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Dom Vital Lehodey
El Santo Abandono
3. Ejercicio del
Santo Abandono
12. LAS
TINIEBLAS, LA INSENSIBILIDAD, ETC.
Parécenos haber
dicho lo bastante respecto a las penas interiores, pero comoquiera que vienen
a constituir la más pesada de las pruebas, nunca se estará
sobradamente armado para aguantar el choque. Aun a riesgo de repetirnos,
vamos a considerar con brevedad sus formas más dolorosas: las
tinieblas del espíritu, la insensibilidad del corazón, la
impotencia de la voluntad, y como consecuencia, la pobreza espiritual.
Provienen a veces estas
penas del agotamiento físico, y el remedio será entonces
proporcionar al cuerpo algo más de vigor. También pueden tener por
causa la tibieza de la voluntad y el hábito del pecado. Estos dos
azotes tienen el triste secreto de robar progresivamente la luz, la
delicadeza, la fuerza y la abundancia, y de conducir a la ceguera, al
endurecimiento, al entorpecimiento y a la miseria. Mas en este caso, es la
voluntad lo que se ha desviado: sin energía ya para cumplir el deber,
ha dejado a la negligencia mezclarse en todo, lo mismo en las oraciones que
en el trabajo interior y que en las obligaciones diarias, todo lo ha estragado
la pereza. ¡Que el tibio y el pecador sacudan sin dilación este
entorpecimiento de muerte y se apresuren a volver al fervor! : es todo lo que
hemos de decirles. - Empero, las penas de que hablamos pueden ser
involuntarias. El alma continúa siendo realmente generosa, y como no
se siente movida por la devoción sensible, parécele hallarse
sin fuerzas y sin vida, y no experimenta la impresión de hallar a Dios
y gozar de su dulce presencia en la medida de sus deseos. Con todo, le busca
lo mejor que puede, hace lo que está de su parte en la oración
y fuera de ella, cueste lo que cueste y sin dejarse arredrar por la fatiga.
Evidentemente el resultado no parece glorioso, por más que la voluntad
no se separa un punto del deber. A estas almas generosas es a quienes nos dirigimos
para decirles: «¡Paz a los hombres de buena voluntad! »
Dios sólo es la causa de vuestro dolor; poneos por completo en sus
manos y soportad con confianza su operación dolorosa, pero llena de
vida.
Artículo 1º.- Las tinieblas del espíritu
Somos «hijos de la
luz», y debemos amar la luz. Nunca poseeremos con sobrada abundancia la
ciencia de los santos, nunca nuestra fe será suficientemente clara,
sino que, por el contrario, quedará siempre oscura aquí abajo,
sin llegar a ser clara visión. Sin embargo, la sombra disminuye, la
luz aumenta con el estudio y la meditación, y mejor aún, a
medida que el alma se hace más pura y se une más a Dios.
Asimismo en nuestra conducta preferimos con razón el camino de la luz,
por cuyo medio se ve con claridad el deber. ¡Es tan dulce y tan animosa
la seguridad de que se hace la voluntad de Dios!
Mas el Señor no
quiere que siempre tengamos esta consolación. «Hoy -dice el
venerable Luis de Blosio- el Sol de justicia extiende sus rayos sobre nuestra
alma, disipa sus tinieblas, calma sus tempestades, os comunica una dichosa
tranquilidad; pero si este astro brillante quiere ocultar su luz,
¿quién le forzará a esparcirla? Pues no dudéis
que se oculta algunas veces, y preparaos para estos momentos de oscuridad en
que, desapareciendo estas divinas claridades, quedaréis sumergidos en
las tinieblas, en la turbación y en la agitación.»
La sequedad obstinada
llega a ser una verdadera noche, a medida que los pensamientos vienen a ser
más claros y los afectos más áridos. Dios cuenta con
otros muchos medios para producir las tinieblas y hacerlas tan densas como le
agrade, sea que se trate de nuestra vida interior o de la conducta del
prójimo. Aterrada, desconcertada, el alma se preguntará si
quizá Dios se habrá retirado descontento. Le parecerá
que son inútiles sus trabajos, y que no adelanta ni en la virtud ni en
la oración, y hasta es posible que el tentador abuse de esta dolorosa
prueba para dar sus más terribles asaltos. Y «como por una parte
-dice San Alfonso- las sugestiones del demonio son violentas, y la
concupiscencia está excitada, y por otra, el alma en medio de esta
oscuridad, sea cualquiera la resistencia de la voluntad, no sabe con todo
discernir suficientemente si resiste como debe, o si consiente en las
tentaciones, teme más y más haber perdido a Dios y hallarse por
justo castigo de sus infidelidades en estos combates, abandonada por completo
de El». Si pruebas de este género se repiten y se prolongan,
pueden llegar a concebir crueles inquietudes aun respecto a su eterna salvación.
Alma de buena voluntad,
¿por qué tales temores? Dios ve el fondo de los corazones,
¿y va a ignorar que deseáis ser toda suya, y que vuestro
único deseo es agradarle? ¿Ha cesado El de ser la bondad misma?
