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Dom Vital Lehodey
El Santo Abandono
3. Ejercicio del
Santo Abandono
5. EL
ABANDONO EN LOS BIENES DE OPINIÓN
Artículo 1º.- Reputación
Cosa muy querida nos es
nuestra reputación, y en especial con respecto a nuestros Superiores y
a la Comunidad. Damos la mayor importancia a su estima y confianza, aparte de
que podamos necesitar de ellas para el ejercicio de nuestro cargo. Pues bien,
no es raro que por motivo legítimo o culpable, con razón o sin
ella, se desaten las lenguas contra nosotros, lo cual no es pequeña
prueba. El Salmista quéjase de ella con frecuencia a Dios: «bien
conocía las contradicciones de las lenguas», «los hijos de
los hombres cuyos dientes son armas y flechas y su lengua afilado
cuchillo», «lenguas maldicientes y engañosas, semejantes a
carbones de fuego voraz, a flechas agudas lanzadas por vigoroso brazo».
Si acontece que sus
dardos, lanzados en la sombra o en el descubierto, hieren nuestra
reputación, debemos soportar siempre con paciencia sus ataques y
conformarnos con el divino beneplácito. En efecto, tras los hombres es
preciso ver a Dios sólo, de quien ellos son instrumentos, ya tengan o
no conciencia de ello, pues El les pedirá cuentas de cada palabra y
les pagará según sus obras. Mas entretanto, se servirá
del celo, la ligereza y de la guía de la malignidad misma para
probarnos. Nuestra reputación le pertenece, tiene derecho de disponer
de ella como le place. Nosotros creemos que la necesitamos para el
desempeño de nuestro cargo, pero sabe El mejor lo que conviene a los
intereses de su gloria, al bien de las almas, a nuestro progreso espiritual.
Si ha resuelto probarnos en este punto, es dueño de escoger para este
fin el instrumento que quiera. A pesar de los lamentos y las recriminaciones
de la naturaleza, olvidemos deliberadamente a los hombres para no ver sino a Dios
sólo; y besando con filial sumisión su mano que nos hiere con
amoroso designio, apliquémonos a recoger todos los frutos que la
prueba nos puede proporcionar.
Estas tribulaciones nos
.brindan, en efecto, ocasiones raras de crecer en muchas y sólidas virtudes.
El alma, despojándose de su reputación, elévase por
encima de la opinión de los hombres hasta Dios sólo, para
servirle con absoluta pureza de intención. La humildad toma fuerza y
se arraiga profundamente, cuando acepta esta dura prueba; entonces es cuando
el justo se desprecia realmente y acepta ser despreciado por los
demás. Afiánzase en la dulzura ahogando los arrebatos de la
cólera; en la paciencia, moderando la tristeza que producen estas
injusticias. ¡Bella y sublime es la caridad que perdona todos los
agravios, que ama a sus enemigos, habla de ellos sin amargura y devuelve bien
por mal! La confianza en Dios se dilata en la tranquilidad con que se lleva
la cruz, y el amor de Nuestro Señor en la fidelidad en servirle como
de ordinario. Dulce fruto de esta amarga pena será vencer el mal con
el bien, y disfrutar de continuo la bienaventuranza prometida a los que son
perfectamente dulces, misericordiosos y pacíficos.
Quiere Dios por este
medio hacernos humildes de corazón, siguiendo el ejemplo y las lecciones
del Cordero y de sus fieles amigos. «¿Ha habido jamás
reputación más destrozada que la de Jesucristo? ¿De
qué injuria no fue blanco? ¿Qué calumnias no pesaron
sobre él? Sin embargo, el Padre le ha dado un nombre que está
sobre todo nombre, y le ha exaltado tanto más cuanto fue más
abatido. Y los Apóstoles, ¿no salían gozosos de los
concilios en que habían recibido afrentas por el nombre de
Jesús? Porque es verdadera gloria sufrir por tan digna causa. Bien veo
que nosotros no queremos sino persecuciones aparatosas, a fin de que nuestra
vanidad brille en medio de nuestros sufrimientos; querríamos ser
crucificados gloriosamente. Según nuestra apreciación, cuando
los mártires sufrían tan crueles suplicios, eran alabados por
los espectadores de sus tormentos; ¿no eran, por el contrario,
maldecidos y tenidos por dignos de execración? ¡Cuán
pocos son los que se determinan a despreciar la propia reputación, a
fin de promover así la gloria de Aquel que murió ignominiosamente
en la cruz, para procurarnos una gloria que no tendrá fin. »
Así habla San
Francisco de Sales, y añade: «¿Qué es, pues, la
reputación para que tantos se sacrifiquen ante ese ídolo?
