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SAN FRANCISCO DE SALES
INTRODUCCIÓN A LA VIDA DEVOTA
(SEGUNDA PARTE)

CAPÍTULO XI
DE LA ORACIÓN DE LA NOCHE Y DEL EXAMEN DE
CONCIENCIA
Así como antes de la comida temporal, haces
la comida espiritual, por medio de la meditación, de la misma
manera, antes de la cena, has de hacer una breve cena o, al menos,
una colación, devota y espiritual. Procura, pues, tener un
rato libre antes de la hora de cenar, y, postrado delante de Dios,
recogiendo tu espíritu en la presencia de Cristo crucificado
(que te representarás con una sencilla consideración o
mirada interior), aviva en tu corazón el fuego de la
meditación de la mañana, con algunas fervorosas aspiraciones,
actos de humildad y amorosos suspiros inspirados en este divino
Salvador de tu alma, o bien repitiendo los puntos que más
hayas saboreado en dicha meditación, o bien excitándote
con alguna otra consideración, como más te plazca.
En cuanto al examen de conciencia, que siempre has
de hacer antes de acostarte, todos sabemos cómo se ha de
practicar.
1. Demos gracias a Dios por habernos conservado
durante el día.
2. Examinemos cómo nos hemos portado en
cada hora, y, para hacerlo con mayor facilidad, consideremos
dónde, con quiénes y en qué ocupaciones nos
hemos empleado.
3. Si descubrimos que hemos hecho alguna obra
buena, demos gracias a Dios; si, al contrario, hemos hecho
algún mal, de pensamiento, palabra u obra, pidamos
perdón a su divina Majestad, con el propósito de
confesarnos, en la primera ocasión, y de enmendarnos con
diligencia.
4. Después de esto, encomendemos a la
Providencia divina nuestro cuerpo, nuestra alma, la Iglesia, los
padres, los amigos; pidamos a Nuestra Señora, al Ángel
de la Guarda y a los santos, que velen por nosotros, y, con la
bendición de Dios, vayamos a tomar el descanso, que Él
ha querido que nos sea necesario.
Este ejercicio, lo mismo que el de la
mañana, nunca se ha de omitir; porque, con el de la
mañana, abres las ventanas de tu alma al Sol de justicia, y,
con el de la noche, las cierras a las tinieblas del infierno.
CAPÍTULO XII
EL RETIRO ESPIRITUAL
En este punto, amada Filotea,
es donde deseo que sigas mi consejo; porque es aquí donde se
encuentra uno de los recursos más seguros para tu
aprovechamiento espiritual.
Pon, cuantas veces puedas, durante el día,
tu espíritu en la presencia de Dios, por alguna de las cuatro
maneras más arriba indicadas; considera lo que hace Dios y lo
que haces tú, y verás cómo sus ojos te miran y
están perpetuamente fijos en ti, con un amor incomparable. i Oh Dios!, dirás, ¿por qué
no te miro yo siempre como Tú me miras a mí?
¿Por qué piensas en mí con tanta frecuencia, y
yo pienso tan poco en Ti? ¿ Dónde
estamos, alma mía? Nuestra verdadera morada es Dios, y
¿dónde nos encontramos?
Así como los pájaros tienen sus
nidos en los árboles, para retirarse a ellos cuando tienen
necesidad, y los ciervos sus escondrijos y sus defensas, donde se
ocultan y se amparan y donde toman el fresco de la sombra en el verano,
de la misma manera, Filotea, nuestros
corazones han de escoger, cada día, algún lugar, en la
cima del Calvario, en las llagas de Nuestro Señor o en
cualquiera otro sitio cercano a Él, donde guarecernos en toda
clase de ocasiones, donde rehacernos y recrearnos en medio de las
ocupaciones exteriores, y para estar allí, como en una
fortaleza, para defendernos contra las tentaciones. Bienaventurada el
alma que podrá decir con verdad al Señor:
«Tú eres mi casa de refugio, mi firme defensa, mi techo
contra la lluvia, mi sombra contra el calor».
Acuérdate, pues, Filotea,
de hacer siempre muchos retiros en la soledad de tu corazón,
mientras corporalmente te encuentras en medio de las conversaciones y
quehaceres, y esta soledad mental no puede ser, en manera alguna,
impedida por la multitud de los que nos rodean, porque ellos no
están alrededor de tu corazón, sino alrededor de tu
cuerpo, de tal manera que tu corazón permanece solo en la
presencia de Dios. Es el ejercicio que practicaba David, en medio de
sus muchas ocupaciones, según lo afirma en muchos pasajes de
sus salmos, como cuando dice: « i Oh Señor!, yo siempre estoy contigo. Veo siempre a mi Dios
delante de mí. Levanto mis ojos a Tí,
¡ oh Dios mío!, que habitas en
los cielos. Mis ojos siempre están puestos en Dios».
Además, las conversaciones no son ordinariamente tan
importantes, que no sea posible, de cuando en cuando, apartar de
ellas el corazón, para ponerlo en esta divina soledad.
A Santa Catalina de Sena, a quien su padre y su
madre habían privado de toda comodidad y ocasión para
poder orar y meditar, inspirándole Nuestro Señor que
hiciese un pequeño oratorio en su espíritu, al cual
pudiese retirarse mentalmente, para entregarse a esta santa soledad
espiritual, en medio de las ocupaciones exteriores. Y, desde
entonces, cuando el mundo la acometía, no recibía de
ello ninguna molestia, porque, como ella misma decía, se
encerraba en su celda interior, donde se consolaba con su celestial
esposo.
Así, aconsejaba a sus hijos espirituales
que edificasen una celda en su corazón y que se retirasen a
ella.
Encierra, pues, algunas veces tu espíritu
en tu corazón, donde, separada de todos, pueda tu alma
comunicarse íntimamente con Dios, para decirle con David:
«He estado en vela y me he hecho semejante al pelícano
del desierto. Estoy como el búho o la lechuza en las
hendiduras de la pared o como el ave solitaria en la
techumbre». Estas palabras, aparte de su sentido literal (que
demuestra cómo este gran rey se tomaba algunas horas para
vivir en la soledad y entregarse a la contemplación de las
cosas espirituales), nos muestran, en su sentido místico, tres
excelentes lugares de retiro y como tres ermitas, donde podamos
ejercitar nuestra soledad, a imitación de nuestro Salvador,
que, en la cima del Calvario, fue como el pelícano de la
soledad, que con su sangre da vida a sus polluelos muertos; en su
Natividad en un establo abandonado, fue como el búho en las
hendiduras de la pared, lamentando y doliéndose de nuestras
culpas y pecados, y, el día de la Ascensión, fue como
el ave solitaria que se retira y vuela hacia el cielo que es como el
techo del mundo. El bienaventurado EIzeario,
conde de Arián, en Provenza,
habiendo estado mucho tiempo ausente de su devota y casta Delfina, recibió
de ella un propio, que fue a enterarse de su salud, al cual
respondió: «Me encuentro muy bien, amada esposa; si
quieres verme, búscame en la llaga del costado de nuestro
dulce Jesús, pues es allí donde yo habito y allí
me encontrarás; en balde me buscarás en otra
parte». ¡He aquí un caballero cristiano de verdad!
