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Dom Vital Lehodey
El Santo Abandono
3. Ejercicio del
Santo Abandono
8. LOS
FRACASOS Y LAS FALTAS
Artículo 1º.- Fracasos en las obras de celo
Hablemos ante todo
«de ciertos bienes morales o espirituales, como el ejercicio de una
función de celo, la dirección de una obra de caridad»,
todas nuestras empresas exteriores para la gloria de Dios.
Es posible que la
Providencia no nos los exija; y en tal caso, dice el P. Dosda, «el
verdadero amor de Dios nos obliga o nos aconseja sacrificar estos bienes
secundarios al bien supremo, que es la voluntad de Dios. En este punto,
personas, por demás excelentes, encuentran a veces un escollo
peligroso; es decir, que confunden el amor de Dios con el amor del bien,
siendo dos cosas muy distintas. Hay circunstancias en que es preciso
abandonar el bien que Dios no nos exige, para unirse a Dios solo y para
entregarse por completo a la divina Providencia».
Cuando en estas obras nos
emplea, es necesario no buscar en ellas sino a Dios y con estas miras
sobrenaturales.
«Buscar el bien,
continúa el mismo autor, no es la verdadera caridad cuando se quiere
el bien con mala intención, ni aun cuando se quiere el bien por el
bien. La divina caridad quiere sin duda el bien, pero lo quiere por Dios.
¡Cuántos desalientos, cuántas envidias, cuántas
pequeñeces en los hombres menos amigos de nuestro Señor que del
bien! Sus esfuerzos por el bien no tienen con frecuencia resultado, y se desconciertan
por ello. Ven a otros que comparten sus trabajos y los envidian y les consume
hasta el punto de que, para salir airosos de sus empresas, no temen
desacreditar o contrariar a otros obreros de la misma grande obra, la de la
Redención. Amanse a sí mismos y prefieren el bien humano al
bien divino; aparentan ir a Jesucristo, y no hacen sino un hábil, y
con frecuencia inconsciente, rodeo para volver a sí mismos, ignorando
la diferencia que media entre un hombre de bien y un hombre de Dios.
¡Cuántas obras brillantes en apariencia, son estériles en
realidad, porque el amor propio más bien que el amor divino,
había precedido a su formación y a su dirección!»
No contentos con vigilar
sobre la pureza de intención en todas nuestras empresas, nos es
preciso adherirnos fuertemente al deber, es decir, a la voluntad sola de
Dios, y hacernos indiferentes por virtud al éxito o al fracaso. En
efecto, por una parte, creemos prudentemente que Dios exige de nosotros por
el momento estas obras, y por otra, jamás conocemos sus ulteriores
intenciones; «con frecuencia, y a fin de ejercitamos en esta santa
indiferencia (en las cosas de su servicio), nos inspira proyectos muy
elevados en los que, sin embargo, no quiere que haya éxito».
Parece esto un juego de la Providencia, mas es un juego muy lucrativo, en que
se gana perdiendo, pues Dios tiene ahí reservados a la vez el
beneficio de piadosos deseos de un trabajo concienzudo y de la prueba bien
aceptada. Por el contrario, el éxito quizá nos hubiera hecho
perder la humildad, el desasimiento y aun otras virtudes. Esto supuesto,
«lejos de abandonar los asuntos a merced de los acontecimientos, es
preciso no olvidar nada de cuanto se requiere para conducir a feliz
éxito las empresas que Dios pone en nuestras manos; a
condición, sin embargo, de que, si el desenlace es contrario, lo
recibamos pacífica y tranquilamente, porque nos está mandado
tener un gran cuidado de las cosas que miran a la gloria de Dios y que nos
han sido encomendadas, mas no estamos obligados ni encargados del resultado,
ya que éste no está a nuestro alcance. De aquí que nos
es preciso ya comenzar y proseguir la obra mientras se pueda, osada, animosa
y constantemente; y del mismo modo es necesario conformarse dulce y
tranquilamente con el resultado, tal como Dios sea servido de
disponérnoslo».
Nuestro Padre San
Bernardo había predicado la segunda Cruzada sólo por orden del
Papa, confirmando su palabra con innumerables milagros, y muchos otros
prodigios atestiguaron más tarde que el Santo realmente había
ejecutado la voluntad divina. Y con todo, la expedición fue muy
desgraciada: levantóse contra el santo predicador una tempestad de
recriminaciones que no pudieron menos de afectarle. El venerable Juan de
Casamari le escribió para consolarle: «Si los cruzados se
hubieran conducido como verdaderos cristianos, el Señor hubiera estado
con ellos. Se han precipitado en el vicio, y a su malicia ha respondido su
clemencia; pues no ha descargado sobre ellos tantas aflicciones, sino para
purificarlos y conducirlos al cielo. Muchos han muerto confesando que se sentían
felices en dejar la vida, por temor de que volviendo a su país,
volviesen también al pecado. En cuanto a Vos, el Señor os ha
concedido la gracia de la palabra y de las obras en este asunto, porque
conocía todo el fruto que de él había de sacar.»
Si, pues, la empresa había fracasado ante los hombres, había
tenido éxito según los designios de Dios; no se libró
con ella la Iglesia de Oriente, pero poblóse la Iglesia del Cielo. El
Santo en medio de su dolor, adoraba los designios de Dios, daba buena acogida
a la humillación y decía: «Si es necesario que se
murmure, prefiero sea contra mí, que no contra Dios, y de esta manera
feliz me consideraré en servirle de escudo. Con gusto recibo las
aceradas flechas de los maldicientes y los dardos emponzoñados de los
blasfemos, con tal que no lleguen hasta El; y hasta mi gloria vendo porque se
respete la suya.»
