Dom Vital Lehodey

El Santo Abandono

4. Excelencias y frutos del Santo Abandono


  

2. FRUTOS DEL SANTO ABANDONO

Artículo 1º.- Intimidad con Dios

El primer fruto del Santo Abandono, fruto tan nutritivo como sabroso, es una deliciosa intimidad con Dios, fundada en una confianza llena de humildad.

¿Qué hay de extraño en esto? ¿No es Dios nuestro Padre celestial y la misma Bondad? Nadie puede comparársele en la tierra ni por la generosidad, ni por la ternura; El es la fuente en que reside infinitamente el amor y donde se deriva en nosotros por participación. Preciso es que Dios Padre ame amorosamente a los hombres, puesto que para salvarnos no ha titubeado en entregar a su Hijo Amado, eterno objeto de sus infinitas complacencias. El Verbo encarnado se ha dignado amarnos más que a su vida; ¿no es El el Salvador, el Amigo, el Esposo de las almas? ¿Hubo jamás un corazón comparable al suyo, un corazón tan abnegado, dulce, misericordioso, paciente, tardo en castigar y pronto en perdonar? Es maravillosamente humilde nuestro gran Hermano mayor, y no quiere estar distanciado de sus pobres hermanos menores de la tierra. En fin, el Espíritu Santificador, ¿no se ocupa de las almas día y noche, viniendo en su ayuda mil veces por día, con más ardor y solicitud que una madre inclinada sobre la cuna de su hijo? Sí, verdaderamente, «Dios es amor». Cuando está con sus hijos, olvida de intento su grandeza y nuestra pequeñez; no es sino un padre, haciéndose del todo pequeño con los pequeñitos porque los ama.

Nuestro Padre San Bernardo es inagotable cuando describe la dulce intimidad de algunas almas con Dios. «El amado -dice- está presente, apártase el maestro, desaparece el rey, ocúltase la majestad, cede el temor a la fuerza del amor. Así como en otro tiempo Moisés hablaba a Dios como un amigo con su amigo y Dios le respondía, así ahora, fórmase entre el Verbo y el alma una comunicación familiar como la de dos personas que viven bajo el mismo techo. ¿Qué tiene de extraño? Como su amor no tiene sino un mismo origen, es reciproco y mutuas las caricias. Palabras más dulces que la miel escápanse de ambos corazones, uno y otro dirígense miradas de una infinita dulzura, señales de mutua ternura.» Esta condescendencia divina es harto maravillosa; mas, «Dios también ama, y su amor no le viene de otra parte, porque El mismo es la fuente; ama con tanta más fuerza cuanto que no sólo tiene amor, sino que es el amor mismo, y a los que ama, trátalos como amigos, no como a servidores. Ved cómo la majestad misma cede su puesto al amor. Porque es propio del amor no considerar a nadie bajo de si, a nadie sobre sí; grandes y pequeños, pónelos todos al mismo nivel y no hace de ellos sino una misma cosa». «¿Y de dónde le viene al alma este atrevimiento? Siente que ama a Dios y que ella le ama con ardor; desde este momento no puede dudar que sea también intensamente amada. ¿No consiste su única aplicación en buscar de continuo y con todo su corazón los medios de agradar a Dios? Conforme a su celo y a sus esfuerzos juzga, sin duda, que Dios ha de pagarla en la misma moneda, no olvidando la promesa del Señor: Con la medida que midiereis, seréis medidos. Lo diré mejor: sabe que su Amado la aventaja; por lo que en si propia experimenta reconoce lo que pasa en Dios; no duda que sea amada, puesto que ella ama; y la verdad que así es. El amor de Dios al alma es el que produce el amor del alma a Dios.» «Ved, concluye el santo doctor, ved cómo El os da pruebas inequívocas de su amor si vos le amáis, y de su solicitud si os ve ocupados por completo en El. Seríais temerarios si os atribuyerais cosa alguna en esta materia, anteponiéndoos a El; El os ama más y es el primero en amaros. Conociendo esto el alma, ¿qué extraño es que se gloríe de ver al Dios de la Majestad atento a ella sola como si olvidara el resto de las criaturas, cuando ella misma, olvidando todo otro interés, se conserva única e inviolablemente para El?»

Mas, ¿para quién es esta deliciosa intimidad? Para el alma amante y sumisa. «Yo amo a los que me aman», nos dice la divina Sabiduría. Amemos a Dios y estaremos seguros de ser amados; amemos mucho y tendremos seguridad de ser amados sin medida. ¿No es por ventura verdadero amor el que se da, aquel sobre todo que se manifiesta por una perfecta obediencia y un filial abandono? Nuestro Señor es quien nos lo asegura: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos nuestra morada en él.» «Cualquiera que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre». La obediencia y el abandono nos asemejan, en efecto, a Aquel que se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Su Santísima Madre se le parece y le es querida ante todo, no solamente por haberle llevado en sus entrañas, sino más aún porque escuchó mejor que nadie la divina palabra y la puso en práctica. Todos podemos adquirir este parentesco espiritual, este parecido con nuestro divino Hermano; y la semejanza irá acentuándose a medida que se avanza en el amor, la obediencia y el abandono. Llegará por fin el día en que el alma, a costa de múltiples sacrificios - y qué sacrificios! -, no tendrá más que un mismo querer y no querer con Dios. Bajo el peso de la cruz como en las alegrías del Tabor, el alma no ve más que a Dios y su adorable voluntad; reverencia siempre este divino querer, lo aprueba, lo acepta amorosamente; siempre está contenta de Dios, le besa la mano aun cuando la crucifique; y en la misma agonía, le sonríe a través de sus lágrimas. Y entonces, sin duda, Jesús nuestro modelo y nuestro amor, le vuelve sus ojos y su corazón reposa en ella, algo así como los reposaba en su tierna Madre, porque echaba de ver en Ella las disposiciones perfectamente conformes con las suyas. Dios Padre experimenta un verdadero gozo mirando la imagen viviente de su Hijo; el Espíritu Santo, que es su primer autor, contempla su obra con una dulce satisfacción. Toda la Santísima Trinidad se inclina hacia ella repitiendo, salva la debida proporción: Este es mi hijo amado, el objeto de mis complacencias.

De aquí proceden esas privanzas divinas de que están llenas las vidas de los santos y las biografías piadosas. Si hemos de prestar crédito a los escritos de cierta religiosa, se verán a cada página las más conmovedoras pruebas de bondad divina. Dios Padre no la llama sino «su hijita de la tierra», y le habla con la misma ternura que una madre a su hijo. Nuestro Señor le da el nombre de su «hermanita, su hija, su esposa». «Dios mío, os amo con todo mi corazón», decía la humilde religiosa, y el divino Maestro respondía bondadosamente y hasta con cariño: «También yo te amo». ¿Quién no se sentiría conmovido al leer esas deliciosas visitas que el Niño Jesús le había hecho con todos los encantos del abandono?

