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Dom Vital Lehodey El Santo Abandono 1. Naturaleza del
Santo Abandono 6.
ABANDONO Y PRUDENCIA Por perfectas que sean
nuestra confianza en Dios y nuestra total entrega en manos de la Providencia
para cuanto sea de su agrado, jamás quedaremos dispensados de seguir
las reglas de la prudencia. La práctica de esta virtud, natural y
sobrenatural, pertenece a la voluntad significada: es ley estable y de todos
los días. Dios quiere ayudarnos, pero a condición de que
hagamos lo que de nosotros depende: «A Dios rogando y con el mazo
dando», dice el refrán, obrar de otra manera es tentar a Dios y
perturbar el orden por El establecido. A todos predica Nuestro Señor
la confianza, pero a nadie autoriza la imprevisión y la pereza. No
exige que los lirios hilen, ni que las aves cosechen; mas a los hombres nos
ha dotado de inteligencia, previsión y libertad, y de ellas quiere que
nos valgamos. Abandonarse a Dios sin reserva y sin poner cuanto estuviere de
nuestra parte sería descuido y negligencia culpables. Mejor
calificación merece la piedad de David, el cual, aunque espera
resignado cuanto Dios tuviere a bien disponer respecto de su reino y de su
persona durante el levantamiento de Absalón, no por eso deja de dar
inmediatamente a las tropas y a sus consejeros y principales confidentes las
órdenes necesarias para procurarse un lugar retirado y seguro, y para
restablecer su posición política. «Dios lo
quiere...», así hablaba Bossuet a los quietistas de su tiempo,
que so pretexto de dejar obrar a Dios, echaban a un lado la previsión
y solicitud moderadas. Y añade: «Ved ahí en qué
consiste, según la doctrina apostólica, el abandono del
cristiano, el cual bien a las claras se ve que presupone dos fundamentos:
primero, creer que Dios cuida de nosotros; y segundo, convencerse de que no
son menos necesarias la acción y la previsión personales; lo
demás seria tentar a Dios». Porque si hay sucesos que
escapan a nuestra previsión y que dependen únicamente del
beneplácito divino, como lo son respecto a nosotros las calamidades
públicas o los casos de fuerza mayor, hay otros en que la prudencia
tiene que desempeñar un papel importante, ya para prevenir
eventualidades molestas, ya para atenuar sus consecuencias, ya también
para sacar siempre de ellos nuestro provecho espiritual. Citemos sólo
algunos ejemplos. Con absoluta confianza debemos creer que Dios no ha de permitir
seamos tentados por encima de nuestras fuerzas, fiel como es a sus promesas;
mas esto a condición de que «quien piensa que está firme,
mire no caiga», y de que cada uno «vele y ore para no caer en la
tentación». En las consolaciones y sequedades, en las luces y
oscuridades, en la calma y tempestad, en medio de estas u otras vicisitudes
que agitan la vida espiritual, habremos de comenzar por suprimir, si de ello
hubiere necesidad, la negligencia, la disipación, los apegos, cuantas
causas voluntarias se opongan a la gracia; procurando al mismo tiempo
permanecer constantes en nuestro deber en contra de tantas variaciones.
Sólo así tendremos derecho de abandonarnos con amor y confianza
al beneplácito divino. Lo propio deberán
hacer las personas que desempeñen cargos cuando pasen por alternativas
de acierto y de fracaso; las cuales, ora se les ponga el cielo claro y
sereno, ora encapotado, siempre tendrán el deber y habrán de
sentir la necesidad de confiarse a la divina Providencia; empero «no
conviene que el superior, so pretexto de vivir abandonado a Dios y de reposar
en su seno, descuide las enseñanzas propias de su cargo», y deje
de cumplir sus obligaciones. Y lo mismo en lo concerniente a lo temporal; sea
cual fuere el abandono en Dios, es de necesidad que uno siembre y coseche y
que otro confeccione los vestidos, que éste prepare la comida y
así en todo lo demás. Otro tanto ha de decirse en cuanto a la
salud y la enfermedad. Nadie tiene derecho a comprometer su vida por
culpables imprudencias, debiendo cada cual tener un cuidado razonable de su
salud; y si es del agrado de Dios que uno caiga enfermo, «quiere El por
voluntad declarada que se empleen los remedios convenientes para la
curación; un seglar llamará al médico y adoptará
los remedios comunes y ordinarios; un religioso hablará con los
superiores y se atendrá a lo que éstos dispusieren».
Así han obrado siempre los santos, y si a veces los vemos abandonar
las vías de la prudencia ordinaria, hacíanlo para conducirse por
principios de una prudencia superior. El abandono no dispensa,
pues, de la prudencia, pero destierra la inquietud. Nuestro Señor
condena con insistencia la solicitud exagerada, en lo que se refiere al
alimento, a la bebida, al vestido, porque, ¿cómo podrá
el Padre celestial desamparar a sus hijos de la tierra, cuando proporciona la
ración ordinaria a las avecillas del cielo que no siembran, ni siegan,
ni tienen graneros, y cuando a los lirios del campo, que no tejen ni hilan,
los viste con galas que envidiaría el rey Salomón? San Pedro
nos invita también a depositar en Dios todos nuestros cuidados, todas
nuestras preocupaciones porque el Señor vela por nosotros.
Habíalo ya dicho el Salmista: «Arroja en el seno de Dios todas
tus necesidades y El te sostendrá: no dejará al justo en
agitación perpetua». En parecidos
términos se expresa San Francisco de Sales hablando de la prudencia
unida al abandono; quiere el santo que ante todo cumplamos la voluntad
significada; que guardemos nuestros votos, nuestras Reglas, la obediencia a
los superiores, pues no hay camino más seguro para nosotros; que
asimismo hagamos la voluntad de Dios declarada en la enfermedad, en las
consolaciones, en las sequedades y en otros sucesos semejantes; en una
palabra, que pongamos todo el cuidado que Dios quiere en nuestra perfección.
Hecho esto, el santo pide que «desechemos todo cuidado superfluo e
inquieto que de ordinario tenemos acerca de nosotros mismos y de nuestra
perfección aplicándonos sencillamente a nuestra labor y
abandonándonos sin reserva en manos de la divina Bondad, por lo que
mira a las cosas temporales, pero sobre todo en lo que se refiere a nuestra
vida espiritual y a nuestra perfección». Porque «estas
inquietudes provienen de deseos que el amor propio nos sugiere y del
cariño que en nosotros y para nosotros nos tenemos». Esta unión
moderada de la prudencia con el abandono es doctrina constante en el Santo
Doctor. Cierto que en alguna parte al alma de veras confiada la invita a
«embarcarse en el mar de la divina Providencia sin provisiones, ni
remos, ni virador, sin velas, sin ninguna suerte de provisiones.., no cuidándose de cosa alguna, ni aun del propio
cuerpo o de la propia alma.., pues Nuestro Señor mirará
suficientemente por quien se entregó del todo en sus manos». Mas
el piadoso Doctor estaba hablando de la huida a Egipto, es decir, de uno de
esos trances en que siendo imposible al hombre prever ni proveerse, no le
queda más remedio que entregarse y confiarse de todo en todo a la
divina Providencia. |