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Dom Vital Lehodey
El Santo Abandono
3. Ejercicio del
Santo Abandono
14. EL
ABANDONO EN LAS VARIEDADES ESPIRITUALES DE LA VÍA MÍSTICA
Artículo 1º.- Vía ordinaria o vía
mística
No hablarnos por el
momento sino de la oración. y solamente con relación al santo
abandono.
¿Cuál es el
fin de la oración? Por ella nos proponemos rendir a Dios nuestro
homenaje; mas también hemos de buscar en ella la reforma de nuestras
costumbres y el acrecentamiento de todas las virtudes, en especial de la
caridad divina, con el fin de crecer en la vida de la gracia, y por
consiguiente en la vida de la gloria. La oración nos encamina a este
fin, mediante los actos que en ella se hacen, las gracias que se obtienen y
las santas disposiciones en que nos deja. Y la mejor para nosotros será
siempre aquella que de una manera afectiva y con más acierto nos
conduzca a todo esto.
El venerable P. Luis de
la Puente decía, pues, con mucha razón: « El punto
capital -en los caminos de la oración-, es que las almas enderecen sus
meditaciones a la reforma de sus costumbres, y que estén bien
persuadidas de que las luces espirituales son de muy escaso valor sin la
práctica. Es, pues, necesario que se aprovechen de las gracias de la
oración y de las luces que en ella reciben, para hacer cada día
nuevos progresos en la virtud, para llegar a ser más serviciales,
más obedientes, más dulces, más pacientes, más
desprendidas de sí mismas, más amigas de los empleos bajos,
más indiferentes en la estima y afecto de las criaturas, más
cuidadosas de quebrantar su voluntad y de moderar la impetuosidad de sus
deseos.» En otra parte, añade el mismo autor con el P. Baltasar
Álvarez: « En fin principal de una buena oración y el
mejor fruto que de ella resulta consiste en dar a Dios todo lo que nos pide,
conformarnos en todo con las disposiciones de su Providencia relativas a
nosotros, teniendo por un bien que nos quite la salud, el honor, los bienes y
las comodidades temporales, que nos prive de sus favores o nos retire su
presencia, dejándonos en las tinieblas y en los hielos del invierno;
que nos entregue como presa a las tentaciones, a los temores, a las
desolaciones de todo género. Nada más razonable: porque,
¿qué pretende Dios haciéndonos andar por estos duros
caminos, sino conseguir por ello mayor gloria y procurar nuestro adelantamiento
en la virtud? No hay duda, con tal que seamos fieles y perseverantes y no
vayamos a mendigar cerca de las criaturas las consolaciones que El nos niega,
y no retrocedamos ante la cruz que nos presenta.»
Rendir a Dios nuestros
homenajes es el objeto primario de la oración, pero otro, que nunca
debemos perder de vista, es nuestro progreso espiritual: esto es lo que ante
todo debemos procurar y pedir con las más vivas instancias y de manera
absoluta. Sea cualquiera la forma de nuestra oración, ahí es
adonde ha de ir a desembocar: si efectivamente consigue este efecto, importa
poco que sea de las más comunes; y si eso no se consigue, ¿de
qué nos serviría, aun cuando fuese de las más
místicas? «Estas enseñanzas -añade el Venerable P.
La Puente- son tanto más necesarias -y deben recordarse- cuanto que
muchas almas, aplicadas de lleno a soñar en caminos espirituales,
descuidan su reforma y su adelantamiento, lo que es un verdadero
engaño, y de donde se sigue que, después de muchos años
de oración, han avanzado poco más que al principio de su
carrera. Quizá no hay ilusión más funesta para sí
misma y para los demás.»
Dos caminos hay para
llegar al fin: el camino ordinario, en que la oración no es
manifiestamente pasiva, y el camino místico, en el que domina la contemplación
infusa oscura, con las purificaciones pasivas. Las visiones, las
revelaciones, las palabras sobrenaturales pueden o no hallarse en este
segundo camino.
¿Bastará el
camino ordinario para conducimos a la santidad propiamente dicha? Bossuet
declara que «sin las oraciones extraordinarias, se puede llegar a ser
un gran santo»; mas se limita a afirmarlo. Según San Francisco
de Sales, «muchos santos hay en el cielo que jamás tuvieron
éxtasis ni raptos de contemplación, porque
¡cuántos mártires y grandes santos vemos en la historia
que nunca tuvieron en la oración otro privilegio que el de la
devoción y fervor!». Nadie lo dudará respecto de los
mártires; en cuanto a los otros santos, el piadoso doctor sólo
habla de éxtasis, pasando en silencio los grados de oración que
le preceden. En los procesos de canonización, según hace notar
Benedicto XIV, la Iglesia empéñase siempre en comprobar la
heroicidad de las virtudes y milagros, pero «hay muchos nombres
perfectos que han sido canonizados, sin que se haya tratado si tuvieron la
contemplación infusa». ¿Obedece esto a que no se
considera al estado místico necesario para la santidad? ¿No se
funda más bien este proceder en que es imposible a veces determinar,
fuera de tiempo, la existencia y grado de esta contemplación? La
cuestión queda incierta en teoría, y de hecho, según el
P. Poulain, un estudio histórico conduciría a esta
conclusión: que «casi todos los santos canonizados» han
tenido la unión mística, y en general intensa; se acostumbra a
decir que no la disfrutaron, y tal afirmación es errónea
respecto de algunos, y no está suficientemente probada con
relación a los demás, faltando los documentos en determinados
casos.
¿Basta el camino
ordinario por lo menos para conducir a una elevada perfección? En
general se admite. Santa Teresa, como nadie ignora, coima de los más
brillantes elogios las oraciones místicas, e invita a desearías
vivamente. No obstante, para consolar a aquellas de sus hijas que no
serían elevadas a tal estado, aunque hiciesen cuanto era de su parte,
les dice: «Es de suma importancia comprender que Dios no nos conduce a
todos por un mismo camino, y que con frecuencia el que es más
pequeño a sus propios ojos, es el más elevado en presencia del
Señor. Así, por más que todas las religiosas de este
monasterio se ejerciten en la oración, no se sigue que todas hayan de
ser contemplativas; esto es imposible... - La que no lo es, no dejará
de ser muy perfecta, a condición que cumpla fielmente lo que acabo de
indicar; podrá aun sobrepujar a las otras en mérito, pues
habrá de trabajar más a sus propias expensas. El divino Maestro
tratándola como a un alma fuerte, unirá a la felicidad que la
reserva en la otra vida todas las consolaciones que no ha disfrutado en
ésta... Santa Marta fue una santa, aunque no se dice que fue
contemplativa; si lo hubiera sido al modo de su hermana, abismada en una
amorosa contemplación, no hubiera hallado nadie para preparar el
alimento de Nuestro Señor. Puesto que es indudable que, sea por la
oración mental o vocal, servimos siempre a este divino huésped,
¿qué nos importa llenar nuestras obligaciones con El más
bien de una manera que de otra?»
San Francisco de Sales
usa idéntico lenguaje: «Hay personas muy perfectas, a las que
nuestro Señor jamás concedió semejantes dulzuras ni estas
quietudes; todo lo ejecutan con la parte superior de su alma y hacen morir su
propia voluntad en la de Dios, gracias a notables esfuerzos y haciendo un
llamamiento heroico a la razón; y esta muerte es en ellas la muerte de
cruz, la cual es mucho más excelente y generosa que la otra.» De
aquí concluye Bossuet, que «es un error hacer consistir el
mérito y la perfección en el estado activo o pasivo. A Dios
pertenece juzgar el mérito de las almas a quienes favorece con su
gracia según las disposiciones que les inspira, y según los
grados de amor divino -y otras virtudes- de sólo El conocidas».
Concluyamos con el P. Álvarez de Paz: «Todos los perfectos no
son elevados a contemplación perfecta, porque Dios todopoderoso tiene
otros caminos para hacer perfectos y santos. En unos obra de un modo
admirable por medio de las aflicciones, las enfermedades, las tentaciones y
las persecuciones. Forma a otros mediante los trabajos de la vida y por el
ministerio de las almas, ejercitado con las más puras intenciones. Conduce
a otros a una eminente santidad, por medio de la oración ordinaria y
de la mortificación en todas las cosas. Acontece a veces que uno,
favorecido con grandes dones de contemplación, hállase inferior
en caridad perfecta a otro que no los ha recibido.»
El camino místico
no es, por consiguiente, el único que puede conducir a una elevada
perfección, pero es preciso convenir en que lleva a ella más
aprisa y más fácilmente. En los Caminos de la Oración
mental, «hemos puesto de manifiesto los poderosos resultados de las
purificaciones pasivas, en las que Dios mismo, queriendo purificar al alma y
simplificaría, obra con exquisita sabiduría que conoce el mal y
el remedio, aplicando su mano poderosa, que continúa su obra a pesar
de nuestras cobardías y debilidades». Hemos dicho que las
oraciones místicas, sobre todo las más elevadas, están
dotadas de una incomparable fuerza para iluminar el espíritu, mover el
corazón, arrastrar la voluntad, y transformar nuestra vida. La
contemplación infusa no es ciertamente ni la perfección ni el
medio necesario para llegar a ella; sin embargo, es un maravilloso
instrumento de santificación, «la escuela de las heroicas
virtudes, el camino más corto y el vehículo más
rápido para la perfección, una perla preciosa entre todas; tesoro
tan deseable, que un sabio mercader no titubea en vender todos sus bienes por
adquirirla».
