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“Cuando el Señor la vio, se compadeció de
ella y le dijo: «No llores».
Lc 7, 11-17
Autor: Pedro Sergio Antonio Donoso
Brant
1
CUANDO
EL SEÑOR LA VIO,
SE COMPADECIÓ DE ELLA Y LE DIJO: «NO LLORES».
Al sur-oeste
de Nazaret, en Galilea, aproximadamente a 10 Km. Se encuentra Nain.
En aquel tiempo, se dirigía Jesús a esa población, como siempre lo hacía
acompañado de sus discípulos y de mucha gente que lo seguía. Al llegar a la
entrada de la población, se encontró con que sacaban a enterrar a un
muerto, este hijo era el único de una viuda. La acompañaba una gran
muchedumbre. Cuando el Señor la vio, se compadeció de ella y le dijo: «No
llores».
Dice el
Evangelio que Jesús se compadeció. El siempre ante el dolor se conmueve y
se apiada, pero para mayor precisión lo que hace el Señor condolecerse, es
decir sentir compasión y lástima por la desgracia y por el sufrimiento
ajeno, pero además participar de ello.
Por eso Jesús
le esta diciendo: «No llores», ¿Se puede decir no llores a quien se la ha
partido el corazón de dolor? Llorar no es solo derramar lágrimas,
especialmente cuando lloramos por un suceso desgraciado. Llorar es
lamentarlo y sentirlo profundamente, sobre todo cuando hemos perdido una
vida muy querida, amigo o familiar, y perder es algo que se tiene y se deja
de tenerlo, pero ese «No llores» que dice el Señor, es distinto, es un
ruego de confianza, porque en otra palabras es “deja el llanto y ten fe”.
También es un mensaje para el que no tiene fe, para el que ha perdido toda
esperanza, por eso también es “deja de dudar”, o “no dejes de creer”.
2
SOMOS
HUMANOS, Y CUANDO AMAMOS, LLORAMOS
Si creemos
¿porque lloramos?, a caso ¿no creemos en la infinita bondad del Señor?, ¿no
creemos en la disposición y el cuidado que se toma Dios para evitarnos un
daño?, ¿no creemos que nuestro Padre busca nuestro bien?, si creemos, pero
somos humanos, y cuando amamos, lloramos.
(Evangelio
según San Juan, Juan 11, 1-45) Jesús, al verla llorar y al ver llorar a los
judíos que la acompañaban, se conmovió hasta lo más hondo y preguntó:
“¿Dónde lo han puesto?” Le contestaron: “Ven, Señor, y lo verás”. Jesús se
puso a llorar y los judíos comentaban: “De veras ¡cuánto lo amaba!”.
Nuevamente
Jesús, nos muestra sus sentimientos y su gran Corazón, cuando se encuentra
con la desgracia y el sufrimiento, nunca pasa de largo, es así como cuando
vio a la triste viuda se compadeció de ella. La misericordia es “lo propio
de Dios”, afirma Santo Tomás de Aquino, y se manifiesta plenamente en
Jesucristo cada vez que se encuentra con el sufrimiento. Jesús tiene una
inclinación natural a tener un sentimiento de pena y lástima por la
desgracia y por el desconsuelo ajeno, aquí lo demuestra al acercarse a la
madre privada de su hijo.
Este es el
ejemplo que debemos imitar de Jesús, tener compasión de todos cuantos
sufren. Porque el que sufre inspira compasión al que conoce de
sentimientos, y si nos sentimos impresionados por el dolor, y llegamos
angustiarnos por los oprimidos, y llorar juntos con ellos, estamos
sintiendo a un hermano como lo sentía Cristo y así entenderemos mejor esta
compasión del Señor.
3
JOVEN,
YO TE LO MANDO: LEVÁNTATE
Sigue el
Evangelio.; Jesús acercándose al ataúd, lo tocó. Los que lo llevaban se
detuvieron. Entonces, dijo: «Joven, yo te lo mando: levántate».