Citemos también a
San Francisco de Sales en los siguientes ejemplos: «San Luis, por
inspiración divina pasa el mar para conquistar la Tierra Santa; el
suceso le fue contrario, y él reverencia y acata dulcemente la
voluntad divina: yo estimo más la dulzura de esta conformidad que la
magnanimidad del proyecto. San Francisco va a Egipto para convertir
allí los infieles o morir mártir entre ellos, pues tal fue la
voluntad de Dios; y con todo, vuelve sin conseguir ni lo uno ni lo otro en
virtud de esa misma voluntad. Voluntad de Dios fue igualmente que San Antonio
de Padua desease el martirio y no lo obtuviese. San Ignacio de Loyola,
habiendo con tantos trabajos levantado la Compañía de
Jesús, de la que veía tantos hermosos frutos y los
preveía para el porvenir, tuvo, sin embargo, el valor de prometer que,
si la veía desaparecer, lo cual sería el mayor disgusto que
podría recibir, después de media hora se habría ya
resuelto y conformado a la voluntad de Dios.» Otros muchos pudieran
citarse y del mismo San Francisco de Sales. Cuando su Instituto de la
Visitación estuvo a punto de ser aniquilado en su mismo nacimiento a
causa de una gran enfermedad de Santa Juana de Chantal, que había sido
su primera piedra, dijo: «¡Está bien! Dios se
contentará con el sacrificio de nuestra voluntad, como lo hizo con
Abraham. El Señor nos había dado grandes esperanzas, y el
Señor nos las quita, ¡bendito sea su santo nombre!»
«Yo me figuro siempre a nuestra Congregación, escribía
San Alfonso, como un barco en alta mar combatido por vientos contrarios. Si
Dios quiere sepultarlo en medio de todo esto en el fondo de los abismos, digo
ahora, y repetiré siempre: ¡Bendito sea su santo nombre!»
Y el piadoso Obispo de
Ginebra añade: «¡Qué dichosas son tales almas,
osadas y fuertes en las empresas que Dios las inspira, dóciles y
dispuestas a abandonarlas cuando así El lo dispone! Estas son
señales de una indiferencia muy perfecta, cesar de hacer un bien
cuando ello agrada a Dios, y volverse en la mitad del camino cuando la
voluntad de Dios, que es nuestra guía, así lo ordena.»
¡Cuánto glorifica a Dios y a nosotros enriquece abandono
semejante! Por el contrario, ¡qué poco sobrenatural se muestra
quien se deja entonces dominar por la inquietud, el disgusto, el desaliento!
«Jonás mostró gran sinrazón de entristecerse
porque, después de haber anunciado el castigo del cielo, Dios no
cumplía su profecía sobre Nínive. Hizo la voluntad de
Dios anunciando la destrucción de Nínive, pero mezcló su
propio interés y voluntad propia con la de Dios; por eso, cuando vio
que Dios no ejecutaba su predicción según el rigor de las
palabras que había usado al anunciar el castigo, quejóse y
murmuró indignadamente. Mas si hubiera tenido por único motivo
de sus acciones el beneplácito de la voluntad divina, hubiérase
mostrado tan contento de verla cumplida en el perdón de la pena que
había merecido Nínive, como en verla satisfecha en el castigo
de la culpa que aquella ciudad había cometido.
»Nosotros queremos
que aquello que emprendemos y tratamos tenga feliz resultado, pero no es
razonable que Dios haga todas las cosas a nuestro gusto.»
Si acontece que el
fracaso ha sido motivado por culpa nuestra, por ejemplo, una falta de celo o
de prudencia, ¿podremos, aun en este caso, decir que es necesario
conformarse con la voluntad de Dios? Ciertamente, puesto que reprueba la
falta, mas quiere el castigo. «Dios no fue causa de que David pecase;
mas le infligió la pena debida por su pecado. No fue causa del pecado
de Saúl; pero sí de que, en castigo, no consiguiese la
victoria. Cuando, por consiguiente, sucede que los designios santos no
obtienen resultado en castigo de nuestras faltas, es necesario igualmente
detestar la falta por un sincero arrepentimiento y aceptar la pena que por
ello sentimos, porque así como el pecado es contra la voluntad de
Dios, así la pena es conforme a su voluntad.»
En una palabra, todas
nuestras empresas para gloria de Dios reclaman su acción y la nuestra.
«A nosotros toca plantar y regar, pero sepamos que es Dios quien da el
crecimiento.» Debemos, pues, hacer lo que de nosotros depende y poner
el éxito en manos de la Providencia.
Artículo 2º.- Fracaso en nuestra propia
santificación
Otro tanto hemos de decir
de nuestra propia santificación.-El progreso en las virtudes y la
corrección de nuestros defectos reclaman a la vez la acción
divina y nuestra cooperación. La gracia está prometida a la
oración y a la fidelidad, si bien el Señor continúa juez
y dueño de sus dones, no menos que del tiempo y otras circunstancias.
