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“Al que blasfeme contra el Espíritu
Santo no se le perdonará”
Lc 12, 8-12
Autor: Pedro Sergio Antonio Donoso
Brant ocds
1.
AQUEL
QUE ME RECONOZCA ABIERTAMENTE DELANTE DE LOS HOMBRES.
El Hijo del
hombre lo reconocerá ante los ángeles de Dios. Pero el que no me reconozca
delante de los hombres no será reconocido ante los ángeles de Dios.
La fortaleza
que el Señor les ha entregado a sus íntimos amigos, les llevará a
confesarlo delante de los honores por Mesías e Hijo de Dios, y entonces el
Hijo del hombre les reconocerá por dignos discípulos suyos ante los ángeles
de Dios; lo mismo que negará al que le niegue (Mt 10:32-33).
Esta actuación
de Jesús, tiene una especie de actuación judicial, y los ángeles, que son
la corte de Dios, aparecen como los que estarán prontos a cumplir las
órdenes del fallo de Cristo. Su “confesión” es su sentencia tipo judicial.
2.
ESTAR
A FAVOR O EN CONTRA DE JESÚS.
Tenemos como
opción estar a favor o en contra de Jesús, esta es la que decide nuestra
existencia temporal y luego la definitiva, por eso el dice: Les aseguro que
aquél que me reconozca abiertamente delante de los hombres, el Hijo del
hombre lo reconocerá ante los ángeles de Dios.
Jesús nos
regala a todos la oportunidad de expresar externamente los verdaderos
sentimientos hacia El. En efecto el no pide que nuestra fe no solo sea
interna, también externa y que de ella tengamos confianza y gran afecto.
Dice San Pablo
(Rom 10,9): “Si reconoces con tu boca que Jesús es el Señor, y si crees en
tu Corazón que Dios le Levantó de entre los muertos, Serás salvo”
La oportunidad
es para todos, “aquel que me reconozca” dice Jesús, entonces reconocemos
que el Verbo nacido de Dios Padre, es su único Hijo es Jesucristo, y que
resucitó de entre los muertos. Es decir, que el mismo que se hizo hombre
padeció, fue crucificado, muerto y sepultado y resucitó de entre los
muertos. A cualquiera, pues, de nosotros, que reconozca así a Jesucristo
delante de los hombres -esto es, como Dios y como Señor-, Jesucristo le
reconocerá delante de los ángeles de Dios cuando baje con ellos en la
gloria de su Padre al fin del mundo.
3.
“PERO
EL QUE NO ME RECONOZCA DELANTE DE LOS HOMBRES NO SERÁ RECONOCIDO ANTE LOS
ÁNGELES DE DIOS.”
Es decir,
quien diga que Jesús no existe, quien diga que El no es verdad, quien
prohíba que se hable de El, quien impida que se le conozca, quien lo
rechace, no será reconocido por los ángeles.
Pero como todo
en Jesús es honradez y su corazón refleja su amor y respeto por los
hombres, el nos advierte oportunamente, para que no dejásemos de
reconocerle menospreciando la pena de no ser reconocido por el Hijo de
Dios. Lo cual equivale a ser negado por la sabiduría y a perder la vida
eterna, a ser privado de la luz y de todos los bienes, a sufrir todo esto
delante del Padre que está en los cielos y de los ángeles de Dios.
4.
AL
QUE BLASFEME CONTRA EL ESPÍRITU SANTO NO SE LE PERDONARÁ
Jesús dice;
“Al que diga una palabra contra el Hijo del hombre se le perdonará; pero al
que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará.”
Esto recuerda
el perdón del pecado contra el Hijo del hombre, excepto en el caso de
“blasfemia contra el Espíritu Santo,” que, por otros contextos, es cerrar
los ojos a la evidencia de la obra de Dios. No que no se pueda perdonar,
sino que el ser humano se empeña en no ser perdonado
Esta
providencia de Dios, recordada también por la cita del Espíritu Santo —
tipo de encadenamiento semita — , les asegura que no se preocupen cuando
les llevan perseguidos, como discípulos de Jesús, a las “sinagogas” —
persecuciones judías — o ante los “magistrados” y las “autoridades” — este vocabulario refleja el de Pablo —
, persecuciones paganas, sobre lo que han de responder, porque esa
providencia hará que el Espíritu Santo les ilumine en aquella hora.
5.
HAY
QUE LO NIEGAN POR DEBILIDAD O IGNORANCIA.
