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Dom Vital Lehodey El Santo Abandono 1. Naturaleza del
Santo Abandono 10. EL
ABANDONO Y EL VOTO DE VÍCTIMA Antes de comparar estas
dos cosas, conviene repetir en pocas palabras la idea del Santo Abandono. Es
una conformidad con el beneplácito divino, pero una conformidad nacida
del amor y llevada a un alto grado. No por insensibilidad, sino por virtud el
alma se establece en una santa indiferencia para todo lo que no es Dios y su
adorable voluntad. Antes del acontecimiento que ha de mostrar al divino
beneplácito mantiénese en simple y general espera, cumpliendo
fielmente la voluntad de Dios significada. Condúcese con prudencia en
las cosas en que le pertenece decidir, pero en las que dependen del divino
beneplácito, por más que tenga derecho a formular deseos y
peticiones, prefiere en general dejar a su Padre celestial el cuidado de
querer y de disponerlo todo a su gusto; ¡ tan grande es la confianza
que en El tiene y tan grandes las ansias de no hacer sino la voluntad divina!
Apenas le ha manifestado por un acontecimiento esta voluntad,
confórmase con amor, no al modo de una máquina que se deja
mover, sino empleando cuanto tiene de inteligencia y de voluntad para
adaptarse y uniformarse con el divino beneplácito y sacar de él
todo el provecho posible. Su amor y la sinceridad del abandono no la impiden
sentir las penas, pero no se agita por eso; bástale poder cumplir la
voluntad de Dios. He aquí, en conjunto, el santo abandono tal cual lo
hemos descrito siguiendo la doctrina de San Francisco de Sales, que
podría resumirse en la fórmula siguiente: «Dios
mío, no quiero en el mundo otra cosa que a Vos y a vuestra
santísima voluntad. Mi mayor deseo es crecer en amor y en todas las
virtudes, y por eso deseo cumplir fielmente vuestra santa voluntad
significada. Para cuanto de Vos depende y no de mí, me pongo confiado
en vuestras manos y dispuesto estaré a cuanto queráis en simple
y filial espera. Nada deseo, nada os pido y nada rehúso. No temo al
dolor, puesto que Vos lo acondicionaréis a mi debilidad; la
única cosa que deseo es dejarme conducir a vuestro gusto y conformarme
con amor a vuestro beneplácito.» Es evidente que esta
manera de considerar el abandono no ofrece peligro alguno y nada tiene de
presumida, ya que no es otra cosa que una sumisión filial, llena de
confianza y de amor; y bien se podría aconsejar como ideal a toda alma
adelantada. ¿No
parecerá en nuestros días demasiado pasiva esta simple actitud,
a un mundo apasionado por la actividad y por las obras de abnegación
cristiana? Lo cierto es que se propaga la práctica de ir más
lejos en el abandono. En lugar de dejar a Dios el cuidado de todas las cosas,
y sin esperar en paz que El escoja a su gusto, las almas toman la iniciativa,
se ofrecen, se consagran y se entregan. Algunos no quieren entender el
abandono si no es con estos arranques. Pero estos ofrecimientos deben ser
examinados más de cerca. Supongamos que un alma se dirige
sencillamente a Dios, y sin pedirle el sufrimiento, le dice que está
dispuesta con su gracia a todo lo que El quiera y que lo abrazará con
gusto. Esto casi se acerca al abandono, tal como lo hemos descrito, y se podría
aconsejar a toda alma adelantada, como nota distintiva de humildad. Mas
supongamos también que esa misma alma dice a Dios: «no
temáis enviarme el dolor, lo deseo, casi lo pido, Vos colmaréis
mis votos secretos otorgándomelo». Esta oblación, si ya
no es la ofrenda como víctima, se le acerca mucho, empero nunca
será el abandono de San Francisco de Sales. No se puede permitir sino
con prudencia, es decir, a las almas que han hecho suficientemente sus
pruebas. No se la puede aconsejar a todas, diremos al tratar de las víctimas.
