Dom Vital Lehodey

El Santo Abandono

2. Fundamentos del Santo Abandono


  

El Santo Abandono tiene por fundamento la caridad. No se trata aquí ya de la conformidad con la voluntad divina, como lo es la simple resignación, sino de la entrega amorosa, confiada y filial, de la pérdida completa de nuestra voluntad en la de Dios, pues propio es del amor unir así estrechamente las voluntades. Este grado de conformidad es también un ejercicio muy elevado del puro amor, y no puede hallarse de ordinario sino en las almas avanzadas que viven principalmente de ese puro amor. Mas como exige un perfecto desasimiento, y la caridad necesita hacer aquí un llamamiento del todo particular a la fe y a la confianza en la Providencia, hablaremos en primer lugar del desasimiento, de la fe y de la confianza, terminando por el amor que es principio formal del Santo Abandono.

 

1. EL DESASIMIENTO

La condición previa de una perfecta conformidad es el perfecto desasimiento. Porque si nuestra voluntad tiene intensas aficiones, si se encuentra pegada y como clavada, no se dejará cautivar cuando sea preciso hacerlo para unirla a la de Dios. Por poco apegada que esté, pondrá resistencia, habrá violencias y desgarramientos inevitables y estaremos muy distanciados de una conformidad pronta y fácil, y más distanciados aún del perfecto abandono, y esto por dos razones: 1ª El Santo Abandono es una total unión, una especie de conformidad de nuestra voluntad con la de Dios, hasta el punto de estar nosotros dispuestos de antemano a todo lo que Dios quiera y a recibir con amor todo cuando haga. Antes del acontecimiento es una espera tranquila y confiada; después del acontecimiento es la sumisión amorosa y filial. Por aquí se verá qué profundo desasimiento supone. Y 2ª, este desasimiento ha de ser tan universal como profundo, porque Dios, ¿nos querrá ricos o pobres, enfermos o con buena salud, en las consolaciones o en las pruebas de la piedad, estimados o despreciados, amados u odiados? Siendo Él el Soberano Dueño, tiene absoluto derecho para disponer de nosotros a su gusto. Por su beneplácito podrá probamos en los bienes exteriores, en los del cuerpo, del espíritu, de la opinión, como El quiera, sin consultamos, casi siempre de un modo imprevisto. Es necesario, pues, que nuestra voluntad, si ha de conservarse en disposición de recibir todos los quereres divinos, esté constantemente desasida de todos estos géneros de bienes, desasida de las riquezas, de los parientes y amigos, desasida de la salud, del reposo, del bienestar, de sus propios quereres, de la ciencia, de las consolaciones, desasida de la estima y del cariño de los demás. En todas estas cosas y otras semejantes necesita estar siempre y por completo desprendida, no buscando sino a Dios y su santísima voluntad.

De esta suerte, el beneplácito divino, que podrá manifestarse hasta de un modo imprevisto y bajo cualquier forma, será recibido sin dificultad y de todo corazón. El que desea llegar al Santo Abandono ha de tener, pues, en grande aprecio la mortificación cristiana, cualquiera que sea su nombre: abnegación, renuncia, espíritu de sacrificio, amor de la cruz. En esto deberá ejercitarse lo más que pueda con perseverancia infatigable, a fin de llegar por este medio al perfecto desasimiento y conservarse en él para siempre. Porque dice con mucha razón el P. Roothaan: «En vano sería sin la mortificación tratar de conseguir la indiferencia, puesto que por la sola mortificación o por la mortificación sobre todo, puede uno llegar a ser y mostrarse indiferente.» Mas con no menos razón añade el P. Le Gaudier: «No es pequeña la dificultad de añadir a la observancia de los preceptos el desprecio voluntario de las riquezas y de los bienes exteriores; aún es más difícil juntar a esto el desprecio de la reputación y toda gloria; mucho más difícil todavía, no hacer caso alguno de la vida, del cuerpo y de la propia voluntad. Empero, lo más dificultoso es subordinar a la sola voluntad y gloria de Dios los dones sobrenaturales, los consuelos, los gustos espirituales, las virtudes, la gracia, en fin, y la gloria.» Así, pues, el camino que conduce al Santo Abandono es largo y muy penoso. He aquí por qué sean tan escasas las almas que llegan a estas alturas y tan numerosas, al contrario, las que se quedan en los grados intermedios de la conformidad, o aun en la simple resignación. Querrían el abandono perfecto, pero sin pagar lo que éste vale. Dios no pide sino que llenemos con sus dones los vasos vacíos, mas por desgracia no se hace bastante el vacío, debido a lo que cuesta, viniendo aquí como de perlas la feliz expresión de Taulero, que tanto gustaba San Francisco de Sales: «Cuando se le preguntaba dónde había encontrado a Dios, decía allí donde me dejé a mí mismo; y allí donde me encontré a ml mismo, perdí a Dios.»