En efecto, lo
que más vemos en las personas que nos rodean, es la falta de fe, la fe
débil, o la incredulidad, situación que mueve a algunos a negar a Jesús.
También los hay que lo niegan por debilidad o ignorancia. Pero Jesús,
quiere insinuar que, cuando decimos una palabra injuriosa obtendremos el
perdón si nos arrepentimos, porque Dios es bueno por naturaleza, enmienda a
los que quieren arrepentirse.
Pero las
palabras injuriosas no se deben devolver contra el mismo Jesucristo.
Sabemos ciertamente que el Hijo del hombre es Jesucristo, que fue
engendrado por obra y gracia del Espíritu Santo en la Virgen María.
El es igualmente santo, pues de la misma manera que el Padre es Dios y el
Hijo Señor, y el Padre Señor y el Hijo Dios, así también el Padre es santo,
el Hijo es santo y santo el Espíritu. Por tanto, Cristo es uno y otro. Todo
esto para comprender que no se permite negar la divinidad de Jesucristo.
6.
NO
SE PREOCUPEN DE CÓMO SE VAN A DEFENDER
También nos
dice Jesús; Cuando los lleven ante las sinagogas, ante los magistrados y
las autoridades, no se preocupen de cómo se van a defender o qué van a
decir, porque el Espíritu Santo les enseñará en ese momento lo que deban
decir.
El Señor les
infundió a sus discípulos temor de lo que les podría suceder a los que
reniegan su fe, pero al mismo tiempo los preparó para resistir con valor el
separarse de la verdadera fe. También les mando que no se cuidasen de sus
respuestas. Porque el Espíritu, que habita en los que están bien
dispuestos, les inspirará lo que deban decir. Entonces Jesús no dice que
cuando somos llevados a causa de EL ante los jueces, únicamente debemos
ofrecer nuestra voluntad por El, porque lo que hemos de responder ya nos lo
inspirará el Espíritu Santo.
7.
“A ÉL LE AMÁIS, SIN HABERLE VISTO.
(Pedro 1, 3-5)
“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien Según su
grande misericordia nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva por
medio de la
Resurrección de Jesucristo de entre los muertos; para una
herencia incorruptible, incontaminable e inmarchitable, reservada en los
cielos para vosotros que sois guardados por el poder de Dios mediante la
fe, para la
Salvación preparada para ser revelada en el tiempo
final.”
(Pedro 1, 8-9)
“A él le Amáis, sin haberle visto. En él creéis; y aunque no lo Veáis
ahora, creyendo en él os Alegráis con gozo inefable y glorioso, obteniendo
Así el fin de vuestra fe, la Salvación de vuestras almas.
El Señor les Bendiga
Pedro Sergio Antonio Donoso Brant ocds
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SANTA TERESA
DE JESUS
1. TERESA DE CEPEDA Y AHUMADA
Se cree que la palabra
"Teresa" viene de la palabra griega "teriso" que se
traduce por "cultivar"; cultivadora. O de la palabra
"terao" que significa "cazar", "la
cazadora". Como bien dice el
Padre Sálesman en su biografía, ambos títulos le quedan bien a Santa
Teresa, por ser ella "Cultivadora" de las virtudes y
"cazadora" de almas para llevarlas al cielo.
Santa Teresa es, sin duda, una de las
mujeres más grandes y admirables de la historia. Es una de las tres
doctoras de la
Iglesia. Las otras dos son Santa Catalina
de Siena y Santa Teresita del Niño Jesús.
Sus padres eran Alonso Sánchez de Cepeda
y Beatriz Dávila y Ahumada. La santa habla de ellos con gran cariño. Alonso
Sánchez tuvo tres hijos de su primer matrimonio, y Beatriz de Ahumada le
dio otros nueve. Al referirse a sus hermanos y medios hermanos, Santa
Teresa escribe: "por la gracia de Dios, todos se asemejan en la virtud
a mis padres, excepto yo".
Teresa nació en la ciudad castellana de
Ávila, el 28 de marzo de 1515.
A los siete años, tenía ya gran predilección por la
lectura de las vidas de santos. Su hermano Rodrigo era casi de su misma
edad de suerte que acostumbraban jugar juntos. Los dos niños, eran muy
impresionados por el pensamiento de la eternidad, admiraban las victorias
de los santos al conquistar la gloria eterna y repetían incansablemente:
"Gozarán de Dios para siempre, para siempre, para siempre . . ."
