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Caminando con Jesus Pedro Sergio Antonio
Donoso Brant |
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CARLOS DE FOUCAULD LOS HERMANITOS QUE CARLOS NO CONOCIO |
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Poco después, Paul Embarek, que había
conseguido escapar aquella noche, afortunadamente, del exterminio, y algunos heratinos de la aldea de Tamanrasset,
llegaron ante el fortín. Fue un espectáculo terrible el que se
ofreció a sus ojos. Llorando, recogieron el cuerpo de
Carlos de Foucauld y, tal como estaba, rodeado de
ligaduras, la espalda doblada hacia atrás, las rodillas plegadas, las
muñecas atadas a los tobillos, lo colocaron en el fondo del foso, bajo
los muros del fortín. A su lado pusieron los cuerpos de los tres meharistas, Bou Aicha, Boudjema bam Brahim y Kouider bem Lakhal,
y los sepultaron bajo un montón de piedras. Después Paul
Embarek, acompañado de un haratino, corrió a Fort Motilinsky, cincuenta kilómetros de desierto, y
llegó antes de la noche. Informó de la tragedia al
capitán de la Roche. La corneta tocó «a
formar» y, al frente de un grupo de sus hombres, el capitán se
lanzó en persecución de la banda de senusi.
Durante dos meses batió toda retama, todo hueco de aquel laberinto de
gargantas sombrías que hienden los montes de Hoggar.
Al fin, el 17 de diciembre, los alcanzó. Entonces gritó la
orden que, desde hacia quince días, le quemaba en la garganta: «¡Fuego a discreción!» Varios senusi
cayeron; pero el grueso del grupo consiguió rehuir
el combate y escapar.
Las manos del capitán de la
Roche temblaron. Limpió el viril de la arena que tenía pegada,
lo envolvió en un pañuelo de lino, lo puso en un bolsillo de su
chaqueta, sobre el pecho, y lo llevó consigo a Fort
Motilinsky. Pero en Fort
Motilinsky comenzaron las preocupaciones para el
capitán de la Roche. Recordaba una conversación que
había tenido con Carlos de Foucauld. Este le
había dicho: «Si me sucediera algo, os ruego que llevéis
el viril con el Santísimo a Ghardaia y lo
entreguéis a los Padres Blancos». Pero la situación cada
vez era más amenazadora en el Hoggar, a
causa de las infiltraciones senusis, y el
capitán no podía dejar el territorio que le había sido
confiado para subir tan al norte. Tampoco quería confiar la hostia
consagrada a las manos de nadie. ¿Qué hacer entonces?
¿Darse de comulgar a sí mismo? Alguna vez había
oído hablar de una solución de esta clase. Pero él no se
decidía a hacerlo. Por fin se acordó del
suboficial, un excelente muchacho, el más bravo de los suboficiales a su órdenes. Salieron del fuerte, en la majestad del
desierto, bajo la bóveda brillante del cielo, de cara al
Altísimo. El capitán de la Roche se puso los guantes blancos, saco
de su bolsillo el viril, quitó el pañuelo de lino y lo
abrió. De rodillas delante de él, el suboficial sacó la
Hostia y comulgó. Cuando, algunos días
más tarde, la noticia de los asesinos de Tamanrasset
-viajando con las caravanas de tuareg por los desiertos
de piedra del Hoggar- llegó a la tienda del aménokal Moussa,
éste estalló en un llanto desesperado y salvaje.
Después, se acurrucó sobre una estera y escribió a Maria
de Blic una carta en la que, entre los
propósitos más crudos de venganza despiadada -los cuales el
amigo muerto le hubiera reprochado con dulzura-, expresó, en nombre de
todo su pueblo, el verdadero y profundo significado del sacrificio de Carlos
de Foucauld. «¡Alabado sea el Dios único! -escribió-. A la
señoría de nuestra amiga María, hermana de Carlos,
nuestro marabuto, a quien los traidores y desalmados, las gentes de Ajjer, han asesinado... Desde el momento en que he tenido
noticia de la muerte de nuestro amigo, vuestro hermano Carlos, mis ojos se
han cerrado, todo es oscuridad para mí. He derramado muchas
lágrimas y estoy en un gran dolor. Su muerte me ha destrozado. Me
encuentro lejos del lugar donde los traidores y desalmados lo han matado,
pues ellos le han matado en el territorio de los Ahaggar
y yo estoy ahora en el Adrar; pero plazca a Dios que podamos alcanzar y
castigar a quienes han matado al marabuto, hasta hacer que nuestra venganza
esté completa. Saludad en mi nombre a vuestras hijas, a vuestro esposo
y a todos vuestros amigos, y decidles: Carlos, el marabuto, no ha muerto
sólo por vosotros, ha muerto por todos nosotros. Que Dios le dé
su misericordia y que nosotros podamos encontrarla en el
Paraíso». «El ha muerto por todos
nosotros». El Hoggar pregonaba, con esta
afirmación de su aménokal, el valor
sublime del martirio de Carlos de Foucauld.
