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Dom Vital Lehodey El Santo Abandono 3. Ejercicio del
Santo Abandono 10. LAS
TENTACIONES «Para un alma que
ame a Jesucristo -dice San Alfonso-, no hay mayores penas que las
tentaciones, pues todos los otros males le facilitan la unión
más íntima con Dios, recibiéndolos con
resignación; empero, las tentaciones le exponen a separarse de
Jesucristo, siendo por lo mismo mucho más amargas que cualquier otro
tormento.» No todas las tentaciones
vienen del demonio: «Cada cual es tentado por su concupiscencia que le
arrastra y seduce», y este fuego maldito es atizado por el
escándalo de los perversos y de los imperfectos. La mayor parte de los
hombres se exponen personalmente al peligro, o se precipitan en él
unos a otros. El demonio no ha de hacer sino cruzarse de brazos, contemplándoles
realizar su obra; mas al contrario, no cesa de agitarse alrededor de las
almas que no le son adictas. Así, un padre del desierto vio al diablo
sentado tranquilamente sobre la puerta de la ciudad de Alejandría,
mientras que las legiones infernales acometían impetuosamente a los
santos de la soledad. «El demonio nos
ataca de diferentes maneras -dice el venerable Luis de Blosio-. Ora viene
secretamente y al parecer sin hacer nada, o aun bajo el exterior de piedad, a
fin de hacernos caer más fácilmente en sus lazos; ora de una
manera brutal se abalanza sobre nosotros, para hacernos sucumbir a los
violentos y numerosos golpes que descarga sobre nuestra persona; en
ocasiones, se desliza de un modo insensible a manera de serpiente, intentando
arrastrarnos a faltas mayores por el desprecio de las más
pequeñas y pisoteando ciertos remordimientos y ciertas dudas, para
formarnos una conciencia falsa y endurecida. A tiempos, sin guardar estas
consideraciones, preséntase bajo todas las formas y con todos los horrores,
y propone los mayores crímenes. Unas veces emplea los consuelos
espirituales o las penas interiores con la mira de engreírnos o de
abatirnos; otras, sírvese de la prosperidad o de la adversidad
temporal para inclinarnos a la pereza o precipitarnos en la
desesperación... ¿Qué diremos de los asaltos que os
darán los malignos espíritus? Semejantes a reiteradas olas de
mar embravecido, sacudirán con violencia vuestro corazón y os
creeréis a cada instante a punto de padecer triste naufragio.
Quizá llegue la tentación a ser tan horrible que los
pensamientos sugeridos por ella os parezca que sólo pueden tener
cabida en el espíritu de un réprobo. Os parecerá que
todo el infierno se ha conjurado contra vosotros, y que Dios, irritado, os
entregó a Satanás. Con frecuencia, ni siquiera podréis
abrir la boca ni para orar, ni para cantar las alabanzas del Señor; y
estos ataques tan aflictivos en sí mismos, lo serán aún
mucho más por su duración y frecuentes repeticiones. No se
satisfará el demonio con un ataque ni con muchos; sumergidos y vueltos
a sumergir en este horno, pasaréis días tristes, rodeados de
penas más o menos terribles, pero siempre crueles.» San
Francisco de Sales cita a este propósito dos ejemplos memorables, y
después añade esta alentadora observación: «Estos
grandes asaltos y tentaciones tan fuertes jamás son permitidos por
Dios, sino en ciertas almas que quiere elevar a su amor puro y
sublime.» Por lo demás, con tal que se vigile y se ore, El
está en la barca con nosotros; parece dormir, pero la tempestad no se
levantará sino con su licencia, y se apaciguará a una palabra
de su boca. A veces al principio,
otras durante el curso o hacia el fin de la vida espiritual es cuando la
tentación se deja sentir con mayor crueldad. En determinados casos
puede hasta llegar a tener una influencia decisiva; por ejemplo, cuando ataca
nuestra fe o nuestra vocación, puede suceder que pasemos por pruebas
especiales y poco ordinarias, como las tentaciones de blasfemia, de odio a
Dios o dudas persistentes contra la fe. El carácter de las personas
que nos rodean, el empleo que se nos ha confiado, circunstancias transitorias
