|
|
|
Dom Vital Lehodey El Santo Abandono 1. Naturaleza del
Santo Abandono 5. NOCIÓN DEL ABANDONO Ante
todo, ¿por qué la palabra abandono? Monseñor Gay va a
darnos la respuesta en página luminosa harto conocida: «
Hablamos de abandono -dice-, no hablamos de obediencia... La obediencia se
refiere a la virtud cardinal de la justicia, en tanto que el abandono entronca
en la virtud teologal de la caridad. Tampoco decimos resignación; pues
aunque la resignación mira naturalmente a la voluntad divina, y no la
mira sino para someterse a ella, pero sólo entrega, por decirlo
así, a Dios una voluntad vencida, una voluntad, por consiguiente, que
no se ha rendido al instante y que no cede sino sobreponiéndose a
sí misma. El abandono va mucho más lejos. El término
aceptación tampoco sería adecuado; porque la voluntad del
hombre que acepta la de Dios... parece no subordinársele sino
después de haber comprobado sus derechos. De manera que no nos conduce
a donde queremos ir. La aquiescencia casi, casi, nos conduciría...
pero, ¿quién no ve que semejante acto implica todavía
una ligera discusión interior, y que la voluntad asustada primero ante
el poder divino sólo se aquieta y se deja manejar después de
tal discusión y desconfianza? Hubiéramos podido emplear la
palabra conformidad, que es convenientísima y, si cabe, la consagrada
para la materia, como lo hiciera el P. Rodríguez, que con este
título compuso un excelente tratado en su libro tan recomendable: De
la Perfección y Virtudes cristianas. Sin embargo, este vocablo refleja
mejor un estado que un acto; estado que por lo demás parece presuponer
una especie de ajuste asaz laborioso y paciente. Al pronunciarla surge la
idea de un modelo que un artista se hubiese esforzado por imitar
después de contemplarlo y admirarlo. Y aun cuando la conformidad se
lograra sin trabajo, siempre quedaría algo, un no pequeño
resabio de frialdad... ¿Nos hubiéramos expresado con más
acierto de habernos servido de la palabra indiferencia (palabra mágica
en los ejercicios de San Ignacio), la cual es muy usual y también muy
exacta por cuanto expresa el estado de un alma que rinde a la voluntad de
Dios el perfecto homenaje de que pretendemos hablar...? Es palabra negativa,
pero el amor se sirve de ella tan sólo como de escabel, siendo cierto
que nada hay en definitiva tan real como el amor. La palabra más
indicada en nuestro caso era, por tanto, abandono». Y
en verdad, no hay otra que así describa el movimiento amoroso y
confiado con que nos echamos en manos de la Providencia, al igual que un
niño en los brazos de su madre. Es cierto que esta expresión
estuvo arrinconada largo tiempo en atención al abuso que de ella
hicieron los quietistas, pero recobró ya el derecho de
ciudadanía y hoy la emplean todos de un modo corriente; nosotros
haremos lo mismo, después de precisar su sentido. «Abandonar
nuestra alma y dejarnos a nosotros mismos -dice el piadoso Obispo de
Ginebra-, no es otra cosa que despojarnos de nuestra propia voluntad para
dársela a Dios.» En este movimiento de amor, que es el acto
mismo del abandono, hay, por consiguiente, un punto de partida y otro de
término; porque es preciso que la voluntad salga de sí misma
para entregarse toda a Dios. Síguese, pues, que el abandono contiene
dos elementos que hemos de estudiar: la santa indiferencia y el entregamiento
completo de nuestra voluntad en manos de la Providencia; el primero es
condición necesaria, y elemento constitutivo el segundo. Sin
la santa indiferencia el abandono resultará imposible. Nada es en
sí tan amable como la voluntad de Dios. Significada de antemano o