¿Y después? Pasaron otros diez años. En 1927 se abría el proceso
informativo para la beatificación de Carlos de Foucauld
y su cadáver era trasladado a una tumba en el Golea. Pero hasta aquel
momento ninguna huella en el Sahara testimoniaba que alguien hubiera pasado
por allí para recoger el tesoro del ideal de Nazaret... ¿Y más adelante? Pasaron otros seis años. Y
finalmente, en 1933, René Voillaume daba
vida al primer grupo de Hermanitos de Jesús, reconociendo como
fundador y padre a Carlos de Foucauld, de quien se
declaraba sucesor. En 1939 nacían
también las Hermanitas de Jesús. Ya en 1933 había
surgido una congregación femenina de Hermanitas del Sagrado
Corazón; pero ésta, aunque haciendo suyo el ideal de Carlos de Foucauld, daba mayor importancia en su regla a la
contemplación. De la sangre vertida sobre el
suelo de Tamanrasset, convertida en semilla,
habían nacido en el transcurso de poco más de veinte
años, tres plantitas. Aquí vamos a hablar de las dos que se han
desarrollado con mayor fidelidad al ideal de Nazaret, tal como Carlos lo
concebía, lo describió en varios proyectos de regla, y, sobre
todo, los vivió. Al principio eran muy pocos. Pero
hoy sus Fraternidades están esparcidas por los cinco continentes. Los
Hermanitos de Jesús son más de cuatrocientos, las Hermanitas de
Jesús superan las ochocientas. Y sus noviciados no conocen crisis de
vocaciones. Viven en grupos de tres, cuatro,
cinco, en sus pequeñas Fraternidades, proletarios entre los
proletarios de las grandes metrópolis, nómadas entre los
nómadas de los grandes desiertos, en las mismas casas, en las mismas
tiendas, haciendo los mismos trabajos manuales. «Me cayeron en las manos,
hace algún tiempo -se lee de un reportaje publicado en el Ruhr-Bild-, dos
fotografías, que a primera vista me parecieron completamente
contradictorias. En la primera se veía el pequeño eremitorio de
piedra, construido por Carlos de Foucauld en 1910,
en el más absoluto aislamiento del mundo, sobre la cima desnuda del Asekrem, entre los picos torvos del Hoggar,
en el profundo sur del Sahara. En la otra, veía el alojamiento de la Fraternidad
de Roubaix, situado en un miserable callejón
sin salida, al cual se llega a través del patio interior de un
conglomerado de viviendas, habitadas por mineros y sus familiares. Las
bicicletas de tres Hermanitos, negras por el carbón, están
apoyadas en la pared. Dentro, evidentemente, apenas hay espacio para
moverse... ¿Contradicción? De ninguna manera. Trabajando en los
pozos de las minas de Roubaix y viviendo,
después de la jornada, en aquel hormiguero humano, los Hermanitos de
Jesús permanecen -en los años sesenta- completamente fieles a
la vida que llevó el hermano Carlos durante los dos primeros decenios
del siglo en el desierto del Sahara. Ellos dan el mismo testimonio». Nada, absolutamente nada poseen
los Hermanitos, ni siquiera sus pobrísimos alojamientos, que son todos
alquilados y que pueden ser, según el lugar del mundo donde se
encuentren, una barraca cualquiera en cualquier bidonvile,
o una cabaña de bambú, una cueva, un carromato de gitanos, una
tienda de nómadas o un par de habitaciones en cualquier barrio
popular, en la periferia de cualquier ciudad. Y tanto barraca, como choza,
carromato, cueva, tienda o apartamento, todo alojamiento de una Fraternidad
muestra, a quien entre, una pobreza igual: una mesa, algunos bancos, un par
de sillas, unos libros, camas sencillísimas... Siempre se nota la
misma paz, el mismo orden de vida. En todas ellas se advierte también,
inmediatamente, casi en el aire que se respira, que aquella pobreza es amada
por sí misma, como prenda y señal de desapego espiritual del
mundo. «El trabajo manual...
-escribió Carlos de Foucauld cuando era
todavía el hermano María Alberico, en
la Trapa de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, de Siria- este
trabajo más pesado de cuanto nos imaginamos... ¡te da tal
compasión por los pobres, tal caridad hacia los obreros, tal amor por
los trabajadores! Se sabe el valor de un pedazo de pan cuando se experimenta
cuánta fatiga cuesta producirlo. ¡Se aprende a tener tanta
piedad por quien trabaja cuando se comparten las mismas fatigas!...». Los Hermanitos de Jesús se
ganan el pan, día a día, literalmente con el sudor de su
frente. Sólo durante el período de noviciado, y en el
transcurso de los estudios posteriores, aceptan, obligados por la fuerza de
las cosas, alguna subvención, alguna ayuda. Pero una vez terminados
los estudios y pronunciados los votos perpetuos, pertenecen por entero a la
clase obrera, con todo lo que esto entraña. Hacen los mismos turnos de trabajo
que los demás trabajadores, de día o de noche, reciben los
mismos escasos salarios, toman parte en las huelgas justas, corren el peligro
de accidentes en los puestos difíciles, contraen las mismas
enfermedades laborales, porque, a todo esto, han dicho sí desde el
principio. Algunas fábricas, al saber
que son religiosos -y ellos no hacen nada por ocultarlo-, quieren concederles
privilegios, hacerles gozar de algunas ventajas. Pero los Hermanitos