CAPÍTULO XIII
DE LAS ASPIRACIONES, ORACIONES, JACULATORIAS Y
BUENOS PENSAMIENTOS
Nos retiramos en Dios porque aspiramos a
Él, y aspiramos a Él para retirarnos en Él, de
manera que la aspiración a Dios y el retiro espiritual son dos
cosas que se completan mutuamente y ambas proceden y nacen de los
buenos pensamientos. Levanta, pues, con frecuencia el corazón
a Dios, Filotea, con breves pero ardientes
suspiros de tu alma. Admira su belleza, invoca su auxilio,
arrójate, en espíritu, al pie de la cruz, adora su
bondad, pregúntale, con frecuencia, sobre tu salvación,
ofrécele, mil veces al día, tu alma, fija tus ojos
interiores en su dulzura, alárgale la mano, como un
niño pequeño a su padre, para que te conduzca, ponlo
sobre tu corazón, como un ramo delicioso, plántalo en
tu alma, como una bandera, y mueve de mil diversas maneras tu
corazón, para entrar en el amor de Dios y excitar en ti una
apasionada y tierna estimación a este divino esposo.
Así se hacen las oraciones jaculatorias,
que el gran San Agustín, aconseja con tanto encarecimiento a
la devota dama Proba. Filotea, nuestro
espíritu, entregándose al trato, a la intimidad y a la
familiaridad con Dios, quedará todo él perfumado de sus
perfecciones; y, ciertamente, este ejercicio no es difícil,
porque puede entrelazarse con todos los quehaceres y ocupaciones, sin
estorbarlas en manera alguna, porque, ya en el retiro espiritual, ya
en estas aspiraciones interiores, no se hacen más que pequeñas
y breves digresiones, que, no impiden, sino que ayudan mucho a lograr
lo que pretendemos. El caminante que bebe un sorbo de vino, para
alegrar su corazón y refrescar su boca, aunque para ello se
detiene unos momentos, no interrumpe el viaje, sino que toma fuerzas
para llegar más pronto y con más alientos, no
deteniéndose sino para andar mejor.
Muchos han reunido varias aspiraciones vocales,
que, verdaderamente, son muy útiles; pero, si quieres creerme,
no te sujetes a ninguna clase de palabras, sino pronuncia, con el
corazón o con los labios, las que el amor te dicte, ya que
él te inspirará todas cuantas quieras. Es verdad que
hay ciertas palabras que, en este punto, tienen una fuerza especial
para satisfacer al corazón-, tales son las aspiraciones tan abundantemente
sembradas en los salmos de David, las diversas invocaciones del
nombre de Jesús y las expresiones amorosas escritas en el
Cantar de los Cantares. Los cánticos espirituales
también sirven para este fin, con tal que se canten con
atención.
Finalmente, así como los que están
enamorados con un amor puramente humano y natural, tienen siempre
fijos sus pensamientos en el ser querido, su corazón lleno de
afectos para con él, su boca llena de sus alabanzas y, durante
su ausencia, no pierden coyuntura de manifestar su amor por cartas, y
no encuentran árbol en cuya corteza no graben el nombre del
ser amado; de la misma manera, los que aman a Dios no pueden dejar de
pensar en Él, suspirar por Él, aspirar a Él,
hablar de Él, y querrían, si posible fuese, imprimir
sobre el pecho de todas las personas del mundo el santo y sagrado
nombre de Jesús. Y a esto les invitan todas las cosas, y no
hay criatura que no les anuncie las alabanzas de su amado, y, como
dice San Agustín, sacándolo de San Antonio, todo cuanto
hay en el mundo les habla un lenguaje mudo, pero muy inteligible, en
alabanza de su amor; todas las cosas les inspiran buenos
pensamientos, de los cuales nacen, después, muchos movimientos
y aspiraciones hacia Dios. He aquí algunos ejemplos.
San Gregorio, obispo de Nacianzo,
según refería él mismo a los fieles, mientras
paseaba por la playa miraba cómo las olas se extendían
sobre la arena y cómo dejaban conchas y caracoles marinos,
hierbas pequeñas, ostras y otras parecidas menudencias, que el
mar echaba, o, por mejor decir, escupía hacia fuera;
después, otras olas volvían a engullir y a coger de
nuevo una parte de aquello, mientras que las rocas de aquellos
contornos permanecían firmes e inmóviles, por
más que las aguas las azotasen fuertemente. Pues bien, acerca
de esto tuvo este hermoso pensamiento, a saber, que los
débiles, imitando a las conchas, a los caracoles y a las
hierbas, ora se dejan llevar de la aflicción, ora de la
consolación, hechos juguete de las olas y del vaivén de
la fortuna, mientras que las almas fuertes permanecen firmes e
inmóviles a toda clase de vientos, y estos pensamientos le
hicieron repetir estas aspiraciones de David: « ¡ Oh
Señor, sálvame, porque las aguas han entrado hasta mi
alma! ¡ Oh Señor,
líbrame del abismo de las aguas! Me he hundido hasta lo
más profundo del mar y la tempestad me ha sumergido». Y
es que entonces estaba afligido por la injusta usurpación que
de su obispado había intentado Máximo.
San Fulgencio obispo de Ruspa,
encontrándose en una asamblea general de la nobleza romana, a
la que Teodorico, rey de los godos,
arengaba, al ver el esplendor de tantos magnates, cada uno de los
cuales asistía según su categoría,
exclamó: « ¡ Oh Dios, qué hermosa debe ser
la Jerusalén celestial, si acá abajo aparece tan brillante
la Roma terrenal! Y, si, en este mundo, andan en medio de tantos
esplendores los amadores de la vanidad, ¡qué gloria debe
estar reservada, en el otro mundo, a los contempladores de la
verdad!».
Se dice que San Anselmo, arzobispo de Canterbery, cuyo nacimiento ha honrado en gran
manera a nuestras montañas, era admirable en esta
práctica de los buenos pensamientos. Una liebre acosada por
los perros corrió a refugiarse bajo el caballo de este santo
prelado, que entonces iba de viaje, como a un refugio que le
sugirió el inminente peligro de muerte; y los perros, ladrando
alrededor, no se atrevían a violar la inmunidad del lugar,
donde su presa se había refugiado; espectáculo
verdaderamente extraordinario, que causaba risa a toda la comitiva,
mientras el gran Anselmo, llorando y gimiendo, decía: «
i Ah!, vosotros reís, pero el pobre animal no ríe; los
enemigos del alma, perseguida y extraviada por los senderos tortuosos
de toda clase de vicios, la acechaban en el trance de la muerte, para
arrebatarla y devorarla, y ella, llena de miedo, busca por todas
partes auxilio y refugio, y, si no lo encuentra, sus enemigos se
burlan y se ríen». Y, dicho esto, se alejó
suspirando.