Suélese poner
fácilmente como objeción los peligros de estos caminos
más elevados y menos comunes; pero, «si la contemplación
mística ofrece peligros que no es conveniente exagerar, la
oración ordinaria tiene los suyos, que no son menos reales, y que
tampoco se han de olvidar; y ya que el temor de los peligros no impide que
las almas se entreguen a la meditación atraídas por sus
ventajas, no hay razón suficiente para sospechar de la
contemplación. Las oraciones místicas son una mina de oro,
explotémosla; es cierto que ofrecen peligros, mas velemos por nuestra
seguridad, sigamos con docilidad la inspiración divina, evitando con
el mayor cuidado las emboscadas del enemigo. Por otra parte, la experiencia
no tardará en mostrarnos que estas oraciones convienen a las almas
generosas dispuestas a sufrirlo todo para unirse a Dios, y no a aquellas que
están ávidas de gozar y de elevarse. El contemplativo
participará con mayor frecuencia de la crucifixión del Calvario
que de las alegrías del Tabor, y si tiene necesidad de ser probado y
humillado, la tiene más aún de ser confortado.»
Otra objeción es
el peligro de las lecturas místicas. ¿Será el
único? ¿No habrá que temer mucho más la
ignorancia, las prevenciones, una especie de idea preconcebida, que
cerrarían la puerta al Espíritu Santo? Suponemos,
entiéndase bien, que el libro es de santa doctrina y que responde a
las necesidades del alma. Y aquí aprovechamos gustosos la ocasión
para decir que en los caminos de la oración es particularmente
necesario un sabio director, al cual incumbe la elección de las
lecturas. Entonces, este peligro provendría no del libro, sino de la
misma alma, demasiado ansiosa de gozar y de elevarse. En estas disposiciones
todo será peligroso para ella, no sólo las lecturas
místicas, sino los libros ascéticos, las consolaciones de la
oración ordinaria, y hasta la sagrada Comunión. Es esta
lamentable disposición la que se habrá de condenar.
La contemplación
mística depende ante todo del beneplácito divino. «No
está Dios obligado -dice Santa Teresa- a distribuirnos en este mundo
esas gracias sin las que nos podemos salvar. Distribuye sus favores cuando le
place: Dueño de sus bienes, los puede así comunicar sin ofensa
de nadie.» «Perfectos hay -dice Álvarez de Paz- a quienes
Dios rehúsa este don, a causa de su temperamento poco acomodado para
la contemplación... a otros para humillarlos, por el riesgo que corren
de estimarse a sí mismos y enorgullecerse con estos brillantes
favores; a otros en fin, para realizar disposiciones secretas de su
Providencia, que no nos es dado conocer.» Empero, no se ha de exagerar
el alcance de esta observación, porque, en sentir de Santa Teresa,
«nada desea Dios tanto como hallar a quien dar, y sus dones no aminoran
sus riquezas». Por el contrario, cuando más da más se
enriquece; ¿acaso no es éste para El el medio más
excelente de hacerse conocer, amar y servir?
Sucede con los dones
místicos lo que con cualquier otra gracia; Dios la concede
liberalmente, pero «como El quiere y conforme a la disposición y
cooperación de cada uno». A nadie debe gracia tan inestimable,
por bien preparado que se halle. De ordinario, espera que el alma esté
suficientemente purificada y rica ya de virtudes, sin ser aun del todo
perfecta. Cuando ella se abre por completo mediante una generosa
preparación y una fiel correspondencia, la luz y el amor se precipitan
en ella a grandes oleadas, entrando con menor abundancia si el alma se abre
sólo a medias. Por consiguiente, siendo en todo la
contemplación una gracia, depende en gran parte del celo que se
despliegue para disponerse y corresponder a ella: Más adelante diremos
que Dios mismo acaba de disponer al alma cuando a El le place por medio de
las purificaciones pasivas. La preparación de que aquí hablamos
proviene de nuestra iniciativa, mediante el socorro ordinario de la gracia.
Consiste, según dejamos dicho en otra parte: 1º En suprimir los
obstáculos, reforzando la cuádruple pureza de conciencia, dc
espíritu, de corazón y de voluntad tan necesaria para toda
oración; En disponer positivamente el alma, haciendo de ella un
santuario silencioso y recogido, embalsamado con todas las virtudes. Le es
necesaria la fe viva, la confianza y el amor; y esto no lo alcanza sin una
medida proporcionada de renunciamiento, de obediencia y de humildad. Y
naturalmente, más adelantado debe uno hallarse en estas virtudes para
la contemplación que para la oración ordinaria.
Es la doctrina que
nuestro Padre San Bernardo no cesa dc inculcarnos. Citemos tan sólo el
pasaje en que explica estas palabras del Cantar de los Cantares:
«Lectulus noster floridus.» «Vos también
deseáis, quizá, dice, este reposo de la contemplación, y
hacéis bien; sólo que no habéis de olvidar las flores
que adornan el lecho del Esposo. El ejercicio de las virtudes ha de preceder
al santo reposo, como la flor debe preceder al fruto». Abnegad vuestra
propia voluntad, porque si vuestra alma está cubierta de la cicuta y
de las ortigas de la desobediencia, ¿podrá darse todo a vos
Aquel que amó la obediencia hasta el punto de morir antes que dejar de
obedecer? Yo no puedo comprender a algunos de entre nosotros: nos han turbado
por su singularidad, irritado por su impaciencia, despreciado por su
obstinación: molestan sin cesar a sus hermanos y hieren la concordia,
mas aún tienen «la desvergüenza» de invitar con
incesantes ruegos al Dios de toda pureza a tomar reposo en su alma manchada.
«Vuestro lecho no es florido, huele mal. Comenzad por purificar vuestra
conciencia de toda levadura de ira y de disputa, de murmuración y de
envidia. Apresuraos a arrojar de vuestro corazón todo cuanto
conozcáis contrario a la paz con vuestros hermanos, a la obediencia
para con vuestros superiores. Rodeaos en seguida de flores de todo género
de buenas acciones, de buenos deseos, perfumados con los suaves olores de las
virtudes. Pensad, practicad todo lo que es verdadero, todo lo que es casto,
todo lo que es justo, santo, amable, de buen nombre, todo lo que es virtud y
disciplina. Entonces podréis llamar al Esposo con confianza, y decirle
con toda verdad: "Nuestro lecho es florido, pues sólo respira
piedad, paz, mansedumbre, justicia, obediencia, santa alegría y
humildad". Así, pues, los aún novicios en la vida
espiritual han "de besar los pies al Salvador", regarlos con las
lágrimas de su arrepentimiento. Los que trabajan penosamente en la
adquisición de las virtudes "besen las manos del buen
Maestro"», y llámenle humildemente en su ayuda; es preciso
que aun adoren temblando, que se hagan del todo pequeñas, y el Maestro
infinitamente sabio tendrá cuidado de humillarías antes de
elevarías, y de humillarías aun después de haberlas
elevado. «Porque es necesario que, quien aspira a tan valiosos favores,
tenga de sí bajos sentimientos... Cuando veáis que os humilla,
es prueba de la proximidad de la gracia... si sabéis sufrirlo todo en
silencio y con alegría por Dios.»
La contemplación
mística, en opinión de Santa Teresa, es un convite general al
que Nuestro Señor nos invita a todos. Les es, pues, ofrecido y como
prometido a las almas de buena voluntad; lo dará a las que se preparen
a él por un completo desasimiento, una perfecta humildad, y la
práctica de las otras virtudes, y a los que, lejos de detenerse en el
camino, marchan con ardor siempre nuevo hacia el feliz término de sus
deseos. La Santa exige sobre todo «humildad, humildad, puesto que por
ésta se deja vencer el Señor y cede a todos nuestros
deseos». Sin duda, esta oración es sobrenatural, y Dios, dueño
siempre de sus bienes, no nos conduce a todos por un mismo camino. Sin
embargo, « sea el alma humilde y despegada de todo, pero que lo sea de
verdad, y no de pura imaginación que con frecuencia engaña, y
el divino Maestro le concederá, sin duda, no sólo esta gracia,
sino muchas otras también que sobrepasan sus deseos». San Juan
de la Cruz tiene idéntico modo de pensar.
De hecho, por poco que se
hojeen los Exordios de Císter, nuestro Menelogio y los Sermones de
nuestro Padre San Bernardo, se llega pronto al convencimiento de que la
mística ha tenido magnífico desarrollo en nuestra Orden durante
muchos años y siglos. Otro tanto sucedió entre los hijos del
Pobre de Asís, en el Carmelo, en la Visitación, y en todas las
familias religiosas, mientras han conservado el fervor primitivo,
especialmente entre las contemplativas y de vida claustral. Santa Teresa
afirma que apenas había en sus casas una religiosa que marchase por
los caminos de la meditación; las otras, son todas elevadas a la
contemplación perfecta. Declara Santa Juana de Chantal que «el atractivo
casi general de las Hijas de la Visitación es por una
secillísima presencia de Dios y un entero abandono»; lo que no
es ya de la oración ordinaria, y lo cual no es de extrañar,
dado que el medio ambiente era ideal. Mas declara Scaramelli después de
treinta años de misión, «que ha encontrado por todas
partes algunas almas a las que Dios conducía por estos caminos
místicos a una elevada santidad». En nuestros días, como
en los siglos pasados, la experiencia demuestra que Dios se ha reservado no
pocas almas a las que favorece con sus más preciosos dones; las hay
hasta en el mundo, y en las comunidades religiosas. Esto no lo
alcanzará la mayoría de las almas; la muchedumbre
quedará siempre en el valle, un buen número subirá las
primeras pendientes, y sólo una parte escogida ganará las
cumbres. La oración mística será, pues, muy rara en sus
grados superiores, pero en sus primeros escalones lo es mucho menos de lo que
comúnmente se cree. Tanto más, cuanto que muchas almas son
contemplativas sin saberlo su confesor, y hasta sin sospecharlo ellas mismas:
«Son éstos, según expresión de Bossuet, los juegos
maravillosos de la divina Sabiduría que oculta a las almas lo que les
da, y que les hace buscar la contemplación que ya poseen.»
Debiera, empero, el
estado místico ser harto más frecuente. Son numerosas las almas
que Dios querría conducir allí y se quedan en mitad del camino.