rehúsan todo privilegio, rechazan todas las ventajas que
podrían alejarlos un sólo ápice de su ideal, que es el
mismo de Carlos de Foucauld: el último
puesto. Han prometido buscar siempre el último puesto, y lo buscan
tanto en los lugares donde trabajan como al elegir la casa donde vivir,
porque ya en la primera regla, redactada por Carlos en 1896, se establece que
vivan «allí donde están los más pobres»,
«se consagren, sobre todo, a aquellos que son los más
desheredados y los más abandonados». Los Hermanitos se consagran a los
más desheredados y a los más desamparados de un modo
completamente particular. Fiel al espíritu de Carlos de Foucauld y al ideal de vivir la vida de Jesús en
el ocultamiento de los primeros treinta años, una nota del prior
René Voillaume confirmaba en 1938 la
prohibición absoluta de cualquier acción de apostolado: ellos
no pueden aceptar ningún servicio para la parroquia, en ningún
caso su capilla se puede convertir en iglesia parroquial; tampoco, durante
las horas que están libres de trabajo, y se retiran a la clausura de
sus Fraternidades, no deben bajo ningún concepto dedicarse a obras que
tengan como objeto la conversión o la educación religiosa, ni
al cuidado de huérfanos, enseñanza en las escuelas o cualquier
otra actividad que esté en contraposición con su vida oculta de
silencio y de plegaria. Lo mismo con la gente que vive
junto a la Fraternidad, como con los compañeros en las fábricas
donde trabajan, los Hermanitos tienen las relaciones normales de vecindad y
amistad, sin jamás intentar de ninguna manera, ni con ningún
medio, obtener conversiones o bautismos. El Hermanito debe ser simplemente
«todo para todos» -escribo «simplemente», pero el
adverbio en este caso da vértigos- y, por ello, la puerta de su
Fraternidad está siempre abierta para cualquiera que llegue, a
cualquier hora del día y de la noche, como estuvo siempre abierta a
todos la «Kahoua del Sagrado
Corazón» en Beni Abbés,
el eremitorio de Tamanrasset y la cabaña de
piedra sobre la cima del Asekrem. En toda fraternidad, tanto en
Bélgica como en el Líbano, tanto en España como en el
Congo, los Hermanitos de todas las razas y de todas las nacionalidades dan
testimonio del carácter supranacional del amor cristiano acogiendo a
cualquiera que llame a su puerta, sea para pedir consejo, pan o un poco de
amistad. Esta voluntad de identificarse en todo y por todo con los más
pobres es la que les hace hablar el lenguaje de la gente que les rodea,
alimentarse con la comida propia del lugar, celebrar la misa, aquellos de los
Hermanitos que son sacerdotes, según el rito usado en el país,
vestir el traje corriente de trabajo excepto durante el servicio divino, para
el cual llevan una sencillísima túnica gris. En tierra
musulmana, por ejemplo, hablan el árabe, celebran según el rito
melquita y usan bournous. Y así en
ningún lugar de la tierra se comportan como extranjeros y,
actualmente, no son misioneros, ni sacerdotes obreros. Son religiosos
vestidos de laicos, que viven la pobreza de la era moderna, como los monjes
de la antigüedad vivieron la pobreza de su época. Lo que principalmente hay de nuevo
en los Hermanitos de Jesús, y nunca experimentado por la Iglesia hasta
ahora como método de evangelización, es «ese
carácter de total desinterés» -como escribe Robert Barrat- que tiene su
presencia entre los pobres. Ellos quieren ser simplemente siervos
inútiles, instrumentos en las manos de Dios. Si el Señor lo
quiere, algún alma será tocada por su testimonio de vida
evangélica. Alguien acudirá a ellos y, antes de pedir consejo,
pan o amistad, les hará preguntas sobre los motivos de su fe y de su
esperanza. Los Hermanitos responderán y será lo que Dios
quiera. Pero sin provocar jamás estos encuentros, sin suscitar
jamás tales preguntas, sin ejercer jamás ninguna presión
en las respuestas, porque los Hermanitos quieren ser nada más que
testigos mudos, frecuentemente incomprendidos, del amor de Dios entre los
hombres. Los resultados son
paradójicos. Cuanto más quieren permanecer ocultos los
Hermanitos, más acude la gente a sus Fraternidades. En las
fábricas, donde trabajan, los sencillos obreros comentan: «Por
fin hay frailes que viven como nosotros y como Cristo debió vivir». Pero no siempre y en todas partes
sucede lo mismo. A veces, sobre todo en las grandes ciudades, siempre que
cierta prensa sensacionalista no haga a costa de ellos un reportaje, y
entonces es peor, su mudo testimonio pasa inadvertido, parece desvanecerse en
el vacío religioso que los rodea. Entonces, hasta en el mismo sitio
donde viven, se sabe poco o nada de los Hermanitos, nadie se fija en ellos, y
en los lugares en que trabajan, todo lo más, surge un diálogo
de esta clase: «Qué es eso? ¿Una insignia?, y el obrero
indica el pequeño corazón rojo con la cruz encima, que el
Hermanito lleva en el revés de la chaqueta. -«Sí, es la insignia
de una orden católica...». -«No está mal.
¿La has pintado tú?». Nada más. El resto es una
indiferencia absoluta. Ninguna hostilidad, nada de ironías burlonas.
