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Dom Vital Lehodey El Santo Abandono 3. Ejercicio del
Santo Abandono 9. LAS
PRUEBAS INTERIORES EN GENERAL Hemos considerado ya los
bienes y los males temporales, la esencia de la vida espiritual y sus
modalidades extrínsecas. Réstanos estudiar las penas de la vida
interior; primero en general, y después algunas en particular, como
las tentaciones, las arideces, las oscuridades, etc. Allí en donde el
abandono será moneda corriente, pues, estas pruebas son inevitables y
muy frecuentes; según San Alfonso, constituyen «la más
amarga de todas las penas posibles». «No hay día
-dice San Francisco de Sales- que se parezca enteramente a otro; y así
los hay nebulosos, de lluvia, secos y de viento. Otro tanto sucede en el
hombre: su vida se desliza como el agua, flotando y ondulando en una continua
diversidad de movimientos que, ya le levantan a la esperanza, ya le abaten
por el temor, ya le tuercen a la derecha por los consuelos, ya a la izquierda
por la aflicción; de suerte que nunca se halla en un mismo estado...
Quisiéramos no hallar ninguna dificultad, ninguna
contradicción, ninguna pena, sino más bien consolaciones sin
arideces, reposo sin trabajo, paz sin turbación, pero, ¿no es
esto una locura? Pretendemos un imposible, pues solución tan completa
sólo se halla en el paraíso o en el infierno; en el
paraíso: el bien, el reposo, la consolación sin mezcla alguna
de mal, de turbación ni de aflicción; en el infierno reina el
mal, la desesperación, la turbación y la inquietud sin mezcla
alguna de bien, de esperanza, de tranquilidad ni de paz. Mas en esta vida
perecedera nunca se halla el bien sin su correspondiente mal, ni reposo sin
trabajo, consolación sin aflicción.» La vida interior no puede
sustraerse a esta ley general, debiendo, por tanto, hallarse en ella, y en
grande, las vicisitudes y las pruebas, de las que nuestra miseria puede ser
la causa inmediata, o bien la malicia del demonio; pero Dios es siempre su
primera causa. Cuando se originan de nuestro propio fondo, se explican por la
ignorancia del espíritu, la sensibilidad del corazón, el
desarreglo de la imaginación, la perversidad de nuestras
inclinaciones, etc. Mas, ¿no obedece a un designio de Dios que hayamos
nacido hijos de Adán, y a su voluntad que hayamos de soportar estas
enfermedades para nuestra santificación? ¿Puede el demonio
mismo cosa alguna contra nosotros sin la permisión de Dios? Cuando
Saúl era asediado de tentaciones de envidia y de aversión
contra David, los libros santos nos dicen que «el espíritu
maligno, venido del Señor, le agitaba». Pero, si este
espíritu viene de Dios, ¿cómo puede ser malo? Y si es
malo, ¿cómo puede venir de Dios? Es malo, por la depravada
voluntad que tiene de afligir a los hombres para perderlos; es del
Señor, porque Dios le ha permitido que nos aflija, atendiendo a los
designios que tiene de salvarnos. Con mucha frecuencia es
el mismo Señor quien obra y diversifica su acción en
relación con la fuerza y necesidades de las almas y los designios que
sobre ellas tiene. He aquí cómo el venerable Luis de Blosio
resume en maravillosos rasgos «la conducta admirable del Celestial
Esposo para con un alma que le está unida». Al principio, cuando
los nudos del contrato apenas están formados, El la visita, la
fortifica, la ilumina, cautiva su corazón haciéndola encontrar
tan sólo la alegría en su servicio, la atrae por la dulzura de
sus atractivos, y de continuo muéstrasele lleno de encantos por
retenerla en su presencia; en una palabra, no le hace gustar sino las
delicias y dulzuras en consideración a su debilidad. Mas, con el
tiempo, la retira la leche de la consolación, dándola el
alimento sólido de las aflicciones; ábrela los ojos, y la hace
conocer cuánto habrá de sufrir en adelante. Y ved ahí el
cielo y la tierra y el infierno conjurados todos contra ella. Enemigos por
fuera, y tentaciones por dentro; fuera, tribulaciones y tinieblas, y en el
interior del alma sequedades y desolaciones: todo lo cual contribuye a su
martirio. Aquí el Esposo se sustrae a sus miradas, y si algún
tiempo después reaparece, es para volverla a dejar. Ya la abandona en
las sombras y horrores de la muerte, ya la llama a la luz y a la vida para
hacerla gustar la verdad de este oráculo: «El es quien conduce
al sepulcro y saca de él.» ¿Por qué
esta conducta de la Providencia? Es porque en nosotros hay dos pueblos.