Algunos podrían decir con el enfermo del Evangelio: «Hominem non
habeo»; no tengo quien me introduzca en la piscina, y hasta encuentro quienes
me impiden entrar en ella. Otras están retenidas por la fatiga, la
agitación, los escrúpulos; pero la mayor parte no aprecian esta
perla preciosa en su valor, no han hecho lo necesario para conseguirla, no
han cultivado suficientemente la abnegación, la obediencia, la
humildad. Esta es la causa principal de que no haya más
contemplativos. Con razón decía Santa Catalina de Bolonia:
«Si hoy se hallase una Magdalena que amase a Dios con más ardor
que la del Evangelio, Dios también le correspondería con
más amor y le concedería dones más excelentes; si
existiera un Francisco que abrazase por El más sufrimientos que San
Francisco de Asís, le colmaría de más numerosos y
preciados favores; si hubiese una Clara que por su santidad fuese más
agradable a Dios que Santa Clara, la enriquecería de gracias
más preciosas.»
De esta exposición
dimanan las conclusiones siguientes:
No estamos obligados a
desear el estado místico, y Dios tampoco lo está a
dárnoslo, porque no constituye la perfección, ni el
único camino para llegar a ella.
Tenemos legítimo
derecho a desearlo y pedirlo hasta con instancias, por la sobreabundancia de
luz y de amor, por el aumento de fuerza que nos proporciona. Es muy bueno
tenerlo a la vista, aunque sólo fuese como un ideal lejano, pues sería
poderoso estimulante de nuestra actividad espiritual.
Hemos de disponemos a
él, porque, en definitiva, la preparación que de nosotros
depende, no es otra cosa sino el fiel cumplimiento de los deberes diarios y
la práctica de la mortificación cristiana; y esto se impone a
toda alma cuidadosa de su adelantamiento espiritual.
No ha de ser nuestro
deseo afanoso ni quimérico, ya que cada cosa ha de venir a su tiempo;
es necesario arrostrar los duros combates de la vía purgativa y los
prolongados trabajos de la vía iluminativa, antes de gustar el reposo
de la vía unitiva. Seria una deplorable ilusión descuidar la
lucha y el progreso, acariciando la idea de llegar a la contemplación
sin ejecutar con celo y sin demora lo que constituye su preparación
necesaria.
Por legítimo que
sea nuestro deseo, ha de regularse por la humildad y el abandono. Un alma
humilde se juzga indigna de tan encumbrado favor, no se sentirá herida
de estar privada de él durante largo tiempo, ni de estarlo para
siempre. Con el abandono se hace indiferente por virtud, hasta para una cosa
tan deseable cual es la contemplación; no la pretende sino en cuanto
Dios la quiere para nosotros, y así se conserva en el orden y la paz,
y en caso de falta de éxito se evita la tristeza y el desaliento.
Deseemos el progreso en
la oración, puesto que es un poderoso medio. Deseemos aún con
mayor ahínco el progreso en la virtud, puesto que es el fin. Pongamos
nuestra solicitud y esfuerzo en hermosear nuestra morada interior, en
adornarla con todas las virtudes, en vivir allí con Dios en el
silencio y la vida de oración; y, aun suponiendo que nos las rehusase
para santificarnos por otro camino, siempre nos quedará como premio de
nuestros esfuerzos un rico acrecentamiento de gracia y de gloria. ¿No
es esto lo esencial?
Artículo 2º.- Las variedades de la
contemplación mística
Supongamos ahora que Dios
nos abre el camino de la contemplación. Esta tiene una gran variedad
de senderos, y Dios se reserva elegimos el nuestro.
La contemplación
será siempre una oración de simple mirada amorosa a Dios y a
las cosas de Dios. Su esencia toda entera se cifra en estas dos palabras:
mirar y amar. Hay, sin embargo, en ella una época de
transición, durante la cual, ora se medita, ora se contempla. Existe
también la contemplación activa y la pasiva: en la primera
diríase que el alma ha dejado el discurso y simplificado sus afectos
por su libre elección; en la segunda se da cuenta con evidencia de que
la luz y el amor no provienen de sus esfuerzos, sino que los recibe, y es
Dios quien los derrama. Los distribuye empero el Señor como quiere:
dará más luz que amor, y la oración será
querúbica; infundirá más amor que luz, y la
oración será seráfica. Destinará a unos cuantos a
contemplar sus divinos atributos, o la adorable Trinidad; a la mayor parte a
contemplar la santa Humanidad, Jesús Niño, la Pasión, el
Sagrado Corazón de Jesús, el Santísimo Sacramento, etc.
Dios es el Dueño, y a El le pertenece señalar a cada alma su
misión y su servicio. A veces la acción mística
producirá un silencio admirativo y lleno de amor, a veces palabras de
ternura o impetuosos transportes. Tan pronto derramará la luz a
torrentes como con medida, y aun gota a gota, conforme a las disposiciones
del alma, y según se proponga Dios abrasaría o purificarla. En
una palabra, por múltiples razones la contemplación
revestirá formas diversas y cambios frecuentes, que exigirán de
nuestra parte una abnegación de todos los días y un filial
abandono.
Detengámonos a
contemplar más de cerca una de las más duras variaciones, o sea,
que la contemplación sea a veces sabrosa, y que ordinariamente sea
árida o sin gran consolación.
Para mejor inteligencia
de esta doctrina, notemos con el P. le Gaudier, «que hay actos
esenciales a la contemplación, a saber: en la inteligencia, una simple
mirada cesando todo discurso; en la voluntad, el amor de amistad, el
más excelente de todos, fuente, forma y fin de la
contemplación. Mas hay en ella otros actos que, por decirlo
así, la completan, como la admiración, la devoción unida
a una inefable delectación». Indudablemente, estos
últimos actos perfeccionan la oración mística, aportando
a ella cierto esplendor de belleza, una más suave dulzura, y hasta un
suplemento de fuerza. Pero aun prescindiendo de todo esto, la
contemplación conserva sus elementos esenciales, y como Dios nos
gobierna con tanta sabiduría como amor, sírvese así de
la contemplación sabrosa, como de la contemplación árida
y purificadora, según el efecto de gracia que quiere producir en
nosotros.
¿Propónese
despegar al alma de la tierra y atraerla fuertemente a sí?
Derramará entonces la luz y el amor a torrentes, y el alma, sumergida
en Dios, cuya presencia y acción siente deliciosamente, inflamada de
los santos ardores de la unión de amor, un Dios tan grande y tan santo
para con su vil criatura, quédase en silencio y contempla con profunda
mirada, en que se dibujan el asombro, la alegría, el amor que la
cautivan; goza de Dios en una unión rebosante de paz y de dulzura cual
otro San Juan descansando sobre el pecho de su adorable Maestro. Ama con todo
su corazón sin manifestar su amor, pues es el silencio el que habla
más alto todavía, y su alma se revela toda entera por el fuego
de sus ojos, por sus lágrimas, su actitud, las disposiciones de su
corazón, la inmovilidad, consecuencia de su recogimiento. O bien, si
el movimiento de la gracia la atrae, expansiónase en amorosos
coloquios, en efusiones de ternura sin violencia ni arrebatos, y en la
más deliciosa intimidad. A veces el amor y la alegría llegan a
tal exceso, que el alma no puede contenerlos; loca entonces de amor y de
dicha, en una santa embriaguez de Dios, estalla en piadosos transportes, se
abandona a los entusiasmos de su ternura, a la impetuosidad de su
corazón; se desborda en verdaderas olas de ardorosos sentimientos, de
palabras delirantes, de santas locuras, pero siempre trata de ocultar el
secreto del Rey a cualquier mirada indiscreta. Porque Dios no se baja una
sola vez y como de paso a nuestra pequeñez y nos eleva a sus divinas
privanzas, sino que repetidas veces y largo tiempo toma a esta alma en sus
brazos, la acaricia sentada sobre sus rodillas, la estrecha contra su
corazón como al hijo de su amor.
¿Tiene necesidad
esta alma de muchos argumentos para convencerse de que ama y es aún
más amada, y de que Dios es infinitamente bueno y quiere para ella
todo lo bueno? ¿No ha comprendido la ternura de esos abrazos? Ahora
conoce por una dulce experiencia el corazón de su Padre tan tierno, de
su Esposo adorado, y a El se confía sin dificultad y sin esfuerzo; le
abandona todo cuanto tiene de más querido: su vida, su muerte y su
eternidad; le suplica se apodere de su corazón y de su voluntad para
que los guarde y los gobierne para siempre. ¡Qué no haría
ella entonces! Es el tiempo del sol resplandeciente y de las ricas mieses.
Cuide el alma de seguir con docilidad la acción de Dios en la
oración, de pagarle en justo retorno con el acrecentamiento de su
fidelidad, de no rehusarle nada de cuanto le pida, pues éste es para
ella el momento de vencerse con menos dificultad y con más
energía; el sacrificio se la hace fácil y hasta hay en
él un verdadero encanto. No olvide buscar más al Dios de las
consolaciones que las consolaciones de Dios, y de hundirse en el sentimiento
de su miseria a medida que Dios la eleva por su misericordia. En el tiempo de
la prosperidad prepárese para la adversidad, porque no siempre la
contemplación producirá esta viva admiración que
suspende el espíritu en el estupor, ni el fuego de amor que hace que
la voluntad salga de si misma, ni tampoco el gozo que invade el alma y los
sentidos. Rara vez alcanzará la acción mística este
máximum de intensidad, siendo lo más ordinario que se mantenga
mediana o débil; y entonces la oración se desenvolverá
en un estado que ni es la consolación ni la sequedad, o quizá
también en una monótona y desoladora aridez.
¿Por qué
estas incesantes variaciones? Porque aún no está el alma
enteramente purificada, ni bastante desprendida de los sentidos. Necesita
despegarse más por completo de todas las cosas, y que por ende llegue
a estar menos sujeta a sus operaciones sensibles, lo cual llegará a
conseguir por la práctica de la mortificación cristiana, pero
es necesario que Dios ponga en ello su mano poderosa. Hácelo por medio
de los ardores de la consolación sabrosa, y aun esto no es suficiente.
