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Caminando
con Jesus
HISTORIA
DE Pedro
Sergio Antonio Donoso Brant |
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Preparado
desde los artículos selectos del “Manual de la Biblia” por
H. Martens, Parte II, y otros datos culturales —
Para Usos
Internos y Didácticos Solamente — |
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PESOS Y MEDIDAS DEL PERÍODO BÍBLICO. MEDIDAS DE CAPACIDAD (PARA LÍQUIDOS). EL VESTIDO EN TIEMPOS DE JESÚS. DERECHO Y USO ENTRE ISRAELITAS Y JUDÍOS. EL RESCATE DE LOS PRIMOGÉNITOS. LA PREGUNTA ACERCA DE LA VERDAD. |
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La vida humana se sustenta sobre ciertas
bases materiales sin las que no puede prosperar. Las ciencias económicas
califican de “necesidades imprescindibles” aquéllas a las que responden esas
bases materiales, y que son las necesidades de alimento, vestido y vivienda.
Son necesidades que el hombre tiene como persona particular. Pero el hombre
no es sólo individuo, sino que vive en comunidad. De ahí que también las formas de esas
bases materiales se desarrollen de acuerdo con un tipo de vida comunitaria;
o, dicho con mayor precisión, de acuerdo con la forma de vida económica en
que el hombre se procura su alimento, vestido y habitación. Pero esa vida comunitaria no es sólo una
vida económica, sino que exige y produce otras formas de vida que apenas
tienen que ver con la vida económica o que elevan directamente al hombre por
encima de su dependencia material. Son las normas que el hombre se da a sí
mismo, con las que, por una parte, puede afirmarse y, por otra, puede vivir
pacíficamente con el vecino inmediato y con el vecino en sentido más amplio.
Son también las normas en las que el hombre se sitúa para convertir las
grandes piedras miliarias de la vida en signos de que el hombre tiene un
valor propio y superior. Una descripción resumida de esos
elementos básicos del hombre de los tiempos bíblicos se recoge en este
Manual, porque son realidades y cosas (realia) que
atraviesan toda la vida. No son típicas de determinados procesos y
doctrinas, sino que caracterizan la vida toda de los tiempos bíblicos.
Dividimos el estudio en tres capítulos: 1.
Formas económicas básicas. 2.
Alimento, vestido y vivienda. 3.
Derecho y uso en los tiempos bíblicos. La selección está condicionada por la
finalidad del libro. Es una de las formas importantes de la
economía en los tiempos bíblicos. Como ni esos tiempos ni los hombres que en
ellos vivieron pertenecen a la prehistoria, las formas de economía primitiva
que eran la recolección y la caza pueden quedar fuera de nuestro estudio.
Para Palestina, apenas tenían entonces una importancia mayor que para
nosotros hoy, aunque la recolección y la caza no dejen de tener alguna
importancia para la vida económica. Como a los patriarcas de Israel sólo
podemos representárnoslos en su condición de nómadas forzados, y no cual
nómadas por decisión propia, también tenemos que verlos ya como agricultores,
aunque practicasen la agricultura sólo en una escala mínima (seminómadas).
Estando a los relatos bíblicos, los patriarcas fueron sobre todo criadores de
ganado menor (véase el apartado sobre la ganadería), lo que comportaba un nomadeo estacional; pero el jefe de la tribu (por
ejemplo, Abraham, Jacob) poseía un asentamiento fijo, lo que favorecía De manera parecida los emigrantes
llegados a Egipto, a la tierra de Gosén, debieron practicar
en su vida de nómadas algo de agricultura para satisfacer sus necesidades más
elementales. Los relatos de la época del desierto
reflejan la vinculación de Israel con la agricultura; todo el empeño de los
prófugos de Egipto — así lo cuenta la Biblia — se orientaba a la conquista de
un país como asentamiento fijo, lo que no hubiera tenido especial atractivo
para criadores nómadas de ganado menor. Por ello, precisamente el relato de
los exploradores no ha de entenderse sólo en el sentido de que éstos hubieran
descubierto que la tierra prometida, con una fertilidad muy corriente,
producía frutos extraordinarios — y en la que por lo mismo podían
intercambiarse o comprarse los frutos ambicionados del país —, sino que
habían descubierto una tierra con posibilidades para la propia agricultura. En el país de Canaán, tras su conquista,
ciertamente que continuaron practicando la cría de ganado menor, porque el
país, en la medida en que lo permitía su fertilidad, estaba cultivado en
parte por los cananeos; pero es evidente que con la conquista del país por
las doce tribus de Israel la agricultura fue ganando en importancia como una