«El amor divino y el amor propio están en nuestro corazón
como Jacob y Esaú en el seno de Rebeca; y como entre ellos hay marcada
antipatía chocan de continuo entre sí. "Dos naciones hay
en tu seno -dijo el Señor a Rebeca-: los dos pueblos que de ti
saldrán estarán divididos, y el uno dominará al otro; el
mayor servirá al menor". Del mismo modo, el alma que tiene dos
amores dentro de su corazón, tiene, por consiguiente, dos grandes
pueblos o muchedumbres de movimientos, afectos y pasiones; y así como
los dos hijos de Rebeca le ocasionaban grandes convulsiones por el encuentro
y lucha de sus movimientos, así los dos amores de nuestra alma causan
grandes trabajos a nuestro corazón; pero aquí es preciso
también que el mayor sirva al menor, es decir, que el amor sensual
sirva al amor de Dios.» El amor propio se
manifiesta por el horror al sufrimiento, por el interés de los goces,
y sobre todo por el orgullo, de donde nace esta guerra intestina de que se
lamentaba el Apóstol; guerra siempre ruda y tenaz, pero más violenta
en determinadas personas, sobre ciertas materias y en determinadas edades, en
determinados tiempos y en determinadas ocasiones. Aun en los espirituales
aprovechados queda un fondo de amor propio oculto, un orgullo refinado y casi
imperceptible, de donde se origina una infinidad de imperfecciones de que
apenas tiene conciencia, vanas complacencias en sí mismo, vanos
temores, vanos deseos, manifestaciones de confianza en el valor personal,
sospechas y burlas contra el prójimo, todo un caos de miserias,
debilidades y pequeñas faltas. ¿Cuál será el
remedio? Indudablemente que la mortificación cristiana, a la que hemos
de entregarnos de lleno, y proseguir y perseverar en ella sin tregua ni
descanso. Pero unas veces nos faltará la luz, otras decaerá el
ánimo; mas nunca podremos cantar victoria definitiva sobre ese enemigo
casi imperceptible y que forma parte de nosotros mismos, si Dios por la
acción de su Providencia no nos alarga la mano poderosa de su gracia. De dos maneras nos la
puede alargar: mediante las dulzuras, o los santos rigores. Cuando un alma
comienza a entregarse a El, cólmala de consuelos sensibles para
atraerla, para alejarla de los placeres terrenales; y así
engolosinada, despégase ella poco a poco de las criaturas y se une a
Dios, si bien de manera defectuosa, pues es vicio general de las almas
todavía imperfectas buscar su satisfacción casi en todo cuanto
hacen. Y precisamente las dulzuras constituyen el plato más delicado
tanto para el orgullo como para la gula espiritual. Por medio de miras
imperceptibles de complacencia, se apropia los dones de Dios, y uno se siente
satisfecho en tal o cual estado; y en lugar de bendecir a la infinita
misericordia, se atribuye a sí el mérito de lo que hace, por lo
menos en el interior de su corazón. Conveniente será, pues, dar
el golpe de gracia al amor propio, que Dios nos someta a los recios golpes de
las pruebas interiores, que aunque dolorosas serán decisivas. Por este medio, Dios nos
humilla y nos instruye. Celoso de conservar su gloria y de asegurarla contra
estos secretos latrocinios del corazón, nos oculta la mayor parte de
sus gracias y favores. Sólo dos excepciones hemos de poner en esta
regla: primero, los principiantes que tienen necesidad de ser atraídos
y ganados por medio de estos dones sensibles y conocidos; y segundo, los
grandes santos, que a fuerza de haber sido purificados del amor propio con
mil pruebas interiores, pueden reconocer en sí las gracias de Dios sin
la menor mirada de propia complacencia. En general, también oculta a
las almas los favores de que las coima, de modo que no vean ni su humildad,
ni su paciencia, ni sus progresos, ni su amor a Dios. De ahí que
algunas veces no puedan menos de llorar por la presunta ausencia de estas
virtudes y su falta de generosidad en el sufrimiento. Al propio tiempo les
descubre este profundo abismo de nativa corrupción que llevamos en
nosotros mismos, y que hasta entonces no habían podido ni querido
sondear; y muéstraselo despacio, no mediante luces gloriosas, sino a
fuerza de dolorosas experiencias. Nada más a propósito para
destruir nuestro amor propio que este cuadro tan aflictivo y humillante.
