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Dom Vital Lehodey El Santo Abandono 1. Naturaleza del
Santo Abandono 4. CONFORMIDAD CON LA VOLUNTAD DE BENEPLÁCITO Al reservar el nombre de obediencia para indicar el
cumplimiento de la voluntad significada, y el de la conformidad para indicar
la sumisión al beneplácito divino, hemos creído seguir
el uso más generalizado; con todo, preciso es reconocer que reina una
gran divergencia sobre este punto. San Alfonso en particular expresa
frecuentemente las dos cosas bajo el nombre de conformidad. Será,
pues, necesario atender al contexto para ver en qué sentido toman los
autores estos términos. Como todas las demás virtudes, la conformidad con
la Providencia, o la sumisión al beneplácito de Dios, abarca
muchos grados de perfección, ora se mire la acción más o
menos generosa de la voluntad, ora se considere el motivo más o menos
elevado de esta adhesión. 1º Tomando por base de esta clasificación la
generosidad con que adaptamos nuestro querer al de Dios, el P.
Rodríguez reduce estos grados a tres: «El primero es cuando las cosas de pena que suceden,
el hombre no las desea ni las ama, antes las huye, pero quiere
sufrirías antes que hacer cosa alguna de pecado por huirías.
Este es el grado más ínfimo y de precepto; de manera que aunque
un hombre sienta pena, dolor y tristeza con los males que le suceden, y
aunque gima cuando está enfermo y dé gritos con la vehemencia
de los dolores, y aunque llore por la muerte de los parientes, puede con todo
eso tener esta conformidad con la voluntad de Dios. »El segundo grado es cuando el hombre, aunque no
desea los males que le suceden, ni los elige, pero después de venidos
los acepta de buena gana por ser aquélla la voluntad y el
beneplácito de Dios: de manera que añade este grado al primero,
tener alguna buena voluntad y algún amor a la pena por Dios, y el
quererla sufrir no solamente mientras está de precepto obligado a
sufrirla, sino también mientras el sufrirla fuera más agradable
a Dios. El primer grado lleva las cosas con paciencia; este segundo
añade el llevarlas con prontitud y facilidad. »El tercero es cuando el siervo de Dios, por el
grande amor que tiene al Señor, no solamente sufre y acepta de buena
gana las penas y trabajos que le envía, sino los desea y se alegra
mucho con ellos, por ser aquélla la voluntad de Dios».
Así es como los Apóstoles se regocijaban de haber sido juzgados
dignos de padecer ultrajes por el nombre de Jesús, y San Pablo
rebosaba de gozo en medio de sus tribulaciones. ¿Nos será permitido observar que el amor de
donde procede el segundo grado puede muy bien ser el amor de esperanza, y que
la diferencia entre este segundo grado y el tercero tal vez estuviera
declarada mejor de otro modo? Esta clasificación es comúnmente admitida,
de suerte que aun variando los detalles, según los autores, el fondo
es el mismo. La encontramos ya en nuestro Padre San Bernardo, y hasta nos
parece que nadie ha estado tan acertado como él, ni en precisar los grados
ni en señalar los motivos. Recuerda las tres vías
clásicas de los principiantes, de los proficientes y de los perfectos,
asignándoles por móviles respectivos, el temor, la esperanza y
el amor; y luego añade: «El principiante, impulsado por el
temor, sufre la cruz de Cristo con paciencia; el proficiente, impulsado por
la esperanza, la lleva con gusto; el que está consumado en la caridad
la abraza ya con amor». 2º Atendiendo al motivo de nuestra conformidad con el
beneplácito de Dios, distinguiremos la que proviene de puro amor, y la
que procede de cualquier otra causa sobrenatural. En opinión de San Bernardo, a los principiantes que
no poseen por lo general sino la simple resignación, esta conformidad
les viene del temor; los proficientes, en cambio, llevan la cruz con gusto, y
su conformidad es más elevada que la anterior y tiene por causante la
esperanza; los perfectos abrazan la cruz con ardor, y esta perfecta
conformidad es el fruto del amor divino. Entiéndese fácilmente que el temor basta
para producir la simple resignación; mas para que la sumisión
crezca en generosidad, para que suba hasta el gozo menester es suponer un
desasimiento más completo, una fe más viva, una confianza en
Dios más firme. Con todo no es necesariamente hija del puro amor, ya
que a tales alturas puede muy bien elevarnos el deseo de los bienes eternos.
Un alma ansiosa del cielo tendrá por gran dicha las pequeñas
pruebas y aun las grandes tribulaciones, según se hallare de penetrada
por las seductoras promesas del Apóstol. «No son de comparar los
sufrimientos de la vida presente con la futura gloria que se ha de manifestar
en nosotros. Nuestras tribulaciones tan breves y ligeras nos producen el
eterno peso de una sublime e incomparable gloria». Hay, en fin, la conformidad por puro amor, que es en
sí la más perfecta, porque nada hay tan elevado, delicado,
generoso y perseverante como el amor sobrenatural. Ahora bien, puesto que la
caridad es para todos un mandamiento, no hay al parecer, un solo fiel que no
pueda emitir, al menos de cuando en cuando, actos de conformidad por amor,
actos que él producirá mejor y con más gusto, conforme
fuere creciendo en caridad. Y aun día vendrá cuando, viviendo
principalmente por puro amor, también por puro amor se conforme con
las disposiciones de la Providencia, por lo menos de una manera habitual. Mas
también, así como el alma adelantada puede elevarse de continuo
en el amor santo, así igualmente podrá crecer sin cesar en la
conformidad que nace del amor. Esto supuesto, ¿qué lugar ocupa el Santo
Abandono entre los mencionados grados de espiritual conformidad?
Indudablemente, el más encumbrado, y eso ya se mire a la generosidad
de la sumisión, ya al móvil de la misma. Si se atiende a la generosidad, el Santo Abandono
sólo parece hallarse satisfecho en el grado superior; no así el
primer grado, es decir, en resignación, que no sube tan alto, y que
basta para la simple vida cristiana, pero no para la vida perfecta, eso fuera
de que no implica el total desasimiento y la total entrega de la voluntad que
es inherente al abandono; y lo mismo se diga de lo que hemos llamado segundo
grado, que con ser más generoso que el anterior aún carece del
completo desapego, sin el cual no podría el alma mostrarse indiferente
a todo y poner enteramente su voluntad en manos de la Providencia. Si se considera el motivo determinante, el abandono es una
conformidad por amor, con particulares matices que le dan un carácter
acentuado de confianza filial y de total donación. En una palabra, y
como se verá mejor más adelante, es la cumbre del amor y de la
conformidad. No sólo no quisiéramos restar méritos
a la simple resignación, como tampoco a la conformidad que no nace del
puro amor; al contrario, nos felicitaríamos de hacer resaltar su valor
e importancia. Pero nuestro designio es tratar explícitamente tan
sólo del Santo Abandono, y así comenzaremos a describirle de
manera clara y minuciosa según la doctrina de San Francisco de Sales;
esperando, sin embargo, que las almas menos adelantadas en la conformidad
podrán seguir con provecho el desarrollo de nuestro trabajo, y, habida
la conveniente proporción, aplicarse muchas cosas. |