Se ha de convencer a los confiados de sí mismos y no
sólidamente formados, que antes de dirigir tan altos sus deseos, deben
ejercitarse en hacer bien la voluntad de Dios significada y en santificar sus
cruces diarias. San Pedro se ofreció a sufrir y aun morir con su
Maestro; y aunque su amor y su sinceridad eran indudables, no por eso
dejó de ser presuntuoso, como bien claramente lo probaron los hechos. Tenemos, por
último, la ofrenda de sí mismo como víctima, o sea, el
voto de víctima. Como no tenemos el designio de hacer aquí la
exposición completa, doctrinal y práctica de esta materia tan
compleja y delicada, diremos tan sólo lo suficiente para mostrar de
una manera precisa en dónde termina el abandono y cuándo empieza
otro camino. Los lectores deseosos de conocer más a fondo esta
materia, podrán consultar los autores que de la misma tratan ex
profeso, especialmente M. Ch. Sauvé, en su excelente opúsculo,
quizá un tanto severo en sus restricciones, acerca de la noción,
estado y voto de víctimas. La ofrenda puede hacerse
con intenciones y bajo diversas formas. Gemma Galgani y Sor Isabel de la
Trinidad se ofrecieron como víctimas por los pecadores. Santa Teresa
del Niño Jesús, como víctima de holocausto al amor
misericordioso; otras se ofrecen a la justicia, a la santidad, al amor de
Dios, y con frecuencia lo hacen como víctima de expiación, para
reparar la gloria divina ultrajada, para librar las almas del Purgatorio,
para atraer la misericordia divina sobre la Santa Iglesia, sobre la patria, sobre
el sacerdocio y comunidades religiosas, sobre una familia o sobre un alma. El fundamento de esta
ofrenda es la Comunión de los Santos, especialmente la reversibilidad
de las satisfacciones del justo en provecho del culpable. Es también
el misterio de la redención por medio del sufrimiento, pues habiendo
escogido Nuestro Señor este camino para salvar al mundo,
continúa escogiéndolo para hacer llegar a nosotros el precio de
su Sangre. Por su infinita bondad, se digna de asociar almas escogidas a su
obra de salvación, y no pudiendo sufrir en su humanidad glorificada,
se asocia, valga la palabra, «humanidades de añadidura»,
en las cuales pueda continuar salvando a las almas por el sufrimiento. En el transcurso de los
siglos, particularmente en horas turbulentas, no han faltado las victimas. En
nuestra desdichada época en que la inmoralidad se desborda cual ola de
inmundicia, y en que la impiedad sube como una noche sombría, hemos
visto multiplicarse las víctimas y aun las fundadoras de comunidades
de víctimas. Si hemos de dar crédito a las revelaciones
privadas, Nuestro Señor tiene necesidad de víctimas y de
víctimas esforzadas, busca almas que expíen con sus
sufrimientos y tribulaciones por los pecadores y los ingratos... «El
está padeciendo y no encuentra bastantes almas que quieran seguirle
generosamente por la vía del padecimiento.» Estas revelaciones
son indudablemente respetables y llenas de verosimilitud. Pero lo que
constituye una garantía más fuerte y fuera de toda duda es la
palabra del Vicario de Jesucristo. Pío IX sugería a un Superior
General de Orden la idea de invitar a las almas generosas a ofrecerse a Dios
como víctimas de expiación. León XIII, en
Encíclica dirigida a Francia en 1874, exhorta «sobre todo a los
fieles que viven en los Monasterios a esforzarse por apaciguar la ira de
Dios, por medio de la oración humilde, de la penitencia voluntaria y
de la ofrenda de sí mismos». San Pío X alabó muy
mucho «la Asociación Sacerdotal», pues vio con satisfacción
que «muchos de sus miembros se ofrecen a Dios secretamente para ser
inmolados como víctimas de expiación, especialmente por las
almas consagradas, en estos desdichados tiempos en que la penitencia es tan
necesaria»; y enriqueció con numerosas indulgencias «este
importante oficio de la piedad cristiana». Es, en efecto, un modo
eficacísimo de ejercitar el santo amor de Dios y del prójimo. Mas, según la
expresión de San Pío X, es esto «obra muy grande y
empresa bien ardua» No queremos con ello desanimar las voluntades
generosas, cuando el Soberano Pontífice las invita; tan sólo es
nuestro intento prevenir la indiscreción. Las almas que hacen
profesión en una Comunidad de Víctimas no han de temer al menos
la imprudencia o la sorpresa: la Regla ha debido precisar los límites
de su ofrenda, y ellas mismas han ensayado sus fuerzas durante el noviciado.
Mas cuando tal ofrenda se hace con o sin voto, fuera de la profesión
religiosa, y la entrega se hace sin reservas, jamás se sabe de
antemano hasta qué punto Dios usará los derechos que se le
confieren. Con seguridad que si estos avances se hacen sólo por
responder a una vocación debidamente reconocida, Dios, que es el que
llama, dispone en consecuencia de las gracias. Así, una religiosa,
ocho días antes de su muerte, después de prolongadas y
terribles pruebas, podía decir «que no le apenaba el haberse
ofrecido como víctima». Santa Teresa del Niño
Jesús, el día mismo de su muerte, decía también:
«No me arrepiento de haberme entregado al amor.» ¿Sucederá
lo mismo cuando uno se decide a la ligera y sin haber orado, reflexionado y
consultado y probado? ¿Nos deberá el Señor gracias
especiales como precio de nuestra temeridad? Cuanto más nos hayamos
apresurado a entregarnos, tanto menos tardaremos quizá en fatigar con
