Dom Vital Lehodey

El Santo Abandono

3. Ejercicio del Santo Abandono


  

14. EL ABANDONO EN LAS VARIEDADES ESPIRITUALES DE LA VÍA MÍSTICA

Artículo 1º.- Vía ordinaria o vía mística

No hablarnos por el momento sino de la oración. y solamente con relación al santo abandono.

¿Cuál es el fin de la oración? Por ella nos proponemos rendir a Dios nuestro homenaje; mas también hemos de buscar en ella la reforma de nuestras costumbres y el acrecentamiento de todas las virtudes, en especial de la caridad divina, con el fin de crecer en la vida de la gracia, y por consiguiente en la vida de la gloria. La oración nos encamina a este fin, mediante los actos que en ella se hacen, las gracias que se obtienen y las santas disposiciones en que nos deja. Y la mejor para nosotros será siempre aquella que de una manera afectiva y con más acierto nos conduzca a todo esto.

El venerable P. Luis de la Puente decía, pues, con mucha razón: « El punto capital -en los caminos de la oración-, es que las almas enderecen sus meditaciones a la reforma de sus costumbres, y que estén bien persuadidas de que las luces espirituales son de muy escaso valor sin la práctica. Es, pues, necesario que se aprovechen de las gracias de la oración y de las luces que en ella reciben, para hacer cada día nuevos progresos en la virtud, para llegar a ser más serviciales, más obedientes, más dulces, más pacientes, más desprendidas de sí mismas, más amigas de los empleos bajos, más indiferentes en la estima y afecto de las criaturas, más cuidadosas de quebrantar su voluntad y de moderar la impetuosidad de sus deseos.» En otra parte, añade el mismo autor con el P. Baltasar Álvarez: « En fin principal de una buena oración y el mejor fruto que de ella resulta consiste en dar a Dios todo lo que nos pide, conformarnos en todo con las disposiciones de su Providencia relativas a nosotros, teniendo por un bien que nos quite la salud, el honor, los bienes y las comodidades temporales, que nos prive de sus favores o nos retire su presencia, dejándonos en las tinieblas y en los hielos del invierno; que nos entregue como presa a las tentaciones, a los temores, a las desolaciones de todo género. Nada más razonable: porque, ¿qué pretende Dios haciéndonos andar por estos duros caminos, sino conseguir por ello mayor gloria y procurar nuestro adelantamiento en la virtud? No hay duda, con tal que seamos fieles y perseverantes y no vayamos a mendigar cerca de las criaturas las consolaciones que El nos niega, y no retrocedamos ante la cruz que nos presenta.»

Rendir a Dios nuestros homenajes es el objeto primario de la oración, pero otro, que nunca debemos perder de vista, es nuestro progreso espiritual: esto es lo que ante todo debemos procurar y pedir con las más vivas instancias y de manera absoluta. Sea cualquiera la forma de nuestra oración, ahí es adonde ha de ir a desembocar: si efectivamente consigue este efecto, importa poco que sea de las más comunes; y si eso no se consigue, ¿de qué nos serviría, aun cuando fuese de las más místicas? «Estas enseñanzas -añade el Venerable P. La Puente- son tanto más necesarias -y deben recordarse- cuanto que muchas almas, aplicadas de lleno a soñar en caminos espirituales, descuidan su reforma y su adelantamiento, lo que es un verdadero engaño, y de donde se sigue que, después de muchos años de oración, han avanzado poco más que al principio de su carrera. Quizá no hay ilusión más funesta para sí misma y para los demás.»

Dos caminos hay para llegar al fin: el camino ordinario, en que la oración no es manifiestamente pasiva, y el camino místico, en el que domina la contemplación infusa oscura, con las purificaciones pasivas. Las visiones, las revelaciones, las palabras sobrenaturales pueden o no hallarse en este segundo camino.

¿Bastará el camino ordinario para conducimos a la santidad propiamente dicha? Bossuet declara que «sin las oraciones extraordinarias, se puede llegar a ser un gran santo»; mas se limita a afirmarlo. Según San Francisco de Sales, «muchos santos hay en el cielo que jamás tuvieron éxtasis ni raptos de contemplación, porque ¡cuántos mártires y grandes santos vemos en la historia que nunca tuvieron en la oración otro privilegio que el de la devoción y fervor!». Nadie lo dudará respecto de los mártires; en cuanto a los otros santos, el piadoso doctor sólo habla de éxtasis, pasando en silencio los grados de oración que le preceden. En los procesos de canonización, según hace notar Benedicto XIV, la Iglesia empéñase siempre en comprobar la heroicidad de las virtudes y milagros, pero «hay muchos nombres perfectos que han sido canonizados, sin que se haya tratado si tuvieron la contemplación infusa». ¿Obedece esto a que no se considera al estado místico necesario para la santidad? ¿No se funda más bien este proceder en que es imposible a veces determinar, fuera de tiempo, la existencia y grado de esta contemplación? La cuestión queda incierta en teoría, y de hecho, según el P. Poulain, un estudio histórico conduciría a esta conclusión: que «casi todos los santos canonizados» han tenido la unión mística, y en general intensa; se acostumbra a decir que no la disfrutaron, y tal afirmación es errónea respecto de algunos, y no está suficientemente probada con relación a los demás, faltando los documentos en determinados casos.

¿Basta el camino ordinario por lo menos para conducir a una elevada perfección? En general se admite. Santa Teresa, como nadie ignora, coima de los más brillantes elogios las oraciones místicas, e invita a desearías vivamente. No obstante, para consolar a aquellas de sus hijas que no serían elevadas a tal estado, aunque hiciesen cuanto era de su parte, les dice: «Es de suma importancia comprender que Dios no nos conduce a todos por un mismo camino, y que con frecuencia el que es más pequeño a sus propios ojos, es el más elevado en presencia del Señor. Así, por más que todas las religiosas de este monasterio se ejerciten en la oración, no se sigue que todas hayan de ser contemplativas; esto es imposible... - La que no lo es, no dejará de ser muy perfecta, a condición que cumpla fielmente lo que acabo de indicar; podrá aun sobrepujar a las otras en mérito, pues habrá de trabajar más a sus propias expensas. El divino Maestro tratándola como a un alma fuerte, unirá a la felicidad que la reserva en la otra vida todas las consolaciones que no ha disfrutado en ésta... Santa Marta fue una santa, aunque no se dice que fue contemplativa; si lo hubiera sido al modo de su hermana, abismada en una amorosa contemplación, no hubiera hallado nadie para preparar el alimento de Nuestro Señor. Puesto que es indudable que, sea por la oración mental o vocal, servimos siempre a este divino huésped, ¿qué nos importa llenar nuestras obligaciones con El más bien de una manera que de otra?»

San Francisco de Sales usa idéntico lenguaje: «Hay personas muy perfectas, a las que nuestro Señor jamás concedió semejantes dulzuras ni estas quietudes; todo lo ejecutan con la parte superior de su alma y hacen morir su propia voluntad en la de Dios, gracias a notables esfuerzos y haciendo un llamamiento heroico a la razón; y esta muerte es en ellas la muerte de cruz, la cual es mucho más excelente y generosa que la otra.» De aquí concluye Bossuet, que «es un error hacer consistir el mérito y la perfección en el estado activo o pasivo. A Dios pertenece juzgar el mérito de las almas a quienes favorece con su gracia según las disposiciones que les inspira, y según los grados de amor divino -y otras virtudes- de sólo El conocidas». Concluyamos con el P. Álvarez de Paz: «Todos los perfectos no son elevados a contemplación perfecta, porque Dios todopoderoso tiene otros caminos para hacer perfectos y santos. En unos obra de un modo admirable por medio de las aflicciones, las enfermedades, las tentaciones y las persecuciones. Forma a otros mediante los trabajos de la vida y por el ministerio de las almas, ejercitado con las más puras intenciones. Conduce a otros a una eminente santidad, por medio de la oración ordinaria y de la mortificación en todas las cosas. Acontece a veces que uno, favorecido con grandes dones de contemplación, hállase inferior en caridad perfecta a otro que no los ha recibido.»

El camino místico no es, por consiguiente, el único que puede conducir a una elevada perfección, pero es preciso convenir en que lleva a ella más aprisa y más fácilmente. En los Caminos de la Oración mental, «hemos puesto de manifiesto los poderosos resultados de las purificaciones pasivas, en las que Dios mismo, queriendo purificar al alma y simplificaría, obra con exquisita sabiduría que conoce el mal y el remedio, aplicando su mano poderosa, que continúa su obra a pesar de nuestras cobardías y debilidades». Hemos dicho que las oraciones místicas, sobre todo las más elevadas, están dotadas de una incomparable fuerza para iluminar el espíritu, mover el corazón, arrastrar la voluntad, y transformar nuestra vida. La contemplación infusa no es ciertamente ni la perfección ni el medio necesario para llegar a ella; sin embargo, es un maravilloso instrumento de santificación, «la escuela de las heroicas virtudes, el camino más corto y el vehículo más rápido para la perfección, una perla preciosa entre todas; tesoro tan deseable, que un sabio mercader no titubea en vender todos sus bienes por adquirirla».