Bajo el torrente de luz y de amor, ¿seríanos posible descubrir
nuestra miseria y nuestra pobreza? Quizá el orgullo y la necesidad de
regocijarse encontrarán allí su más delicioso bocado, y
el hombre viejo no acabaría de morir. Mas Dios va a reducirla por la
dieta, y hasta si es necesario por el hambre. Retírala a esta alma tan
querida sus acostumbradas meditaciones, la abundancia de pensamientos, la
variedad de afectos, la dulzura de las divinas caricias; y dale en cambio
algún tanto de contemplación, pero una contemplación
árida y purificadora, en la que derrama la luz y el amor gota a gota
con desesperante parsimonia. Derrama lo suficiente para que el alma se vuelva
a Dios, le busque y sólo cerca de El halle reposo, pero no lo bastante
para que pueda hallarle en un delicioso sentimiento. Es una verdadera
contemplación mística, mas se realiza en una búsqueda
ansiosa, una dolorosa necesidad, un hambre insaciable. De cuando en cuando,
déjase Dios entrever, y el alma gusta al momento los santos ardores y
los goces de la contemplación sabrosa. Bien pronto, y quizá por
largo tiempo, la vuelve a poner en esta monótona y desoladora noche de
los sentidos, en que la sumerge hasta la saciedad; y, a fin de que acabe de
morir a sí misma, la reserva la noche del espíritu, mucho
más penosa todavía.
¿Podrá el
alma quejarse? No por cierto. Es una gracia austera y crucificadora, y
¡cuán necesaria, a juzgar por la conducta ordinaria de la
Providencia! Esfuércese el alma por comprender las miras de Dios y
conformarse a ellas con generosidad y confianza, pues este desdén no
es sino aparente. Abandonada en el vacío del espíritu, en la
sequedad del corazón, y con frecuencia en la tentación,
obligada a palpar con sus propias manos su impotencia y su miseria,
tórnase pequeña a sus propios ojos, y concluirá por
hacerse humilde y sumisa ante Dios y ante los hombres. Privada de continuo de
las dulzuras a las que habíase aficionado con exceso, aprende a
pasarse sin ellas, para servir al buen Maestro con desinterés: el amor
divino se eleva sobre el amor propio y las virtudes aumentan,
produciéndose de esta misma aridez un aumento de fuerza, de
mérito y de esplendor, porque, cuando Dios oculta su amor y no muestra
sino sus rigores, es cuando se cree, se espera, se ama, se obedece y se
abandona. Hay, pues, en esto una mina de oro que explotar para la
purificación del alma y el progreso de las virtudes, con tal de que se
persevere animoso en la oración y no se deje uno desconcertar por la
prueba.
En una palabra, la
contemplación árida y la contemplación sabrosa tiene
cada cual su misión providencial, y procuran al alma fiel preciosas
ventajas: la una tiene por fin directo hacemos morir a nosotros mismos, y la
otra hacernos vivir en Dios; una posee maravillosa virtud para extinguir el
amor divino. Sin embargo, la falta de esfuerzo puede ser para la primera un
obstáculo, y para la segunda la falta de humildad y de
abnegación. ¿Cuál nos es más necesaria?
¿Haremos buen o mal uso de una y otra? Es cierto que somos libres de
tener un deseo y de manifestárselo filialmente a Dios; mas, expuestos
como estamos a engañarnos en cosa de tanta monta y que depende del
beneplácito divino, ¿no es más prudente poner la
elección en manos de Dios, y estar dispuestos a cumplir nuestro deber,
aceptando de antemano su decisión, sea cual fuere?
Los santos mismos no han
andado todos por los mismos caminos de oración, pero todos sí
han practicado este abandono filial, y seguido dócilmente la
acción de la gracia.
Escuchemos a Santa Juana
de Chantal hablando de su bienaventurado Padre: «Díjome una vez
que él no tenía cuenta de si se hallaba en la
consolación o en la desolación; y que, cuando el Señor
le daba buenos sentimientos, recibíalos con sencillez, pero que no
pensaba en ellos si no se los daba. Mas es cierto que de ordinario disfrutaba
de grandes dulzuras interiores, como su semblante lo manifestaba. Ha tiempo
que me dijo que no tenía gustos sensibles en la oración, y que
todo lo que obraba Dios en él hacíalo por claridades y
sentimientos insensibles que difundía en la parte intelectual de su
alma, sin que la inferior tomara parte en ello. Recibíalo
sencillamente con profundísima humildad y reverenda, pues su divisa
era permanecer muy humilde, pequeño y abatido en presencia de su Dios,
y lleno de singular reverencia y confianza como un hijo de amor. «
Santa Juana de Chantal tenía una oración pasiva de sencilla
entrega a Dios, de total abandono, y consistía en un "fiat
voluntas tua" sin interrupción. En ella permanecía en
simple vista de su Dios y de su nada, abandonada por completo al divino
beneplácito, y sin cuidarse lo más mínimo de hacer actos
de entendimiento ni de voluntad», como actos metódicos,
discursivos o sensibles. «Era el Señor quien se cuidaba de
despertar en su alma los sentimientos que necesitaba, y allí la
iluminaba perfectamente para todo, y mil veces mejor que ella lo hubiera
podido hacer por sus propios discursos e imaginaciones.» Sin embargo,
sufría en ese estado tan sencillo y pasivo, a causa de su natural
ardiente y por la novedad del camino, convirtiéndosele todo en
dificultad y motivo de inquietud. Mas su bienaventurado Padre la
tranquilizaba enseñándola: «que la quietud en que la
voluntad obra impulsada por una simple aquiescencia al divino
beneplácito, es una quietud sobremanera excelente, por lo mismo que
está exenta de toda especie de interés». Y porque la
Santa siguiese sin temor el movimiento de la gracia,
«contentándose con no tener otra satisfacción que la de
carecer de toda alegría por amor y por agradar a Dios, anímala
con la tan conocida parábola: Si un escultor hubiese colocado en la
galería de un príncipe una estatua, que estuviese dotada de
entendimiento, y supiese hablar y discurrir, y se la preguntara: Dime,
hermosa estatua, ¿por qué estás en este lugar?,
respondería: porque mi dueño me ha colocado aquí. Y si
se replicase: Pero, ¿qué haces ahí sin hacer nada?,
diría: porque mi dueño quiere que me esté aquí
inmóvil. Y si de nuevo se la instase diciendo: pero, ¿de
qué te sirve estar de ese modo?, y además, ¿de
qué provecho sirves? ¡Oh, Dios mío!, respondería;
no estoy aquí para mi servicio, sino para servir y obedecer a la
voluntad de mi dueño. - Mas tú no le ves. - No,
respondería ella, pero él sí me ve y gusta de que
esté donde él me ha puesto. - Y ¿no te gustaría
tener movimiento para acercarte más a él? - No, a pesar de que
me lo mandase. - Entonces no deseas nada. - No, porque yo estoy donde mi
dueño me ha colocado, y su voluntad es el único contentamiento
de mi ser. - ¡Qué buena oración, hija mía, es conservarse
en la voluntad de Dios y en su beneplácito!» Con todo, «en
este estado pasivo, Santa Juana de Chantal no dejaba de obrar en ciertos
momentos, en que Dios retiraba su operación o la excitaba a ello; mas
sus actos eran siempre cortos, humildes y amorosos». Esta
dirección era prudentísima, y muy provechosa esta
ocupación, «ya que después de uno o dos años en
esta oración pasiva, viose inmediatamente a la Madre Chantal con luces
para ella hasta entonces desconocidas, con sentimientos de una profundidad
admirable acerca de Dios de ella misma, de las criaturas; con un ardor de
celo, un abandono en la divina voluntad, con un desprecio de las cosas de
acá abajo, con no sé qué sed de humillaciones que a
todos maravillaba».
Dijo un día
Nuestro Señor a Santa Margarita María: «Sabe, hija
mía, que la oración de sumisión y de sacrificio me es
más agradable que la contemplación.» Y esta digna hija de
Santa Juana de Chantal «acostumbraba a decir que las penas interiores
recibidas con amor, eran a modo de un fuego que va consumiendo
insensiblemente al alma y a todo cuanto en ella desagrada al divino Esposo.
Las almas que tienen experiencia de ello declaran que en esas penas hicieron
grades progresos sin darse cuenta; de suerte que si fuese libre la
elección de la consolación o del sufrimiento, el alma fiel no
había de titubear, sino abrazarse con la cruz de nuestro divino
Maestro, aun cuando no nos proporcionara otra ventaja que hacemos conformes a
nuestro Esposo crucificado».
Santa Teresa del
Niño Jesús hablando de su retiro para la profesión dice:
«En lugar de gozar de consuelo, la aridez más completa fue mi
patrimonio, Jesús dormía como de ordinario en mi pequeña
navecilla... Por lo visto, no va a despertarse hasta el gran retiro de la
eternidad; mas esto, lejos de causarme pena, me causaba sumo placer.
Debía yo atribuir mi sequedad a mi poco fervor y fidelidad,
debía sentirme desolada por dormir con harta frecuencia durante mis
oraciones y acciones de gracias. Pues bien, no por eso me entregué al
desaliento, pues pensé más bien que los niños tanto
complacen a sus padres cuando duermen como cuando están
despiertos.»
Es su confianza y
humildad infantil la que le daba tanta tranquilidad. Empleaba, sin embargo,
con toda fidelidad los medios para hacer bien su oración, que
llegó a ser continua. Después refiere la prueba terrible por la
que la hizo Dios pasar: « ¡Debía yo pareceros inundada de
consolaciones, una niña para la cual el velo de la fe se hubiera casi
rasgado! Sin embargo, no es un velo, sino un muro que se eleva hasta los
cielos y cubre el firmamento estrellado. Cuando canto la dicha del cielo, no
experimento en ello gozo alguno, sino que simplemente canto lo que deseo
creer... No me ha enviado el Señor esta pesada cruz sino en el momento
en que podía llevarla; en otra época estoy persuadida de que me
hubiera hundido en el desaliento. Ahora sólo me produce una cosa:
quitarme todo sentimiento de satisfacción natural en mi
aspiración a la patria celeste.»