Constantino el Grande honró a San Antonio,
escribiéndole, cosa que dejó admirados a los religiosos
que estaban a su alrededor, a los cuales dijo: « ¿ Por qué os admiráis de que
un rey escriba a un hombre? Admirad más bien que el Dios
eterno haya escrito su ley a los mortales, y más aún
que les haya hablado de tú a tú, en la persona de su
Hijo».
San Francisco al ver a una oveja sola, en medio de
un rebaño de cabras: «Mira -dijo a su compañero-,
qué mansa está esta ovejita entre todas las cabras:
También Nuestro Señor andaba manso y humilde entre los
fariseos». Y, al ver, en otra, ocasión, a un corderito
devorado por un cerdo: « i Ah, corderito-exclamó-,
cómo me recuerdas al vivo la muerte de mi Salvador!»
Este gran personaje de nuestros tiempos, Francisco
de Borja, cuando todavía era duque de Gandía
e iba de caza, se entretenía en mil devotos pensamientos:
«Me maravillaba -decía después él mismo-,
de cómo los halcones vuelven a la mano, se dejan tapar los
ojos y atar a la percha, y los hombres son tan rebeldes a la voz de
Dios».
El gran San Basilio dice que la rosa entre las
espinas sugiere esta reflexión a los hombres: «Lo
más agradable de este mundo, ¡oh mortales!, anda
mezclado de tristeza; nada hay que sea enteramente puro: el dolor
siempre acompaña a la alegría, la viudez al matrimonio,
el trabajo a la fertilidad, la ignominia a la gloria, la injuria a
los honores, el tedio a las delicias y la enfermedad a la salud. La
rosa-dice este personaje-, es una flor, pero me causa una gran
tristeza, porque me recuerda el pecado, por el cual la tierra ha sido
condenada a producir espinas».
Una alma devota, al ver un riachuelo y al
contemplar en él el cielo reflejado con sus estrellas, en una
noche serena, decía: « ¡ Oh,
Dios mío!, estas mismas estrellas estarán bajo tus
pies, cuando me hayas recibido en tus santos tabernáculos; y,
así como las estrellas se reflejaban en la tierra, así
también los hombres de la tierra están reflejados en el
cielo, en la fuente viva de la caridad divina».
Otro, al ver la corriente de un río,
exclamaba: «Mi alma jamás tendrá reposo hasta que
se haya abismado en el mar de la Divinidad, que es su origen».
Y San Francisco, mientras contemplaba un hermoso riachuelo, en cuya
orilla se había arrodillado, para orar, fue arrebatado en
éxtasis y repetía muchas veces estas palabras:
«La gracia de mi Dios se desliza dulce y suavemente como este
pequeño riachuelo».
Otro, al ver cómo florecían los
árboles, suspiraba: « ¿ Por
qué soy yo el único que no florezco en el jardín
de la Iglesia?» Otro, al ver los polluelos cobijados bajo su
madre: « ¡ Oh Señor! -decía-, guárdanos bajo la sombra de
tus alas». Otro, al ver el girasol, preguntaba. «¿Cuándo será, mi Dios,
que mi alma seguirá los atractivos de tu bondad?» Y, al
contemplar los pensamientos del jardín, hermosos a la vista,
pero sin perfume, decía: « ¡ Ah!
así son mis pensamientos, hermosos en la forma, pero sin
fruto».
He aquí, mi Filotea,
cómo se sacan los buenos pensamientos y las santas
inspiraciones de ;as cosas que se nos
ofrecen, en medio de la variedad de esta vida mortal. Desgraciados
los que alejan a las criaturas del Creador, para convertirlas en
instrumento de pecado; bienaventurados los que se sirven de ellas
para la gloria de su Creador y hacen que su vanidad redunde en honor
de la verdad. «Ciertamente -dice San Gregorio Nacianzeno-, me he acostumbrado a referir todas
las cosas a mi provecho espiritual». Lee el epitafio que
escribió San Jerónimo acerca de Santa Paula, porque es
bella cosa ver cómo todo él está lleno de santas
inspiraciones y pensamientos que ella hacía en todas las
ocasiones.
Pues bien, en este ejercicio del retiro espiritual
y de las oraciones jaculatorias estriba la gran obra de la
devoción. Este ejercicio puede suplir el defecto de todas las
demás oraciones, pero su falta no puede ser reparada por
ningún otro medio. Sin él, no se puede practicar bien
la vida contemplativa, ni tampoco, cual conviene, la vida activa; sin
él, el descanso es ociosidad, y el trabajo, estorbo. Por esta
causa te recomiendo muy encarecidamente que lo abraces con todo el
corazón, sin apartarte jamás de él.
CAPÍTULO XIV
DE LA SANTA MISA Y CÓMO SE HA DE OÍR
1. Todavía no te he hablado del sol de las
prácticas espírituales, que
es el santísimo, sagrado y muy excelso sacrificio y sacramento
de la Misa, centro de la religión cristiana, corazón de
la devoción, alma de la piedad, misterio inefable, que
comprende el abismo de la caridad divina, y por el cual Dios,
uniéndose realmente a nosotros, nos comunica
magníficamente sus gracias y favores.
2. La oración, hecha en unión de
este divino sacrificio, tiene una fuerza indecible, de suerte, Filotea, que, por él, el alma abunda en
celestiales favores, porque se apoya en su Amado, el cual la llena
tanto de perfumes y suavidades espirituales, que la hace semejante a
una columna de humo de leña aromática, de mirra, de
incienso y de todas las esencias olorosas, como se dice en el Cantar
de los Cantares.
3. Haz, pues, todos los esfuerzos posibles, para
asistir todos los días a la santa Misa, con el fin de ofrecer.. con el sacerdote, el
sacrificio de tu Redentor a Dios, su Padre, por ti y por toda la
Iglesia. Los ángeles, como dice San Juan Crisóstomo,
siempre están allí presentes, en gran número,
para honrar este santo misterio; y nosotros, juntándonos a
ellos y con la misma intención, forzosamente hemos de recibir
muchas influencias favorables de esta compañía. Los
coros de la Iglesia militante, se unen y se juntan con Nuestro
Señor, en este divino acto, para cautivar en Él, con
Él y por Él, el corazón de Dios Padre, y para
hacer enteramente nuestra su misericordia. ¡
Qué dicha para el alma aportar devotamente sus afectos
para un bien tan precioso y deseable!