Un respeto distancialmente, en suma. Por la tarde, cansados por el
trabajo, los Hermanitos regresan a las Fraternidades, que son sus
células vitales. Principalmente porque en toda Fraternidad hay una
pequeña estancia dedicada a capilla donde, cada mañana o cada
tarde, celebran la misa, todos los días, también cuando la
fatiga los atormenta y se arrodillan delante del Santísimo para las
horas de oración cotidianas que la regla prescribe. No es en modo alguno fácil
mantener una vida de oración en las duras condiciones impuestas por el
trabajo manual y en el ingrato ambiente del miserable alojamiento, colocado
siempre en los lugares donde habitan los más pobres. Es una
ascética tremenda que, día tras día, comienza con las
primeras luces del amanecer, cuando hay que levantarse para decir la misa con
tiempo suficiente para luego estar puntuales en el puesto de trabajo; que
continúa durante toda la jornada, pues cada Hermanito se ha de
entregar con la caridad más pura y disponible a los compañeros
de trabajo, a los vecinos de su alojamiento y a los huéspedes que
pueden llegar de cualquier parte. Al mismo tiempo, desde el alba hasta la
noche, y así a lo largo de toda la vida, deben mantener el alma preparada
para la oración. Es natural que una vida semejante,
llevada según el espíritu de Carlos de Foucauld,
requiera una larga y profunda formación, sobre todo para hacer a los
novicios capaces de identificarse con cualquier aspecto de la pobreza en el
mundo. Las vocaciones son abundantes:
labradores, obreros, algunos sacerdotes, pero la mayoría son
intelectuales; lo cual tiene su aspecto positivo pero también su parte
negativa: «porque tenemos que aprender a trabajar», me
decía un Hermanito. Y no resultando ni simple ni fácil aprender
a trabajar con los brazos para quien jamás lo haya hecho, les parece
perder un tiempo precioso en aquel aprendizaje, al compararse con los
trabajadores ya acostumbrados. De todas formas, sean de la clase
que sean -labradores, obreros o intelectuales- todos realizan los mismos
estudios y el hecho de que alguno llegue a ser sacerdote y otros no, es algo
absolutamente personal dentro del cuadro de la vocación común
de trabajar todos por igual. «Un Hermanito -dicen las Constituciones-
puede o no tener una vocación sacerdotal y en ambos casos el
realizará el ideal mismo de Hermanito de Jesús». Después de dos años
de prueba, que se deben pasar en una Fraternidad de trabajo, para conocer en
seguida y por un tiempo prolongado de qué pan y de qué sudor
estará formada la vida a que se aspira, se va al noviciado, en
Francia, en España, en América Latina o en Italia, en Espello, un pueblo agrícola junto a Asís,
de gente pobre, donde los Hermanitos han arrendado un viejo convento
franciscano, abandonado hacia muchísimos años, al lado del
cementerio. Aquí han abierto la mayor Fraternidad de Italia, una
Fraternidad campesina, en aquel ambiente de pequeños campesinos, que
sirve como lugar de referencia para cuantos quieren conocer la espiritualidad
de Carlos de Foucauld. Concluido el noviciado y
pronunciados los primeros votos temporales, que serán repetidos varias
veces durante años sucesivos, antes de llegar a los votos perpetuos,
el novicio es enviado de nuevo a una Fraternidad para una segunda prueba. Si
la supera, puede comenzar los estudios, que duran de tres a seis años
y se cursan en St. Maximin,
cerca de Tolosa. Allí recibe una amplia
formación teológica, filosófica y cultural, aprende
mística hindú, teología musulmana, ideología
marxista y la doctrina de los hermanos separados grecoortodoxos.
Estas que hemos citado no son sino algunas de las numerosas materias de
estudio. Terminados dichos cursos, el joven pasa un período,
más bien largo, en el desierto, para concentrarse mejor en el
pensamiento de la inmensidad de Dios y la pequeñez de sí mismo.
Después de este último detalle de su formación, es
enviado a cualquier parte del mundo, para dar comienzo a su silencioso operar
por medio únicamente de su presencia, de su vida de trabajo y
oración. Cada año nacen Fraternidades
de hermanitos en diferentes países de la tierra. Son mineros en
Bélgica, marineros en Bretaña, obreros en los astilleros de
Hamburgo, pastores nómadas en el desierto, presos voluntarios en
algunas cárceles. En Italia, los Hermanitos de Jesús trabajan
en las minas Sardas de Bindua, en el Iglesiente, además de estar presentes en Roma con
una Fraternidad que podríamos llamar Casa Central. Aquí en Bindua, entre otros, se ha verificado un hecho
interesante, que es signo de una nueva situación madurada en 1965. Los Hermanitos, sudando entre los
mineros de aquella zona alejada de la Iglesia, tanto en el sentido material,
por la cantidad de kilómetros, como en el sentido espiritual, por la descristianización, han construido una estrecha
amistad con sus compañeros de fatigas, quienes, a su vez, se han
interesado cada vez más por sus vidas y han manifestado siempre el
deseo creciente de oírles hablar de Dios. ¿Cómo
negárselo? Una cosa es vivir el
«ocultamiento» en cualquier ambiente del Islam -por poner un ejemplo-,
donde el Hermanito trabaja y ora en el espíritu de su vocación
específica y, aunque lo quisiera, no podría hacer nada, o casi
nada, más que dar su testimonio para convertir a alguien al Evangelio;
y otra, muy distinta, es vivir entre cristianos abandonados a sí
mismos, o incluso descristianizados, los cuales, convencidos por el buen
ejemplo, solicitan al menos una palabra de salvación espiritual y la
imploran en nombre de aquella relación de amistad que se ha creado. De
esta forma, en Bmdua, precisamente por amistad, los
Hermanitos no han podido negar aquella ayuda espiritual a sus