A este paternal afecto de parte de Dios corresponde por parte del alma una confianza llena de humildad. «Dios mío, decía esta religiosa, creo en vuestro amor, creo en vuestra ternura, creo en vuestro corazón.» Estas almas conocen, en efecto, a Dios por una fe viva y penetrante; le conocen también por una dulce experiencia. Acostumbradas a verse amadas tan íntimamente y conducidas con tanta solicitud, llega a tanto su atrevimiento, que se entregan de lleno a las efusiones de su ternura, y tienen la osadía de decir a Dios tres veces Santo con entera franqueza cosas tan afectuosas y llenas de confianza que nadie diría tantas a su propia madre. Ciertamente, Dios no se da por ofendido con ello, al contrario, se goza en eso mismo, puesto que su gracia nos excita y nos ayuda a continuar en estos pensamientos; no obstante, para preservar al alma del orgullo y mantenerla en un completo desasimiento la priva de sus caricias, parece olvidarla y no tener para con ella sino la indiferencia. Entonces ella, sin disminuir en nada su confianza, dice con esta religiosa: «El Padre quiere que sea su hijita. En el sufrimiento, en las penas interiores debo portarme como un niño a quien su madre hiere para curarle. Grita cuando ésta le causa mucho dolor, pero esto no impide que se recline sobre el seno materno, y recibe con sumo placer las caricias de la que momentos antes le hacía llorar. Luego, con un tierno y afectuoso beso de una parte y otra, se secan estas lágrimas. Tal debo hacer yo con el Padre que está en los cielos.»

Pero, ¿qué es de la humildad en este trato tan íntimo y confiado? Tan pronto da el alma libre curso a su ternura como, confusa de su atrevimiento, adora profundamente al Dios de su amor, hácele mil protestas de humildad y amorosa sumisión y se abisma en el sentimiento de su miseria y ruindad. El bondadoso Maestro, por su parte, la invita a ello por su gracia, y si es necesario le coloca en este estado mediante las humillaciones; siempre, aun cuando la levanta, vela por la humildad. «Señor, ¿que es lo que tanto os atrae hacia mí?, decía esta misma alma.» «Es tu inmensa miseria», le respondió Jesús; «y mi amor para ti es tal que tus infidelidades no pueden impedirme el que te colme de mis caricias». Dios sabe elevar y abatir alternativamente, de manera que la confianza y la humildad crezcan juntas y se presten mutuo apoyo. Así es como para Santa Teresa del Niño Jesús fue la humildad una de las fuentes, y no la menor, de la confianza en Dios. Lo hemos hecho ya notar; buscaba su camino para llegar a la santidad y lo encontró en estas palabras de la divina Sabiduría: «Si alguno es pequeñito, venga a Mí». Esto fue un rayo de luz; se hace pequeñita en el sentimiento de su debilidad y de su nada; permanece pequeñita, y su ambición consistirá en ser olvidada y pasar inadvertida. Y pequeñita como un niño, amará como niño, obedecerá como niño, esparcirá flores como un niño, es decir, hará todos los sacrificios pequeños que puede hacer un niño. Mas, en retorno, será amada como un niño, y los brazos de Jesús serán el ascensor que la elevará hacia la perfección. Desgraciadamente tendrá sus faltas, pues los niños caen algunas veces, pero llorando vienen a echarse en brazos de su madre, y son perdonados y consolados. Así lo hará ella. Ha sido pura entre los santos más puros; pero aun cuando hubiera cometido todos los pecados del mundo, imitaría a Magdalena arrepentida y nada perdería de su confianza. «Sabia a qué atenerse acerca del amor y de la misericordia» de su buen Maestro; y, por otra parte, con una humildad de niño nadie se condena; siempre hallará buena acogida cerca de Aquel que fue «dulce y humilde de corazón», y que decía: «Dejad que los niños se acerquen a Mí, que de ellos y de los que se les asemejan es el reino de los cielos».

 

Artículo 2º.- Sencillez y libertad

Jesús al entrar en el mundo habla así a su Padre: «Heme aquí que vengo para hacer vuestra voluntad.» «¿Pues qué, observa Monseñor Gay, no viene a predicar, a trabajar, a sufrir y a morir y a vencer al infierno, a fundar la Iglesia y salvar al mundo por la cruz? Es verdad que tal es su misión. Mas, si quiere todo esto, es porque tal es la eterna voluntad de su Padre. Sólo esta voluntad le conmueve y le decide. Sin dejar de ver todo lo demás, sin embargo, es a ella sólo a la que mira; de ella habla, de ella sólo quiere depender. Y cuando después hace tantas cosas, cosas tan elevadas, tan inauditas, tan sobrehumanas, no hace jamás, sino esta cosa sencillísima, es decir, la voluntad de su Padre Celestial.» Tal sucede al alma que practica el Santo Abandono. Tiene múltiples deberes que cumplir; mas sea que esté en el coro, en el trabajo, en las lecturas piadosas, que se ocupe de sí misma o de los demás, que disponga a sus anchas del tiempo, o se halle excesivamente ocupada, jamás tiene sino una sola cosa que hacer: su deber, la santa voluntad de Dios. Pasará por la salud y la enfermedad, la sequedad y las consolaciones, la calma y la tentación; en la diversidad de acontecimientos sólo ve una cosa: al Dios de su corazón que los dirige y por ellos le manifiesta su voluntad. Los hombres van, vienen y se agitan; que la aprueben, la critiquen o la olviden, que la alegren o que la hagan sufrir, levanta más alto sus miradas y ve a Dios que los dirige, a Dios que se sirve de ellos para manifestarle lo que de ella espera. No ve, pues, en todo sino a Dios y su adorable voluntad. He aquí lo que da a su vida una maravillosa sencillez, una simplicísima unidad. ¿Hay necesidad de añadir que esta vista constante de Dios produce, como naturalmente, otro fruto de un precio inestimable; una altísima pureza de intención? Ella procura también la libertad de los hijos de Dios. «Si alguna cosa -dice Bossuet- es capaz de hacer a un corazón libre y dilatado, es el perfecto abandono en Dios y en su santa voluntad.»