En el fondo de sus amorosos rigores, ¿no veis su apasionada ternura
santamente celosa de poseeros por completo? Sea que castigue vuestras
infidelidades o que acumule pruebas, siempre es su corazón quien
dirige a su mano. Tiene, empero, para con vos ese amor sabio y fuerte que
prefiere la eternidad al tiempo, el cielo a la tierra; se propone haceros
andar lo más posible por los caminos de la santidad. Son, pues, sus
rigores la prueba de su amor, así como también la señal
de su confianza. Cuando erais débil aún, os atraía por
medio de las caricias y tomaba mil precauciones, pero entre tantas dulzuras y
miramientos no hubierais muerto vos mismo. Ahora que habéis cobrado
fuerzas, deja de echar mano de ellos; «os priva de sus consolaciones, a
fin de elevaros sobre la grosería de los sentidos y uniros a Sí
de modo más excelente, más íntimo y más
sólido mediante la fe pura y el puro espíritu. Para que esta
purificación sea completa, es necesario que las privaciones se unan a
los sufrimientos, al menos interiores, a las tentaciones, a las angustias, a
las impotencias que a veces llegan hasta una especie de agonía. Todo
esto sirve maravillosamente para librar al alma de su amor propio».
Después de esta
advertencia general, examinaremos brevemente las principales pruebas de este
género.
Desde luego,
ofrécese la incertidumbre sobre el valor de nuestras oraciones, que
nos parecen insignificantes. Busquemos los medios de conservarnos atentos a
Dios y hagamos cuanto esté de nuestra parte, pues El sabrá
entender lo que hemos sabido decirle, y aceptará con agrado nuestra
buena voluntad, y con ella se dará por satisfecho; que si es verdad
que exige los esfuerzos, no pide, sin embargo, el éxito. La
oración hecha en estas condiciones será sin consolación,
mas no sin fruto: puesto que es poderosa para mantenernos fieles a todos
nuestros deberes, ilumina y alimenta más de lo que cabe pensar. Por lo
demás, «la experiencia me ha enseñado -dice el P. de
Caussade- que todas las personas de buena voluntad que se lamentan de esta
suerte, saben orar mejor que las otras, porque su oración es
más sencilla y más humilde».
Existe además la
incertidumbre sobre el valor de nuestros actos de virtud. Mas «una cosa
es-dice San Alfonso- hacer un buen acto: como rechazar la tentación,
esperar en Dios, amarle, querer lo que El quiere, y otra conocer que se hace
efectivamente este acto bueno. Este segundo punto, o sea, el conocimiento que
tenemos de haber hecho algún bien, nos produce un gozo, pero el
mérito del acto radica en el primero, es decir, en la ejecución
de la buena obra. Conténtase, pues, Dios con el primero, y priva al
alma del segundo, para quitarle toda satisfacción que nada
añade al valor del acto, y El prefiere nuestro mérito a nuestra
satisfacción». A Santa Juana de Chantal, que sufría terriblemente
con esta pena, consolábala San Francisco de Sales en estos
términos: « El punto culminante de la santa religión es
contentarse con actos desnudos, secos e insensibles, ejercitados por la sola
voluntad superior. Hemos de adorar la amable Providencia y arrojarnos en sus
brazos y en su regazo amoroso. Señor, si tal es vuestro
beneplácito que yo no tenga gusto alguno por la práctica de las
virtudes que vuestra gracia me ha otorgado, me someto a ello plenamente,
aunque sea contra los sentimientos de mi voluntad; no quiero satisfacción
de mi fe, ni de mi esperanza ni de mi caridad, sino poder decir en verdad,
aunque sin gusto y sin sentimiento, que moriría antes que abandonar mi
fe, mi esperanza y mi caridad.»
Otra incertidumbre versa
sobre la victoria en las tentaciones, la cual es más penosa que el
mismo combate, aunque éste hubiese sido tan tenaz y persistente que
rayase en la obsesión. Que las almas de buena voluntad cobren
ánimo y se tranquilicen: en los sentidos y en la imaginación
pueden pasar multitud de cosas que no son actos voluntarios, en los que, por
consiguiente, no hay pecado. Se habrá resistido como se debía,
mas las tinieblas en que el alma se halla impiden ver con claridad lo que ha
sucedido. La voluntad, sin embargo, no ha cambiado, y pronto lo sabrá
por experiencia: ofrécese la ocasión de ofender a Dios por un
simple pecado venial deliberado y huirá de él cuidadosamente, y
preferiría mil muertes antes que cometerlo. Debe bastarnos haber
velado, orado, luchado generosamente, sin que haya necesidad de estar
completamente seguros de haber cumplido con el deber; y a veces, aun nos
será provechoso no tener esta seguridad, pues en ello ganará no
poco la humildad. Este fondo de corrupción que llevamos dentro de
nosotros mismos, que sin la gracia de Dios nos conduciría a los
desórdenes más espantosos, quiere el Señor
hacérnosle sentir por experiencias mil veces repetidas. La evidencia
de la victoria aminoraría la humillación, hasta pudiera poner
en peligro la humildad, y Dios, dejándonos en la incertidumbre,
refuerza la humillación y protege la humildad. Dura es la prueba, pero
nos ofrece la incomparable ventaja de establecer sólidamente una
virtud que es la base de la perfección.
En estas circunstancias
puede haber una incertidumbre sobre el estado de nuestra alma:
¿Habremos quizá sucumbido? ¿Estamos aún en gracia
de Dios? No os empeñéis con un ardor inquieto en aseguraros de
ello, nos dice San Alfonso. «¿Queréis tener la seguridad
de que Dios os ama? Mas, en este momento, Dios no quiere dároslo a
conocer; quiere que no penséis sino en humillaros, en confiar en su
bondad, en someterse a su santa voluntad. Por lo demás, es una
máxima recibida como incontestable por todos los maestros de la vida
espiritual, que cuando una persona timorata está dudosa de haber
perdido la gracia, es cierto que no la ha perdido, pues nadie pierde a Dios
sin saberlo con certeza. Otra prueba de que os encontráis en gracia de
Dios es, según San Francisco de Sales, esa resolución que al
menos en el fondo de vuestro corazón tenéis de amar a Dios y de
no ocasionarle con propósito deliberado el más leve disgusto.