4. Si forzosamente obligada, no puedes asistir a
la celebración de este augusto sacrificio, con una presencia
real, es menester que, a lo menos' lleves allí tu
corazón, para asistir de una manera espiritual. A cualquiera
hora de la mañana ve a la iglesia en espíritu, si no
puedes ir de otra manera; une tu intención a la de todos los
cristianos, y, en el lugar donde te encuentres, haz los mismos actos
interiores que harías, si estuvieses realmente presente a la
celebración de la santa Misa en alguna iglesia.
5. Ahora bien, para oír, real o
mentalmente, la santa Misa, cual conviene: 1.º
Desde que llegas, hasta que el sacerdote ha subido al altar, haz la
preparación juntamente con él, la cual consiste en
ponerte en la presencia de Dios, en reconocer tu indignidad y en
pedir perdón por tus pecados, 2º Desde que el sacerdote
sube al altar hasta el Evangelio, considera la venida y la vida de
Nuestro Señor en este mundo, con una sencilla y general
consideración. 3º Desde el Evangelio hasta después
del Credo, considera la predicación de nuestro Salvador,
promete querer vivir y morir en la fe y en la obediencia de su santa
palabra y en la unión de la santa Iglesia católica.
4º Desde el Credo hasta el Pater Noster, aplica tu corazón a los misterios
de la muerte y pasión de nuestro Redentor, que están
actual y esencialmente representados en este sacrificio, el cual,
juntamente con el sacerdote y el pueblo, ofrecerás a Dios
Padre, por su honor y por tu salvación. 5º Desde el Pater Noster hasta la
comunión, esfuérzate en hacer brotar de tu
corazón mil deseos, anhelando ardientemente por estar para
siempre abrazada y unida a nuestro Salvador con un amor eterno.
6º Desde la comunión hasta el fin, da gracias a su divina
Majestad por su pasión y por el amor que te manifiesta en este
santo sacrificio, conjurándole por éste, que siempre te
sea propicio, lo mismo a ti que a tus padres, a tus amigos y a toda
la Iglesia, y, humillándote con todo tu corazón recibe
devotamente la bendición divina que Nuestro Señor te da
por conducto del celebrante.
Pero, si, durante la Misa, quieres meditar los
misterios que hayas escogido para considerar cada día, no será
necesario que te distraigas en hacer actos particulares, sino que
bastará que, al comienzo, dirijas tu intención a querer
adorar a Dios y ofrecerle este sacrificio por el ejercicio de tu
meditación u oración, pues en toda meditación se
encuentran estos mismos actos o expresa, o tácita o
virtualmente.
CAPÍTULO XV
DE OTROS EJERCICIOS PÚBLICOS Y EN
COMÚN
Además de esto, Filotea,
los domingos y días de fiesta, asistirás al oficio de
las Horas y de las Vísperas, si puedes buenamente; porque
estos días están dedicados a Dios, y han de hacerse
más actos en honor y gloria suya, que los demás
días. Si así lo hicieres, sentirás mil dulzuras
de devoción, como le ocurría a San Agustín, el
cual afirma en sus confesiones que, al oír los divinos
oficios, en los comienzos de su conversión, se derretía
su corazón de suavidad y se arrasaban sus ojos de
lágrimas de piedad. Aparte (para decirlo de una vez por todas)
de que se siente más consuelo en los ejercicios
públicos de la Iglesia, que en los actos particulares, pues
Dios ha dispuesto que la comunidad sea preferible a cualesquiera
singularidades.
Entra de buen grado en las cofradías del
lugar donde resides, especialmente en aquellas cuyos ejercicios
producen más fruto de edificación; porque, en esto,
practicarás una especie de obediencia muy agradable a Dios,
pues si bien no está mandado el ingreso en las
cofradías, no obstante está muy recomendado por la
Iglesia, la cual, para demostrar que es su deseo el que muchos se
alisten en ellas, concede indulgencias y otros privilegios a los
cofrades. Además, siempre es cosa muy caritativa concurrir y
cooperar a los buenos intentos de otros. Y, aunque pueda darse el
caso de que alguno haga, en particular, los mismos actos de piedad
que, en las cofradías, se hacen en común, y aunque
encuentre más gusto en hacerlos privadamente, Dios, empero, es
más glorificado en la unión de nuestras buenas obras
con las de nuestros hermanos.
Lo mismo digo de toda clase de preces y devociones
públicas, a las cuales, en la medida de lo posible, hemos de
aportar nuestro buen ejemplo, para la edificación del
prójimo, y nuestro celo por la gloria de Dios y por las
intenciones de la comunidad.
CAPÍTULO XVI
QUE ES MENESTER HONRAR E INVOCAR A LOS SANTOS
Puesto que, con mucha frecuencia, nos envía
Dios sus inspiraciones, por medio de sus ángeles,
también nosotros hemos de hacer llegar a Él nuestras
aspiraciones por el mismo camino. Las almas santas de los difuntos,
que están en el paraíso con los ángeles, y que,
como dice Nuestro Señor, son iguales y semejantes a los
ángeles, desempeñan el mismo oficio: el de inspirarnos
y el de suspirar por nosotros con sus santas oraciones. Filotea, unamos nuestros corazones a estos
celestiales espíritus y almas bienaventuradas, y, así
como los pequeños ruiseñores aprenden a cantar de los
que son mayores, de la misma manera, por la sagrada amistad que
entablaremos con los santos, sabremos orar y cantar mejor las divinas
alabanzas: «Cantaré salmos -decía David-en
presencia de los ángeles>.
Honra, venera y reverencia, de un modo especial, a
la sagrada y gloriosa Virgen María: ella es la Madre de
nuestro Padre, que está en los cielos y, por consiguiente, es
nuestra gran Madre. Acudamos, pues, a ella y, como hijitos suyos,
lancémonos a su regazo con una perfecta confianza; en todo
momento y en todas las ocasiones, acudamos a esta Madre, invoquemos
su amor maternal, procuremos imitar sus virtudes y tengamos para con
ella un verdadero corazón de hijo.
Familiarízate mucho con los ángeles;
contémplalos con frecuencia, invisiblemente presentes en tu
vida, y, sobre todo, estima y venera el de la diócesis a la
cual perteneces, a los de las personas con quienes convives, y,
especialmente, al tuyo; suplícales con frecuencia,
alábales siempre y sírvete de su ayuda y auxilio en
todos los negocios, espirituales y temporales, para que cooperen a
tus intenciones .