pueden ser ocasión de tentaciones. Estas pueden tener su principio y
raíz en el temperamento, en el carácter, en el lado flaco de
nuestra alma, en nuestros defectos dominantes; y como todo hombre se compone
de cuerpo y alma, y es a la vez ángel y bestia, habrá de
combatir sobre todo el orgullo y la impureza, y de no haber una gracia
especial, éstos son los dos enemigos por excelencia. Los santos mismos han
conocido estas dolorosas pruebas y luchas. Y para no hablar sino de las
tentaciones contra la virtud angelical, algunos han sido preservados de
ellas, como Santa Teresa, Santa Rosa de Lima y Santa Teresita del Niño
Jesús. Otros, sólo de pasada han tenido esta
humillación: durante nueve días Santa Magdalena de Pazzis,
Santa Margarita María durante algunas horas. Muchos, después de
brillante victoria, fueron preservados de ella en lo sucesivo, como nuestro
Padre San Benito y Santo Tomás de Aquino. Gran parte de ellos han
soportado sus dolorosas acometidas durante largos años y aun toda la
vida. El Apóstol de las Gentes, Santa Francisca Romana, Santa Catalina
de Sena, San Benito Labre y cuántos otros! fueron cruelmente
abofeteados por el Ángel de Satanás. Estas tentaciones persistieron
siete años en San Alonso Rodríguez, diecisiete en Santa Maria
Egipciaca, veinticinco en el venerable César de Busto, San Alfonso de
Ligorio, verdadero ángel de inocencia, padeció estos ataques de
una manera espantosa a la edad de ochenta y ocho años, por espacio de
más de un año entero. Mueve a compasión Ángela de
Foligno cuando hace el relato de sus pruebas. Es el gran combate para todas
las almas, salvo una gracia particular. Mas hay sin duda otras tentaciones en
que casi no nos fijamos, aunque de ellas está llena la vida de los
santos. En cuanto a nosotros,
¿cuándo seremos principalmente probados? ¿Al principio,
al medio o al fin de nuestra carrera? ¿Acaso siempre? ¿En
qué materia sobre todo? ¿Con qué grado de intensidad o
de duración? Es el secreto de Dios, y en parte también el
nuestro. El infierno es una jauría de perros rabiosos que anhelan
despedazarnos, pero todas estas malditas bestias están encadenadas;
Dios es quien las maneja a su antojo, y contra sus disposiciones son la
impotencia misma. Quítales toda la libertad de tentar, o se la concede
más o menos restringida, según El lo juzga conveniente, como
armas que pueden usar contra aquellos que El permite sean probados, en la
materia y por el tiempo que halla ser a propósito. Elegir la tentación,
el tiempo, la violencia y la duración, todo está en manos de
Dios, nuestro Padre, nuestro Salvador, nuestro Santificador; esto es lo que
debe inspirarnos confianza. Podemos nosotros mismos, con el auxilio de la
gracia, prevenir muchas tentaciones, rechazar los más rudos asaltos
del enemigo; y si sucumbimos, será por nuestro libre consentimiento,
pues el demonio puede ladrar, amenazarnos, solicitarnos, pero no muerde sino
al que lo quiere. Mas, por desgracia, tenemos en nuestro libre albedrío
la tremenda posibilidad de ceder, a pesar de la gracia; y de no pedirla,
hasta de ir en busca de la tentación; todo lo cual nos ha de mantener
en una continua desconfianza. El peligro, pues, en definitiva, está en
nosotros, y a nosotros es a quien sobre todo hemos de temer. En todo esto hay una
mezcla de divino beneplácito y de su voluntad significada, exigiendo
ésta que cada cual «vele y ore para no caer en la
tentación», es decir, para prevenir la tentación en
cuanto de nosotros dependa, o para obtener la gracia de no sucumbir. Que
ésta se presenta a pesar de la vigilancia y de la oración, la
voluntad de Dios significada pide entonces que combatamos como valientes
soldados de Jesucristo. Todos conocen perfectamente los medios que han de
emplearse, pero, según San Alfonso, «el más eficaz y el
más necesario de todos los remedios, el remedio de los remedios, es
invocar el auxilio de Dios y continuar orando mientras dure la
tentación. Con frecuencia vincula el Señor la victoria, no a la
primera oración, sino a la segunda, a la tercera, o a la cuarta. En