Nada nos es tan querido
como nuestra santificación; pero mucho más aún la estima
de Nuestro Padre Celestial. En cuanto de nosotros depende, tengamos grandes
deseos, elevemos bien alto nuestras aspiraciones. ¿Cómo no
contar con Nuestro Señor que nos ha dado su vida en la Cruz y que se
ofrece cada día sobre nuestros altares, y que nos ha elegido para una
vocación llena de promesas? Si nuestra buena voluntad se apoya, no en
nosotros, sino en El, nada hemos de temer sino la carencia de deseos
ardientes o el dejar muchas gracias improductivas. Deseemos, pues; oremos,
trabajemos con constancia y método, y si es necesario aún,
reanimemos nuestro ardor, y jamás dejemos languidecer esta santa
vigilancia, pero pongamos en manos de nuestro Padre Celestial el
éxito, mejor dicho, la medida, el tiempo, la forma y demás
circunstancias de este buen resultado, de suerte que desaparezca la
inquietud, el apresuramiento y todo proceder defectuoso en la consecución
de nuestro fin.
En lo concerniente al
progreso de nuestras virtudes, «hagamos cuanto está de nuestra
parte -dice San Francisco de Sales- a fin de salir airosos en nuestra santa
empresa, que después de que hayamos plantado y regado..., la
abundancia del fruto y de la cosecha hemos de esperarla de la divina
Providencia. Y si no sentimos el progreso y aprovechamiento de nuestras almas
en la vida piadosa tal como querríamos, no nos turbemos por ello;
antes permanezcamos en paz haciendo que la tranquilidad reine siempre en
nuestros corazones. El labrador no está jamás reprendido de que
no haya conseguido una buena recolección, pero sí de que no
haya debidamente trabajado y sembrado sus tierras. No nos inquietemos, pues,
de vernos siempre novicios en el ejercicio de las virtudes, porque en el
convento de la vida devota todos se estiman siempre novicios, y toda la vida
está allí destinada a la probación, no habiendo otra
señal de ser no solamente novicio, sino digno también de
expulsión y reprobación, que pensar en tenerse por profeso...,
y la obligación de servir a Dios y hacer progresos en su amor dura
siempre hasta la muerte».
Nuestro piadoso Doctor
previene a Santa Juana de Chantal contra «ciertos deseos que tiranizan
el corazón. Querrían ellos que nada se opusiese a sus
designios, que no tuviéramos oscuridad alguna, sino que todo brillara
con luz meridiana; no querrían sino dulzura en nuestros ejercicios,
sin disgustos, sin resistencia, sin divagaciones, no se contentan con que no
consintamos, sino que querrían que ni siquiera las sintiésemos»,
etc. Y este prudente director desea a su santa hija «un ánimo
varonil y en manera ninguna quisquilloso, que no se preocupe ni de lo dulce
ni de lo amargo, ni de la luz ni de las tinieblas, que camine decididamente en
el amor esencial, fuerte y sincero de nuestro Dios y deje correr acá y
allá estos fantasmas de tentaciones».
Por otra parte, este
fracaso será más aparente que real y hasta habrá en eso
un progreso constante, aunque inadvertido quizá, siempre que nosotros
hagamos lo que de nosotros depende, es decir, que nos mantengamos en el deseo
de adelantar y este deseo se afirme mediante serios esfuerzos. Nuestro Padre
San Bernardo nos da de ello consoladora seguridad diciendo: que «el
infatigable deseo de avanzar y el esfuerzo continuo hacia la
perfección se consideran como la perfección misma».
Téngase muy en cuenta que el Santo habla aquí del esfuerzo y no
del sentimiento. Con tal que la voluntad se mantenga firme en su deber, las
repugnancias nada significan; también el gran Apóstol experimentaba
la oposición del hombre viejo, pero pasaba por encima de ella. El
sentimiento no es el criterio más justo; pues, siendo las virtudes de
orden espiritual, puede uno poseerlas sin sentirlas, y es por sus frutos por
lo que hemos de juzgarlas. Una persona está inundada de consuelos y se
desborda en efusiones de ternura, pero le falta generosidad y no sabe aceptar
las pruebas, lo que indica que tiene amor de niño. Otra se encuentra
árida como el desierto, pero se mantiene firme en su deber, contenta
de tener una cruz que llevar, sonriente cuando se le reprende o
contraría, ¿no es su amor cien veces más fuerte y
más verdadero? Santa Juana de Chantal lloraba a lágrima viva
creyendo no tener ya ni fe, ni esperanza, ni caridad, y San Francisco de
Sales la consolaba diciendo: «Es una verdadera insensibilidad, que no
os priva sino de la fruición de todas las virtudes; sin embargo, las
tenéis en muy buen estado, pero es Dios quien no quiere que
disfrutéis de ella.»
Notemos, por
último, que con la gracia y la buena voluntad es necesario
también el tiempo. Así como es necesario para el pleno
desarrollo de nuestro cuerpo y de nuestras facultades, para la cultura
intelectual o para el aprendizaje de las artes, así lo es
también para la adquisición de las grandes virtudes.
¡Dichosos los Santos que, trabajando con gran ahínco, sin tregua
ni reposo, acumulan enorme suma de virtudes y de méritos!
¡Dichosos seremos también nosotros, pero en menor escala, si no
habiendo podido trabajar tanto, hemos podido llegar a producir tan
sólo la cuarta parte o la mitad, con tal que no nos hayamos alejado
demasiado de nuestros modelos! Un pensamiento debe estimular constantemente
nuestra actividad espiritual y es que el salario se dará en
proporción al trabajo, y que el Divino Maestro examina a la vez la
cantidad y la calidad.