Lo que acabamos de decir
se aplica a la contemplación oscura y general. Hay otra que es
distinta y particular, y tiene su ejercicio especialmente en las visiones,
revelaciones, palabras interiores, etc. En ella sobre todo, es donde se ha de
practicar la santa indiferencia llegando hasta desear que Dios nos conduzca
por otro camino.
Semejantes favores no
suponen la santidad: Balaam profetizó, Saúl profetizó,
Judas profetizó y hasta hizo milagros. Niños hubo que tuvieron
visiones, por ejemplo en la Saleta, en Lourdes, en Pontmain, y por el
contrario muchos santos no parece hayan sido favorecidos con gracias
semejantes. En nuestros tiempos las ha prodigado a Gemma Galgani y a muchos
otros, mientras que Santa Teresa del Niño Jesús, Sor Isabel de
la Trinidad, Sor Celina de la Presentación no han recibido ninguna o
casi ninguna. No son, pues, estas gracias la santidad, ni señal de
santidad, por lo que con razón afirma Santa Teresa que, «por
recibir muchas mercedes de éstas, no se merece más gloria... en
lo que es más merecer, no nos lo quita el Señor, pues
está en nuestras manos; y así hay muchas personas santas que
jamás supieron qué cosa es recibir una de aquestas mercedes, y
otras que las reciben que no lo son»
No constituyen, por
consiguiente, el medio necesario para llegar a la perfección. Sin
embargo, Santa Teresa, que fue colmada de ellas, hace el más
entusiasta elogio de su bienhechora eficacia. «Estos dones, dice, hay
que tenerlos en grande estima. Apenas he tenido visiones que no me hayan
dejado más virtud, y una sola palabra de estas que acostumbro a
oír, una visión, un recogimiento que apenas sí dura un
Avemaría, pone mi alma en una paz perfecta, devuelve hasta la salud a
mi cuerpo, llena de luz mi entendimiento y me restituye la fuerza y los
deseos que tengo de ordinario. Acuérdome de lo que era, sé que
iba por un camino de perdición, y veo que en poco tiempo de tal modo
me han trocado estos divinos favores, que apenas reconózcome a
mí misma.»
Haríase, pues, mal
en rechazar todas las gracias de este género intencionadamente y por
sistema; y en la suposición de que el Espíritu Santo quisiera
conducirnos por este camino a la santidad, sería cerrarle el camino.
Mas si hay favores que
son buenos y excelentes porque vienen de Dios, hay fenómenos
análogos que serían nocivos, pues pudieran ser una
artimaña del demonio o un juego de la imaginación. En
ésta, más que en ninguna otra materia, son fáciles las
ilusiones, y aun los mismos santos no han sabido preservarse de ellas; como
aconteció a Santa Catalina de Bolonia, la cual, en los comienzos de su
vida religiosa, se dejó engañar durante cinco años por
una aparición del demonio en figura de Jesús crucificado, o de
la Santísima Virgen; -hay que confesar, sin embargo, que ella
había dado lugar a semejantes sucesos por su presunción-.
Adviértenos Santa Teresa que, cuando se tiene la osadía de
desear favores de esta naturaleza, «se vive ya engañado, o en
inminente peligro de serlo, porque el menor resquicio abierto basta al
demonio para tendernos mil lazos, y porque un deseo violento arrastra consigo
a la imaginación, figurándose ver y oír lo que ni se ve
ni se oye». Por el contrario, «con tal que un alma no quiera
dejarse engañar y ande en humildad y sencillez, no creo, dice la
Santa, que esta alma pueda ser engañada». En este caso más
que en ningún otro conviene orar, reflexionar, consultar y seguir
todas las leyes de una severa prudencia.
¿Quién
ignora la insistencia con que San Juan de la Cruz previene a sus lectores a
desconfiar de sus visiones, revelaciones y palabras interiores, a
resistirías, a desprenderse de ellas? Santa Teresa, por su parte,
expresa un sentimiento más moderado: « Siempre hay motivo para
temer en semejantes cosas, hasta asegurarse que proceden del espíritu
de Dios; por esto digo que en los principios, siempre es lo más
acertado combatirlas. Si es Dios quien obra, esta humildad del alma en
rechazar sus favores, no hará sino disponerla para mejor recibirlos, y
aumentarán a medida que ella los ponga a prueba. Conviene, empero,
guardarse de molestar e inquietar demasiado a estas personas». Hablando
de las apariciones de Nuestro Señor, añade:
«Jamás le
pidáis ni jamás deseéis que os conduzca por tal camino,
que es bueno, sin duda, y debéis respetarlo mucho y tenerlo en gran
estimación, pero conviene no desearlo ni pedirlo.» Completa la
Santa su pensamiento invitando al alma al santo abandono: «Se ignora,
dice, si hallarán pérdidas allí donde se creía
hallar ventajas. Existe una extraña temeridad en querer elegirse por
sí mismo un camino sin saber si es el más seguro, en lugar de
abandonarse a la conducta de Nuestro Señor que nos conoce mejor que
nos podamos conocer a nosotros mismos, para que nos lleve por la senda que
nos conviene y que su santa voluntad se haga así en todas las
cosas.» Prudente reserva, pues, y filial abandono; esta conclusión
de Santa Teresa será la nuestra, pues no hay otra mejor que se
armonice con el precepto del Espíritu Santo. «No desprecies la
profecía; examinad todas las cosas y conservad lo que es bueno».
No hay que olvidar por lo
demás, que lo esencial no es que nuestra oración sea activa o
pasiva, que nuestra contemplación sea sabrosa o árida, oscura o
clara, sino que nuestra oración nos produzca abundancia de frutos de
abnegación, humildad y obediencia, y que nos haga crecer en todas las
virtudes especialmente en el amor, en la confianza y en el santo abandono.
Precisamente estas vicisitudes de que ahora nos ocupamos son muy propias para
tornar al alma flexible y dócil en las manos de Dios, sin perder por
eso el tesoro de la humildad.
Artículo 3º.- Progreso en la contemplación
y progresos en la virtud
Se abrigaba la esperanza
de adelantar, de adelantar más, de adelantar siempre en los caminos
místicos, pero pasan los meses, pasan los años y nos
encontramos casi en el principio, si es que no tenemos la impresión de
haber retrocedido. La prueba es fuerte, y estamos tentados de desaliento y
aun tal vez de mirar atrás, pero será ciertamente sin motivo
fundado.
El deseo de avanzar en
los caminos místicos es enteramente legítimo en sí, y
tenemos derecho a manifestarlo en una oración confiada y filial.
¿No estamos en lo cierto al pensar que nuestras comunicaciones con
Dios nos traerán, elevándose, un aumento de luz y de fuerza,
que estrecharán la unión de amor y perfeccionarán el
ejercicio de las virtudes?
Pero semejante deseo
necesita templarse por un fiel abandono. Quiere Dios ser siempre dueño
de los dones que se propone comunicarnos; resérvase el tiempo y la
medida en que nos los ha de conceder, a fin de conservarnos en la dependencia
y la humildad. Una vez que haya comenzado a colmarnos de favores, no sabemos
si quiere concedernos mayores, conservarnos los concedidos o
retirárnoslos. Hay dones místicos que se conceden por
determinado tiempo, después Dios los quita sin que se hayan
desmerecido. Otro tanto pudiera hacer con las gracias de oración; se
puede con todo esperar que nos las continuará dando, y que irán
en aumento si somos fieles. Dios empero, que continúa siendo el
dueño, nos deja en la ignorancia de sus intenciones, o más bien
nos las oculta con cuidado. ¿Qué hacer en tal caso?
Debiéramos no abandonar jamás la quietud y la noche de los
sentidos, considerándonos felices por la parte que nos ha
correspondido: es en verdad hermosa y envidiable si la comparamos a la de
tantos otros. No cesemos de alabar a Dios que se ha dignado prevenimos con
las bendiciones de su dulzura, y no tengamos otra preocupación que la
de hacer fructificar la preciosa semilla que ha depositado en nosotros. El
reconocimiento y la fidelidad no pueden menos de regocijar a este buen Padre
y abrirle la mano, en tanto que la ingratitud y la negligencia
lastimarían su corazón delicado y le inducirían
quizá a arrepentirse de sus dones.
El deseo de que hablamos
ha de ser paciente, y es preciso saber esperar el momento de la gracia.
Según todos los autores, los grados de contemplación pasiva son
etapas, períodos, edades espirituales; por lo regular es necesario
hacer una larga estancia en cada una de ellas, antes de pasar a la siguiente.
Dios así lo ha querido para que estos diversos estados de oración
tuviesen tiempo de producir su efecto. Seamos mucho más cuidadosos de
aprovechamos plenamente del grado presente, que de subir pronto al inmediato.
Por otra parte, ¿no es el adelantamiento espiritual el fruto que ante
todo se espera de estas gracias, y el medio más seguro, si Dios fuere
servido, de preparar nuevas ascensiones?
Este deseo ha de ser,
sobre todo, humilde y vigilante. Si no subimos más aprisa y más
alto, proviene esto casi siempre de falta de celo para disponernos y
corresponder. Tal es el sentir de Santa Teresa: «Hay, dice, numerosas
almas que llegan a este estado -al de la quietud, y habla de sus monasterios
muy fervorosos y santamente gobernados-; mas añade la Santa: son muy
contadas las que pasan adelante, y no sé yo quién tiene la
culpa de ello. Con toda seguridad que no depende de Dios, porque en lo que a
El toca, después de haber concedido un tal preciado favor, no cesa, a
mi parecer, de otorgar otros nuevos, a menos que nuestra infidelidad no
detenga su curso.. Grande es mi dolor cuando entre tantas almas que, a lo que
entiendo, llegan hasta ese grado y debieran pasar a otro, veo un tan corto
número que lo hagan, que hasta vergüenza me da decirlo.»