Después de todo, no pasa de ser un sueño, una sombra, una
opinión, un poco de humo, una alabanza cuya memoria se extingue con su
eco, una estimación frecuentemente tan falsa, que muchos se maravillan
de verse culpados de defectos que en manera alguna tienen, y alabados de
virtudes, sabiendo muy bien que tienen los vicios opuestos.»
Venían a veces a decir al Santo Obispo que se hablaba mal de él
que se llegaban a decir cosas extrañas y escandalosas. En lugar de
defenderse, respondía: «¿No dicen más que eso?
Pues en verdad que no saben todo; al lisonjearme, me perdonan y bien veo que
me juzgan mejor de lo que soy. ¡Sea Dios bendito! Es preciso
corregirse, y si en esto no merezco ser corregido, lo merezco en otras muchas
cosas; con que siempre es una misericordia el que me corrijan tan
benignamente.»
Sin embargo, por perfecto
que sea nuestro desasimiento de la reputación, nuestro abandono en
Dios en lo a ella referente, no podemos menos de tener un cuidado razonable.
Expresamente lo recomienda el Sabio; y, por consiguiente, es voluntad de Dios
significada. La buena reputación, dice San Francisco de Sales,
«es uno de los fundamentos de la sociedad humana, sin la cual no
sólo somos inútiles al público, sino también
perjudiciales a causa del escándalo que de nosotros recibe; la
caridad, pues, lo exige, y la humildad se complace en que nosotros
conservemos y deseemos con toda diligencia el buen nombre. Además, no
deja de ser muy útil para la conservación de nuestras virtudes,
en particular, de las virtudes aún débiles. La
obligación de conservar nuestra reputación y de ser tales que
se nos pueda estimar, estimula a un ánimo generoso con poderosa y
dulce violencia. Con todo, no seamos demasiado apasionados, exigentes y
puntillosos para conservarla. El desprecio de la injuria y de la calumnia es
por lo regular un remedio mucho más saludable que el resentimiento; el
desprecio hace que se desvanezcan, y el resentimiento, al contrario, parece
darles consistencia. Es necesario ser celoso, mas no idólatras de
nuestro buen nombre.»
«Renunciemos, pues,
aquella conversación yana, aquel trato inútil, aquella amistad
frívola, aquellos modales inconsiderados si ofenden la buena fama,
porque el buen nombre es mucho más estimable que todo vano solaz; pero
si murmuran, nos reprenden y calumnian a causa de los ejercicios de piedad,
los progresos en la devoción y la diligencia en buscar los bienes
eternos, dejémoslos hablar, puestos siempre los ojos en Jesucristo
crucificado, que será el protector de nuestra fama. Si permite que nos
la arrebaten, será para devolvernos otra mejor o para hacernos
adelantar en la santa humildad, de la cual una sola onza vale más que
mil libras de honra. Si injustamente somos censurados, opongamos con
serenidad la verdad a la calumnia, y si ésta persevera, perseveremos
también nosotros en humillarnos, pues nunca estará más
al abrigo que cuando la ponemos juntamente con nuestra alma en manos de Dios.
Exceptuemos, sin embargo, ciertos crímenes tan atroces e infames, que
nadie tiene derecho a sufrir su imputación, cuando de ellos se puede
justamente sincerarse. Exceptuemos, también ciertas personas de cuya
buena reputación depende la edificación de muchos, porque en
estos casos es preciso procurar tranquilamente la reparación de la
ofensa recibida.»
Así hablaba San
Francisco de Sales a su Filotea, y éste era su modo de obrar.
Quería que la dignidad episcopal fuese respetada en su persona, pero
era indiferente en cuanto a su persona concernía tocante a la estima y
al desprecio, y no tanto le preocupaban las alabanzas como los menosprecios.
Defendióse modestamente de ciertas calumnias que podían comprometer
su ministerio, pero, en general, permanecía insensible a las injurias
y juicios desfavorables que contra él se hicieran;
contentándose con reír cuando de ellos se acordaba (lo que rara
vez acontecía). «Los que se quejan de la maledicencia
-acostumbraba a decir- son harto delicados, porque al fin y al cabo es una
crucecita de palabras que lleva el viento; y se necesita tener la piel y los
oídos muy tiernos para no poder sufrir el zumbido y la picadura de una
mosca.» En las calumnias de mayor importancia, pensaba en el Salvador
expirando como un infame sobre la cruz y entre dos ladrones: «Esta es
-decía- la verdadera serpiente de bronce, cuya vista nos cura de las
mordeduras del áspid. Ante este gran ejemplo, vergüenza
habríamos de tener de quejamos, y mayor aún de conservar resentimientos
contra los calumniadores.» Pensaba también en el juicio final
que nos hará completa justicia, e importábale poco entretanto
el ser censurado de los hombres, con tal de agradar a su amado Maestro. Ni
siquiera quería se tomase su defensa: «¿Os he dado el
encargo de incomodaros por mí? Dejad que hablen, pues no es sino una
cruz de palabras, una tribulación de viento, y es posible
también que mis detractores vean mis defectos mejor que los que me
aman, siendo de esta manera, más que enemigos, nuestros amigos, puesto
que cooperan a la destrucción del amor propio.» En una palabra,
indiferente a las alabanzas y a los desprecios, se abandonaba en manos de la
Providencia, dispuesto a cumplir su obligación con buena o mala fama,
y no deseando otra reputación, sino la que Dios juzgara conveniente
que disfrutara para los intereses de su servicio.