Sentir a cada instante su debilidad, y verse al borde del precipicio,
¿no es la prueba más fuerte para llevarnos a la desconfianza de
nosotros mismos y a la confianza en sólo Dios? Si nos es provechoso
ser abatidos en presencia de los demás, no menos lo es vernos
anonadados a nuestros propios ojos, y esto será lo que poco a poco
hará morir nuestro orgullo: esta es la razón por la que Dios
permite tantas humillaciones interiores. Es una lección de evidencia
deslumbradora, por lo que la prolonga hasta que quede bien aprendida y no
pueda, por decirlo así, ser jamás olvidada. Sólo resta
saber aprovecharse de ella, para establecerse en la verdadera humildad dulce
y tranquila, que arroja fuera de sí la falsa humildad malhumorada y
despechada. El enojo y el despecho en la humillación son otros tantos
actos de orgullo, como en los dolores son otros tantos actos de impaciencia. Por medio de estas
pruebas, Dios nos acaba de despegar. El amor propio es una hidra con muchas
cabezas y que es preciso cortar una a una. Al principio se trabajó en
cercenar el apego al mundo, a los bienes de la tierra, a los placeres de los
sentidos, a la salud, etc. Y para ofrecernos su mano poderosa, Dios ha
derramado la amargura en las alegrías de acá abajo, nos ha
herido en las personas y en las cosas que nos eran más queridas, ha
entregado a nuestro cuerpo a toda clase de enfermedades. Dóciles a su
acción, hemos reportado ya notables ventajas; mas el amor propio,
vencido en este terreno, nos espera en otro más delicado:
aficiónase a la parte sensible de la piedad, y este apego es tanto
más de temer, cuanto es menos grosero y más legítimo en
apariencia. Y, sin embargo, el amor perfecto no puede soportar que nuestro
corazón ande dividido por el afecto a los consuelos con el amor de
Dios. ¿Qué sucederá? Si se trata de almas menos
privilegiadas para las que Dios no tiene una ternura tan celosa, las
dejará disfrutar de estas santas dulzuras, y se dará por
contento con el sacrificio de los placeres de los sentidos que ellas le han
hecho. Tal es la vida ordinaria de las personas devotas, cuya piedad
está mezclada con ciertas tendencias a buscarse a sí mismas. A
la verdad, Dios no aprueba esos defectos, pero como no les concede tantas
gracias, no espera de ellas tan elevada perfección. Muy distintas son
las exigencias, como distintos son también los designios,
tratándose de almas escogidas. El celo de su amor iguala al de la
ternura que les manifiesta. Deseoso de entregarse todo a ellas, quiere
también poseer su corazón sin participación ajena; y
así, no se contenta con las cruces y penas exteriores que las
desprendan de las criaturas, sino que se propone desasirías de
sí mismas, y matar en ellas las últimas raíces de este
amor propio que se adhiere al sentimiento de devoción, que en
él se apoya, de él se nutre, y en él se complace. Para
llevar a término esta segunda muerte, retira Dios todo consuelo, todo
gusto, todo apoyo interior, y prueba al alma por las arideces, las
repugnancias, las insensibilidades y otras penas, de suerte que ella se
encuentra en un estado de anonadamiento. No siempre la
acción de Dios alcanza ese grado de intensidad, sino que lo aumenta o
disminuye según los designios de amor, y conforme a la fuerza y a la
generosidad de las almas. Si no juzga conveniente tratarlas con este santo
rigor, las hace al menos pasar por alternativas de consuelos y
desolación, de paz y de combate, de luz y de oscuridad. Y merced a
estas continuas vicisitudes, las vuelve flexibles y dóciles a todas
sus mociones; pues, a fuerza de cambiar de situación interior, se
acaba por no tener ninguna y se halla dispuesto a tomar todas las formas,
obedeciendo a este Espíritu divino que sopla donde quiere y como quiere. Finalmente, por medio de
estas pruebas, dice el venerable Luis de Blosio, «Dios purifica a las
almas, las humilla, las instruye, las hace dóciles a su voluntad,
cercena todo cuanto tenían de rudo, deforme y repugnante, y las
embellece con todos los atavíos que puedan hacerlas agradables a sus
ojos. Y cuando las halla fieles, llenas de paciencia y buena voluntad; cuando
el dilatado ejercicio de las tribulaciones las ha conducido, con la ayuda de
su gracia, hasta aquel elevado grado de perfección, que consiste en
sufrir con tranquilidad y con alegría todo género de
tentaciones y de penas, entonces las une consigo del modo más
perfecto, les confía sus secretos y sus misterios, y se comunica
plenamente a ellas». Estos son los días
del puro amor, puesto que en ellos servimos a Dios por El mismo, y a nuestras
propias expensas. ¡Cuán difícil es amarle de verdad en la
alegría, sin que se mezcle algo de amor propio y de yana complacencia!