San Francisco de Sales
adopta el parecer de Santa Teresa, y añade: «Vigilemos, pues,
Teótimo sobre el adelantamiento en el amor que debemos a Dios, porque
el amor que nos profesa no nos ha de faltar jamás.»
Esta doctrina es por
demás confortante, mas nos muestra muy a las claras nuestra
responsabilidad. Lejos, pues, de enorgullecerse por haber llegado a la
quietud, debe, por el contrario, preguntarse con temor por qué no pasa
adelante. Y si parece que apenas avanza, una humilde mirada sobre sí
mismo es siempre provechosa.
Si hemos detenido por
culpa nuestra el curso de las gracias, quitemos sin demora la causa del mal; si
la conciencia en nada nos reprende, adoremos con humilde confianza la santa
voluntad de Dios, redoblemos nuestro celo para santificar la prueba, y
preparar el alma a nuevas gracias mientras llega la hora de que la
Providencia obre en nosotros. Cuando uno es fiel a esta práctica,
podrá parecer estacionario el grado de oración, pero en
realidad la fe resplandecerá con nuevo brillo, crecerán todas
las virtudes, los progresos serán más notables en el amor, la
confianza y el abandono. ¿Qué más falta? ¿No es este
progreso el único esencial y necesario? He aquí el bien que
esperábamos en nuestros progresos en los caminos místicos. Si
no conseguimos este fin, ¿de qué nos servirá tener una
oración más elevada, aunque fuera llena de luces, de ardores y
de transportes? Por el contrario, si llegamos a él, ¿qué
importa sea por un camino más ordinario, aun cuando fuese por medio de
la privación prolongada de estas luces, de estos ardores y de este
júbilo?
No lo olvidemos
jamás: el progreso real y verdadero, el que constituye el blanco de la
gracia y de nuestros esfuerzos, el que ha de desearse de modo absoluto, es el
progreso en todas las virtudes, particularmente en la caridad que es su
reina. Tal vez no será del todo inútil aclarar más
nuestro pensamiento. El amor tiene su asiento en la voluntad, y con
frecuencia actúa sobre las facultades inferiores, llegando así
a hacerse como visible y palpable, dando a veces lugar a verdaderos
transportes. Cuanto es más sensible, más nos impresiona y más
deseable nos parece; entonces es completo y su fuerza se acrecienta, pues en
él concentran nuestras facultades todas sus energías. A pesar
de esto, no son estas brillantes luces, ni esta embriaguez piadosa, no es
esta especie de efervescencia lo que principalmente ha de desearse; porque
puede suceder, y de hecho sucede, que semejante amor sea más sensible
que espiritual, y que en definitiva tenga menos valor que brillantez. Al
contrario, puede ser el amor espiritual sin acción alguna sobre las
facultades sensibles, pasando en tal caso poco menos que inadvertido por
más que pueda ser vivísimo y lleno de fuerza. El amor se ha de
juzgar por sus frutos y no por sus flores: las obras son la prueba, y ellas
dan la verdadera medida. El amor sólido y profundo es el que une
fuertemente nuestra voluntad a la de Dios; es perfecto cuando nos lleva a un
mismo querer y no querer con Dios, lo cual supone un desasimiento de todas
las cosas y la muerte a sí mismo.
Tal es el fin que hemos
de perseguir. El progreso en la contemplación no es sino uno de los
caminos para llegar a él, pero no es necesario, y él
sólo tampoco bastaría.
«Algunas religiosas
dice San Alfonso- han leído los autores místicos, y helas
llenas de ardor por esta unión extraordinaria que los maestros llaman
pasiva. Mejor querría yo que deseasen la unión activa, es
decir, la perfecta conformidad con la voluntad de Dios», en la que,
decía Santa Teresa, «consiste la verdadera unión del alma
con Dios». Por esta razón, añade ella dirigiéndose
a las almas favorecidas con sólo la unión activa: «Tal
vez tengan más mérito, pues les es necesario el trabajo
personal, y Dios las trata como a almas fuertes... Nadie duda que, sin la
contemplación infusa y con la sola gracia ordinaria, se puede mediante
sucesivos esfuerzos destruir la propia voluntad y transformarla toda en Dios;
desde luego que únicamente hemos de desear y únicamente hemos
de pedir que Dios haga en nosotros su voluntad. He aquí, pues,
según San Alfonso la transformación por amor, la perfecta
conformidad de nuestra voluntad con la de Dios; hay empero dos caminos, el
activo y el pasivo. Es inútil observar que se ha de pedir la perfecta
conformidad, el Santo Abandono, y él tan sólo de un modo
absoluto, puesto que es el único fin. En cuanto a la elección
de caminos y medios, pertenece a Dios hacerlo a su gusto. Sin embargo, nos
está muy permitido desear las oraciones místicas y pedir su
progreso, si tal es el beneplácito divino; la enseñanza
tradicional es categórica sobre el particular, y San Alfonso que se
separa algún tanto en este punto, conviene por lo menos en que si se
tiene el germen de estas gracias, se puede desear su desenvolvimiento.
¿Quién no
conoce la estima y el amor de Santa Teresa por las oraciones místicas?
Cuanto éstas son más elevadas y frecuentes, tanto pondera su
poderosa eficacia para darnos de ellas grandiosa idea, haciéndonoslas
desear como bienes inestimables, e incitándonos a adquirirlas, si a
Dios pluguiese, sin reparar en el precio. En ninguna parte excluye la santa
de este deseo y de este empeño de adquisición la unión
plena, la unión extática, ni el mismo desposorio espiritual; y
en confirmación pueden citarse numerosos pasajes de sus escritos. A
pesar de los magníficos elogios que otorga a la oración de
unión, prefiere, sin embargo, la unión de voluntad, como se
prefiere el término al camino, el fruto a la flor. Es «esta
unión de voluntad la que deseó toda su vida y siempre
pidió a Nuestro Señor». «La oración de
unión es el camino abreviado», el medio más rápido
y más poderoso para conducirnos a él. Pero no pasa de ser uno
de los caminos y no el término. «Lo repito, añade ella,
nuestro verdadero tesoro es una humildad profunda, una gran
mortificación y una obediencia que, viendo al mismo Dios en el
Superior, se somete a todo lo que manda... Ahí está la
señal más cierta del progreso espiritual, y no en las delicias
de la oración, en los raptos, en las visiones y otros favores de este
género que Dios hace a las almas cuando le place.»
En idéntico
sentido decía San Felipe de Neri: «La obediencia, la paciencia y
humildad son de más valor para las religiosas que los
éxtasis.»
Santa Teresa y San Felipe
y San Alfonso conocían por una larga experiencia personal el precio
inestimable de la unión plena y del éxtasis. Lejos de ellos,
por consiguiente, la culpable ingratitud que desconoce los dones de Dios y la
aberración no menos culpable que los desprecia, que aparta de ellos a
las almas y pretende dar una lección al Espíritu Santo.
Intentaban tan sólo poner en guardia contra posibles ilusiones, y la
más funesta sería con seguridad la de tomar estos favores por
la santidad misma. Es verdad que son gracias muy preciosas por cuanto vienen
de Dios, mas resta el sacar de ellas el mejor partido, en orden a conseguir
que la conducta se eleve y se coloque al nivel de la oración.
Por este motivo San
Francisco de Sales pudo decir con razón que, si un alma tiene raptos
en la oración y no tiene éxtasis en su vida, es decir, si no se
eleva por encima de las mundanas concupiscencias de la voluntad e
inclinaciones naturales, por la abnegación, la sencillez, la humildad,
y sobre todo por una continua caridad, «todos estos raptos son en gran
manera dudosos y peligrosos. Son a propósito para atraer la
admiración de los hombres, mas no para santificarse; no son otra cosa
que entretenimientos y engaños del maligno espíritu.
¡Dichosos los que viven una vida sobrehumana, extática, elevados
sobre sí mismos, por más que no sean arrebatados sobre
sí mismos en la oración! Muchos santos hay en el cielo que
jamás gozaron de raptos o éxtasis de contemplación...
Mas nunca ha habido santo que no haya tenido el éxtasis o rapto de la
vida y de la operación, levantándose sobre si mismos y sobre
sus inclinaciones naturales».
De aquí
podrá juzgarse lo que valen las fórmulas: a tal oración,
tal perfección; o bien, a tal perfección, tal oración.
Tienen un fondo de verdad, porque de ordinario, la oración se eleva a
medida que se eleva la vida espiritual y el progreso en la oración es
a su vez causa de nuevos progresos en la virtud. Dase, empero, a estas
fórmulas un sentido excesivamente absoluto y muy exagerado, si se
supone que las ascensiones de la oración corren parejas siempre y
rigurosamente con las ascensiones de la vida espiritual. Esto no es verdad,
por lo menos en lo que concierne a la oración mística. Esta es
siempre una gracia que Dios no la debe jamás a nadie, ni siquiera al
alma más fiel. La da a quien quiere y en la medida que le agrada, y es
un magnífico instrumento de trabajo; falta que se sepa hacer uso de él.
En la suposición de que varias almas ofrezcan un mismo grado de
preparación y de correspondencia, puede Dios no dar estas gracias
místicas a unas y dárselas a otras, si tal fuere de su agrado.
En tal caso, no hay fundamento para juzgar por sólo esto del grado de
su perfección, comparándolas entre sí. San José
de Cupertino abundaba en éxtasis, ¿y es por eso mayor que San
Francisco de Sales o San Vicente de Paúl, que no fueron tan
favorecidos? En nuestros tiempos Dios coima de sus diversos dones
místicos a Gemma Galgani, y a muchos otros, mas no los prodiga con
tanta profusión a Sor Isabel de la Trinidad, ni a Santa Teresa del
Niño Jesús. ¿Queremos con esto decir que las
últimas sean menos santas que las primeras? Sólo Dios lo sabe;
con todo, nadie ignora que no por eso Santa Teresa del Niño
Jesús ha dejado de convertirse en el gran taumaturgo de nuestros
días, y que su vida se ofrece como ideal de perfección
religiosa.