Aun en ocasiones en que
podían rechazar la calumnia y que hasta parecía
imponérselo el deber, los santos han preferido casi siempre guardar
silencio, a ejemplo de Nuestro Señor durante la Pasión, dejando
a la divina justicia el cuidado de justificarlos si lo juzgaba conveniente.
San Gerardo de Mayella, entre otros muchos, nos ofrece de ello un memorable
ejemplo. «Una infame le acusó de un crimen horrible. Inquieto y
turbado, San Alfonso llamó al acusado, le manifestó la denuncia
y le preguntó qué alegaba en contra. Impasible como el
mármol, Gerardo no articuló palabra. Alfonso le privó de
la comunión y de toda relación con los de fuera, y el hermano,
sin embargo, no se permitió la menor murmuración. Convencidos
de su inocencia, los Padres le instaban a que se justificara: "Hay un
Dios -decía- y a El le corresponde ocuparse de eso". Y aconsejado
de que para aliviar su martirio pidiese al menos poder comulgar,
respondió: "No; muramos bajo el peso de la divina voluntad".
Cincuenta días después, satisfecho de haber obrado con Gerardo
como con su divino Hijo, "el oprobio de las gentes", declaró
su inocencia. La infeliz que le había acusado retractó su
calumnia, declarando haber obrado por inspiración del demonio. El
verse declarado inocente no impresionó más a Gerardo que la
acusación, y como San Alfonso le preguntase por qué
había rehusado disculparse, le respondió de manera sublime
diciendo: "Padre mío, ¿no es prescripción de la
Regla no excusarse jamás, sino sufrir en silencio cualquier
mortificación?"» Es verdad que la Regla no le obligaba en
aquella circunstancia, y el ejemplo es más de admirar que de imitar,
pero, ¡qué lección para nuestra delicadeza!
Artículo 2º.- Las humillaciones
La humildad es una virtud
capital y su acción altamente beneficiosa. De ella provienen la fuerza
y la seguridad en los peligros, ilusiones y pruebas, pues sabe desconfiar de
sí y orar. Es del agrado de los hombres, a quienes hace sumisos a los
superiores, dulces y condescendientes con los inferiores; es el encanto de
nuestro Padre celestial, porque nos hace adoptar la actitud más
conveniente ante su majestad y su autoridad, imprime a nuestro continente un
notable parecido con nuestro Hermano, nuestro Amigo, nuestro Esposo,
Jesús, «manso y humilde de corazón». ¿No es
El la humildad personificada? «El humilde le atrae, el orgulloso le
aleja. Al humilde le protege y le libra, le ama y le consuela, y hacia el
humilde se inclina y le colma de gracias, y después del abatimiento le
levanta a gran gloria; al humilde revela sus secretos, le convida y le atrae
dulcemente hacia Si». La palabra del Maestro es categórica:
«El que se humillare será ensalzado, y, por el contrario, el que
se ensalce será humillado».
Si tenemos, pues, la
noble ambición de crecer cada día un tanto en la amistad e
intimidad con Dios, el verdadero secreto de granjeamos sus favores
será siempre rebajarnos por la humildad; secreto en verdad muy poco
conocido. Hay quienes no se preocupan sino de subir, siendo así que
ante todo convendría esforzarse por descender. Cuánto
convendría meditar la respuesta tan profunda de Santa Teresa del
Niño Jesús a una de sus novicias: «Encójome cuando
pienso en todo lo que he de adquirir; en lo que habéis de perder,
querréis decir, porque estoy viendo que equivocáis el camino y
no llegaréis jamás al término de vuestro viaje.
Queréis subir a una elevada montaña, y Dios os quiere hacer
bajar, y os espera en el fondo del valle de la humildad... El único medio
de hacer rápidos progresos en las vías del amor, es conservarse
siempre pequeña.»
Muchos son los caminos
que conducen a la humildad. Confiemos muy particularmente en los
abatimientos, según esta bella expresión de San Bernardo:
«La humillación conduce a la humildad, como la paciencia a la
paz y el estudio a la ciencia.» ¿Queréis apreciar si
vuestra humildad es verdadera? ¿Queréis ver hasta dónde
llega, y si avanza o retrocede? Las humillaciones os lo enseñarán.
