Caminando con Jesús

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LITURGIA DE LAS HORAS

CATEQUESIS DE JUAN PABLO II

 

 

PRIMERA SEMANA DE SALTERIO

MIERCOLES, LAUDES

Salmo 35: El malvado escucha en su interior

Cántico de Judit: ¡Alabad a mi Dios con tambores!

Salmo 46: Pueblos todos, batid palmas

 

 

SALMO 35

Depravación del malvado y bondad de Dios

 

2El malvado escucha en su interior

un oráculo del pecado:

«No tengo miedo a Dios,

ni en su presencia».

3Porque se hace la ilusión de que su culpa

no será descubierta ni aborrecida.

 

4Las palabras de su boca son maldad y traición,

renuncia a ser sensato y a obrar bien;

5acostado medita el crimen,

se obstina en el mal camino,

no rechaza la maldad.

 

6Señor, tu misericordia llega al cielo,

tu fidelidad hasta las nubes;

7tu justicia, hasta las altas cordilleras,

tus sentencias son como el océano inmenso.

 

Tú socorres a hombres y animales;

8¡qué inapreciable es tu misericordia, oh Dios!,

los humanos se acogen a la sombra de tus alas;

 

9se nutren de lo sabroso de tu casa,

les das a beber del torrente de tus delicias,

10porque en ti está la fuente viva,

y tu luz nos hace ver la luz.

 

11Prolonga tu misericordia con los que te reconocen,

tu justicia, con los rectos de corazón;

12que no me pisotee el pie del soberbio,

que no me eche fuera la mano del malvado.

 

13Han fracasado los malhechores;

derribados, no se pueden levantar.

 

CATEQUESIS DE JUAN PABLO II

1. Cada persona, al iniciar una jornada de trabajo y de relaciones humanas, puede adoptar dos actitudes fundamentales: elegir el bien o ceder al mal. El salmo 35 presenta precisamente estas dos posturas antitéticas. Algunos, muy temprano, ya desde antes de levantarse, traman proyectos inicuos; otros, por el contrario, buscan la luz de Dios, «fuente de la vida» (cf. v. 10). Al abismo de la malicia del malvado se opone el abismo de la bondad de Dios, fuente viva que apaga la sed y luz que ilumina al fiel.

Por eso, son dos los tipos de hombres descritos en la oración del salmo que la Liturgia de las Horas nos propone para las Laudes del miércoles de la primera semana.

2. El primer retrato que el salmista nos presenta es el del pecador (cf. vv. 2-5). En su interior -como dice el original hebreo- se encuentra el «oráculo del pecado» (v. 2). La expresión es fuerte. Hace pensar en una palabra satánica, que, en contraste con la palabra divina, resuena en el corazón y en la lengua del malvado.

En él el mal parece tan connatural a su realidad íntima, que aflora en palabras y obras (cf. vv. 3-4). Pasa sus jornadas eligiendo «el mal camino», comenzando ya de madrugada, cuando aún está «acostado» (v. 5), hasta la noche, cuando está a punto de dormirse. Esta elección constante del pecador deriva de una opción que implica toda su existencia y engendra muerte.

3. Pero al salmista le interesa sobre todo el otro retrato, en el que desea reflejarse: el del hombre que busca el rostro de Dios (cf. vv. 6-13). Eleva un auténtico himno al amor divino (cf. vv. 6-11), que concluye pidiendo ser liberado de la atracción oscura del mal y envuelto para siempre por la luz de la gracia.

Este canto presenta una verdadera letanía de términos que celebran los rasgos del Dios de amor: gracia, fidelidad, justicia, juicio, salvación, sombra de tus alas, abundancia, delicias, vida y luz. Conviene subrayar, en particular, cuatro de estos rasgos divinos, expresados con términos hebreos que tienen un valor más intenso que los correspondientes en las traducciones de las lenguas modernas.

4. Ante todo está el término hésed, «gracia», que es a la vez fidelidad, amor, lealtad y ternura. Es uno de los términos fundamentales para exaltar la alianza entre el Señor y su pueblo. Y es significativo que se repita 127 veces en el Salterio, más de la mitad de todas las veces que esta palabra aparece en el resto del Antiguo Testamento.