una palabra, es necesario persuadirse que todo nuestro bien depende de la
oración; de la oración depende el cambio de vida; de la
oración depende la victoria sobre las tentaciones; de la oración
depende la gracia del amor divino, de la perfección, de la
perseverancia y de la salvación eterna. Lo prueba la experiencia: que
el que recurre a Dios en la tentación, triunfa, y el que no recurre a
Dios peca, sobre todo en las tentaciones de incontinencia». Mas, a pesar de la vigilancia,
de la oración, de la lucha, es preciso resolverse a combatir, pues tal
es el beneplácito divino. «Quiero que sepáis -dice
nuestro Padre San Bernardo- que nadie puede vivir sin tentación. Se va
una, esperad otra con seguridad; ¿qué digo con seguridad?,
mejor diría con temor. Pedid veros libres de ella, mas no os
prometáis completo reposo y libertad perfecta en este cuerpo de
muerte. Considerad, sin embargo, con qué bondad nos trata Dios, pues
nos deja a veces ciertas tentaciones, a fin de preservarnos de otras
más peligrosas; nos libra prontamente de unas, para que por otras
seamos ejercitados y que sabe han de sernos provechosas.» Debemos poner en Dios
nuestra confianza, pues cualquiera que sea la causa de las tentaciones,
«¿No es siempre El quien las permite para nuestro bien?
¿Y por qué no adorar todo lo que en sus santos designios
permite, a excepción del pecado, que detesta y nosotros hemos de
detestar con El?» Por lo demás, nos dice el venerable Luis de
Blosio, «considerad que las tentaciones son en los designios de Dios
pruebas destinadas a hacer resaltar en todo su brillo vuestro amor por El,
lecciones que os enseñarán a compadeceros de los que como vos
serán blanco de los tiros del enemigo, medios de expiar nuestros
pecados y prevenir nuestras faltas, disposiciones para más abundantes
gracias contra el orgullo, pues os harán sentir que sin su gracia nada
podéis». ¡Qué
lección de humildad! «Cuando un alma -dice San Alfonso- es
favorecida de Dios mediante las consolaciones interiores, fácilmente
se cree capaz de vencer todos los ataques de sus enemigos y de salir airosa
en cualquier empresa que interese a la gloria de Dios; mas, cuando es
rudamente combatida, y se ve ya al borde del precipicio y a punto de caer,
siente su miseria y su impotencia para resistir, si Dios no viene en su
ayuda.» Luces particulares sobre la humildad pudieran proporcionarle
yana complacencia, pero la tentación le muestra hasta la saciedad su
miseria con toda su desnudez. Se embriagaría quizá con los
dones y favores celestiales, mas la tentación la impide elevarse, o la
sumerge en el fondo de la nada. Los santos mismos hubiéranse perdido
por el orgullo, pero la tentación fue el contrapeso providencial; y
así, Dios los hundió en un abismo de humillación para
elevarlos a las cumbres de la santidad. Así, el Apóstol, vuelto
del tercer cielo, había de ser abofeteado por Satanás; Santa
Catalina de Sena, después de sus íntimas comunicaciones con
Nuestro Señor, San José de Cupertino después de sus
maravillosos éxtasis, sintieron cruelmente el aguijón de la
carne; San Alfonso, ese maestro incomparable, ha de ser atormentado con
escrúpulos más que el último de sus discípulos. «Es necesario -dice
nuestro Padre San Bernardo- que haya tentaciones, porque nadie puede ser
legítimamente coronado sin haber combatido, y para combatir es forzoso
tener enemigos. Por el contrario, cuantos más actos de resistencia,
más coronas.» De no ser así, nos dormiríamos sobre
los laureles; pero en el campo de batalla no hay más remedio que
vencer o morir, y para no perecer, se vela, se ora, se obedece, se humilla,
se mortifica, se hace cien veces más que fuera de peligro. El demonio
nos persigue por odio y nos fuerza, por decirlo así, a caminar,
convirtiéndose de este modo, a pesar de su malicia, en factor importantísimo
para nuestro progreso espiritual. He aquí, concluye San Alfonso, por
qué permite Dios con frecuencia que las almas que le son más
queridas, sean las más probadas por la tentación, con lo que
adquieren más méritos en la tierra y mayor gloria en el cielo.