El gran Pedro Fabro,
primer sacerdote, primer predicador, primer lector de teología
de la Compañía de Jesús y primer
compañero de San Ignacio, fundador de la misma, al regresar de
Alemanía, donde había
prestado grandes servicios a la gloria de Nuestro Señor,
pasó por esta diócesis, lugar de su nacimiento, y
contó que, habiendo atravesado muchas regiones de herejes,
había recibido mil consuelos, por haber saludado, al llegar a
cada parroquia, a sus ángeles protectores, y había
experimentado sensiblemente que éstos le habían sido
propicios, en su defensa contra las asechanzas de los herejes y le
habían ayudado a amansar a muchas almas y a hacerles
dóciles a la doctrina de salvación. Y decía esto
con tanto entusiasmo, que una señora, entonces joven, que se
lo oyó referir, le explicaba hace sólo cuatro
años, es decir, sesenta años después, muy
emocionada. El año pasado, tuve el consuelo de consagrar un
altar en el mismo lugar donde Dios hizo nacer a este santo
varón, en el pueblo de Villaret,
dentro de nuestras más escarpadas montañas.
Elige algunos santos particulares, cuya vida
puedas saborear e imitar mejor, y en cuya intercesión tengas
una especial confianza; el santo de tu nombre te ha sido
señalado ya desde el Bautismo.
CAPITULO XVII
COMO SE HA DE ESCUCHAR Y LEER LA PALABRA DE DIOS
Seas devota de la palabra de Dios. Tanto si la
escuchas en las conversaciones familiares con tus amigos
espirituales, como si la escuchas en el sermón, hazlo siempre
con atención y reverencia; saca de ella provecho, y no
permitas que caiga en tierra, sino recíbela en tu
corazón, como un bálsamo precioso, a imitación
de la Santísima Virgen, que guardaba cuidadosamente en el suyo
todas las palabras que se decían en alabanza de su Hijo. Y
recuerda que Nuestro Señor recoge las palabras que nosotros le
dirigimos en nuestras plegarias, a proporción de como nosotros
recogemos las que Él nos dice por medio de la
predicación.
Ten siempre cerca de ti, algún libro de
devoción, como lo son los de San Buenaventura, Gerson, Dionisio, Cartusiano,
Luis de Blo,is, Granada, Estella, Arias, Pinelli,
La Puente, Ávila, el Combate espiritual, las Confesiones de
San Agustín, las cartas de San Jerónimo, y otros
semejantes; y cada día lee un fragmento, con gran
devoción, como si leyeses cartas enviadas a ti por los santos,
desde el cielo, para enseñarte el camino y alentarte a llegar
a él.
Lee también las historias y las vidas de
los santos, en las cuales, como en un espejo, contemplarás la
imagen de la vida cristiana, y ajusta sus actos a tu aprovechamiento,
según tu profesión. Porque, aunque muchos actos de los
santos no son absolutamente imitables por los que viven en medio del
mundo, todos, empero, pueden ser seguidos de cerca o de lejos. La
soledad de San Pablo, primer ermitaño, puede ser imitada en
tus retiros espirituales o reales, de los cuales hablaremos y hemos
tratado más arriba; la extremada pobreza de San Francisco
puede ser imitada mediante las prácticas de pobreza que
indicaremos después, y así de las demás
virtudes. Es verdad que hay ciertas historias que dan más luz
que otras, para la dirección de nuestra conducta, como la vida
de Santa Teresa de Jesús, la cual es admirable en este aspecto;
las vidas de los primeros jesuitas, la de San Carlos Borromeo, arzobispo de Milán; la de San
Luis, la de San Bernardo, las Crónicas de San Francisco, y
otras semejantes. Otras hay, en las cuales se encuentra más
materia de admiración que de imitación, como la de
Santa María Egipciaca, la de San Simeón Estilita, las
de las dos santas Catalinas, de Sena y de Génova, de Santa Agueda, y otras por el estilo, que no dejan, no
obstante, de producir, en general, un grato gusto de santo amor de
Dios.
CAPÍTULO XVIII
COMO SE HAN DE RECIBIR LAS INSPIRACIONES
Entendemos por inspiraciones todos los atractivos,
movimientos, reconvenciones y remordimientos interiores, luces y
conocimientos que recibimos de Dios, el cual previene nuestro
corazón con sus bendiciones, con cuidado y amor paternal, para
despertarnos, excitarnos, empujarnos y atraernos a las santas
virtudes, al amor celestial, a los buenos propósitos, en una
palabra, a todo lo que nos encamina hacia nuestro bien eterno. Es lo
que el Esposo entiende por llamar a la puerta y hablar al
corazón de la Esposa, despertarla cuando duerme, llamarla y
reclamarla cuando está ausente, invitarla a gustar la miel y a
coger las manzanas y las flores de su jardín y a cantar y
hacer resonar su dulce voz en sus oídos.
Para ajustar perfectamente un casamiento, se
requieren tres actos de parte de la doncella que quiere casarse:
porque, primeramente, se le propone el partido; en segundo lugar
acepta la propuesta, y finalmente, consiente. Asimismo, Dios, cuando
quiere hacer en nosotros, por nosotros y con nosotros un acto de gran
caridad, primero nos lo propone por medio de sus inspiraciones;
después nosotros lo aceptamos, y, por último,
consentimos en él; porque, así como para descender hasta
el pecado, hay que pasar por tres grados; la tentación, la
delectación y el consentimiento, de la misma manera, hay tres
para subir hasta la virtud: la inspiración, que es contraria a
la tentación; la delectación en la inspiración,
que es contraria al deleite en la tentación, y el consentimiento
en la inspiración, que es contrario al consentimiento en la
tentación.
Aunque la inspiración se prolongase durante
todo el tiempo de nuestra vida no seríamos, sin embargo,
agradables a Dios, si no nos deleitásemos en ella; al
contrario: su divina Majestad ::>e ofendería, como se
ofendió contra los israelitas, con los cuales, como Él
mismo nos lo dice, estuvo por espacio de cuarenta años
exhortándoles a que se convirtiesen, sin que jamás
hubiesen querido saber nada de ello, por lo que juró, en su
ira, que no entrarían en el lugar de su reposo. Así, el
galán que hubiese estado, durante mucho tiempo, haciendo la
corte a una doncella, quedaría después muy ofendido, si
ella no quisiera saber nada del casamiento.
El placer que encontramos en las inspiraciones nos
acerca mucho a la gloria de Dios, con lo que ya comenzamos a ser
agradables a la divina Majestad, pues, aunque esta complacencia no
sea un verdadero consentimiento, es una cierta disposición. Y,
si es muy buena señal y cosa muy útil complacerse en
oír la palabra de Dios, que es como una inspiración
interior, es también cosa buena y agradable a Dios complacerse
en la inspiración interior; ésta es aquella
complacencia de la cual habla la Esposa, cuando dice: «Mi alma
se ha derretido de gozo, cuando ha hallado a mi muy amado».
Así, el galán está muy contento de la damisela a
quien sirve, cuando ve que es correspondido y que ella se complace en
su servicio.