2. BUSCA EL MARTIRIO
Teresa y su hermano consideraban que los
mártires habían comprado la gloria a un precio muy bajo y resolvieron
partir al país de los moros con la esperanza de morir por la fe. Así pues,
partieron de su casa a escondidas, rogando a Dios que les permitiese dar la
vida por Cristo; pero en Adaja se toparon con uno
de sus tíos, quien los devolvió a los brazos de su afligida madre. Cuando
ésta los reprendió, Rodrigo echó la culpa a su hermana.
En vista del fracaso de sus proyectos,
Teresa y Rodrigo decidieron vivir como ermitaños en su propia casa y
empezaron a construir una celda en el jardín, aunque nunca llegaron a
terminarla. Teresa amaba desde entonces la soledad. En su habitación tenía
un cuadro que representaba al Salvador que hablaba con la Samaritana y solía
repetir frente a esa imagen: "Señor, dame de beber para que no vuelva
a tener sed".
3. TOMA A LA VIRGEN COMO MADRE
La madre de Teresa murió cuando ésta
tenía catorce años. "En cuanto empecé a caer en la cuenta de la
pérdida que había sufrido, comencé a entristecerme sobremanera; entonces me
dirigí a una imagen de Nuestra Señora y le rogué con muchas lágrimas que me
tomase por hija suya".
4. EL PELIGRO DE LA MALA LECTURA Y
LAS MODAS
Por aquella época, Teresa y Rodrigo
empezaron a leer novelas de caballerías y aun trataron de escribir una. La
santa confiesa en su "Autobiografía": "Esos libros no
dejaron de enfriar mis buenos deseos y me hicieron caer insensiblemente en
otras faltas. Las novelas de caballerías me gustaban tanto, que no estaba
yo contenta cuando no tenía una entre las manos. Poco a poco empecé a
interesarme por la moda, a tomar gusto en vestirme bien, a preocuparme
mucho del cuidado de mis manos, a usar perfumes y a emplear todas las
vanidades que el mundo aconsejaba a las personas de mi condición". El
cambio que paulatinamente se operaba en Teresa, no dejó de preocupar a su
padre, quien la envió, a los quince años de edad a educarse en el convento
de las agustinas de Avila, en el que solían
estudiar las jóvenes de su clase.
5. ENFERMEDAD Y CONVERSIÓN
Un año y medio más tarde, Teresa cayó
enferma, y su padre la llevó a casa. La joven empezó a reflexionar
seriamente sobre la vida religiosa que le atraía y le repugnaba a la vez.
La obra que le permitió llegar a una decisión fue la colección de
"Cartas" de San Jerónimo, cuyo fervoroso realismo encontró eco en
el alma de Teresa. La joven dijo a su padre que quería hacerse religiosa,
pero éste le respondió que tendría que esperar a que él muriese para
ingresar en el convento. La santa, temiendo flaquear en su propósito, fue a
ocultas a visitar a su amiga íntima, Juana Suárez, que era religiosa en el
convento carmelita de la Encarnación, en Avila,
con la intención de no volver, si Juana le dejaba quedarse, a pesar de la
pena que le causaba contrariar la voluntad de su padre. "Recuerdo . .
. que, al abandonar mi casa, pensaba que la tortura de la agonía y de la
muerte no podía ser peor a la que experimentaba yo en aquel momento . . .
El amor de Dios no era suficiente para ahogar en mí el amor que profesaba a
mi padre y a mis amigos".
La santa determinó quedarse en el
convento de la Encarnación. Tenía entonces veinte años. Su
padre, al verla tan resuelta, cesó de oponerse a su vocación. Un año más
tarde, Teresa hizo la profesión. Poco después, se agravó un mal que había
comenzado a molestarla desde antes de profesar, y su padre la sacó del
convento. La hermana Juana Suárez fue a hacer compañía a Teresa, quien se
puso en manos de los médicos. Desgraciadamente, el tratamiento no hizo sino
empeorar la enfermedad, probablemente una fiebre palúdica. Los médicos
terminaron por darse por vencidos, y el estado de la enferma se agravó.
Teresa consiguió soportar aquella
tribulación, gracias a que su tío Pedro, que era muy piadoso, le había
regalado un librito del P. Francisco de Osuna, titulado: "El tercer
alfabeto espiritual". Teresa siguió las instrucciones de la obrita y
empezó a practicar la oración mental, aunque no hizo en ella muchos progresos
por falta de un director espiritual experimentado. Finalmente, al cabo de
tres años, Teresa recobró la salud.