segunda forma de economía, según lo certifican los textos bíblicos más
antiguos (cf. el libro de los Jueces, los libros de Samuel, el libro de Rut,
etc.). Por lo demás, las condiciones del país conllevaban el que la
agricultura nunca acabase por eliminar la cría de ganado menor; pero las
viejas fiestas de los Panes ácimos y de Pentecostés
muestran cómo la agricultura tenía en la conciencia popular un papel más
importante que la cría de ganado menor. Tras la conquista del país, la
agricultura vino a ser como el signo externo de que Israel había tomado
posesión real de la tierra. De la época monárquica procede, por ejemplo,
un indicio extraordinario de la íntima conexión de Israel con la agricultura:
la descripción que hace de la creación del hombre el llamado segundo relato
de Una dificultad aparente para la valoración
positiva de la agricultura es la que presenta el relato de Caín y Abel, ya
que el agricultor Caín no sale bien parado en tal relato (véase a
continuación el apartado sobre la ganadería, y la perícopa
de Caín y Abel); como quiera que sea, el capítulo, que puede haberse
redactado en los primeros tiempos de la liga tribal en Palestina, certifica
la coexistencia en aquella época de agricultura y ganadería, coexistencia que
a los ojos de los israelitas aparecía como algo normal, y por ello el
narrador la habría proyectado a la época de los primeros pobladores de la
tierra. El narrador
presenta incluso al salvado Noé como el reiniciador
de la vida agrícola. Y como ese relato procede del círculo tradicional judío
del Escrito sacerdotal, quiere decirse que, al menos para Judá, la
agricultura era una o la forma normal de vida. Las condiciones
del país de Palestina no parece que en la época de los israelitas hubieran
sido mucho más favorables a la agricultura de cuanto lo son en Fértiles eran sobre todo las llanuras; y
terreno fértil y cultivable lo ofrecían las pendientes y cimas con su
superficie rojiza (‘adamah) de tierra calcárea de
erosión, aunque su cultivo resultase más difícil. Especialmente fértiles eran
el territorio de Galilea y la Jordania oriental, con su lava erosiva. Pero había
también muchos terrenos desérticos, esteparios y de dunas. La cría de ganado
menor era perjudicial para la agricultura, al destruir los pastos del bosque
de matorrales que retienen la humedad. Las estaciones de cultivo se orientaban
por los períodos de las lluvias. En octubre se podía contar con las primeras
lluvias, por lo que los meses de octubre noviembre eran la época de
preparación del suelo. La preparación de los campos empezaba por
la eliminación de zarzales y cardos, que a menudo había que repetir durante
la época en que crecían las siembras. Pero la preparación de la siembra no
siempre se realizaba con el arado de madera. A menudo se sembraba también
sobre el barbecho, que se araba después para cubrir La lluvia y el rocío son también en
Palestina los factores más importantes del crecimiento de las plantas. En
“invierno” la lluvia cae abundante, a menudo incluso en exceso y de forma
violenta, de modo que las aguas torrenciales de enero dañan especialmente los
campos de las laderas arrastrando su escasa capa de humus. Pero hay también
épocas de sequía: inviernos en los que llueve muy poco o en los que no llegan
las aguas tardías (finales de marzocomienzos de
abril) tan importantes para la maduración de las cosechas. En esos períodos adquiere especial
importancia el rocío. En la montaña y en las proximidades de la costa la
caída del rocío es muy abundante, aunque se seque ya a los primeros rayos del
sol (a la transitoriedad del rocío se refiere Os 6:4). A pesar de ello en los
meses estivales (desde mayo) el rocío es el elixir de la vida para el
crecimiento de las plantas. En el clima tropical de la fosa del Jordán casi
no cae rocío alguno. El tiempo de la siega para las cebadas
era desde mediados de abril a mediados de mayo (empezando por la cosecha en
la fosa del Jordán, siguiendo después las tierras costeras junto al
Mediterráneo, las llanuras del interior y, finalmente, las tierras altas). La
siega de los trigos se realizaba unas tres semanas después de la siega de La siega se realizaba separando la espiga
o bien con una hoz roma dejando en el campo unos tallos relativamente altos,
o bien se segaban más a ras del suelo con una hoz más afilada. En cualquier caso es importante saber que
los rastrojos no eran ni con mucho tan altos como los que podemos ver en la
mayor parte de nuestros campos. Se conocía también el atado en gavillas