Abandonaos, pues, en los brazos de la divina misericordia; protestad que no
deseáis sino a Dios y su beneplácito, y desechad todo temor.
¡Cuánto agradan al Señor los actos de confianza y de
resignación hechos en medio de estas densas tinieblas!»
La más dolorosa de
todas estas incertidumbres es la que se refiere a nuestro porvenir eterno. Si
no es por revelación divina, nadie sabe con certeza absoluta si
actualmente es digno de amor o de odio, y mucho menos todavía, si ha
de perseverar o ha de tener un fin desgraciado. Dios es quien quiere esta
incertidumbre, sin la que correríamos el peligro de adormecernos en la
pereza o exponernos con loca temeridad. Por su mediación nos conserva
Dios en humilde desconfianza de nosotros mismos y en celo siempre vigilante;
afirma además su soberano dominio sobre nosotros recordándonos
nuestra absoluta dependencia, nos hace sentir la incesante necesidad de orar,
de velar, de mortificarnos, de multiplicar nuestras obras santas, y da mayor
lustre y valor a nuestra fe, a nuestra confianza, a nuestro abandono.
Adoremos esta admirable disposición y, lejos de dejarnos arrastrar por
un temor desconfiado y de perder el ánimo, cultivemos con solicitud
este temor amoroso que estimula la actividad y pone en guardia contra sus
peligros. La manera más cierta de asegurar el porvenir es santificar
el momento presente. El autor de la Imitación nos muestra a un hombre
preocupado de su eternidad, hasta el extremo de ser presa de la inquietud y
de la agitación. «Con frecuencia fluctuaba entre el temor y la
esperanza. Un día, abrumado de tristeza, se dirige a una iglesia, y
orando ante el altar y revolviendo en sí mismo los pensamientos que le
acongojaban dijo: ¡Oh, si supiera que había de perseverar! Al momento
oyó en su interior esta respuesta de Dios: ¿Qué
harías si lo supieses...? Haz ahora lo que entonces querrías
hacer y estarás seguro. - Consolado y lleno de valor,
abandonóse en seguida al divino beneplácito y
desapareció su ansiedad, y no quiso en adelante indagar con curiosidad
lo que le había de suceder, sino más bien cuál era por
el momento la voluntad de Dios y su beneplácito, para emprender todo
género de buenas obras y llevarlas a buen término.»
Este obró como
cuerdo. Por nuestra parte, no pensemos sino en obrar con confianza, en
cumplir asiduamente nuestros deberes, en vivir así en humildad, en la
abnegación, en la obediencia y en el santo amor. Y Dios, que es la
bondad personificada, el dulce Salvador que ha dado la vida por sus enemigos,
el buen Pastor que corre tras la oveja rebelde y obstinada, jamás
permitirá que un alma de buena voluntad termine miserablemente una
vida santa. Por lo demás, no cesemos de implorar la gracia de la
perseverancia final, y pidámosla por mediación de nuestra Madre
del Cielo, que un alma devota de María no puede perderse eternamente.
Puede haber
también otras muchas especies de oscuridades, y por más que se
tomen todas las precauciones para hacer la luz en rededor suyo, siempre se
padecerá la falta de claridad, sea en la vida interior, sea en el modo
de conducir al prójimo, y por una permisión divina
surgirán las tinieblas de todas partes. Sea cual fuere su naturaleza y
por espesas que se las suponga, nos dejan la razón y la fe: tanto al
Pastor como al simple fiel les quedará la Iglesia, el Evangelio, los
buenos libros y la dirección; y al religioso le quedan sus Superiores
y su Regla. ¿No es esto bastante para orientarnos con seguridad hacia
el puerto de la eterna felicidad? La prueba, pues, no nos priva sino de las
luces especiales, radiantes y deliciosas que por cierto nos proporcionan un
precioso suplemento de fuerza, del que, sin embargo, es fácil abusar.
En todo caso no son necesarias y si Dios nos las quita sin culpa nuestra, El
sabrá hacer que hallemos mediante el abandono y los esfuerzos una
superabundante compensación. Dejemos, por tanto, que Dios nos conduzca
a su placer, y aun entre las desolaciones y tinieblas confiémonos a
este Padre infinitamente bueno y sabio y no tengamos otro cuidado sino el de
cumplir sus voluntades.
De este modo se
conducía Santa Teresa del Niño Jesús: «Doy gracias
a mi Jesús, escribía, por hacerme caminar entre tinieblas, pues
encuentro ahí una paz profunda. Gustosa consiento en permanecer toda
mi vida religiosa en este oscuro subterráneo en que me ha hecho
entrar, y solamente deseo que mis tinieblas obtengan la luz para los
pecadores. Soy feliz así, muy feliz de no tener ninguna
consolación.»
Artículo 2º.- La insensibilidad del
corazón, los disgustos, etc.
Lo repetimos de nuevo,
que aquí no se trata de un alma esclava de sus pasiones o debilitada
por la tibieza voluntaria, sino de aquella que desea resueltamente ser toda
para Dios.