Inmediatamente el muerto se levantó y comenzó a hablar; y Jesús se lo
entregó a su madre. Al ver esto, todos se llenaron de temor y comenzaron a
glorificar a Dios, diciendo: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros.
Dios ha visitado a su pueblo».La noticia del hecho se divulgó por toda
Judea y por las regiones circunvecinas.
Jesús nos
enseña quién es y en qué consiste ser profeta, pero un profeta del Pueblo
de Dios que da la vida a los muertos, porque solamente los profetas de
Dios, pueden hablar con autoridad del mismo Dios, pero además El es que ha
sido anunciado como tal por los antiguos profetas de la Sagradas Escrituras,
El es el Mesías prometido, es el mayor de todos, los anteriores y los
posteriores.
A veces
pensamos que profeta es aquel que nos anticipa el futuro, pero este
evangelio no nos entrega esta imagen de profeta, porque la gente, después
de ver a Jesús, reanimando el cadáver del joven de Naín, no lo aclama como
un obrador de milagros, sino que exclama: «Un gran profeta ha surgido entre
nosotros. Dios ha visitado a su pueblo». En tiempos de Jesús la gente
intuyó cuál era la verdadera misión del profeta que hablaba en nombre del
Dios de la vida.
4
EL
ES SEÑOR DE LA VIDA,
NO DE LA MUERTE
Jesús,
devuelve la vida, la ilusión, la esperanza y la confianza a un mundo que,
como la madre y viuda de Naín, que ha perdido su único hijo. Jesús lo hace,
El va de pueblo en pueblo anunciando que es posible la vida, y que su
palabra es para hacer una buena vida, aquella que el hombre se dedica a
destruir, con una irreverencia incomprensible, aceptando el hambre,
cerrando los ojos a la pobreza, a la drogadicción, a la marginación,
enterrando las esperanza de paz con la guerra y el terrorismo, con la
violencia vista en cada esquina del mal y pero lo peor, es siendo permisivo
para que estas cosas ocurran.
Es así, como
si somos seguidores de Jesucristo, seamos consecuente, con el llamado de
Jesús, detener esta marcha fúnebre en el que transita el mundo, para darle
la vida, la vida de la gracia, del amor y la esperanza, asumamos el papel
profético frente a este cadáver, porque Dios quiere que vivamos, y porque
el es Señor de la vida, no de la muerte.
Jesús, nos ha
pedido, ámense, como El nos ha amado, como El nos ha hecho ver con el
ejemplo de su vida, amor que se dirige a toda la humanidad, amor que se
hace al percibir el sufrimiento, la injusticia, la pobreza y la comprensión
por la fragilidad física del hombre. Jesús nos muestra su Corazón
misericordioso, sigamos su amoroso ejemplo, mostrémosles el nuestro a los
que necesitan de el.
El Señor les Bendiga
Pedro Sergio Antonio Donoso Brant ocds
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SAN JUAN
CRISOSTOMO
Autor: JESUS MARTI
BALLESTER
VERGEL DE SANTOS
Oriente,
fue durante los primeros siglos de la Iglesia un vergel de santos. A esa tierra
debemos doctores tan eximios como Juan Crisóstomo, San Basilio y los
célebres anacoretas del desierto, San Pablo Ermitaño y San Antonio Abad,
tan fecundos ellos, a pesar de la diferencia entre la soledad de Egipto y
las ciudades de Antioquía y Constantinopla, donde se santificó y santificó
a innumerables almas el prodigioso predicador Crisóstomo.
SU
FAMILIA
Nació
en Antioquía el año 344, de familia rica. Su padre ocupaba un cargo elevado
en el ejército imperial de Siria. Muerto muy joven, tuvo qué encargarse de
la educación de Juan su madre, viuda a los veinte años. El patriarca
Flaviano de Antioquía le ordenó sacerdote y le hizo su ayudante de
confianza. Fallecido el patriarca Nectario de Constantinopla, en 397, fue
elegido el "Crisóstomo" -"boca de oro"- para sucederle.
Después de un decenio de aflictivo pontificado, falleció en el destierro,
en 400.