Bien recibidas, empujan fuertemente hacia adelante y con frecuencia hacen
realizar notables progresos, y sin ellas jamás se alcanzará la
perfección en la humildad. «¿Deseáis la virtud de
la humildad? -concluye San Bernardo-; no huyáis del camino de la
humillación, porque si no soportáis los abatimientos, no
podéis ser elevados a la humildad.»
Decía San
Francisco de Sales que hay dos maneras de practicar los abatimientos: la una
es pasiva y se refiere al beneplácito divino, y constituye uno de los
objetos del abandono; la otra activa, y entra en la voluntad de Dios
significada. La mayor parte de las personas no quieren sino ésta,
llevando muy a mal la otra; consienten en humillarse, y no aceptan el ser
humilladas; y en esto se equivocan de medio a medio.
Conviene sin duda
humillarse a sí mismo, y hemos de. dar siempre marcada preferencia a
las prácticas más conformes a nuestra vocación y
más contrarias a nuestras inclinaciones. San Francisco de Sales
quería que nadie profiriese de sí mismo palabras despreciativas
que no naciesen del fondo del corazón, de otra suerte, «este
modo de hablar es un refinado orgullo. Para conseguir la gloria de ser
considerado como humilde, se hace como los remeros que vuelven la espalda al
puerto al cual se dirigen; y con este modo de obrar se camina sin pensarlo a velas
desplegadas por el mar de la vanidad». Recurramos, pues, más a
las obras que a las palabras para abatirnos. La mejor humillación
activa en nuestros claustros será siempre la leal dependencia de la
Regla, de nuestros superiores y aun de nuestros hermanos. Nadie ignora que
los doce grados de humildad, según nuestro Padre San Benito, se fundan
casi exclusivamente en la obediencia, y es también de esta virtud de
la que San Francisco de Sales hace derivar la señal de la verdadera
humildad, fundándose en esta expresión de San Pablo, que
Nuestro Señor se anonadó haciéndose obediente.
«¿Veis -decía- cuál es la medida de la humildad?
Es la obediencia. Si obedecéis, pronta, franca, alegremente, sin
murmuración, sin rodeos y sin réplica sois verdaderamente
humildes, y sin la humildad es difícil ser verdadero obediente; porque
la obediencia pide sumisión, y el verdadero humilde se hace inferior y
se sujeta a toda criatura por amor de Jesucristo; tiene a todos sus
prójimos por superiores, y se considera como el oprobio de los
hombres, el desecho de la plebe y la escoria del mundo.»
Humillación excelente es también descubrir el fondo de nuestros
corazones y de nuestra conciencia a los que tienen la misión de
dirigirnos, dándoles fiel cuenta de nuestras tentaciones, de nuestras
malas inclinaciones y, en general, de todos los males de nuestra alma.
Finalmente, es saludable humillación acusarse ante los Superiores como
lo haríamos en presencia del mismo Dios, y cumplir con corazón
contrito y humillado las penitencias usadas en nuestros Monasterios.
Además de estas humillaciones de Regla, hay otras que son
espontáneas. San Francisco de Sales «quería mucha
discreción en éstas, porque el amor propio puede deslizarse en
ellas sagaz e imperceptiblemente, y ponía en sexto grado procurarse
las abyecciones cuando no nos vinieren de fuera».
El santo estimaba mucho
las humillaciones que no son de nuestra libre elección; porque en
verdad, las cruces que nosotros fabricamos son siempre más delicadas,
además de que serían contadas y apenas tendrían eficacia
para matar nuestro amor propio.
Necesitamos, pues, que
nos cubran de confusión, que nos digan las verdades sin miramientos, y
que nos hagan sentir todo este mundo de corrupción y de miserias que
bulle en nosotros. De ahí que Dios nos prive de la salud, disminuya
nuestras facultades naturales, nos abandone a la impotencia y oscuridad, o
nos aflija con otras penas interiores. Esta misma razón le mueve a
abofetearnos por mano de Satanás, a ordenar a nuestros Superiores que
nos reprendan, y a la Comunidad que tome parte conforme a nuestros usos en la
corrección de nuestros defectos. La acción ruda y saludable de
la humillación quiere Dios ejercerla especialmente por aquellos que
nos rodean; a todos los emplea en la obra, utilizando para ello el buen celo
y el celo amargo, las virtudes y los defectos, las intenciones santas, la
debilidad y aun, en caso necesario, la malicia. Los hombres no son sino
instrumentos responsables, y Dios se reserva el castigarlos o recompensarlos
a su tiempo. Dejémosle esta misión, y no viendo en El sino a.
nuestro Dios, a nuestro Salvador, al Amigo por excelencia, y olvidando lo que
en ello hay de amargo para la naturaleza, aceptemos como de su mano este
austero y bienhechor tratamiento de las humillaciones. De ordinario, éstas
son breves y ligeras, y aun cuando fuesen largas y dolorosas, no lo serian
sino de una manera más eficaz, dispuestas por la divina misericordia,
«y el rescate de las faltas pasadas, la remisión de las
fragilidades diarias, el remedio de nuestras enfermedades, un tesoro de
virtudes y méritos, un testimonio de nuestra total entrega a Dios, el
precio de sus divinas amistades y el instrumento de nuestra
perfección».