En lo concerniente a
nuestras pasiones y a nuestros defectos hemos de conservar la misma actitud
de combate sin tregua, y de apacible abandono.
«Estas rebeliones
-dice San Francisco de Sales- del apetito sensitivo, tanto en la ira como en
la concupiscencia, han sido dejadas en nosotros para nuestro ejercicio, a fin
de que practiquemos la fortaleza espiritual resistiéndolas. Es el
filisteo contra el cual los verdaderos israelitas han de combatir sin cesar,
sin que jamás puedan derribarle por completo; podrán, si,
debilitarle, mas no acabarán con él. Vive constantemente en
nosotros y con nosotros muere, y es en verdad execrable, por cuanto que ha
nacido del pecado y tiende continuamente a él... Con todo, no nos
turbemos por esto; porque nuestra perfección consiste en combatirlas,
y mal las pudiéramos combatir sin tenerlas, ni vencerlas sin
encontrarlas. Nuestra victoria no se cifra, pues, en no sentirlas, sino en no
consentirías. Además, es conveniente que para ejercitar nuestra
humildad, seamos algunas veces heridos en esta batalla espiritual; y, sin
embargo, no somos considerados como vencidos, sino cuando hemos perdido o la
vida o el valor.»
Preciso es, pues,
resolvemos a combatir con paciencia y perseverancia, mas en calma y en paz. Y
así, una vez que hayamos hecho lo que está de nuestra parte,
entonces habremos cumplido todo nuestro deber, quedando todo lo demás
a merced de la divina Providencia. Pero ante la persistencia y la
obstinación de estas luchas que se renuevan cada día sin
terminarse jamás, «la pobre alma se turba, se aflige, se
inquieta y piensa que hace bien en entristecerse, como si fuera el amor de
Dios quien la excita a la tristeza. Sin embargo, Teótimo, no es el
amor divino el que produce esta turbación, pues no se apesadumbra o
desazona sino por el pecado; es nuestro amor propio que desearía
estuviésemos libres del trabajo que los asaltos de nuestras pasiones
nos causan; la molestia de resistir es la que nos inquieta», a menos
que sea la humillación de experimentar la vergüenza de vernos
tentados.
Mas, a pesar de todo,
dirá alguno, si yo conozco que mis faltas multiplicadas han sido
impedimento a mi progreso en las virtudes, y que ese retraso en la
corrección de mis defectos proviene de mi negligencia, ¿cómo
no inquietarme por ello? Imploremos de Dios el perdón, detestemos la
ofensa y aceptemos humildemente la pena y la humillación que de
ahí nos viene; y sin perder el tiempo, el valor y la paz en
estériles lamentaciones, trabajemos con diligencia en realizar mayores
progresos en lo porvenir. Pero permanezcamos tranquilos, pues la
turbación es nuevo mal y no remedio, y el desaliento sería el
peor de los castigos. Por otra parte, nuestras mismas faltas, con tal de que
nos levantemos y volvamos a emprender el camino evitando los
escrúpulos y la inquietud, no detienen la marcha hacia adelante, sino
que al contrario, nos enseñan, según expresión de San
Gregorio, «esta perfección poco común que consiste en
reconocer que uno no es perfecto». Son el velo bajo el cual oculta Dios
a las almas sus virtudes para impedir la yana complacencia, y a veces
tómase de ellas ocasión para renovarse en una humilde
vigilancia y hacer a la oración más suplicante; son, en fin,
una lección que nos instruye, un aguijón que nos hace apresurar
el paso y hasta sirven de provecho a quien sabe utilizarlas.
Artículo 3º.- El fracaso en el trato con las almas
De igual modo, al
ejercitar el celo para con las almas, hemos de hacer lo que de nosotros
dependa con fervor prudente y sostenido, pero en apacible abandono. Dios, en
efecto, pide el deber, pero no exige el éxito.
Ante todo es necesario
amar a las almas en Dios. A medida que aumenta en nuestros corazones el fuego
del santo amor, debe producir la llama del celo, y de un celo verdaderamente
católico, tan vasto como el mundo.
Algunas almas nos
serán especialmente queridas, sea porque están a nuestro cargo,
sea por otros títulos particulares. A la luz de la eternidad es como
convendrá considerarlas a todas; el Soberano Juez nos pedirá
cuenta de ellas, el infierno las acecha y el cielo no se abrirá
quizá a muchas sino por nosotros; por tanto, hemos de hacer
donación total y completa de las almas a Dios y de Dios a las almas.
El Padre ha sacrificado a su unigénito Hijo, objeto único de
sus complacencias, para que el mundo no perezca y tenga vida eterna. Nuestro
Señor se inmola sobre la Cruz, se ofrece a cada instante sobre
nuestros altares, alimenta las almas con su propia sustancia, les da la
Iglesia, el Sacerdocio, los Sacramentos y les prodiga las gracias interiores
y exteriores. Por medio de su Espíritu Santo ilumina y atrae, estrecha
y rodea, conquista y sostiene y persigue, y hace volver y perdona; en una
palabra, nos ama a pesar de nuestras miserias y casi sin medida. ¡Bello
ejemplo que ha movido profundamente a los santos y que confundirá
nuestra tibieza! Por grande que sea nuestro celo, ¿podrá
compararse con el de Dios?