Todo cuanto llevamos
dicho a propósito de la contemplación mística se resume
en estas solas palabras con las que terminábamos Los Caminos de la
Oración mental; «La mejor oración no es la más
sabrosa, sino la más fructuosa: no es la que nos eleva por las
vías comunes o místicas, sino la que nos torna humildes, desasidos,
obedientes, generosos y fieles a todos nuestros deberes. Cierto que estimamos
en mucho la contemplación, a condición, sin embargo, de que una
nuestra voluntad con la de Dios, que transforme nuestra vida, o nos haga a lo
menos avanzar en las virtudes. No hemos, pues, de desear los progresos en la
oración sino para crecer en perfección, y en vez de
escudriñar con curiosidad el grado a que han llegado nuestras
comunicaciones con Dios, nos fijaremos más bien en si hemos sacado de
ellas todo el provecho posible para morir a nosotros mismos y desarrollar en
nuestra alma la vida divina.»
Artículo 4º.- El «dejar hacer a Dios»
en las vías místicas
«Dejar hacer a
Dios», es una expresión muy en boga en la actualidad. Es una
parte verdadera, mas no ha de tomarse a la letra, so pena de abrir la puerta
al semiquietismo. Al exponer la noción del Santo Abandono, hemos
mostrado con profusión de detalle que no excluye ni la
previsión ni los esfuerzos personales; no es, pues, un puro
«dejar hacer a Dios». Esto que es verdadero en el camino ordinario,
lo es no menos en el místico. El uno es activo, y pasivo el otro; la
acción divina será, pues, diferente; con todo, la
fórmula «dejar hacer a Dios» no responde a todos nuestros
deberes, ni en uno, ni en otro.
En la vía
ordinaria la acción divina adáptase a nuestros procedimientos naturales,
déjanos la libre elección y dirección de nuestras
acciones, y se pone, por decirlo así, a nuestro servicio, ¡que
tan maravillosa es la condescendencia de nuestro Padre celestial! No
hablemos, por de pronto, sino de la oración y tomemos como ejemplo la
meditación. Como se trata de ejecutar una obra sobrenatural, es de
toda necesidad que la gracia nos prevenga y ayude; ella ha de presidir todas
nuestras acciones, y ninguna se hará sin su intervención.
Déjanos, empero, determinar libremente el tiempo, el lugar, la manera
y materia de nuestra oración; asimismo nos permite conducirla a
nuestro gusto, es decir, que podemos según nos plazca, elegir nuestras
consideraciones y nuestros afectos, asignarles su lugar, la extensión,
la variedad que queramos, fijar nuestras resoluciones conforme a nuestras
preferencias. Dios trabaja en nosotros y con nosotros, mas se acomoda a
nuestro modo humano de obrar, y permanece oculto. Es verdad que
dispondrá de nosotros según su beneplácito, y como consecuencia
estaremos en la sequedad o en la consolación, en la calma o en el
combate, en la paz o en las penas interiores. Aquí tiene lugar el
«dejar hacer a Dios», quedando empero un campo dilatado a nuestra
libre actividad.
Muy otras son las
condiciones al tratarse de las vías místicas. Tomemos como
ejemplo la quietud. Dios, al obrar mediante los dones del Espíritu
Santo, no se oculta tanto, y por lo regular hace sentir su presencia y su
acción. Interviene conforme a su beneplácito, en el coro, en la
lectura, en el trabajo, en el tiempo y lugar que juzga oportuno, y no siempre
cuando nosotros le esperamos. No se acomoda ya a nuestros procedimientos
naturales, y en cierto modo nos impone los suyos. Toma, cuando le place, la
iniciativa y dirección de nuestra oración; liga la imaginación,
la memoria y el entendimiento para impedir las dilatadas consideraciones, los
afectos metódicos y discursivos, variados y complicados, para
llevarlos poco a poco a una sencilla atención amorosa. Produce El
mismo la luz y el amor, y los derrama a torrentes, como con medida, o gota a
gota; los refuerza y los disminuye a su arbitrio. Propone a su
consideración sus divinos atributos, la Pasión, la infancia de
Nuestro Señor u otra materia que a El le place. Provoca en nosotros un
silencio admirativo, transportes amorosos, suaves coloquios, o bien nos
reduce a la penosa aridez de un desierto sin fin. No está en nuestro
poder hacerle reforzar o modificar su acción, retenerle o hacerle
volver contra su voluntad cuando El se quiere retirar. Es el dueño y
bien a las claras lo demuestra, mas su intervención será
siempre la obra de su amor misericordioso y de su exquisita sabiduría.
A pesar de esto nos deja,
en general, la facilidad de hacer nuestras lecturas piadosas, y aun de hallar
abundantes consideraciones para servicio de nuestros hermanos. Si se
exceptúa la impotencia para meditar que puede llegar a ser total, la
influencia mística no liga aquí enteramente las potencias.
Podemos siempre recibirla o rechazarla, aceptar el asunto de la
oración que ella nos ofrece o tomar otro, atenernos a los actos que
nos brinda, o añadir a ellos cuanto queramos, como afectos,
peticiones, etcétera. En una palabra, es la quietud una mezcla de
pasivo y de activo, o, como dice Santa Teresa, «lo natural se encuentra
allí mezclado a lo sobrenatural»; y por lo mismo tendrán
cabida simultáneamente el «dejar hacer a Dios» y nuestra
actividad personal.
La pasividad será
mucho más acentuada en la unión plena y el éxtasis. En
la primera no hay apenas trabajo alguno, y ninguno en el segundo, cuando
están en su punto culminante. Mas cuando se ha llegado a esta edad de
la vida espiritual, la oración está muy lejos de lograr siempre
este máximum de intensidad; por otra parte, crece y disminuye durante
un mismo ejercicio, y permanecerá, pues, la mayor parte del tiempo en
la simple quietud o en las purificaciones pasivas. En suma, es muy raro que
la contemplación sea completamente pasiva, y en consecuencia, siempre
habrá lugar para el «dejar hacer a Dios», y muy comúnmente
para nuestra actividad personal con su más y su menos. Siendo empero
la acción divina la principal, es preciso que la nuestra le
esté subordinada, que se armonice y refunda en ella.
Este «dejar hacer a
Dios», inútil creo decirlo, no es el estado pasivo de un campo
que recibe con la misma indiferencia el rocío del cielo o los rayos
del sol. Es la actitud de un alma inteligente y libre que, apreciando el
beneplácito divino, se presenta toda entera para recibirlo y no perder
nada de él. No se limita a dar su consentimiento, a no oponer
resistencia, a no hacer nada que sea un obstáculo; presenta su
espíritu, su corazón, su voluntad para entregarse toda a la
gracia. En consecuencia, por todo el tiempo que se haga sentir la influencia
mística, vela el alma para rechazar las distracciones y, si
está en su mano, las ocupaciones incompatibles con la oración;
evita el buscar y aun aceptar largas consideraciones, afectos variados y
complicados: cosas todas más a propósito para ahogar esta
pequeña llama que para avivarla. Recibe, sin embargo, la acción
divina con reverencia y sumisión, con reconocimiento y confianza, y a
ella se adapta de la manera que puede. La acepta tal como le es ofrecida,
débil o fuerte, silenciosa o suplicante sin buscar otra materia. Si en
lo que recibe cree encontrar ocupación suficiente, limitase a
contemplar a Dios en un silencio amoroso, o a excitar piadosos afectos, en
conformidad con el movimiento de la gracia. Si esta ocupación es
escasa, trata de reforzarla con algunos piadosos afectos, conforme a la
acción divina. En una palabra, pónese con una amorosa
reverencia a disposición de la gracia. Cuando ha dejado de hacerse
sentir la influencia mística, el alma se entrega a la oración
por determinación propia conforme a sus deseos, por los procedimientos
que le han dado mejor resultado. Suple entonces lo que no pudo hacer en la
oración pasiva, y se aplica a las piadosas lecturas, y produce los
afectos y peticiones que convienen. Insistía mucho sobre este punto
San Francisco de Sales en la dirección que daba a Santa Juana de
Chantal y a sus hijas. Después de la oración, aplicase el alma
a hacerle producir todos sus frutos y a mantenerse, mediante la
mortificación interior, en el fervor y la pureza que la dispongan a
nuevas gracias, si a Dios place concedérselas.
Cuando la sumerge una y
otra vez hasta la saciedad en las purificaciones pasivas, parécela a
esta pobre alma hallarse abandonada del cielo, pero nada está perdido
sino para el hombre viejo. El alma está en manos de Dios, ¿a qué
fin resistir? El es todopoderoso y el mejor medio de abreviar la prueba es
someterse sin queja y sin recriminaciones ni inquietudes. Lejos de
mantenernos puramente pasivos, confiemos en Dios, nuestro mejor Amigo,
nuestro Padre infinitamente sabio y bueno; démosle, mientras quiera, nuestras
manos y nuestros pies y dejémosle crucificarnos a su placer. No
huyamos de El cuando la oración se nos vuelve enojosa, sino que
vayamos a ella como de costumbre y cumplamos con ánimo nuestro deber.
No pongamos causa alguna voluntaria de sequedad, y tengamos delante de Dios
una actitud humilde, arrepentida, sumisa y llena de confianza, de suerte que
este doloroso estado produzca realmente en nosotros cuanto puede producir en
humildad, renuncia y santo abandono, y de este modo habremos hecho negocio de
gran ganancia.