manifestada por los acontecimientos, a nada tiende si no es a conducirnos a
la vida eterna, a enriquecernos desde ahora con un aumento de fe, de caridad
y de buenas obras. Dios mismo es quien viene a nosotros como Padre y
Salvador, con el corazón rebosante de ternura y las manos llenas de
beneficios. Mas con ser tan amable y todo, ésta su voluntad halla en
nosotros no pocos obstáculos. En efecto, la ley divina, nuestras
Reglas, las inspiraciones de la gracia, la práctica esmerada de las
virtudes, todo cuanto pertenece a la voluntad significada, nos impone mil
sacrificios diarios; eso sin contar otra porción de dificultades
imprevistas y añadidas con frecuencia por el divino beneplácito
a las cruces de antemano conocidas. La mayor dificultad, sin embargo, viene
del pecado original, que nos deja llenos de orgullo y sensualidad e
infestados de la triple concupiscencia: la humillación, la
privación, el dolor, aun los más imprescindibles, nos repugnan;
el placer lícito o ilícito, la gloria y los falsos bienes nos
fascinan; el demonio, el mundo, los objetos creados, los acontecimientos,
todo conspira a despertar en nosotros estos gustos y estas repugnancias. Son
harto numerosos los motivos por los cuales corremos frecuentes riesgos de
rechazar la voluntad divina, e incluso de no verla. ¿Quién
nos abrirá los ojos del espíritu? ¿Quién
desembarazará nuestra voluntad de tantos estorbos si no es la
mortificación cristiana en todas sus formas? De ella hemos menester no
pequeña dosis para asegurar la simple resignación; y el no
tenerla así es causa de que haya tantos rebeldes, quejumbrosos,
descontentos, tan pocos enteramente sumisos y por lo mismo tantísimos
desgraciados, y tan poquitas almas de verdad felices. Y, sin embargo,
aún se precisa mucho más para hacer posible el abandono, por lo
menos el abandono habitual. ¿Podrá elevarse hacia Dios la
voluntad ligada a la tierra por el cable del pecado, o por los lazos de mil
aficioncillas? ¿Se pondrá en manos de Dios, como un niño
en los brazos de su madre, dispuesta a todas sus determinaciones, aun las
más mortificantes, si no ha adquirido la firmeza que da el
espíritu de sacrificio, si no ha disciplinado las pasiones, si no se
ha vuelto indiferente a todo lo que no es Dios y su voluntad
santísima? La voluntad humana debe, pues, ante todo acostumbrarse y
disponerse (cosa que generalmente no conseguirá sin paciencia y
prolongado trabajo) a sentir privaciones y soportar quebrantos, a no hacer
caso del placer ni del dolor; en una palabra, debe aprender lo que los santos
llamaban perfecto desasimiento y santa indiferencia. Por
lo menos necesitará la indiferencia de apreciación y de
voluntad. Una vez así dispuesta y hondamente convencida de que Dios lo
es todo, y que las criaturas nada son o nada significan, ya nada
querrá ver ni desear en las cosas temporales, sino sólo a Dios,
a quien ama y por quien anhela, y a su santísima voluntad, guía
único que la podrá conducir a su propio fin. ¡
Ojalá haya adquirido también en gran cantidad la indiferencia
de gusto, de suerte que el mundo y sus pasatiempos, los bienes y honores de
acá abajo, todo cuanto pueda alejarla de Dios le inspire disgusto,
todo cuanto la lleve a Dios, aunque sea el padecimiento, le agrade, cual
acontece a las almas que tienen hambre y sed de Dios! ¡
Cuán facilitada encontraría así el alma la
práctica del Santo Abandono! Esta
indiferencia no es insensibilidad enfermiza, ni cobarde y perezosa
apatía, ni mucho menos el orgulloso desdén estoico que
decía al dolor: «Tú no eres sino una yana palabra.»