A la manera de Dios es
como se precisa amar a las almas, conformándonos con su conducta y con
el orden de su Providencia, habiéndonos Dios hecho libres,
jamás hará violencia a nuestra voluntad, pero da a todos con
abundancia, a unos más a otros menos, en la medida y tiempo y en la
forma que a El le place. También nosotros daremos a todos, en especial
a aquellos que deben sernos más amados; la oración, el ejemplo
y el sacrificio; pondremos cuidado particular en la oración
pública, si nos hallamos honrados con este sublime apostolado, y si
por cualquier otro título nos son confiadas las almas, cuidaremos de
ellas con un celo proporcionado al amor que Dios las tiene, al precio que
tienen ante sus ojos. Cumpliremos nuestro deber y orando con incansable
fervor conservaremos la paz, por el debido respeto a los derechos de Dios y
al orden de su Providencia; puesto que es dueño de sus dones y ha
juzgado conveniente otorgar a las almas libre albedrío.
No faltarán
decepciones. Dios mismo, por mas que posea la llave de los corazones, no
penetra por la fuerza, se detiene a la puerta y llama. Mas he aquí el misterio
de la gracia y de la correspondencia: el uno se apresura, el otro
rehúsa abrir; muchos no ponen atención, y con harta frecuencia
Dios queda fuera. Nuestro dulce Salvador, el bienhechor y el amigo por
excelencia, ha venido a sus dominios y los suyos no le han recibido, sino que
los mal intencionados tratan de sorprenderle en sus palabras y discursos; la
multitud se retira, Judas le traiciona, los demás Apóstoles
huyen y, cuando cae bajo los golpes de sus enemigos, su Iglesia no es sino
frágil arbolillo combatido por la tempestad. Los discípulos no
han de ser más que su Maestro: a pesar de los prodigios que obran, los
Apóstoles terminan por dejarse matar, dejando un rebaño,
débil aún, en medio de lobos; si algunos santos han conseguido
los éxitos más brillantes, otros, y no de los menores, han
fracasado en apariencia y hasta el fin. Para no citar sino a San Alfonso,
diremos que sus primeros discípulos le abandonan y, en lo sucesivo,
¡cuántos otros que se marchan o han de ser eliminados! Dos de
ellos llegan al extremo de confabularse para desacreditarle ante el Soberano
Pontífice y hacer que le expulsase de la Orden. Todos estos
contratiempos eran necesarios para elevar al fundador a la cumbre de la
santidad, y establecer su fundación sobre la roca firme del Calvario.
Mas, como los designios de Dios no se manifiestan sino con lentitud, no es
pequeña prueba para un sacerdote celoso ver en peligro las almas, o
para un Superior dejar en una mediocridad a aquellas a las que se
proponía conducir a la santidad.
Por dolorosa que sea la
falta de éxito, es preciso ver en ella una permisión de Dios,
recibirla con un tranquilo abandono, y hacerla servir para nuestro progreso
espiritual. Es una de las ocasiones más propicias para abismarnos en
la humildad, desprendernos de la vanagloria y de las consolaciones humanas,
depurar nuestras intenciones y buscar sólo a Dios en el trato con las
almas. Con el Profeta Rey bendeciremos a la Providencia por habemos
humillado, pues con harta frecuencia el éxito ciega, infla y embriaga;
hace olvidar que las conversiones vienen de Dios y que son quizá
debidas no a nosotros, sino a un alma desconocida que ruega y se inmola en
secreto. La falta de éxito reduce al justo sentimiento de la realidad,
nos recuerda que somos pobres instrumentos, nos invita a entrar en nosotros
mismos; y si fuere necesario, a corregir nuestros deseos, rectificar nuestros
métodos, renovar nuestro celo e insistir en la oración. Porque
si nuestra negligencia y nuestras faltas han contribuido al mal, es preciso
no sólo borrarlas por la penitencia, sino reparar sus consecuencias en
la medida posible, redoblar el celo, la oración, el sacrificio.
No debe, sin embargo,
esta humilde resignación entibiar nuestro ardor. Cuando las almas no
corresponden a nuestros cuidados, «lloremos -dice San Francisco de
Sales-, suspiremos, oremos por ellas con el dulce Jesús, que
después de haber derramado lágrimas abundantes durante toda su
vida por los pecadores, murió por fin con los ojos anublados por el
llanto y el cuerpo empapado todo en sangre». Condenado, vendido,
abandonado, hubiera podido conservar su vida y dejarnos en la
obstinación, pero nos amó hasta el fin, mostrando así
que la verdadera caridad no se desanima, segura como está de que ha de
triunfar al fin de la más obstinada resistencia; lo espera todo,
porque espera en Dios que todo lo puede. Si la misericordia se estrella ante
Judas, ha, sin embargo, santificado a la Magdalena, a San Pedro, a San
Agustín, a todos los santos penitentes. La humildad, que nos revela nuestras
miserias y nuestras faltas, nos muestra con evidencia las dificultades de la
virtud y nos inspira profunda compasión hacia las almas aún
débiles. «¿Qué sabemos -añade el dulce
Obispo de Ginebra- si el pecador hará penitencia y conseguirá
la salvación? En tanto conservemos la esperanza (y mientras hay vida,
hay esperanza), jamás hemos de rechazarle, sino más bien orar
por él, y le ayudaremos en cuanto su desdicha lo permita.»
