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Dom Vital Lehodey
El Santo Abandono
1. Naturaleza del
Santo Abandono
3. OBEDIENCIA A LA VOLUNTAD DE DIOS SIGNIFICADA
Dejamos
ya establecido que la voluntad de Dios, tomada en general, es la sola regla
suprema, y que se avanzará en perfección a medida que el alma
se conforme con ella. Bajo cualquier forma en que llegue hasta nosotros, sea
como voluntad significada o de beneplácito, es siempre la voluntad de
Dios, igualmente santa y adorable. La obra, pues, de nuestra
santificación implica la fidelidad a una y a otra. Sin embargo,
dejando por el momento a un lado el beneplácito divino,
querríamos hacer resaltar la importancia y necesidad de adherirnos de
todo corazón y durante toda nuestra existencia a la voluntad
significada, haciendo de ella el fondo mismo de nuestro trabajo. Al fin de
este capítulo daremos la razón de nuestra insistencia sobre una
verdad que parece evidente.
La
voluntad de Dios significada entraña, en primer lugar, los mandamientos de Dios
y de la Iglesia, y nuestros deberes de estado. Estos deben ser, ante todo, el
objeto de nuestra continua y vigilante fidelidad, pues son la base de la vida
espiritual; quitadla y veréis desplomarse todo el edificio.
«Teme a Dios -dice el Sabio-, y guarda sus mandamientos, porque esto es
el todo del hombre». Podrá alguien figurarse que las obras que
sobrepasan el deber santifican más que las de obligación, pero
nada más falso. Santo Tomás enseña que la
perfección consiste, ante todo, en el fiel cumplimiento de la ley. Por
otra parte, Dios no podría aceptar favorablemente nuestras obras
supererogatorias, ejecutadas con detrimento del deber, es decir, sustituyendo
su voluntad por la nuestra.
La
voluntad significada abraza, en segundo lugar, los consejos. Cuando más los sigamos en
conformidad con nuestra vocación y nuestra condición,
más semejantes nos harán a nuestro divino Maestro, que es ahora
nuestro amigo y el Esposo de nuestras almas y que ha de ser un día
nuestro Soberano Juez. Ellos nos harán practicar las virtudes
más agradables a su divino corazón, tales como la dulzura, y la
humildad, la obediencia de espíritu y de voluntad, la castidad
virginal, la pobreza voluntaria, el perfecto desasimiento, la
abnegación llevada hasta el sacrificio y olvido de nosotros mismos; en
ellos también encontraremos el consiguiente tesoro de méritos y
santidad. Observándolos con fidelidad apartaremos los principales
obstáculos al fervor de la caridad, los peligros que amenazan su
existencia; en una palabra, los consejos son el antemural de los preceptos.
Según la expresión original de José de Maistre: «Lo
que basta no basta. El que quiere hacer todo lo permitido, hará bien
pronto lo que no lo está; el que no hace sino lo estrictamente
obligatorio, bien pronto no lo hará completamente.»
La
voluntad significada abraza por último las inspiraciones de la gracia. «Estas
inspiraciones son rayos divinos que proyectan en las almas luz y calor para
mostrarles el bien y animarlas a practicarlo; son prendas de la divina
predilección con infinita variedad de formas; son sucesivamente y
según las circunstancias, atractivos, impulsos, reprensiones,
remordimientos, temores saludables, suavidades celestiales, arranques del
corazón, dulces y fuertes invitaciones al ejercicio de alguna virtud.
Las almas puras e interiores reciben con frecuencia estas divinas inspiraciones,
y conviene mucho que las sigan con reconocimiento y fidelidad.» ¡
Es tan valioso el apoyo que nos prestan! ¡Con cuánta
razón decía el Apóstol: «No extingáis el
espíritu» , es decir, no rechacéis los piadosos
movimientos que la gracia imprime a vuestro corazón!
¿Necesitaremos
añadir que la voluntad significada nos mandará, nos
aconsejará, nos inspirará durante todo el curso de nuestra
vida? Siempre tendremos que respetar la autoridad de Dios, pues nunca seremos
tan ricos que podamos creernos con derecho a desechar los tesoros que su
voluntad nos haya de proporcionar. Guardar con fidelidad la voluntad
significada es nuestro medio ordinario de reprimir la naturaleza y cultivar
las virtudes; por que la naturaleza nunca muere, y nuestras virtudes pueden
acrecentarse sin cesar. Aunque mil años viviéramos y todos
ellos los pasáramos en una labor asidua, nunca llegaríamos a
parecernos en todo a Nuestro Señor y ser perfectos como nuestro Padre
celestial.