Al verse embestidas por tantos enemigos, despréndense de la vida
presente, desean con ansia la muerte, a fin de volar hacia Dios y no estar
expuestas a perderle. Cuando alguien, pues, se vea en medio de tentaciones
(con tal que cumpla con su deber), en vez de abrigar temores de no estar en
gracia de Dios, debe confiar más en que es amado. Sería, pues, un
error turbarse por el sólo hecho de que la tentación es
frecuente y violenta; y no se obraría con menor desacierto,
temiéndola con exceso. «Pues -dice Santa Teresa- si este
Señor es poderoso, como veo que lo es y sé que lo es, y que son
sus esclavos los demonios, y de ésta no hay que dudar, pues es de fe,
siendo yo sierva de este Señor y Rey, ¿qué mal me pueden
ellos hacer a mí? ¿Por qué no he de tener yo fortaleza
para combatir con todo el infierno? Tomaba una cruz en la mano y
parecía verdaderamente darme Dios ánimos, que yo me vi otra en
breve tiempo, que no temería tomarme con ellos a brazos, que me
parecía fácilmente con aquella cruz los venciera a todos; y
así dije: Ahora venid todos, que siendo sierva del Señor, yo
quiero ver qué me podéis hacer. »Es sin duda, que
me parecía que me habían miedo, porque yo quedé sosegada
y tan sin temor de todos ellos, que se me quitaron todos los miedos que
solía tener hasta hoy: porque aunque algunas veces los veía,
como diré después, no les he habido más casi miedo,
antes me parecía que ellos me le habían a mí.
Quedóme un señorío contra ellos, bien dado del
Señor de todos, que no se me da más de ellos que de moscas.
Parécenme tan cobardes, que en viendo que los tienen en poco, no les
queda fuerza, no saben estos enemigos de hecho acometer, sino a quien ven que
se les rinde, o cuando lo permite Dios, para más bien de sus siervos,
que los tiente y atormente. Pluguiese a su Majestad, temiésemos a
quien hemos de temer y entendiésemos nos puede venir mayor daño
de un pecado venial, que de todo el infierno junto, pues es ello
así». El piadoso Obispo de Ginebra hablaba de idéntica
manera a Santa Juana de Chantal: «Se han renovado vuestras tentaciones
contra la fe, os acosan por todas partes; pero pensáis demasiado en
ellas, las teméis mucho, os precavéis en demasía de
ellas. Estimáis la fe y no quisierais que os viniera un solo
pensamiento contrario, y paréceos que todo la perjudica. No, en
ninguna manera; no toméis el susurro de las hojas por el choque de las
armas. Nuestro enemigo es un consumado alborotador, pero no os asuste la
noticia, que bien ha gritado en derredor de los santos y armado gran algazara,
y a pesar de todo ¡ahí los tenéis colocados en el lugar
que perdió el miserable! No nos espanten sus baladronadas, pues como
sabe que no puede causarnos daño alguno, pretende siquiera infundirnos
miedo, y con el miedo inquietarnos, y con la inquietud fatigarnos, y con la
fatiga hacernos sucumbir. No temamos sino a Dios, pero que este temor sea
amoroso. Tengamos bien cerradas las puertas, cuidemos de no dejar derrumbar
las murallas de nuestras resoluciones, y vivamos en paz.» Que la tentación
es horrible, que os impresiona, que os sentís inclinado al mal; no
importa, la impresión no es más que un sentimiento, y os
humilla, pero no os hace culpable. Sentir no es consentir. Todo cuanto sucede
en la parte inferior del alma: imaginaciones, recuerdos, impresiones, movimientos
desarreglados, todo está en nosotros, pero no es vuestro, y por su