(Gen 37:7), aunque no siempre era necesario, pues a menudo las espigas
estaban tan secas que podían transportarse directamente del campo a la era. Para la trilla se llevaba la mies seca
con el tallo o paja hasta la era del pueblo. Con un carro ligero o con una tabla enganchados se hacía dar vueltas a un animal de
tiro sobre la parva, hasta que los granos se desprendían de la paja. En el caso de que quedasen tallos largos
se recogían a mano; pero habitualmente después de la trilla sólo quedaban el
grano con la paja y la cascarilla. Para separar la cascarilla y paja del
grano se levantaba la parva con una horquilla de madera de siete dientes y se
lanzaba contra el viento; volaba así la paja, mientras que el grano caía al
suelo de la era, por debajo de la pajilla triturada, de modo que era fácil
separarlos entre sí. Con un bieldo volvían a aventarse los granos para
terminar de separarlos de los restos de paja. La paja más basta se amasaba con
estiércol formando una especie de briquetas que se utilizaban como material de
combustión, mientras que la más fina se empleaba como forraje para los
animales. La cosecha de grano se guardaba en
graneros, y las más de las veces dentro de cántaros o tinajas. Es la forma de economía típica del nómada
y del seminómada. Por lo que hace al tipo de ganadería hay que decir, en
forma un tanto esquemática, que a medida que se estabiliza el asentamiento,
mayor importancia alcanza el ganado mayor, sin que desaparezca por completo
el ganado menor. El nómada y el seminómada crían el ganado
mayor (ganado vacuno) en las proximidades de su campamento, bien como
animales de tiro para el carro, bien (el seminómada) como animales para el
arado. Y naturalmente como animales de carne más que como productores de
leche. Así, Abraham, cuando recibe la visita de los tres varones, corre al
rebaño de vacuno y elige un ternero para sacrificarlo (Gen 18:7). Los animales de tiro con que el clan
jacobita emigró a Egipto eran vacas o bueyes, puesto que ya se conocía la
castración. En la época del asentamiento firme en
Palestina el ganado vacuno permanecía en los establos durante el período de
las lluvias más intensas (de diciembre a febrero). De acuerdo con las
representaciones que nos han llegado, parece que las razas de vacuno fueron
principalmente el uro o bisonte del Cáucaso y el cebú los que mejor se aclimataron en
Palestina; cosa que por lo demás ha ocurrido hasta hoy. Sin embargo, la verdadera riqueza
agropecuaria del nómada y del seminómada consistía en los rebaños de ganado
menor, de ovejas y cabras. La oveja (de cola adiposa) daba leche y lana y,
como animal de matadero, grasa y carne. La cabra (Gen 37:31) daba leche y el
estimado pelo de cabra para la preparación de cobertores y tiendas, como
animal de matadero daba carne, al tiempo que la piel curtida y cosida servía
para los odres de la leche, el agua y el vino. Y como animales de matadero,
tanto la oveja como la cabra eran también los animales propios del sacrificio
religioso. También cuando los inmigrantes se
asentaron definitivamente en Canaán conservaron la forma de vida seminómada
durante largo tiempo, con la cría de ganado menor como forma de economía
dominante. Sólo a partir de la época de David, poco más o menos, se equilibró
en cierto modo la balanza entre agricultura y ganadería, y no porque esta
última retrocediese sino porque la agricultura ganó terreno. En el relato de Caín y Abel hay una
curiosa pincelada romántica sobre las relaciones entre agricultura y ganadería.
Allí aparece Abel, que era pastor y ofrecía las primicias de su ganado, como
un hombre grato a Dios por sus sacrificios. Sin duda que el propósito de la
narración no es contraponer al agricultor y al ganadero; pero no puede
negarse que se percibe una cierta animadversión contra el agricultor.
¿Contradice esto la línea histórica que antes hemos expuesto acerca de la
agricultura? ¿Tal vez se puede reconocer aquí uno de
los motivos de disensión entre las tribus? Porque no cabe duda de que en las
tribus había diferentes tradiciones, de las que las tradiciones de nomadismo
no eran comunes a todas las tribus. Ahora bien, los portadores de una
tradición nómada sin duda que no estaban conformes en su totalidad con el
paso a una agricultura preponderante. Para ellos la vida seminómada y el
oficio de pastor constituían a la vez una tradición y un ideal. Ese ideal del
oficio pastoril debió de cultivarse especialmente en el sur, donde la imagen
del pastor serviría más tarde como modelo de la figura del rey; esta
tradición la podemos percibir así mismo en el lenguaje de Jesús (Jn 10:118).