No
debemos omitir que para un religioso sus votos, sus Reglas y la acción de los Superiores
constituyen la principal expresión de la voluntad significada, el
deber de toda la vida y el camino de la santidad.
Nuestras
Reglas son guía absolutamente segura. La vida religiosa «es una
escuela del servicio divino», escuela incomparable en la que Dios
mismo, haciéndose nuestro Maestro, nos instruye, nos modela, nos
manifiesta su voluntad para cada instante, nos explica hasta los menores
detalles de su servicio. El es quien nos asigna nuestras obras de penitencia,
nuestros ejercicios de contemplación, las mil observancias con que
quiere practiquemos la religión, la humildad, la caridad fraterna y
demás virtudes; nos indica hasta las disposiciones íntimas que
harán nuestra obediencia dulce a Dios, fructuosa para nosotros. Esto supuesto,
¿qué necesidad tenemos -dice San Francisco de Sales- que Dios
nos revele su voluntad por secretas inspiraciones, por visiones y
éxtasis? Tenemos una luz mucho más segura, «el amable y
común camino de una santa sumisión a la dirección
así de las Reglas como de los Superiores. »«En verdad que
sois dichosas, hijas mías -dice en otra parte-, en comparación
con los que estamos en el mundo. Cuando nosotros preguntamos por el camino,
quién nos dice: a la derecha; quién, a la izquierda; y, en
definitiva, muchas veces nos engañan. En cambio vosotras no
tenéis sino dejaros conducir, permaneciendo tranquilamente en la
barca. Vais por buen derrotero; no hayáis miedo. La divina
brújula es Nuestro Señor; la barca son vuestras Reglas; los que
la conducen son los Superiores que, casi siempre, os dicen: Caminad por la
perpetua observancia de vuestras Reglas y llegaréis felizmente a Dios.
Bueno es, me diréis, caminar por las Reglas; pero es camino general y
Dios nos llama mediante atractivos particulares; que no todas somos
conducidas por el mismo camino. -Tenéis razón al explicaros
así; pero también es cierto que, si este atractivo viene de
Dios, os ha de conducir a la obediencia» .
Nuestras
Reglas son el medio principal y ordinario de nuestra purificación. La
obediencia, en efecto, nos despega y purifica por las mil renuncias que
impone y más aún por la abnegación del juicio y de la
voluntad propia que, según San Alfonso, son la ruina de las virtudes,
la fuente de todos los males, la única puerta del pecado y de la imperfección,
un demonio de la peor ralea, el arma favorita del tentador contra los
religiosos, el verdugo de sus esclavos, un infierno anticipado. Toda la
perfección del religioso consiste, según San Buenaventura, en
la renuncia de la propia voluntad; que es de tal valor y mérito, que
se equipara al martirio; pues si el hacha del verdugo hace rodar por tierra
la cabeza de la víctima, la espada de la obediencia inmola a Dios la
voluntad que es la cabeza del alma.»
Nuestras
Reglas son mina inagotable para el cielo, y verdadera riqueza de la vida
religiosa. Contra la obediencia, en efecto, no hay sino pecado e
imperfección; sin ella, los actos más excelentes desmerecen;
con ella lo que no está prohibido llega a ser virtud, lo bueno se hace
mejor. «Introduce en el alma todas las virtudes, y una vez introducidas
las conserva», multiplica los actos del espíritu, santificando
todos los momentos de nuestra vida; nada deja a la naturaleza, sino todo lo
da a Dios. El divino Maestro, según la bella expresión de San
Bernardo, «ha hecho tan gran estima de esta virtud, que se hizo
obediente hasta la muerte, queriendo antes perder la vida que la
obediencia». Por eso todos los santos la han ensalzado a porfía
y han cultivado con ardiente celo esta preciosa virtud tan amada de Nuestro
Señor. El Abad Juan podía decir, momentos antes de presentarse
a Dios, que él jamás había hecho la voluntad propia. San
Dositeo, que no podía practicar las duras abstinencias del desierto,
fue con todo elevado a un muy alto grado de gloria después de solos
cinco años de perfecta obediencia. San José de Calasanz llamaba
a la religiosa obediente, piedra preciosa del Monasterio. La obediencia
regular era para Santa María Magdalena de Pazzis el camino más
recto de la salvación eterna y de la santidad. San Alfonso
añade: «Es el único camino que existe en la
religión para llegar a la salvación y a la santidad, y tan
único, que no hay otro que pueda conducir a ese término... Lo
que diferencia a las religiosas perfectas de las imperfectas, es sobre todo
la obediencia.» Y según San Doroteo, «cuando viereis un
solitario que se aparta de su estado y cae en faltas considerables,
persuadíos de que semejante desgracia le acontece por haberse
constituido guía de sí mismo. Nada, en efecto, hay tan
perjudicial y peligroso como seguir el propio parecer y conducirse por
propias luces» .