compañeros de trabajo, y han aceptado empezar un cierto apostolado,
pero no organizado, en absoluto, ni estructurado... Hoy en Bindua,
enseñan el catecismo, administran los Sacramentos y rigen un orfanato
que acoge a sesenta niños. Esto es lo que ha sucedido en el Iglesiente. Y ha sucedido porque, si los Hermanitos
hubieran eludido aquellas peticiones y no hubieran seguido adelante,
aceptando el encargo del ministerio sacerdotal, nadie habría podido
sustituirles. Por lo demás, esto
está previsto, como excepción, en las mismas Constituciones de
la Congregación, allí donde dicen que la imitación de la
vida (de trabajo, de oración y de «ocultamiento») de Jesús
de Nazaret, «que es para los Hermanitos la mejor manera de realizar la
perfección de la caridad apostólica, que les podrá
conducir a anunciar el Evangelio con la palabra y, si son sacerdotes, a
administrar los Sacramentos, tanto por la obligación de testimoniar su
propia fe, como porque algunos de entre los que vivan comiencen a abrirse al
Evangelio y a la vida cristiana y no puedan, de hecho, recibir esta gracia si
no es a través de la Fraternidad». En cambio en Éfeso,
por contar otro ejemplo, la cosa es distinta. Allí había una
Fraternidad, junto a las ruinas de la Casa de la Virgen, que eran lugares de
peregrinación, y los peregrinos encontraban cómo refugiarse en
aquella Fraternidad. Pero la Fraternidad de los Hermanitos se desviaba del
fin para el que había nacido, que era el mismo fin (de trabajo,
oración y testimonio) de todas las demás Fraternidades, que no
es el de hospedar, guiar o asistir a los peregrinos, a lo cual se
podían dedicar otras personas. Y de hecho, los Hermanitos se fueron de
Éfeso, cediendo aquel lugar a los monfortianos. De esta forma se han tenido que ir de otros
lugares en los cuales, habiendo creado ya en torno a la Fraternidad un germen
de comunidad cristiana, han podido indicar al obispo que allí
podría establecerse una parroquia. Volviendo al episodio, entre
otros, de Bindua, en Cerdeña, donde los
Hermanitos, para no destruir la relación de amistad ganada entre
aquellos mineros, han tenido que aceptar el encargo de aquella comunidad
cristiana revitalizada, sin dejar de trabajar ni de rezar según la
regla; este resulta ser un hecho revelador de aquel otro más general
que se ha manifestado diferenciado en 1965, como ya hemos indicado, en las
tareas de la familia de los Hermanitos. Quede bien claro que esta familia
permanece unida, y ellos quieren que así sea; compuesta por los mismos
hijos unidos, guiada por los mismos superiores, que son, mientras se alcance
la madurez, los intérpretes, tanto de una como de otra
«alma», de Carlos de Foucauld: bien la
de Carlos de Foucauld «monje y eremita»
del primer episodio, bien la de Carlos de Foucauld
«también misionero» del segundo periodo. Se trata, de hecho, de una
diferenciación de tarea, que deriva de una disponibilidad de los
Hermanitos, diversa en el servicio; disponibilidad que -más
allá de haberse manifestado en el examen de las necesidades impuestas
por las diversas situaciones locales en el terreno concreto de los hechos- se
desprende también, al menos a mí me lo parece, de una
diferencia de formación y de temperamento. Quiero significar que esta duplicidad
de tareas -indicada también en la doble denominación de
«Hermanitos de Jesús» (mantenida por aquellos que
persiguen exclusivamente el testimonio silencioso de oración y trabajo
en los lugares más pobres y abandonados, donde otros no acuden) y la
de «Hermanitos del Evangelio» (adoptada por aquellos que
desarrollan también una acción de apostolado en las comunidades
cristianas suscitadas por ellos y donde otros no podían sustituirles)-
tiene también que ver, según mi parecer, con el aumento de las vocaciones,
que ha llevado a la Congregación a ser, por encima de
«francesa», verdaderamente internacional, y en particular a la
afluencia de nuevos Hermanitos italianos y de América Latina, cuyo
carácter, como es sabido, es más extrovertidos que el de los
demás, y conduce a la comunicación. En un último
análisis, sin embargo, me parece que el nacimiento de los Hermanitos
del Evangelio junto a los Hermanitos de Jesús, en la misma familia
originada por la espiritualidad del padre de Foucauld,
indica que todos los Hermanitos están obligados por la Providencia a
recoger frutos allí donde el deber les ha forzado a sembrar. El mensaje de Carlos de Foucauld, así como todos los mensajes de los
grandes santos que han interpretado y caracterizado una época -podemos
pensar, por ejemplo, en el de Francisco de Asís- es un mensaje
universal, que realiza una llamada, de modo particular y extraordinariamente
potente, a los hombres y mujeres de hoy, con independencia de que
estén consagrados o no. Por todo esto, en la estela de
Carlos de Foucauld -además de en la de los
Hermanitos, de los cuales he dicho que pueden ser religiosos sacerdotes y
religiosos laicos, sin que esta distinción comporte una doble
categoría en el ser religioso, o en la estela de las Hermanitas del
Sagrado Corazón, que como ya he apuntado, viven en África una
vida de contemplación- han surgido otras agrupaciones espirituales,
independientemente de estas tres Congregaciones principales, con votos,
promesas, reglas y superiores distintos, lo cual no quiere decir que no
estén invadidos de un gran deseo de unidad con los Hermanitos y las
Hermanitas. Quiero referirme, entre otros,
sobre todo a aquellos institutos seculares de sacerdotes, de chicos y chicas,
se denominan respectivamente Unión Sacerdotal Jesús Charitas (que cuenta con 800 sacerdotes diocesanos, y
algunos obispos y cardenales) y a los Institutos Jesús Charitas masculino y femenino, cuyos miembros,
consagrados, viven en el mundo según el ideal contemplativo del