Suélese poner fácilmente como objeción los peligros de estos caminos más elevados y menos comunes; pero, «si la contemplación mística ofrece peligros que no es conveniente exagerar, la oración ordinaria tiene los suyos, que no son menos reales, y que tampoco se han de olvidar; y ya que el temor de los peligros no impide que las almas se entreguen a la meditación atraídas por sus ventajas, no hay razón suficiente para sospechar de la contemplación. Las oraciones místicas son una mina de oro, explotémosla; es cierto que ofrecen peligros, mas velemos por nuestra seguridad, sigamos con docilidad la inspiración divina, evitando con el mayor cuidado las emboscadas del enemigo. Por otra parte, la experiencia no tardará en mostrarnos que estas oraciones convienen a las almas generosas dispuestas a sufrirlo todo para unirse a Dios, y no a aquellas que están ávidas de gozar y de elevarse. El contemplativo participará con mayor frecuencia de la crucifixión del Calvario que de las alegrías del Tabor, y si tiene necesidad de ser probado y humillado, la tiene más aún de ser confortado.»

Otra objeción es el peligro de las lecturas místicas. ¿Será el único? ¿No habrá que temer mucho más la ignorancia, las prevenciones, una especie de idea preconcebida, que cerrarían la puerta al Espíritu Santo? Suponemos, entiéndase bien, que el libro es de santa doctrina y que responde a las necesidades del alma. Y aquí aprovechamos gustosos la ocasión para decir que en los caminos de la oración es particularmente necesario un sabio director, al cual incumbe la elección de las lecturas. Entonces, este peligro provendría no del libro, sino de la misma alma, demasiado ansiosa de gozar y de elevarse. En estas disposiciones todo será peligroso para ella, no sólo las lecturas místicas, sino los libros ascéticos, las consolaciones de la oración ordinaria, y hasta la sagrada Comunión. Es esta lamentable disposición la que se habrá de condenar.

La contemplación mística depende ante todo del beneplácito divino. «No está Dios obligado -dice Santa Teresa- a distribuirnos en este mundo esas gracias sin las que nos podemos salvar. Distribuye sus favores cuando le place: Dueño de sus bienes, los puede así comunicar sin ofensa de nadie.» «Perfectos hay -dice Álvarez de Paz- a quienes Dios rehúsa este don, a causa de su temperamento poco acomodado para la contemplación... a otros para humillarlos, por el riesgo que corren de estimarse a sí mismos y enorgullecerse con estos brillantes favores; a otros en fin, para realizar disposiciones secretas de su Providencia, que no nos es dado conocer.» Empero, no se ha de exagerar el alcance de esta observación, porque, en sentir de Santa Teresa, «nada desea Dios tanto como hallar a quien dar, y sus dones no aminoran sus riquezas». Por el contrario, cuando más da más se enriquece; ¿acaso no es éste para El el medio más excelente de hacerse conocer, amar y servir?

Sucede con los dones místicos lo que con cualquier otra gracia; Dios la concede liberalmente, pero «como El quiere y conforme a la disposición y cooperación de cada uno». A nadie debe gracia tan inestimable, por bien preparado que se halle. De ordinario, espera que el alma esté suficientemente purificada y rica ya de virtudes, sin ser aun del todo perfecta. Cuando ella se abre por completo mediante una generosa preparación y una fiel correspondencia, la luz y el amor se precipitan en ella a grandes oleadas, entrando con menor abundancia si el alma se abre sólo a medias. Por consiguiente, siendo en todo la contemplación una gracia, depende en gran parte del celo que se despliegue para disponerse y corresponder a ella: Más adelante diremos que Dios mismo acaba de disponer al alma cuando a El le place por medio de las purificaciones pasivas. La preparación de que aquí hablamos proviene de nuestra iniciativa, mediante el socorro ordinario de la gracia. Consiste, según dejamos dicho en otra parte: 1º En suprimir los obstáculos, reforzando la cuádruple pureza de conciencia, dc espíritu, de corazón y de voluntad tan necesaria para toda oración; En disponer positivamente el alma, haciendo de ella un santuario silencioso y recogido, embalsamado con todas las virtudes. Le es necesaria la fe viva, la confianza y el amor; y esto no lo alcanza sin una medida proporcionada de renunciamiento, de obediencia y de humildad. Y naturalmente, más adelantado debe uno hallarse en estas virtudes para la contemplación que para la oración ordinaria.

Es la doctrina que nuestro Padre San Bernardo no cesa dc inculcarnos. Citemos tan sólo el pasaje en que explica estas palabras del Cantar de los Cantares: «Lectulus noster floridus.» «Vos también deseáis, quizá, dice, este reposo de la contemplación, y hacéis bien; sólo que no habéis de olvidar las flores que adornan el lecho del Esposo. El ejercicio de las virtudes ha de preceder al santo reposo, como la flor debe preceder al fruto». Abnegad vuestra propia voluntad, porque si vuestra alma está cubierta de la cicuta y de las ortigas de la desobediencia, ¿podrá darse todo a vos Aquel que amó la obediencia hasta el punto de morir antes que dejar de obedecer? Yo no puedo comprender a algunos de entre nosotros: nos han turbado por su singularidad, irritado por su impaciencia, despreciado por su obstinación: molestan sin cesar a sus hermanos y hieren la concordia, mas aún tienen «la desvergüenza» de invitar con incesantes ruegos al Dios de toda pureza a tomar reposo en su alma manchada. «Vuestro lecho no es florido, huele mal. Comenzad por purificar vuestra conciencia de toda levadura de ira y de disputa, de murmuración y de envidia. Apresuraos a arrojar de vuestro corazón todo cuanto conozcáis contrario a la paz con vuestros hermanos, a la obediencia para con vuestros superiores. Rodeaos en seguida de flores de todo género de buenas acciones, de buenos deseos, perfumados con los suaves olores de las virtudes. Pensad, practicad todo lo que es verdadero, todo lo que es casto, todo lo que es justo, santo, amable, de buen nombre, todo lo que es virtud y disciplina. Entonces podréis llamar al Esposo con confianza, y decirle con toda verdad: "Nuestro lecho es florido, pues sólo respira piedad, paz, mansedumbre, justicia, obediencia, santa alegría y humildad". Así, pues, los aún novicios en la vida espiritual han "de besar los pies al Salvador", regarlos con las lágrimas de su arrepentimiento. Los que trabajan penosamente en la adquisición de las virtudes "besen las manos del buen Maestro"», y llámenle humildemente en su ayuda; es preciso que aun adoren temblando, que se hagan del todo pequeñas, y el Maestro infinitamente sabio tendrá cuidado de humillarías antes de elevarías, y de humillarías aun después de haberlas elevado. «Porque es necesario que, quien aspira a tan valiosos favores, tenga de sí bajos sentimientos... Cuando veáis que os humilla, es prueba de la proximidad de la gracia... si sabéis sufrirlo todo en silencio y con alegría por Dios.»

La contemplación mística, en opinión de Santa Teresa, es un convite general al que Nuestro Señor nos invita a todos. Les es, pues, ofrecido y como prometido a las almas de buena voluntad; lo dará a las que se preparen a él por un completo desasimiento, una perfecta humildad, y la práctica de las otras virtudes, y a los que, lejos de detenerse en el camino, marchan con ardor siempre nuevo hacia el feliz término de sus deseos. La Santa exige sobre todo «humildad, humildad, puesto que por ésta se deja vencer el Señor y cede a todos nuestros deseos». Sin duda, esta oración es sobrenatural, y Dios, dueño siempre de sus bienes, no nos conduce a todos por un mismo camino. Sin embargo, « sea el alma humilde y despegada de todo, pero que lo sea de verdad, y no de pura imaginación que con frecuencia engaña, y el divino Maestro le concederá, sin duda, no sólo esta gracia, sino muchas otras también que sobrepasan sus deseos». San Juan de la Cruz tiene idéntico modo de pensar.

De hecho, por poco que se hojeen los Exordios de Císter, nuestro Menelogio y los Sermones de nuestro Padre San Bernardo, se llega pronto al convencimiento de que la mística ha tenido magnífico desarrollo en nuestra Orden durante muchos años y siglos. Otro tanto sucedió entre los hijos del Pobre de Asís, en el Carmelo, en la Visitación, y en todas las familias religiosas, mientras han conservado el fervor primitivo, especialmente entre las contemplativas y de vida claustral. Santa Teresa afirma que apenas había en sus casas una religiosa que marchase por los caminos de la meditación; las otras, son todas elevadas a la contemplación perfecta. Declara Santa Juana de Chantal que «el atractivo casi general de las Hijas de la Visitación es por una secillísima presencia de Dios y un entero abandono»; lo que no es ya de la oración ordinaria, y lo cual no es de extrañar, dado que el medio ambiente era ideal. Mas declara Scaramelli después de treinta años de misión, «que ha encontrado por todas partes algunas almas a las que Dios conducía por estos caminos místicos a una elevada santidad». En nuestros días, como en los siglos pasados, la experiencia demuestra que Dios se ha reservado no pocas almas a las que favorece con sus más preciosos dones; las hay hasta en el mundo, y en las comunidades religiosas. Esto no lo alcanzará la mayoría de las almas; la muchedumbre quedará siempre en el valle, un buen número subirá las primeras pendientes, y sólo una parte escogida ganará las cumbres. La oración mística será, pues, muy rara en sus grados superiores, pero en sus primeros escalones lo es mucho menos de lo que comúnmente se cree. Tanto más, cuanto que muchas almas son contemplativas sin saberlo su confesor, y hasta sin sospecharlo ellas mismas: «Son éstos, según expresión de Bossuet, los juegos maravillosos de la divina Sabiduría que oculta a las almas lo que les da, y que les hace buscar la contemplación que ya poseen.»