La humillación
fomenta el orgullo cuando se la rechaza con indignación o se sufre
murmurando; y esto explica cómo «se hallan tantas personas
humilladas que no son humildes». Sólo será provechosa
para aquel que le hace buena acogida y en la medida en que la reciba
humildemente como si fuera de la mano de Dios, diciéndose, por
ejemplo: en verdad que la necesito y bien la he merecido. Y si una ligera
ofensa, una falta de consideración, una palabra desagradable es
suficiente para lanzarme en la agitación y turbación,
señal es que el orgullo se halla todavía lleno de vida en mi
corazón, y en lugar de mirar la humillación como un mal,
debiera mirarla como mi remedio; bendecir a Dios que quiere curarme, y saber
agradecerla a mis hermanos que me ayudan a vencer mi amor propio. Por otra
parte, la vergüenza, la confusión, la verdadera humillación,
¿no consiste en sentirme aún tan lleno de orgullo
después de tantos años pasados en el servicio del Rey de los
humildes? Si conociéramos bien nuestras faltas pasadas y nuestras
miserias presentes, poco nos costaría persuadirnos de que nadie
podrá jamás despreciarnos, injuriarnos y ultrajarnos en la
medida que lo tenemos merecido; y en vez de quejamos cuando Dios nos
envía la confusión, se lo agradeceríamos como favor
inapreciable, puesto que a trueque de una prueba corta y ligera oculta nuestras
miserias de aquí abajo a casi todas las miradas y nos ahorra la
vergüenza eterna. Y no digamos que somos inocentes en la presente
circunstancia, pues no pocas de nuestras faltas han quedado impunes, y el
castigo, por haberse diferido, no es menos merecido.
San Pedro mártir, puesto
injustamente en prisión, quejábase a Nuestro Señor de
esta manera: «¿Qué crimen he cometido para recibir tal
castigo?» «Y Yo, respondió el divino Crucificado,
¿por qué crimen fui puesto en la cruz?» La Iglesia en uno
de sus cánticos dice que El «es solo Santo, solo Señor,
solo Altísimo con el Espíritu Santo en la gloria del
Padre», y con todo, vino a su reino y los suyos no le recibieron, sino
que le llenaron de ultrajes y malos tratamientos, le acusaron, le condenaron,
le posponen a un homicida, le conducen al suplicio entre dos ladrones, le
insultan hasta en la Cruz; es el más despreciado, el último de
los hombres; su faz adorable es maltratada con bofetadas, manchada con
salivazos. No aparta, sin embargo, su cara, ni les dirige palabra alguna de
reprensión, sino que adora en silencio la voluntad de su Padre y la
reconoce enteramente justa, y la acepta con amor porque se ve cubierto de los
pecados del mundo, ¿y nosotros, viles criaturas suyas, tantas veces
culpables, miraríamos con deshonor participar de los abatimientos del
Hijo de Dios y recibirlos humildemente sin decir palabra? ¿Sufriremos
que la Santa Víctima padezca sola por faltas que son nuestras y no
suyas, y no querremos beber en el cáliz de las humillaciones? ¿Es
esto justo y generoso? ¿No será más bien una
vergüenza? ¿Cómo agradaremos con orgullo semejante a Aquel
«que es manso y humilde de corazón»? ¿No
tendría derecho a decirnos: «He sido calumniado, despreciado, tratado
de insensato, y querrás tú que se te estime, y seguirás
siendo todavía sensible a los desprecios»?
Por otra parte, el amor
quiere la semejanza con el objeto amado, y a medida que aquél crece,
se acepta con más gusto y hasta se considera uno dichoso en compartir
las humillaciones, las injurias y los oprobios de su Amado Jesús.
Entonces el amor «nos hace considerar como favor grandísimo y
como singular honor las afrentas, calumnias, vituperios y oprobios que nos
causa el mundo, y nos hace renunciar y rechazar toda gloria que no sea la del
Amado Crucificado, por la cual nos gloriamos en el abatimiento, en la
abnegación y en el anonadamiento de nosotros mismos, no queriendo
otras señales de majestad que la corona de espinas del Crucificado, el
cetro de su caña, el manto de desprecio que le fue impuesto y el trono
de su cruz, en la cual los sagrados amantes hallan más contento,
más gozo y más gloria y felicidad que Salomón en su
trono de marfil».