Luego viene el término 'emunáh, que deriva de la misma raíz de amén, la palabra de la fe, y significa estabilidad, seguridad y fidelidad inquebrantable.

Sigue, a continuación, el término sedaqáh, la «justicia», que tiene un significado fundamentalmente salvífico: es la actitud santa y providente de Dios que, con su intervención en la historia, libra a sus fieles del mal y de la injusticia.

Por último, encontramos el término mishpát, el «juicio», con el que Dios gobierna sus criaturas, inclinándose hacia los pobres y oprimidos, y doblegando a los arrogantes y prepotentes.

Se trata de cuatro palabras teológicas, que el orante repite en su profesión de fe, mientras sale a los caminos del mundo, con la seguridad de que tiene a su lado al Dios amoroso, fiel, justo y salvador.

5. Además de los diversos títulos con los que exalta a Dios, el salmista utiliza dos imágenes sugestivas. Por una parte, la abundancia de alimento, que hace pensar ante todo en el banquete sagrado que se celebraba en el templo de Sión con la carne de las víctimas de los sacrificios. También están la fuente y el torrente, cuyas aguas no sólo apagan la sed de la garganta seca, sino también la del alma (cf. vv. 9-10; Sal 41,2-3; 62,2-6). El Señor sacia y apaga la sed del orante, haciéndolo partícipe de su vida plena e inmortal.

La otra imagen es la del símbolo de la luz: «tu luz nos hace ver la luz» (v. 10). Es una luminosidad que se irradia, casi «en cascada», y es un signo de la revelación de Dios a su fiel. Así aconteció a Moisés en el Sinaí (cf. Ex 34,29-30) y así sucede también al cristiano en la medida en que «con el rostro descubierto, reflejando como en un espejo la gloria del Señor, se va transformando en esa misma imagen» (cf. 2 Co 3,18).

En el lenguaje de los salmos «ver la luz del rostro de Dios» significa concretamente encontrar al Señor en el templo, donde se celebra la plegaria litúrgica y se escucha la palabra divina. También el cristiano hace esta experiencia cuando celebra las alabanzas del Señor al inicio de la jornada, antes de afrontar los caminos, no siempre rectos, de la vida diaria.

[Audiencia general del Miércoles 22 de agosto de 2001]


CÁNTICO DE JUDIT

(Jdt 16,1-2.13-15)

Dios, creador del mundo y protector de su pueblo

 

1¡Alabad a mi Dios con tambores,

elevad cantos al Señor con cítaras,

ofrecedle los acordes de un salmo de alabanza,

ensalzad e invocad su nombre!

2Porque el Señor es un Dios quebrantador de guerras,

su nombre es el Señor.

 

[3Los asirios de los montes del norte

vinieron con tropa innumerable;

su muchedumbre obstruía los torrentes,

y sus caballos cubrían las colinas.

 

4Hablaban de incendiar mis tierras,

de pasar mis jóvenes a espada,

de estrellar contra el suelo a los bebés,

de entregar como botín a mis niños

y de dar como presa a mis doncellas.

 

5El Señor Omnipotente

por mano de mujer los anuló.

6Que no fue derribado su caudillo

por jóvenes guerreros,

ni le hirieron hijos de titanes,

ni altivos gigantes lo vencieron;

lo subyugó Judit, hija de Merarí,

con sólo la hermosura de su rostro.

 

7Se despojó de sus vestidos de viuda,

para exaltar a los afligidos de Israel;

ungió su rostro de perfumes,

8prendió con una cinta sus cabellos,

ropa de lino vistió para seducirle.

9La sandalia de ella le robó los ojos,

su belleza cautivóle el alma...

¡y la cimitarra atravesó su cuello!

 

10Se pasmaron los persas con su audacia,

se turbaron los medos por su temeridad.

 

11Entonces clamaron mis humildes,

y ellos temblaron de miedo;

clamaron mis débiles,

y ellos quedaron aterrados;

alzaron su voz éstos,

y ellos se dieron a la fuga.

 

12Hijos de jovenzuelas los asaetearon,

como a hijos de desertores los hirieron,

perdieron en la batalla contra mi Señor.]

 

13Cantaré a mi Dios un cántico nuevo:

Señor, tú eres grande y glorioso,

admirable en tu fuerza, invencible.