Es, pues, perfectamente posible que en el motivo de la oposición entre Caín,
el agricultor, y Abel, el pastor, y en la preferencia por este último se haya
conservado un ideal nómada, nostálgico y romántico, de la época en que la
agricultura empezaba a desempeñar un papel cada vez más importante en la vida
del pueblo. Entre el ganado mayor, el camello sólo
alcanza una cierta importancia en la vida de Israel a partir del período monárquico,
mientras que entre los nómadas del desierto, y especialmente los árabes, y
entre los pueblos mercaderes, como los madianitas y los fenicios, ya era
conocido desde la edad del Bronce (y, por tanto, desde el tiempo de los
patriarcas); y en concreto el camello de una sola joroba, o dromedario. David
puso a un árabe al cuidado de sus rebaños de camellos. La carne de camello
era impura; pero se permitía beber la leche de las camellas. Antes de que el camello se utilizase como
animal de montura y de carga, ya conocía Israel el asno y el mulo; los
caballos no se utilizaron como cabalgaduras ni como animales de carga. En la avicultura prevaleció desde los
primeros tiempos del asentamiento la paloma, que se criaba en palomares. La
paloma se daba en Palestina como ave salvaje en varias especies y tipos;
especialmente en la especie de streptopelia turtur o tórtola (con las especies de paloma zumbona y
tórtola propiamente dicha) y en el género de paloma de campo, al que
pertenece también la paloma de las rocas (columba livia), de la que deriva en Palestina la paloma
doméstica. La
paloma
era ave de sacrificio, hasta el punto de que en Israel no se podía sacrificar
ningún otro volátil con fines cultuales. Ya en los
relatos primitivos, que son del Yahvista, se menciona
a la paloma como animal de sacrificio (Gen 15:9). El libro del Levítico la
prescribe repetidas veces como ofrenda sacrificial,
con lo que el sacrificio de las palomas está certificado para los siglos
VIIVI a.C. Y la cita frecuente y amable de la paloma en el libro de Jeremías
confirma la popularidad del animal en esa época. Como sacrificio de purificación de la
madre (Lev 12:68; cf. Lc 2:24), como sacrificio de purificación del varón
(Lev 15:14) y cual sacrificio de rescate del de los nazireos,
la paloma fue uno de los animales más habituales en los sacrificios (cf. Núm
6:10), siendo además el sacrificio por antonomasia de los pobres (Lev 5:7;
12:8; 14:22). Los numerosos sacrificios de palomas — pues precisamente los
sacrificios de purificación eran los más frecuentes — indujeron a los
mercaderes a montar en el atrio del templo sus puestos de venta sobre todo
bien provistos de palomas (Mt 21:12 y par). La paloma como símbolo aparece en los
relatos del Escrito sacerdotal a propósito de las historias de Noé (Gen
8:812). Pero es un símbolo de difícil explicación. Con seguridad, más tarde
la paloma pasó a ser símbolo de la comunidad israelita (cf. StrackBillerbeck sobre Mt 3:16). Si también se la
consideró como símbolo del espíritu (de la fuerza) de Dios, no es algo que se
demuestre por los escritos rabínicos; pero el relato del bautismo de Jesús
(Mt 3:16) permite suponerlo como verosímil. Puesto que se trata de la unción
mesiánica de Jesús por el Dios invisible, subyace ciertamente una conexión
ideológica con la paloma de Noé (Gen 8:11) que regresó al arca con una rama
de olivo. Pero en el bautismo de Jesús no podemos ver a la paloma cual
símbolo del Espíritu Santo como tercera persona de la Trinidad, pese a que
posteriormente se tomase la paloma como símbolo precisamente de la persona
del Espíritu Santo. La imagen, hoy frecuentemente utilizada,
de la paloma sobre las aguas del abismo del tiempo de la creación, que quiere
recoger la frase “el espíritu de Dios se cernía sobre las aguas” (Gen 1:2),
se remonta sin duda al relato neotestamentario del
bautismo de Jesús más que a imágenes anteriores. Los escritos rabínicos nada
saben de una paloma como imagen del espíritu creador. Las gallinas eran conocidas desde
aproximadamente el Aparece en el NT como una fuente
importante de ingresos, y los peces como un alimento importante; y no sólo
para Galilea, que contaba con un caladero notable en su abundoso lago de
Genesaret. La pesca aparece junto al pan como un alimento cotidiano: “¿Acaso
hay entre vosotros un padre, que habiéndole pedido su hijo un pescado, en
lugar del pescado le dé una serpiente?” (Lc 11:11). Además del pan, era una
provisión habitual para el camino, como lo prueban las palabras de Andrés
antes de la multiplicación de los panes (cf. Jn 6:9). Cierto que en el AT ni la pesca ni el
pescado como alimento cotidiano aparecen con tanta frecuencia; pero no hay
duda de que eran frecuentes como actividad profesional y como plato. En
Egipto el pescado en salazón, frito en aceite, y el pescado desecado fueron
durante siglos pitanza popular como companaje. Así pues, al menos los
israelitas salidos de Egipto debieron de conocer ya la pesca y la consumición
del pescado ya desde allí (cf. Núm 11:5). También el Mediterráneo y el lago
de Genesaret invitaban a los habitantes veterotestamentarios
de sus costas a la captura y saboreo de sus pescados abundantes. La “puerta
de los Peces” y el “mercado del pescado” en Jerusalén (cf. Sof 1:10 y Neh 3:3) testimonian incluso el comercio del
pescado de la ciudad santa de época del AT, y podemos concluir que en ese
tiempo se practicaron también en Palestina las salazones de pescado. Dado que varios de los apóstoles eran
pescadores, la pesca y el pescado juegan un papel importante en el NT. Se
pescaba principalmente con redes, de las que el Evangelio de Mateo nos da
tres tipos: Diktya (en griego): un
instrumento de captura que sólo se designa en forma plural porque constaba de
varias redes; generalmente eran tres las redes superpuestas, de Amphiblestron (nombre griego):
un instrumento de captura ribereño, con el que también se pescaba de día; se
trataba de un esparavel, una red redonda, con piedras fijas en los bordes. Se
lanzaba plano sobre el agua o se extendía sobre la misma y cerca de la orilla
desde un bote; mientras se hundía empujaba a los peces hacia arriba
trabándolos en su malla. Con tal red pescaban Simón y Andrés al ser llamados
por Jesús (Mt 4:18). Sagene (también nombre
griego): una red de arrastre de Luego que las barcas atracaban por la
mañana, los peces eran puestos en salazón y una parte se vendía de inmediato.
