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Caminando con
Jesús
Pedro Sergio
Antonio Donoso Brant

CRISTO, EL VERBO
ENCARNADO
Jesús Marti
Ballester
Santo Tomás
comienza la tercera parte de la
Suma con el tratado del Verbo encarnado y estudia la conveniencia,
la necesidad y el motivo de la encarnación. El misterio de la Encarnación consiste
en la unión de la naturaleza humana con la divina en la persona del Verbo de
Dios. Dios formó una concreta naturaleza humana en las entrañas de la Virgen María y la
hizo subsistir en la persona divina del Verbo. Por esta unión hipostática de
la persona divina del Verbo con la naturaleza humana, ,
que es verdadero Dios, es también verdadero hombre.
La Encarnación del Verbo fue convenientísima,
porque siendo Dios el Bien sumo es propio de El difundirse en grado sumo, lo
que consigue asumiendo una naturaleza creada y humana y elevándola a la unión
personal con El.
Encarnándose
Dios, quedaba patente su bondad infinita, que no despreció la humana
naturaleza; su misericordia, que remediaba nuestra miseria; su justicia, que
exigió la sangre de para redimir a la
humanidad pecadora; su sabiduría, que supo unir la misericordia con la
justicia; su poder infinito, porque es imposible realizar gesta mayor que la
encarnación del Verbo, al juntar en ella lo finito con lo infinito. Dios,
Juez Supremo, pudo haber perdonado el pecado gratuitamente, o pudo haber
exigido una reparación cóngrua, con lo cual, según
Santo Tomás, no hubiera obrado contra la justicia porque El no tiene superior,
y cuando obra con misericordia, hace algo que está por encima de la justicia.
La Encarnación del Verbo no fue absolutamente necesaria para
reparar el pecado de la humanidad. Pero sí fue absolutamente necesaria la Encarnación del
Verbo, o de cualquiera de las tres personas divinas, para reparar el pecado
con satisfacción condigna, es decir, con estricta justicia, porque la
humanidad no podía pagar la deuda infinita del pecado, pues los actos de un
ser finito no son infinitos y, por tanto no hay igualdad entre lo que se paga
y lo que se debe. Sólo Dios podía pagar una deuda infinita, con satisfacción
vicaria, siendo a la vez hombre. Además,
con la Encarnación
del Verbo, se acrecentaba nuestra fe, esperanza y caridad, a la vez que nos
impulsaba a obrar rectamente ejemplarizados por sus virtudes: "El Verbo
se encarnó, dice el Catecismo de la
IC, 459, para ser nuestro modelo de santidad: "Tomad
sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí..." (Mt 11, 29). "Yo soy
el Camino, la Verdad
y la Vida. Nadie
va al Padre sino por Mí" (Jn 14, 6). Y el Padre, en el monte de la Transiguración,
ordena: "Escuchadle". El es, en efecto, el modelo de las
bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: "Amaos los unos a los otros
como yo os he amado". (Jn 15, 12). Este amor tiene como consecuencia la
ofrenda efectiva de sí mismo (cf Mc 8, 34).
Dios nos ha hecho
partícipes de la divinidad por la gracia santificante. "Dios se hizo
hombre para hacer al hombre Dios", dice San Agustín. Y, por la Encarnación del
Verbo es vencido el diablo, es dignificada la humana naturaleza:
"Reconoce, ¡oh cristiano!, tu dignidad, y, hecho partícipe de la divina
naturaleza, no quieras volver a la vileza de tu antigua condición" (san
León Magno); y nos libra de la presunción y de la soberbia al ver a anonadado; y nos borra el pecado con su
sacrificio. "El se manifestó para quitar los pecados. El Padre lo envió
como propiciación por los pecados" (Jn 4, 10).
2. CONVENIENCIA Y MOTIVO DE LA ENCARNACION
La Encarnación del Verbo fue convenientísima,
porque siendo Dios el Bien sumo es propio de El difundirse en grado sumo, lo
que consigue asumiendo una naturaleza creada y humana y elevándola a la unión
personal con El. Al encarnarse Dios, se hace patente su bondad infinita, que
no despreció la humana naturaleza; su misericordia, que remediaba nuestra
miseria; su justicia, que exigió la sangre de Cristo para redimir a la
humanidad pecadora; su sabiduría, que supo unir la misericordia con la
justicia; su poder infinito, porque es imposible realizar gesta mayor que la
encarnación del Verbo, al juntar en ella lo finito con lo infinito. Dios,
Juez Supremo, pudo haber perdonado el pecado gratuitamente, o pudo haber
exigido una reparación congrua, con lo cual, según Santo Tomás, no hubiera
obrado contra la justicia porque El no tiene superior, y cuando obra con
misericordia, hace algo que está por encima de la justicia. Quiso unir la
justicia con la misericordia. Santo Tomás de Villanueva, lo expresa así:
"Muchos medios he intentado y buscado para que los hombres dejen la vanidad
y me sigan, y ninguno sirve de nada; uno sólo resta para convencerlos, que es
darles a entender cómo infinitamente los amo, haciéndome hombre".