«Es triste tener
que cumplir los más religiosos deberes con un corazón
frío y un espíritu disipado, el ir a ellos siempre sin
interés alguno y tener que arrastrar su corazón como por
fuerza, el hallarse insensible y con estúpida indiferencia en
presencia de Dios, meditar sin afecto, confesarse sin dolor, comulgar sin
gusto y aun con menos satisfacción que comiendo el pan material,
sufrir por fuera sin estar consolado por dentro, llevar pesadas cruces sin
sentir esa unción secreta que las dulcifica.» He aquí
nuestra prueba admirablemente descrita por el P. de Lombez, mas, ¿qué
pensar de ella?
«Este estado,
continúa diciendo, es harto mortificante, pero sin embargo,
está ordenado con mucha sabiduría por la Providencia de un Dios
que conoce perfectamente sus derechos y nuestras necesidades. Sois justo,
Señor, y todas vuestras determinaciones son dictadas por la misma
equidad; mas vuestra misericordia siempre va mezclada en vuestros consejos...
(Alma de buena voluntad), Dios te retira sus consolaciones ora para castigar
tus faltas, ora para aumentar tus méritos. Si es para castigar tus
faltas, ¿por qué no vuelves tu disgusto contra ti misma? Si es
para aumentar tus méritos, ¿por qué te quejas de El? Si
te trata como mereces, ¿qué mal te hace? Si quiere acrecentar
tus méritos, ¡cuán reconocida no le debes estar!
¿Temes que te haga expiar con sobrada facilidad tus pecados en este
mundo, o que mediante ligeros padecimientos te haga demasiado feliz en el
otro? Por más que reflexiones, esos que tú llamas rigores,
deben necesariamente tener una de estas dos causas: Dios no aborrece su obra,
y no llama al hombre a su servicio para hacerle desdichado.»
Con tal que nuestra
voluntad se mantenga firme y generosa, evitemos la inquietud.
Pongámonos en manos de Dios como un enfermo en las del médico,
pues en estas circunstancias es cuando se entregará de lleno a
curarnos y salvarnos. El amor propio querría que nuestra
contrición se tradujese en torrentes de lágrimas, nuestro amor
a Dios en dulces efusiones de ternura; querría conocer, ver y sentir
cada uno de nuestros actos de virtud para asegurarse de ellos, para solazarse
o complacerse en ellos. Tan miserables somos durante la vida, que todo don
conocido corre riesgo de convertirse en veneno por este sutil amor propio. He
aquí lo que obliga en cierta manera a Dios a ocultarnos las gracias
que nos concede: nos conserva la sustancia de ellas, nos quita lo que brilla
y nos halaga. Si entendiéramos bien nuestros intereses,
miraríamos esta conducta de Dios como preciado favor, y nunca
besaríamos su mano con más confianza, que cuando parece que la
deja caer con todo su peso sobre nosotros. En efecto, cuando la naturaleza
padece esas interiores crucifixiones y se desespera de no hallar remedio
alguno en ellas, el amor propio es quien se encuentra reducido a la
agonía y se ve a punto de expirar. ¡Muera, pues, este miserable
amor desarreglado! ¡ Sea crucificado este enemigo doméstico de
nuestras pobres almas, este enemigo de Dios y de todo bien!
Pero, diréis,
¿y esta espantosa indiferencia para con Dios? - Es tan sólo
aparente, y en la parte inferior, puesto que la voluntad permanece fiel a
todos sus deberes. La parte superior busca a Dios, y El no la pide
más. He aquí una prueba evidente; estáis desolada en
todos vuestros ejercicios por sentir que no amáis a Dios como lo
deseáis, y no sabéis más que lamentaros amargamente:
Dios mío, luego no os amo. ¡Qué violento y profundo debe
ser el deseo interior de permanecer fiel por completo, pues el temor solo de
no amarle os aflige hasta este extremo! Es señal cierta de que en
medio de vuestras frialdades, de vuestras insensibilidades, de vuestra
aparente indiferencia, Dios ha encendido en vuestro corazón el fuego
de un amor grande que cada vez se hace interiormente más intenso,
más profundamente ardoroso con los mismos temores de no amarle. Son,
pues, vuestras angustias las que precisamente debieran tranquilizaros. Hay,
sin embargo, otra prueba aún mejor: es que nuestros actos, para que
sean agradables a Dios, en manera alguna necesitan emociones. Por su
naturaleza son espirituales, y se elaboran en la parte superior del alma.
Cuando la parte inferior preste su concurso, o permanezca inerte, e incluso
trabaje en contra, todo esto será siempre secundario. Lo esencial es
que la contrición cambie la voluntad, y no que haga correr las
lágrimas, que el santo amor una fuertemente nuestro querer al de Dios,
y no que se traduzca en efusiones de ternura. Otro tanto ha de decirse de las
virtudes. Para obtener este resultado, no es necesaria la sensibilidad;
ésta viene a ser perjudicial tan pronto como se convierta en
pábulo del amor propio. Tal es el obstáculo que Dios se propone
destruir con esta insensibilidad del corazón. Dolorosa es esta
operación, mas eminentemente saludable, y en lugar de quejamos
amargamente de ella, besemos con reconocimiento la mano de Dios que nos hace
sufrir para curarnos.