Tal es la conducta que
Santa Juana de Chantal observaba y hacia seguir a sus hijas. «En estado
pasivo no dejaba de obrar en los momentos en que Dios le retiraba su
operación o la excitaba a ello; sus actos, empero, eran siempre
cortos, humildes y amorosos.» «Si, hija mía, decía
ella, cuando Dios lo quiere y me lo manifiesta por el movimiento de la
gracia, hago algunos actos interiores, o pronuncio algunas palabras
exteriores, sobre todo cuando he de rechazar las tentaciones. Dios no permite
sea tan temeraria que presuma no tener jamás necesidad de hacer acto
alguno, y creo que los que dicen que nunca los hacen no lo entienden. Creo
que también nuestra hermana Ana María Rosset los hace sin darse
cuenta; por lo menos yo se los hago hacer exteriores.» Cuidaba, pues,
la santa, añade su historiador, «de no hacer nada sino por
impulso de la gracia, a la cual vivía por completo sumisa y obediente,
ora la invitase Dios a obrar, ora la dejase como abandonada a sí
misma, retirándola su operación». Pasaba así de un
estado a otro, alternativamente activo o pasivo, a gusto de Dios: notable
vicisitud en la vida de esta gran santa, y que tendía, dice Bossuet,
«a hacerla difícil bajo la mano de Dios y a hacer que no cesase
de acomodarse al estado en que la ponía, de donde resultaban las
virtudes, las sumisiones y resignaciones admirables que se destacan en su
vida». «Este extraordinario estado que la Santa sólo al
principio había experimentado en la oración, no tardó en
saborearlo en la Santa Misa, la Comunión, durante el oficio divino, y
con frecuencia durante todo el curso del día. No era ello a veces sino
un relámpago durante el cual permanecía en silencio cerrados
los ojos, unida a Dios por una simple mirada. Otras veces se prolongaba este
estado horas enteras, mas sin hacerle perder su libertad de espíritu,
ni su libertad de acción.»
Esta última
reflexión nos lleva a decir que del mismo modo que pueden las almas
ser movidas por influjo divino en la oración, pueden serlo
también en la acción. Hemos hablado largamente de la
oración, porque, a nuestro juicio, allí es sobre todo donde se
ejerce la influencia mística, y lo que hemos dicho hará conocer
mejor lo que será esta influencia y cómo hemos de corresponder
a ella, cuando se deja sentir en otra parte.
En el camino ordinario,
la gracia permanece secreta, hasta para el mismo que la recibe.
Déjanos la iniciativa, la elección en las cosas libres, la
deliberación, la determinación, la ejecución. En
realidad, no hay duda que todo procede del Espíritu Santo, no siendo
posible nada sobrenatural sin que El nos sugiera el pensamiento y nos ayude a
quererlo y a ejecutarlo. Pero El se oculta y se adapta a nuestros
procedimientos naturales, de suerte que todo parece venir de nuestros
esfuerzos. La fe es la que nos enseña que nuestra voluntad tuvo que
ser ayudada con una gracia secreta y sostenida en determinados momentos por
los dones del Espíritu Santo.
Por el contrario, tanto
en la acción mística como en la oración mística
también, déjase sentir la acción de Dios y llega a ser, por
decirlo así, manifiesta. Aquí ya no se limita a seguir nuestros
procedimientos humanos; hállase el alma de repente iluminada y puesta
en movimiento, como por un instinto divino, una inspiración
particular, una moción especial. Por repentina, por dulce e imperiosa
que sea la acción divina, no suprime el ejercicio del libre
albedrío, se la consiente con toda el alma, y con gusto se
reúnen todas las energías para corresponder a ella. Por eso
pudo decir Bossuet: «Tanto más obramos cuanto somos más
empujados, más movidos, más animados del Espíritu Santo;
este acto por el cual nos entregamos a la acción que El ejecuta en
nosotros, nos pone, para así expresarnos, por completo en
acción para Dios.»
Mas bajo otro punto de
vista somos tanto menos activos cuanto nuestro estado es más pasivo, y
se siente sin poder dudarlo que un poder superior ha tomado la iniciativa, ha
hecho la elección del acto, reemplazando la deliberación por un
instinto divino y compelido en seguida a la ejecución. Cuando un alma
es frecuentemente favorecida con estas influencias místicas, suele
decirse que está bajo la dirección del Espíritu Santo.
¿Puede estarlo
siempre y en todas las cosas? San Juan de la Cruz lo juzga así de la
Santísima Virgen, y casi exclusivamente de Ella: «Elevada -dice-
desde el principio a este altísimo estado -en que es Dios mismo quien
dirige las potencias hacia los actos conformes al querer divino-, no tuvo
jamás la gloriosa Madre de Dios en el espíritu el recuerdo de
criatura alguna capaz de distraerla de Dios y dirigirla en su modo de obrar.
Todos sus movimientos fueron siempre producidos por el Espíritu
Santo... Por más que sea difícil hallar un alma enteramente
conducida por el Señor y enriquecida con la perpetua unión,
durante la cual las potencias están divinamente ocupadas, sin embargo,
hállanse con bastante frecuencia algunas que son movidas por El en sus
acciones y no se mueven por sí mismas.» Bossuet es del mismo
parecer cuando dice: «Estos estados imaginarios de nuestros falsos místicos,
en que las almas son siempre divinamente movidas por las extraordinarias
impresiones de que hablamos, no son conocidos ni del Padre Juan de la Cruz,
ni de la Madre Santa Teresa. Por mi parte añado que ni los
Ángeles, ni las Catalinas de Sena y de Génova, los
Ávilas, los Alcántaras, ni otras almas de la más pura y
alta contemplación, jamás han creído ser siempre
pasivos, sino a intervalos; y con frecuencia dejados a si mismos han obrado
de la manera ordinaria. Otro tanto se manifestaba en la Madre Chantal, una de
las personas más experimentadas en esta vía.» ¿Hay
o hubo algún corto número de almas escogidas movidas por Dios
de esta manera a cada instante? Bossuet «deja la resolución al
juicio de Dios y, sin reconocer la existencia de estados semejantes, tan
sólo dice que, en la práctica, nada hay tan peligroso ni tan
sujeto a ilusión como guiar las almas cual si éstas hubiesen
llegado a ellos, y que en todo caso la perfección del cristianismo no
consiste en estas prevenciones.»
A propósito de
estos estados pasivos señala Bossuet dos extremos opuestos: el de los
quietistas, que hacen a esta pasividad perpetua, muy común y necesaria
al menos para la perfección, y el que consiste en tomar por ilusiones
sospechosas todos «estos estados en los que almas escogidas reciben
pasivamente impresiones divinas tan altas y tan desconocidas, que apenas
podemos darnos cuenta de su admirable simplicidad».
En consecuencia, por todo
el tiempo que sintamos en nosotros la acción de Dios, la hemos de
seguir con docilidad llena de confianza; cuando aquélla cesa es
preciso tornar a los medios ordinarios de huir del pecado, de practicar la
virtud, de cumplir los deberes diarios. Y, como el camino nos está ya
claramente indicado y la gracia jamás falta a la oración y
fidelidad, no hay para qué esperar que Dios nos declare de nuevo su
voluntad o nos impela a la acción por una moción especial. O
mejor aún, «no es permitido que un cristiano, dice Bossuet- bajo
pretexto de oración pasiva u otra extraordinaria, espere en la dirección
de la vida, así en lo que mira a lo espiritual como a lo temporal, que
nos determine a cada acción por vía e inspiración
particular; al contrario, induce a tentar a Dios, a la ilusión y a la
negligencia».
Mas, en estas materias
tan delicadas, hay que temer las ilusiones. Se ha de someter nuestra vida
mística a un examen serio, según las reglas del discernimiento
de los espíritus. Si de ellas resulta una más perfecta
observancia de nuestros votos y nuestras Reglas, obediencia a nuestros
superiores, vivir en paz con nuestros hermanos, combatir las tentaciones,
santificar las pruebas, no se puede sospechar ni de su origen ni del uso que
de ellas se hace. Aun en este caso, es necesario imitar a Santa Teresa:
«Lo que con mayor ahínco deseó siempre fue adquirir las
virtudes; y esto mismo es lo que más dejó encomendado a sus
religiosas, acostumbrando decirles que el alma más humilde y
más mortificada sería también la más
espiritual.»
Como es tan
difícil ser buen juez en propia causa, será de todo punto
necesario recurrir a un director experimentado. Por otra parte, ha
establecido la Providencia que los hombres sean gobernados por otros hombres.
Nuestro Señor aparecióse a Saulo y le envió a
Ananías. Santa Teresa, Santa Juana de Chantal, Santa Margarita
María tenían el espíritu muy esclarecido y el juicio muy
recto y no dejaban, sin embargo, de recurrir a su director, o según el
caso, a sus superiores. Hablando Santa Teresa de sí misma, dice
«que jamás reguló su conducta por lo que se le
había inspirado en la oración, y cuando sus confesores la
decían que obrase de otra manera, los obedecía sin la menor
repugnancia y les daba cuenta de cuanto le sucedía... Decíala
nuestro Señor entonces que hacia bien en obedecer, y que El
manifestaría la verdad». Con todo, mostróse irritado
contra los que la impedían hacer oración. De igual modo
decía Nuestro Señor a Santa Margarita María: «En
adelante acomodaré mis gracias al espíritu de la Regla, a la
voluntad de tu Superiora, y a tu debilidad, y ten por sospechoso todo lo que
pudiera desviarte de su exacto cumplimiento. Deseo que la prefieras a todo lo
demás, aun la voluntad de tus superioras a la mía. Cuando ellas
te prohíban lo que yo te hubiera ordenado, déjalas hacer, que
yo sabré hallar todos los medios de hacer triunfar mis designios por
caminos opuestos y contrarios... » Mostró en lo sucesivo los
terribles golpes que sabe descargar para echar por tierra las oposiciones.
Porque quiere «que se prueben los espíritus para ver si son de
Dios»; mas, una vez habidas las suficientes pruebas, no admite que se
entre en lucha con El.
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