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SAN FRANCISCO DE SALES
INTRODUCCIÓN A
LA VIDA DEVOTA
(PRIMERA PARTE)

CAPÍTULO XXI
CONCLUSIÓN PARA ESTA PRIMERA
PURIFICACIÓN
Hecha esta promesa, está atenta y abre
los oídos de tu corazón para escuchar, en
espíritu, las palabras de tu absolución, que el
mismo Salvador de tu alma, sentado en el solio de su
misericordia, pronunciará, desde lo alto de los cielos, en
presencia de todos los ángeles y santos, al mismo tiempo
que, en su nombre, te absolverá el sacerdote acá en
la tierra. Entonces, toda esta asamblea de bienaventurados,
gozosos de tu felicidad, cantará el himno espiritual de
incomparable alegría, y todas darán el beso de paz
y de amistad a tu corazón, que habrá vuelto a la
gracia y quedará santificado.
¡Oh Dios! Filotea,
he aquí un contrato admirable, por el cual celebras una
feliz alianza con su divina Majestad, pues dándote a
Él, le ganas, y te ganas a ti misma para la vida eterna.
Sólo falta que tomes la pluma en tu mano y firmes de
corazón el acta de tus promesas, y que, después,
vayas al altar, donde Dios, a su vez, firmará y
sellará tu absolución y la promesa que te
hará de darte su paraíso, poniéndose
Él mismo, por medio de su sacramento, como un timbre y un
sagrado sello sobre tu corazón renovado..
De esta manera, bien me lo parece, ¡oh Filotea!,
tu alma quedará purificada del pecado y de todo afecto
pecaminoso.
Pero, como que estos afectos renacen
fácilmente en el alma, a causa de nuestra debilidad y de
nuestra concupiscencia, la cual puede quedar adormecida, pero no
puede morir en este mundo, te daré algunos avisos, que
sí los practicas bien, te preservarán, en el
porvenir, del pecado mortal y de todos sus afectos, para que
jamás pueda éste entrar en tu corazón. Y,
como que los mismos avisos sirven también para una
purificación más perfecta, antes de dártelos,
quiero decir cuatro palabras acerca de esta más absoluta pureza, a la cual quiero conducirte.
CAPÍTULO XXII
QUE ES NECESARIO PURIFICARSE DEL AFECTO
AL PECADO VENIAL
Conforme se va haciendo de día, vemos
con mayor claridad, en el espejo, las manchas y la suciedad de
nuestro rostro; de la misma manera, según la luz interior
del Espíritu Santo ilumina nuestras conciencias, vemos
más clara y distintamente los pecados, las inclinaciones y
las imperfecciones que pueden impedir en nosotros la verdadera
devoción; y la misma luz que nos ayuda a ver nuestras
manchas y defectos, enciende en nosotros el deseo de lavarnos y
purificarnos.
Descubrirás, pues, ¡oh amada Filotea¡, que además de los
pecados mortales y del afecto a los mismos, de todo lo cual ya
estás purificada por los ejercicios anteriormente
indicados, tienes todavía en tu alma muchas inclinaciones
y mucho afecto a los pecados veniales. No digo que
descubrirás pecados veniales, sino que descubrirás
inclinaciones y afecto a los pecados veniales; y una cosa es muy
diferente de la otra, porque nosotros no podemos estar siempre
enteramente puros de pecados veniales ni perseverar mucho tiempo
en esta pureza, pero podemos muy bien estar libres de todo afecto
al pecado venial. Ciertamente, una cosa es mentir una o dos
veces, para bromear y en cosas de poca importancia, y otra cosa
es complacerse en la mentira y tener afición a esta clase
de pecados.
Y digo ahora que es menester purgar el alma de
todo afecto al pecado venial, es decir, que no conviene alimentar
voluntariamente la voluntad de continuar y de perseverar en
ninguna especie de pecado venial, porque sería una
insensatez demasiado grande querer, con pleno conocimiento,
guardar en nuestra conciencia una cosa tan desagradable a Dios como
lo es la voluntad de querer desagradarle. El pecado venial, por
pequeño que sea, desagrada a Dios, pero no hasta el
extremo de que, por su causa, quiera condenarnos y perdernos. Y,
si el pecado venial le desagrada, la voluntad y el afecto que tenemos
al pecado venial no es otra cosa que una resolución de
querer desagradar a la divina Majestad. ¿Es posible que una alma bien nacida no sólo quiera
desagradar a Dios, sino también complacerse en
desagradarle?
Estos afectos, Filotea,
son directamente contrarios a la devoción, como el afecto
al pecado mortal es contrario a la caridad: debilitan las fuerzas
del espíritu, impiden las consolaciones divinas, abren la
puerta a las tentaciones, y, aunque no matan al alma, la ponen
muy enferma. «Las moscas que mueren en él, dice el
Sabio, hacen que se pierda la suavidad del ungüento»,
con lo que quiere decir que las moscas, cuando apenas se posan
sobre el ungüento de modo que comen de él de paso, no
contaminan sino lo que cogen, y se conserva bien lo restante;
pero, cuando mueren dentro del ungüento le roban su valor y
lo echan a perder. Asimismo los pecados veniales; si se detienen
poco tiempo en una alma devota no le causan mucho mal; pero, si
estos mismos pecados establecen su morada en el alma, por el
afecto que en ellos se pone, hacen que pierda la suavidad del
ungüento, es decir, la santa devoción.