Después de todo,
si las almas defraudan nuestras esperanzas, como nosotros nada hayamos
escatimado, para su bien, no hemos de responder de su pérdida, pues
hemos cumplido con el deber, hemos glorificado a Dios y regocijado su
misericordioso corazón en lo que a nosotros se refiere. En estas
condiciones, el sentimiento de nuestra insuficiencia o de nuestras
responsabilidades nada tienen que inquietarnos. Asimismo lo asegura Nuestro
Padre San Bernardo en su carta al beato Balduino, su discípulo: Se os
pedirá -le dice- «lo que tenéis y no lo que no
tenéis. Estad preparados para responder, pero sólo del talento
que os ha sido confiado, y en cuanto a lo demás estad tranquilo. Dad
mucho, si mucho habéis recibido, y poco, si poco es lo que
tenéis... Dad todo, porque se os pedirá todo hasta el
último óbolo; pero por supuesto, lo que tenéis y no lo que
no tenéis».
«Mas, en
último recurso, después que hayamos llorado sobre los
obstinados y hayamos cumplido para con ellos los deberes de la caridad, a fin
de conseguir, si fuera posible, apartarlos de la perdición, debemos
imitar a Nuestro Señor y a los Apóstoles; es decir, desviar de
ellos nuestro espíritu y volverle a otros objetos, a otras
preocupaciones más útiles para la gloria de Dios. Porque mal
podremos entretenemos en llorar demasiado a unos, sin que se pierda el tiempo
propio y necesario para la salvación de los otros. Por lo
demás, es preciso adorar, amar y alabar para siempre la justicia
vengadora y punitiva de nuestro Dios como amamos su misericordia, pues tanto
una como otra son hijas de su bondad. Pues así como por su gracia
quiere hacernos buenos, como bonísimo, o mejor dicho, como
infinitamente bueno que El es, así por su justicia quiere castigar el
pecado, porque le odia; pero le odia porque, siendo soberanamente bueno,
detesta el sumo mal que es la iniquidad. Y nota, Teótimo, como conclusión,
que siempre, o punitivo o remunerador, su beneplácito es adorable,
amable y digno de bendición eterna.
»Así el
justo que canta las alabanzas eternas de la misericordia por aquellos que
serán salvos, gozará igualmente cuando vea la justicia..., y
los ángeles custodios, habiendo ejercido su caridad para con los
hombres, cuya guarda y custodia han tenido, quedarán en paz
viéndolos obstinados y aun condenados. Necesario es, pues, reverenciar
la divina voluntad, y besar con igual acatamiento y amor la diestra de su
misericordia que la siniestra de su justicia.»
Otras pruebas se
hallarán en la dirección de las almas. Cada una tiene al menos
la misión providencial de hacernos practicar el desasimiento de los
hombres y de las cosas, un celo absolutamente puro y el Santo Abandono. Por
vía de ejemplo, digamos que hay personas que nos proporcionan cumplida
satisfacción y Dios, sin embargo, nos las quita de un modo inesperado;
entonces, lejos de murmurar, besemos la mano que nos hiere. ¿No es misión
nuestra el conducir las almas a Dios...?; ya hemos tenido el dulce consuelo
de verla realizada. Para El las formamos, y a El le pertenecen más que
a nosotros. Si El, pues, estima conveniente privarnos de la alegría
que su presencia nos inspira y de nuestras caras esperanzas, ¿no es
justo que la voluntad de Dios se anteponga a la nuestra, su infinita
sabiduría a nuestras miras tan limitadas, y nuestros intereses eternos
a los de la tierra?
Artículo 4º.- Nuestras propias faltas
Hablemos ahora de
nuestras propias faltas.
Ante todo, pongamos el
mayor cuidado en huir del pecado; pero mantengámonos en apacible
resignación a las disposiciones de la Providencia. En efecto, dice San
Francisco de Sales, «Dios odia infinitamente el pecado y, sin embargo,
lo permite sapientísimamente, con el fin de dejar a la criatura
racional obrar según la condición de su naturaleza y hacer
más dignos de alabanza a los buenos, cuando pudiendo violar la ley, no
la violan. Adoremos, pues, y bendigamos esta santa permisión; mas ya
que la Providencia que permite el pecado, le aborrece infinitamente,
detestémosle con Ella y odiémosle, deseando con todas nuestras
fuerzas que el pecado permitido (en este sentido) no se cometa jamás,
y como consecuencia de este deseo, empleemos todos los medios que nos sea posible
para impedir el nacimiento, el progreso y el reinado del pecado. Imitemos a
Nuestro Señor que no cesa de exhortar, prometer, amenazar, prohibir,
mandar e inspirar cerca de nosotros para apartar nuestra voluntad del pecado,
en tanto que lo puede hacer sin privarnos de nuestra libertad.» Si
perseveramos constantemente en la oración, la vigilancia y el combate,
serán más raras nuestras faltas a medida que avancemos, menos
voluntarias y mejor reparadas, y nuestra alma se consolidará en una
prudencia cada vez mayor. Sin embargo, salvo una especialísima gracia,
como la concedida a la Santísima Virgen, es imposible en esta vida
evitar todo pecado venial, pues hasta los santos mismos recurrieron a la
confesión.
Pero si aconteciera que
cometiésemos algún pecado. «hagamos cuanto de nosotros
depende, a fin de borrarlo. Aseguró Nuestro Señor a Carpus:
que, si preciso fuere, sufriría de nuevo la muerte para librar a una
sola alma del pecado». Con todo, «sea nuestro arrepentimiento
fuerte, sereno, constante, tranquilo, pero no inquieto, turbulento, ni
desalentado».