Finalmente, es el consentimiento el que
perfecciona el acto virtuoso, porque, si estando inspirados y
habiéndonos complacido en la inspiración, no obstante
negamos a Dios el consentimiento, somos en gran manera desagradecidos
y hacemos gran agravio a su divina Majestad, pues entonces parece que
es mayor el desprecio. Esto es lo que ocurrió a la Esposa,
pues, aunque la voz del amado estremeció su corazón de
santa alegría, no obstante no le abrió la puerta, sino
que se excusó con un frívolo pretexto, lo cual dio
lugar a que el Esposo se indignase justamente y, pasando de largo, la
dejase. Así el galán, que, después de haber
suspirado mucho por una joven y de haberle prestado agradables
servicios, se viese al fin rechazado y despreciado, tendría
muchos más motivos de disgusto que si su requerimiento no
hubiese sido aceptado y correspondido. Resuélvete, pues, Filotea, a aceptar con todo el afecto todas las
inspiraciones que a Dios pluguiere enviarte, y, cuando las sientas,
recíbelas como mensajeras del Rey celestial, que desea
desposarse contigo. Escucha de buen grado sus propuestas; considera
el amor con que te las ha inspirado y fomenta la santa
inspiración. Consiente, pero con un consentimiento pleno,
amoroso y constante, a la santa inspiración, porque, de esta
manera, Dios, a quien no puedes obligar, se tendrá por muy
obligado a tu afecto. Pero antes de consentir en las inspiraciones de
cosas importantes y extraordinarias, aconséjate, para no ser
engañada, con tu confesor, a fin de que 61 examine si la
inspiración es falsa o verdadera; pues ocurre que el enemigo,
cuando ve un alma pronta en dar consentimiento a las inspiraciones,
le sugiere, con frecuencia, cosas falsas, para engañarla, lo
cual nunca podrá lograr mientras ella obedezca con humildad al
director.
Una vez dado el consentimiento, es menester
procurar, con mucha diligencia, llevar a la práctica y
ejecutar la inspiración, en lo cual consiste la
perfección de la verdadera virtud; porque tener el
consentimiento en el corazón sin realizarlo, sería lo
mismo que plantar una viña sin querer que diese fruto.
Ahora bien, para ello es muy útil el «ejercicio
del cristiano» de la mañana y el retiro espiritual, de
que hemos hablado más arriba, pues, de esta manera, nos
preparamos para hacer el bien, con una preparación, no
sólo general, sino, además, particular.
CAPÍTULO XIX
DE LA SANTA CONFESIÓN
Nuestro Salvador ha dejado a su Iglesia el
sacramento de la Penitencia y la confesión para que en
él nos purifiquemos de nuestras iniquidades, siempre que por
ellas seamos mancillados. No permitas, pues, Filotea,
que tu corazón permanezca mucho tiempo manchado por el pecado,
pues tienes un remedio tan a mano y tan fácil. La leona que se
ha acercado al leopardo, corre presto a lavarse, para sacar de
sí el mal olor que este contacto ha dejado en ella, a fin de
que, cuando llegue el león no se sienta, por ello, ofendido e
irritado; el alma que ha consentido en el pecado ha de tener horror
de sí misma y ha de lavarse cuanto antes, por el respeto que
debe a la divina Majestad, que le está mirando. ¿Por
qué pues, hemos de morir de muerte espiritual, teniendo, como
tenemos, un remedio tan excelente?
Confiésate devota y humildemente cada ocho
días, aunque la conciencia no te acuse de ningún pecado
mortal; de esta manera, en la confesión, no sólo
recibirás la absolución de los pecados veniales que
confieses, sino también una gran fuerza para evitarlos en
adelante, una gran luz para saberlos conocer bien y una gracia
abundante para reparar todas las pérdidas por ellos
ocasionados. Practicarás la virtud de la humildad, de ¡a obediencia, de la simplicidad y de la
caridad, y, en este solo acto de la confesión,
practicarás más virtudes que en otro alguno.
Ten siempre un verdadero disgusto por los pecados
confesados, por pequeños que sean, y haz un firme
propósito de enmendarte en adelante. Muchos confiesan los
pecados veniales por costumbre y como por cumplimiento, sin pensar
para nada en su enmienda, por lo que andan, durante toda su vida,
bajo el peso de los mismos, y, de esta manera, pierden muchos bienes
y muchas ventajas espirituales. Luego, si confiesas que has mentido
aunque sea sin daño de nadie, o que has dicho alguna palabra
descompuesta, o que has jugado demasiado, arrepiéntete y haz
el propósito de enmendarte; porque es un abuso confesar un
pecado mortal o venial sin querer purificarse de él, pues la
confesión no ha sido instituida más que para esto.
No hagas tan sólo ciertas acusaciones
superfluas, que muchos hacen por rutina: no he amado a Dios como
debía; no he rezado con la debida devoción; no he amado
al prójimo cual conviene; no he recibido los sacramentos con
la reverencia que se requiere, y otras cosas parecidas. La
razón es, porque, diciendo esto, nada dices, en concreto, que
pueda dar a conocer a tu confesor el estado de tu conciencia, pues
todos los santos del cielo y todos los hombres de la tierra podrían
decir lo mismo, si se confesaran. Examina, pues, de qué cosas,
en particular, hayas de acusarte, y, cuando las hubieres descubierto,
acúsate de las faltas cometidas, con sencillez e ingenuidad.
Te acusas, por ejemplo, de que no has amado al prójimo como
debías; ¿lo haces porque has encontrado un pobre
necesitado, al cual podías socorrer y consolar, y no has hecho
caso de él? Pues bien, acúsate de esta particularidad y
di: he visto un pobre necesitado, y no lo he socorrido como
podía, por negligencia, o por dureza de corazón, o por
menosprecio, según conozcas cuál sea el motivo del
pecado. Asimismo, - no te acuses, en general, de no haberte
encomendado a Dios con la devoción que debías; sino
que, si has tenido distracciones voluntarias o no has tenido cuidado
en elegir el lugar, el tiempo y la compostura requerida para estar
atento en la oración, acúsate de ello sencillamente,
según sea la falta, sin andar con vaguedades, que nada
importan en la confesión.
No te limites a decir los pecados veniales en cuanto
al hecho; antes bien, acúsate del motivo que te ha inducido a
cometerlos. No te contentes con decir que has mentido sin
dañar a nadie; di si lo has hecho por vanagloria, para
excusarte o alabarte, en broma o por terquedad. Si has pecado en las
diversiones, di si te has dejado llevar del placer en la
conversación, y así de otras cosas. Di si has
persistido mucho en la falta, pues, generalmente, la duración
acrecienta el pecado, porque es mucha la diferencia entre una vanidad
pasajera, que se habrá colado en nuestro espíritu por
espacio de un cuarto de hora, y aquella en la cual se habrá
recreado nuestro corazón, durante uno, dos o tres días.