 

14Que te sirva toda la creación,

porque tú lo mandaste, y existió;

enviaste tu aliento, y la construiste,

nada puede resistir a tu voz.

 

15Sacudirán las olas los cimientos de los montes,

las peñas en tu presencia se derretirán como cera,

pero tú serás propicio a tus fieles.

 

CATEQUESIS DE JUAN PABLO II

1. El cántico de alabanza que acabamos de proclamar (cf. Jdt 16,1-17) se atribuye a Judit, una heroína que fue el orgullo de todas las mujeres de Israel, porque le tocó manifestar el poder liberador de Dios en un momento dramático de la vida de su pueblo. La liturgia de Laudes sólo nos hace rezar algunos versículos de su cántico, que nos invitan a celebrar, elevando cantos de alabanza con tambores y cítaras, al Señor, «quebrantador de guerras» (v. 2).

Esta última expresión, que define el auténtico rostro de Dios, amante de la paz, nos introduce en el contexto donde nació el himno. Se trata de una victoria conseguida por los israelitas de un modo muy sorprendente, por obra de Dios, que intervino para evitarles una derrota inminente y total.

2. El autor sagrado reconstruye ese evento varios siglos después, para dar a sus hermanos y hermanas en la fe, que sentían la tentación del desaliento en una situación difícil, un ejemplo que los animara. Así, refiere lo que aconteció a Israel cuando Nabucodonosor, irritado por la oposición de este pueblo frente a sus deseos de expansión y a sus pretensiones de idolatría, envió al general Holofernes con la precisa misión de doblegarlo y aniquilarlo. Nadie debía resistir a él, que reivindicaba los honores de un dios. Y su general, compartiendo su presunción, se había burlado de la advertencia, que se le había hecho, de no atacar a Israel porque equivaldría a atacar a Dios mismo.

En el fondo, el autor sagrado quiere reafirmar precisamente este principio, para fortalecer en la fidelidad al Dios de la alianza a los creyentes de su tiempo: hay que confiar en Dios. El auténtico enemigo que Israel debe temer no son los poderosos de esta tierra, sino la infidelidad al Señor. Esta lo priva de la protección de Dios y lo hace vulnerable. En cambio, el pueblo, cuando es fiel, puede contar con el poder mismo de Dios, «admirable en su fuerza, invencible» (v. 13).

3. Este principio queda espléndidamente ilustrado por toda la historia de Judit. El escenario es una tierra de Israel ya invadida por los enemigos. El cántico refleja el dramatismo de ese momento: «Vinieron los asirios de los montes del norte, vinieron con tropa innumerable; su muchedumbre obstruía los torrentes, y sus caballos cubrían las colinas» (v. 3). Se subraya con sarcasmo la efímera jactancia del enemigo: «Hablaba de incendiar mis tierras, de pasar mis jóvenes a espada, de estrellar contra el suelo a los lactantes, de entregar como botín a mis niños y de dar como presa a mis doncellas» (v. 4).

La situación descrita en las palabras de Judit se asemeja a otras vividas por Israel, en las que la salvación había llegado cuando parecía todo perdido. ¿No se había producido así también la salvación del Éxodo, al atravesar de forma prodigiosa el mar Rojo? Del mismo modo ahora el asedio por obra de un ejército numeroso y poderoso elimina toda esperanza. Pero todo ello no hace más que poner de relieve la fuerza de Dios, que se manifiesta protector invencible de su pueblo.

4. La obra de Dios resulta tanto más luminosa cuanto que no recurre a un guerrero o a un ejército. Como en otra ocasión, en el tiempo de Débora, había eliminado al general cananeo Sísara por medio de Yael, una mujer (Jc 4,17-21), así ahora se sirve de nuevo de una mujer inerme para salir en auxilio de su pueblo en dificultad. Judit, con la fuerza de su fe, se aventura a ir al campamento enemigo, deslumbra con su belleza al caudillo y lo elimina de forma humillante. El cántico subraya fuertemente este dato: «El Señor omnipotente por mano de mujer los anuló. Que no fue derribado su caudillo por jóvenes guerreros, ni le hirieron hijos de titanes, ni altivos gigantes le vencieron; le subyugó Judit, hija de Merarí, con sólo la hermosura de su rostro» (Jdt 16,5-6).