«Si me elevo a Dios
-decía Santa Teresa del Niño Jesús- por la confianza y
el amor, no es por haber sido preservada de pecado mortal. No tengo
dificultad en declararlo, que aunque pesaran sobre mi conciencia todos los
pecados y todos los crímenes que se pueden cometer, nada
perdería de mi confianza. Iría con el corazón transido
de dolor a echarme en brazos de mi Salvador, pues sé muy bien que ama
al hijo pródigo, ha escuchado sus palabras a Santa Magdalena, a la
mujer adúltera, a la Samaritana. No, nadie podrá intimidarme,
porque sé a qué atenerme en lo que se refiere a su amor y a su
misericordia. Sé que toda esa multitud de ofensas se abismaría
en un abrir y cerrar de ojos como gota de agua arrojada en ardientes
brasas.»
No imitemos, pues, a las
personas para quienes un arrepentimiento tranquilo es una paradoja.
¿No ha de haber un término medio entre la indiferencia a la que
tanto teme su espíritu de fe, y el despecho, el abatimiento en que los
arroja su impaciencia? Jamás sabríamos precavernos lo bastante
contra la turbación que nuestros pecados nos causan, lo cual, lejos de
ser un remedio, es un nuevo mal. Mas, por nocivas que las faltas sean en
sí mismas, lo son más aún en sus consecuencias cuando
producen la inquietud, el desaliento y a veces la desesperación. Por
el contrario, la paz en el arrepentimiento es muy deseable. «Santa
Catalina de Sena cometía algunas faltas, y afligiéndose por
este motivo ante el Señor, hízola entender que su
arrepentimiento sencillo, pronto y vivo y lleno de confianza, le
complacía más de lo que había sido ofendido por las
faltas. Todos los santos han tenido faltas, y a veces los mayores las han
tenido considerables, como David y San Pedro, y jamás quizá
hubieran llegado a santidad tan encumbrada si no hubieran cometido faltas y
faltas muy grandes. Todo concurre al bien de los elegidos -dice San Pablo-;
hasta sus pecados -comenta San Agustín-.»
Existe, en efecto, el
arte de utilizar nuestras f altas, y consiste el gran secreto en soportar con
sincera humildad, no la falta misma, ni la injuria hecha a Dios, sino la
humillación interior, la confusión impuesta a nuestro amor
propio; de suerte que nos abismemos en la humildad confiada y tranquila.
¿No es el orgullo la principal causa de nuestros desfallecimientos?
Poderoso medio para evitar sus efectos, será aceptar la
vergüenza, confesando que se la tiene merecida. Con sobrada facilidad
eludimos las otras humillaciones, persuadiéndonos de que son injustas,
¿pero cómo no sentir la dura lección de nuestras faltas,
siendo así que ellas ponen de manifiesto tanto nuestra nativa
depravación como nuestra debilidad en el combate? La
humillación bien recibida produce la humildad, y la humildad a su vez,
recordándonos sin cesar ya sea el tiempo que hemos de recuperar, ya
las faltas cuyo perdón necesitamos implorar, alimenta la
compunción de corazón, estimula la actividad espiritual y nos
torna misericordiosos para con los demás.
El P. de Caussade hace a
este propósito muy atinadas reflexiones: «Dios permite nuestras
pequeñas infidelidades, a fin de convencernos más
íntimamente de nuestra debilidad, y para hacer morir poco a poco en
nosotros esta desdichada estima de nosotros mismos, que nos impediría
adquirir la verdadera humildad de corazón. Ya lo sabemos; nada hay
más agradable a Dios que este absoluto desprecio de sí,
acompañado de una entera confianza puesta solamente en El. Grande es,
pues, la gracia que este Dios de bondad nos hace cuando nos constriñe
a beber, las más de las veces a pesar de nuestra repugnancia, este
cáliz temido por nuestro amor propio y nuestra naturaleza
caída. De no hacerlo así, jamás curaríamos de una
presunción secreta y de una orgullosa confianza en nosotros mismos.
Nunca llegaremos a comprender, cual conviene, que todo el mal viene de
nosotros, y todo bien sólo de Dios; y para hacernos habitual este
doble sentimiento, se precisa un millón de experiencias personales, y
tanto más, cuanto que estos vicios ocultos en nuestra alma son mayores
y más arraigados. Son, pues, para nosotros muy saludables estas
caídas, en cuanto que sirven para conservarnos siempre pequeños
y humillados delante de Dios, siempre desconfiados de nosotros mismos,
siempre anonadados a nuestros propios ojos. Nada más fácil, en
efecto, que servirnos de cada una de nuestras faltas para adquirir un nuevo
grado de humildad, y de este modo ahondar más en nosotros el
fundamento de la verdadera santidad. ¿Por qué no admirar y
bendecir la infinita bondad de Dios, que así sabe sacar nuestro mayor
bien hasta de nuestras faltas? Basta para esto no amarlas, humillarse
dulcemente y levantarse con infatigable constancia después de cada una
de ellas, y después trabajar en corregirse.»
En cuanto a las
consecuencias penales del pecado, si Dios permite que no las podamos evitar,
hemos de recibirlas con humilde aquiescencia al divino beneplácito.