Debiera, empero, el estado místico ser harto más frecuente. Son numerosas las almas que Dios querría conducir allí y se quedan en mitad del camino. Algunos podrían decir con el enfermo del Evangelio: «Hominem non habeo»; no tengo quien me introduzca en la piscina, y hasta encuentro quienes me impiden entrar en ella. Otras están retenidas por la fatiga, la agitación, los escrúpulos; pero la mayor parte no aprecian esta perla preciosa en su valor, no han hecho lo necesario para conseguirla, no han cultivado suficientemente la abnegación, la obediencia, la humildad. Esta es la causa principal de que no haya más contemplativos. Con razón decía Santa Catalina de Bolonia: «Si hoy se hallase una Magdalena que amase a Dios con más ardor que la del Evangelio, Dios también le correspondería con más amor y le concedería dones más excelentes; si existiera un Francisco que abrazase por El más sufrimientos que San Francisco de Asís, le colmaría de más numerosos y preciados favores; si hubiese una Clara que por su santidad fuese más agradable a Dios que Santa Clara, la enriquecería de gracias más preciosas.»

De esta exposición dimanan las conclusiones siguientes:

No estamos obligados a desear el estado místico, y Dios tampoco lo está a dárnoslo, porque no constituye la perfección, ni el único camino para llegar a ella.

Tenemos legítimo derecho a desearlo y pedirlo hasta con instancias, por la sobreabundancia de luz y de amor, por el aumento de fuerza que nos proporciona. Es muy bueno tenerlo a la vista, aunque sólo fuese como un ideal lejano, pues sería poderoso estimulante de nuestra actividad espiritual.

Hemos de disponemos a él, porque, en definitiva, la preparación que de nosotros depende, no es otra cosa sino el fiel cumplimiento de los deberes diarios y la práctica de la mortificación cristiana; y esto se impone a toda alma cuidadosa de su adelantamiento espiritual.

No ha de ser nuestro deseo afanoso ni quimérico, ya que cada cosa ha de venir a su tiempo; es necesario arrostrar los duros combates de la vía purgativa y los prolongados trabajos de la vía iluminativa, antes de gustar el reposo de la vía unitiva. Seria una deplorable ilusión descuidar la lucha y el progreso, acariciando la idea de llegar a la contemplación sin ejecutar con celo y sin demora lo que constituye su preparación necesaria.

Por legítimo que sea nuestro deseo, ha de regularse por la humildad y el abandono. Un alma humilde se juzga indigna de tan encumbrado favor, no se sentirá herida de estar privada de él durante largo tiempo, ni de estarlo para siempre. Con el abandono se hace indiferente por virtud, hasta para una cosa tan deseable cual es la contemplación; no la pretende sino en cuanto Dios la quiere para nosotros, y así se conserva en el orden y la paz, y en caso de falta de éxito se evita la tristeza y el desaliento.

Deseemos el progreso en la oración, puesto que es un poderoso medio. Deseemos aún con mayor ahínco el progreso en la virtud, puesto que es el fin. Pongamos nuestra solicitud y esfuerzo en hermosear nuestra morada interior, en adornarla con todas las virtudes, en vivir allí con Dios en el silencio y la vida de oración; y, aun suponiendo que nos las rehusase para santificarnos por otro camino, siempre nos quedará como premio de nuestros esfuerzos un rico acrecentamiento de gracia y de gloria. ¿No es esto lo esencial?

 

Artículo 2º.- Las variedades de la contemplación mística

Supongamos ahora que Dios nos abre el camino de la contemplación. Esta tiene una gran variedad de senderos, y Dios se reserva elegimos el nuestro.

La contemplación será siempre una oración de simple mirada amorosa a Dios y a las cosas de Dios. Su esencia toda entera se cifra en estas dos palabras: mirar y amar. Hay, sin embargo, en ella una época de transición, durante la cual, ora se medita, ora se contempla. Existe también la contemplación activa y la pasiva: en la primera diríase que el alma ha dejado el discurso y simplificado sus afectos por su libre elección; en la segunda se da cuenta con evidencia de que la luz y el amor no provienen de sus esfuerzos, sino que los recibe, y es Dios quien los derrama. Los distribuye empero el Señor como quiere: dará más luz que amor, y la oración será querúbica; infundirá más amor que luz, y la oración será seráfica. Destinará a unos cuantos a contemplar sus divinos atributos, o la adorable Trinidad; a la mayor parte a contemplar la santa Humanidad, Jesús Niño, la Pasión, el Sagrado Corazón de Jesús, el Santísimo Sacramento, etc. Dios es el Dueño, y a El le pertenece señalar a cada alma su misión y su servicio. A veces la acción mística producirá un silencio admirativo y lleno de amor, a veces palabras de ternura o impetuosos transportes. Tan pronto derramará la luz a torrentes como con medida, y aun gota a gota, conforme a las disposiciones del alma, y según se proponga Dios abrasaría o purificarla. En una palabra, por múltiples razones la contemplación revestirá formas diversas y cambios frecuentes, que exigirán de nuestra parte una abnegación de todos los días y un filial abandono.

Detengámonos a contemplar más de cerca una de las más duras variaciones, o sea, que la contemplación sea a veces sabrosa, y que ordinariamente sea árida o sin gran consolación.

Para mejor inteligencia de esta doctrina, notemos con el P. le Gaudier, «que hay actos esenciales a la contemplación, a saber: en la inteligencia, una simple mirada cesando todo discurso; en la voluntad, el amor de amistad, el más excelente de todos, fuente, forma y fin de la contemplación. Mas hay en ella otros actos que, por decirlo así, la completan, como la admiración, la devoción unida a una inefable delectación». Indudablemente, estos últimos actos perfeccionan la oración mística, aportando a ella cierto esplendor de belleza, una más suave dulzura, y hasta un suplemento de fuerza. Pero aun prescindiendo de todo esto, la contemplación conserva sus elementos esenciales, y como Dios nos gobierna con tanta sabiduría como amor, sírvese así de la contemplación sabrosa, como de la contemplación árida y purificadora, según el efecto de gracia que quiere producir en nosotros.

¿Propónese despegar al alma de la tierra y atraerla fuertemente a sí? Derramará entonces la luz y el amor a torrentes, y el alma, sumergida en Dios, cuya presencia y acción siente deliciosamente, inflamada de los santos ardores de la unión de amor, un Dios tan grande y tan santo para con su vil criatura, quédase en silencio y contempla con profunda mirada, en que se dibujan el asombro, la alegría, el amor que la cautivan; goza de Dios en una unión rebosante de paz y de dulzura cual otro San Juan descansando sobre el pecho de su adorable Maestro. Ama con todo su corazón sin manifestar su amor, pues es el silencio el que habla más alto todavía, y su alma se revela toda entera por el fuego de sus ojos, por sus lágrimas, su actitud, las disposiciones de su corazón, la inmovilidad, consecuencia de su recogimiento. O bien, si el movimiento de la gracia la atrae, expansiónase en amorosos coloquios, en efusiones de ternura sin violencia ni arrebatos, y en la más deliciosa intimidad. A veces el amor y la alegría llegan a tal exceso, que el alma no puede contenerlos; loca entonces de amor y de dicha, en una santa embriaguez de Dios, estalla en piadosos transportes, se abandona a los entusiasmos de su ternura, a la impetuosidad de su corazón; se desborda en verdaderas olas de ardorosos sentimientos, de palabras delirantes, de santas locuras, pero siempre trata de ocultar el secreto del Rey a cualquier mirada indiscreta. Porque Dios no se baja una sola vez y como de paso a nuestra pequeñez y nos eleva a sus divinas privanzas, sino que repetidas veces y largo tiempo toma a esta alma en sus brazos, la acaricia sentada sobre sus rodillas, la estrecha contra su corazón como al hijo de su amor.

¿Tiene necesidad esta alma de muchos argumentos para convencerse de que ama y es aún más amada, y de que Dios es infinitamente bueno y quiere para ella todo lo bueno? ¿No ha comprendido la ternura de esos abrazos? Ahora conoce por una dulce experiencia el corazón de su Padre tan tierno, de su Esposo adorado, y a El se confía sin dificultad y sin esfuerzo; le abandona todo cuanto tiene de más querido: su vida, su muerte y su eternidad; le suplica se apodere de su corazón y de su voluntad para que los guarde y los gobierne para siempre. ¡Qué no haría ella entonces! Es el tiempo del sol resplandeciente y de las ricas mieses. Cuide el alma de seguir con docilidad la acción de Dios en la oración, de pagarle en justo retorno con el acrecentamiento de su fidelidad, de no rehusarle nada de cuanto le pida, pues éste es para ella el momento de vencerse con menos dificultad y con más energía; el sacrificio se la hace fácil y hasta hay en él un verdadero encanto. No olvide buscar más al Dios de las consolaciones que las consolaciones de Dios, y de hundirse en el sentimiento de su miseria a medida que Dios la eleva por su misericordia. En el tiempo de la prosperidad prepárese para la adversidad, porque no siempre la contemplación producirá esta viva admiración que suspende el espíritu en el estupor, ni el fuego de amor que hace que la voluntad salga de si misma, ni tampoco el gozo que invade el alma y los sentidos. Rara vez alcanzará la acción mística este máximum de intensidad, siendo lo más ordinario que se mantenga mediana o débil; y entonces la oración se desenvolverá en un estado que ni es la consolación ni la sequedad, o quizá también en una monótona y desoladora aridez.