SU
MADRE ANTUSA
Antusa
-la madre de Juan Crisóstomo- era un tipo de mujer fuerte, que hacía
exclamar al retórico sofista Libanio: "¡Dioses de Grecia, qué mujeres
hay entre los cristianos!". Libanio, pagano, maestro y amigo de
Juliano el Apóstata, había iniciado al joven en el cultivo de las letras y
estaba orgulloso de su aplicación. Pero el muchacho evadió su influencia,
gracias a los consejos de Antusa. Fue ella la que más velo para que su hijo
adquiriese una gran formación en las ciencias sagradas y en las virtudes.
CUATRO
AÑOS EN UNA CUEVA
Tanto
penetró el espíritu cristiano en el corazón de Juan, que, en plena
juventud, fallecida su madre, se consagró a una vida de soledad. Se retiró
a una cueva, donde vivió cuatro años, entregado a la oración, a la
meditación de las Escrituras y a los ejercicios de austeridad. Su salud,
empeoro. No estaba hecha para tal vocación. Siguiendo el consejo de un
viejo anacoreta, bajó nuevamente a la ciudad. En aquella larga temporada de
aislamiento había escrito algunos libros espirituales, uno sobre la
penitencia, en ellos se revelaba ya su elocuencia y belleza de estilo y su
sabiduría profunda. Por esto el Obispo-Patriarca quiso elevarlo al
sacerdocio y le confió enseguida importantes predicaciones, aparte de otros
asuntos.
NACE
EL GRAN ORADOR
Desde
los primeros momentos fue admirado como un gran orador elegante y enérgico
en la dicción, hondísimo en los pensamientos, penetrador sutil de las
máximas cristianas. Su auditorio era toda la ciudad. La iglesia de
Antioquía era pequeña para tan grandes multitudes. Solía predicar sobre el
Evangelio con el fin de mejorar las costumbres e insistía mucho en las
obras de misericordia, en la limosna, la santificación de la familia, la
educación de los hijos, la necesidad de la oración y de los Sacramentos, la
obligación de apartarse de los espectáculos inmorales.
A
LA SILLA DE
CONSTANTINOPLA
Vacante
unos años la silla episcopal de Constantinopla, el emperador Arcadio le
eligió para ocuparla por su elocuencia y sabiduría. Mucho costó vencer la
resistencia del humilde sacerdote, y fue grande su disgusto por verse
arrancado de su ciudad nativa.
Trasladado
a la metrópoli imperial, la lujosa ciudad de Bizancio; la de los jardines y
maravillosos palacios, la de los grandes templos y las cúpulas de oro, la
de las ciencias y las artes, la placentera residencia de la corte, el nuevo
Patriarca se ganó muy pronto el afecto de sus sacerdotes, de las familias
distinguidas y, el del pueblo, por la amabilidad y deferencia con que
trataba a todos y por la santidad de su vivir. Se hizo el más sencillo de
los ciudadanos. La ejemplaridad de sus horas de oración, de sus penitencias
y de sus limosnas influyó en la reforma general de costumbres, en mayor
grado que sus mismos sermones.
PREDICADOR
INFLUYENTE Y ENERGICO
La
energía con que azotaba los vicios y pecados, sin miedo a las iras de los
poderosos, le valió la antipatía de algunos elementos de la corte, que no
cesaron de intrigar contra él. Predicaba a todas horas. Pero no se
contentaba con el entusiasmo pasajero de los oyentes. Quería ver el fruto,
las obras. No admitía una respuesta sólo de palabras. No basta, dice,
adornar el templo. ¿Qué te dirá Dios si no te has preocupado de atender a
tu hermano?
EL
ODIO DE LA
EMPERATRIZ EUDOXIA
Sus
predicaciones sobre el lujo femenino y la ostentación de las grandes damas,
provocaron el odio de la propia Emperatriz, quien, aliada con herejes y
viciosos, no descansó hasta conseguir que Arcadio, firmase el decreto de su
exilio. Fue despedido por una muchedumbre enorme, que, aclamándolo con
entusiasmo y con lágrimas, convirtió la partida en verdadera victoria. El
pueblo protestó del decreto en las formas más enérgicas. La corte no durmió
en paz; y a las pocas horas castigaba el Señor a la capital del Imperio con
un terremoto que produjo graves desperfectos. La emperatriz -Eudoxia-
alarmada ante el aviso del Cielo, pidió enseguida el retorno del Patriarca.