Y sólo él es capaz de esto. Pues qué, ¿son libres los pecadores que viven a medida de sus deseos? Son unos desdichados esclavos, y el mundo y sus pasiones son sus tiranos. ¿Son libres los cristianos débiles aún en la práctica de su deber? Las ocasiones los arrastran, el respeto humano los subyuga; desean el bien y mil obstáculos les apartan de él, y detestan el mal y no tienen valor para alejarse. ¿Son libres, al menos, los hombres más adelantados, pero que se forman una devoción a su manera, y buscan las consolaciones sensibles? En el fondo los domina el amor propio; no están menos esclavizados por él que los mundanos lo están por sus pasiones, de donde resulta que son inconstantes y caprichosos, y que la prueba los desconcierta. Un alma es libre y desprendida en la proporción en que las pasiones están amortiguadas, domado el amor propio, pisoteado el orgullo. La mortificación interior comienza y prosigue esta liberación; mas, ya lo hemos visto, sólo el abandono la termina, porque sólo él nos establece plenamente en la indiferencia, sólo él nos enseña a no ver los bienes y los males sino en la voluntad de Dios, sólo él nos une a esta santa voluntad con todo el amor, con toda la confianza de que somos capaces.

Nos hace libres respecto a los bienes y a los males temporales, a la adversidad o a la prosperidad; ya no nos esclaviza ni la avaricia, ni la ambición, ni la voluptuosidad; las humillaciones, los sufrimientos y las privaciones, las cruces de todo género han cesado de espantarnos; sólo a Dios hemos entregado nuestro corazón, y estamos dispuestos a todo por cumplir su adorable voluntad.

Nos hace libres con respecto a los hombres. Deseando tan sólo complacer a Dios por una amorosa y filial sumisión, «ningún respeto humano -dice el P. Grou- nos detiene; los juicios de los hombres, sus críticas, sus burlas, sus desprecios, nada significan para nosotros, o por lo menos no tienen la fuerza de desviarnos del camino recto. En una palabra, nos vemos elevados por encima del mundo, de sus errores, de sus atractivos y de sus temores. ¿En qué consistirá, pues, la libertad, si esto no es ser libre?»

Hácenos también libres con respecto a Dios mismo. «Quiero decir -añade el mismo autor- que sea cual fuere la conducta que Dios observe para con estas almas, sea que las pruebe o que las consuele, que se acerque a ellas o que parezca alejarse», puede El permitirse todo, nada las turba, nada las desanima. «Su libertad para con Dios consiste en que, queriendo todo lo que Dios quiere, sin inclinarse -voluntariamente- ni de uno ni de otro lado, sin detenerse a considerar sus propios intereses, han consentido de antemano en todo cuanto les acontezca, han confundido su elección con la de Dios, han aceptado libremente todo lo que les viene de su parte.»

Hácenos, en fin, libres con respecto a nosotros mismos, hasta en las cosas de piedad. El Santo Abandono, en efecto, nos establece en una total indiferencia para todo lo que no es el divino beneplácito. Desde este momento, dice San Francisco de Sales, «con tal que se haga la voluntad de Dios, de nada más se cuida el espíritu», y el corazón llega a ser libre. «No se aficiona a las consolaciones, mas recibe las aflicciones con toda la dulzura que la carne puede permitirle. No digo que no ame y desee las consolaciones, sino que no aficiona su corazón a ellas. En manera alguna pone su afecto en los ejercicios espirituales, de suerte que, si por enfermedad u otro accidente se le impiden, no se disgusta por ello. Tampoco digo que no los ame, sino que no se apega a ellos.» Jamás los omite, a menos de no convencerse de que es tal la voluntad de Dios; mas los deja con entera libertad tan pronto como el querer divino se manifiesta por la necesidad, la caridad o la obediencia. De idéntica manera no se irrita contra el importuno que le incomoda, interrumpiéndole, por ejemplo, su meditación, pues no desea sino servir a Dios, y «lo mismo le da hacerlo meditando que soportando al prójimo, y soportar a éste es lo que Dios exige de él en el momento presente». No le impacientan las cosas que van contra sus inclinaciones, pues en manera alguna se deja arrastrar de ellas, sólo desea cumplir la voluntad divina. La práctica del Santo Abandono le ha procurado, pues, la dichosa «libertad de los hijos amados, es decir, un total desasimiento de su corazón para seguir la voluntad de Dios conocida».

 

Artículo 3º.- Constancia y sinceridad de ánimo

La veleidad de espíritu y la inconstancia de la voluntad llenan el mundo para su vergüenza y desolación. San Francisco de Sales hace remontar el mal a esta única fuente: es que la mayor parte se dejan conducir por sus pasiones. No querrían hallar alguna dificultad, ninguna contradicción, ninguna pena; siendo así que, por el contrario, la inconstancia e inestabilidad caracterizan los sucesos de esta vida mortal. De ahí procede que tan pronto estoy alegre porque todo me sucede según mi voluntad, y tan pronto estoy triste porque me ha sobrevenido una contradicción no esperada. Hoy que disfrutáis de consolaciones en la oración os halláis animados y del todo resueltos a servir a Dios, pero mañana tendréis sequedad, os hallaréis lánguidos y abatidos. Al presente queréis una cosa, más tarde desearéis otra distinta. Tal persona os agrada hoy, mañana os costará el soportarla. Soy todo fuego para una obra de celo, ya por el encanto de su novedad, o ya por el buen resultado que obtengo; mas sobrevienen las contradicciones, los fracasos, la monotonía, y al instante pierdo los ánimos. ¿No es esto natural, cuando se deja uno guiar por sus inclinaciones, pasiones y afectos? Si la razón y la fe no las regulan y dominan, ¿qué ha de suceder, «sino una continua vicisitud, inconstancia, variedad, cambio, capricho, que tan pronto nos hará fervientes, como cobardes y perezosos? Estaremos tranquilos una hora, y después inquietos dos días». Mas, añade el amable doctor, «no hagamos como los que lloran cuando les falta la consolación y no cesan de cantar cuando les es devuelta; en lo cual se parecen a los monos que están siempre tristes en tiempo sombrío y no cesan de hacer piruetas cuando hace bueno». Compáralos San Alfonso a la veleta, porque «cambian sin cesar con el viento de las cosas de este mundo; están contentos y alegres en la prosperidad, impacientes y tristes en la adversidad; jamás llegan a la perfección y llevan una vida desdichada».

Mas, a medida que se avanza en la santa indiferencia y el abandono, despréndese uno de todas las cosas, y sólo a Dios busca en adelante. Pónese toda la confianza en este Padre que está en los Cielos, y se habitúa a rendirle una sumisión pronta y fiel. No se quiere ver las personas y los acontecimientos sino en Dios y en su voluntad tan sabia y santificante, y por el hecho mismo, cesa uno de estar a merced de sus pasiones tan mudables y de ser llevado a merced del viento como una paja al menor soplo de la tempestad. Se llega a ser firme en las ideas, estable en las resoluciones, perseverante en las empresas, siempre el mismo en la calma y en la serenidad. Un hombre de tal índole, dice San Alfonso, «no se engríe por sus éxitos, no se abate por sus desgracias, bien persuadido de que todo viene de Dios. Teniendo a la voluntad de Dios por regla única de sus deseos, no hace sino lo que Dios quiere, y no quiere sino lo que Dios hace... Acepta con perfecta conformidad de voluntad todas las disposiciones de la Providencia, sin considerar si satisfacen o contrarían sus tendencias. Los amigos de San Vicente de Paúl decían de él durante su vida: el Señor Vicente es siempre Vicente, entendiendo por esto que en todas las circunstancias, favorables o adversas, el santo parecía siempre en la misma calma, siempre igual a si mismo; porque, habiéndose abandonado por completo en manos de Dios, vivía sin ningún temor, y no deseaba otra cosa sino el beneplácito del Señor».

