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Dom Vital Lehodey El Santo
Abandono 1. Naturaleza del Santo Abandono 7. LOS DESEOS Y PETICIONES EN EL ABANDONO No
hablamos aquí de los gustos y repugnancias comoquiera, sino de los
deseos voluntariamente formados y adrede proseguidos, de esos deseos que se
convierten en resoluciones, en peticiones y esfuerzos. ¿Son
compatibles o no con el Santo Abandono? Que
lo sean con la simple resignación, nadie lo duda, «pues aunque
la resignación -dice San Francisco de Sales- prefiere la voluntad de
Dios a todas las cosas, mas no por eso deja de amar otras muchas
además de la voluntad de Dios»; y aduciendo el ejemplo de un
moribundo, añade: «Preferiría vivir en lugar de morir,
pero en vista de que el beneplácito de Dios es que muera..., acepta de
buena gana la muerte por más que continuaría viviendo
aún con mayor gusto.» ¿Sucede lo propio con la perfecta
indiferencia y el santo abandono? ¿Es ir contra la perfección
del abandono desear y pedir que tal o cual acontecimiento feliz se realice y
perdure, que tal prueba espiritual o temporal no se presente o acabe? En
general, y salvo posibles excepciones, se pueden formar deseos y peticiones
de este género, pero no hay obligación. Hay
derecho de hacerlo. Pues Molinos fue condenado por haber sostenido la
proposición siguiente: «No conviene que quien se ha resignado a
la voluntad de Dios le haga ninguna súplica; porque, siendo ésta
un acto de voluntad y elección propias, y pretendiéndose con
ellas que la voluntad divina se amolde a la nuestra, vendría a
resultar una verdadera imperfección. Las palabras evangélicas
"pedid y recibiréis no las dijo Jesucristo para las almas interiores
que no quieren poseer voluntad propia. Es más, estas almas llegan a no
poder dirigir a Dios una petición.» «No
temáis, pues -dice el Padre Baltasar Álvarez-, desear y pedir
la salud, si estáis decididos a emplearla puramente en servicio de
Dios: tal deseo, en vez de ofenderle, le agradará. En apoyo de mi
aserto puedo citar su propio testimonio: Mi amor a las almas es tan grande,
decía El a Santa Gertrudis, que me fuerza a secundar los deseos de los
justos, siempre que estén inspirados en un celo puro y humanamente
desinteresado. ¿Hay enfermos que desean de veras la salud para
servirme mejor?, que me la pidan con toda confianza. Más aún:
si la desean para merecer mayor galardón, me dejaré doblegar,
pues les amo hasta el extremo de asemejar sus intereses a los
míos.» En
idéntico sentido se expresa San Alfonso: «Cuando las
enfermedades nos aflijan con toda su agudeza, no será falta darlas a
conocer a nuestros amigos, ni aun pedir al Señor que nos libre de
ellas. No hablo sino de los grandes padecimientos.» La misma doctrina
enseña a propósito de las arideces y de las tentaciones,
apoyándola en dos ejemplos entre todos memorables; el primero es el
del Apóstol, el cual, abofeteado por Satanás, no creía
faltar al perfecto abandono, rogando por tres veces al Señor que
apartase de él el espíritu impuro; mas en habiéndole
Dios respondido «Bástate mi gracia», San Pablo acepta
humildemente la necesidad de combatir, y yendo más lejos, se complace
en su debilidad, porque en la aflicción es cuando se siente fuerte,
merced a la virtud de Cristo. El
segundo ejemplo es aún más augusto, y ofrece una prueba sin
réplica. El mismo Jesucristo en el momento de su Pasión,
descubrió a sus apóstoles la extrema aflicción de su
alma, y rogó hasta tres veces a su Padre le librase de ella. Mas este
divino Salvador nos enseñó al propio tiempo con su ejemplo lo
que hemos de hacer después de semejantes peticiones: resignarnos
inmediatamente a la voluntad de Dios, añadiendo con El: «Pero no
se haga lo que yo quiero, sino lo que Vos queréis.» Inútil
es añadir nada para dar a entender lo que no es permitido en parecidas
circunstancias. San Francisco de Sales señala, sin embargo, una
excepción: «Si el beneplácito divino nos fuera declarado
antes de su realización como lo fue a San Pedro el género de su
muerte, a San Pablo las cadenas y la cárcel, a Jeremías la
destrucción de su amada Jerusalén, a David la muerte de su
hijo; en tal caso deberíamos unir al instante nuestra voluntad a la de
Dios.» Esto en la suposición de que el beneplácito divino
aparezca absoluto e irrevocable; de no ser así, conservamos el derecho
de formular deseos y peticiones. Pero,
por lo general, no estamos obligados a ello, pues los sucesos de que se trata
dependen del beneplácito de Dios, a quien toca decidir, no a nosotros.