Antes se asaba algo de la captura como desayuno de los pescadores. Eso es lo
que se hace ahora y se hacía también en tiempos de Jesús (cf. Jn 21:914). Una vez puestos los peces en salazón o
vendidos, el pescador limpia sus redes y se echa a dormir. Por la tarde
repara su embarcación y remienda las redes. Y si le es posible, realiza
pequeñas capturas cerca de No conocemos con detalle los tipos de
barcas pesqueras que se utilizaban en el lago de Genesaret en tiempos de
Jesús. Pero cabe suponer que las mayores iban provistas de velas y remos,
timón y ancla. El “cabezal” al que se refiere Mc 4:38 (tempestad en el lago)
era sin duda un cojín parachoques que se colocaba en la borda para evitar
que, al entrar en contacto dos embarcaciones, se produjeran choques violentos
y desperfectos. Éste se convierte en elemento básico de
la economía en el mismo instante en que el hombre produce o se procura más de
lo que necesita para subsistir. Y en esa situación hay que ver al Próximo
Oriente en general en tiempos de los patriarcas y de los israelitas. El país de Canaán era especialmente
adecuado para el comercio, no tanto como país exportador sino como país de
tránsito, ya que era el puente de tierra entre los grandes imperios de Egipto
y Mesopotamia. De ahí que los cananeos y especialmente los fenicios fueran
mercaderes. Así pues, las grandes vías de comunicación entre Egipto y
Mesopotamia no fueron sólo vías para el paso de los ejércitos sino también
vías comerciales. Hay que decir, no obstante, que ninguno
de los lugares importantes de la Biblia (ni Jericó ni Jerusalén ni Hebrón ni Samaría) se encuentra en alguna de esas grandes
vías; todas esas ciudades se encuentran en las conexiones transversales más
importantes, como son las que unen, por ejemplo, Jerusalén y Jericó,
Jerusalén y Samaría pasando por Sikem, Jerusalén y Hebrón. Esa ubicación de los lugares de Israel
responde precisamente a su posición comercial. Israel nunca perteneció a los
grandes países comerciales del Próximo Oriente. Era un pueblo de pastores y
campesinos, que practicaba el comercio con sus productos y para sus
necesidades en el marco de un comercio interurbano. La única excepción El reino de Judá, que desde entonces
quedó al margen de las grandes vías comerciales, desapareció por completo del
gran comercio internacional. Sólo el rey Amasias, que consiguió recuperar la
llamada “vía oriental” a través de la Araba hasta el golfo de Akabá, volvió a dar a Judá la posibilidad de tomar parte
en el comercio ultramarino, como harían más tarde los reyes macabeos. El reino de Israel gozaba de condiciones
algo más favorables. En su territorio se encontraba el paso de Meguiddó y la vía de enlace que discurre a través de la
llanura de Yizreel. Además, el rey Omrí entabló buenas relaciones con Tiro y Sidón; y la
misma dinastía supo restablecer el comercio con Damasco, de modo que Israel
tenía sus bazares en la capital siria, mientras que
Damasco los tenía en Samaría. Pero todo ello no pasaba de ser el comercio
necesario entre vecinos. Lo que no se puede en ningún caso es
hacer derivar el posterior genio comercial judío del hecho de haber habitado
en el país comercial y de tránsito que fue Canaán. Más bien podrían calificarse
de subdesarrolladas las componentes comerciales en la vida económica de
Israel. Al comercio en especie y en dinero sólo se dedicó el judaísmo del
destierro y de la diáspora: primero en Babilonia, aunque también en las
colonias surgidas, en parte, de los deportados tras la caída de Samaría ( La concepción popular quiere que la
economía monetaria haya terminado con la economía del trueque en especie, y
que la economía del dinero represente una forma de economía superior a la
economía del intercambio de productos naturales. Sin embargo, la historia
general de la economía ha demostrado que la economía del trueque y la del
dinero no representan escalones distintos, sino simplemente formas diversas
de comercio: el comercio en especie siguió prevaleciendo en el ámbito local y
regional cuando el comercio entre los pueblos y países ya había impuesto
desde largo tiempo atrás la economía monetaria. Sólo después que esa economía
del dinero adquirió carta de ciudadanía también en el comercio entre vecinos
puede hablarse de tal economía como de un “escalón” o estadio, aunque habría