6. DISIPACIONES, LUCHA CON LA ORACIÓN Y
JUSTIFICACIONES
Su prudencia, amabilidad y caridad, a
las que añadía un gran encanto personal, le ganaron la estima de todos los
que la rodeaban. Según la reprobable costumbre de los conventos españoles
de la época, las religiosas podían recibir a cuantos visitantes querían, y
Teresa pasaba gran parte de su tiempo charlando en el recibidor del
convento. Eso la llevó a descuidar la oración mental y el demonio
contribuyó, al inculcarle la íntima convicción, bajo capa de humildad, de
que su vida disipada la hacía indigna de conversar familiarmente con Dios.
Además, la santa se decía para tranquilizarse, que no había ningún peligro
de pecado en hacer lo mismo que tantas otras religiosas mejores que ella y
justificaba su descuido de la oración mental, diciéndose que sus
enfermedades le impedían meditar. Sin embargo, añade la santa, "el
pretexto de mi debilidad corporal no era suficiente para justificar el
abandono de un bien tan grande, en el que el amor y la costumbre son más
importantes que las fuerzas. En medio de las peores enfermedades puede
hacerse la mejor oración, y es un error pensar que sólo se puede orar en la
soledad".
Poco después de la muerte de su padre,
el confesor de Teresa le hizo ver el peligro en que se hallaba su alma y le
aconsejó que volviese a la práctica de la oración. La santa no la abandonó
jamás desde entonces. Sin embargo, no se decidía aún a entregarse
totalmente a Dios ni a renunciar del todo a las horas que pasaba en el
recibidor y al intercambio de regalillos. Es curioso notar que, en todos
esos años de indecisión en el servicio de Dios, Santa Teresa no se cansaba
jamás de oír sermones "por malos que fuesen"; pero el tiempo que
empleaba en la oración "se le iba en desear que los minutos pasasen
pronto y que la campana anunciase el fin de la meditación, en vez de
reflexionar en las cosas santas".
7. LA PENITENCIA Y LA CRUZ
Convencida cada vez más de su
indignidad, Teresa invocaba con frecuencia a los grandes santos penitentes,
San Agustín y Santa María Magdalena, con quienes están asociados dos hechos
que fueron decisivos en la vida de la santa. El primero, fue la lectura de
las "Confesiones" de San Agustín. El segundo fue un llamamiento a
la penitencia que la santa experimentó ante una imagen de la Pasión del
Señor: "Sentí que Santa María Magdalena acudía en mi ayuda . . . y desde entonces he progresado mucho en la
vida espiritual".
A la santa le atraían mas los Cristos
ensangrentados y manifestando profunda agonía. En una ocasión, al detenerse
ante un crucifijo muy sangrante le preguntó: "Señor, ¿quién te puso
así?, y le pareció que una voz le decía: "Tus charlas en la sala de
visitas, esas fueron las que me pusieron así, Teresa". Ella se echó a
llorar y quedó terriblemente impresionada. Pero desde ese día ya no vuelve
a perder tiempo en charlas inútiles y en amistades que no llevan a la
santidad.
8. VISIONES Y COMUNICACIONES
Una vez que Teresa se retiró de las
conversaciones del recibidor y de otras ocasiones de disipación y de faltas
(los santos son capaces de ver sus faltas), Dios empezó a favorecerla
frecuentemente con la oración de quietud y de unión. La oración de unión
ocupó un largo periodo de su vida, con el gozo y el amor que le son
característicos, y Dios empezó a visitarla con visiones y comunicaciones
interiores. Ello la inquietó, porque había oído hablar con frecuencia de
ciertas mujeres a las que el demonio había engañado miserablemente con
visiones imaginarias. Aunque estaba persuadida de que sus visiones
procedían de Dios, su perplejidad la llevó a consultar el asunto con varias
personas; desgraciadamente no todas esas personas guardaron el secreto al
que estaban obligadas, y la noticia de las visiones de Teresa empezó a
divulgarse para gran confusión suya.