Mas, entre todas las formas de renunciamiento, séanos permitido señalar dos de las más difíciles, a la vez que de las más indispensables: la obediencia y la humildad. ¿No son el aprecio de nosotros mismos y el apego a nuestra voluntad el postrer refugio de la naturaleza en sus últimas crisis, el supremo obstáculo a los progresos y a la paz del alma? Cuando todo lo demás se ha sacrificado, incluso los bienes exteriores y hasta los del cuerpo, se continúa con harta frecuencia preso con este doble lazo del orgullo y de la voluntad propia. Necesario es, pues, si nuestra libertad ha de ser completa, hacer un llamamiento a la obediencia y a la humildad, dos virtudes hermanas que no quieren estar separadas. ¡Feliz mil veces el que se aplica con celo perseverante a desasirse de su propia voluntad, a obedecer siempre y en todo, a abrazar la paciencia acallando a la naturaleza en las cosas duras, en las contrariedades y humillaciones! Mucho más feliz aún el que se halla satisfecho en cualquier abatimiento y apuro, considerándose en todo cuanto se le ordena como un obrero malo e indigno, y llega hasta llamarse y sinceramente creerse en lo intimo de su corazón el último y más vil de todos.

Las almas bien cimentadas en la obediencia y en la humildad, evitarán por este medio muchos tropiezos que provienen de la falta de virtud. A pesar de todo, el sufrimiento llegará con frecuencia a alcanzarlas y ciertamente no serán insensibles a él, pero estarán dispuestas a dispensarle una buena acogida y su misma humildad las inclinará al perfecto abandono. En el sentimiento siempre vivo de sus pecados como almas humildes y puras, rinden homenaje a la Justicia infinita que reclama lo que se le debe; y aceptan agradecidas el castigo de sus faltas. A cada prueba que se les presenta dicen: Yo debo sufrir para expiar. Gracias, Dios mío, no es aún todo lo que he merecido, y si no temieran su debilidad, añadirán con gusto: «Dadme aún, dadme siempre para que yo satisfaga vuestra Justicia.»

O bien, considerando las malas inclinaciones que les quedan, y viendo que cosa de tan poca monta basta para turbarías, sienten una urgente necesidad de sufrir y de ser humilladas; acogen como dichosa suerte la ocasión de morir a sí mismas. A veces, olvidando su propia pena y no pensando sino en la que han causado a Dios, le dicen, como Gemma Galgani: « Pobre Jesús, os he ofendido demasiado... sosegaos, sosegaos y volved a mí.» O con otra alma generosa: « Lo que es más penoso que todos los tormentos interiores, lo que es una verdadera tortura, es la ofensa inferida al objeto amado, el dolor que yo le he causado.»

A pesar de su inocencia y de sus virtudes, estas almas, llenas de luz, se consideran muy indignas de comparecer ante la infinita Santidad, y en su ardiente deseo de agradaría aceptan con gusto las purificaciones más dolorosas. De aquí se deduce cuánto facilita la humildad la sumisión, y dispone al Santo Abandono; al contrario, un alma imperfecta en la obediencia y en la humildad, se rodea por esta causa de dificultades sin cuento, y apenas se halla preparada para darles buena acogida. Venga la prueba de Dios o de los hombres, a menos de sentir que la tiene bien merecida y que la necesita el alma, adopta la posición de quien no es comprendido, toma modales de víctima, la rehuye o se enoja, llegando a abusar de los favores divinos como si fuesen pruebas. A este propósito, se podría decir que la humildad es tan necesaria al alma colmada de gracias como el agua lo es a la flor. Para que se desarrolle y se conserve fresca y hermosa... es necesario que esta alma esté embebida en la humildad y que se bañe continuamente en esta agua bienhechora. Si tan sólo tuviera los ardores del sol, pronto se secaría, se marchitaría y caería al fin.

Santa Teresita del Niño Jesús preconiza un camino de infancia espiritual todo amor y confianza, tomando, como no podía menos, por base la humildad. Su práctica y sus lecciones pueden resumirse en estas palabras: amar a Dios y ofrecerle muchos pequeños sacrificios, abandonarse en sus brazos como un niño, y en este obedecer como un niño ser humilde como un niño. Se hace con este fin la sirvienta de sus hermanas, se esfuerza por obedecer a todas sin distinción, y no abriga otro temor que el de conservar su voluntad. Se propone no elevarse por el orgullo, sino permanecer siempre pequeña por la humildad, tan pequeña que nadie piense en ella, que todas la puedan poner bajo los pies y que el divino Niño la trate como a juguete sin valor. ¡Qué muerte a si misma, qué humildad, sobre todo, se necesita para llegar a esto! No es de extrañar que Dios glorifique a un alma tan humilde y tan generosa, haciéndola la gran taumaturga de nuestros días.

Monseñor Gay, hablando de esta infancia espiritual había dicho: «¡Qué perfecta es! Lo es más que el amor de los sufrimientos, pues nada inmola tanto al hombre como ser sincera y tranquilamente pequeño. El orgullo es el primero de los pecados capitales: es el fondo de toda concupiscencia y la esencia del veneno que la antigua serpiente ha inoculado en el mundo. El espíritu de infancia lo mata más eficazmente que el espíritu de penitencia. El hombre vuelve a hallarse a si mismo fácilmente cuando lucha con el dolor, pudiendo creerse allí grande y admirarse a si mismo; si es verdadera mente niño el amor propio se desespera... Prensad este fruto de la santa infancia, no extraeréis otra cosa que el abandono. Un niño se entrega sin defensa y se abandona sin oponer resistencia. ¿Qué sabe? ¿Qué puede? ¿Qué entiende? ¿Qué pretende saber, entender o poder? Es un ser al que se domina por completo; por eso, ¡con qué precaución se le trata y cuántas y qué caricias se le hacen! ¿Obramos de esta suerte con los que se guían por sus propias luces?»

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