espíritu de Nazaret, sin ninguna finalidad particular de acción
externa. Y me referiré
también a la Fraternidad secular de Carlos de Foucauld,
aquella gran asociación abierta tanto a sacerdotes como a laicos,
tanto a casados como a solteros -en el deseo común de ayudarse
fraternalmente para mejor amar a Dios, adorarlo en la Eucaristía y
para mejor amar a los hombres sin excepción alguna- que se remonta a
la primera fundación que el padre de Foucauld,
como recordareis, realizó en Francia. Hay entre los bosques de
eucaliptos en «le Tre fontane»,
en Roma, algunas barracas de madera y mampostería. Aquí las
Hermanitas tienen uno de sus noviciados internacionales. -«¿Cuántas
sois en todo el mundo?». -«Cerca de 950, con
exactitud 768 profesas y 150 entre novicias y postulantes» me responde
una Hermanita de Jesús y me explica que provienen de 50 nacionalidades
distintas y que están distribuidas en cerca de 200 Fraternidades
esparcidas por todos los continentes. -«¿Todos,
todos...?» -«Sí. En
África estamos en Argelia, en Egipto, en el Hoggar,
en Libia, en Marruecos, en Nigeria, en Sabara, en Camerún, en el
Congo, en Etiopía, en Kenia, en Mozambique, en Ruanda, en la
República de Sudáfrica, en Somalia y en Uganda. En
América tenemos Fraternidades desde Alaska hasta el Perú, en
Canadá, Estados Unidos, la Martinica,
Méjico, Argentina, Brasil, Chile y Colombia. En Asia estamos en
Afganistán, en Bután, en Jordania, en India, en Irak, en
Irán, en Israel, en Líbano, en Pakistán, en Siria, en
Turquía, en China, en Corea, en Japón y en Vietnam. En
Oceanía trabajamos en Australia y en el Territorio de Papua; y en
Europa estamos presentes, además de en Italia y por supuesto en
Francia, en Austria, Bélgica, Dinamarca, Alemania, Gran
Bretaña, Holanda, Suiza, Portugal, España, Finlandia, Noruega y
en Grecia». Le pido que me diga algo, aunque
sabía todo lo que le costaba, de la finalidad de las Fraternidades de
las Hermanitas de Jesús. -«¿La
finalidad? Consiste esencialmente en la imitación de Jesús,
niño en Belén y obrero en Nazaret. Por tanto, tratamos de
llevar una vida contemplativa en el mundo, sin actividades de apostolado
organizado, compartiendo con los trabajadores no solamente la pobreza obrera,
sino también su propia condición social. Por lo cual,
preferentemente, establecemos nuestras Fraternidades en los ambientes obreros
más míseros, para ser allí una presencia de
oración y de amistad. Y elegimos los países más
abandonados y más retrasados, las poblaciones descristianizadas o que
todavía esperan el anuncio del Evangelio, el bajo proletariado de las
ciudades y de los campos, las minorías ignoradas, despreciadas y
oprimidas, los nómadas y los gitanos». -«¿Y
tienen bastante con vivir en amistad profunda con estos últimos,
"los preferidos de Jesús"?». -«No, no nos contentamos con
esto: nos esforzamos por acercarlos a quienes los ignoran, los desprecian y
los oprimen, para que se realice entre todos los hombres la unidad del Amor
de Jesús a través del amor fraterno y universal, en reciproco
respeto, por encima de toda división de clase, de nación y de
raza». Trato de saber si también
entre las Hermanitas de Jesús se ha manifestado alguna diferencia de
tareas, aún perteneciendo a la única familia. La respuesta fue ésta:
«las Fraternidades pueden asumir formas diversas de modo que puedan
realizar en particular un aspecto de la vocación de las Hermanitas,
sin que por ello se excluyan los demás. Y por esto existen
Fraternidades de adoración, consagradas en particular a la
oración; Fraternidades obreras y rurales, que desarrollan el trabajo manual
en las fábricas y en el campo; Fraternidades de ayuda, especialmente
en las zonas subdesarrolladas, con una misión caritativa más
específica, y Fraternidades artesanas, con trabajos manuales textiles,
cerámicas etc..., dentro de la Fraternidad
misma. Otras Fraternidades, además de las necesarias para la
formación de las Hermanitas, están integradas en ambientes
aún más específicos: los enfermos, los presos...» -«Y los gitanos
-añado yo-... Como vimos con ocasión de la peregrinación
de gitanos a Roma para el encuentro con el Papa Pablo VI. Verdaderamente me
conmovió aquel grupo de Hermanitas que comparten con los gitanos su
misma vida ambulante y los mismos carromatos. -«Aquí, en Tre Fontane, además del
noviciado internacional tiene su sede, si no me equivoco, también la
Fraternidad General; ¿es cierto?». -«Exacto. Y en Roma,
además de esta Fraternidad General compuesta por Hermanitas cuyo
número es variable, existe también una Fraternidad obrera. -«¿Este
de Roma es el único noviciado internacional?». -«¡Oh,
no! Además de éste, en Italia, está el de
Jerusalén en Jordania, el de El Abiodh Sidi Cheikh en el Sahara, y el
de Aix-en-Provence en
Francia. Estos cuatro, diríamos, son los noviciados más
específicamente internacionales; pero también los demás:
el de Altatting en Alemania, Banneux
en Bélgica, Rocas Novas en Brasil, Lourdes en Francia, Tokyo en Japón, Jerusalén en Jordania, Kiriko en Kenia, Washington en Estados Unidos y Dalat en Vietnam, también éstos,
decíamos, aparte del hecho de que no siempre funcionan al mismo
tiempo, son internacionales, aunque acogen una mayoría de novicias de
las naciones en las cuales se encuentra el noviciado; y allí se habla
la lengua del lugar. Este carácter de internacionalidad de nuestros
noviciados les sirve para realizar también en sí mismos la manifestación
del amor fraterno y universal». Quien deja Roma por la vía Prenestina, allí donde los feos barrios-colmena
desembocan en la extrema periferia, ve la prolongación de la gran
arteria subir por una colina cubierta de matorrales sucios y casas miserables.
