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Dom Vital Lehodey
El Santo Abandono
1. Naturaleza del
Santo Abandono
2. LA VOLUNTAD DIVINA SIGNIFICADA Y LA VOLUNTAD DE
BENEPLACITO
La
voluntad divina
se muestra para nosotros reguladora y operadora. Como reguladora, es la regla
suprema del bien, significada de diversas maneras; y que debemos seguir por
la razón de que todo lo que ella quiere es bueno, y porque nada puede
ser bueno sino lo que ella quiere. Como operadora, es el principio universal
del ser, de la vida, de la acción; todo se hace como quiere , y no sucede cosa que no quiera, ni hay efecto que
no venga de esta primera causa, ni movimiento que no se remonte a este primer
motor, ni por tanto hay acontecimiento, pequeño o grande, que no nos
revele una voluntad del divino beneplácito. A esta voluntad es deber
nuestro someternos, ya que Dios tiene absoluto derecho de disponer de
nosotros como le parece. Dios nos hace, pues, conocer su voluntad por las
reglas que nos ha señalado, o por los acontecimientos que nos
envía. He ahí la voluntad de Dios significada y su voluntad de
beneplácito.
La primera, «nos propone previa y
claramente las verdades que Dios quiere que creamos, los bienes que
esperemos, las penas que temamos, las cosas que amemos, los mandamientos que
observemos y los consejos que sigamos. A esto llamamos voluntad significada,
porque nos ha significado y manifestado cuanto Dios quiere y se propone que
creamos, esperemos, temamos, amemos y practiquemos. La conformidad de nuestro
corazón con la voluntad significada consiste en que queramos todo
cuanto la divina Bondad nos manifiesta ser de su intención; creyendo
según su doctrina, esperando según sus promesas, temiendo
según sus amenazas, amando y viviendo según sus mandatos y
advertencias»
La
voluntad significada abraza cuatro partes, que son: los mandamientos de la
ley de Dios y de la Iglesia, los consejos, las inspiraciones, las Reglas y
las Constituciones.
Es
necesario que cada cual obedezca a los mandamientos de Dios y de la Iglesia,
porque es la voluntad de Dios absoluta que quiere que los obedezcamos, si
deseamos salvarnos.
Es
también voluntad suya, no imperativa y absoluta, sino de sólo
deseo, que guardemos sus consejos; por lo cual, aun cuando sin menosprecio
los dejamos de cumplir por no creernos con valor para emprender la obediencia
a los mismos, no por eso perdemos la caridad ni nos separamos de Dios;
además de que ni siquiera debemos acometer la práctica de todos
ellos, habiéndolos como los hay entre sí opuestos, sino tan
sólo los que fueren más conformes a nuestra vocación...
Hay que seguir, pues, concluye el santo, los consejos que Dios quiere
sigamos. No a todos conviene la observancia de todos los consejos. Dados como
están para favorecer la caridad, ésta es la que ha de regular y
medir su ejecución... Los que tenemos que practicar los religiosos,
son los comprendidos en nuestras Reglas. Y a la verdad, nuestros votos,
nuestras leyes monásticas, las órdenes y consejos de nuestros
Superiores constituyen para nosotros la expresión de la voluntad
divina y el código de nuestros deberes de estado.
Poderosa
razón tenemos para bendecir al divino Maestro, pues ha tenido la
amorosa solicitud de trazarnos hasta en los más minuciosos detalles su
voluntad acerca de la Comunidad y sus miembros.