¿Por qué estas incesantes variaciones? Porque aún no está el alma enteramente purificada, ni bastante desprendida de los sentidos. Necesita despegarse más por completo de todas las cosas, y que por ende llegue a estar menos sujeta a sus operaciones sensibles, lo cual llegará a conseguir por la práctica de la mortificación cristiana, pero es necesario que Dios ponga en ello su mano poderosa. Hácelo por medio de los ardores de la consolación sabrosa, y aun esto no es suficiente. Bajo el torrente de luz y de amor, ¿seríanos posible descubrir nuestra miseria y nuestra pobreza? Quizá el orgullo y la necesidad de regocijarse encontrarán allí su más delicioso bocado, y el hombre viejo no acabaría de morir. Mas Dios va a reducirla por la dieta, y hasta si es necesario por el hambre. Retírala a esta alma tan querida sus acostumbradas meditaciones, la abundancia de pensamientos, la variedad de afectos, la dulzura de las divinas caricias; y dale en cambio algún tanto de contemplación, pero una contemplación árida y purificadora, en la que derrama la luz y el amor gota a gota con desesperante parsimonia. Derrama lo suficiente para que el alma se vuelva a Dios, le busque y sólo cerca de El halle reposo, pero no lo bastante para que pueda hallarle en un delicioso sentimiento. Es una verdadera contemplación mística, mas se realiza en una búsqueda ansiosa, una dolorosa necesidad, un hambre insaciable. De cuando en cuando, déjase Dios entrever, y el alma gusta al momento los santos ardores y los goces de la contemplación sabrosa. Bien pronto, y quizá por largo tiempo, la vuelve a poner en esta monótona y desoladora noche de los sentidos, en que la sumerge hasta la saciedad; y, a fin de que acabe de morir a sí misma, la reserva la noche del espíritu, mucho más penosa todavía.

¿Podrá el alma quejarse? No por cierto. Es una gracia austera y crucificadora, y ¡cuán necesaria, a juzgar por la conducta ordinaria de la Providencia! Esfuércese el alma por comprender las miras de Dios y conformarse a ellas con generosidad y confianza, pues este desdén no es sino aparente. Abandonada en el vacío del espíritu, en la sequedad del corazón, y con frecuencia en la tentación, obligada a palpar con sus propias manos su impotencia y su miseria, tórnase pequeña a sus propios ojos, y concluirá por hacerse humilde y sumisa ante Dios y ante los hombres. Privada de continuo de las dulzuras a las que habíase aficionado con exceso, aprende a pasarse sin ellas, para servir al buen Maestro con desinterés: el amor divino se eleva sobre el amor propio y las virtudes aumentan, produciéndose de esta misma aridez un aumento de fuerza, de mérito y de esplendor, porque, cuando Dios oculta su amor y no muestra sino sus rigores, es cuando se cree, se espera, se ama, se obedece y se abandona. Hay, pues, en esto una mina de oro que explotar para la purificación del alma y el progreso de las virtudes, con tal de que se persevere animoso en la oración y no se deje uno desconcertar por la prueba.

En una palabra, la contemplación árida y la contemplación sabrosa tiene cada cual su misión providencial, y procuran al alma fiel preciosas ventajas: la una tiene por fin directo hacemos morir a nosotros mismos, y la otra hacernos vivir en Dios; una posee maravillosa virtud para extinguir el amor divino. Sin embargo, la falta de esfuerzo puede ser para la primera un obstáculo, y para la segunda la falta de humildad y de abnegación. ¿Cuál nos es más necesaria? ¿Haremos buen o mal uso de una y otra? Es cierto que somos libres de tener un deseo y de manifestárselo filialmente a Dios; mas, expuestos como estamos a engañarnos en cosa de tanta monta y que depende del beneplácito divino, ¿no es más prudente poner la elección en manos de Dios, y estar dispuestos a cumplir nuestro deber, aceptando de antemano su decisión, sea cual fuere?

Los santos mismos no han andado todos por los mismos caminos de oración, pero todos sí han practicado este abandono filial, y seguido dócilmente la acción de la gracia.

Escuchemos a Santa Juana de Chantal hablando de su bienaventurado Padre: «Díjome una vez que él no tenía cuenta de si se hallaba en la consolación o en la desolación; y que, cuando el Señor le daba buenos sentimientos, recibíalos con sencillez, pero que no pensaba en ellos si no se los daba. Mas es cierto que de ordinario disfrutaba de grandes dulzuras interiores, como su semblante lo manifestaba. Ha tiempo que me dijo que no tenía gustos sensibles en la oración, y que todo lo que obraba Dios en él hacíalo por claridades y sentimientos insensibles que difundía en la parte intelectual de su alma, sin que la inferior tomara parte en ello. Recibíalo sencillamente con profundísima humildad y reverenda, pues su divisa era permanecer muy humilde, pequeño y abatido en presencia de su Dios, y lleno de singular reverencia y confianza como un hijo de amor. « Santa Juana de Chantal tenía una oración pasiva de sencilla entrega a Dios, de total abandono, y consistía en un "fiat voluntas tua" sin interrupción. En ella permanecía en simple vista de su Dios y de su nada, abandonada por completo al divino beneplácito, y sin cuidarse lo más mínimo de hacer actos de entendimiento ni de voluntad», como actos metódicos, discursivos o sensibles. «Era el Señor quien se cuidaba de despertar en su alma los sentimientos que necesitaba, y allí la iluminaba perfectamente para todo, y mil veces mejor que ella lo hubiera podido hacer por sus propios discursos e imaginaciones.» Sin embargo, sufría en ese estado tan sencillo y pasivo, a causa de su natural ardiente y por la novedad del camino, convirtiéndosele todo en dificultad y motivo de inquietud. Mas su bienaventurado Padre la tranquilizaba enseñándola: «que la quietud en que la voluntad obra impulsada por una simple aquiescencia al divino beneplácito, es una quietud sobremanera excelente, por lo mismo que está exenta de toda especie de interés». Y porque la Santa siguiese sin temor el movimiento de la gracia, «contentándose con no tener otra satisfacción que la de carecer de toda alegría por amor y por agradar a Dios, anímala con la tan conocida parábola: Si un escultor hubiese colocado en la galería de un príncipe una estatua, que estuviese dotada de entendimiento, y supiese hablar y discurrir, y se la preguntara: Dime, hermosa estatua, ¿por qué estás en este lugar?, respondería: porque mi dueño me ha colocado aquí. Y si se replicase: Pero, ¿qué haces ahí sin hacer nada?, diría: porque mi dueño quiere que me esté aquí inmóvil. Y si de nuevo se la instase diciendo: pero, ¿de qué te sirve estar de ese modo?, y además, ¿de qué provecho sirves? ¡Oh, Dios mío!, respondería; no estoy aquí para mi servicio, sino para servir y obedecer a la voluntad de mi dueño. - Mas tú no le ves. - No, respondería ella, pero él sí me ve y gusta de que esté donde él me ha puesto. - Y ¿no te gustaría tener movimiento para acercarte más a él? - No, a pesar de que me lo mandase. - Entonces no deseas nada. - No, porque yo estoy donde mi dueño me ha colocado, y su voluntad es el único contentamiento de mi ser. - ¡Qué buena oración, hija mía, es conservarse en la voluntad de Dios y en su beneplácito!» Con todo, «en este estado pasivo, Santa Juana de Chantal no dejaba de obrar en ciertos momentos, en que Dios retiraba su operación o la excitaba a ello; mas sus actos eran siempre cortos, humildes y amorosos». Esta dirección era prudentísima, y muy provechosa esta ocupación, «ya que después de uno o dos años en esta oración pasiva, viose inmediatamente a la Madre Chantal con luces para ella hasta entonces desconocidas, con sentimientos de una profundidad admirable acerca de Dios de ella misma, de las criaturas; con un ardor de celo, un abandono en la divina voluntad, con un desprecio de las cosas de acá abajo, con no sé qué sed de humillaciones que a todos maravillaba».

Dijo un día Nuestro Señor a Santa Margarita María: «Sabe, hija mía, que la oración de sumisión y de sacrificio me es más agradable que la contemplación.» Y esta digna hija de Santa Juana de Chantal «acostumbraba a decir que las penas interiores recibidas con amor, eran a modo de un fuego que va consumiendo insensiblemente al alma y a todo cuanto en ella desagrada al divino Esposo. Las almas que tienen experiencia de ello declaran que en esas penas hicieron grades progresos sin darse cuenta; de suerte que si fuese libre la elección de la consolación o del sufrimiento, el alma fiel no había de titubear, sino abrazarse con la cruz de nuestro divino Maestro, aun cuando no nos proporcionara otra ventaja que hacemos conformes a nuestro Esposo crucificado».

Santa Teresa del Niño Jesús hablando de su retiro para la profesión dice: «En lugar de gozar de consuelo, la aridez más completa fue mi patrimonio, Jesús dormía como de ordinario en mi pequeña navecilla... Por lo visto, no va a despertarse hasta el gran retiro de la eternidad; mas esto, lejos de causarme pena, me causaba sumo placer. Debía yo atribuir mi sequedad a mi poco fervor y fidelidad, debía sentirme desolada por dormir con harta frecuencia durante mis oraciones y acciones de gracias. Pues bien, no por eso me entregué al desaliento, pues pensé más bien que los niños tanto complacen a sus padres cuando duermen como cuando están despiertos.»

Es su confianza y humildad infantil la que le daba tanta tranquilidad. Empleaba, sin embargo, con toda fidelidad los medios para hacer bien su oración, que llegó a ser continua. Después refiere la prueba terrible por la que la hizo Dios pasar: « ¡Debía yo pareceros inundada de consolaciones, una niña para la cual el velo de la fe se hubiera casi rasgado! Sin embargo, no es un velo, sino un muro que se eleva hasta los cielos y cubre el firmamento estrellado. Cuando canto la dicha del cielo, no experimento en ello gozo alguno, sino que simplemente canto lo que deseo creer... No me ha enviado el Señor esta pesada cruz sino en el momento en que podía llevarla; en otra época estoy persuadida de que me hubiera hundido en el desaliento. Ahora sólo me produce una cosa: quitarme todo sentimiento de satisfacción natural en mi aspiración a la patria celeste.»