naturaleza es indeliberado e involuntario, y lo que constituye el pecado es
solamente el consentimiento. La inclinación es una enfermedad de la
naturaleza, no un desorden de la voluntad. El placer pecaminoso solicita al
mal y constituye el peligro, mas no es imputable sino en cuanto la voluntad
lo busca o acepta. Por fuertes que sean las sugestiones del demonio, sean
cualesquiera los fantasmas que bullan en vuestra imaginación, si esto
sucede a pesar vuestro, lejos de manchar vuestra alma, la vuelven más
pura y agradable a Dios. Una amarga pena se apodera de vosotros en las
tentaciones de impureza, de odio, de aversión, u otras semejantes: el
temor de haber sucumbido os atormenta y agita, pero ese mismo temor es
señal evidente de que conserváis en alto grado el temor de
Dios, el horror al pecado, la voluntad de resistir. Es moralmente imposible
que un alma así dispuesta cambie en un momento, y preste al pecado mortal
pleno y absoluto consentimiento sin que lo advierta con toda claridad. Todo
lo más que puede suceder es que, dada la fuerza o frecuencia de la
tentación, haya habido alguna negligencia, un momento de sorpresa, por
ejemplo, un deseo comenzado de vengarse, movimientos de complacencia
semivoluntarios, mas no consentimientos plenos, enteros, deliberados, que en
esta situación de alma no son posibles, o por lo menos sería
muy fácil de conocer la transición entre un horror invencible
al pecado mortal y su aceptación plena y entera. Sin embargo, no debemos
desear las tentaciones, a pesar de las preciosas ventajas que de ellas se
puedan reportar, pues constituyen una excitación actual al mal y un
peligro para vuestra alma. Conviene, por el contrario, pedir a Dios que nos
preserve de ellas, en particular de aquellas a las que sucumbiríamos
sin remedio. Como dejamos dicho, hemos de resignarnos a sufrir la
tentación, si tal es el beneplácito divino, mas a
condición de hacer todo cuanto su voluntad significada disponga, para
prevenirla o para triunfar de ella. Entonces, sin perder un momento el
ánimo, es preciso poner nuestra confianza en Dios, abandonarnos a su
dulce providencia y no temer nada; oraremos, combatiremos y, siendo El quien
nos expone al combate, no nos dejará solos ni permitirá que
sucumbamos. No impide ciertamente el
Santo Abandonó el deseo moderado de quedar libre de esta peligrosa
prueba, pero sí desecha la inquietud y el exceso de este deseo.
«En cuanto a vuestras inveteradas tentaciones, decía a Santa
Juana de Chantal su sapientísimo Director, no tengáis tanto
empeño en veros libre de ellas, ni os amedrentéis por sus
ataques, de los que, Dios mediante, os veréis pronto libre; así
se lo suplicaré yo, pero os lo aseguro que resignándome siempre
a su divino beneplácito, mas con una resignación dulce y
alegre. Deseáis con toda vuestra alma que Dios os deje en paz por este
lado, sin embargo, por lo que a mí toca, deseo que Dios esté
tranquilo por todos lados, que ninguno de nuestros deseos sea contrario a los
suyos. No quiero que deseéis con deseo voluntario esta paz
inútil y quizá perjudicial; lo que quiero es que no os
atormentéis con estos deseos ni con otro cualquiera. Nuestro
Señor nos dará la paz cuando nos sometamos dulcemente a vivir
en guerra. Mantened firme vuestro corazón: Nuestro Señor os
ayudará, y nosotros por nuestra parte lo amaremos de todo
corazón.» |