Una de las personas a las que consultó
Teresa fue Francisco de Salcedo, un hombre casado que era un modelo de
virtud. Este la presentó al Padre Daza, doctor tenido por muy virtuoso,
quien dictaminó que Teresa era víctima de los engaños del demonio, ya que
era imposible que Dios concediese favores tan extraordinarios a una
religiosa tan imperfecta como ella pretendía ser. Teresa quedó alarmada e
insatisfecha. Francisco de Salcedo, a quien la propia santa afirma que
debía su salvación, la animó en sus momentos de desaliento y le aconsejó
que acudiese a uno de los padres de la recién fundada Compañía de Jesús. La
santa hizo una confesión general con un jesuita, a quien expuso su manera
de orar y los favores que había recibido. El jesuita le aseguró que se
trataba de gracia de Dios, pero la exhortó a no descuidar el verdadero
fundamento de la vida interior. Aunque el confesor de Teresa estaba convencido
de que sus visiones procedían de Dios, le ordenó que tratase de resistir
durante dos meses a esas gracias. La resistencia de la santa fue en vano.
Otro jesuita, el P. Baltasar Alvarez, le aconsejó que pidiese a Dios ayuda para
hacer siempre lo que fuese más agradable a sus ojos y que, con ese fin,
recitase diariamente el "Veni Creator Spiritus". Así
lo hizo Teresa. Un día, precisamente cuando repetía el himno, fue
arrebatada en éxtasis y oyó en el interior de su alma estas palabras:
"No quiero que converses con los hombres sino con los
ángeles".
…Ella dirá después: "El Espíritu
Santo como fuerte huracán hace adelantar más en una hora la navecilla de
nuestra alma hacia la santidad, que lo que nosotros habíamos conseguido en
meses y años remando con nuestras solas fuerzas".
La santa, que tuvo en su vida posterior
repetidas experiencias de palabras divinas afirma que son más claras y
distintas que las humanas; dice también que las primeras son operativas, ya
que producen en el alma una tendencia a la virtud y la dejan llena de gozo
y de paz, convencida de la verdad de lo que ha escuchado.
9. PERSECUCIONES
En la época en que el P. Alvarez fue su director, Teresa sufrió graves
persecuciones, que duraron tres años; además, durante dos años, atravesó
por un periodo de intensa desolación espiritual, aliviado por momentos de
luz y consuelo extraordinarios. La santa quería que los favores que Dios le
concedía, permaneciesen secretos, pero las personas que la rodeaban estaban
perfectamente al tanto y, en más de una ocasión, la acusaron de hipocresía
y presunción.
El P. Alvarez
era un hombre bueno y timorato, que no tuvo el valor suficiente para salir
en defensa de su dirigida, aunque siguió confesándola. Lamentablemente, los
mediocres siempre son la mayoría. Estos se molestan ante la auténtica
santidad porque no saben como lidiar con las intervenciones sobrenaturales
por claras que sean. Prefieren descartarlas o ignorarlas, asumiendo que son
producto de la exageración o el desequilibrio. Para justificar su posición
apelan a las verdaderas exageraciones y desequilibrios y agrupan lo
auténtico con lo falso. En otras palabras, carecen de discernimiento
espiritual.
En 1557, San Pedro de Alcántara pasó por
Avila y, naturalmente, fue a visitar a la famosa carmelita.
El santo declaró que le parecía evidente que el Espíritu de Dios guiaba a
Teresa, pero predijo que las persecuciones y sufrimientos seguirían
lloviendo sobre ella. Las pruebas que Dios le enviaba purificaron el alma
de la santa, y los favores extraordinarios le enseñaron a ser humilde y
fuerte, la despegaron de las cosas del mundo y la encendieron en el deseo
de poseer a Dios.
10. EXTASIS
En algunos de sus éxtasis, de los que
nos dejó la santa una descripción detallada, se elevaba hasta un metro.
Después de una de aquellas visiones escribió la bella poesía que dice:
"Tan alta vida espero que muero porque no muero".A este
propósito, comenta Teresa: Dios "no parece contentarse con arrebatar
el alma a Sí, sino que levanta también este cuerpo mortal, manchado con el
barro asqueroso de nuestros pecados". En esos éxtasis se manifestaban
la grandeza y bondad de Dios, el exceso de su amor y la dulzura de su
servicio en forma sensible, y el alma de Teresa lo comprendía con claridad,
aunque era incapaz de expresarlo. El deseo del cielo que dejaban las
visiones en su alma era inefable. "Desde entonces, dejé de tener miedo
a la muerte, cosa que antes me atormentaba mucho". Las experiencias
místicas de la santa llegaron a las alturas de los esponsales espirituales,
el matrimonio místico y la transverberación.
Santa Teresa nos dejó el siguiente
relato sobre el fenómeno de la transverberación: "Vi
a mi lado a un ángel que se hallaba a mi izquierda, en forma humana.