Por lo tanto, conviene decir el hecho, el motivo y la duración
de los pecados, pues, aunque, ordinariamente, no tenemos la
obligación de ser tan meticulosos en la declaración de
los pecados veniales, ni nadie está obligado a confesarlos, no
obstante, los que quieren purificar bien sus almas, para llegar
más fácilmente a la santa devoción, han de ser
muy diligentes en dar a conocer al médico espiritual el mal,
por pequeño que sea, del cual desean ser curados.
No dejes de decir nada de lo que sea conveniente
para dar a conocer la calidad de la ofensa, como el motivo por el
cual te has puesto airada o por el cual has permitido que alguna
persona perseverase en su vicio. Por ejemplo, un hombre que me es
antipático me dice en broma, alguna ligereza; yo lo llevo a
mal y me pongo airada; en cambio, si otro, con quien simpatizo, me
dice algo peor, lo recibiré bien. No me olvidaré, pues,
de decir: he pronunciado algunas palabras airadas contra una persona,
porque me ha enojado por una cosa que me ha dicho, mas
no por la clase de palabras, sino porque me es antipática. Y,
si es necesario particularizar las frases que hubieses dicho, para
explicarte mejor, harás bien en decirlas, porque,
acusándote ingenuamente, no sólo descubres los pecados
cometidos, sino también las malas inclinaciones, las
costumbres, los hábitos y las demás raíces del
pecado, con lo que el padre espiritual adquiere un conocimiento
más perfecto del corazón que trata y de los remedios
que necesita. Conviene, empero, en cuanto sea posible, no descubrir
la persona que haya cooperado a tu pecado.
Vigila sobre una infinidad de pecados que, con
mucha frecuencia, viven y se enseñorean insensiblemente de la
conciencia, porque así los confesarás mejor y te
purificarás de ellos; con este objeto, lee atentamente los
capítulos VI, XXVII, XXVIII, XXIX, XXXV y XXXVI de la tercera
parte y el capítulo VIII de la cuarta parte.
No cambies fácilmente de confesor, sino,
una vez hayas elegido uno, continúa dándole cuenta de
conciencia, los días destinados a ello, confesándole
ingenua y francamente los pecados que hubieres cometido, y, de vez en
cuando, por ejemplo cada mes, o cada dos meses, dale también
cuenta del estado de tus inclinaciones, aunque no te hayan inducido a
pecado, como si te sientes atormentado por la tristeza o por el
tedio, o si te dejas dominar por la alegría, por los deseos de
adquirir riquezas o por otras parecidas inclinaciones.
CAPÍTULO XX
DE LA COMUNIÓN FRECUENTE
Se cuenta de Mitrídates,
rey del Ponto, que, habiendo inventado el «mitrídato»,
de tal manera reforzó con él su cuerpo, que como
hubiese intentado más tarde suicidarse, para no caer en la
servidumbre de los romanos, nunca pudo lograrlo. El Salvador ha
instituido el augustísimo sacramento de la Eucaristía,
que contiene realmente su carne y su sangre, para que quien le coma
viva eternamente; por esta causa, el que usa de él con frecuencia
y con devoción, de tal manera robustece la salud y la vida de
su alma, que es casi imposible que sea envenenado por ninguna clase
de malos efectos. Es imposible alimentarse de esta carne y vivir con
afectos de muerte. Porque, así como los hombres del paraíso
terrenal podían no morir, por la fuerza de aquel fruto de vida
que Dios había puesto allí, de la misma manera pueden
no morir espiritualmente, por la virtud de este sacramento de vida.
Si los frutos más tiernos y más sujetos a la
corrupción, como las cerezas, los albaricoques y las fresas,
fácilmente se conservan todo el año confitados con
azúcar y con miel, no es de maravillar que nuestros corazones,
aunque flacos y miserables, sean preservados de la corrupción
del pecado, cuando están azucarados y dulcificados con la
carne y la sangre del Rijo de Dios. ¡Oh Filotea!
los cristianos que serán condenados no sabrán
qué responder, cuando el imparcial Juez les haga ver que, por
su culpa, han muerto espiritualmente, siendo así que era una
cosa muy sencilla conservar IP vida y la salud, con sólo comer
su Cuerpo, que Él les había dado con este fin:
«Miserables -les dirá-, ¿por qué
habéis muerto, habiéndoos mandado comer del fruto y del
manjar de vida?»
«En cuanto a recibir la comunión
eucarística todos los días, ni lo alabo ni la repruebo;
en cuanto a comulgar a lo menos todos los domingos, lo aconsejo y
exhorto a todos a que lo hagan, con tal que el alma esté libre
de todo afecto al pecado». Así habla San Agustín,
por lo cual no alabo ni vitupero absolutamente el que se comulgue
diariamente, sino que lo dejo a la discreción del padre
espiritual de cada uno, ya que, siendo menester las disposiciones
debidas para la comunión frecuente, no es posible dar un
consejo general; y, como que estas disposiciones pueden encontrarse
en muchas almas, no sería acertado aconsejar de una manera
absoluta el alejamiento y la abstención de la comunión
diaria, pues es una cuestión que se ha de resolver teniendo en
cuenta el estado interior de cada uno en particular. Sería
imprudente aconsejar a todos indistintamente esta práctica;
pero seria igualmente imprudente censurar a los que la siguen, sobre
todo si obran aconsejados por algún digno director. Fue muy
graciosa le respuesta de Santa Catalina de Sena, a la cual, mientras
hablaba de la comunión frecuente, le opusieron que San
Agustín no alababa ni vituperaba el comulgar cada día:
«Pues bien-replicó ella-, puesto que San Agustín
no lo reprueba, os ruego que tampoco lo reprobéis vosotros, y
esto me basta».
Filotea, has visto cómo
San Agustín exhorta y aconseja que no se deje de comulgar cada
domingo; hazlo siempre que te sea posible. Puesto que, como creo, no
tienes ningún afecto al pecado mortal, ni tampoco al pecado
venial, ya estás en la verdadera disposición que San
Agustín exige, y aún en una disposición
más excelente, pues ni siquiera tienes afecto al pecado; por
lo tanto, cuando le parezca bien a tu padre espiritual, podrás
comulgar, con provecho, más de una vez cada semana.
Es posible, empero, que sobrevengan algunos
impedimentos,. no
precisamente de tu parte, sino de parte de aquellos con quienes
convives, impedimentos que, en alguna ocasión, pueden
aconsejar a un. director prudente el que te
diga que no comulgues con tanta frecuencia. Por ejemplo, si
estás sujeto a alguien, y las personas a las cuales debes
obediencia y sujeción están tan poco instruidas, o
están tan pegadas a su parecer, que se inquietan o enojan al
ver que comulgas con tanta frecuencia, quizás, bien
consideradas todas las cosas será mejor condescender un poco
con su debilidad y comulgar menos. Pero esto únicamente se
entiende del caso en el cual la dificultad no pueda ser superada de
otra manera. Mas, como quiera que esto no se
puede precisar de una manera general, será conveniente
atenerse, en cada caso a lo que diga el padre espiritual. Lo que
puedo asegurarte es que no pueden distar mucho unas de las otras las
comuniones de los que quieren servir devotamente a Dios.