La insensibilidad del
corazón es una abrumadora pena, al menos para el alma que aún
no ha llegado al perfecto abandono; pero la prueba toma más
incremento, cuando a la privación del piadoso sentimiento vienen a
añadirse los disgustos, las repugnancias, las rebeliones interiores,
que sobreexcitan a la naturaleza ante los grandes sacrificios, o cuando la
copa está ya llena. Nada culpable hay en estas repugnancias y las
rebeliones, con tal que se las sufra con paciencia y la voluntad no se deje
arrastrar; sólo falta entonces la impresión sensible de la
sumisión, puesto que nuestra voluntad permanece unida a la de Dios y
fiel a todos sus deberes. Recuérdese la agonía de Nuestro
Señor en el Huerto de los Olivos, y se comprenderá que la
amargura del corazón y la violencia de las angustias no son
incompatibles con una sumisión perfecta. Las rebeliones no
están sino en la parte inferior, mientras que en la superior
continúa reinando la sumisión.
Guardémonos bien
de creer que estas pruebas constituyen un obstáculo, sino que por el
contrario, dice el P. de Caussade, tales son las luchas íntimas de que
habla San Pablo, y después de él todos los Maestros de la vida
espiritual; tal el combate por el que el verdadero justo se sustrae al
dominio de los sentidos; tales las gloriosas victorias que nos procuran en
este mundo la paz y la sumisión relativa de la parte inferior, y en el
cielo la posesión de Dios. Apréndese en estas tempestades a
desprenderse de todo, a hacer frecuentes y penosos sacrificios, a vencerse en
no pocas cosas, a practicar singularmente la paciencia, la humildad, el
abandono. Todo esto se ejecuta en la parte más interior del
espíritu casi sin nosotros conocerlo, a pesar de las apariencias,
hasta el punto de que muchas veces tenemos la sumisión creyendo no
tenerla. Lejos de ser una señal de alejamiento de Dios, estos
disgustos constituyen una gracia mucho mayor de lo que pudiéramos
pensar; pues, dejándonos penetrados de nuestra debilidad y
perversidad, nos disponen a esperarlo todo de la divina Bondad.
Nada hagamos en este
estado contra las órdenes de Dios, ni nos lamentemos desesperadamente,
sino que más bien pronunciemos con humildad nuestro fiat; ved
ahí la perfecta sumisión que nace del amor y del más
puro amor. ¡Ah, si en ocasiones semejantes supiéramos permanecer
en respetuoso silencio de fe, de adoración, de humildad, de abandono y
de sacrificio, entonces encontraríamos el gran secreto que santifica y
hasta endulza las amarguras! Es preciso ejercitarse y formarse poco a poco,
guardarse mucho de la turbación si se ha faltado, pero en seguida
volver a este filial abandono con humildad apacible y tranquila. Entonces
podemos contar con los auxilios de la gracia. Cuando Dios nos envía
grandes cruces y nos ve deseosos de soportarlas bien, no deja nunca de sostenemos
invisiblemente, de suerte que la magnitud de la prueba corra parejas con la
magnitud de la fuerza y de la paz, y aun a veces sea superada. Por lo
demás, no conviene abandonar la oración, ni suprimir nuestros
actos interiores por áridos, pobres y miserables que puedan parecer;
que si no tienen sabor para nosotros, lo tendrán muy mucho para Aquel
que ve vuestra buena voluntad. ¡ Felices las almas que a ejemplo de
Santa Teresa del Niño Jesús, tiene por ideal consolar a su buen
Maestro y no exigir que El les consuele siempre!
Artículo 3º.- Las impotencias de la voluntad
¿Proviene
quizá esta dificultad del agotamiento físico? El remedio
sería dar al cuerpo un poco de vigor.
Las almas menos
adelantadas, los tibios y los pecadores, son molestados en su acción
por sus grandes y pequeñas pasiones: que practiquen la penitencia y la
mortificación interior y poco a poco se verán libres de sus
lazos.
Un alma que es toda de
Dios, sin haber pasado aún el camino ordinario, puede ser probada por
una profunda aridez de sentimientos, por esas tinieblas y esta insensibilidad
de que hemos hablado, y esto basta para que experimente cierta impotencia en
la práctica de las virtudes, y sobre todo en la oración.
En esta alma, la
impotencia para practicar las virtudes no es sino relativa, es más
aparente que real. Es ante todo una impotencia para practicarlas con
sentimiento; y por aquello de que no siente ni el amor, ni la
contrición, ni las otras virtudes, se figura que no las tiene y que no
hace nada. Pero es una ilusión: una cosa es, según queda dicho,
producir actos buenos, y otra sentir su impresión. Dios pide las
obras, mas no exige el sentimiento. Es más: si permaneces fiel a todos
los deberes sin el apoyo de los consuelos y dulzuras, la buena voluntad es más
agradable a Dios y más meritoria para nosotros, porque ha sido
necesario más espíritu de sacrificio. Quizá exista
aún alguna otra causa de ilusión: se habían formado
grandes proyectos, soñado con virtudes heroicas, acariciado un ideal
más o menos quimérico. Al no conseguir dicho objeto, se
desvanecen vanas esperanzas y nos despojamos un poco de nuestro orgullo.
Lejos de contristamos por ello, habíamos de bendecir a Dios que nos
conserva en la humildad y nos llama a la realidad. A pesar de todas las
decepciones de este género, una cosa seguirá siendo enteramente
posible, y es lo que forma la esencia de la santificación, es decir,
la guarda de las leyes de Dios y de la Iglesia, y nuestras obligaciones. Un
religioso observará siempre sus votos, amará su Regla,
obedecerá a sus Superiores, vivirá en paz con sus hermanos,
gobernará sus pasiones, ofrecerá a Dios sus actos,
soportará con paciencia sus penas, y de esta manera atesorará
un caudal inapreciable de virtudes y méritos. ¿Qué
más se necesita? Este es el verdadero camino de la perfección,
camino enteramente seguro y que nos ofrece horizontes dilatados.
