se diferenciaba en
absoluto de las cinco habitaciones que se estaban levantando a su alrededor.
Una de éstas estaba destinada a celda de Carlos, otras dos para los
huéspedes que pudieran llegar y las restantes para los
hipotéticos compañeros que, en su sed de unidad en la caridad,
esperaba siempre que se agregarían a él.
El 1 de diciembre de 1901, Carlos
celebró por primera vez la misa. «Quien no ha asistido a aquella
misa -contó después el viejo soldado que le ayudó-, no
sabe lo que es una misa. Cuando pronunció el Domine, non sum dignus,
el padre Foucauld puso tal acento, que los presentes lloraron con
él...». |
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Fuentes: www.abandono.com |