Lo que acabamos de decir se aplica a la contemplación oscura y general. Hay otra que es distinta y particular, y tiene su ejercicio especialmente en las visiones, revelaciones, palabras interiores, etc. En ella sobre todo, es donde se ha de practicar la santa indiferencia llegando hasta desear que Dios nos conduzca por otro camino.

Semejantes favores no suponen la santidad: Balaam profetizó, Saúl profetizó, Judas profetizó y hasta hizo milagros. Niños hubo que tuvieron visiones, por ejemplo en la Saleta, en Lourdes, en Pontmain, y por el contrario muchos santos no parece hayan sido favorecidos con gracias semejantes. En nuestros tiempos las ha prodigado a Gemma Galgani y a muchos otros, mientras que Santa Teresa del Niño Jesús, Sor Isabel de la Trinidad, Sor Celina de la Presentación no han recibido ninguna o casi ninguna. No son, pues, estas gracias la santidad, ni señal de santidad, por lo que con razón afirma Santa Teresa que, «por recibir muchas mercedes de éstas, no se merece más gloria... en lo que es más merecer, no nos lo quita el Señor, pues está en nuestras manos; y así hay muchas personas santas que jamás supieron qué cosa es recibir una de aquestas mercedes, y otras que las reciben que no lo son»

No constituyen, por consiguiente, el medio necesario para llegar a la perfección. Sin embargo, Santa Teresa, que fue colmada de ellas, hace el más entusiasta elogio de su bienhechora eficacia. «Estos dones, dice, hay que tenerlos en grande estima. Apenas he tenido visiones que no me hayan dejado más virtud, y una sola palabra de estas que acostumbro a oír, una visión, un recogimiento que apenas sí dura un Avemaría, pone mi alma en una paz perfecta, devuelve hasta la salud a mi cuerpo, llena de luz mi entendimiento y me restituye la fuerza y los deseos que tengo de ordinario. Acuérdome de lo que era, sé que iba por un camino de perdición, y veo que en poco tiempo de tal modo me han trocado estos divinos favores, que apenas reconózcome a mí misma.»

Haríase, pues, mal en rechazar todas las gracias de este género intencionadamente y por sistema; y en la suposición de que el Espíritu Santo quisiera conducirnos por este camino a la santidad, sería cerrarle el camino.

Mas si hay favores que son buenos y excelentes porque vienen de Dios, hay fenómenos análogos que serían nocivos, pues pudieran ser una artimaña del demonio o un juego de la imaginación. En ésta, más que en ninguna otra materia, son fáciles las ilusiones, y aun los mismos santos no han sabido preservarse de ellas; como aconteció a Santa Catalina de Bolonia, la cual, en los comienzos de su vida religiosa, se dejó engañar durante cinco años por una aparición del demonio en figura de Jesús crucificado, o de la Santísima Virgen; -hay que confesar, sin embargo, que ella había dado lugar a semejantes sucesos por su presunción-. Adviértenos Santa Teresa que, cuando se tiene la osadía de desear favores de esta naturaleza, «se vive ya engañado, o en inminente peligro de serlo, porque el menor resquicio abierto basta al demonio para tendernos mil lazos, y porque un deseo violento arrastra consigo a la imaginación, figurándose ver y oír lo que ni se ve ni se oye». Por el contrario, «con tal que un alma no quiera dejarse engañar y ande en humildad y sencillez, no creo, dice la Santa, que esta alma pueda ser engañada». En este caso más que en ningún otro conviene orar, reflexionar, consultar y seguir todas las leyes de una severa prudencia.

¿Quién ignora la insistencia con que San Juan de la Cruz previene a sus lectores a desconfiar de sus visiones, revelaciones y palabras interiores, a resistirías, a desprenderse de ellas? Santa Teresa, por su parte, expresa un sentimiento más moderado: « Siempre hay motivo para temer en semejantes cosas, hasta asegurarse que proceden del espíritu de Dios; por esto digo que en los principios, siempre es lo más acertado combatirlas. Si es Dios quien obra, esta humildad del alma en rechazar sus favores, no hará sino disponerla para mejor recibirlos, y aumentarán a medida que ella los ponga a prueba. Conviene, empero, guardarse de molestar e inquietar demasiado a estas personas». Hablando de las apariciones de Nuestro Señor, añade:

«Jamás le pidáis ni jamás deseéis que os conduzca por tal camino, que es bueno, sin duda, y debéis respetarlo mucho y tenerlo en gran estimación, pero conviene no desearlo ni pedirlo.» Completa la Santa su pensamiento invitando al alma al santo abandono: «Se ignora, dice, si hallarán pérdidas allí donde se creía hallar ventajas. Existe una extraña temeridad en querer elegirse por sí mismo un camino sin saber si es el más seguro, en lugar de abandonarse a la conducta de Nuestro Señor que nos conoce mejor que nos podamos conocer a nosotros mismos, para que nos lleve por la senda que nos conviene y que su santa voluntad se haga así en todas las cosas.» Prudente reserva, pues, y filial abandono; esta conclusión de Santa Teresa será la nuestra, pues no hay otra mejor que se armonice con el precepto del Espíritu Santo. «No desprecies la profecía; examinad todas las cosas y conservad lo que es bueno».

No hay que olvidar por lo demás, que lo esencial no es que nuestra oración sea activa o pasiva, que nuestra contemplación sea sabrosa o árida, oscura o clara, sino que nuestra oración nos produzca abundancia de frutos de abnegación, humildad y obediencia, y que nos haga crecer en todas las virtudes especialmente en el amor, en la confianza y en el santo abandono. Precisamente estas vicisitudes de que ahora nos ocupamos son muy propias para tornar al alma flexible y dócil en las manos de Dios, sin perder por eso el tesoro de la humildad.

 

Artículo 3º.- Progreso en la contemplación y progresos en la virtud

Se abrigaba la esperanza de adelantar, de adelantar más, de adelantar siempre en los caminos místicos, pero pasan los meses, pasan los años y nos encontramos casi en el principio, si es que no tenemos la impresión de haber retrocedido. La prueba es fuerte, y estamos tentados de desaliento y aun tal vez de mirar atrás, pero será ciertamente sin motivo fundado.

El deseo de avanzar en los caminos místicos es enteramente legítimo en sí, y tenemos derecho a manifestarlo en una oración confiada y filial. ¿No estamos en lo cierto al pensar que nuestras comunicaciones con Dios nos traerán, elevándose, un aumento de luz y de fuerza, que estrecharán la unión de amor y perfeccionarán el ejercicio de las virtudes?

Pero semejante deseo necesita templarse por un fiel abandono. Quiere Dios ser siempre dueño de los dones que se propone comunicarnos; resérvase el tiempo y la medida en que nos los ha de conceder, a fin de conservarnos en la dependencia y la humildad. Una vez que haya comenzado a colmarnos de favores, no sabemos si quiere concedernos mayores, conservarnos los concedidos o retirárnoslos. Hay dones místicos que se conceden por determinado tiempo, después Dios los quita sin que se hayan desmerecido. Otro tanto pudiera hacer con las gracias de oración; se puede con todo esperar que nos las continuará dando, y que irán en aumento si somos fieles. Dios empero, que continúa siendo el dueño, nos deja en la ignorancia de sus intenciones, o más bien nos las oculta con cuidado. ¿Qué hacer en tal caso? Debiéramos no abandonar jamás la quietud y la noche de los sentidos, considerándonos felices por la parte que nos ha correspondido: es en verdad hermosa y envidiable si la comparamos a la de tantos otros. No cesemos de alabar a Dios que se ha dignado prevenimos con las bendiciones de su dulzura, y no tengamos otra preocupación que la de hacer fructificar la preciosa semilla que ha depositado en nosotros. El reconocimiento y la fidelidad no pueden menos de regocijar a este buen Padre y abrirle la mano, en tanto que la ingratitud y la negligencia lastimarían su corazón delicado y le inducirían quizá a arrepentirse de sus dones.

El deseo de que hablamos ha de ser paciente, y es preciso saber esperar el momento de la gracia. Según todos los autores, los grados de contemplación pasiva son etapas, períodos, edades espirituales; por lo regular es necesario hacer una larga estancia en cada una de ellas, antes de pasar a la siguiente. Dios así lo ha querido para que estos diversos estados de oración tuviesen tiempo de producir su efecto. Seamos mucho más cuidadosos de aprovechamos plenamente del grado presente, que de subir pronto al inmediato. Por otra parte, ¿no es el adelantamiento espiritual el fruto que ante todo se espera de estas gracias, y el medio más seguro, si Dios fuere servido, de preparar nuevas ascensiones?

Este deseo ha de ser, sobre todo, humilde y vigilante. Si no subimos más aprisa y más alto, proviene esto casi siempre de falta de celo para disponernos y corresponder. Tal es el sentir de Santa Teresa: «Hay, dice, numerosas almas que llegan a este estado -al de la quietud, y habla de sus monasterios muy fervorosos y santamente gobernados-; mas añade la Santa: son muy contadas las que pasan adelante, y no sé yo quién tiene la culpa de ello. Con toda seguridad que no depende de Dios, porque en lo que a El toca, después de haber concedido un tal preciado favor, no cesa, a mi parecer, de otorgar otros nuevos, a menos que nuestra infidelidad no detenga su curso.. Grande es mi dolor cuando entre tantas almas que, a lo que entiendo, llegan hasta ese grado y debieran pasar a otro, veo un tan corto número que lo hagan, que hasta vergüenza me da decirlo.»

