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Dom Vital Lehodey El Santo Abandono 1. Naturaleza del
Santo Abandono 1. LA VOLUNTAD DE DIOS, REGLA SUPREMA Queremos salvar
nuestra alma y tender a la perfección de la vida espiritual, es decir,
purificarnos de veras, progresar en todas las virtudes, llegar a la
unión de amor con Dios, y por este medio transformarnos cada vez
más en El; he aquí la única obra a la que hemos
consagrado nuestra vida: obra de una grandeza incomparable y de un trabajo
casi sin límites; que nos proporciona la libertad, la paz, el gozo, la
unción del Espíritu Santo, y exige a su vez sacrificios sin
número, una paciente labor de toda la vida. Esta obra gigantesca no
seria tan sólo difícil, sino absolutamente imposible si
contásemos sólo con nuestras fuerzas, pues es de orden absolutamente
sobrenatural. «Todo lo
puedo en Aquel que me conforta»; sin Dios sólo queda la absoluta
impotencia, por nosotros nada podemos hacer: ni pensar en el bien, ni
desearlo, ni cumplirlo. Y no hablemos de la enmienda de nuestros vicios, de
la perfecta adquisición de las virtudes, de la vida de intimidad con
Dios que representan un cúmulo enorme de impotencias humanas y de
intervenciones divinas. El hombre es, pues, un organismo maravilloso, por
cuanto es capaz con la ayuda de Dios de llevar a cabo las obras más
santas; pero es a la vez lo más pobre y necesitado que hay, ya que sin
e! auxilio divino no puede concebir siquiera el
pensamiento de lo bueno. Por dicha nuestra, Dios ha querido salir fiador de
nuestra salvación, por lo que jamás podremos bendecirle como se
merece, pero no quiere salvarnos sin nosotros y, por consiguiente, debemos
unir nuestra acción a la suya con celo tanto mayor cuanto sin El nada
podemos. Nuestra
santificación, nuestra salvación misma es, pues, obra de
entrambos: para ella se precisan necesariamente la acción de Dios y
nuestra cooperación, el acuerdo incesante de la voluntad divina y de
la nuestra. El que trabaja con Dios aprovecha a cada instante; quien
prescinde de El cae, o se fatiga en estéril agitación. Es,
pues, de importancia suma no obrar sino unidos con Dios y esto todos los
días y a cada momento, así en nuestras menores acciones como en
cualquier circunstancia. porque sin esta
íntima colaboración se pierde trabajo y tiempo.
¡Cuántas obras, llenas en apariencia, quedarán
vacías por sólo este motivo! Por no haberlas hecho en
unión con Dios, a pesar del trabajo que nos costaron, se
desvanecerán ante la luz de la eternidad como sueño que se nos
va así que despertamos. Ahora bien, si Dios
trabaja con nosotros en nuestra santificación, justo es que El lleve
la dirección de la obra: nada se deberá hacer que no sea
conforme a sus planes, bajo sus órdenes y a impulsos de su gracia. El
es el primer principio y último fin; nosotros hemos nacido para
obedecer a sus determinaciones. Nos llama «a la escuela del servicio
divino», para ser El nuestro maestro; nos coloca en «el taller
del Monasterio», para dirigir allí nuestro trabajo; «nos
alista bajo su bandera» para conducirnos El mismo al combate. Al
Soberano Dueño pertenece mandar, a la suma sabiduría combinar
todas las cosas; la criatura no puede colaborar sino en segundo
término con su Creador. Esta continua
dependencia de Dios nos impondrá innumerables actos de
abnegación, y no pocas veces tendremos que sacrificar nuestras miras
limitadas y nuestros caprichosos deseos con las consiguientes quejas de la
naturaleza; mas guardémonos bien de escucharla. ¿Podrá
cabemos mayor fortuna que tener por guía la divina sabiduría de
Dios, y por ayuda la divina omnipotencia, y ser los socios de Dios en la obra
de nuestra salvación; sobre todo si se tiene en cuenta que la empresa
realizada en común sólo tiende a nuestro personal provecho?
