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Caminando con Jesus Pedro Sergio Antonio
Donoso Brant |
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CARLOS DE FOUCAULD DIRIGIENDOSE AL SURESTE TRAS LA PISTA DEL
SEÑOR |
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Al final del verano de 1901,
cuando Carlos dejó Francia para dirigirse a África -esta vez
como sacerdote, no como soldado o explorador-, para explicar el sueño
que acariciaba desde hacía tanto tiempo, se sirvió de una
palabra árabe: zaouia, que significaba, para los musulmanes, el lugar
donde se reúnen para vivir juntos los miembros de una fraternidad
religiosa. «Nosotros fundaremos, junto a la frontera marroquí...
una zaouia de oración y hospitalidad», escribió,
¿lo recuerda?
Carlos levantó en torno a
su eremitorio un muro para cerrarlo. Muro tal vez sea una palabra excesiva;
en realidad, era un montón de piedras colocadas en fila, las cuales
casi se confundían con las otras que había en la inhospitalaria
pendiente. Sin embargo, representaba un límite que Carlos se
había impuesto no superar sino en caso de absoluta necesidad, y con el
cual reforzaba tanto el vinculo que lo unía a la clausura, como la
barrera del desierto que había colocado entre si y el oasis. Sin
embargo, era una barrera sólo para él, porque cualquiera, desde
el exterior, la podía traspasar sin esfuerzo. Para los otros, para
todos los demás, soldados y oficiales franceses, árabes y
bereberes, caídes y mendigos, cristianos y musulmanes, enfermos y
esclavos -sobre todo los esclavos- no había ningún impedimento,
aquella barrera no tenía razón de ser y en la práctica
no existía. El capitán Regnault, que
mandaba la guarnición francesa del fortín de Beni Abbés,
escribió aquellos días, en el parte que enviaba a Argel a sus
superiores: «Deseando continuar la vida de clausura, el reverendo padre
de Foucauld ha colocado, en el terreno que rodea su casa, límites que
no supera jamás. Con la ayuda de indígenas, que ha pagado con
dinero suyo, ha sembrado de cebada la pendiente al este del eremitorio.
También ha excavado pozos que le permitirán regar. Vive de los
dátiles y el pan que le pasa la administración. El dinero lo
emplea en comprar harina, cebada y dátiles, que regala a los pobres.
No obstante las repetidas instancias de los señores oficiales de la
guarnición, no ha querido cambiar de alimento. Las legumbres que se le
mandan, con el fin de que mejore su comida, van a parar a manos de los pobres
o de gentes de paso que encuentran refugio en su casa. Los indígenas
del Saoura sienten hacia el reverendo padre de Foucauld una profunda
veneración. Su generosidad y abnegación les producen maravilla
y admiración...»
Aquellos infelices eran sometidos
a fatigas agotadoras, sobre todo la de sacar agua de los pozos con
cántaros, frecuentemente sin la ayuda de una polea, de la
mañana a la noche, para regar las palmeras. Si hacían el
trabajo con lentitud, los latigazos arrancaban trozos de piel de sus espaldas
de ébano. En caso de que se les ocurriera huir, eran perseguidos a
golpe de fusil como si se tratase de fieras. Cuando eran capturados con vida,
se les cortaban los tendones de los pies para que no pudieran volver a
correr. «Los esclavos -anotaba Carlos- no reciben nada por su trabajo;
por lo tanto, jamás les será posible rescatarse. Su miseria
material es extrema; pero la moral es todavía peor: casi sin fe
religiosa, viven en el odio y en la desesperación...» El conocía, quizá
mejor que nadie, las condiciones inhumanas en que vivían y el
sufrimiento furioso que atormentaba su ánimo. Alrededor de una
veintena de esclavos saltaban todos los días el bajo muro que
había construido y pedían que les diera refugio en su Khaoua.
Para todos buscaba palabras de caridad, que fuesen capaces de aplacar sus
corazones, para todos encontraba un pan, un lecho y mucha, muchísima
amistad. Pero cuando todos, absolutamente todos, se arrojaban a sus pies y
dando alaridos le suplicaban que los liberase, Carlos comprendía que
para aquellos desgraciados no bastaba la amistad, ni eran suficientes las
buenas palabras, el pan y el lecho.
