PEREGRINACIÓN A TIERRA SANTA

LA ANUNCIACION

 AGOSTO DE 2010

 

Nazaret es uno de los lugares de Tierra Santa que he visitado con gran emoción, allí estuvimos en oración junto al Padre Eduardo Sanz de Miguel y otros 49 peregrinos. Específicamente, la gruta de la Anunciación. Aquí el Verbo se hizo carne, reza una inscripción de la Gruta, con la importancia que el adverbio aquí tiene en Tierra Santa. Los relatos del Antiguo Testamento, nos hacen saber de muchos encuentros de Dios con el hombre, aquí en Nazaret, se cumple el primer encuentro de Dios con el hombre en el Nuevo Testamento. Esto, se cumplió en  María, la dulce doncella de Nazaret. Todo esto para redimir al hombre, va a tener lugar la Encarnación del Verbo. A María se le pide su colaboración. Y María da su consentimiento, ella, con gran generosidad, se ofrece a la voluntad del Señor, y así, nace Jesucristo, Dios y Hombre verdadero.

LA ANUNCIACION DEL SEÑOR

P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.

Los judíos celebraban cada Pascua el aniversario de la creación, de la alianza de Dios con Abrahán, de la salida de Egipto… y también esperaban en ese día la futura manifestación del mesías. Los Padres de la Iglesia creían que el día de la muerte de Jesús fue un 25 de marzo. Como coincidió con la Pascua judía, ese día recordaban también el aniversario de la creación, de las grandes intervenciones de Dios en la historia de la salvación y de la encarnación del Señor. De esta manera, ponían en relación la obra creadora de Dios y la redención.

Los primeros testimonios sobre una fiesta de la anunciación son del año 550, en Constantinopla. Los obispos de la España visigoda, para que no cayera en Cuaresma, la fijaron el 18 de diciembre en el concilio X de Toledo (año 656). En el rito Ambrosiano se introdujo el cuarto domingo de Adviento. El 25 de marzo se instituyó obligatoriamente en Roma a partir del 660.

Desde la recuperación de la solemnidad de santa María, Madre de Dios (el 1 de enero), la Anunciación ha perdido algo de su importancia, pero en la liturgia bizantina conserva su esplendor, ya que es una de las doce grandes fiestas. Se cantan oraciones de gran riqueza teológica, entre las que destaca el Akathistos, que recoge poéticamente sus contenidos dogmáticos. María es aclamada con títulos tomados de la historia de la salvación: «Salve, por ti resplandece la dicha; / Salve, por ti se eclipsa la pena. / Salve, levantas a Adán, el caído; / Salve, rescatas el llanto de Eva […] Salve, Virgen y Esposa» (Oda 1).

Por su parte, la liturgia latina insiste en la confesión de la fe católica sobre la encarnación, que se realizó en vistas de la redención y del surgimiento de la Iglesia. La primera lectura recuerda la promesa de Isaías: «La virgen está en cinta y da a luz un hijo» (Is 7,14). El evangelio recoge su cumplimiento en la anunciación (Lc 1,26-38). La segunda lectura (Heb 10,4-10) desvela la actitud del Hijo al entrar en el mundo: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad» (Cita el salmo 40 [39], que también se usa como salmo responsorial). Así, se relacionan el sí de Jesús y el sí de María, como recuerda Benedicto XVI: «El “Aquí estoy” del Hijo y el “Aquí estoy” de la Madre se reflejan uno en el otro y forman un único Amén a la voluntad de amor de Dios» (Homilía, 25-03-2006). Por eso, en este día celebramos, al mismo tiempo, una fiesta cristológica y mariana, porque celebra un misterio central de Cristo (su encarnación) y la actitud esencial de María (su fe y su acogida a la Palabra de Dios).

Esta solemnidad confiesa que Jesús, concebido por obra del Espíritu Santo, no proviene de la carne, sino de Dios (cf. Jn 1,13). Es decir, no es el fruto de la unión de un hombre con una mujer, no es el resultado del esfuerzo de los hombres, sino un regalo de Dios. La Anunciación, además de ofrecer una reflexión sobre Cristo y María, también invita a pensar en los fundamentos de la eclesiología. De hecho, la Iglesia «reconoce que ha tenido su origen en la encarnación de tu Unigénito» (oración sobre las ofrendas). Tenemos que pensar que la Iglesia es la prolongación de la salvación de Cristo a lo largo de los siglos, la actualización de la encarnación en la historia.