Y una vez que se haya hecho cuanto la prudencia exige, ¿por qué
no nos será permitido decir a nuestro Padre celestial: «Vos
sabéis cuánto ansío crecer en virtud y amaros cada vez
más? ¿Qué me conviene para conseguirlo? ¿La salud
o la enfermedad, las consolaciones o la aridez, la paz o la guerra, los
empleos o la total carencia de ellos? Yo no lo sé, pero Vos lo
sabéis perfectamente. Ya que permitís que exponga mis deseos,
yo prefiero confiarme a Vos, que sois la misma Sabiduría y Bondad;
haced de mí lo que os plazca. Otorgadme tan sólo la gracia de
someterme con entera voluntad a cuanto decidiereis.» Parécenos
que ningún deseo, ninguna petición puede testimoniar mayor
confianza en Dios que esta actitud, ni mostrar más abnegación,
obediencia y generosidad de nuestra parte. Tal
es el sentir de San Alfonso. Establece el santo tres grados en la buena
intención: «1º Puédese proponer la
consecución de bienes temporales, por ejemplo, mandando celebrar una
misa o ayunando para que cese tal enfermedad, tal calumnia, tal contrariedad
temporal. Esta intención es buena, supuesta la resignación,
pero es la menos perfecta de las tres, porque su objeto no se levanta de lo
terreno. 2º Puédese proponer la satisfacción a la justicia
divina o conseguir bienes espirituales: como virtudes, méritos,
aumento de gloria en el cielo. Esta segunda intención vale más
que la primera. 3º Puédese no desear sino el beneplácito
de Dios, el cumplimiento de la divina voluntad. He aquí la más
perfecta de las tres intenciones y la más meritoria.»
«Cuando estamos enfermos, dice en otra parte, lo mejor es no pedir
enfermedad ni salud, sino abandonarnos a la voluntad de Dios, para que El
disponga de nosotros como le plazca.» San Francisco de Sales es
aún más claro y explícito. Nos enseña a
inclinarnos siempre hacia donde más se distinga la voluntad de Dios y
a no tener más deseos que éste. «Aunque el Salvador de
nuestras almas y el glorioso San Juan, su Precursor, gozasen de propia
voluntad para querer y no querer las cosas, sin embargo, en lo exterior
dejaron a sus madres al cuidado de querer hacer por ellos lo que era de
necesidad.» Nos exhorta a «hacernos plegables y manejables al
beneplácito divino como si fuéramos de cera, no
entreteniéndonos en querer y en desear las cosas; antes dejando que
Dios las quiera y haga como le agradare». Propone después por
modelo a la hija de un cirujano que decía a su amiga: «Estoy
padeciendo muchísimo y, sin embargo, ningún remedio se me
ocurre, pues no sé cuál sea el más acertado, y pudiera
suceder que deseando una cosa me fuera necesaria otra. ¿No será
mejor descargar todo este cuidado en mi padre que sabe, puede y quiere por mi
cuanto requiere la cura? Esperaré a que él quiera lo que
juzgare conveniente y no me aplicaré sino a mirarle, a darle a conocer
mi amor filial e ilimitada confianza. ¿No testimonió esta hija
un amor más firme hacia su padre que si hubiera andado
pidiéndole remedios para su dolencia o que se hubiera entretenido en
mirar cómo le abría las venas y corría la sangre?» ¿Quién
no conoce la célebre máxima: «Nada desear, nada pedir,
nada rehusar»? San Francisco de Sales, cuya es la fórmula,
declara expresamente que ella no se refiere a la práctica de las
virtudes; y personalmente la aplica con especial insistencia a los cargos y
empleos de la Comunidad, sin dejar de proponerla también para el
tiempo de enfermedad, de consolación, de aflicción, de
contrariedad, en una palabra, para todas las cosas de la tierra y todas las
disposiciones de la Providencia, «sea por lo que mira al exterior, sea
por lo que respecta al interior. Siente un extremado deseo de grabarla en las
almas, por considerarla de excepcional importancia». Preguntaron
al Santo Doctor si no podía uno desear los «empleos
humildes» movidos por la generosidad. «No, respondió el
Santo; por causa de humildad.» «Hijas mías, este deseo no
implica nada de malo, sin embargo, es muy sospechoso y pudiera ser un
pensamiento puramente humano. En efecto, ¿qué sabéis
vosotras si habiendo anhelado estos empleos bajos, tendréis el valor
de aceptar las humillaciones, las abyecciones y las amarguras con que
habéis de topar en ellos y si lo tendréis siempre? Hay que