Bastó la liberación
de estas pocas criaturas para que la noticia de la misma corriese como el
viento e hiciera estremecer todas las palmeras del Saoura y, desde todos los
oasis, los infelices marcharan en largas filas hacia la «Khaoua del
Sagrado Corazón» como si se dirigiesen hacia la libertad. El hecho, clamoroso, alarmó
a los dueños de esclavos de todas las tribus de la zona, los cuales
protestaron vivamente ante los oficiales de la guarnición de Beni
Abbés. Los oficiales de la guarnición se alarmaron a su vez
temiendo, tanto la reacción de los notables indígenas, como la
reprobación del gobierno. (Efectivamente, si lo que soplaba en los
oasis saharianos era, en aquellos días, viento de liberación,
lo que soplaba en Francia era, más que nunca, viento de
masonería, y el gabinete Combes no toleraba ninguna
«intrusión de clérigos», empeñado como
estaba en la lucha contra las congregaciones religiosas). Los militares, por ello, invitaron
a Carlos a obrar con la máxima prudencia. Pero éste no
podía poner de acuerdo la prudencia con los horrores de la esclavitud,
que todos los días contemplaba en aquellos que veía, y obró
con la máxima energía. Escribió a París, al
capitán de Castries, primo suyo. Sabia que éste ocupaba un buen
puesto en el Ministerio de Asuntos Indígenas y tenía
«influencias» -como se diría hoy- con algunos diputados
notables de la Asamblea Nacional. También envió una carta a
monseñor Guérin, que representaba en aquellas tierras la
autoridad de la Iglesia: «La esclavitud es un asunto doloroso, y
nosotros los franceses, consintiéndola y hasta sosteniéndola,
no conseguimos otra cosa que hacernos despreciar... Los indígenas
saben que la condenamos, que entre nosotros no está permitida...; y
cuando ven que nos prestamos a su juego, se dicen: "No tienen valor para
impedírnoslo, tienen miedo de nosotros". Nos desprecian y con
razón... Nadie en el mundo tiene el derecho de remachar las cadenas de
estos infelices, que Dios ha creado libres como nosotros. Permitiendo a sus
presuntos amos retenerlos por la fuerza, darles caza cuando huyen, llevarlos
consigo otra vez cuando vienen a echarse a los pies de las autoridades
francesas, en busca de refugio y de justicia, nosotros les robamos el
más precioso de los bienes... No tenemos el derecho de ser perros
mudos o centinelas sordos: debemos gritar cuando vemos el mal... No hay otro
remedio para esta vergüenza y esta injusticia que la liberación
de los esclavos. No hay razón política ni económica en
el mundo que pueda justificar esta inmoralidad, esta iniquidad...» No sabemos cuánto pudo
hacer monseñor Guérin en el ambiente de envenenado
anticlericalismo que había en Francia; tampoco qué labor
había sabido ejercer el primo de Castries, trabajando en los
engranajes del aparato del Estado. Sabemos, sin embargo, que Carlos de
Foucauld hizo toda su parte, hasta el final. Y por los hechos que sucedieron
en el oasis de Beni Abbés, y en los que estaban cerca, nos creemos
autorizados a pensar que en más de una ocasión logró
convencer al capitán Regnault de que tomase localmente medidas
antiesclavistas, a pesar de los intereses, y también en contra de los
intereses, del gobierno de París y de las autoridades civiles de
Argelia.
Carlos estaba escribiendo un
esbozo de regla para las Hermanitas de Jesús. Aunque llevaba muchos
años esperando en vano la llegada de varones que quisieran formar una
comunidad con el título de Hermanitos, Carlos, en lugar de declararse
fracasado, proyectaba la creación de grupos femeninos que vivieran al
estilo de Nazaret en tierra de misión. Se encontraba escribiendo esta
regla, mientras la situación en el Sahara se iba agravando de
día en día. En julio de 1903, después
de algunos esporádicos ataques de tanteo contra uno u otro oasis
fronterizo, doscientos guerreros marroquíes cayeron, por sorpresa, en
las cercanías de Beni Abbés, sobre un destacamento de cincuenta
fusileros argelinos, realizando una matanza de veintidós bajas. El
capitán Regnault ordenó inmediatamente una expedición de
castigo y, al frente de ochenta hombres, consiguió cortar el camino
por el cual los asaltantes pensaban refugiarse en Marruecos, los
sorprendió en retirada y puso a una veintena fuera de combate. El oasis de Beni Abbés
tributó los honores del triunfo al capitán Regnault; pero al
jerife Muley Mustafá, en respuesta, declaró la guerra santa.