El misterio de la Anunciación ha impregnado durante siglos la vida de los católicos gracias al rezo del Ángelus, que marcaba la jornada con el sonido de la campana por la mañana, a mediodía y al atardecer, y suponía el inicio y el final de las actividades laborales, así como la pausa para la comida. La Anunciación es uno de los motivos más frecuentes del arte cristiano. En Oriente es muy común encontrarla en la puerta real del iconostasio. Igualmente, es muy popular el icono de la Platytera o Virgen del Signo, que representa a María de pie con los brazos abiertos, y al niño Jesús, en su seno, dentro de un círculo dorado. María en la Anunciación es patrona de los tejedores, y se la suele representar junto a una rueca en los iconos orientales y en las pinturas medievales. A partir del renacimiento se la pinta normalmente en un reclinatorio con una Biblia en la mano. Por su parte, el Ángel Gabriel es patrono de los carteros, pues se le considera el cartero divino. De hecho, en algunas representaciones se le sitúa junto a María, con una carta en la mano.

BASÍLICA DE LA ANUNCIACIÓN. Conserva la gruta que sirvió de casa a los padres de la Virgen María, donde el Hijo de Dios se encamó. En las excavaciones se han encontrado invocaciones a la Virgen desde el s. II en adelante. Es la iglesia más grande de toda la Tierra Santa. La cúpula tiene la forma de un lirio invertido. Sus muros y los del patio circundante están decorados con advocaciones marianas del mundo entero, algunas de gran belleza.

 

Contemplando imágenes de las diferentes advocaciones a la Virgen María enviadas por muchos países

Virgen del Carmen de Chile

Madre de los desamparados, patrona de Valencia, España

Interior de la Basílica

Imagen del sitio de la Anunciación

Del Evangelio según San Lucas (Lc 1,26ss).

Envió Dios al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una joven virgen, prometida de un hombre llamado José. La virgen se llamaba María. Entró donde ella estaba, y le dijo: «Alégrate, llena de gracia; el Señor está contigo». Ante estas palabras, María se turbó y se preguntaba qué significaría tal saludo. El ángel le dijo: «No tengas miedo, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús. Será grande y se le llamará Hijo del altísimo; el Señor le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin». María dijo al ángel: «,Cómo será esto, pues no tengo relaciones?». El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño que nazca será santo y se le llamará Hijo de Dios. Mira, tu parienta Isabel ha concebido también un hijo en su ancianidad, y la que se llamaba estéril está ya de seis meses, porque no hay nada imposible para Dios». María dijo: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel la dejó.

La Anunciación es un acontecimiento humilde, escondido, pero decisivo para la historia de la humanidad. Cuando la Virgen pronunció su “sí” al anuncio del ángel, Jesús fue concebido y con El comenzó la nueva era de la historia, que después sería sancionada en la Pascua como “nueva y eterna Alianza”.

El “sí” de María es el reflejo perfecto del “sí” de Cristo, cuando entró en el mundo, como dice la Carta a los Hebreos: “iHe aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad!” (10,7). La obediencia del Hijo se refleja en la obediencia de la Madre. Gracias a estos dos “síes”, Dios ha asumido un rostro de hombre.

“He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. La respuesta de María al ángel continúa en la Iglesia, llamada a hacer presente a Cristo en la historia, ofreciendo su propia disponibilidad para que Dios siga visitando a la humanidad con su misericordia. El “sí” de Jesús y de María se renueva de este modo en el “sí” de los Santos.

Benedicto XVI

Anita, atrás Lila y José (Pancho)

Padre Eduardo Sanz de Miguel

Oración. Te suplicamos, Señor, que derrames tu gracia en nuestras almas para que los que, por el anuncio del Angel hemos conocido la Encarnación de tu Hijo Jesucristo, por su Pasión y Cruz seamos llevados a la gloria de su Resurrección.

El grupo de Peregrinos en oración

Oración sobre las ofrendas. Dígnate aceptar, señor, los dones de tu Iglesia, y ya que ella reconoce su origen en la encamación de tu Hijo, llénala de alegría al celebrar estos misterios. Por Jesucristo, nuestro señor. Amén.

 

Pedro Sergio Antonio Donoso Brant, ocds

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