«La
suma perfección -dice Santa Teresa- claro es que no está en
regalos interiores, ni en grandes arrobamientos, ni en visiones, ni en
espíritu de profecía, sino en estar nuestra voluntad tan
conforme con la de Dios, que ninguna cosa entendamos que quiere, que no la
queramos con toda nuestra voluntad y tan alegremente tomemos lo amargo como
lo sabroso, entendiendo que lo quiere su Majestad.» De ello ofrece la
santa diversas razones; después añade: «Yo creo que, como
el demonio ve que no hay camino que más presto llegue a la suma
perfección que el de la obediencia, pone tantos disgustos y
dificultades debajo de color de bien.» La santa conoció personas
sobrecargadas por la obediencia de multitud de ocupaciones y asuntos, y,
volviéndolas a ver después de muchos años, las hallaba
tan adelantadas en los caminos de Dios que quedaba maravillada. «
¡ Oh dichosa obediencia y distracción por ella, que tanto pudo
alcanzar!» .
San
Francisco de Sales abunda en el mismo sentir: «En cuanto a las almas
que, ardientemente ganosas de su adelantamiento, quisieran aventajar a todas
las demás en la virtud, harían mucho mejor con sólo
seguir a la comunidad y observar bien sus Reglas; pues no hay otro camino
para llegar a Dios.» Era Santa Gertrudis de complexión
débil y enfermiza, por lo que su superiora la trataba con mayor
suavidad que a las demás, no permitiéndole las austeridades
regulares. «¿Qué diréis que hacía la
pobrecita para llegar a ser santa? Someterse humildemente a su Madre, nada
más; y por más que su fervor la impulsase a desear todo cuanto
las otras hacían, ninguna muestra daba, sin embargo, de tener tales
deseos. Cuando le mandaban retirarse a descansar, hacíalo sencillamente
y sin replicar; bien segura de que tan bien gozaría de la presencia de
su Esposo en la celda como si se encontrara en el coro con sus
compañeras. Jesucristo reveló a Santa Matilde que si le
querían hallar en esta vida le buscasen primero en el Augusto
Sacramento del Altar, después en el corazón de
Gertrudis.» Cita el piadoso doctor otros ejemplos y luego añade:
«Necesario es imitar a estos santos religiosos, aplicándonos
humilde y fervorosamente a lo que Dios pide de nosotros y conforme a nuestra
vocación, y no juzgando poder encontrar otro medio de
perfección mejor que éste» .
«Y
a la verdad, siendo Dios mismo quien nos ha escogido nuestro estado de vida y
los medios de santificarnos, nada puede ser mejor ni aun bueno para nosotros,
fuera de esta elección suya. Santa fue por cierto la ocupación
de Marta, dice un ilustre Fundador; santa también la
contemplación de Magdalena, no menos que la penitencia y las
lágrimas con que lavó los pies del Salvador; empero todas estas
acciones, para ser meritorias, hubieron de ejecutarse en Betania, es decir,
en la casa de la obediencia, según la etimología de esta
palabra; como si Nuestro Señor, según observa San Bernardo,
hubiera querido enseñarnos con esto que, ni el celo de las buenas
obras, ni la dulzura en la contemplación de las cosas divinas, ni las
lágrimas de la penitencia le hubiesen podido ser agradables fuera de
Betania» .