«Esta santísima igualdad de ánimo es la que os deseo -decía San Francisco de Sales a sus hijas. No quiero decir igualdad de gustos ni de inclinaciones, sino igualdad de ánimo, pues no hago caso alguno ni deseo que vosotras le hagáis de los alborotos que promueve la parte inferior de nuestra alma. Pero es necesario mantenerse siempre firmes y resueltos en la parte superior de nuestro espíritu, en una continua igualdad, así en las cosas adversas como en las prósperas, en la desolación como en las consolaciones, en las sequedades como en las ternuras. Gimen las palomas de la misma manera que se regocijan: nunca cantan sino la misma tonada. Vedlas posarse sobre la rama llorando la pérdida de sus pequeñuelos, y vedlas también cuando están enteramente consoladas: no cambian de tono, sino que sus arrullos son lo mismo tanto para manifestar su alegría como su dolor. Job nos ofrece un ejemplo en esta materia, pues cantó en un mismo tono todos los cánticos que compuso. Cuando Dios le multiplicaba sus bienes y le enviaba a pedir de boca cuanto hubiera podido desear en esta vida, ¿qué decía él, sino bendito sea el nombre de Dios? Este era su cántico de amor en toda ocasión. Reducido a una extrema aflicción se expresa en el mismo tono que en su cántico de regocijo. El Señor, dice, me había dado hijos y bienes, y el Señor me los ha quitado, ¡bendito sea su santo nombre! ¡ Sea siempre bendito el nombre del Señor! Ojalá podamos también nosotros tomar en todas las ocasiones, los bienes y los males, las consolaciones y las aflicciones de mano del Señor cantando siempre el dulcísimo cántico: bendito sea el nombre de Dios, con la tonada de una continua igualdad.»

Esta igualdad tan suave y deseable la poseía San Francisco de Sales en toda su plenitud; y Santa Juana de Chantal nos va a enseñar en dónde la había él encontrado: «Su método -dice- consistía en mantenerse muy humilde, muy pequeño, muy abatido delante de Dios, con una singular reverencia y confianza como niño amante. Creo yo que en sus postreros años no quería, no amaba y no veía sino a Dios en todas las cosas; por lo mismo podía observársele absorto en Dios, y declaraba que nada había ya en el mundo que pudiera darle contento sino Dios. De esta tan perfecta unión procedía su general y universal indiferencia que de ordinario se notaba en él. Y en verdad, yo no leo esos capítulos que tratan esa materia en el libro IX del Amor divino, sin que vea con toda claridad que practicaba lo que enseñaba, según las ocasiones. Este documento tan poco conocido, y sin embargo, tan excelente: nada pedir, nada desear y nada rehusar, que practicó con tanta fidelidad hasta el fin de su vida, no podía proceder sino de un alma del todo indiferente y muerta a sí misma. Su igualdad de ánimo era incomparable, porque, ¿quién le ha visto jamás cambiar de actitud en los diversos acontecimientos? No es que dejara él de experimentar vivos sentimientos, sobre todo cuando era Dios ofendido y oprimido el prójimo. Veíasele en estas ocasiones callarse y reconcentrarse en si mismo con Dios; y allí moraba en silencio, no dejando por esto de trabajar, para remediar con presteza el mal sucedido; pues El era el refugio, la ayuda y el apoyo de todos.» ¡Dichosas las almas que poseen esta constante igualdad! ¡Qué bien se vive con ellas!

 

Artículo 4º.- Paz y alegría

El Santo Abandono no procura tan sólo la preciosa libertad de los hijos de Dios y una suave igualdad de alma, en la instabilidad de las cosas humanas y los diversos sucesos de la vida, sino que proporciona además una paz profunda y la alegría interior, que constituyen aquí abajo la verdadera felicidad.

«Por la perfecta conformidad con la de Dios -dice el P. Saint-Jure- es como se adquiere el más cumplido reposo que es posible disfrutar en el tiempo; es el medio de hacer sobre la tierra un paraíso. Preguntóse a Alfonso el Grande, rey de Aragón y Nápoles, príncipe muy sabio y prudente, cuál era la persona a quien juzgaba más feliz en este mundo; aquélla, respondió este príncipe, que se abandona enteramente a la voluntad de Dios y que recibe todos los acontecimientos prósperos o adversos, como venidos de su mano.» Monseñor Gay añade: «Sométete a Dios, dice Elías a Job, y tendrás paz, pero una paz que la Escritura llama en otra parte inagotable, una paz que es semejante a un río caudaloso. Los pacíficos, es decir, los que poseen tal tesoro de paz que la esparcen en derredor suyo son los hijos de Dios; y los hijos de Dios por excelencia son las almas que se abandonan a El. Este pueblo de mis fieles hijos, este pueblo de mis pequeñuelos, de niños, de abandonados en mis brazos, "se sentará en la hermosura de la paz bajo las tiendas de la confianza, y en un magnífico reposo que tendrá cuanto pudiera desear". David moraba bajo esas tiendas cuando cantaba ese dulce cántico que pudiera bien llamarse el himno del abandono: "El Señor me conduce, nada me faltará; me ha establecido en un lugar de los más abundantes pastos, al borde de un arroyo por el que corre el agua que vivifica. El atrajo mi alma toda hacia si. A causa de su nombre", que es su Unigénito Hijo Jesús, "ha dirigido mis pasos por el sendero de la justicia". Y ahora, Maestro mío, mi guía, mi madre Providencia, "aun cuando debiera atravesar las sombras de la muerte, no temería mal alguno, porque tú estás conmigo. Tu vara -que me indica el camino-, y aun tu báculo -que me hiere para volverme hacia él cuando me consuela . Sí, el abandono produce la paz, una paz profunda, perfecta, y -por decirlo así-, imperturbable.»