Consecuencias del pecado son, por ejemplo, la confusión en presencia
de nuestros hermanos, alguna herida causada a nuestra reputación, un
quebrantamiento en la salud. Puede acontecer que nuestra negligencia,
nuestras indiscreciones, maledicencias, arrebatos, en fin, nuestro mal
carácter, nos procuren disgustos, humillaciones, mortificaciones,
perjuicios en nuestros intereses. Nuestras faltas nos dejarán tras sí
una turbación, preocupación de espíritu, penosas
inquietudes. Dios no ha querido el pecado, pero quiere sus consecuencias; nos
hace sufrir para curarnos, y nos hiere aquí abajo, a fin de no verse
precisado a castigarnos en el otro mundo. ¡Señor!, hemos de
exclamar entonces, bien merecido lo tengo; Vos lo habéis permitido,
Vos lo habéis querido así, hágase vuestra voluntad, que
yo la adoro y a ella me someto. Todo esto lo realizamos sin turbación,
sin disgusto, sin inquietud, sin desaliento, recordando que Dios, aunque odia
el pecado, sabe hacer de él instrumento muy útil para
conservarnos en la abyección y en el desprecio de nosotros mismos.
Con esta misma filial
tranquilidad aceptaremos las consecuencias penales de nuestras imprudencias.
En opinión del P. dc Caussade, «apenas hay prueba más
mortificante para el amor propio; y por lo mismo, no existe quizá otra
más santificadora que ésa. No es tan difícil ni con
mucho aceptar las humillaciones que vienen de fuera y que en manera alguna
hemos provocado. Nos resignamos también más fácilmente a
la confusión causada por faltas más graves en sí mismas
con tal que se mantengan ocultas; mas una sencilla imprudencia que lleva
consigo consecuencias desagradables, patentes a la vista de todos, he
aquí sin género de duda la más humillante de las
humillaciones, y ved ahí, por consiguiente, una excelente
ocasión para herir de muerte al amor propio, y que jamás
habremos de desperdiciar. Tómase entonces el corazón con ambas
manos y se le obliga, a pesar de su resistencia, a hacer un acto de perfecta
resignación, siendo éste el momento más favorable para
decir y repetir el fiat de un perfecto abandono; más aún, es
preciso esforzarse por llegar hasta la acción de gracias y
añadir al fiat el Gloria Patri. Una sola prueba así aceptada
hace progresar a un alma más que numerosos actos de virtud».
San Francisco de Sales
«jamás se impacientaba contra sí mismo, ni contra sus
propias imperfecciones, y el disgusto que experimentaba por sus faltas era
tranquilo, reposado y firme; pues juzgaba que nos castigamos mucho más
a nosotros mismos con el arrepentimiento tranquilo y constante, que con el
agrio, inquieto y colérico; y tanto más, cuanto que estos
arrepentimientos de la impetuosidad no obedecen a la gravedad de nuestras
faltas, sino a nuestras inclinaciones. En cuanto a mí -decía-,
si hubiera dado una caída lamentable, no reprendería a mi
corazón de esta forma: ¿no eres un miserable y digno de
abominación, tú que, después de tantas resoluciones,
aún te dejas arrastrar de la vanidad? Muere de vergüenza, y no
levantes ya los ojos al cielo, ciego, desconsiderado, traidor y desleal a tu
Dios. Más bien le corregiría razonablemente y por vía de
compasión: Vamos, pobre corazón mío; arriba, pues otra
vez hemos caído en la fosa que tanto habíamos procurado evitar.
¡Vamos!, levantémonos, abandonémosla para siempre,
imploremos la misericordia de Dios y esperemos que ella nos asistirá
para ser más firmes en lo sucesivo, y volvamos al camino de la
humildad. Animo, pues; velemos sobre nosotros mismos, que Dios nos
ayudará. Y como efecto de esta reprensión querría tomar
una sólida y firme resolución de no volver a caer, tomando para
ello los medios convenientes».
Por su parte, el P. de
Caussade aconseja dirigir sin cesar a Dios esta oración interior:
«Señor, dignaos preservarme de todo pecado, y de un modo
especial en tal materia. Mas, en cuanto a la pena que debe curar mi amor
propio, a la humillación, a la santa abyección que hiere mi
orgullo y que debe abatirlo, la acepto por el tiempo que os plazca, y os la
agradezco como una gracia especial. Haced, Señor, que estos amargos
remedios produzcan su efecto, que curen mi amor propio y me ayuden a adquirir
la santa humildad, que es el sólido fundamento de la vida interior y
de toda perfección.»
A pesar de la
oración y de los esfuerzos, se cometerán nuevas faltas, cuyo
único remedio estriba en humillarnos siempre más profundamente,
volver a Dios con la misma confianza y reanudar el combate sin desanimarnos
jamás. «Si de una vez aprendemos a humillamos sinceramente por
nuestras menores faltas, levantarnos sin demora mediante la confianza en
Dios, con paz y dulzura, será esto seguro remedio para lo pasado, un
socorro poderoso para el presente, un eficaz preservativo para el porvenir.
Mas el abandono bien comprendido ha de librarnos de esta impaciencia que hace
deseemos llegar de un salto a la cumbre de la montaña, de la santidad
y que sólo consigue alejarnos de ella. El único camino es el de
la humildad; y la impaciencia es una de las formas del orgullo. Trabajemos
con todas nuestras fuerzas en la corrección de nuestros defectos, mas
resignémonos a no conseguirlo en un solo día. Pidamos a Dios
con las más vivas instancias y confianza más filial, esta
gracia decisiva que nos arrancará por completo de nosotros mismos para
hacernos vivir únicamente en El y dejémosle con filial abandono
el cuidado de determinar el día y la hora en que tal gracia ha de
sernos otorgada.»
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