Si eres prudente, no habrá ni padre, ni
esposa, ni marido, que te impida comulgar frecuentemente; porque el
ir a comulgar no será ningún estorbo para el
cumplimiento de los deberes propios de tu condición;
más aún, como que, comulgando, serás cada
día más dulce y más amable con ellos y no les
negarás ningún servicio, no habrá por qué
temer que se opongan a la práctica de este ejercicio, que no
les acarreará ninguna molestia, a no ser que obren movidos por
un espíritu en extremo quisquilloso e incomprensivo; en este
caso, el director, como ya te lo he dicho, te aconsejará
cierta condescendencia.
Es conveniente, ahora, decir cuatro palabras a los
casados. En la Ley antigua, no era cosa bien vista que los acreedores
exigiesen el pago de las deudas en día festivo, pero aquella
Ley nunca reprobó que los deudores cumpliesen sus obligaciones
y pagasen a los que lo exigían. En cuanto a los derechos
conyugales, si bien es de alabar la moderación, no es pecado
hacer uso de los mismos los días de comunión, y el
pagarlos no sólo no es reprobable, sino que es justo y
meritorio. Así, pues, nadie que tenga obligación de
comulgar se ha de privar de la comunión a causa de las
relaciones conyugales. En la primitiva Iglesia, los cristianos
comulgaban cada día, aunque estuviesen casados y tuviesen
fruto de bendición; por esto te he dicho que la
comunión frecuente no ocasiona ninguna molestia ni a los
padres, ni a las esposas, ni a los maridos con tal que el alma que
comulga sea prudente y discreta. En cuanto a las enfermedades
corporales, ninguna puede ser legítimo obstáculo para
esta santa participación, a no ser que provocase con mucha
frecuencia el vómito.
Para comulgar con frecuencia basta con estar libre
de pecado mortal y tener un recto deseo de hacerlo. Siempre, empero,
es mejor que pidas el parecer al padre espiritual.
CAPÍTULO XXI
COMO SE HA DE COMULGAR
La noche anterior, comienza a prepararte para la
Sagrada Comunión, con muchas aspiraciones y deseos amorosos, y
acuéstate a la hora conveniente, para que puedas levantarte
temprano. Y, si, durante la noche te despiertas, llena enseguida tu
corazón o tu boca de palabras olorosas, con las cuales sea tu
alma perfumada para recibir al Esposo, el cual, en vela, mientras
tú duermes, se prepara para traerte mil gracias y favores, si
tú, por tu parte, estás en disposición de
recibirlos. Por la mañana, levántate con gran
alegría, por la bienaventuranza que esperas, y una vez
confesada, ve con gran confianza, mas también con gran
humildad, a recibir este pan celestial, que te alimenta para la
inmortalidad. Y, después que hubieres dicho estas palabras:
«Señor, yo no soy digna», no muevas más la
cabeza ni los labios, ni para rezar ni para suspirar, sino que,
abriendo con suavidad la boca y levantando lo necesario la cabeza,
para que el sacerdote pueda ver lo que hace, recibe, llena de fe, de
esperanza y de caridad, a Aquel, en el cual, por el cual y para el
cual, crees, esperas y amas. ¡Oh Filotea!
imagínate que, así como la abeja, después de
haber chupado de las flores el rocío del cielo y el
néctar más exquisito de la tierra, y, después de
haberlo convertido en miel, lo lleva a su panal, de la misma manera,
el sacerdote, después de haber tomado del altar el Salvador
del mundo, verdadero Hijo de Dios, que, como rocío, desciende
del cielo, y verdadero Hijo de la Virgen, que, corno una flor, ha brotado
de la tierra de nuestra humanidad, lo pone, como manjar de suavidad,
en tu boca y en tu corazón. Una vez lo hayas recibido, mueve
tu corazón a rendir homenaje a este Rey Salvador; habla con
Él de tus interioridades, contémplalo dentro de ti,
donde ha entrado para tu felicidad; finalmente, hazle tan buena
acogida como puedas y pórtate de manera que, en todos los
actos, se conozca que Dios está en ti.
Pero, cuando no puedas tener el gozo de comulgar
realmente en la santa Misa, comulga, a lo menos, de corazón y
en espíritu, uniéndote, con fervoroso deseo, a esta
carne vivificadora del Salvador.
Tu gran anhelo, en la comunión, ha de ser
avanzar, robustecerte y consolarte en el amor de Dios, ya que por
amor, debes recibir al que, sólo por amor, se da a ti. No, el
Salvador no puede ser considerado en una acción ni más
amorosa ni más tierna que ésta, en la cual podemos
afirmar que se anonada y convierte en manjar, para penetrar en
nuestras almas y unirse íntimamente al corazón y al
cuerpo de sus fieles.
Si los mundanos te preguntan por qué
comulgas con tanta frecuencia, diles que lo haces para aprender a
amar a Dios, para purificarte de tus imperfecciones, para consolarte
en sus aflicciones, para apoyarte en tus debilidades. Diles que son
dos las clases de personas que han de comulgar con frecuencia: las
perfectas, porque, estando bien dispuestas, faltarían, si no
se acercasen al manantial y a la fuente de perfección, y las
imperfectas, precisamente para que puedan aspirar a ella; las
fuertes, para no enflaquecer, y las débiles, para
robustecerse; las enfermas, para sanar, y las que gozan de salud,
para no caer enfermas; y tú, como imperfecta, débil y
enferma, tienes necesidad de unirte, con frecuencia, con tu
perfección, con tu fuerza y con tu médico. Diles que
los que no están muy atareados han de comulgar con frecuencia,
porque tienen tiempo para ello, y que los que tienen mucho trabajo
también, porque lo necesitan, pues los que trabajan mucho y
andan cargados de penas, han de tomar manjares sólidos y
frecuentes. Diles que recibes el Santísimo Sacramento para
aprender a recibirlo bien, porque no se hace bien lo que no se hace
con frecuencia.
Filotea, comulga mucho, tanto
cuanto puedas, con el parecer de tu padre espiritual; y,
créeme, las liebres de nuestras montañas, en invierno,
se vuelven blancas porque no ven ni comen más que nieve; y
tú, a fuerza de adorar y comer la belleza, la bondad y la
pureza misma, en este divino Sacramento, llegarás a ser toda
hermosa, toda buena y toda pura.
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