La impotencia puede
manifestarse sobre todo con respecto a los actos interiores y a la
oración, y aun aquí no es sino relativa. «Siéntese
el alma -dice San Alfonso- como incapaz de elevarse a Dios y de producir acto
alguno de caridad, de contrición, de resignación. Pero,
¿qué importa? Basta hacer un ensayo, aunque sólo sea con
la parte superior de la voluntad. Entonces, por más que estos actos
estén para vos desprovistos de fervor y de gusto y hasta parezcan
impracticables, Dios los acepta y los tiene por agradables. Sin embargo, aun
en medio de esta oscuridad, una cosa es todavía posible: anonadarnos
delante de Dios, confesar nuestra miseria arrojándonos en el seno de
su misericordia. Y después, no olvidemos que es preciso orar en
cualquier estado en que nos encontremos; en las tinieblas y en la luz es
preciso clamar a Dios: Señor, conducidme por el camino que os plazca,
y haced que cumpla vuestra voluntad, pues no quiero otra cosa.»
Si apenas acertamos a
expresar nuestros deseos, palabras y sentimientos, podemos al menos
mantenernos con espíritu de fe en la presencia de Dios con un real
deseo de recibir su gracia según nuestras necesidades, lo que
constituye una verdadera oración, porque Dios ve la preparación
de nuestro corazón, y entiende lo que nosotros no sabemos decirle. En
una palabra, nuestra impotencia se refiere tan sólo a lo que Dios no
quiere de nosotros en este momento, y por tanto, no nos sería
conveniente salir airosos como fuera nuestro deseo.
Quizá el buen
Maestro quiere tan sólo probarnos para que arraiguemos más
hondo en la humildad, en el desasimiento, en el santo abandono. Para esto,
suprimirá las consolaciones sensibles y las dulzuras espirituales,
reemplazándolas con la oscuridad, con la insensibilidad, y aun con el
hastío. Nos convendrá mantenernos constantes en nuestro deber,
no descuidar la oración, sino soportar animosamente la prueba,
atenuándola, si es posible, por medio de un libro y otras piadosas
prácticas que la experiencia sugiera. Quizá Dios se proponga
hacernos pasar de estas vías comunes a las místicas. Al intento
nos hará suprimir poco a poco los actos discursivos, metódicos,
complicados y variados, para encaminarnos hacia una oración de simple
mirada con actos más breves y menos variados, o en un amoroso
silencio. Esta operación divina es una preciosísima gracia y,
muy lejos de contrariaría, prestémonos a ella con docilidad
llena de confianza. Mas convendrá buscar en algún buen libro, y
con preferencia en un director experimentado, las luces y la dirección
que son entonces particularmente necesarias.
En todo caso, es una
excelente ocasión de progreso espiritual y abandono filial. «No
os alarméis -dice el P. de Caussade- lejos estáis de perder el
tiempo en la oración; la podréis hacer más sosegada,
pero no más meritoria ni más útil, porque la
oración de sufrimiento y anonadamiento, si bien es la más
dolorosa, es también la que más purifica el alma y la que nos
hace morir antes a nosotros mismos, para no vivir sino en Dios y para Dios.
¡ Cuánto me agradan esas oraciones en las que os
mantenéis en presencia de Dios como un jumento, insensible a todo y
oprimido bajo el peso de todo género de tentaciones! ¡Qué
cosa más a propósito para humillar, confundir, anonadar vuestra
alma delante de Dios! Eso es lo que El se propone, y adonde conducen estas
aparentes miserias. Con tal que no sea un obstáculo para cumplir
vuestros ejercicios de piedad, habéis de considerar esa estupidez como
una prueba a que Dios os somete, y que os es común con casi todos los
santos. Sed fiel, que en su aceptación hallaréis un ejercicio
muy meritorio de paciencia, de sumisión, de humildad interior, y no
puede ser perjudicial sino al amor propio que muere poco a poco, y se
aniquila por este medio más eficazmente que con todas las
mortificaciones exteriores... Jamás se llega a la entera desconfianza
de sí mismos y a una perfecta confianza en Dios, sino después
de haber pasado por estos diversos estados de completa insensibilidad y
absoluta impotencia. ¡Dichosos estados que producen tan maravillosos
efectos...! No hay sacrificio, por otra parte, que Dios acepte con mayor
complacencia que esta entera donación de un corazón destrozado
y anonadado; es en verdad el holocausto de agradable olor. Las oraciones
más dulces y más fervientes, las más rigurosas
mortificaciones voluntarias nada tienen de comparable, ni que se le
acerquen.»
San Francisco de Sales
escribía en idéntico sentido a Santa Juana de Chantal:
«¿De qué os quejáis, mujer? No, no conviene ser
mujer, hay que tener corazón de hombre; y con tal que conservemos el
alma firme en la voluntad de vivir y morir en el servicio de Dios, no nos
maravillemos de las tinieblas, ni de las impotencias, ni de los
obstáculos. Allá arriba ya no los habrá, y aquí
es necesario sufrirlos... Quiere Dios que nuestra miseria sea el trono de su
misericordia, y nuestras impotencias el asiento de su omnipotencia.»
El piadoso doctor invita
después a su santa dirigida a permanecer humilde y tranquila, dulce y
confiada en medio de la impotencia y la oscuridad. Quiere que no se
impaciente, que no se turbe, sino que permanezca en sus tinieblas y que
abrace la cruz con ánimo, franca y firmemente.