Al hablar así, San
Francisco de Sales nos describe sus propias disposiciones. En medio de la
tempestad, de los desprecios y de los ultrajes reconocía la voluntad
de Dios y a ella se unía sin dilación, en la que
permanecía inmóvil sin conservar resentimiento alguno, no
tomando de ahí ocasión para rehusar petición alguna
razonable; y de seguro que si alguno le hubiera arrancado un ojo, con el
mismo afecto le hubiera mirado con el otro. Ante el amago de tenerse que
enfrentar con un ministro insolente, que tenía una boca infernal y una
lengua en extremo mordaz, decía: «Esto es precisamente lo que
nos hace falta. ¿No ha sido Nuestro Señor saturado de oprobios?
¡Y cuánta gloria no sacará Dios de mi confusión!
Si descaradamente somos insultados, magníficamente será El
exaltado; veréis las conversiones a montones, cayendo a mil a vuestra
derecha y diez mil a vuestra izquierda.» San Francisco de Asís
respira los mismos sentimientos. Como un día fuese muy bien recibido,
dijo a su compañero: «Vámonos de aquí, pues no
tenemos nada que ganar en donde se nos honra; nuestra ganancia está en
los lugares en que se nos vitupera y se nos desprecia.»
Artículo 3º.- Persecuciones de parte de las
personas buenas
Las persecuciones pueden
venirnos de parte de los malos y de parte también de las personas
buenas.
«Ser despreciado,
reprendido y acusado por los malos, es realmente dulce para un hombre animoso
-dice San Francisco de Sales-; empero ser reprendido, acusado y maltratado
por los buenos, por los amigos, por los parientes, eso sí que es
meritorio. Así como las picaduras de las abejas son más agudas
que las de las moscas, del mismo modo, el mal que proviene de las personas
buenas y las contradicciones que nos ocasionan, se toleran con mayor
dificultad que las de los otros.» San Pedro de Alcántara,
penetrado de la más viva compasión por Santa Teresa, le dijo
que una de las mayores penas de este destierro era lo que ella había
soportado, es decir, esta contradicción de los buenos. ¿Radica
esto en que el aprecio y el afecto de estas personas nos son más
estimados, o en que la prueba era menos esperada? ¿Obedece acaso a que
las personas buenas, creyendo seguir el dictamen de su conciencia, guardan
menos consideraciones? Sean cualesquiera el origen y las circunstancias de
estas duras pruebas, nos parece conveniente entrar en algunas consideraciones
que ayudarán a santificarías.
Todos los santos han
pasado aquí abajo por la persecución, dice San Alfonso. Ved a
San Basilio acusado de herejía ante el Papa San Dámaso, a San
Cirilo condenado por hereje por un Concilio de cuarenta Obispos y depuesto
luego vergonzosamente, a San Atanasio perseguido por culpársele de
hechicero y a San Juan Crisóstomo por costumbres relajadas. «Ved
también a San Romualdo, quien contando más de cien años,
es con todo acusado de un crimen vergonzoso, tanto que se intentó
quemarle vivo; a San Francisco de Sales, a quien por espacio de tres
años se le juzgó manteniendo relaciones ilícitas con una
persona del mundo, y esperar por todo ese tiempo que Dios le justifique de
esta calumnia; por último, ved a Santa Liduvina, en cuyo aposento
entró un día una mujer desgraciada para vomitar injurias a
cuál más grosera.» Ninguno de nosotros ignora que nuestro
bienaventurado Padre San Benito estuvo a punto de ser envenenado por los
suyos, y ¡cuánto no tuvieron que sufrir nuestros primeros padres
del Cister, así de sus hermanos de Molismo, como de otros monjes de su
tiempo! Otro tanto aconteció al venerable Juan de la Barriére y
al Abad de Rancé cuando quisieron implantar su reforma. San Francisco
de Asís renunció al cargo de Superior a causa de la
oposición que encontró' entre los suyos: Fray Elías, su
vicario general, no reparó en acusarle ante un crecido número
de religiosos de ser la ruina del Instituto, y este mismo Fray Elías
fue el que encarceló a San Antonio de Padua. San Ignacio de Loyola fue
encerrado en los calabozos del Santo Oficio. San Juan de la Cruz, habiendo
reformado el Carmelo, es arrojado por los Padres de la Observancia en una
oscura cárcel, y allí privado de celebrar la Santa Misa durante
largos meses, y tuvo además que sufrir rigurosísima abstinencia
y las más duras disciplinas y reprensiones. Por idéntico
motivo, y a causa de los caminos por los que Dios la llevaba, hubo de sufrir
Santa Teresa durísimas vejaciones, de las que se percibe el eco en su
Vida. Su confesor, el P. Baltasar Álvarez, sufrió
también una especie de persecución motivada por su
oración sobrenatural. Otros muchísimos podríamos citar,
pero terminaremos por San Alfonso, que fue perseguido durante largos
años: como teólogo por los rigoristas, como fundador de los
Redentoristas por los regalistas, y finalmente por sus hijos, como ya dejamos
dicho. Baronio cuenta cómo el Papa San León IX cedió a
las prevenciones contra San Pedro Damiano: «Yo lo digo -añade
este sabio Cardenal-, para consolar a las víctimas de estas malas
lenguas, para hacer más prudentes a los demasiado crédulos y enseñarles
a no prestar fácilmente oídos a las calumnias.»