Varias calles, de nombres grotescamente pomposos y con el asfalto
deprimentemente roto, cruzan este barrio miserable que se llama Borgata Prenestina. Se pasa
ante casas de un rojo sucio, descaradamente llamadas «casa
populares». Son habitaciones levantadas al estilo de los
«bloques» de los campos de concentración. Tienen
sólo la planta baja y el tejado con una inclinación tan grande
que, por lá parte de atrás, casi toca
el suelo. Aquí y allí, una tienda de «pan y pasta»,
un establecimiento anticuado y, sobre una puerta carcomida, el letrero de
oficina para el pago de alquileres. Más allá, las calles
pierden las últimas costras de asfalto, olvidan todo trazado que
obedezca a un plan establecido y no tienen ni siquiera nombre. Aquello es un desastre completo.
Casuchas, cada una con unos pocos metros cuadrados fangosos de patio, cerrado
éste con red metálica de gallinero. Chabolas, casi todas
construidas en el transcurso de una sola noche para que los funcionarios del
Ayuntamiento no pudieran sorprenderlas sin techo y ordenar su
demolición. Callejas de tierra cretosa, corroídas por la lluvia, llenas de
inmundicias, piedras y hierbas; tendederos con ropa puesta a secar al sol,
que muestra sus agujeros y remiendos. Esqueletos de motocicletas, sin ruedas ni
accesorios, abandonados en el fondo de hondonadas. Niños y gallinas a
cada paso, perros vagabundos, mujeres de mirada angustiada, hombres de rostro
cansado. En las paredes, pasquines del partido comunista italiano. Por una de estas callejas, que se
abre entre un montón de casuchas, no más ancha de dos metros y
medio, se llega a una vivienda roja, también con sus pocos metros
cuadrados de patio rodeado de tela metálica de gallinero,
también con su colada secándose al sol, también con sus
ventanas no más grandes que el ventanillo de una oficina postal,
pegada a otra casucha igual, donde vive un obrero con su familia. Sobre el
arquitrabe torcido de la puerta, de dos hojas, hay clavada una madera, en la
que escrito a tinta se lee: Fraternidad de Jesús. Aquí viven las Hermanitas,
en Roma, caput mundi. Dos estancias pequeñas
encaladas, los pocos muebles esenciales y de muy mala calidad; dos
fotografías de Carlos de Foucauld; un mapa
de los continentes colgado de la pared; un Niño Jesús de
terracota sin pintar, para recordar que en todo momento se debe vivir la vida
de Nazaret: «No olvides que eres pequeño». Al otro lado de una puerta, la
capilla. Es una pobre estancia como las anteriores, dos metros y medio por
tres, o poco más. Pero se respira un aire de paraíso. En la
pared, de cara a quien entra, un altar de madera cubierto con un sencillo
lienzo blanco y sobre el altar el Santísimo expuesto en la más
desnuda custodia que hemos visto jamás, colocada sobre un sagrario de
cobre, de aquel buen cobre antiguo, familiar, de las ollas colgadas en las
cocinas de nuestras abuelas... Unas luces alimentadas con aceite y dos velas
encendidas. Más en alto, una cruz de madera, con la figura del
crucificado diseñada en el inconfundible estilo de los bocetos de Carlos
de Foucauld. En las dos esquinas, a ambos lados
del altar, sendas mesitas de madera. Sobre la de la izquierda, la sagrada
Escritura en una edición barata; en aquella de la derecha, una Virgen
con el Niño Jesús de terracota. Colgadas de las paredes, tantas
tablitas cuantas son las estaciones del Viacrucis,
y cada estación está señalada sólo con un
número romano, escrito con tinta probablemente, y sobre todas ellas
hay una pequeña cruz. En el suelo, delante del altar,
una pequeña estera de palma. Arrodilladas sobre ésta, dos
hermanitas oran: cantan el Veni Creator,
recitan el ángelus -afuera, el rojo del crepúsculo se apaga con
las primeras sombras de la noche- y entonan el Tantum
ergo... Después una puertecita de cobre se
desliza ante la custodia: tiene grabado rústicamente un corazón
con una cruz encima. Se apagan las dos velas. Las lucecitas quedan
encendidas. Brillan como los ojos de las Hermanitas. Las Hermanitas llevan un vestido
de tela ordinaria, de un gris azulado, es una especie de intermedio entre el
hábito de una monja y el delantal de una criada. En el pecho, una gran
cruz marrón con un pequeño corazón rojo encima. De la
cintura les cuelga un rosario con las cuentas de madera. En la cabeza, un
pañuelo, como lo llevan nuestras campesinas, de color azul. Es el
mismo color de los velos en que se envuelven los tuareg
en el Hoggar. Cuando las hermanitas se inclinan
ante el altar, tocan el suelo con la frente, realizan la misma solemne
postración que los musulmanes dentro de sus amplios bournous, cuando oran. «Son tres, en este momento,
las Hermanitas de la Fraternidad de Roma -nos dijeron los vecinos el
día que las buscamos en aquel dédalo increíble de
callejas miserables-, porque a las dos que estaban aquí desde hace
algún tiempo -una obrera de una fábrica de tejidos y la otra
interina en casa de una familia- se ha unido una tercera que ha venido de
Kenia, donde ha vivido hasta ahora con los indígenas. Esto significa
siempre que una de las otras dos va a marcharse. Y en efecto, se va la