La Encarnación del Verbo no fue absolutamente necesaria para
reparar el pecado de la humanidad. Pero sí fue absolutamente necesaria la Encarnación del
Verbo, o de cualquiera de las tres personas divinas, para reparar el pecado
con satisfacción condigna, es decir, con estricta justicia, porque la
humanidad no podía pagar la deuda infinita del pecado, pues los actos de un
ser finito no son infinitos y, por tanto no hay igualdad entre lo que se paga
y lo que se debe. Sólo Dios podía pagar una deuda infinita, con satisfacción
vicaria, siendo a la vez hombre.
Dios nos ha hecho
partícipes de la divinidad por la gracia santificante. "Dios se hizo
hombre para hacer al hombre Dios", dice San Agustín. Y, por la Encarnación del
Verbo es vencido el diablo, y dignificada la humana naturaleza,
"reconoce, ¡oh cristiano!, tu dignidad, y, hecho partícipe de la divina
naturaleza, no quieras volver a la vileza de tu antigua condición" (san
León Magno); nos libra de la presunción y de la soberbia al ver a Cristo
anonadado y nos borra el pecado con su sacrificio. "El se manifestó para
quitar los pecados. El Padre lo envió como propiciación por los pecados"
(Jn 4, 10).
El Vaticano II
dice: "Desde los tiempos más antiguos, la Bienaventurada Virgen
es honrada con el título de Madre de Dios, a cuyo amparo los fieles acuden
con sus súplicas en todos sus peligros y necesidades" (Lumen Gentium, 66)
«Todo nombre, que
significa una naturaleza, puede atribuirse a una persona de esta naturaleza.
Pero como la unión de la encarnación fue hecha en una persona, es evidente
que este nombre Dios puede atribuirse a la persona que tiene la naturaleza
humana y la naturaleza divina; y por eso, todo lo que corresponde a la
naturaleza divina o humana puede atribuirse a aquella persona, tanto si se le
atribuya a ella un nombre que significa la naturaleza divina, como si se le
atribuye otro que significa la humana. Pero ser concebido y nacer se atribuye
a la persona según aquella naturaleza en que es concebida y nace. Ahora bien,
como en el principio mismo de la concepción la naturaleza humana fue tomada por
la Persona Divina,
se puede afirmar con toda razón que Dios fue concebido y nació de la Virgen. Pero una
mujer recibe el nombre de madre de una persona por haberla concebido y
engendrado. De lo cual se sigue que la Bienaventurada Virgen
se dice verdaderamente Madre de Dios. Porque sólo se podría negar que la Bienaventurada Virgen
es Madre de Dios si la humanidad hubiera estado sometida a la concepción y al
nacimiento antes que aquel hombre hubiese sido el Hijo de Dios, como supuso Fotino; o si la humanidad no hubiese sido elevada a la
unidad de Persona del Verbo de Dios, como supuso Nestorio.
Pero ambas hipótesis son erróneas; por consiguiente es herético negar que la Bienaventurada Virgen
es Madre de Dios» (3 q.35 a.4 c).
6. CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL ESPIRITU SANTO, NACIO
DE SANTA MARIA VIRGEN
Santo Tomás
después de exponer la
Teología del Verbo encarnado, a partir de la cuestión 27 de
la Tercera Parte,
estudia el nacimiento doble de Cristo, con estos argumentos: «Se puede afirmar
que Cristo ha nacido dos veces; porque del mismo modo que se dice que corre
dos veces el que corre en dos tiempos, así puede decirse que nace dos veces
el que nace una vez en la eternidad y otra en el tiempo; porque la eternidad
y el tiempo difieren mucho más que dos tiempos, aunque uno y otro designen
una medida de duración» (3 q.35 a. 2 ad 4). «La naturaleza es comparable al
nacimiento como el término al movimiento o mutación; y el movimiento se
diversifica según la diversidad de los términos, como consta por el Filósofo
(Phys. V, 5,3). Pero en Cristo hay dos naturalezas,
divina y humana, de las cuales la una la recibió desde la eternidad del
Padre, y la otra la recibió temporalmente de la Madre. Por eso, es
necesario atribuir a Cristo dos nacimientos: uno por el que nació eternamente
del Padre, y otro por el que nació temporalmente de la Madre» (3 q.35 a.2 c). La Maternidad Divina
se refiere a que la
Virgen María es verdadera Madre de Dios, como fue
solemnemente definido por el Concilio de Éfeso el año 431, y por los de
Calcedonia y Constantinopla. El Concilio de Éfeso, siendo Papa San Celestino
I, definió: "Si alguno no confesare que el Emmanuel es verdaderamente
Dios, y que por tanto, la
Santísima Virgen es Madre de Dios, porque dio a luz según
la carne al Verbo de Dios hecho carne, sea anatema."
Santo Tomás, ya
había dicho en la cuestión 5,
a. 2: «La Bienaventurada Virgen
María es verdadera y natural madre de Cristo, porque el cuerpo de Cristo no
ha sido traído del cielo, como supuso el hereje Valentín, sino tomado de la Virgen Madre y
formado de su purísima sangre; y esto es lo único que se requiere para ser
madre. Por consiguiente, la Bienaventurada Virgen es verdaderamente la Madre de Cristo» (3 q.35
a.3 c).
JESUS MARTI
BALLESTER
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