Es la energía singular de una voluntad que, vivamente esclarecida por
la razón y la fe desprendida de todas las cosas, dueña por
completo de sí misma, en la plenitud de su libre albedrío,
aúna todas sus fuerzas para concentrarías en Dios, y en su
santísima voluntad: merced a esta apreciación, ya de ninguna criatura se deja mover por
atractiva o repulsiva que se la suponga, fija siempre en conservarse pronta a
cualquier acontecimiento, lo mismo a obrar que a estar parada, esperando que
la Providencia declare su beneplácito. Un
alma santamente indiferente se parece a una balanza en equilibrio, dispuesta
a ladearse a la parte que quiera la voluntad divina; a una materia prima
igualmente preparada para recibir cualquiera forma o a una hoja de papel en
blanco sobre la cual Dios puede escribir a su gusto. La comparan
también « a un licor que, no teniendo por si propio forma,
adopta la del vaso que lo contiene. Ponedlo en diez vasos diferentes y lo
veréis tomar diez formas diferentes, y tomarlas así que es
vertido en ellos». Esta alma es flexible y tratable, como «una
bola de cera en las manos de Dios, para recibir igualmente todas las
impresiones del eterno beneplácito» o como «un niño
que aún no dispone de voluntad, para querer ni amar cosa
alguna», o, en fin, «permanece en la presencia de Dios como una
bestia de carga». «Una bestia de carga jamás anda con
preferencias ni distingos en el servicio de su dueño: ni
en cuanto al tiempo, ni en cuanto al lugar, ni en cuanto a la persona, ni en
cuanto a la carga; os prestará servicio en la ciudad y en el campo, en
las montañas y en los valles; la podéis conducir a derecha e
izquierda, e irá a donde quisiereis; a todas horas estará
aparejada, por la mañana, a la tarde, de día, de noche; con la
misma facilidad se dejará guiar de un niño que de un adulto, y
tan holgada y contenta se mostrará acarreando estiércol como
tisúes, diamantes y rubíes.» Por
lo mismo que el alma se halla así dispuesta, «toda
manifestación de la voluntad divina, cualquiera que fuere, la
encuentra libre y se la apropia como terreno que a nadie pertenece. Todo le
parece igualmente bueno: ser mucho, ser poco, no ser nada; mandar, obedecer a
éste y al de más allá; ser humillada, ser tenida en
olvido; padecer necesidad o estar bien provista; disponer de mucho tiempo o
estar abrumada de trabajo; estar sola o acompañada y en aquella
compañía que uno desea; contemplar extenso camino ante
sí o no ver sino lo preciso del suelo para poner el pie; sentir
consuelos o sequedades y en tales sequedades ser tentada; disfrutar de salud
o llevar una vida enfermiza, arrastrada y lánguida por tiempo
indeterminado; estar imposibilitada y convertirse en carga molesta para la
Comunidad a la que se había venido a servir; vivir largo tiempo, morir
pronto, morir ahora mismo; todo le agrada. Lo quiere todo por lo mismo que no
quiere nada, y no quiere nada por lo mismo que lo quiere todo». La
santa indiferencia ha hecho posible el entregamiento completo de nosotros
mismos en las manos de Dios. Añadamos ahora que esta entrega amorosa,
confiada y filial es elemento positivo del abandono y su principio
constitutivo. Para precisar bien su significado y extensión, se han de
considerar dos momentos psicológicos, según que los hechos
estén aún por suceder o hayan sucedido. Antes
de suceder, con previsión o sin ella, esa entrega es, según la
doctrina de San Francisco de Sales, «una simple y general
espera», una disposición filial para recibir cuanto quiera Dios
enviar, con la dulce tranquilidad de un niño en los brazos de su
madre. En tal estado, ¿tendremos obligación de adoptar
prudentes providencias y el derecho a querer y elegir? Es cosa que hemos de
averiguar en los capítulos siguientes. En todo caso, la actitud
preferida de un alma indiferente a las cosas de aquí abajo, plenamente
desconfiada de su propio parecer y amorosamente confiada en Dios solo, es,
según la doctrina del mismo santo Doctor, «no entretenerse en
desear y querer las cosas (cuya decisión se ha reservado Dios para
sí), sino dejarle que las quiera y las haga por nosotros conforme le
agradare». Después
de suceder los hechos y cuando ya han declarado el beneplácito divino,
«esta simple espera se convierte en consentimiento o
aquiescencia». «Desde el momento en que una cosa se le presenta
así divinamente esclarecida y consagrada, el alma se entrega con celo
y con pasión se adhiere a ella; porque el amor es el fondo de su
estado y el secreto de su aparente indiferencia, siendo su vida tan intensa
precisamente porque abstraída de todo lo demás, en él se
halla reconcentrada por completo. Por donde, siempre que la voluntad divina
pide algo que a esta alma se refiera, y cuando todos la notarían de
insensible y fría, la vemos conmoverse en sus mismas entrañas.