San Francisco de Sales adopta el parecer de Santa Teresa, y añade: «Vigilemos, pues, Teótimo sobre el adelantamiento en el amor que debemos a Dios, porque el amor que nos profesa no nos ha de faltar jamás.»

Esta doctrina es por demás confortante, mas nos muestra muy a las claras nuestra responsabilidad. Lejos, pues, de enorgullecerse por haber llegado a la quietud, debe, por el contrario, preguntarse con temor por qué no pasa adelante. Y si parece que apenas avanza, una humilde mirada sobre sí mismo es siempre provechosa.

Si hemos detenido por culpa nuestra el curso de las gracias, quitemos sin demora la causa del mal; si la conciencia en nada nos reprende, adoremos con humilde confianza la santa voluntad de Dios, redoblemos nuestro celo para santificar la prueba, y preparar el alma a nuevas gracias mientras llega la hora de que la Providencia obre en nosotros. Cuando uno es fiel a esta práctica, podrá parecer estacionario el grado de oración, pero en realidad la fe resplandecerá con nuevo brillo, crecerán todas las virtudes, los progresos serán más notables en el amor, la confianza y el abandono. ¿Qué más falta? ¿No es este progreso el único esencial y necesario? He aquí el bien que esperábamos en nuestros progresos en los caminos místicos. Si no conseguimos este fin, ¿de qué nos servirá tener una oración más elevada, aunque fuera llena de luces, de ardores y de transportes? Por el contrario, si llegamos a él, ¿qué importa sea por un camino más ordinario, aun cuando fuese por medio de la privación prolongada de estas luces, de estos ardores y de este júbilo?

No lo olvidemos jamás: el progreso real y verdadero, el que constituye el blanco de la gracia y de nuestros esfuerzos, el que ha de desearse de modo absoluto, es el progreso en todas las virtudes, particularmente en la caridad que es su reina. Tal vez no será del todo inútil aclarar más nuestro pensamiento. El amor tiene su asiento en la voluntad, y con frecuencia actúa sobre las facultades inferiores, llegando así a hacerse como visible y palpable, dando a veces lugar a verdaderos transportes. Cuanto es más sensible, más nos impresiona y más deseable nos parece; entonces es completo y su fuerza se acrecienta, pues en él concentran nuestras facultades todas sus energías. A pesar de esto, no son estas brillantes luces, ni esta embriaguez piadosa, no es esta especie de efervescencia lo que principalmente ha de desearse; porque puede suceder, y de hecho sucede, que semejante amor sea más sensible que espiritual, y que en definitiva tenga menos valor que brillantez. Al contrario, puede ser el amor espiritual sin acción alguna sobre las facultades sensibles, pasando en tal caso poco menos que inadvertido por más que pueda ser vivísimo y lleno de fuerza. El amor se ha de juzgar por sus frutos y no por sus flores: las obras son la prueba, y ellas dan la verdadera medida. El amor sólido y profundo es el que une fuertemente nuestra voluntad a la de Dios; es perfecto cuando nos lleva a un mismo querer y no querer con Dios, lo cual supone un desasimiento de todas las cosas y la muerte a sí mismo.

Tal es el fin que hemos de perseguir. El progreso en la contemplación no es sino uno de los caminos para llegar a él, pero no es necesario, y él sólo tampoco bastaría.

«Algunas religiosas dice San Alfonso- han leído los autores místicos, y helas llenas de ardor por esta unión extraordinaria que los maestros llaman pasiva. Mejor querría yo que deseasen la unión activa, es decir, la perfecta conformidad con la voluntad de Dios», en la que, decía Santa Teresa, «consiste la verdadera unión del alma con Dios». Por esta razón, añade ella dirigiéndose a las almas favorecidas con sólo la unión activa: «Tal vez tengan más mérito, pues les es necesario el trabajo personal, y Dios las trata como a almas fuertes... Nadie duda que, sin la contemplación infusa y con la sola gracia ordinaria, se puede mediante sucesivos esfuerzos destruir la propia voluntad y transformarla toda en Dios; desde luego que únicamente hemos de desear y únicamente hemos de pedir que Dios haga en nosotros su voluntad. He aquí, pues, según San Alfonso la transformación por amor, la perfecta conformidad de nuestra voluntad con la de Dios; hay empero dos caminos, el activo y el pasivo. Es inútil observar que se ha de pedir la perfecta conformidad, el Santo Abandono, y él tan sólo de un modo absoluto, puesto que es el único fin. En cuanto a la elección de caminos y medios, pertenece a Dios hacerlo a su gusto. Sin embargo, nos está muy permitido desear las oraciones místicas y pedir su progreso, si tal es el beneplácito divino; la enseñanza tradicional es categórica sobre el particular, y San Alfonso que se separa algún tanto en este punto, conviene por lo menos en que si se tiene el germen de estas gracias, se puede desear su desenvolvimiento.

¿Quién no conoce la estima y el amor de Santa Teresa por las oraciones místicas? Cuanto éstas son más elevadas y frecuentes, tanto pondera su poderosa eficacia para darnos de ellas grandiosa idea, haciéndonoslas desear como bienes inestimables, e incitándonos a adquirirlas, si a Dios pluguiese, sin reparar en el precio. En ninguna parte excluye la santa de este deseo y de este empeño de adquisición la unión plena, la unión extática, ni el mismo desposorio espiritual; y en confirmación pueden citarse numerosos pasajes de sus escritos. A pesar de los magníficos elogios que otorga a la oración de unión, prefiere, sin embargo, la unión de voluntad, como se prefiere el término al camino, el fruto a la flor. Es «esta unión de voluntad la que deseó toda su vida y siempre pidió a Nuestro Señor». «La oración de unión es el camino abreviado», el medio más rápido y más poderoso para conducirnos a él. Pero no pasa de ser uno de los caminos y no el término. «Lo repito, añade ella, nuestro verdadero tesoro es una humildad profunda, una gran mortificación y una obediencia que, viendo al mismo Dios en el Superior, se somete a todo lo que manda... Ahí está la señal más cierta del progreso espiritual, y no en las delicias de la oración, en los raptos, en las visiones y otros favores de este género que Dios hace a las almas cuando le place.»

En idéntico sentido decía San Felipe de Neri: «La obediencia, la paciencia y humildad son de más valor para las religiosas que los éxtasis.»

Santa Teresa y San Felipe y San Alfonso conocían por una larga experiencia personal el precio inestimable de la unión plena y del éxtasis. Lejos de ellos, por consiguiente, la culpable ingratitud que desconoce los dones de Dios y la aberración no menos culpable que los desprecia, que aparta de ellos a las almas y pretende dar una lección al Espíritu Santo. Intentaban tan sólo poner en guardia contra posibles ilusiones, y la más funesta sería con seguridad la de tomar estos favores por la santidad misma. Es verdad que son gracias muy preciosas por cuanto vienen de Dios, mas resta el sacar de ellas el mejor partido, en orden a conseguir que la conducta se eleve y se coloque al nivel de la oración.

Por este motivo San Francisco de Sales pudo decir con razón que, si un alma tiene raptos en la oración y no tiene éxtasis en su vida, es decir, si no se eleva por encima de las mundanas concupiscencias de la voluntad e inclinaciones naturales, por la abnegación, la sencillez, la humildad, y sobre todo por una continua caridad, «todos estos raptos son en gran manera dudosos y peligrosos. Son a propósito para atraer la admiración de los hombres, mas no para santificarse; no son otra cosa que entretenimientos y engaños del maligno espíritu. ¡Dichosos los que viven una vida sobrehumana, extática, elevados sobre sí mismos, por más que no sean arrebatados sobre sí mismos en la oración! Muchos santos hay en el cielo que jamás gozaron de raptos o éxtasis de contemplación... Mas nunca ha habido santo que no haya tenido el éxtasis o rapto de la vida y de la operación, levantándose sobre si mismos y sobre sus inclinaciones naturales».

De aquí podrá juzgarse lo que valen las fórmulas: a tal oración, tal perfección; o bien, a tal perfección, tal oración. Tienen un fondo de verdad, porque de ordinario, la oración se eleva a medida que se eleva la vida espiritual y el progreso en la oración es a su vez causa de nuevos progresos en la virtud. Dase, empero, a estas fórmulas un sentido excesivamente absoluto y muy exagerado, si se supone que las ascensiones de la oración corren parejas siempre y rigurosamente con las ascensiones de la vida espiritual. Esto no es verdad, por lo menos en lo que concierne a la oración mística. Esta es siempre una gracia que Dios no la debe jamás a nadie, ni siquiera al alma más fiel. La da a quien quiere y en la medida que le agrada, y es un magnífico instrumento de trabajo; falta que se sepa hacer uso de él. En la suposición de que varias almas ofrezcan un mismo grado de preparación y de correspondencia, puede Dios no dar estas gracias místicas a unas y dárselas a otras, si tal fuere de su agrado. En tal caso, no hay fundamento para juzgar por sólo esto del grado de su perfección, comparándolas entre sí. San José de Cupertino abundaba en éxtasis, ¿y es por eso mayor que San Francisco de Sales o San Vicente de Paúl, que no fueron tan favorecidos? En nuestros tiempos Dios coima de sus diversos dones místicos a Gemma Galgani, y a muchos otros, mas no los prodiga con tanta profusión a Sor Isabel de la Trinidad, ni a Santa Teresa del Niño Jesús. ¿Queremos con esto decir que las últimas sean menos santas que las primeras? Sólo Dios lo sabe; con todo, nadie ignora que no por eso Santa Teresa del Niño Jesús ha dejado de convertirse en el gran taumaturgo de nuestros días, y que su vida se ofrece como ideal de perfección religiosa.