Las arañas no matan a las abejas, sino
que echan a perder y corrompen la miel y embrollan con sus telas
los panales de suerte que las abejas no pueden trabajar, pero esto
ocurre cuando las arañas se establecen allí. De la
misma manera, el pecado venial no mata a nuestra alma; infecta,
no obstante, la devoción, y enreda de tal manera, con
malos hábitos y malas inclinaciones, las potencias del
alma, que no puede ésta ejercitar con presteza la caridad,
en la cual consiste la esencia de la devoción; pero esto
se entiende de cuando el pecado venial habita en nuestra
conciencia por el afecto que le tenemos. No es nada, Filotea, decir. alguna mentirilla,
descomponerse un poco en las palabras, en las acciones, en las
miradas, en los vestidos, en ataviarse, en los juegos, en los
bailes, siempre que, al momento de entrar en nuestra alma estas
arañas espirituales, las rechacemos y las echemos fuera,
como lo hacen las abejas con las arañas corporales. Pero,
si permitimos que se detengan en nuestros corazones, y no
sólo esto, sino que nos gusta retenerlas y multiplicarlas,
pronto veremos perdida nuestra miel y el panal de nuestra
conciencia apestado y deshecho. Pero repito: ¿qué
apariencias de sano juicio mostraría una alma generosa, si
se gozara desagradando a Dios, si gustase de causarle molestia e
intentase querer aquello que sabe que le es
enojoso?
CAPÍTULO XXIII
QUE HEMOS DE PURIFICARNOS DEL AFECTO A
LAS COSAS INÚTILES Y PELIGROSAS
Los juegos, los bailes, los festines, las
pompas, las comedias no son esencialmente cosas malas, sino
indiferentes, y pueden ejecutarse bien o mal; pero siempre son
peligrosas, y aficionarse a ellas todavía lo es
más. Por lo tanto, Filotea,
aunque sea lícito jugar, bailar, adornarse, asistir a
representaciones honestas y a banquetes, si alguien llega a
aficionarse a ello, es cosa contraria a la devoción y, en
gran manera, peligrosa. No está el mal en hacerlo, sino en
aficionarse. Es un mal sembrar de afectos inútiles y vanos
la tierra de nuestro corazón, pues ocupan el lugar de las
buenas impresiones e impiden que la savia de nuestra alma sea
empleada por las buenas inclinaciones.
Así, los antiguos nazarenos no
sólo se privaban de todo lo que podía embriagar,
sino también de los racimos y del agraz; no porque los
racimos y el agraz embriaguen, sino porque, comiendo agraz, hay
peligro de excitar el deseo de comer racimos y de provocar la
afición a beber mosto o vino. Ahora bien, no digo yo que
no podamos usar de estas cosas peligrosas; advierto, empero, que
nunca podemos aficionarnos a ellas sin que se resienta la
devoción. Los ciervos, cuando conocen que están
demasiado gruesos, huyen y se retiran a sus escondrijos, pues
saben que su grasa les pesa tanto, que les impediría
correr, si se viesen atacados: el corazón del hombre
cargado de estos afectos inútiles, superfluos y
peligrosos, no puede, ciertamente correr con prontitud, ligereza
y facilidad hacia su Dios, que es el verdadero término de
la devoción. Los niños corren y se cansan
detrás de las mariposas; a nadie parece mal, porque son
niños. Pero, ¿no es cosa ridícula y muy
lamentable ver cómo hombres hechos se aficionan e
impacientan por bagatelas tan indignas, como lo son las cosas que
acabo de enumerar, las cuales, además de ser
inútiles, nos ponen en peligro de desarreglarnos y
desordenarnos, cuando vamos en pos de ellas? Por esta
razón, amada Filotea, te digo
que es menester purificarse de estas aficiones,
y, aunque los actos no sean siempre contrarios a la
devoción, las aficiones, empero, le son siempre nocivas.
CAPÍTULO XXIV
QUE HEMOS DE PURIFICARNOS DE LAS MALAS
INCLINACIONES
Tenemos también, Filotea,
ciertas inclinaciones naturales, las cuales, porque no tienen su
origen en nuestros pecados particulares, no son propiamente
pecado, ni mortal ni venial, pero se llaman imperfecciones, y sus
actos se llaman efectos o faltas. Por ejemplo, Santa Paula
según refiere San Jerónimo, tenía una gran
inclinación a la tristeza y a la melancolía, hasta
el extremo de que, cuando murieron sus hijos y su esposo, estuvo
a punto de morir de pena. Esto era una imperfección, pero
no un pecado, pues ocurría contra su deseo y voluntad. Hay
personas que son naturalmente ligeras, otras ásperas, otras
contrarias a aceptar fácilmente el parecer de los
demás, otras propensas a la indignación, otras a la
cólera, otras al amor, y, por decirlo en breves palabras,
son pocas las personas en las cuales no se pueda echar de ver
alguna imperfección. Ahora bien, aunque estas imperfecciones
sean propias y como connaturales a cada uno de nosotros, no
obstante, con el ejercicio y afición contraria, pueden
corregirse y moderarse, y aun puede el alma purificarse y
librarse totalmente de ellas. Y esto es, Filotea,
lo que debes hacer. Se ha encontrado la manera de endulzar los
almendros amargos, haciendo un corte al pie del tronco, para que
salga la savia. ¿ Por qué
no hemos de poder nosotros hacer salir de nuestro interior las
inclinaciones perversas, para llegar a ser mejores? No existe ningún
natural tan bueno que no pueda malearse con los hábitos
viciosos; tampoco hay un natural tan rebelde que, con la gracia
de Dios, ante todo, y después con trabajo y diligencia, no
pueda ser domado y superado. Ahora, pues, voy a darte los avisos
y proponerte los ejercicios, con los cuales purificarás tu
alma de las aficiones y de todo afecto a los pecados veniales, y,
de esta manera, asegurarás más y más tu
conciencia contra todo pecado mortal. Dios te conceda la gracia
de practicarlos bien.
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