«A la verdad -dice el P. Saint-Jure- las almas que siguen este camino -del Santo Abandono-, disfrutan de una paz inalterable y pasan su vida en una paz que sólo ellas pueden comprender y que no seria posible hallar en otro lugar de la tierra. Refiere Santa Catalina de Sena que Nuestro Señor la enseñaba a construir un retiro en su corazón con la piedra durísima de la Providencia divina y a permanecer allí constantemente encerrada, porque de esta manera tenía la seguridad de ser feliz, de encontrar el verdadero reposo del alma y de estar al abrigo de todas las tribulaciones y de todas las tempestades. Y, en efecto, ¿puede concebirse un estado más feliz que aquel en que el alma es llevada, reposa y se duerme como un niño en brazos de la amorosa y todopoderosa Providencia divina?» ¿Queréis otra imagen bien clara de la felicidad de esta alma? Considerad a Noé durante el diluvio: «Permanecía en paz en el arca con los leones, los tigres y los osos, porque Dios le conducía, mientras que todos los demás, en la más espantosa confusión de cuerpo y de espíritu, eran sumergidos sin piedad en las olas. Así, el alma que se abandona a la Providencia, que le deja el timón de su barca, goza de una paz perfecta en medio de todas las perturbaciones, boga con tranquilidad por el océano de esta vida, en tanto que las "almas indisciplinadas", esclavas, fugitivas y rebeldes a la Providencia, están en agitación continua, y no contando con más piloto que su voluntad ciega e inconstante, después de haber sido por largo tiempo juguete de los vientos y de la tempestad, terminan con un lamentable naufragio.»

En efecto, dice Monseñor Gay, «¿qué cosa os turba?» No hablo de la turbación que agita la superficie; pues por poco sensible que uno sea no podrá verse libre de ella; hablo de la turbación que llega al fondo del alma y en ella conmueve las virtudes. ¿A quién atribuir la causa de ello? ¿Son por ventura las órdenes que se os dan o los accidentes que os sobrevienen? No, porque esta cruz que a vosotros os quita la paz, se la deja completa a vuestra hermana. ¿De dónde procede esto? Es que la voluntad de vuestra hermana se ha abandonado, la vuestra se guarda y hace resistencia. La turbación viene, pues, únicamente de la voluntad propia y de la oposición que ella hace a Dios. Ella es causa de tales agitaciones e inquietudes, pues el abandono las hace imposibles.

Así es, en efecto, pues las almas abandonadas han conseguido fundir su voluntad con la de Dios; y por consiguiente, nada las sobreviene contra sus deseos, nada hiere sus sentimientos, porque nada les acontece que ellas no lo quieran así. «A mi juicio -dice Salviano nadie en el mundo es más feliz que estas almas. Son humilladas, despreciadas, pero es a su gusto, y ellas lo quieren; son pobres, mas se complacen en su pobreza: por esto siempre están contentas.» «Sea lo que fuere lo que acontezca al justo -dice el Sabio nada podrá contristarle», ni alterar la paz y serenidad de su espíritu, porque ha puesto su confianza en Dios y de antemano acepta todo cuanto plazca al buen Maestro. Sin duda, no es esta la paz del cielo, sino la de aquí abajo, pues Dios no quiere sobre la tierra ni paz perfecta, ni felicidad durable; no podemos evitar la tribulación, y la cruz nos seguirá por todas partes. Mas el Santo Abandono nos enseña la importante ciencia de la vida y el arte de ser felices en este mundo, que consiste en saber sufrir: ¡saber sufrir!, es decir, sufrir como conviene sufrir todo lo que Dios quiere, mientras El lo quiere y como El lo quiere, con espíritu de fe, con amor y confianza. El nos enseña a reposar en los brazos de la cruz, por consiguiente, en los brazos de Jesús y sobre el corazón de Jesús. Allí se encuentra más que la paz, allí se saborea la alegría.

«No es del todo extraño -dice Monseñor Gay- que esta alegría sea sensible, aunque otras veces, y lo más frecuentemente es que sea tan sólo espiritual.» En todo caso, el santo abandono produce la alegría del alma. «Bastaría para esto que él asegurara la libertad y que proporcionara la paz; porque, ¿de qué proviene el regocijo sino de ser uno libre y estar tranquilo en la libertad? Por el contrario, sin la libertad y la paz, ¿qué alegría se puede gustar ni aun concebir?» ¿Queréis saber un secreto para estar constantemente alegres? Digo un secreto, porque todos desean la alegría, ¡cuán pocos la encuentran! Ahora bien: el mejor secreto para conseguirla y conservarla, un secreto verdaderamente infalible es el Santo Abandono. ¿Cómo así? Las almas que no son devotas del Santo Abandono tienen todavía muy poca fe, confianza y amor, para gustar la alegría en la tribulación; aquéllas empero que han llegado a la perfecta conformidad tienen una fe viva, una esperanza firme, una caridad generosa. Han aprendido a ver en los menores acontecimientos a su Padre Celestial, al Salvador, al Amigo, al Esposo, al Amado, enteramente ocupado en santificarías. Le han dado sin reserva su confianza y su amor. ¿No es El dueño soberano de los acontecimientos? Al combinarlos, ¿podrá olvidar su carácter de Padre y Salvador? Todo será, pues, para bien de su alma, con tal que ellas le permanezcan filialmente sumisas. ¿Cómo no han de estar alegres? En los seis días de la creación, Dios contempla las obras de sus manos; las encuentra perfectas y hasta excelentes, y por eso las mira con una alegre satisfacción. «De igual manera resulta en el alma que a Dios se abandona, no sé qué efusión de esta alegría divina, porque el fondo de su abandono es precisamente la aprobación amorosa que ella da de todo lo que hace y quiere, y la complacencia que ella experimenta en todo cuanto Dios dispone.»

«Esta es la causa de aquella paz y alegría perpetua -dice el P. Rodríguez- con que leemos andaban siempre aquellos antiguos santos: un San Antonio, un Santo Domingo, un San Francisco y otros semejantes. Y lo mismo leemos de nuestro bienaventurado Padre Ignacio, y lo vemos ordinariamente en los siervos de Dios. ¿Por ventura carecían de trabajos aquellos santos? ¿No tenían tentaciones y enfermedades como nosotros? ¿No pasaban por ellos varios y diversos sucesos? Si, por cierto, y más dificultosos que por nosotros; porque a los más santos les suele Dios probar y ejercitar mas. Pues, ¿cómo estaban siempre en un mismo ser, con un mismo semblante, con una serenidad y alegría interior y exterior que siempre parece que era pascua para ellos? La causa de esto era lo que vamos diciendo, porque habían llegado a tener una conformidad entera con la voluntad de Dios y puesto todo su gozo en el cumplimiento de ella: y así todo se les convertía en contento. El trabajo, la tentación y la mortificación, todo se les convertía en gozo, porque entendían que aquella era la voluntad de Dios, la cual era todo su contento.» Eran ingeniosos en hallar mil santas razones para justificar a Dios hasta en sus rigores, y para animarse a una confiada y alegre sumisión.