Estas persecuciones
hallan su aparente explicación en la diversidad de espíritus:
«¿Qué acuerdo puede haber entre Jesucristo y
Belial?» Los malos no pueden soportar la virtud por modesta y reservada
que sea, porque los condena, los molesta y los quiere convertir. Las personas
buenas, hasta que no han mortificado bastante sus pasiones (si éstas
son numerosas), déjanse cegar y arrastrar cualquier día con
menoscabo de la paz y de la caridad. Ejemplo de ello tenemos en el P.
Francisco de Paula, encarnizado perseguidor de San Alfonso, que lejos de ser
mal religioso, hasta gozaba de reputación muy recomendable. Mucho se
hubiera extrañado si se le hubiese predicho que, andando el tiempo,
trabajaría con celo digno de mejor causa en perder a su ilustre y
santo Fundador, mediante informes tendenciosos, envenenados y llenos de
calumnias; hízolo, sin embargo, porque no había combatido
suficientemente su desmesurada ambición, que ni siquiera había
echado de ver hasta entonces. Los más santos pueden hacerse sufrir
mutuamente, ya porque se engañan, o porque no entienden su deber de la
misma manera, existiendo como existe entre los hombres diversidad de miras y
caracteres.
Mas para penetrar a fondo
el misterio de estas pruebas es preciso remontarse hasta Nuestro Señor
y penetrar en los consejos de la Providencia. Jesús nos advierte que
ha venido a traer la espada y no la paz, y que los enemigos del hombre
serán los de su casa; que ha sido perseguido y hasta se ha llegado a
llamarle Belcebú, y que no es el discípulo más que su
Maestro; se nos odiará, se nos perseguirá de ciudad en ciudad,
se nos entregará y llegará tiempo en que los mismos que nos den
la muerte crean hacer un servicio a Dios. El Apóstol, a su vez, se
hace eco de su Maestro: «Todos los que quieren vivir piadosamente en
Cristo padecerán persecución»; pero termina diciendo el
Señor, «bienaventurados los que padecen persecución por
la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Cuando os maldijeren
y persiguieren y se hubieren dicho contra vos todos los males imaginables sin
razón y por mi causa, regocijaos, alegraos porque vuestra recompensa
es grande en el Reino de los cielos y tened presentes a los Profetas, que
antes que vosotros fueron también perseguidos». Y
¿qué fin se propone la Providencia con estas pruebas
purificadoras? Quiere señalar todas sus obras con el sello de la cruz,
despojarnos de la estima y afecto propio, formarnos en la paciencia, en el
perfecto abandono, en la caridad sólo por amor de Dios, consumar la
santidad de sus mejores amigos.
Jesús humilde,
despreciado, víctima de la iniquidad, pero manso y humilde de
corazón en medio de los ultrajes, amante y abnegado hasta la total
efusión de su sangre a pesar de todas las injusticias y perfidias, es
el Maestro que nos muestra el camino, el Modelo al que el Espíritu
Santo ha encargado la misión de hacernos semejantes. La Providencia
emplea a los buenos y a los malos como instrumento para reproducir en
nosotros a Jesús ultrajado, vilipendiado, tratado indignamente; pero
al propio tiempo el Espíritu Santo nos ofrece la gracia, obra en
nosotros para hacernos imitar fielmente a Jesús manso y humilde de
corazón, a Jesús lleno de dulzura y de heroica caridad. Caminar
con paso resuelto por las huellas de Jesús perseguido, es entrar en
las vías de la santidad. Murmurar, quejarse y andar con repugnancia,
es arrastrarse penosamente en la mediocridad. San Alfonso, por su parte,
dice: «Persuadámonos que en recompensa de nuestra paciencia en
sufrir de buen grado las persecuciones, tendrá Dios cuidado de
nosotros, pues es Dueño de levantarnos cuando quisiere. Mas aunque
fuera preciso vivir en lo sucesivo, bajo el peso del deshonor, existe la otra
vida, en la que por nuestra paciencia seremos colmados de honores tanto
más sublimes.»