Mas en el tiempo de las cruces y de las privaciones interiores santamente
aceptadas, no hemos de temer ya que el amor propio se mezcle en nuestras
relaciones con Dios, puesto que nada hay en ellas que no tienda a crucificar
el amor propio. ¡Qué a propósito es esta seguridad para
consuelo del que comprende el precio del amor puro! He aquí la
razón por qué tantos santos preferían las privaciones y
las penas a los consuelos y alegrías, por qué amaban tan
apasionadamente las unas y tenían verdadera pena en gozar de las
otras. Es el tiempo de la rica
cosecha para el cielo, porque ahora es cuando el alma se eleva a las obras
santas, puras y desinteresadas. «En el estado de consuelos -dice San
Alfonso-, no es menester gran virtud para renunciar a los placeres sensuales,
ni para soportar las afrentas y las adversidades; un alma así favorecida
lo sufre todo, pero muchas veces su paciencia proviene más de las
dulzuras que experimenta, que de la fuerza de su amor a Dios.» Por el
contrario, es efecto de no mediana virtud saber soportar sus miserias, sus
debilidades, su temperamento, sus defectos y todas las penas de que Dios se
sirve para corregirnos. Después de estas purificaciones y estos
desasimientos interiores, se facilita la elevación al perfecto
abandono, a la confianza filial sólo en Dios; es decir, que las virtudes
más perfectas llegan a sernos como naturales. Por este motivo,
¡cuántas riquezas no han procurado a los santos estas miserias y
estas pruebas, sirviendo de materia a sus combates interiores, a sus
victorias y al triunfo de la gracia! Por lo demás, sólo
después de haber sido despojado de esta manera y por completo de
sí mismo, es cuando uno puede llegar a no pensar sino en Dios, a no
gustar sino de Dios, a no apoyarse y complacerse sino en Dios; y ésta
es la vida nueva en Jesucristo, la formación del hombre nuevo y
destrucción del viejo. Apresurémonos, pues, a morir como el
gusano de seda, para llegar a ser la mariposa que se remonte al cielo, en vez
de arrastrarse sobre la tierra. Mas el amor propio tiene
una vida muy resistente, y no muere sino después de larga
agonía. El alma aún imperfecta, es la madera verde que suda y
gime, que se retuerce y se agita antes de abrasarse. Es la estatua bajo el
cincel del escultor, la piedra que se talla a golpe de martillo; así
las tentaciones, las arideces, las otras penas nos hacen sentir dolorosamente
sus penetrantes golpes, pero es que sin esto permaneceríamos bloque
informe, y no tomaríamos la semejanza de Jesús, paciente,
humillado y crucificado. Al perfecto amor no se llega sino por
múltiples desprendimientos, y cuanto más nos propongamos
adelantar en los caminos de la oración, en la unión de amor y
la verdadera santidad, más necesario nos será estar desasidos y
libres. Buscaríamos tanto los consuelos de Dios como al Dios de los
consuelos, si no aprendiéramos a servirle en los más terribles
abandonos. En una palabra, siendo las penas interiores el camino de la
perfección, Dios nos privará de sus dulzuras sólo porque
nos ama, sin que por eso hayamos desmerecido. Quizá sintamos en el
claustro menos dulzuras que en el mundo, pues Dios nos purifica más
enérgicamente, a fin de unirnos a El con mayor perfección. El cáliz, a no
dudarlo, es amargo, pero mucho más lo sería el infierno, y Dios
obra con nosotros misericordiosísimamente sustituyendo los rigores del
otro mundo con este purgatorio mitigado. Además, puesto que de gana o
por fuerza es necesario beber el cáliz de la salud, hagamos de la
necesidad virtud, que es el modo de dulcificar su amargura. Se nos
hará todo más dulce, conforme la prueba nos vaya purificando y
desprendiendo, de suerte que apenas sentiremos el dolor, sino por