Artículo 4º.- La pobreza espiritual
¿Qué puede
salir de las tinieblas, de la insensibilidad, de la impotencia, sino la
pobreza espiritual? Así razona el que se halla sumergido en la prueba,
pero se engaña. Desde el momento que la parte superior del alma se
adhiera a la voluntad divina y permanezca fiel al deber, las tinieblas, la
insensibilidad, la impotencia no pasan de la parte inferior, y por
consiguiente, la pobreza sólo será aparente. En realidad, esta
dura prueba es el manantial de una inmensa riqueza sólidamente fundada
sobre la obediencia y la humildad, muy bien preservada de los estragos del
amor propio.
Mas en esto hay
quizá una mala inteligencia: Dios nos gobierna a su manera, y nosotros
habíamos formado otro concepto en este punto; de donde se origina
nuestra turbación, y para disiparla importa conocer mejor las miras de
Dios y entrar de lleno en ellas.
Muy ajenos estamos a
poner trabas a las almas generosas; únicamente querríamos
impedirles hacer grandes jornadas fuera del camino. Por lo general, nuestras
aspiraciones son harto vulgares, y, dado que inutilizamos tantas gracias,
quedaremos muy distanciados de la sublimidad de la gloria a que Dios nos
destinaba. Es, pues, necesario dirigir muy alto nuestros deseos de espiritual
adelantamiento, debiéndolos apoyar en Dios sólo, y regularse
según su beneplácito de tal suerte que queramos nuestra
perfección como Dios la quiere y solamente como El la quiere. El deseo
así formado, aunque lleno de un santo ardor, permanece siempre
tranquilo y sumiso, porque tiene su principio en la gracia y su regla en la
voluntad divina. Otro deseo hay de perfección que no procede
enteramente de Dios, pues se inspira más o menos en nuestro
egoísmo, se guía en parte por la voluntad propia y se
dará por consiguiente a conocer en la inquietud, la turbación,
el apresuramiento. Cuanto nos merece confianza el primero de estos deseos,
tanto hemos de vigilar al otro, en tal forma, que tendamos ardorosamente a la
perfección y a la vez estemos en guardia contra las inspiraciones del
amor propio.
Por fortuna, Dios viene
en nuestra ayuda por medio de estas penas de que hablamos. Por
mediación de ellas nos ofrece un doble socorro tan necesario como
precioso, secunda nuestros deseos de progresar, sosteniéndonos
poderosamente con su gracia invisible, y presérvanos de los ataques
del amor propio, dejándonos sentir la fuerte impresión de
nuestra pobreza. Hemos, pues, de bendecirle no sólo porque le pone
bajo la salvaguardia de la humildad, sino porque también aumenta
nuestro caudal espiritual. Daremos algunos detalles, a fin de aclarar esta
tan consoladora verdad.
¿Se trata de
nuestros pecados y de nuestras imperfecciones? Diremos a Dios desde el fondo
de nuestro corazón: detesto mis faltas y mis miserias y haré
cuanto pueda con vuestra gracia para corregirme. El acude en nuestro auxilio,
pero de tal suerte, que nos asegure la victoria, manteniéndonos, sin
embargo, en el desprecio de nosotros mismos. Tal vez se apoderaría de
nosotros la yana complacencia si hallásemos en nosotros mismos la
energía y el valor. Nos concederá la gracia de vencer en
pequeña escala, es decir, bajo la impresión de nuestra
debilidad, y por tanto, con modestia. Lejos de enorgullecerse, estará
uno convencido de no ser sino la nada más despreciable, y este
descontento de sí producirá la complacencia de Dios. Por otra
parte, cuando se llega a no buscar otra satisfacción que la de agradar
a Dios, nada nos podrá turbar.
«Mientras estemos
en esta vida -dice el P. de Caussade-, no podemos menos de encontrarnos con
muchas imperfecciones y miserias. ¿Deseáis un remedio eficaz
para curarlas...?, detestad desde luego los pecados que son la fuente de
todas ellas, amad o aceptad por lo menos sus consecuencias, es decir, la
abyección y el desprecio que de ellas resulta, y todo sin turbaros,
sin disgusto, ni inquietud, ni desánimo. Tened presente que Dios, sin
querer el pecado, hace de él instrumento muy útil para
conservarnos en la humildad... Y este conocimiento más claro cada vez
de su nada, es el que aumenta la humildad en los santos, mas esta humildad
según Dios es siempre alegre y tranquila. Estáis vivamente
penetrados de vuestras faltas y de vuestros defectos; esto sólo sucede
a medida que Dios se acerca a nosotros, y que nosotros andamos en la luz.
Brillando con mayor intensidad, esta divina luz nos hace distinguir mejor
dentro de nosotros un abismo de miseria y de corrupción, y ese
conocimiento es una de las señales más inequívocas de
progreso en los caminos de Dios.» Tal conocimiento nos turba
quizá mostrándonos muy a las claras nuestra pobreza, siendo
así que por esto mismo debiera de consolarnos y llevarnos al
agradecimiento.