Escuchemos al santo Cura de Ars: «La cruz es quien ha dado la paz al mundo, es ella quien ha de traerla a nuestros corazones. Todas nuestras miserias vienen de que no la amamos. El temor de las cruces es quien las aumenta. Una cruz llevada sencillamente no es ya un sufrimiento. Nada nos hace tan parecidos a Nuestro Señor como llevar su cruz, y todas las penas son dulces cuando se sufren en unión con El. ¡Yo no comprendo cómo un cristiano puede odiar la cruz, y sacudirla de sus hombros! ¿No es esto lo mismo que huir de Aquel que ha querido ser clavado en ella y en ella morir por nosotros? Las contradicciones nos ponen al pie de la cruz, y la cruz, a la puerta del cielo. Para llegar, es preciso que seamos pisoteados, vilipendiados, despreciados, triturados. ¡Sufrir! ¿Qué importa? Es cuestión de un momento. Si nos fuere dado poder pasar ocho días en el cielo, comprenderíamos, sin duda, el precio de este minuto de sufrimiento, no hallaríamos cruz bastante pesada, ni prueba suficientemente amarga. La cruz es el don que Dios hace a sus amigos. Es necesario pedir el amor de las cruces y entonces éstas se nos tomarán dulces. He hecho la experiencia durante cuatro o cinco años. He sido calumniado, contradecido, atropellado. ¡Vaya si tenía cruces! ¡Casi eran más de las que podía llevar! Púseme a pedir el amor de las cruces, me sentí feliz y me dije: ¡Verdaderamente aquí está la dicha! Jamás se ha de mirar de dónde vienen las cruces, pues vienen de Dios y es siempre Dios quien nos da este medio de probarle nuestro amor. ¡Cuán felices nos consideraremos en el día del juicio por nuestras desdichas, cuán santamente orgullosos estaremos de nuestras humillaciones y qué ricos seremos por nuestros sacrificios! »

Para Gemma Galgani, un día sin sufrimiento era un día perdido. «Días ha habido, decía lamentándose, en que nada he tenido que ofrecer por la tarde a Jesús. ¡Cuán desgraciada era! » En el curso de una prolongada tribulación que aún duraba, como le preguntase Nuestro Señor si había sufrido con resignación: « ¡Es tan dulce, le respondió ella, sufrir con Vos!»

«Acabo de recitar el Rosario, escribía una religiosa a su director, para dar gracias a Dios por haberme arrojado en el crisol de los sufrimientos. Esta mañana, después de la Comunión, he entonado el Magnificat. Yo no tengo otro consuelo que sufrir con Jesús y por Jesús, si El se digna aceptar mis sufrimientos. Sufrir, sufrir siempre, sufrir más, ésta es mi continua oración.»

Minada por la enfermedad, atormentada por la fiebre, Sor Isabel de la Trinidad escribía en sus últimos días: «Se ha abierto para mí el camino del Calvario, y me considero sumamente feliz al andar por él, como esposa al lado del divino Crucificado. ¡ Si supieras qué días tan divinos estoy disfrutando! Yo me debilito y presiento que el divino Maestro no tardará mucho en venir a buscarme. Gusto y experimento desconocidas alegrías. ¡Cuán suaves y dulces son las alegrías del dolor! Sola, en esta pequeña celdita, con Dios sólo y llevando mi cruz con mi amado Maestro, me creo en cierto modo en el cielo; mi dicha crece en proporción de mi sufrimiento. ¡Si supieras el sabor que se encuentra en el fondo del cáliz preparado por el Padre celestial!»

«Desde que no me busco a mí misma -decía Santa Teresa del Niño Jesús- llevo la vida más feliz que se puede imaginar.»

Y de hecho, el sufrimiento había llegado a ser su cielo sobre la tierra; ella le sonreía como nosotros sonreímos a la dicha. «Cuando sufro mucho -decía- cuando me acontecen cosas penosas, en vez de entristecerme, respondo con una sonrisa. Al principio no siempre lo conseguía, mas ahora he llegado a no poder sufrir, porque todo sufrimiento me es dulce.» «¿Cómo es que estáis tan contenta esta mañana? - Porque he tenido dos pequeñas penas, y nada es capaz de proporcionarme pequeñas alegrías como las pequeñas pruebas.» - «¿Habéis tenido hoy muchas pruebas? - Sí, pero ¡cómo las amo! Yo amo todo lo que Dios me da. Mi corazón está lleno de la voluntad de Jesús.»

Oigamos ahora a Taulero en su famoso Diálogo del Teólogo y del mendigo. «Un teólogo -éste era el mismo Taulero- suplicó a Dios durante ocho años le hiciera conocer un hombre que le mostrase el camino de la verdad. Cierto día en que ardía en este deseo con mayores ansias que nunca, oyó una voz del cielo que le dijo: Sal fuera y dirígete hacia la iglesia, y encontrarás al hombre que te enseñará el camino de la verdad. Sale, pues, y halla a un mendigo con los pies lastimados, desnudos y cubiertos de lodo, llevando sobre sí tan pobres vestidos que no valían tres óbolos. Saludóle diciendo: Dios os conceda un buen día. Respondióle el mendigo: no recuerdo haber tenido un día malo. - Dios os haga dichoso, continuó el Maestro. - Nunca he sido desgraciado, continuó el pobre-Dios os bendiga, repuso el teólogo: mas explicaos, porque no entiendo lo que decís .-Con mucho gusto lo haré, dijo el pobre. Me habéis deseado un buen día, y os he respondido que no recuerdo haber tenido jamás uno malo. En efecto, cuando el hambre me atormenta, alabo a Dios; si sufro frío, si graniza, si nieva o llueve, lo mismo en buen que en mal tiempo alabo a Dios; cuando padezco necesidad, en los reveses y los desprecios, alabo también a Dios; de donde resulta que no hay día malo para mi. Me habéis deseado además una vida feliz y dichosa, yo os he respondido que nunca he sido desgraciado, y esto es verdad, porque he aprendido a vivir con Dios y estoy persuadido de que todo cuando El hace no puede ser sino muy bueno. De ahí que todo cuanto de Dios recibo, y permite me venga de otra parte, prosperidad o adversidad, dulzura o amargura, lo miro como una verdadera fortuna, y lo acepto de su mano con alegría. Por lo demás, estoy del todo decidido a no aficionarme sino a la voluntad de Dios y tan fundida tengo mi voluntad en la suya, que todo cuanto El quiere, lo quiero yo también. En consecuencia, jamás he sido desgraciado. - Mas, decidme, ¿qué haríais si Dios os quisiere arrojar al fondo del abismo? - ¿Arrojarme al fondo del abismo? Si Dios llegare a ese extremo, tengo dos brazos para abrazarme a El fuertemente: con el izquierdo, que es la verdadera humildad, tomaría su santísima Humanidad y a ella me abrazaría; con el derecho que es el amor, me asiría a su Divinidad y la tendría estrechamente apretada, de suerte que si El me quisiera precipitar en el infierno, sería preciso que El viniese conmigo, y por mx parte, más querría estar en el infierno con El que en el cielo sin El. Con esto entendió el teólogo que la verdadera resignación unida a una profunda humildad es el camino más corto para ir a Dios. -¿De dónde procedéis? dijo aún el teólogo. - Vengo de Dios. - ¿En dónde lo hallasteis? - Le hallé donde dejé a todas las criaturas. - ¿En dónde tiene El su morada? - En los corazones puros y en los hombres de buena voluntad. - ¿Y quién sois vos? - Yo soy rey. - ¿En dónde está vuestro reino? - Está en mi alma, porque he aprendido a gobernar mis sentidos interiores y exteriores, de suerte que todos los afectos y todas las potencias de mi alma estén sujetos; y este reino vale, sin que nadie pueda dudarlo, más que todos los de la tierra. - ¿De qué modo habéis llegado a esta sublime perfección? - Con el silencio, profundas meditaciones, y la unión con Dios. Yo no he podido hallar reposo en nada que no sea El; y al presente he hallado a mi Dios, y en El disfruto de un perfecto reposo y de una paz inalterable.» «Tal fue la conversación de Taulero con el mendigo, quien por la entera conformidad de su voluntad con la de Dios, era más rico en su pobreza que los monarcas, y más dichoso en sus sufrimientos que aquellos para cuya felicidad aportan su concurso los elementos y la naturaleza entera.»