Dios no reclama para sí sino su gloria y hacernos bien,
dejándonos todo el beneficio. El perfecciona la naturaleza, nos eleva
a una vida superior, nos procura la verdadera dicha de este mundo y la
bienaventuranza en germen. ¡Ah, si comprendiéramos los designios
de Dios y nuestros verdaderos intereses! Seguro que no tendríamos otro
deseo que obedecerle con todo esmero, ni otro temor que no obedecerle lo bastante;
le suplicaríamos e insistiríamos para que hiciera su voluntad y
no la nuestra. Porque abandonar su sabia y poderosa mano para seguir nuestras
pobres luces y vivir a merced de nuestra fantasía, es verdadera locura
y supremo infortunio. Una consideración
más nos mostrará «que en temer a Dios y hacer lo que El
quiere consiste todo el hombre»; y es que la voluntad divina, tomada en
general, constituye la regla suprema del bien, «la única regla
de lo justo y lo perfecto»; y que la medida de su cumplimiento es
también la medida de nuestro progreso. «Si quieres
entrar en la vida, guarda los mandamientos». No basta pues, decir:
¡Señor, Señor!, para ser admitido en el reino de los
cielos; es necesario hacer la voluntad de nuestro Padre que está en
los cielos. «El que mantiene unida su voluntad a la de Dios, vive y se
salva: el que de ella se aparta. muere y se
pierde». «Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, ven y
sígueme». Es decir, haz mejor la voluntad de Dios, añade
a la observancia de los preceptos la de los consejos. Si quieres subir
hasta la cumbre de la perfección, cumple la voluntad de Dios cada
día más y mejor. Te irás elevando a medida que tu
obediencia venga la ser más universal en su objetivo, más
exacta en su ejecución, más sobrenatural en sus motivos,
más perfecta en las disposiciones de tu voluntad. Consulta los libros
santos, pregunta a la vida y a la doctrina de nuestro Señor y
verás que no se pide sino la fe que se afirma con las obras, el amor
que guarda fielmente la palabra de Dios. Seremos perfectos en la medida que
hagamos la voluntad de Dios. Este punto es de
tal importancia que nos ha parecido conveniente apoyarlo con algunas citas
autorizadas. «Toda la
pretensión de quien comienza oración-y no se olvide esto, que
importa mucho-, ha de ser trabajar y determinarse y disponerse con cuantas
diligencias puedan hacer que su voluntad se conforme con la de Dios; y, como
diré después, en esto consiste toda la mayor perfección
que se puede alcanzar en el camino espiritual. No penséis que hay
aquí más algarabías, ni cosas no sabidas y entendidas,
que en esto consiste todo nuestro bien». La conformidad ha de
entenderse aquí en su más alto sentido. «Cada cual
-explica San Francisco de Sales- se forja la perfección a su modo:
unos la ponen en la austeridad de los vestidos: otros, en la de los manjares,
en la limosna, en la frecuencia de los Sacramentos, en la oración, en
una no sé qué contemplación pasiva y supereminente:
otros, en aquéllas gracias que se llaman dones gratuitos: y se
engañan tomando los efectos por la causa, lo accesorio por lo
principal. y con frecuencia la sombra por el
cuerpo... En cuanto a mi. yo
no se ni conozco otra perfección sino amar a Dios de todo
corazón y al prójimo como a nosotros mismos». Y completa
el pensamiento en otra parte, cuando dice que «la devoción (o la
perfección) sólo añade al fuego de la caridad la llama
que la hace pronta, activa y diligente, no sólo en la guarda de los
mandamientos de Dios, sino también en la práctica de los
consejos e inspiraciones celestiales» .