Reunió cuatro mil guerreros bereberes y, a su cabeza, y a la cabeza de
sus mujeres y sus hijos -cerca de nueve mil personas-, de sus camellos, de
sus asnos y de sus cabras, marcho contra los oasis del Saoura. En el curso de
pocas horas, el de Taghit, mejor abastecido que otros por ser el más
poblado, fue invadido por una muchedumbre de gentes aterradas que
habían huido desordenadamente de los oasis vecinos, más
pequeños y peor defendidos. En aquél caos indescriptible, el
capitán de Susbielle, jefe de la guarnición y antiguo
compañero de armas de Carlos, tuvo que preparar precipitadamente la
defensa, sin más medios que dos cañones de 80 y cuatrocientos
setenta hombres. La marea humana de Muley
Mustafá avanzó entre las dunas, con el impresionante aspecto de
una emigración bíblica. Durante tres días consecutivos
atacaron, primero en masa y después en grupos separados. Pero Taghit
consiguió sostenerse y el jerife tuvo que retroceder hacia Marruecos,
dejando en el campo mil doscientos muertos. Por desgracia, durante la
retirada, doscientos de sus guerreros se encontraron, en las proximidades de
El Mungar, con un centenar de legionarios que daban escolta a un convoy, y se
vengaron de ellos. Cuando el capitán de Susbielle acudió en su
ayuda, sólo encontró sobre la arena del Sahara muertos que
sepultar y cuarenta y nueve heridos, a los que recogió y llevó
a Taghit. La noticia de los combates
llegó a Beni Abbés y sembró el pánico en las tres
aldeas del oasis. Carlos comprendió que, en aquel momento, el muro que
circundaba su eremitorio cesaba de tener significado también para
él. Su puesto estaba al lado de aquellos cuarenta y nueve heridos,
pues eran entonces sus hermanos más necesitados. Se presentó en el
fortín, donde pidió un caballo y permiso para dirigirse a
Taghit. «Es una locura», le dijeron
los oficiales de la guarnición; pero terminaron por entregarle el
caballo. El, calzadas las espuelas y envuelto en un burnous,
desapareció entre las dunas al galope. «Lo conseguirá -dijo
el capitán Regnault a quienes le miraban con expresión de reproche,
como si él hubiera consentido al eremita del Sagrado Corazón ir
a la muerte-, lo conseguirá. Os lo digo yo, porque él no lo
confesará jamás: puede atravesar sin armas todo el territorio
en revuelta. Nadie le tocará un cabello, porque es sagrado». En efecto, lo consiguió. Cuando el capitán de
Susbielle le vio salir, de su primera entrevista con los heridos, conociendo
muy bien a aquellos hombres que, endurecidos en la Legión Extranjera,
masticaban mucho tabaco pero poca religión, le preguntó con
algo de ironía en la voz: «Cómo te ha ido, querido padre?
¿Te han acogido con las debidas consideraciones tus nuevas
ovejas?». «Vaya, es necesario
algún tiempo para que nos conozcamos -respondió Carlos,
brillándole en los ojos una sonrisa-; pero lo haremos. Ahora soy feliz
por estar junto a ellos». Permaneció allí tres
semanas. Pero «no necesitó mucho tiempo para conquistarlos a
todos con su dulzura, su solicitud en todo momento y su alegría
-contará más tarde el capitán Susbielle-. Cuando entraba
en las habitaciones, se disputaban el tenerle los primeros junto a su cama y
que estuviera el mayor tiempo posible, a pesar de las protestas de los otros.
El padre, infatigablemente, escribía sus cartas, los animaba,
conversaba con ellos en voz baja y poco a poco empezaba a hablarles de Dios y
de la religión. Recuerdo a uno en particular: era de origen
alemán y tenía un pasado más bien borrascoso.
Había recibido una herida gravísima en el pecho y el
médico desesperaba de poder salvarlo. Al principio acogió al
padre bastante mal; pero, al cabo de un par de días, no fue capaz de
seguir resistiendo. Y, como todos sus compañeros, al fin se
confesó y comulgó». Después de los hechos de
Taghit y El Mungar, el gobierno de Paris pidió al ejército
«un hombre fuerte». Y el ejército envió a Argelia
al general Lyautey, otro antiguo compañero de Carlos, húsar con
él en Sézanne, también Cazador de África con
él durante la campaña de 1881. Quiso la casualidad que Lyautey
tomase posesión de su mando en Ain-Sefra precisamente cuando Carlos pasaba
por allí, de retorno de Taghit. «Permaneció conmigo
tres días -contará después el general-, aceptó de
buen grado ser mi huesped y comer en mi mesa. A los demás comensales
los conocéis bien, eran el comandante Henrys, el capitán
Berriau, el capitán Poemyrau y otros: todos gente alegre, tipos llenos
de brío. Hablamos mucho, es verdad, de su documentación
científica sobre Marruecos y de los problemas africanos. Pero,
vosotros me compredereis bien, nosotros somos militares, no podemos tratar
solamente durante tres días de asuntos serios. El hecho fue que, de
una conversación a otra, más de una vez nos olvidamos de que el
padre Foucauld no era el subteniente de Foucauld. El nunca dio muestras de
escandalizarse y ni siquiera se negó a tomar la copa de champán
que tenía delante. ¡Ah, muchachos, me parece estar
viéndole cuando, en un determinado momento, pidió a Poemyrau
que tocase una canción en el piano! Me dije a mi mismo:
"Está bien, será un santo; pero al mismo tiempo no parece
que le disgusta divertirse un poco con viejos compañeros".