Todo cuanto llevamos dicho a propósito de la contemplación mística se resume en estas solas palabras con las que terminábamos Los Caminos de la Oración mental; «La mejor oración no es la más sabrosa, sino la más fructuosa: no es la que nos eleva por las vías comunes o místicas, sino la que nos torna humildes, desasidos, obedientes, generosos y fieles a todos nuestros deberes. Cierto que estimamos en mucho la contemplación, a condición, sin embargo, de que una nuestra voluntad con la de Dios, que transforme nuestra vida, o nos haga a lo menos avanzar en las virtudes. No hemos, pues, de desear los progresos en la oración sino para crecer en perfección, y en vez de escudriñar con curiosidad el grado a que han llegado nuestras comunicaciones con Dios, nos fijaremos más bien en si hemos sacado de ellas todo el provecho posible para morir a nosotros mismos y desarrollar en nuestra alma la vida divina.»

 

Artículo 4º.- El «dejar hacer a Dios» en las vías místicas

«Dejar hacer a Dios», es una expresión muy en boga en la actualidad. Es una parte verdadera, mas no ha de tomarse a la letra, so pena de abrir la puerta al semiquietismo. Al exponer la noción del Santo Abandono, hemos mostrado con profusión de detalle que no excluye ni la previsión ni los esfuerzos personales; no es, pues, un puro «dejar hacer a Dios». Esto que es verdadero en el camino ordinario, lo es no menos en el místico. El uno es activo, y pasivo el otro; la acción divina será, pues, diferente; con todo, la fórmula «dejar hacer a Dios» no responde a todos nuestros deberes, ni en uno, ni en otro.

En la vía ordinaria la acción divina adáptase a nuestros procedimientos naturales, déjanos la libre elección y dirección de nuestras acciones, y se pone, por decirlo así, a nuestro servicio, ¡que tan maravillosa es la condescendencia de nuestro Padre celestial! No hablemos, por de pronto, sino de la oración y tomemos como ejemplo la meditación. Como se trata de ejecutar una obra sobrenatural, es de toda necesidad que la gracia nos prevenga y ayude; ella ha de presidir todas nuestras acciones, y ninguna se hará sin su intervención. Déjanos, empero, determinar libremente el tiempo, el lugar, la manera y materia de nuestra oración; asimismo nos permite conducirla a nuestro gusto, es decir, que podemos según nos plazca, elegir nuestras consideraciones y nuestros afectos, asignarles su lugar, la extensión, la variedad que queramos, fijar nuestras resoluciones conforme a nuestras preferencias. Dios trabaja en nosotros y con nosotros, mas se acomoda a nuestro modo humano de obrar, y permanece oculto. Es verdad que dispondrá de nosotros según su beneplácito, y como consecuencia estaremos en la sequedad o en la consolación, en la calma o en el combate, en la paz o en las penas interiores. Aquí tiene lugar el «dejar hacer a Dios», quedando empero un campo dilatado a nuestra libre actividad.

Muy otras son las condiciones al tratarse de las vías místicas. Tomemos como ejemplo la quietud. Dios, al obrar mediante los dones del Espíritu Santo, no se oculta tanto, y por lo regular hace sentir su presencia y su acción. Interviene conforme a su beneplácito, en el coro, en la lectura, en el trabajo, en el tiempo y lugar que juzga oportuno, y no siempre cuando nosotros le esperamos. No se acomoda ya a nuestros procedimientos naturales, y en cierto modo nos impone los suyos. Toma, cuando le place, la iniciativa y dirección de nuestra oración; liga la imaginación, la memoria y el entendimiento para impedir las dilatadas consideraciones, los afectos metódicos y discursivos, variados y complicados, para llevarlos poco a poco a una sencilla atención amorosa. Produce El mismo la luz y el amor, y los derrama a torrentes, como con medida, o gota a gota; los refuerza y los disminuye a su arbitrio. Propone a su consideración sus divinos atributos, la Pasión, la infancia de Nuestro Señor u otra materia que a El le place. Provoca en nosotros un silencio admirativo, transportes amorosos, suaves coloquios, o bien nos reduce a la penosa aridez de un desierto sin fin. No está en nuestro poder hacerle reforzar o modificar su acción, retenerle o hacerle volver contra su voluntad cuando El se quiere retirar. Es el dueño y bien a las claras lo demuestra, mas su intervención será siempre la obra de su amor misericordioso y de su exquisita sabiduría.

A pesar de esto nos deja, en general, la facilidad de hacer nuestras lecturas piadosas, y aun de hallar abundantes consideraciones para servicio de nuestros hermanos. Si se exceptúa la impotencia para meditar que puede llegar a ser total, la influencia mística no liga aquí enteramente las potencias. Podemos siempre recibirla o rechazarla, aceptar el asunto de la oración que ella nos ofrece o tomar otro, atenernos a los actos que nos brinda, o añadir a ellos cuanto queramos, como afectos, peticiones, etcétera. En una palabra, es la quietud una mezcla de pasivo y de activo, o, como dice Santa Teresa, «lo natural se encuentra allí mezclado a lo sobrenatural»; y por lo mismo tendrán cabida simultáneamente el «dejar hacer a Dios» y nuestra actividad personal.

La pasividad será mucho más acentuada en la unión plena y el éxtasis. En la primera no hay apenas trabajo alguno, y ninguno en el segundo, cuando están en su punto culminante. Mas cuando se ha llegado a esta edad de la vida espiritual, la oración está muy lejos de lograr siempre este máximum de intensidad; por otra parte, crece y disminuye durante un mismo ejercicio, y permanecerá, pues, la mayor parte del tiempo en la simple quietud o en las purificaciones pasivas. En suma, es muy raro que la contemplación sea completamente pasiva, y en consecuencia, siempre habrá lugar para el «dejar hacer a Dios», y muy comúnmente para nuestra actividad personal con su más y su menos. Siendo empero la acción divina la principal, es preciso que la nuestra le esté subordinada, que se armonice y refunda en ella.

Este «dejar hacer a Dios», inútil creo decirlo, no es el estado pasivo de un campo que recibe con la misma indiferencia el rocío del cielo o los rayos del sol. Es la actitud de un alma inteligente y libre que, apreciando el beneplácito divino, se presenta toda entera para recibirlo y no perder nada de él. No se limita a dar su consentimiento, a no oponer resistencia, a no hacer nada que sea un obstáculo; presenta su espíritu, su corazón, su voluntad para entregarse toda a la gracia. En consecuencia, por todo el tiempo que se haga sentir la influencia mística, vela el alma para rechazar las distracciones y, si está en su mano, las ocupaciones incompatibles con la oración; evita el buscar y aun aceptar largas consideraciones, afectos variados y complicados: cosas todas más a propósito para ahogar esta pequeña llama que para avivarla. Recibe, sin embargo, la acción divina con reverencia y sumisión, con reconocimiento y confianza, y a ella se adapta de la manera que puede. La acepta tal como le es ofrecida, débil o fuerte, silenciosa o suplicante sin buscar otra materia. Si en lo que recibe cree encontrar ocupación suficiente, limitase a contemplar a Dios en un silencio amoroso, o a excitar piadosos afectos, en conformidad con el movimiento de la gracia. Si esta ocupación es escasa, trata de reforzarla con algunos piadosos afectos, conforme a la acción divina. En una palabra, pónese con una amorosa reverencia a disposición de la gracia. Cuando ha dejado de hacerse sentir la influencia mística, el alma se entrega a la oración por determinación propia conforme a sus deseos, por los procedimientos que le han dado mejor resultado. Suple entonces lo que no pudo hacer en la oración pasiva, y se aplica a las piadosas lecturas, y produce los afectos y peticiones que convienen. Insistía mucho sobre este punto San Francisco de Sales en la dirección que daba a Santa Juana de Chantal y a sus hijas. Después de la oración, aplicase el alma a hacerle producir todos sus frutos y a mantenerse, mediante la mortificación interior, en el fervor y la pureza que la dispongan a nuevas gracias, si a Dios place concedérselas.

Cuando la sumerge una y otra vez hasta la saciedad en las purificaciones pasivas, parécela a esta pobre alma hallarse abandonada del cielo, pero nada está perdido sino para el hombre viejo. El alma está en manos de Dios, ¿a qué fin resistir? El es todopoderoso y el mejor medio de abreviar la prueba es someterse sin queja y sin recriminaciones ni inquietudes. Lejos de mantenernos puramente pasivos, confiemos en Dios, nuestro mejor Amigo, nuestro Padre infinitamente sabio y bueno; démosle, mientras quiera, nuestras manos y nuestros pies y dejémosle crucificarnos a su placer. No huyamos de El cuando la oración se nos vuelve enojosa, sino que vayamos a ella como de costumbre y cumplamos con ánimo nuestro deber. No pongamos causa alguna voluntaria de sequedad, y tengamos delante de Dios una actitud humilde, arrepentida, sumisa y llena de confianza, de suerte que este doloroso estado produzca realmente en nosotros cuanto puede producir en humildad, renuncia y santo abandono, y de este modo habremos hecho negocio de gran ganancia.