 

Artículo 5º.- Muerte santa y valimiento cerca de Dios

A medida que el alma avanza en el Santo Abandono, progresa también en el desasimiento de todas las cosas para no adherirse sino a Dios sólo; la fe, la confianza y el amor con todas las demás virtudes han tomado en ella vastas proporciones, y la unión de su voluntad con la de Dios se ha ido estrechando de día en día. El alma camina a pasos agigantados por el camino de la perfección. Una santa vida prepara una muerte santa, y en cierto modo la asegura. La perseverancia final es siempre la gracia de las gracias, el don gratuito por excelencia; mas nada hay comparable al Santo Abandono para mover a nuestro Padre celestial a concedernos esta gracia decisiva. El, que va en busca del pecador, ¿podrá acaso rechazar un alma que sólo vive de amor y filial sumisión? Que ella prosiga por este camino hasta el fin, y vedla salva, pero al modo de los santos. Aun hablando de los cristianos ordinarios, el piadoso Obispo de Ginebra acostumbraba decir: «A Dios con todo su poder le es imposible condenar a un alma que, al salir de su cuerpo, tiene su voluntad sumisa a la voluntad divina. Tal como se halla nuestra voluntad a la hora de nuestra muerte, del mismo modo permanecerá toda la eternidad. Como queda el árbol al ser derribado, así permanece. Por este motivo, cuando asistía a un moribundo hacia los mayores esfuerzos para conseguir que sometiera por completo su voluntad a la de Dios, y apenas le hablaba de otra cosa.»

La muerte nos arrebatará nuestros bienes y nuestra situación, nuestros parientes y hasta nuestro cuerpo. Cuando uno está bien afianzado en el Santo Abandono, ni siquiera llega a sentir esas crueles separaciones que desgarran el alma apegada a las cosas de este mundo. Este abandono nos ha hecho indiferentes por virtud a todo lo que la muerte nos ha de arrebatar por fuerza; venga cuando quiera, que el sacrificio está ya hecho en el corazón y ninguna mella hacen en éste las cosas que ella nos quita, pues no se quiere sino a Dios solo, y precisamente la muerte es la que va a colmar este deseo.

Sin duda, traerá un terrible cortejo de sufrimientos y tentaciones; es el combate decisivo y la prueba dolorosa entre todas. Nada, empero, dispone a este trance supremo como el Santo Abandono, pues él nos ha formado para recibirlo todo de la mano de Dios con amor y confianza, y a cumplir con valentía nuestro deber hasta bajo el peso de la cruz, apoyándonos en el poder y en la bondad de Dios. He aquí la razón por qué Santa Teresa del Niño Jesús haya podido decir con legítima seguridad: «No temo en manera alguna los últimos combates, ni los sufrimientos de la enfermedad por intensos que sean. Dios me ha socorrido siempre: El me ha ayudado y conducido desde mi tierna infancia... Cuento con El. Podrá el sufrimiento alcanzar su máxima intensidad, mas estoy segura de que El no me abandonará jamás.» Aun para las almas más santas, es una cosa en sumo grado impresionante el paso del tiempo a la eternidad. « ¡ Qué solemne hora ésta en que me hallo! -decía en sus últimos momentos Sor Isabel de la Trinidad-. El más allá es imponente; parecíame haber vivido en él después de largo tiempo y, sin embargo, lo desconozco por completo... Yo experimento un sentimiento indefinible, algo de la justicia, de la santidad de Dios. ¡Me hallo tan pequeña, tan desprovista de méritos! ¡Cuán necesario es exhortar a los agonizantes a la confianza! » « ¡Qué necesario es -decía Santa Teresa del Niño Jesús-, qué necesario es orar por los agonizantes! ¡Si lo entendiéramos bien! » Razón tenía ella para expresarse de esta suerte, pues a pesar de haber llevado una vida tan pura, percibía el sonido de una voz maldita que murmuraba a sus oídos: «¿Tienes seguridad de ser amada de Dios? ¿Ha venido El a decírtelo?» Con esto permaneció durante muchos días en un estado de angustia que no se puede explicar. «¡Padre mío -decía a su confesor Santa Juana de Chantal en su agonía-, os aseguro que los juicios de Dios son espantosos! » Preguntóle aquél si tenía miedo. - «No, respondió ella; mas os aseguro que los juicios de Dios son terribles.» Es el grito de la naturaleza en el último trance, es el pasmo de este momento decisivo, infinitamente solemne; es la angustia de una conciencia delicada, alarmada por su misma humildad. Un alma que vive en el Santo Abandono triunfará de este temor. No descuida medio alguno de completar su preparación, mas ante todo piensa en que va por fin a ver a su Padre, a su Amigo, a su Amado, a Aquel en quien ella ha puesto todas sus complacencias; el Dios de su corazón, al cual no ha cesado de dar su vida gota a gota; gusta recordar con una dulce emoción las innumerables pruebas de su amor, de sus misericordias, de sus inefables ternuras, y siente que ella le ama del fondo de su alma y que a su vez es aún mucho más amada. ¡Cuán feliz se considera pudiendo decir con el Salmista en esta hora tan seria y decisiva: «Vos sois mi Dios, y mi suerte está en vuestras manos!». En una palabra, ella ha vivido de amor y de confianza, muere en el amor y en la confianza. Después de una vida tan llena de penas interiores, Santa Juana de Chantal y San Alfonso de Ligorio tuvieron la más dulce muerte. Tal vez quiera Dios conservarnos sobre la cruz hasta el fin, mas no es raro ver a las almas que han practicado el abandono morir sin temor alguno, irse a la eternidad tranquilas y alegres, como un niño que entra en el hogar paterno, cual religioso que se dirige a cantar el Oficio. Tal fue el fin de la bienaventurada María Magdalena Postel: «En su muerte no encontramos debilidad alguna, ningún temor. Después de haber estado tan perfectamente sometida a la divina voluntad durante su larga carrera, no podía dejar de estarlo en el día decisivo. Sus horas postreras rebosan en calma, en confianza y en abandono. A la invitación del capellán para que ofrezca el sacrificio de su vida, responde: "Nada me cuesta, ¡hágase en todo la voluntad de Dios!" Maravilladas de su serenidad y sosiego, pregúntanle sus hijas si es feliz. "¡Que si soy feliz!" y su rostro se tomó radiante, parecía transparente como un alma que vuela al cielo, no cesando de unirse a su Amado por actos de fe y amorosas aspiraciones.» En esta hora decisiva nadie se encontrará sobradamente puro ni bastante rico en méritos. Es verdad, mas nada hay de tanta eficacia como el Santo Abandono para hacer del todo fructuosa la suprema prueba. ¡Cuánto se gana soportando con una amorosa paciencia el duro trabajo de la destrucción, recibiendo de la mano de Dios con filial confianza el golpe de la muerte! Esto formará un magnifico haz de méritos añadidos a otros muchos, y éste será el más cargado de buen grano. Es además una ofrenda muy agradable a la justicia divina, y quizá una satisfacción suficiente por nuestros pecados. Según San Alfonso, «aceptar la muerte que Dios nos presenta para conformarnos con su voluntad, es merecer una recompensa parecida a la de los mártires: éstos no son reputados por tales, sino en cuanto han aceptado los tormentos y la muerte para agradar a Dios. El que muere conformándose con la Divina Voluntad tiene una muerte santa, y el que muere en una mayor conformidad tiene una muerte más santa. Asegura el Padre Luis de Blosio que en la muerte, un acto de perfecta conformidad nos preserva no tan sólo del infierno, sino que también del purgatorio».