nuestras quejas y nuestros desalientos a nuestro director y a cuantos nos
rodean. El verdadero lugar de una víctima está en el Calvario
de Jesús y no en las dulzuras del amor... Las almas consoladoras, las
almas reparadoras son víctimas con la gran Víctima del
Calvario. «Es conveniente que se sepa, porque al ver la facilidad un
tanto presuntuosa con que muchos se entregan a los derechos divinos y se le
ofrecen como víctimas, se adivina que no sospechan la seriedad con que
suele tomar estas cosas Aquel a quien se entregan. Hay determinado
número de derechos que Dios ejerce sobre nosotros antes de la
autorización que nuestra libertad le da acerca de ellos. ¡Feliz
mil veces el que todo lo entrega! Pero que cuente con grandes trabajos y con
particulares inmolaciones.» La prueba de este hecho brilla en cada
página de la vida de las almas victimas. Esto supuesto, he
aquí las diferencias más salientes entre dicho ofrecimiento y
el abandono: 1ª El simple
abandono no se adelanta. Para todo cuanto depende de la Providencia y no de
nosotros, mantiénese en una santa indiferencia y espera el
beneplácito divino, a modo de un niño que se deja llevar con
docilidad y con amor. Por el contrario, quien se ofrece, se adelanta. Por el
mismo hecho de su oblación, pide implícitamente el padecer,
incita a Dios a enviárselo, a veces hasta lo solicita expresamente. 2ª El abandono no
entraña ni orgullo, ni temeridad, ni ilusión; rebosa prudencia
y humildad, pues deja a Dios el cuidado de regirlo todo y nos reserva tan
sólo el de obedecer. Es el simple cumplimiento de la voluntad divina. ¿Puede,
sin un llamamiento divino, ser la ofrenda tan humilde, tan exenta de
ilusiones y presunción? ¿Deja a Dios la iniciativa para
disponer de nosotros? 3ª El alma que se
abandona a la acción divina puede contar con la gracia: la que se
adelanta, a excepción siempre del divino llamamiento, ¿puede
estar tan segura de tener a Dios consigo? Las almas avanzadas se
dirigen como por instinto hacia el abandono, y a todos se puede aconsejar
practicarle en espíritu de víctimas. Lo mismo sucede con la
obediencia de cada día y la mortificación voluntaria. Esta
intención en nada recarga nuestras obligaciones, sino que hace
circular por ellas una nueva savia de amor puro que aumenta su mérito
y su fecundidad. Por el contrario, la prudencia y la humildad quieren que no
se pidan sufrimientos, a menos de un llamamiento divino, debidamente
reconocido. Aun en este caso, no ha de hacerse sin antes haber probado las
fuerzas, soportando con paciencia las pruebas ordinarias y dándose a
la mortificación voluntaria. Si nosotros tomamos la iniciativa de
pedir tal o cual género de sufrimientos, somos nosotros los que
disponemos y hemos de seguir en este acto, como en todos los demás,
las reglas de la prudencia; ahora bien, la prudencia pide se exceptúen
las pruebas que nos pudieran resultar más peligrosas, y la caridad, a
su vez, las que serian demasiado molestas a cuantos nos rodean. No parece que
haya necesidad de usar de las mismas precauciones cuando se deja a Dios el
cuidado de escoger, porque entonces es Dios quien dispone, no nosotros, siempre
puede uno adaptarse a lo que dispone la paternal Sabiduría. Por otra parte, salvo el
divino llamamiento, ¿para qué pedir el sufrimiento? Un alma que
aspira a las más altas virtudes, ¿tiene necesidad de buscar
algo más que la obediencia y abandono perfectos? Los votos, la Regla,
las disposiciones de la Providencia es el camino más seguro que lleva
a la perfección sin error ni engaño. En él
hallarán siempre maravillosos recursos para adquirir la pureza del
alma y las perfectas virtudes, y la íntima unión con Dios. Esta
transformación progresiva mediante las observancias es ya una ruda
labor capaz de colmar una larga vida. Mas si esto no basta a nuestra
generosidad, la Regla nos invita, contando con la debida autorización,
a hacer más de lo que ella manda, abriendo así al
espíritu de sacrificio, horizonte ilimitado casi y tan vasto como
nuestros deseos. En cuanto al santo abandono, toda alma interior halla mil
ocasiones de ponerlo en práctica; un religioso lo necesitará
con frecuencia en la Comunidad, mucho más aún los Superiores en
el desempeño de su cargo. Es necesario comenzar por dar buena cogida a
las cruces que Dios nos ha elegido y si El ve que no bastan a nuestro ardor
de sufrir, sabrá por si mismo aumentar el número y la pesadez. Por tanto, las almas que
desean vivir en espíritu de victimas no tienen necesidad, generalmente
hablando, de solicitar el sufrimiento, pues no dejarán de encontrarlo
en la vida interior, las obligaciones diarias, la mortificación
voluntaria y las disposiciones de la Providencia. Este camino modesto no
tiene el brillo del voto de víctima, pero el espíritu de
sacrificio halla en él abundante alimento, mientras que la prudencia y
la humildad se encuentran quizá allí con mayor seguridad. Bien
entendido que cuando el Espíritu Santo llama por sí mismo a
ofrecerse como víctima, con tal que ésta obre con el permiso y
bajo la inspección de los representantes de Dios y que ante todo se
muestre celosa por sus deberes diarios, no se le puede objetar ni la temeridad
ni la ilusión, pues obedece al llamamiento divino. Debe prepararse a
difíciles pruebas, en las que tendrá el correspondiente
mérito y Dios estará con ella. |