En
las inspiraciones nos indica sus voluntades sobre cada uno de nosotros más
personalmente. « Santa María Egipciaca se sintió
inspirada al contemplar una imagen de nuestra Señora; San Antonio, al
oír el evangelio de la Misa; San Agustín, al escuchar la vida
de San Antonio; el duque de Gandía, ante el
cadáver de la emperatriz; San Pacomio,
viendo un ejemplo de caridad; San Ignacio de Loyola, leyendo la vida de los
santos»; en una palabra, las inspiraciones nos vienen por los
más diversos medios. Unas sólo son ordinarias en cuanto nos
conducen a los ejercicios acostumbrados con fervor no común; otras
«se llaman extraordinarias porque incitan a acciones contrarias a las
leyes, reglas y costumbres de la Santa Iglesia, por lo que son más
admirables que imitables.» El piadoso Obispo de Ginebra indica con qué
señales se pueden discernir las inspiraciones divinas y la manera de
entenderlas, terminando con estas palabras: «Dios nos significa su
voluntad por sus inspiraciones. No quiere, sin embargo, que distingamos por
nosotros mismos sí lo que nos ha inspirado es o no voluntad suya,
menos aún que sigamos sus inspiraciones sin discernimiento. No
esperemos que El nos manifieste por Sí mismo sus voluntades, o que
envíe ángeles para que nos las enseñen, sino que quiere
que en las cosas dudosas y de importancia recurramos a los que ha puesto sobre
nosotros para guiamos» .
Añadamos,
por último, que los ejemplos de Nuestro Señor y de los santos,
la doctrina y la práctica de las virtudes pertenecen a la voluntad de
Dios significada; si bien es fácil referirlas a una u otra de las
cuatro señales que acabamos de indicar.
«He
ahí, pues, cómo nos manifiesta Dios sus voluntades que nosotros
llamamos voluntad significada. Hay además la voluntad de
beneplácito de Dios, la que hemos de considerar en
todos los acontecimientos, quiero decir, en todo lo que nos sucede; en la
enfermedad y en la muerte, en la aflicción y en la consolación,
en la adversidad y en la prosperidad, en una palabra, en todas las cosas que
no son previstas.» La voluntad de Dios se ve sin dificultad en los
acontecimientos que tienen a Dios directamente por autor; y lo mismo en los
que vienen de las criaturas no libres, porque si obran es por la
acción que reciben de Dios a quien sin resistencia obedecen. Donde hay
que ver la voluntad de Dios es principalmente en las tribulaciones, que por
más que El no las ame por sí mismas, las quiere emplear, y
efectivamente las emplea, como excelente recurso para satisfacer el orden,
reparar nuestras faltas, curar y santificar las almas. Más aún,
hay que verla incluso en nuestros pecados y en los del prójimo:
voluntad permisiva, pero incontestable. Dios no concurre a la forma del
pecado que es lo que constituye su malicia: lo aborrece infinitamente y hace
cuanto está de su parte para apartarnos de él; lo reprueba y lo
castigará. Mas, para no privarnos prácticamente de la libertad
que nos ha concedido, como nosotros nada podemos hacer sin su concurso, lo da
en cuanto a lo material del acto, que por lo demás no es sino el
ejercicio natural de nuestras facultades. Por otra parte, El quiere sacar
bien del mal, y para ello hace que nuestras faltas y las del prójimo
sirvan a la santificación de las almas por la penitencia, la
paciencia, la humildad, la mutua tolerancia, etc. Quiere también que,
aun cumpliendo el deber de la corrección fraterna, soportemos al
prójimo, que le obedezcamos conforme a nuestras Reglas, viendo hasta
en sus exigencias y en sus sinrazones los instrumentos de que Dios se sirve
para ejercitamos en la virtud. Por esta razón, no temía decir
San Francisco de Sales que por medio de nuestro prójimo es como
especialmente Dios nos manifiesta lo que desea de nosotros.
Existen
profundas diferencias
entre la voluntad de Dios significada y la de beneplácito.
1º
La voluntad significada nos es conocida de antemano, y por lo general, de
manera clarísima mediante los signos del pensamiento, a saber: la
palabra y la escritura. De esta manera conocemos el Evangelio, las leyes de
la Iglesia, nuestras santas Reglas; donde sin esfuerzo y a nuestro gusto
podemos leer la voluntad de Dios, confiaría a nuestra memoria y
meditarla. Las inspiraciones divinas y las órdenes de nuestros
Superiores sólo en apariencia son excepciones, pues ellas tienen por
objeto la ley escrita, cristiana o monástica. Al contrario,
«casi no se conoce el beneplácito divino más que por los
acontecimientos.» Decimos casi, porque hay excepciones; lo que Dios
hará más tarde, podemos conocerlo de antemano, si a El le place
decirlo; también se puede presentir, conjeturar, adivinar, ya por el
rumbo actual de los hechos, ya por las sabias disposiciones tomadas y las
imprudencias cometidas. Mas, en general, el beneplácito divino se
descubre a medida que los acontecimientos se van desarrollando, los cuales
están ordinariamente por encima de nuestra previsión. Aun en el
propio momento en que se verifican, la voluntad de Dios permanece muy oscura:
nos envía, por ejemplo, la enfermedad, las sequedades interiores u
otras pruebas; en verdad que éste es actualmente su
beneplácito, mas ¿será durable?