¿No será, al menos, un motivo de angustia dejar en el destierro, en los peligros, en la necesidad tal vez, todo lo que se ha amado después de Dios: su familia, su Comunidad, seres queridos que habrán puesto su confianza en nosotros? La bienaventurada Maria Magdalena deja en el mayor desamparo una Congregación apenas fundada, «pero ella, que no había sido durante su vida sino el instrumento de la Providencia, muere sin preocupación por su Comunidad; no habiendo contado nunca con ningún brazo humano, en sus últimos momentos tampoco cuenta sino con el Señor». A todos los que se ha amado según Dios, no se deja de amarlos en el cielo; lejos de esto, el afecto se hace más intenso y más puro, y se está mejor situado para velar sobre ellos y para manejar sus verdaderos intereses. ¿No es Dios el Soberano Dueño de su suerte? ¿Y quién será tan poderoso cerca de El como un alma que no ha vivido sino de su amor, en una constante fidelidad para cumplir su voluntad significada, en un perfecto abandono a su beneplácito? El mismo nos ha declarado «que hará la voluntad de los que le temen, y que escuchará sus ruegos». No hay palabra que más anime que ésta: hagamos la voluntad de Dios, y El hará la nuestra; hagamos todo lo que El quiere, que El hará todo lo que nosotros queramos. De ahí es de donde procede el poder de intercesión de las almas que viven en una amorosa y perfecta conformidad: ellas nada niegan a Dios y Dios no les negará nada a ellas. El poder de su oración en la tierra y en el cielo, estará siempre en relación con su grado de amor, de obediencia y de abandono; y si Dios se complace en glorificar algunas almas entre las mejores, no busquemos en otra parte la causa de su elección.

He aquí por qué Santa Teresa del Niño Jesús es el gran taumaturgo de nuestros días. Al fin de su vida parece tener conciencia de su misión, cuyos secretos revela más de una vez: «Yo quiero pasar mi cielo haciendo bien sobre la tierra. Después de mi muerte haré caer una lluvia de rosas. Siento que mi misión va a comenzar, mi misión de hacer amar a Dios como yo le amo y de manifestar mi pequeño camino a las almas. «¿Cuál es el pequeño camino que queréis enseñar?» «Es el camino de la infancia espiritual, es el camino de la confianza y del completo abandono.» Escuchemos ahora la razón que ella pone en primer término. «Yo no he dado a Dios sino amor. El me devolverá amor. El cumplirá todos mis deseos en el cielo, porque yo no he hecho jamás mi voluntad en la tierra.»

Terminemos por un rasgo que se encuentra en todas partes, pero que de un modo especial nos pertenece: pues el héroe es un hermano converso de nuestra Orden, el bienaventurado Aniano de Eberbach, y el narrador es también de los nuestros, el bienaventurado Cesáreo, Prior de Heisterbach. Vivía en el Monasterio de Eberbach un santo hermano que se distinguía sobre todo por la obediencia y simplicidad. Habíale Dios otorgado con tanta largueza el don de milagros, que con sólo tocar su cinturón o sus hábitos los enfermos sanaban de cualquier enfermedad. Maravillado de un favor tan singular, y no advirtiendo en este hermano señal alguna de santidad, preguntóle su Abad un día cómo explicaba que Dios hiciera tantos prodigios por su mediación.-No lo sé, respondió éste, porque ni oro, ni velo, ni trabajo, ni ayuno más que mis hermanos; lo único que puedo decir es que en cualquier acontecimiento, próspero o adverso, adoro la voluntad de Dios. Tengo siempre un gran cuidado de querer en todas las cosas lo que Dios quiere, y El me concede la gracia de conservar mi voluntad enteramente abandonada a la suya. Ni me eleva la prosperidad, ni me abate la adversidad, porque todo lo recibo indiferentemente como de la mano de Dios, y el único fin de mis oraciones es que se cumpla perfectamente su santa voluntad en mí y en todas las criaturas. - Decidme, replicó el Abad, ¿no os turbasteis algo cuando el otro día una mano malvada incendió la granja, y destruyó nuestros medios de subsistencia? - No, padre, muy por el contrario, he dado gracias a Dios, según mi costumbre en semejantes ocasiones, persuadido de que el Señor nada hace o permite que no redunde en su gloria y en mayor bien nuestro. Habida esta respuesta, que muestra tan perfecta conformidad con la voluntad de Dios, ya no se maravilló el Abad de que aquel religioso obrase tantos prodigios.

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