permisión de Dios, y en los momentos de pruebas excepcionalmente
graves. Porque la viveza del dolor proviene en gran parte de la fuerte
oposición del amor propio que no quiere ni morir ni abdicar. El amor
divino se limitaría casi a no producir sino impresiones dulces y
encantadoras, si no hallara en el corazón obstáculo alguno que
le resistiera. De cualquier modo, ¿querríamos gozar del cielo
en la tierra y caminar siempre sobre rosas, en tanto que nuestro adorado Maestro
lleva su cruz y desmaya en la agonía? Bien merece el Paraíso
todos los sacrificios. El hombre espiritual no tiene el monopolio de las
pruebas, pues van las suyas embalsamadas en amor y esperanza, y todo bien
considerado, menos le cuesta a él correr hacia la santidad, que al
tibio languidecer bajo el peso de sus pasiones inmortificadas. Siendo esto así,
evitemos con cuidado estorbar los favores divinos; mas si Dios tuviera a bien
quitarnos estos días claros en que experimentamos gustos sensibles en
la oración, en la comunión, en que nuestra unión con el
Amado sólo nos proporciona encantos y delicias, no echemos de menos
las dulzuras, porque Dios nos las quita sin culpa nuestra; han
desempeñado su misión y no ofrecen ya la misma utilidad.
¡Qué preciosos son bajo otro aspecto el martirio y la
agonía de los días presentes! Si se supiera aceptar, estimar y
amar esta feliz abyección interior, se la querría sentir
siempre y permanecer siempre en ella, porque en ella el alma se hallaría
más cerca de Dios. Muchos santos, impulsados
por particular inspiración, decían a Dios en sus sufrimientos:
Más, Señor, más. Según el P. Caussade, es por lo
regular presunción e ilusión pretender seguir estos ejemplos, y
juzga que somos demasiado pequeños y demasiado débiles para
llegar hasta ahí, a menos de una certeza moral de que Dios quiere esto
de nosotros. Nunca deseó ni pidió penas y contradicciones para
sí mismo, y a una de sus Filoteas prohíbe solicitar más
ni menos de las que ya tiene: porque Dios sabe mejor que nosotros la justa
medida de todo lo que necesitamos, y las pruebas que nos envía son
suficientes, sin necesidad de desearías o procurarías uno
mismo. Esperarlas y prepararse a ellas es el mejor medio de disponer de
más valor y ánimo para recibirlas con fruto cuando las
envíe. Por lo demás,
preciso nos será armarnos de paciencia y de humildad. Si no tenemos
una naturaleza afortunada, y si Dios nos envía más pruebas a
fin de reducirla, la violencia y la resistencia del combate no acarrean mal
alguno al alma que lucha con la resolución de no desanimarse
jamás. Lo rudo de los ataques hará crecer la fatiga y el
peligro, pero, con la ayuda de Dios, dará lugar a más
victorias, santidad, méritos y recompensas. Mientras que el
Médico celestial nos prodiga las lancetadas y las píldoras
amargas, mirémonos, no en el engañoso espejo del amor propio,
sino en el espejo fiel de la verdad, pero sin perder de vista nuestras
miserias. Entonces nos humillaremos sin esfuerzo bajo la poderosa mano de
Dios, y lejos de recriminar su justicia y su amor, reconoceremos que
aún nos perdona, y que es muy misericordioso hasta en sus rigores. Establezcámonos
sobre todo en la santa indiferencia. «Que el navío se incline al
levante o poniente, al mediodía o septentrión, sea cual fuere
el viento que le empuje, nunca su aguja dejará de mirar a su hermosa
estrella norte y del polo. De igual modo, aunque todo se revuelva de arriba
abajo en derredor de nosotros, y aun en nuestro interior, esto es, que
nuestra alma esté triste o alegre, entre dulzuras o amarguras, o en
tranquilidad o en guerra, en claridad o en tinieblas, en tentaciones, gusto o
disgustos, en sequedad o en ternura, que el sol la abrase o el rocío
la refresque, siempre la cumbre del corazón y del espíritu,