A
los pocos meses, la corte se enemistaba de nuevo con el Crisóstomo, por no
haber cedido a las caprichosas exigencias imperiales y haber predicado,
como siempre, la verdad y la virtud. El emperador le prohibió todo acto
episcopal y le arrestó en su propia residencia. El pueblo iba a sublevarse
para liberarle. Pero él, para evitar la sangre que hubiera costado la
sedición, se escapó, en el año 404, camino del destierro. Estaba terminado
su ministerio en Bizancio. Constantinopla no lo verá más actuando. Pero
cuando, después de muerto, su cuerpo fue traído del Asia Menor para ser
sepultado en aquella capital de su Archidiócesis, toda la ciudad le tributó
los más fervorosos honores, para reparar la pasada injusticia
SU
DOCTRINA SOBRE LA ORACION
Dice y escribe: "Nada hay mejor que
la oración y coloquio con Dios ....Me refiero a aquella oración que no se
hace por rutina, sino de corazón, que no queda circunscrita a unos
determinados momentos, sino que se prolonga sin cesar día y noche".
(Hom. 6 sobre la oración).
"La
oración es luz del alma, verdadero conocimiento de Dios, mediadora entre
Dios y los hombres. Por ella nuestro espíritu, elevado hasta el cielo,
abraza a Dios con abrazos inefables; por ella nuestro espíritu espera el
cumplimiento de sus propios anhelos y recibe unos bienes que superan todo
lo natural y visible". (Hom. 6, sobre la oración).
"La oración no es el efecto de una
actitud exterior, sino que procede del corazón. No se reduce a unas horas o
momentos determinados, sino que está en continua actividad, lo mismo de día
que de noche. No hay que contentarse con orientar a Dios el pensamiento
cuando se dedica exclusivamente a la oración; sino que, aun cuando se
encuentre absorbida por otras preocupaciones (...) hay que sembrarlas del deseo
y el recuerdo de Dios". (Hom. 6 sobre la oración).
"La
oración viene a ser una venerable mensajera nuestra ante Dios, alegra
nuestro espíritu, aquieta nuestro ánimo". (Hom. 6, sobre la oración).
"La
oración es perfecta cuando reúne la fe y la confesión; el leproso demostró
su fe postrándose y confesó su necesidad con sus palabras". (Hom.
sobre S. Mateo, 25).
"La
luz para nosotros es la inteligencia, que se muestra oscura o iluminada,
según la cantidad de luz. Si se descuida la oración, que alimenta la luz,
la inteligencia bien pronto se queda a oscuras". (Catena Áurea).
"Cuando
digo a alguno: Ruega a Dios, pídele, suplícale, me responde: ya pedí una
vez, dos, tres, diez, veinte veces, y nada he recibido. No ceses, hermano,
hasta que hayas recibido; la petición termina cuando se recibe lo pedido.
Cesa cuando hayas alcanzado; mejor aún, tampoco entonces ceses. Persevera
todavía. Mientras no recibas pide para conseguir, y cuando hayas conseguido
da gracias". (Hom, 10).
"Quien
te redimió y te creó no quiere que cesen tus oraciones, y desea que por la
oración alcances lo que su bondad quiere concederte. Nunca niega sus
beneficios a quien los pide, y anima a los que oran a que no se cansen de
orar". (Catena Áurea).
"La
necesidad nos obliga a rogar por nosotros mismos, y la caridad fraterna a
pedir por los demás. Es más aceptable a Dios la oración recomendada por la
caridad que la que es impulsada por la necesidad". (Catena Áurea).