Así como el amor de Dios es la forma más elevada y más
perfecta de la virtud, una sumisión perfecta a la voluntad divina es
la expresión más sublime y más pura, la flor más
exquisita de este amor... Por otra parte, ¿no es evidente que, no existiendo
nada tan bueno y tan perfecto como la voluntad de Dios, se llegará a
ser más santo y más virtuoso, cuanto más perfectamente
nos conformemos con esta voluntad? Un discípulo
de San Alfonso ha resumido su doctrina diciendo que personas que hacen consistir
su santidad en practicar muchas penitencias, comuniones, oraciones vocales,
viven evidentemente en la ilusión. Todas estas cosas no son buenas
sino en cuanto Dios las quiere, de otra suerte, en vez de aceptarlas las
detesta, pues tan sólo sirven de medios para unirnos a la voluntad
divina. Tenemos verdadera
satisfacción en repetirlo: toda la perfección, toda la santidad
consiste en ejecutar lo que Dios quiere de nosotros; en una palabra, la
voluntad divina es regla de toda bondad y de toda virtud; por ser santa lo
santifica todo. aun las acciones indiferentes,
cuando se ejecutan con el fin de agradar a Dios... Si queremos
santificación, debemos aplicarnos únicamente a no seguir
jamás nuestra propia voluntad, sino siempre la de Dios porque todos
los preceptos y todos los consejos divinos se reducen en sustancia a hacer y
a sufrir cuanto Dios quiere y como Dios lo quiere. De ahí que toda la
perfección se puede resumir y expresar en estos términos:
«Hacer lo que Dios quiere, querer lo que Dios hace». «Toda nuestra
perfección -dice San Alfonso- consiste en el amor de nuestro Dios
infinitamente amable; y toda la perfección del amor divino consiste a
su vez en la unión de nuestra voluntad con la suya... Si deseamos,
pues, agradar y complacer al corazón de Dios, tratemos no sólo
de conformarnos en todo a su santa voluntad, sino de unificarnos
con ella (si así puedo expresarme), de suerte que de dos voluntades no
vengamos a formar sino una sola... Los santos jamás se han propuesto
otro objeto sino hacer la voluntad de Dios, persuadidos de que en esto
consiste toda la perfección de un alma. El Señor llama a David
hombre según su corazón, porque este gran rey estaba siempre
dispuesto a seguir la voluntad divina; y Maria, la divina Madre, no ha sido
la más perfecta entre todos los santos, sino por haber estado de
continuo más perfectamente unida a la voluntad de Dios.» Y el
Dios de sus amores, Jesús, el Santo por excelencia, el modelo de toda
perfección, ¿ha sido jamás otra cosa que el amor y la
obediencia personificados?... Por la abnegación que profesa a su Padre
y a las almas, sustituye a los holocaustos estériles y se hace la
Víctima universal. La voluntad de su Padre le conducirá por
toda suerte de sufrimientos y humillaciones, hasta la muerte y muerte de
cruz. Jesús lo sabe; pero precisamente para esto bajó del
cielo, para cumplir esa voluntad, que a trueque de crucificarle, se
convertiría en fuente de vida. Desde su entrada en el mundo declara al
Padre que ha puesto su voluntad en medio de su corazón para amarla, y
en sus manos para ejecutarla fielmente. Esta amorosa obediencia será
su alimento, resumirá su vida oculta, inspirará su vida
pública hasta el punto de poder decir: «Yo hago siempre lo que
agrada a mi Padre»; y en el momento de la muerte lanzará bien
alto su triunfante «Consummatum est»: Padre mío, os he amado hasta el
último límite, he terminado mi obra de la Redención,
porque he hecho vuestra voluntad, sin omitir un solo ápice. «Uniformar
nuestra voluntad con la de Dios, he ahí la cumbre de la
perfección -dice San Alfonso-, a eso debemos aspirar de continuo,
ése debe ser el fin de nuestras obras, de todos nuestros deseos, de
todas nuestras meditaciones, de nuestros ruegos.» A ejemplo de nuestro
amado Jesús, no veamos sino la voluntad de su Padre en todas las
cosas; que nuestra única ocupación sea cumplirla con fidelidad
siempre creciente e infatigable generosidad y por motivos totalmente
sobrenaturales. Este es el medio de seguir a Nuestro Señor a grandes
pasos y subir junto a El en la gloria. «Un día fue conducida al
cielo en visión la Beata Estefanía Soncino,
dominica, donde vio cómo muchos que ella había conocido en vida
estaban levantados a la misma jerarquía de los Serafines; y tuvo
revelación de que habían sido sublimados a tan alto grado de
gloria por la perfecta unión de voluntad con que anduvieron unidos a
la de Dios acá en la tierra.» |