A semejanza de un niño dormido a quien no pudiera despertar su madre
sin que la tendiese sus bracitos, así sonríe ella a todas las
muestras del querer divino, que abraza con piadosa ternura. Su docilidad es
activa y su indiferencia amorosa. No es para Dios más que un si
viviente. Cada suspiro que exhala y cada paso que da es un amén
ardiente que va a juntarse con aquel otro amén del cielo con el cual
concuerda.» San
Francisco de Sales llama a este abandono «el tránsito o muerte
de la voluntad», en el sentido de que «nuestra voluntad traspasa
los límites de su vida ordinaria para vivir toda en la voluntad
divina; cosa que ocurre cuando no sabe ni desea ya querer nada, si no es
abandonarse sin reservas a la Providencia, mezclándose y
anegándose de tal suerte en el beneplácito divino que no
aparezca más por ninguna parte». Venturosa muerte, por la cual
se eleva uno a superior vida, «como se eleva todas las mañanas
la claridad de las estrellas y se cambia con la luz esplendorosa del sol, al
aparecer éste trayendo el día». Dos
grados hay, según el piadoso Doctor, en este traspaso de nuestra
voluntad a la de Dios: en el primero el alma aún presta atención
a los acontecimientos, pero bendice en ellos a la Providencia. El autor de la
Imitación hácelo en estos términos: «Señor:
esté mi voluntad firme y recta contigo, y haz de mí lo que te
agradare... Si quieres que esté en tinieblas, bendito seas, y si
quieres que esté en luz, también seas bendito; si te dignares
consolarme, bendito seas; y si me quieres atribular, también seas
bendito para siempre». En el segundo grado, el alma ni siquiera presta
atención a los acontecimientos; y por más que los sienta,
aparta de ellos su corazón aplicándole a «la dulzura y
Bondad divinas, que bendice no ya en sus efectos ni en los sucesos que
ordena, sino en sí misma y en su propia excelencia... lo que sin duda
constituye un ejercicio mucho más eminente». Para
mejor dar a entender y gustar la santa indiferencia o el amoroso abandono de
nuestro querer en las manos de Dios, el piadoso Obispo de Ginebra nos propone
magníficos ejemplos y deliciosísimas comparaciones. En la
imposibilidad de citarlos aquí, rogamos a nuestros lectores que
consulten el texto mismo. Propone como modelos a Santa María
Magdalena, a la suegra de San Pedro, a Margarita de Provenza, esposa de San
Luis. ¿Quién no conoce los apólogos tan ingeniosos y tan
suaves de la estatua en su nicho, del músico que se queda sordo y de
la hija del cirujano? Se leerán y releerán veinte veces con
tanto gusto como edificación. El piadoso autor muestra marcada
preferencia por determinados símiles y comparaciones; y así
dice: un criado en seguimiento de su señor no se dirige a ninguna
parte por propia voluntad, sino por la de su amo; un viajero, embarcado en la
nave de la divina Providencia, se deja mover según el movimiento del
barco, y no debe tener otro querer sino el de dejarse llevar por el querer de
Dios; el niño que aún no dispone de su voluntad, deja a su
madre el cuidado de ir, hacer y querer lo que creyere mejor para él.
Ved sobre todo al dulcísimo Niño Jesús en los brazos de
la Santísima Virgen, cómo su buena Madre anda por El y quiere
por El; Jesús la deja el cuidado de querer y andar por El, sin
inquirir adonde va, ni si camina de prisa o despacio; bástale
permanecer en los brazos de su dulcísima Madre. Una
vez descrito el abandono en sus líneas más generales, vamos a
ver ahora en sendos capítulos cómo no excluye ni la prudencia
ni la oración, ni los deseos, ni los esfuerzos personales ni el
sentimiento de las penas. |