"Habiendo
Dios dotado a los demás animales de la velocidad en la carrera, o la rapidez
en el vuelo, o de uñas, o de dientes, o de cuernos, sólo al hombre lo
dispuso de tal forma que su fortaleza no podía ser otra que la del mismo
Dios: y esto lo hizo para que, obligado por la necesidad de su flaqueza,
pida siempre a Dios cuanto pueda necesitar". (Catena Áurea).
LOS
SEIS LIBROS SOBRE EL SACERDOCIO
Han
sido mirados siempre como su obra más sobresaliente, y que no dejan nada
que añadir a los que han tratado después esta materia. Dispuestos en forma
de diálogo, nos ponen delante las graves razones y fundamentos que tuvo el
santo para huir de la dignidad episcopal; y registra la perfección altísima
que pide el estado sacerdotal, y el gravísimo peso, que ponen sobre sus
hombros, los que se encargan del gobierno de las almas. Un día su gran amigo
Basilio le visitó y le comunicó que querían hacerles obispos. Ellos se
oponían. Llegado al día de la consagración. Sólo encontraron a Basilio.
Juan había huido al desierto. Allí escribió diálogo sobre el sacerdocio.
Distribuía su tiempo entre el estudio y la oración. Pero su voz, sublime no
podía apagarse en el desierto. El patriarca Flaviano lo reclamó y volvió a
la ciudad. Sacerdote y ayudante de su obispo, se entrega al ministerio de
la palabra, y se convierte en Juan Crisóstomo, el de la boca de oro.
Predica a todas horas, ataca los vicios, exhorta, aconseja, deslumbra con
su palabra.
LOS
DISCURSOS SOBRE LAS ESTATUAS
Estos
discursos son un monumento de oratoria como no hay otro igual en toda la Antigüedad. Fueron
veinte discursos que publicó en un momento delicado. El pueblo se amotinó
contra el emperador Teodosio. Teodosio pensaba castigarles duramente. El
Crisóstomo serenó los ánimos.
El
año 397 es nombrado patriarca de Constantinopla. Seguirá predicando contra
las injusticias de la corte y de los poderosos, lo mismo ahora en el
Bósforo que antes en el Orontes. Los vicios se encontraban con la protesta
de su palabra, como un día harán Hildebrando y Tomás Becket. Ante la
debilidad del emperador Arcadio, se alzaba con todo el poder el ambicioso
Eutropio, convertido en cónsul. El que se le oponía era eliminado, como el
cónsul Primasio y su hijo. Quiso eliminar también a la viuda, que invocó el
derecho de asilo en la iglesia. Eutropio la reclamó, pero se encontró
frente a frente con el patriarca y tuvo que retroceder. Cambiaron las
cosas. El que había abolido el derecho de asilo cayó en desgracia. La
multitud quería asesinarlo. Acude al derecho de asilo. Y ahora es Juan el
que sale en su defensa, les calma y consigue el perdón. La corte tornadiza,
que tanto debía al Crisóstomo, ahora se vuelve contra él, por dar gusto a
los resentidos y por agradar al patriarca de Alejandría, rival de
Constantinopla. Juan no se asusta. No me importa la muerte, grita. Mi vida
es Cristo y una ganancia el morir. Fue desterrado. Un temblor de tierra
asustó a la supersticiosa emperatriz Eudosia, considerado como un signo de
la cólera divina. Le llaman y vuelve. El Bósforo se iluminó para recibirle.
Juan se pone en manos de Dios. Otra vez es desterrado a la frontera de
Armenia, por censurar los lujos y frivolidad de la emperatriz. Sigue
predicando en el destierro. Mantiene correspondencia con todas las Iglesias
del orbe. Al Papa Inocencio I le dice que su afecto hacia él le consuela de
todos los sufrimientos.
Muchos
amigos he tenido sencillos, y verdaderos, que entendieron, y guardan
escrupulosamente las leyes de la amistad; pero uno entre estos muchos ha
sido, el que señalándose en amarme, ha procurado dejarlos tan atrás, como
estos dejaron a los que sólo tenían conmigo una vulgar correspondencia. Era
éste uno de aquéllos, que jamás se apartó de mi lado; porque habiéndose
aplicado a unos mismos estudios, y tenido unos mismos maestros, era siempre
una nuestra inclinación, y cuidado en las ciencias a que nos aplicábamos, y
no diferente el deseo de ambos, porque procedía de unos mismos principios.