Hermanita que antes de trabajar aquí en Roma lo hizo cerca de un
poblado de gitanos en Francia. Ahora la mandan a Nápoles». Para las Hermanitas, como
también para los Hermanitos, los traslados están a la orden del
día y son completamente inesperados. Un capazo con alguna ropa de repuesto,
¡y adelante! Cada rincón de la tierra vale lo que otro. En todas
partes hay pobres y abandonados, en todas partes se pueden descender grados
por la escala del anonadamiento y de la abyección
para acercarse lo más posible al «último puesto»,
conquistado por Jesús con su sacrificio en la cruz. Donde quiera que se encuentren,
los Hermanitos de Jesús se adaptan de tal modo a las circunstancias
locales que llegan incluso a conformar el estilo de su capilla a las
características del lugar en donde viven. En la Fraternidad de Charleroi, el altar está sostenido con vigas
idénticas a las que sujetan el techo de la mina; en Concarneau, de las paredes de la capilla cuelgan redes
para la pesca de la sardina; en el Líbano, Irak y Pakistán el
altar es cuadrado, con tela dispuesta en pliegues y encima hay una serie de
iconos colocados según el uso local; en el puerto de Hamburgo-Altona, el lugar que actualmente ocupa la capilla era un
depósito de carbón hace pocos años: una diminuta casa de
Dios en un sótano de siete metros cuadrados, bajo el establecimiento
de un barbero, que es el dueño de la casa. Pudieran parecer, a primera vista,
proyectados en el mundo, en este o aquel rincón de miseria, y
allí abandonados a sí mismos, solos. Pero no es así. Hay
una gran unión entre todos los Hermanitos, un vínculo estrecho,
un constante intercambio de noticias. En cada Fraternidad existe un
responsable ante el prior, y este responsable le envía, cada dos o
tres meses, una carta muy sencilla, muy. familiar,
en la cual cuenta los hechos últimamente acaecidos, las experiencias
realizadas, las dificultades que han surgido, las alegrías
experimentadas. Después, estas cartas a modo de diario son impresas y
hechas circular entre las Fraternidades, con objeto de que cada una de ellas
sepa todo respecto de las demás. Es así como, aparentemente
abandonado entre las escarpaduras de la cordillera de los Andes o en las
selvas amenazadoras del Congo, el Hermanito sabe que en realidad se encuentra
estrechamente unido con todos sus compañeros. Si el «ocultamiento»
que regula cualquier aspecto de la vida de los Hermanitos y la intimidad que
caracteriza esta correspondencia no impidieran la
publicación, el conjunto de dichas cartas-diarios
constituirían, fuera de toda política, el texto
científico más formidable de la miseria material y espiritual
que es la plaga de nuestra época. Respetando la intimidad de esas
cartas, nos será licito, sin embargo, reproducir algunas líneas
que cierran la narración de un Hermanito sobre su vida en el lugar
donde desarrolla su silenciosa labor: «... Rogad un poco por todo esto,
Hermanitos, porque nuestra oración aquí no es suficiente. La
separación entre nosotros y la gente que nos rodea es muy grande.
Rogad por W., mi compañero de fábrica, que esta semana trabaja
76 horas, porque para él sólo una cosa tiene importancia: el
dinero. Rogad por G., que no se entiende con su mujer, sobre todo porque
desde hace cinco años viven con un niño en una sola
habitación. Rogad por H., de veinte años, que barre el mercado
y es objeto de burlas por parte de sus compañeros porque es tartamudo.
Rogad por todos aquellos que el Señor nos ha confiado y la
salvación de los cuales se retrasa por nuestra falta de amor...» Llamadas tan angustiosas llegan de
todas partes: desde las Fraternidades del norte de África, que
trabajan tanto entre los árabes como entre el proletariado europeo, de
aquellas que se dedican a los leprosos en el Camerún y en el
Irán; desde las que están esparcidas en el mundo musulmán
o en Ceilán en el ambiente budista; de cuantas se hallan situadas en
los barrios de la miseria, en la periferia de las grandes ciudades del
Perú, Vietnam, Japón, Bélgica, Alemania, Inglaterra;
desde las que dan testimonio de la vida de Nazaret entre los indígenas
de Venezuela, Angola y otros países del mundo; de los Hermanitos que
trabajan la tierra con los campesinos y afrontan el mar con los pescadores. De todas partes, parecidas
noticias y siempre la misma súplica: «Orad...». Porque
dondequiera, como recomienda René Voillaume,
los Hermanitos trabajan «en medio de aquellos que deben soportar la
vida cotidiana desesperadamente solos y viven únicamente con un ideal
materialista». Y como dice también
René Voillaume, lo Hermanitos son
«aquellos que viven con cualquier cosa», porque tienen una fe profunda
y firme, que les hace sentirse hermanos de todos. «Esta vida de fe y de
oración -añade el sucesor del padre Foucauld-
obtendrá que nuestro pobre testimonio sea escuchado, hasta por medio
de una simple palabra, de una respuesta dada a un amigo, de un consejo
sofocado por el ruido de una máquina. La voz de un hombre en medio de
la masa puede encontrar un eco en el mundo... Porque Jesús es maestro
de lo imposible». |
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Fuentes: www.abandono.com |