que evitar considerarla como algo superior al trueque. No hay por qué ver esa
abstracción absoluta, que se introdujo con la plena economía monetaria, como
una forma superior, sobre todo cuando se advierte adonde puede conducir al
hombre y a la sociedad la economía del dinero. También el período del AT conoce ya la
economía del dinero. Los tributos a soberanos extranjeros se pagaban por lo
general en dinero, aunque no siempre. Se mencionan, en efecto, rebaños,
utensilios preciosos, tierras, ciudades y cosechas, como tributos y cuales
medios de pago. Por las mismas fechas se pagaban los jornales en especie o en
dinero. Todavía en tiempos de Jesús los sacerdotes recibían sus emolumentos
en especie, mientras que los mercenarios de David, mil años antes, ya
recibían dinero por sus servicios. Por otra parte, y también en tiempo de
Jesús, las ofrendas para los sacrificios sólo podían pagarse con dinero,
mientras que las aportaciones de las tribus a la corte de David y Salomón se
realizaban en especie. Es decir, que ya en tiempos de la monarquía existían
ambas formas de economía; pero hasta la época de Jesús coexistieron el pago
en especie y el pago en dinero. Una ampliación fundamental de la economía
monetaria en el Próximo Oriente se inició en el siglo VI a.C., cuando los
persas impusieron su dominio. El pesaje del dinero pertenece a la forma
primitiva del pago monetario. El oro, la plata o el bronce se partían en
trozos manejables, en forma de barras, anillos o lenguas, aunque al principio
sin acuñar. A continuación se pesaban en una balanza con pesas ya
contrastadas. Los mercaderes llevaban consigo una balanza y en una bolsa la
pesas (que primero fueron de piedra y más tarde de plomo). El siclo (seqel) tirio como unidad de peso de (aproximadamente) Así pues, en los comienzos el intercambio
de dinero era una compensación en peso de distintos tipos de dinero: piezas
mayores por las correspondientes piezas de menor tamaño, peso de metales
preciosos por otros de menor valor. Los intercambios monetarios en el sentido
actual sólo existen desde la aparición de piezas acuñadas con indicación de
su valor. En la Palestina de tiempos de Jesús, y
muy especialmente en Jerusalén y en el templo, el intercambio de dinero
representó un papel muy importante. Por ejemplo, en los censos militares el
rescate había que pagarlo en siclos (seqel): en
evitación de las catástrofes mortales que podían desencadenarse con ocasión
del censo, ya que con él se sometía la propia vida a una determinada misión;
mediante la ofrenda sagrada del dinero, y concretamente de medio siclo, al
templo, en cierto modo uno se devolvía al Señor (Ex 30:1116, una ley que
procede del Escrito sacerdotal). Además el impuesto del templo había que
pagarlo en el antiguo peso “sagrado” del siclo, como “un tercio de un siclo”
(Neh 10:33). Probablemente había otras ofrendas que requerían el cambio en
siclos, y no sólo para proporcionar así la unidad adecuada, sino también para
honrar al templo, el servicio litúrgico y, por tanto, al Señor mediante la
unidad monetaria propia de Israel. El dinero de las limosnas, que se echaban
en los cepillos de las ofrendas, no tenía que ser necesariamente el siclo.
Pero de hecho lo requería el respeto a Yahveh, por
cuanto que no se podía utilizar ninguna moneda que llevase la imagen de algún
ídolo o la efigie de algún soberano. Como tales monedas había que cambiarlas
de continuo por monedas correctas y dignas del templo, el cambio en Jerusalén
llegó a ser un negocio muy extendido. También en el templo, en el atrio
exterior (“atrio de los gentiles”), estaban los cambistas (Mt 21:12), que por
el cambio cobraban un pequeño recargo en forma de una monedita (kollybos), moneda de la que se derivó la designación
griega de los cambistas: kollybistes. El depósito del dinero se hacía — cuando
se tenía mucho — en las cámaras del tesoro, que podía ser las del rey o la
cámara del tesoro del templo. El tesoro del templo postexílico,
y también el del tiempo de Jesús, parece que funcionaba como una especie de
banco, en el que cualquiera podía depositar su dinero. Los particulares
probablemente depositaban su dinero en cántaros, que solían ser los
recipientes para todo. Para proteger el dinero (guardado en
cántaros) contra los ladrones se le solía enterrar. Todavía en tiempo de
Jesús era ésta la forma más corriente de guardar el dinero (cf. Mt 25:15).