Ni duró esto sólo aquel tiempo que frecuentábamos las escuelas; continuó
también, cuando habiéndolas dejado, fue necesario deliberar sobre el estado
más conveniente de vida que debíamos abrazar; aun en este lance fueron muy
conformes nuestros sentimientos.
Fuera
de éstas, había otras muchas causas, por las que se conservaba entre
nosotros invariable, y constante esta uniformidad. Ninguno de los dos podía
vanagloriarse sobre el otro por la nobleza de su patria; ni a mí me
sobraban conveniencias, ni él se veía acosado de una extremada pobreza;
sino que a la proporción de nuestros haberes correspondía la uniformidad de
nuestras voluntades; era igualmente honrada nuestra familia. Finalmente, no
había cosa que no conspirase a formar la unión estrecha de nuestros ánimos.
Pero
cuando llegó el tiempo de que aquel hombre feliz abrazase el instituto
monástico, y siguiese la verdadera filosofía; ya desde entonces quedaron
desiguales nuestros pesos: su balanza se levantaba en alto, al paso que yo,
enredado en los deseos del siglo, hacia bajar la mía, y la violentaba a que
quedase oprimida, cargándola de pensamientos juveniles. Aun entonces
permanecía entre nosotros, del mismo modo que antes, una firme y constante
amistad; pero debía interrumpirse nuestro trato. ¿Cómo era posible que
pudiésemos mantenerlo continuo, siendo nuestras ocupaciones tan diversas?
Pero
luego que comencé yo también, poco a poco, a sacar la cabeza de entre las
tempestades de la vida, me recibió en esta ocasión con los brazos abiertos;
pero ni aun así pudimos conservar nuestra primera igualdad: porque
habiéndome prevenido en el tiempo, y manifestado un ardor de ánimo
increíble, se levantaba todavía sobre mí, llegando a tocar un punto de elevación
muy grande.
Sin
embargo, siendo él de una índole muy buena, y haciendo gran aprecio de mi
amistad, abandonó la compañía de todos los otros, por pasar en la mía todo
el tiempo. Esto es lo que ya mucho tiempo antes vivamente había deseado,
pero por mi desidia, como dije, habían quedado burlados sus deseos. ¿Cómo
podía yo, asistiendo continuamente a los tribunales, y andando a caza de
diversiones en el teatro, tener gusto en conversar familiarmente con aquél,
cuyo pensamiento estaba fijo sobre los libros, y que no se dejaba ver jamás
en público? De aquí es, que habiendo estado hasta entonces separados, luego
que me admitió al mismo género, y método de vida, sin perder un instante de
tiempo, me descubrió aquel deseo, que muy anticipadamente había concebido:
y no apartándose de mi lado ni una brevísima parte del día, me exhortaba
sin cesar, a que dejando cada uno su casa particular, eligiésemos una
habitación común. Llegó a persuadirme, y quedamos determinados a hacerlo.
LA OPOSICION
CARÑOSA DE SU MADRE
Pero
los continuos halagos de mi madre, fueron causa de que yo no le concediese
esta gracia; mejor diré, que no recibiese de él este beneficio. Luego que
ésta llegó a entender el camino que yo quería tomar, asiéndome de la mano,
me introdujo en un cuarto retirado de la casa, y haciéndome sentar junto a
la cama, en donde me había dado a luz, prorrumpió en un mar de lágrimas, y
añadiendo palabras, que movían más que su llanto, comenzó a lamentarse de
esta suerte: «Hijo mío, dijo, no me fue permitido disfrutar largamente las
virtudes de tu padre, porque Dios así lo dispuso; a los dolores que yo tuve
cuando te di a luz, sucedió su muerte, dejándote a ti huérfano y a mí viuda
antes de tiempo y entre los males y trabajos de una viudez, que sólo pueden
comprender las que los han experimentado.