Olvidemos, pues, a los
hombres y todas las faltas que creemos tienen, y desechemos de nuestro
corazón la amargura y el resentimiento. Fijos constantemente los ojos
en el eterno perseguido, en Jesús nuestro modelo y en el Amado de
nuestras almas, adoremos como El todos los designios de su Padre, que es
también el nuestro. Abracemos con amor las pruebas que El nos
envía y los efectos de ellas ya consumados e irreparables,
esforzándonos por sacar de ellos el mejor partido posible, entrando
plenamente en las disposiciones de nuestro dulce Jesús y obrando en
todo como El lo haría en nuestro caso. Esto no nos impide, en cuanto
al porvenir, hacer lo que depende de nosotros para precaver los peligros,
para evitar las consecuencias si fuere del agrado de Dios, siempre que la
gloria divina, el bien de las almas, u otras justas razones lo exijan o lo
permitan.
El beato Enrique
Susón recorrió durante largo tiempo este doloroso camino, y ved
las enseñanzas que recibió del cielo. Díjole una voz interior:
«Abre la ventana de tu celda, mira y aprende.» La abrió, y
fijando la vista, vio a un perro que corría por el claustro, llevando
en su boca un trozo de alfombra con la que se divertía, ya
lanzándola al aire, ya arrastrándola por el suelo, destrozándola
y haciéndola pedazos. Una voz interior dijo al beato:
«así serás tú tratado y despedazado por boca de
tus hermanos». Entonces hízose esta reflexión:
«Puesto que no puede ser de otra manera, resígnate; mira
cómo esta alfombra se deja maltratar sin quejarse, haz tú lo
mismo.» Bajó, cogió la alfombra y la conservó
durante largos años como preciado tesoro. Cuando tenía una
tentación de impaciencia, la cogía en sus manos, a fin de
reconocerse en ella y de adquirir la valentía de callarse. Cuando
desviaba el rostro despreciando a los que le perseguían, era por ello
castigado interiormente y una voz decíale en el fondo de su
corazón: «Acuérdate que Yo, tu Señor, no
aparté mi rostro a los que me escupían.» Entonces
experimentaba un verdadero arrepentimiento y entraba de nuevo en sí
mismo... Decíale aún la voz interior: «Dios quiere que
cuando seas maltratado con palabras y hechos soportes todo con paciencia,
quiere que mueras del todo a ti mismo, que no tomes tu diario alimento antes
de haberte dirigido a tus adversarios y de haber sosegado, en cuanto te fuere
posible, la ira de su corazón por medio de palabras y modales
caritativos, dulces y humildes... No has de suponer que ellos sean otros
Judas en el verdadero sentido de la palabra, sino los cooperadores de Dios
que debe probarte para bien tuyo.»
San Alfonso, condenado
por el Papa a causa de injustas acusaciones y separado definitivamente de la
Congregación que había fundado, no se quejó y no
recriminó a nadie, tan sólo dijo con heroica sumisión:
«Seis meses ha que hago esta oración: Señor, lo que Vos
queréis lo quiero yo también.» Y aceptó con el
alma toda destrozada, aunque con resignación, vivir proscrito hasta la
muerte, puesto que tal era la voluntad de Dios. Lejos de conservar animosidad
contra su perseguidor, escribíale: «Me entero con alegría
de que el Papa os prodiga sus favores. Tenedme al corriente de todo lo bueno
que os acontezca, para que pueda dar gracias a Dios. Le pido aumente en vos
su amor, que multiplique vuestras casas, y que os bendiga a vos y a vuestras
misiones.» En esta prueba, como en todas las circunstancias
difíciles, había comenzado por hacer que orase su
Congregación y por recomendar a cada uno se renovase en el fervor, a
fin de tener a Dios de su parte; después había tomado cuantas
medidas podía aconsejar la prudencia, pero sometiéndose de
antemano al divino beneplácito.
En lo más crudo de
la persecución, San Juan de la Cruz recibía los oprobios con
alegría, porque creíase merecedor de peores tratamientos.
Parecíale que no se le injuriaba bastante y suspiraba por el momento
en que tendría que sufrir sangrientas disciplinas, a fin de poder
sufrir por Dios esta afrenta y dolor. Creía tener tantos defectos, ser
culpable de tantos pecados, que no se indignaba por las reprensiones y ultrajes,
pues para él no eran injustos ni crueles. Por más que sus penas
interiores fuesen aún mayores en esta época, se consolaba en
sus continuas comunicaciones con Dios, y componiendo ese admirable
cántico que explicó más tarde.
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