¿Se trata del
adelantamiento en las virtudes? Hablemos así a Dios: No deseo sino
agradaros; deseo el don de oración, el espíritu de
mortificación, todas las virtudes, y os las pido con instancia, y me
propongo trabajar sin descanso en su adquisición. Sin embargo, vuestra
adorable voluntad será constantemente la regla de mis deseos, aun de
los más legítimos y santos. Anhelo mi santificación en
cuanto Vos lo deseáis de mí, pero solamente en la medida, forma
y tiempo que os convenga. Infinitamente sabio y bueno. Dios no puede desechar
los deseos de progresar que El mismo nos ha inspirado, sino que los acoge;
mas para sustraer a los peligros del orgullo nuestros progresos, la
paciencia, la humildad, el amor, el abandono y demás frutos de la
gracia, sabe ocultarlos tan bien, que a las veces no podemos menos de llorar
la presunta ausencia de toda la virtud. Todo esto se lo habíamos de
agradecer, tanto más cuanto que no hay un solo don tan excelente que,
después de haber sido medio de adelantamiento, no pueda convertirse en
tropiezo y obstáculo a causa de las miradas de complacencia y del
apego que mancillan al alma. Ahí estriba el que Dios se vea precisado
a quitarnos lo que nos había dado, pero no lo hace sino para
devolvérnoslo centuplicado, una vez que se haya purificado de esta
maligna apropiación que de sus dones hacíamos sin darnos cuenta
de ello. Por este motivo, aunque trabajando con una piadosa avaricia en
enriquecernos de virtudes, debiéramos decir al Señor: Consiento
en ser privado, en cuanto sea de vuestro agrado, de saber si me habéis
concedido esas gracias o ese progreso, porque soy tan miserable, que todo
bien conocido se me convierte en ponzoña, y estas malditas
complacencias del amor propio vienen a manchar la pureza de mis obras casi
sin yo saberlo y contra mi voluntad. Así, Dios mío, soy yo
mismo quien os liga las manos y os obliga a ocultarme, por vuestra bondad,
las gracias que vuestra misericordia os mueve a concederme.
¿Se trata de los
medios de santificación? Pongámonos en las manos de Dios: El
sabrá elegir para las almas fieles, no los más gloriosos ni los
más conformes a sus deseos, sino los más a propósito
para asegurar su adelantamiento y la humildad. ¿Qué más
habríamos de desear? ¿En qué consiste, pues, el servicio
de Dios, sino en abstenemos del mal, en guardar los mandamientos, en trabajar
a medida de nuestras fuerzas conforme a la voluntad de Dios? Y si esto
hacéis, «¿por qué desear con un ardor inmoderado
las luces del espíritu, los sentimientos, los gustos interiores, la
facilidad en el recogimiento, en la oración o cualquier otro don de
Dios, si a El no le place concedéroslo? ¿No será esto
pretender perfeccionaros a vuestro gusto y no al suyo, seguir vuestra
voluntad y no la voluntad divina, mirar más por vuestra
satisfacción que al agrado de Dios, en una palabra, querer servirle
conforme a vuestro capricho, y no según su beneplácito? -
¿Habré, pues, de resignarme a permanecer toda mi vida
víctima de pobreza, de mis debilidades, de mis miserias? - Sí
por cierto, si así es del agrado de Dios». No es esto sino una
pobreza aparente, pues en el fondo, «riqueza será, y por cierto
inmensa, ser precisamente lo que Dios quiere»; es una sublime
perfección aceptar de buen grado todo lo que Dios hace.
¿Podéis ignorar acaso que constituye una virtud heroica el
saber soportar paciente y constantemente las propias miserias, las
debilidades, la pobreza interior, las tinieblas, las insensibilidades, las
divagaciones, las locuras, las extravagancias de espíritu y de imaginación
-obrando siempre lo mejor que se pueda-? Esto es lo que ha hecho decir a San
Francisco de Sales que los aspirantes a la perfección tienen tanta
necesidad de paciencia y de dulzura para consigo mismos como para con los
demás. Tengamos, pues, paciencia con nosotros mismos, en nuestras
propias miserias, en nuestras imperfecciones y en nuestros defectos, como
Dios quiere que soportemos al prójimo en parecidas circunstancias.
Así es que este
sentimiento de nuestra pobreza no ha de inquietarnos en cuanto al presente,
desde el momento en que realmente tenemos buena voluntad:
«Camináis con seguridad -dice San Juan de la Cruz-; dejaos
conducir y estad contentos. Jamás habéis sido mejores que
ahora, porque nunca habéis sido tan humildes ni tan sumisos.
Jamás os habéis tenido a vosotros mismos y a las cosas del
mundo en tan poca estima. Jamás os habéis creído tan
malos y peores que ahora. Jamás habéis hallado a Dios tan
bueno, ni le habéis servido con más desinterés, ni con
más pureza de intención. Jamás habéis renunciado
mejor que ahora a las imperfecciones de vuestra voluntad y de vuestro
interés personal, que quizá en otros tiempos buscabais.»
En cuanto al porvenir,
sólo os incumbe esforzaros por amar la santa abyección, el
desprecio y horror de vos mismo, que nacen de este vivo sentimiento de
vuestra pobreza. Cuando a esto llegareis, habréis dado un nuevo paso,
aun más decisivo, en vuestro espiritual adelantamiento. Esta aparente
pobreza, bien entendida, humildemente soportada, es uno de los más
preciosos tesoros que un alma puede poseer acá abajo, puesto que este
sentimiento la conduce a una profunda humildad. Por este medio Dios le impide
complacerse y confiar en si misma, dormirse en una perezosa tranquilidad. Le
obliga a obrar su salvación con temor y temblor, y, por consiguiente,
se apoya en Dios sólo, desconfía de si misma, vigila, ora, se
mortifica, estimula su actividad espiritual, multiplica sus santas obras a
fin de procurarse con mayor seguridad la dicha de los elegidos.
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