JUSTIFICA
A SU MADRE
¿Qué
palabras pueden bastar para explicar aquella tempestad, y turbación que
sufre una mujer joven, cuando apenas salida de la casa de su padre, y sin
experiencia alguna de las cosas, repentinamente se halla en medio de un
dolor insoportable, y se ve obligada a entrar en pensamientos superiores a
su sexo, y a su edad? Porque debe, según yo pienso, atender a corregir el
descuido de los domésticos, observando sus malos procederes, haciendo
frente a las asechanzas de los parientes, y soportando con generosidad de
ánimo las molestias de aquéllos que administran los intereses del público,
y su dureza en exigir los tributos. Y si el que ha muerto deja sucesión, si
es femenina, aun así, deja un cuidado no pequeño a la madre; pero libre de
gasto, y de temores: mas si es varonil, cada día la aumenta nuevos
sobresaltos, y mayores cuidados. Deja a un lado el consumo de dinero que se
necesita hacer, si desea que tenga una educación correspondiente a su
estado. Con todo, ninguna de estas cosas han podido inducirme a que yo
abrazase un segundo matrimonio, y que introdujese otro esposo en la casa de
tu padre; sino que he permanecido en esta tempestad, y torbellino, y no he
rehusado el trabajoso ardor de la viudez, asistida principalmente de la
gracia del Señor. Ni contribuyó poco para esto el gran consuelo que
recibía, viendo continuamente tu semblante, en donde registraba vivamente
copiada la imagen de tu difunto padre. De aquí es, que siendo tú niño, y
que no sabías aun articular las palabras, que es cuando más gusto reciben
los padres de los hijos, yo tenía en ti un grandísimo consuelo.
Ni
tú podrás decirme, o culparme con verdad, que aunque generosamente haya
soportado la viudez, no obstante por las incomodidades de ésta, te he
disminuido el patrimonio, como sé que ha sucedido a muchos, que han tenido
la desgracia de quedar huérfanos como tú. Pues yo te he conservado intacto
todo lo que era tuyo; ni he perdonado a gastos en todo lo que pertenecía a
tu decoro, gastando de lo que era mío, y de lo que tenía cuando salí de la
casa de mi padre.
Ni
te persuadas que te digo esto por sacarte los colores a la cara: solamente
te pido por todo esto una gracia; y es, que no me envuelvas en una segunda
viudez, despertándome un dolor, que está ya enteramente adormecido; sino
que esperes mi muerte, que tal vez ya no tardará. Se puede esperar que los
jóvenes lleguen a una larga vejez, pero nosotros, que hemos comenzado ya a
envejecer, solo podemos esperar la muerte. Luego que me hayas enterrado, y
puesto mis huesos junto a los de tu padre, puedes emprender largas
peregrinaciones; entra en el mar que quisieres, pues no tendrás alguno que
te lo impida; pero mientras que yo respiro, sufre el vivir en mi compañía.
No quieras temerariamente, y sin consejo ofender a Dios, poniéndome en tan
grandes trabajos, sin que de mi parte hayas tenido motivo para ello. Y si
tú puedes culparme de que yo te arrastro a los cuidados de la vida, y de
que te obligo a atender a tus cosas, niégate enhorabuena a las leyes de la
naturaleza, a la educación que te he dado, a la compañía, y a todos los
otros motivos: huye de mí, como de un enemigo que te pone asechanzas. Pero
si no omito diligencia, para que te sea más fácil, y llevadero el camino de
esta vida, ya que no otro respeto, a lo menos este lazo te detenga junto a
mí. Pues aunque tú digas ser infinitos aquéllos que te aman; ninguno podrá
hacer que goces de una libertad como ésta; porque ninguno hay que estime tu
decoro como yo.
Éstas,
y otras cosas me dijo mi madre, y yo se las repetí a aquel generoso varón,
que no sólo no se movió de semejante discurso, sino que insistió con mayor
tesón en su primera resolución e instancia.