Tal es la conducta que Santa Juana de Chantal observaba y hacia seguir a sus hijas. «En estado pasivo no dejaba de obrar en los momentos en que Dios le retiraba su operación o la excitaba a ello; sus actos, empero, eran siempre cortos, humildes y amorosos.» «Si, hija mía, decía ella, cuando Dios lo quiere y me lo manifiesta por el movimiento de la gracia, hago algunos actos interiores, o pronuncio algunas palabras exteriores, sobre todo cuando he de rechazar las tentaciones. Dios no permite sea tan temeraria que presuma no tener jamás necesidad de hacer acto alguno, y creo que los que dicen que nunca los hacen no lo entienden. Creo que también nuestra hermana Ana María Rosset los hace sin darse cuenta; por lo menos yo se los hago hacer exteriores.» Cuidaba, pues, la santa, añade su historiador, «de no hacer nada sino por impulso de la gracia, a la cual vivía por completo sumisa y obediente, ora la invitase Dios a obrar, ora la dejase como abandonada a sí misma, retirándola su operación». Pasaba así de un estado a otro, alternativamente activo o pasivo, a gusto de Dios: notable vicisitud en la vida de esta gran santa, y que tendía, dice Bossuet, «a hacerla difícil bajo la mano de Dios y a hacer que no cesase de acomodarse al estado en que la ponía, de donde resultaban las virtudes, las sumisiones y resignaciones admirables que se destacan en su vida». «Este extraordinario estado que la Santa sólo al principio había experimentado en la oración, no tardó en saborearlo en la Santa Misa, la Comunión, durante el oficio divino, y con frecuencia durante todo el curso del día. No era ello a veces sino un relámpago durante el cual permanecía en silencio cerrados los ojos, unida a Dios por una simple mirada. Otras veces se prolongaba este estado horas enteras, mas sin hacerle perder su libertad de espíritu, ni su libertad de acción.»

Esta última reflexión nos lleva a decir que del mismo modo que pueden las almas ser movidas por influjo divino en la oración, pueden serlo también en la acción. Hemos hablado largamente de la oración, porque, a nuestro juicio, allí es sobre todo donde se ejerce la influencia mística, y lo que hemos dicho hará conocer mejor lo que será esta influencia y cómo hemos de corresponder a ella, cuando se deja sentir en otra parte.

En el camino ordinario, la gracia permanece secreta, hasta para el mismo que la recibe. Déjanos la iniciativa, la elección en las cosas libres, la deliberación, la determinación, la ejecución. En realidad, no hay duda que todo procede del Espíritu Santo, no siendo posible nada sobrenatural sin que El nos sugiera el pensamiento y nos ayude a quererlo y a ejecutarlo. Pero El se oculta y se adapta a nuestros procedimientos naturales, de suerte que todo parece venir de nuestros esfuerzos. La fe es la que nos enseña que nuestra voluntad tuvo que ser ayudada con una gracia secreta y sostenida en determinados momentos por los dones del Espíritu Santo.

Por el contrario, tanto en la acción mística como en la oración mística también, déjase sentir la acción de Dios y llega a ser, por decirlo así, manifiesta. Aquí ya no se limita a seguir nuestros procedimientos humanos; hállase el alma de repente iluminada y puesta en movimiento, como por un instinto divino, una inspiración particular, una moción especial. Por repentina, por dulce e imperiosa que sea la acción divina, no suprime el ejercicio del libre albedrío, se la consiente con toda el alma, y con gusto se reúnen todas las energías para corresponder a ella. Por eso pudo decir Bossuet: «Tanto más obramos cuanto somos más empujados, más movidos, más animados del Espíritu Santo; este acto por el cual nos entregamos a la acción que El ejecuta en nosotros, nos pone, para así expresarnos, por completo en acción para Dios.»

Mas bajo otro punto de vista somos tanto menos activos cuanto nuestro estado es más pasivo, y se siente sin poder dudarlo que un poder superior ha tomado la iniciativa, ha hecho la elección del acto, reemplazando la deliberación por un instinto divino y compelido en seguida a la ejecución. Cuando un alma es frecuentemente favorecida con estas influencias místicas, suele decirse que está bajo la dirección del Espíritu Santo.

¿Puede estarlo siempre y en todas las cosas? San Juan de la Cruz lo juzga así de la Santísima Virgen, y casi exclusivamente de Ella: «Elevada -dice- desde el principio a este altísimo estado -en que es Dios mismo quien dirige las potencias hacia los actos conformes al querer divino-, no tuvo jamás la gloriosa Madre de Dios en el espíritu el recuerdo de criatura alguna capaz de distraerla de Dios y dirigirla en su modo de obrar. Todos sus movimientos fueron siempre producidos por el Espíritu Santo... Por más que sea difícil hallar un alma enteramente conducida por el Señor y enriquecida con la perpetua unión, durante la cual las potencias están divinamente ocupadas, sin embargo, hállanse con bastante frecuencia algunas que son movidas por El en sus acciones y no se mueven por sí mismas.» Bossuet es del mismo parecer cuando dice: «Estos estados imaginarios de nuestros falsos místicos, en que las almas son siempre divinamente movidas por las extraordinarias impresiones de que hablamos, no son conocidos ni del Padre Juan de la Cruz, ni de la Madre Santa Teresa. Por mi parte añado que ni los Ángeles, ni las Catalinas de Sena y de Génova, los Ávilas, los Alcántaras, ni otras almas de la más pura y alta contemplación, jamás han creído ser siempre pasivos, sino a intervalos; y con frecuencia dejados a si mismos han obrado de la manera ordinaria. Otro tanto se manifestaba en la Madre Chantal, una de las personas más experimentadas en esta vía.» ¿Hay o hubo algún corto número de almas escogidas movidas por Dios de esta manera a cada instante? Bossuet «deja la resolución al juicio de Dios y, sin reconocer la existencia de estados semejantes, tan sólo dice que, en la práctica, nada hay tan peligroso ni tan sujeto a ilusión como guiar las almas cual si éstas hubiesen llegado a ellos, y que en todo caso la perfección del cristianismo no consiste en estas prevenciones.»

A propósito de estos estados pasivos señala Bossuet dos extremos opuestos: el de los quietistas, que hacen a esta pasividad perpetua, muy común y necesaria al menos para la perfección, y el que consiste en tomar por ilusiones sospechosas todos «estos estados en los que almas escogidas reciben pasivamente impresiones divinas tan altas y tan desconocidas, que apenas podemos darnos cuenta de su admirable simplicidad».

En consecuencia, por todo el tiempo que sintamos en nosotros la acción de Dios, la hemos de seguir con docilidad llena de confianza; cuando aquélla cesa es preciso tornar a los medios ordinarios de huir del pecado, de practicar la virtud, de cumplir los deberes diarios. Y, como el camino nos está ya claramente indicado y la gracia jamás falta a la oración y fidelidad, no hay para qué esperar que Dios nos declare de nuevo su voluntad o nos impela a la acción por una moción especial. O mejor aún, «no es permitido que un cristiano, dice Bossuet- bajo pretexto de oración pasiva u otra extraordinaria, espere en la dirección de la vida, así en lo que mira a lo espiritual como a lo temporal, que nos determine a cada acción por vía e inspiración particular; al contrario, induce a tentar a Dios, a la ilusión y a la negligencia».

Mas, en estas materias tan delicadas, hay que temer las ilusiones. Se ha de someter nuestra vida mística a un examen serio, según las reglas del discernimiento de los espíritus. Si de ellas resulta una más perfecta observancia de nuestros votos y nuestras Reglas, obediencia a nuestros superiores, vivir en paz con nuestros hermanos, combatir las tentaciones, santificar las pruebas, no se puede sospechar ni de su origen ni del uso que de ellas se hace. Aun en este caso, es necesario imitar a Santa Teresa: «Lo que con mayor ahínco deseó siempre fue adquirir las virtudes; y esto mismo es lo que más dejó encomendado a sus religiosas, acostumbrando decirles que el alma más humilde y más mortificada sería también la más espiritual.»

Como es tan difícil ser buen juez en propia causa, será de todo punto necesario recurrir a un director experimentado. Por otra parte, ha establecido la Providencia que los hombres sean gobernados por otros hombres. Nuestro Señor aparecióse a Saulo y le envió a Ananías. Santa Teresa, Santa Juana de Chantal, Santa Margarita María tenían el espíritu muy esclarecido y el juicio muy recto y no dejaban, sin embargo, de recurrir a su director, o según el caso, a sus superiores. Hablando Santa Teresa de sí misma, dice «que jamás reguló su conducta por lo que se le había inspirado en la oración, y cuando sus confesores la decían que obrase de otra manera, los obedecía sin la menor repugnancia y les daba cuenta de cuanto le sucedía... Decíala nuestro Señor entonces que hacia bien en obedecer, y que El manifestaría la verdad». Con todo, mostróse irritado contra los que la impedían hacer oración. De igual modo decía Nuestro Señor a Santa Margarita María: «En adelante acomodaré mis gracias al espíritu de la Regla, a la voluntad de tu Superiora, y a tu debilidad, y ten por sospechoso todo lo que pudiera desviarte de su exacto cumplimiento. Deseo que la prefieras a todo lo demás, aun la voluntad de tus superioras a la mía. Cuando ellas te prohíban lo que yo te hubiera ordenado, déjalas hacer, que yo sabré hallar todos los medios de hacer triunfar mis designios por caminos opuestos y contrarios... » Mostró en lo sucesivo los terribles golpes que sabe descargar para echar por tierra las oposiciones. Porque quiere «que se prueben los espíritus para ver si son de Dios»; mas, una vez habidas las suficientes pruebas, no admite que se entre en lucha con El.

 Índice          Anterior         Arriba         Siguiente