Así se hacía sobre todo en tiempos de guerra y antes de la huida o El dinero que se llevaba encima se
guardaba en el cinturón. Así lo certifica también el texto del NT: “No
llevéis oro... en vuestros cinturones” (Mt 10:9). Por lo demás, había también
bolsas de cuero especiales para el dinero, si bien la palabra para indicar la
bolsa, funda (palabra latina), en los primeros tiempos cristianos a menudo se
empleaba para designar precisamente el cinturón. Lo que indica hasta qué
punto se consideraba como la genuina “bolsa del dinero” el cinturón de paño
cosido. Las monedas corrientes en tiempos del AT
y del NT no eran tan uniformes como las que hoy circulan. Simultáneamente
había en circulación monedas diferentes, consecuencia ineludible de los
frecuentes cambios de soberano. El nuevo gobernante, además de acuñar sus
propias monedas, dejaba en circulación — al menos durante algún tiempo — las
que hasta entonces habían circulado. A ello se añadía que el Gran Rey y más
tarde el emperador o el gobierno supremo concedían a los reyes sometidos, a
las ciudades y aun a sus propios gobernadores, procuradores o cualesquiera
otros gobernantes el que acuñasen en las provincias monedas menores para uso
local y para el tráfico provincial. Ello dio origen a que las monedas de oro
y de plata fueran las monedas imperiales (del Gran Rey o del emperador),
mientras que las monedas de cobre eran las monedas provincianas o ciudadanas
en circulación. Entre esas monedas de cobre se distinguían las de cobre
amarillo (azófar, latón), más valiosas, de las de cobre rojizo (de estaño y
bronce). En tiempo de Jesús la base de todas las compensaciones monetarias
era el sistema monetario romano impuesto por el emperador Augusto. En todos los valores de ese sistema
monetario se emitían monedas por la casa de acuñación imperial; aunque
también los procuradores de JudeaSamaría acuñaban
monedas romanas. Al lado del sistema romano estaba el
griego, acuñado por los cesares romanos en cuanto que soberanos de Grecia y
del Oriente, que también permitían acuñarlo a otros centros comerciales
griegos u orientales. Sin embargo, y con el fin de equiparar entre sí las
unidades romanas y griegas, o de beneficiar a la moneda romana, el banco
imperial de Roma establecía para el dinero griego una circulación determinada,
fijando por ejemplo el valor de la dracma griega en tres cuartos de un
denario. En una doble lista relacionamos las
unidades monetarias más importantes de ambos sistemas. El talento es la designación de una suma,
sin que señale una moneda determinada. La mina era, al igual que el talento, la
designación de una suma, aunque en el uso parece que tenía una relación fija
con la dracma; por ello podría figurar en el cuadro siguiente como una unidad
mayor, aunque no era una moneda como las otras: Mina (mna) 1 Plata Tetradracma 25 1 Plata Didracma
(estater) 50 2 1 Plata Dracma 100 4 2 1 Cobre Óbolo 600 24 12 6 1 Cobre Khalkos 4800 192 96 48 6 Unidades monetarias romanas (sistema del
emperador Augusto): Oro Áureo 1 Plata Denario 25 1 Cobre amarillo Sestercio 100 4 1 Azófar Dipondio 200 8 2 1 Cobre rojizo As 400 16 4 2 1 Cobre rojizo Hemiás 800 32 8 4 2 1 Cobre rojizo Cuadrante 1600 64 16 8 4 2 No está claro si el griego lepton era medio cuadrante. Muchos numismáticos piensan
que el pasaje de Mc 12:42 se interpreta mal al entenderlo como si la pobre
viuda hubiese echado en el cepillo de las ofrendas “dos lepta
o un cuadrante.” El talento aparece tanto en el libro de
Tobías (4:20) como en los Evangelios, en la parábola de los talentos (Mt
25:1430), que en el texto paralelo de Lucas es sustituido por la mina (Lc
19:1127). Talento y mina son designaciones monetarias griegas. Pero ni el talento ni la mina son nombre
de una moneda, sino valores globales; ambas son designaciones que se refieren
al viejo uso del pesaje del dinero; de ahí que, por ejemplo, Lutero traduzca talento por quintal (Zentner)
y mina por libra (Pfund). Y tampoco puede
calcularse ese valor global, porque falta el dato de si se trataba de monedas
de oro, de plata o de cobre. Cabe suponer, sin embargo, que al descansar la
moneda corriente en una aleación de plata, también los talentos o las minas
lo fuesen. Lo mismo cabe decir de la parábola del
siervo despiadado que debía a su señor 10000 talentos (cf. Mt 18:2334). Las monedas de plata aparecen, entre
varios otros pasajes, en las historias de José, en el profeta Zacarías y en
los Sinópticos. Las que más nos interesan son las “treinta monedas de plata”
que Judas obtuvo por entregar a Jesús. Los evangelistas Marcos y Lucas no dan
ninguna suma en su relato, y hablan simplemente de que Judas recibió dinero a
cambio (Mc 14:11; Lc 22:5). Mateo habla de treinta piezas de plata (Mt