EL
RUMOR DE LA
PROMOCION EPISCOPAL DE JUAN Y BASILIO
Hallándonos,
pues, en estos términos, e instándome él continuamente a que condescendiese
con sus súplicas, pero sin acabar yo de resolverme, nos confundió un rumor
que se esparció por la ciudad de que seríamos promovidos a la dignidad
episcopal.
Cuando
yo oí semejante voz, quedé sorprendido de temor, y perplejidad: de temor
porque no me obligasen a abrazar contra mi voluntad aquel estado; y de
perplejidad, porque no acababa de entender cómo pudo venir al pensamiento
de aquellos varones el resolver una cosa como ésta de mi persona; pues
volviendo a mirar sobre mí mismo, no encontraba en mí cosa que fuese digna
de tal honor.
Aquel
joven valeroso, vino a buscarme a solas; me dio parte de las voces que
corrían y creyendo que yo las ignorase, me rogaba que en esta ocasión, como
en todas las antecedentes, se viese que nuestras acciones y deliberaciones
eran unas; que él por su parte estaba dispuesto a seguir con prontitud de
ánimo, cualquier camino que yo le mostrase; ya conviniese rehusar, ya
abrazar aquel estado.
¿COMO
PRIVAR A LA IGLESIA DE
AQUEL GENEROSO PASTOR?
Viendo,
pues, una resolución tan noble, y creyendo que podría causar no pequeño
daño a todo el común de la
Iglesia, si por mi debilidad privaba al rebaño de
Jesucristo de un joven tan bueno y tan útil para el gobierno de los
hombres, no le descubrí lo que sentía de estas cosas; aunque hasta
entonces, jamás había podido sufrir el ocultarle alguno de mis
sentimientos. Y añadiéndole ser muy conveniente dejar para otro tiempo el
resolver sobre este negocio, y que confiase, que si llegaba el caso de
abrazar aquel estado, yo le acompañaría en la determinación.
CRISOSTOMO
SE OCULTO
Pero
no pasó mucho tiempo, cuando llegó allí el que nos había de ordenar: yo me
oculté, y él fue conducido a recibir el yugo, esperando, por lo que yo le
había prometido, que sin dificultad lo seguiría, o que tal vez era él el
que me seguía, pues algunos de los que se hallaban presentes, viéndole inquieto por esta especie de
violencia, lo engañaron diciendo que era cosa indigna, que aquél a quien
todos tenían por atrevido, hubiese cedido con tanta sumisión al juicio de
los Padres; y que él, que era más modesto y prudente, se mostrase soberbio
y amigo de vanagloria, rehusando, repugnando, y contradiciendo.
Habiendo
cedido a estas razones, luego que supo que yo me había ocultado, fue a
buscarme; y entrando en mi cuarto con semblante muy triste, se sienta junto
a mí, pero impedido por la angustia, no podía manifestar con las palabras
la violencia que padecía; luego que abría los labios la opresión interna le
enmudecía.
Pero
cuando llegó el tiempo de que aquel hombre feliz abrazase el instituto
monástico, y siguiese la verdadera filosofía; ya desde entonces quedaron
desiguales nuestros pesos: su balanza se levantaba en alto, al paso que yo,
enredado en los deseos del siglo, hacia bajar la mía, y la violentaba a que
quedase oprimida, cargándola de pensamientos juveniles. Aun entonces
permanecía entre nosotros, del mismo modo que antes, una firme y constante
amistad; pero debía interrumpirse nuestro trato. ¿Cómo era posible que
pudiésemos mantenerlo continuo, siendo nuestras ocupaciones tan diversas?
EN
LA PAZ
Cuando
iba a ser trasladado a la costa oriental del Mar Negro, al pie del Cáucaso,
al llegar a una ermita de Comano, enfermó y agotado expiró. Ha sido llamado
el teólogo de la
Eucaristía y el mejor intérprete de San Pablo. Sus restos
reposaron en Constantinopla. Actualmente se hallan en Roma, en la basílica
de San Pedro del Vaticano.
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