La figura de Judit se convertirá luego en arquetipo que permitirá, no sólo a la tradición judía, sino también a la cristiana, poner de relieve la predilección de Dios por lo que se considera frágil y débil, pero que precisamente por eso es elegido para manifestar la potencia divina. También es una figura ejemplar para expresar la vocación y la misión de la mujer, llamada, al igual que el hombre, de acuerdo con sus rasgos específicos, a desempeñar un papel significativo en el plan de Dios.

Algunas expresiones del libro de Judit pasarán, más o menos íntegramente, a la tradición cristiana, que verá en la heroína judía una de las prefiguraciones de María. ¿No se escucha un eco de las palabras de Judit cuando María, en el Magníficat, canta: «Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes» (Lc 1,52)? Así se comprende el hecho de que la tradición litúrgica, familiar tanto a los cristianos de Oriente como a los de Occidente, suele atribuir a la madre de Jesús expresiones referidas a Judit, como las siguientes: «Tú eres la gloria de Jerusalén, tú la alegría de Israel, tú eres el orgullo de nuestra raza» (Jdt 15,9).

5. El cántico de Judit, partiendo de la experiencia de la victoria, concluye con una invitación a elevar a Dios un cantar nuevo, reconociéndolo «grande y glorioso». Al mismo tiempo, se exhorta a todas las criaturas a mantenerse sometidas a Aquel que con su palabra ha hecho todas las cosas y con su espíritu las ha forjado. ¿Quién puede resistir a la voz de Dios? Judit lo recuerda con gran énfasis: frente al Creador y Señor de la historia, los montes, desde sus cimientos, serán sacudidos; las rocas se fundirán como cera (cf. Jdt 16,15). Son metáforas eficaces para recordar que todo es «nada» frente al poder de Dios. Y, sin embargo, este cántico de victoria no quiere infundir temor, sino consolar. En efecto, Dios utiliza su poder invencible para sostener a sus fieles: «Con aquellos que te temen te muestras tú siempre propicio» (Jdt 16,15).

[Audiencia general del Miércoles 29 de agosto de 2001]


SALMO 46

El Señor es rey de todas las cosas

 

2Pueblos todos, batid palmas,

aclamad a Dios con gritos de júbilo;

3porque el Señor es sublime y terrible,

emperador de toda la tierra.

 

4Él nos somete los pueblos

y nos sojuzga las naciones;

5él nos escogió por heredad suya:

gloria de Jacob, su amado.

 

6Dios asciende entre aclamaciones;

el Señor, al son de trompetas:

7tocad para Dios, tocad,

tocad para nuestro rey, tocad.

 

8Porque Dios es el rey del mundo:

tocad con maestría.

9Dios reina sobre las naciones,

Dios se sienta en su trono sagrado.

 

10Los príncipes de los gentiles se reúnen

con el pueblo del Dios de Abrahán;

porque de Dios son los grandes de la tierra,

y él es excelso.

 

CATEQUESIS DE JUAN PABLO II

1. «El Señor, el Altísimo, es rey grande sobre toda la tierra». Esta aclamación inicial se repite, con diversos matices, a lo largo del salmo 46, que acabamos de escuchar. Se trata de un himno a Dios, Señor del universo y de la historia: «Dios es el rey del mundo (...). Dios reina sobre las naciones» (vv. 8-9).

Este himno al Señor, rey del mundo y de la humanidad, al igual que otras composiciones semejantes que recoge el Salterio (cf. Sal 92; 95-98), supone un clima de celebración litúrgica. Por eso, nos encontramos en el corazón espiritual de la alabanza de Israel, que se eleva al cielo desde el templo, el lugar en donde el Dios infinito y eterno se revela y se encuentra con su pueblo.

2. Seguiremos este canto de alabanza gozosa en sus momentos fundamentales, como dos olas que avanzan hacia la playa del mar. Difieren en el modo de considerar la relación entre Israel y las naciones. En la primera parte del salmo la relación es de dominación: Dios «nos somete los pueblos y nos sojuzga las naciones» (v. 4); por el contrario, en la segunda parte la relación es de asociación: «los príncipes de los gentiles se reúnen con el pueblo del Dios de Abraham» (v. 10). Así pues, se nota un gran progreso.