¡Nada de divertirse, muchachos! Escuchad lo que pasó
después. Enseguida de haberse marchado él, recibí un
telegrama de Argel que me anunciaba la llegada, una hora más tarde, de
una caravana de turistas muy importantes. Llamé a mi asistente y le
ordené que arreglase en pocos minutos la habitación del padre
Foucauld. "Mi general -me contestó-, todo está
perfectamente. No ha tocado nada. La cama no la ha deshecho. Las tres noches
ha dormido en el suelo, sobre el pavimento, envuelto en su burnous".
¿Comprendéis? Sólo entonces me di cuenta con qué
discreción y con qué amabilidad había buscado, ante
todo, que su presencia en nuestra mesa no molestase a nadie y después,
para compensar aquella infracción pasajera e involuntaria de su regla,
se había impuesto una mayor austeridad». Unas semanas más tarde, el
general Lyautey tuvo que ir a Beni Abbés. Eran días
difíciles: consiguió llegar gracias a una buena escolta y
abriéndose paso a tiros. Enseguida buscó a Carlos, y
éste le dijo que, la mañana siguiente, salía de viaje
para Argel. «¿Cómo?
¿Mañana? Ni pensarlo, amigo, tendrás que retrasar la
salida dos o tres días. Viajarás con migo, porque antes no me
es posible disponer una escolta, sólo para ti». Carlos le contestó que
tenía sus asuntos y trataba de solucionarlos con la mayor
brevedad, por lo cual partiría a la mañana siguiente. Lyautey
se impacientó. «Mi general -intervino en
este momento el capitán Regnault-, el padre de Foucauld no tiene
necesidad de escolta. Puede pasar en medio de todas las bandas de
guerrilleros que merodean por el desierto sin temer un solo disparo. La gente
que se encuentre con él, se echará a tierra, besará el
borde de su burnous y le pedirá una bendición. Dejadlo
ir». «Así me fue revelado
-escribió algún tiempo después el general Lyautey- el
poder que aquel hombre, estimado por los musulmanes como un verdadero
marabuto, tenía sobre el Islam sahariano». De regreso a la «Khaoua del
Sagrado Corazón», Carlos comenzó de nuevo a hacer la vida
de Nazaret. Estaba redactando «El Evangelio presentado a los pobres
negros del Sahara» (por si ocurría que alguno de ellos, un
día, le solicitaba algo más que dátiles y cebada),
cuando le llegaron noticias de nuevos estallidos de violencia en
África. La última precisaba que también el Hoggar estaba
revuelto. Todo hacía pensar que Francia aprovecharía la
ocasión para intervenir y, después, quedarse en el territorio.
Un día a Carlos le
llegó una carta, procedente de In-Salah, el más grande de los
oasis argelinos dominado por los franceses al sur, precisamente en los
confines con el Hoggar. La escribía el general Laperrine, que mandaba
aquel territorio de los oasis. Habían sido amigos en la escuela de
Saint-Cyr y luego compañeros de armas en el IV de Cazadores de
África. El general le hablaba del temporal que se estaba condensando
en el cielo de allí; pero sobre todo le hablaba de los tuareg. La carta produjo en Carlos el
efecto de una fulguración. Llevaba varios años viviendo en la
Khaoua con los ojos y el corazón vueltos siempre hacia el Oeste, hacia
Marruecos; en aquel momento comprendió que el camino señalado
por el Señor tomaba otra dirección, precisamente la opuesta a
la por él deseada: le indicaba hacia el sureste hacia el país
de los tuareg, el pueblo perdido en el desierto de piedra, que ignoraba el
nombre de Cristo, y sólo podía ser visitado por él,
porque era el único sacerdote en el mundo, en aquel momento, que
tenía la posibilidad de conseguir autorización para partir
hacia el Hoggar. Entonces, una vez más, lo
abandonó todo. Había dejado una vida de aventuras galantes por
una vida de aventuras científicas; después dejó las
exploraciones por la trapa, luego ésta por el eremitorio de Nazaret, y
el eremitorio por la Fraternidad de Beni Abbés. Ahora traspasaba por
última vez el límite de piedra de su clausura para seguir, a lo
largo de los caminos del desierto, el mandato de Dios, y renunciaba
definitivamente a «su» Marruecos por el salvaje Hoggar. El corazón le sangraba:
«La naturaleza se me resiste de un modo increíble. Me rebelo -y
siento vergüenza- ante el pensamiento de dejar Beni Abbés, la
tranquilidad al pie del altar, y lanzarme a la aventura de nuevos viajes, por
los cuales hoy siento un horror indecible»;
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Fuentes: www.abandono.com |