La
obediencia a la voluntad de Dios significada es, por consiguiente, el medio
normal para llegar a la perfección. Y no es que queramos desestimar,
ni mucho menos, la sumisión a la voluntad de beneplácito, antes
proclamamos su alta importancia y su influencia decisiva. Pues Dios con esa
su voluntad nos depara y escoge los acontecimientos en vista de nuestras
particulares necesidades, prestando de esta manera a la acción
benéfica de nuestras reglas un apoyo siempre utilísimo y a
veces un complemento necesario; apoyo y complemento tanto más precioso
cuanto nos es más personal, al contrario de las prescripciones de
nuestras reglas, que por fuerza han de ser generales. Sin embargo, no es
menos cierto que la obediencia a la voluntad significada sigue siendo, en
medio de los sucesos accidentales y variables, el medio fijo y regular, la
tarea de todos los días y de cada instante. Por ella es preciso
comenzar, por ella continuar y por ella concluir.
Hemos
juzgado conveniente recordar esta verdad capital al principio de nuestro
estudio, a fin de que los justos elogios que han de tributarse al Santo
Abandono no exciten a nadie a seguirle con celo exclusivo, como si él
fuera la vía única y completa. Forma, a no dudarlo, una parte
importante del camino, pero jamás podrá constituir la
totalidad. De otra suerte, ¿para qué guardamos la obediencia?
Al descuidaría nos perjudicaríamos enormemente, sobre todo si
se atiende a que durante todo el día, desde que el religioso se
levanta hasta que se acuesta, casi no hay momento en que le deje de la mano y
en que no lo dirija con alguna prescripción de regla; además,
que la voluntad de Dios sea significada de antemano o declarada en el curso
de los acontecimientos, siempre tiene la obediencia los mismos derechos e
impone los mismos deberes y no nos es dado escoger entre ella y el abandono;
ambos deben ir de acuerdo y en unión estrechísima.
Ofrécese
la oportunidad de señalar aquí ciertas expresiones peligrosas.
Decir, por ejemplo, que Dios «nos lleva en brazos» o que nos hace
adelantar «a largos pasos» en el abandono, y al revés que
nosotros damos «nuestros cortos pasos» en la obediencia,
¿no es acaso rebajar el precio de ésta y encarecer con exceso
el valor del primero?
Si
sólo se considera su objeto, la obediencia, es cierto, nos invita por
lo regular a dar pasos cortitos; mas, pudiéndose contar éstos
por cientos y por miles al día, su misma multiplicidad y continuidad
nos hacen ya adelantar muchísimo. La constante fidelidad en las cosas
pequeñas está muy lejos de ser una virtud mediocre; antes bien,
es un poderoso medio de morir a sí mismo y de entregarse todo a Dios;
es, llamémosle con su verdadero nombre, el heroísmo oculto. Por
lo demás, ¿qué impide que nuestros pasos sean siempre
largos y aun más largos? Para ello no es necesario que el objeto de la
obediencia sea difícil o elevado, basta que las intenciones sean puras
y las disposiciones santas. La Santísima Virgen ejecutaba acciones en
apariencia vulgarísimas, mas ponía en ellas toda su alma,
comunicándoles así un valor incomparable. ¿No
podríamos, en la debida proporción, hacer nosotros otro tanto?
El
abandono a su vez se ejercitará más frecuentemente en cosas
menudas que en pruebas fuertes. Además, no es cierto que Dios por su
voluntad de beneplácito nos «lleve en brazos» y nos haga
avanzar sin trabajo alguno de nuestra parte. Ordinariamente al menos, pide
activa cooperación y personal esfuerzo del alma, cuyo espiritual
aprovechamiento guarda relación con esa su buena voluntad. Y al
revés, ocasiones habrá en que por desgracia contrariemos la
acción de Dios, enorgulleciéndonos en 1a prosperidad,
rebelándonos en la adversidad; en cuyo caso también caminaremos
a largos pasos, pero hacia atrás.
Dos
cosas dejamos, pues, asentadas: primera, que debemos respetar ambas
voluntades divinas, esto es, obedecer generosamente a la voluntad significada
y abandonarnos con confianza a la de beneplácito; y segunda, que
así en la obediencia como en el abandono Dios no quiere en general
santificarnos sin nosotros; siendo, por tanto, necesario que nuestra
acción concurra con la divina, y ello en tal forma que la buena
voluntad venga a ser la indicadora de nuestro mayor o menor progreso.
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