26:15). Cabría conjeturar lo que significan esas “monedas de plata,” porque
la “moneda de plata” no era en tiempo de Jesús una moneda que pueda
establecerse con seguridad, por lo que podrían entenderse todas las monedas
acuñadas en plata: denarios, dracmas, didracmas (estater),
tetradracmas y siclos. Pero con la fijación de una determinada moneda y con
la valoración consiguiente de los honorarios de la traición de Judas nos
apartaríamos de lo más importante, a saber: de un pasaje del profeta
Zacarías, que Mateo tiene ante los ojos al señalar el precio de la traición
en treinta piezas de plata: “Yo les dije: Si os parece justo, dadme mi
recompensa; de lo contrario, dejadlo. Y así pesaron mi recompensa: treinta
piezas de plata. Entonces me dijo el Señor: ¡Arrójasela al fundidor! (o bien:
¡Arrójala a la casa del tesoro!). Alto es el precio que yo les merezco. Y yo
tomé las monedas y las arrojé en la casa del Señor, al fundidor” (Zac 11:1213). Como las “treinta piezas de plata” de Mt
26:15 son una referencia a Zac 11:1213, no tienen
un valor monetario, sino un valor simbólico. El pasaje zacariano
menciona la suma de treinta piezas de plata, por las que han de entenderse
concretamente siclos (con aproximadamente Por lo demás, en tiempos de los patriarcas
esa compensación se estipulaba en la suma de veinte piezas de plata, que era
también el valor corriente de un esclavo. De conformidad con ello, la suma
originaria por la que los hijos de Jacob vendieron a su hermano José se
estableció en veinte monedas de plata (Gen 37:28). En tiempos de Moisés, el
precio era ya de un cincuenta por ciento más alto, de acuerdo con la
cotización del dinero. En la época siguiente no siempre se cambiaron las
sumas en la legislación de conformidad con la devaluación indicada; por otra
parte, los valores nominales que a veces se dan en las traducciones se deben
al esfuerzo por establecer precisamente los precios en vigor. La dracma sólo aparece una vez en el NT:
en la parábola de la dracma perdida (Lc 15:810). Por tal dracma hay que
entender la dracma griega, que como unidad monetaria se acuñó por última vez
en el reino de Capadocia, y cuya acuñación volvieron a aceptar los
emperadores romanos después de la incorporación de Capadocia al imperio. Su
valor en plata se fijó en tres cuartas partes del denario romano. En la
parábola, pues, la dracma es tratada como una moneda de valor real; ello
explica la emoción de la mujer al recuperar su dinero perdido. Más tarde, inmediatamente después del
reinado de Nerón, la dracma entró en una devaluación constante hasta
convertirse en una moneda fraccionaria. Ello permite concluir la época de la
formulación definitiva de dicha parábola. El redactor del Evangelio de Lucas
debe de haber utilizado una colección de parábolas, terminada (aproximadamente)
en tiempos de Nerón, mientras que el Evangelio no se redactó definitivamente
hasta más tarde. Por lo demás, la parábola de la dracma
apunta a un uso, que se daba entonces y todavía se sigue dando hoy
ocasionalmente: la oriental llevaba su amparo para la vejez en cadenas de
adorno, hechas con monedas relucientes, para la cabeza y el cuello. Tales
monedas las recibía como regalo de boda o con ocasión de algún buen negocio
realizado por su marido. Las ensartaba, y muchas de esas monedas eran una prueba
del favor de su marido. Por la cadena de monedas podía colegirse el prestigio
de que la mujer gozaba en la familia. La mujer de la parábola no era una señora
especialmente rica: sólo tenía dos dracmas. Por eso tenían para ella tanto
valor; las buscó hasta encontrarlas y de nuevo pudo ensartarlas en un hilo. El denario pertenecía a las monedas
romanas de plata. Y era la pieza más corriente (con Resulta difícil indicar el valor exacto
de tal denario. Pero tenemos una indicación aproximada del mismo en la
parábola de los obreros de la viña (cf. Mt 20:116), cada uno de los cuales
recibe un denario como jornal. También puede ayudar a establecer su valor el
dato de que el samaritano de la otra parábola diese dos denarios al hostelero
para que cuidase del hombre asaltado y herido por los bandoleros, ya que con
los dos denarios podía cuidarle y alimentarle durante varios días. Así pues,
un denario era un buen jornal. Doscientos de tales denarios tenía en caja el
grupo de los apóstoles, cuando Jesús les preguntó si tenían algo para poder
dar de comer a cinco mil personas (Mc 6:37; Jn 6:7). En trescientos denarios
se estima el valor del perfume con que María ungió los pies de Jesús en casa
de Simón el Leproso (Mc 14:3ss; Jn 12:3ss).Cf. asimismo las parábolas de Lc
7:41 y Mt 18:28. El denario era también la moneda romana para pagar el
impuesto personal. |