En la primera parte (cf. vv. 2-6) se dice: «Pueblos todos batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo» (v. 2). El centro de este aplauso jubiloso es la figura grandiosa del Señor supremo, al que se atribuyen tres títulos gloriosos: «altísimo, grande y terrible» (v. 3), que exaltan la trascendencia divina, el primado absoluto en el ser y la omnipotencia. También Cristo resucitado exclamará: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18).

3. Dentro del señorío universal de Dios sobre todos los pueblos de la tierra (cf. v. 4), el orante destaca su presencia particular en Israel, el pueblo de la elección divina, «el predilecto», la herencia más valiosa y apreciada por el Señor (cf. v. 5). Por consiguiente, Israel se siente objeto de un amor particular de Dios, que se ha manifestado con la victoria obtenida sobre las naciones hostiles. Durante la batalla, la presencia del Arca de la alianza entre las tropas de Israel les garantizaba la ayuda de Dios; después de la victoria, el Arca subía al monte Sión (cf. Sal 67,19) y todos proclamaban: «Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas» (Sal 46,6).

4. El segundo momento del salmo (cf. vv. 7-10) está abierto a otra ola de alabanza y de canto jubiloso: «Tocad para Dios, tocad; tocad para nuestro rey, tocad; (...) tocad con maestría» (vv. 7-8). También aquí se alaba al Señor sentado en el trono en la plenitud de su realeza (cf. v. 9). Este trono se define «sagrado», porque es inaccesible para el hombre limitado y pecador. Pero también es trono celestial el Arca de la alianza presente en la zona más sagrada del templo de Sión. De ese modo el Dios lejano y trascendente, santo e infinito, se hace cercano a sus criaturas, adaptándose al espacio y al tiempo (cf. 1 Re 8,27.30).

5. El salmo concluye con una nota sorprendente por su apertura universalista: «Los príncipes de los gentiles se reúnen con el pueblo del Dios de Abraham» (v. 10). Se remonta a Abraham, el patriarca que no sólo está en el origen de Israel, sino también de otras naciones. Al pueblo elegido que desciende de él se le ha encomendado la misión de hacer que todas las naciones y todas las culturas converjan en el Señor, porque él es Dios de la humanidad entera. Proviniendo de oriente y occidente se reunirán entonces en Sión para encontrarse con este rey de paz y amor, de unidad y fraternidad (cf. Mt 8,11). Como esperaba el profeta Isaías, los pueblos hostiles entre sí serán invitados a arrojar a tierra las armas y a convivir bajo el único señorío divino, bajo un gobierno regido por la justicia y la paz (cf. Is 2,2-5). Los ojos de todos contemplarán la nueva Jerusalén, a la que el Señor «asciende» para revelarse en la gloria de su divinidad. Será «una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua (...). Todos gritaban a gran voz: "La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero"» (Ap 7,9-10).

6. La carta a los Efesios ve la realización de esta profecía en el misterio de Cristo redentor cuando afirma, dirigiéndose a los cristianos que no provenían del judaísmo: «Recordad cómo en otro tiempo vosotros, los gentiles según la carne, (...) estabais a la sazón lejos de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel y extraños a las alianzas de la Promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Mas ahora, en Cristo Jesús, vosotros, los que en otro tiempo estabais lejos, habéis llegado a estar cerca por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad» (Ef 2,11-14).

Así pues, en Cristo la realeza de Dios, cantada por nuestro salmo, se ha realizado en la tierra con respecto a todos los pueblos. Una homilía anónima del siglo VIII comenta así este misterio: «Hasta la venida del Mesías, esperanza de las naciones, los pueblos gentiles no adoraron a Dios y no conocieron quién era. Y hasta que el Mesías los rescató, Dios no reinó en las naciones por medio de su obediencia y de su culto. En cambio, ahora Dios, con su Palabra y su Espíritu, reina sobre ellas, porque las ha salvado del engaño y se ha ganado su amistad» (Palestino anónimo, Homilía árabe cristiana del siglo VIII, Roma 1994, p. 100).

[Audiencia general del Miércoles 5 de septiembre de 2001]

 

 

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Pedro Sergio Antonio Donoso Brant ocds

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Los Salmos y Cánticos de Laudes según la versión que usa la Liturgia de las Horas. Las Catequesis de Juan Pablo II esta tomada de L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española.