esto es, nuestra voluntad superior que es nuestra brújula, ha de mirar
sin cesar y se ha de dirigir perpetuamente al amor de Dios.» La parte
inferior de nuestra alma quizá se halle en la inquietud y
agitación, mas la voluntad ha de permanecer tranquila en medio de la
borrasca, vuelta hacia Dios y no buscando otra cosa que a El, sin que nada
pueda jamás separarnos de su amor: ni la tribulación, ni la
angustia, ni el dolor presente, ni el temor a los males futuros. Amar a Dios
y hacer su santísima voluntad, ¿no es lo esencial y nuestro
mismo fin? Todo lo demás no es sino el medio de conseguirlo, lo mismo
los consuelos que las aflicciones, la paz como el combate, la luz como las
tinieblas. ¿Qué camino será el mejor para nosotros? Lo
ignoramos; Dios lo sabe y nos ama; dejémosle, pues, disponer de nosotros
como vea que nos conviene, que nuestra suerte mejor está en sus manos
que no en las nuestras. Por otra parte, no nos dejará la
elección, sino que dispone como dueño y soberano; por tanto,
prestémonos de buena gana a su acción: El es quien nos pone en
la prueba, El nos sostendrá. Los santos preferían el dolor,
pues más se aprovecha padeciendo que obrando; el santo abandono es el
camino más seguro y más directo. El P. Baltasar
Álvarez hacía a Dios esta admirable oración:
«Dignaos disponer de mí según vuestra voluntad, que esto
es todo lo que deseo y no os pediré ni otra fe, ni otros medios, ni
más favores, ni menos padecimientos. Deseo permanecer tal como me
habéis hecho, y ser tratado como lo he merecido. Me contentaré
con los consuelos que me diereis, y no me quejaré de las desolaciones
que me enviareis. Ejecutad, Señor, vuestros designios sobre mi con
toda libertad, que tan sólo así puede hallar mi alma el reposo
que tanto desea. Cuando las penas vengan a
caer sobre nosotros duras y persistentes, abandonémonos sin reservas a
Aquel de quien nos creemos quizá abandonados, y digámosle con
ánimo resuelto: «Vos lo queréis, Dios mío,
también lo quiero yo y por todo el tiempo que quisiereis.» Nada
mejor podemos hacer entonces, en el coro, en la oración, en la Misa,
en la Sagrada Comunión, que repetir dulcemente y sin esfuerzo nuestro
fiat -hágase-; repetir con frecuencia durante el día,
según lo encomienda San Francisco de Sales: «Sí, Padre celestial,
si y siempre si», y conservarnos en esta disposición habitual de
completo abandono. Ved ahí una corta y sencilla práctica, y no
sería necesario más para adquirir esa perfección que
frecuentemente vamos a buscar muy lejos. El simple fiat en todas nuestras
penas interiores y exteriores, bastará para conducirnos a una elevada
santidad. Sin duda podemos pedir a
Dios que aligere nuestras pruebas, o nos las quite, pero no estamos a ello
obligados; lo más conveniente para su gloria y para nuestro bien
sería que El se dignare aumentar nuestra paciencia. San Alfonso nos
enseña a decir: «¡Heme aquí, Señor! Si
queréis que permanezca en la desolación y en la
aflicción toda mi vida, dadme gracia, haced que os ame, y disponed de
mí como os plazca.» Evitemos por lo menos la inquietud y el
apresuramiento, que denotaría un deseo desarreglado. Suframos en paz
sin ir a mendigar las consolaciones en las criaturas. Para no condolernos de
nosotros mismos, hablemos de nuestras penas lo menos posible, evitando aun
ocupar demasiado en ellas nuestro espíritu, pero pidamos consejo y
esfuerzo a un hombre de Dios; sobre todo, refugiémonos en la
oración, a fin de implorar la fortaleza y aceptar la cruz, fijos
amorosamente los ojos en nuestro Amado Jesús, que nos amó y se
entregó por nosotros. Nunca como en estas circunstancias necesitamos
perseverar en la oración, llamar al Señor en nuestra ayuda y
apoyarnos sólo en El. |