considerar, por tanto, el deseo de cualquier género de cargos, bajos u
honrosos, como una verdadera tentación; y lo mejor será no
desear nunca nada, sino vivir siempre dispuesto a hacer cuanto de nosotros
exigiere la obediencia.» En
resumen, para cuanto se refiere al beneplácito de Dios, en tanto su
voluntad no parezca absoluta e irrevocable, podemos formular deseos y
peticiones, por más que a ello no estemos obligados, y aún es
más perfecto entregarse en todo esto a la Providencia. Existen, sin
embargo, casos en que sería obligatorio solicitar el fin de una
prueba, por ejemplo, si para ello se recibe la orden del superior. Si viera
uno que desmaya por falta de fuerzas y de ánimos, bastaríale
orar en esta forma: Dios mío, dignaos de aliviar la carga o aumentar
mis fuerzas; alejad la tentación o concededme la gracia de vencerla. En
cuanto al tenor de estas oraciones, se pedirán de un modo absoluto los
bienes espirituales absolutamente necesarios; los que no constituyen sino un
medio de tantos hanse de pedir a condición de que tal sea el divino
beneplácito, haciendo con mayor razón la misma salvedad con
respecto a los bienes temporales. Lo que es preciso desear sobre todo es
santificar la prosperidad y la adversidad, «buscando el reino de Dios y
su justicia: lo restante nos será dado por añadidura». A
los que invierten este orden y buscan principalmente el fin de las pruebas,
el Padre de la Colombière dirige el siguiente párrafo
eminentemente sobrenatural: «Mucho me temo que estéis orando y
haciendo orar en vano. Lo mejor hubiera sido mandar decir esas misas y hacer
voto de estos ayunos en orden a alcanzar de Dios una radical enmienda, la
paciencia, el desprecio del mundo, el desasimiento de las criaturas. Cumplido
esto, hubierais podido hacer peticiones para la recuperación de
vuestra salud y prosperidad de vuestros negocios; Dios las hubiera
oído con gusto o más bien las hubiera prevenido,
bastándole conocer vuestros deseos para satisfacerlos». Esta
doctrina es conforme a la práctica de las almas santas, pues si a
veces piden el fin de una prueba, más frecuentemente es verlas
inclinadas hacia el deseo del padecimiento al cual se ofrecen cuando
sólo escuchan la voz de su generosidad; mas cuando la humildad les
habla con mayor elocuencia que el espíritu de sacrificio, entonces ya
no piden nada y se remiten a los cuidados de la Providencia. Finalmente, lo
que domina y prevalece en estas almas es el amor de Dios junto con la
obediencia y el abandono a todas sus determinaciones. Así
vemos que Santa Teresa del Niño Jesús, después de haber
estado llamando largo tiempo al dolor y a la muerte como mensajeros de gozo,
llega un día en que, a pesar de apreciarlos, ya no los desea; porque
sólo necesita amor, y únicamente se aficiona a «la vida
de la infancia espiritual, al camino de la confianza y del total abandono. Mi
Esposo, dice, me concede a cada instante lo que puedo soportar, nada
más; y si al poco rato aumenta mi padecer, también acrecienta
mis fuerzas. Sin embargo, jamás pediría yo sufrimientos
mayores; que soy harto pequeñita. No deseo más vivir que morir;
de manera que si el Señor me diese a escoger, nada escogería;
sólo quiero lo que El quiere; sólo me gusta lo que El
hace». Otra
alma generosa «tampoco pedía a Dios la librara de sus penas;
pedíale, sí, la gracia de no ofenderle, de crecer en su amor,
de llegar a ser más pura. Dios mío, ¿queréis que
yo sufra? Sea enhorabuena, yo quiero sufrir. ¿Queréis que sufra
mucho?, quiero sufrir mucho. ¿Queréis que sufra sin consuelo?,
pues quiero sufrir sin consuelo. Todas las cruces de vuestra elección
lo serán de la mía. Empero, si yo os he de ofender, os lo
suplico, sacadme de este estado; si yo os he de glorificar, dejadme sufrir
todo el tiempo que os plaza». Gemma
Galgani tenía una sed asombrosa de inmolación. Y a pesar de
todo, aunque en medio de un diluvio de males y persecuciones, se portó
con tanto heroísmo, implora una pequeña tregua,
quejándose amorosamente en medio de sus penas interiores:
«Decidme, Madre mía, adónde se ha ido Jesús; Dios
mío, no tengo sino a Vos y Vos os escondéis.» Pero llega
a decir con un perfecto abandono: «Si os agrada martirizarme con la privación
de vuestra amable presencia, me es igual siempre que os tenga
contento.» |