¿Cuál será su desenlace? Lo ignoramos.
2º
De nosotros depende siempre o el conformarnos por la obediencia a la voluntad
de Dios significada o el sustraernos a ella por la desobediencia. Y es que
Dios, queriendo poner en nuestras manos la vida o la muerte, nos deja la
elección de obedecer a su ley o de quebrantarla hasta el día de
su justicia. Por su voluntad de beneplácito, al contrario, dispone de
nosotros como Soberano; sin consultarnos, y a las veces aun contra nuestros
deseos, nos coloca en la situación que nos ha preparado, y nos propone
en ella el cumplimiento de los deberes. Queda en nuestro poder cumplir o no
estos deberes, someternos al beneplácito o portarnos como rebeldes;
mas es preciso aguantar los acontecimientos, queramos o no, no habiendo poder
en el mundo que pueda detener su curso. Por ese camino, como gobernador y
juez supremo, Dios restablece el orden y castiga el pecado; como Padre y
Salvador, nos recuerda nuestra dependencia y trata
de hacernos entrar en los senderos del deber, cuando nos hemos emancipado y
extraviado.
3º
Esto supuesto, Dios nos pide la obediencia a su voluntad significada como un
efecto de nuestra elección y de nuestra propia determinación.
Para seguir un precepto o un punto de regla, para producir los actos de las
virtudes teologales o morales, nos es preciso sin
duda una gracia secreta que nos previene y nos ayuda, gracia que nosotros
podemos alcanzar siempre por medio de la oración y de la fidelidad.
Pero aun cuando la voluntad de Dios nos sea claramente significada, puestos
en trance de cumplirla, lo hacemos por nuestra propia determinación;
no necesitamos esperar un movimiento sensible de la gracia, una moción
especial del Espíritu Santo, digan lo que quieran los semiquietistas antiguos y modernos. Por el contrario, si
se trata de la voluntad del beneplácito divino, es necesario esperar a
que Dios la declare mediante los acontecimientos: sin esa declaración
no sabemos lo que El espera de nosotros; con ella, conocemos lo que desea de
nosotros, primero, la sumisión a su voluntad, después, el cumplimiento
de los deberes peculiares a tal o cual situación que El nos ha
deparado.
San
Francisco de Sales hace, a este propósito, una observación muy
atinada: «Hay cosas en que es preciso juntar la voluntad de Dios
significada a la de beneplácito» . Y
cita como ejemplo el caso de enfermedad. Además de la sumisión
a la Providencia divina será preciso llenar los deberes de un buen
enfermo, como la paciencia y abnegación, y permanecer
manteniéndose fiel a todas las prescripciones de la voluntad significada,
salvo las excepciones y dispensas que puede legitimar la enfermedad. Insiste
mucho el santo Doctor sobre que en esta concurrencia de voluntades
«mientras el beneplácito divino nos sea desconocido, es
necesario adherirnos lo más fuertemente posible a la voluntad de Dios
que nos es significada, cumpliendo cuidadosamente cuando a ella se refiere;
mas tan pronto como el beneplácito de su divina Majestad se
manifieste, es preciso rendirse amorosamente a su obediencia, dispuestos
siempre a someternos así en las cosas desagradables como agradables,
en la muerte como en la vida, en fin, en todo cuanto no sea manifiestamente
contra la voluntad de Dios significada, pues ésta es ante todo».
Estas nociones son algo áridas, pero importa entenderlas bien y no
olvidarlas, por la mucha luz que derraman sobre las cuestiones siguientes.
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