Confieso que no estoy acostumbrada a ver tales cosas, excepto en muy raras
ocasiones. Aunque con frecuencia me acontece ver a los ángeles, se trata de
visiones intelectuales, como las que he referido más arriba
. . . El ángel era de corta estatura y muy hermoso; su rostro estaba
encendido como si fuese uno de los ángeles más altos que son todo fuego.
Debía ser uno de los que llamamos querubines . . .
Llevaba en la mano una larga espada de oro, cuya punta parecía un ascua
encendida. Me parecía que por momentos hundía la espada en mi corazón y me
traspasaba las entrañas y, cuando sacaba la espada, me parecía que las
entrañas se me escapaban con ella y me sentía arder en el más grande amor
de Dios. El dolor era tan intenso, que me hacía gemir, pero al mismo
tiempo, la dulcedumbre de aquella pena excesiva era tan extraordinaria, que
no hubiese yo querido verme libre de ella.
El anhelo de Teresa de morir pronto para
unirse con Dios, estaba templado por el deseo que la inflamaba de sufrir
por su amor. A este propósito escribió: "La única razón que encuentro
para vivir, es sufrir y eso es lo único que pido para mí". Según
reveló la autopsia en el cadáver de la santa, había en su corazón la
cicatriz de una herida larga y profunda.
El año siguiente (1560), para
corresponder a esa gracia, la santa hizo el voto de hacer siempre lo que le
pareciese más perfecto y agradable a Dios. Un voto de esa naturaleza está
tan por encima de las fuerzas naturales, que sólo el esforzarse por
cumplirlo puede justificarlo. Santa Teresa cumplió perfectamente su voto.
11. ESCRITORA MÍSTICA
El relato que la santa nos dejó en su
"Autobiografía" sobre sus visiones y experiencias espirituales da
muestra de una extraordinaria sencillez de estilo y de una preocupación
constante por no exagerar los hechos. La Iglesia califica de "celestial" la
doctrina de Santa Teresa, en la oración del día de su fiesta. Las obras de
la mística Doctora" ponen al descubierto los rincones más recónditos
del alma humana. La santa explica con una claridad casi increíble las
experiencias más inefables. Y debe hacerse notar que Teresa era una mujer
relativamente inculta, que escribió sus experiencias en la común lengua
castellana de los habitantes de Avila, que ella
había aprendido "en el regazo de su madre"; una mujer que
escribió sin valerse de otros libros, sin haber estudiado previamente las
obras místicas y sin tener ganas de escribir, porque ello le impedía
dedicarse a hilar; una mujer, en fin, que sometió sin reservas sus escritos
al juicio de su confesor y sobre todo, al juicio de la Iglesia. La santa
empezó a escribir su autobiografía por mandato de su confesor"
"La obediencia se prueba de diferentes maneras".
Por otra parte, el mejor comentario de
las obras de la santa es la paciencia con que sobrellevó las enfermedades,
las acusaciones y los desengaños; la confianza absoluta con que acudía en
todas las tormentas y dificultades al Redentor crucificado y el invencible
valor que demostró en todas las penas y persecuciones. Los escritos de
Santa Teresa subrayan sobre todo el espíritu de oración, la manera de
practicarlo y los frutos que produce. Como la santa escribió precisamente
en la época en que estaba consagrada a la difícil tarea de fundar conventos
de carmelitas reformadas, sus obras, prescindiendo de su naturaleza y
contenido, dan testimonio de su vigor, industriosidad
y capacidad de recogimiento.
Santa Teresa escribió el "Camino de
Perfección" para dirigir a sus religiosas, y el libro de las
"Fundaciones" para edificarlas y alentarlas. En cuanto al
"Castillo Interior", puede considerarse que lo escribió para
instrucción de todos los cristianos, y en esa obra se muestra la santa como
verdadera doctora de la vida espiritual.
12. FUNDADORA
Las carmelitas, como la mayoría de las
religiosas, habían decaído mucho del primer fervor, a principios del siglo
XVI. Ya hemos visto que los recibidores de los conventos de Avila eran una especie de centro de reunión de las
damas y caballeros de la ciudad. Por otra parte, las religiosas podían
salir de la clausura con el menor pretexto, de suerte que el convento era
el sitio ideal para quien deseaba una vida fácil y sin problemas. Las
comunidades eran sumamente numerosas, lo cual era a la vez causa y efecto
de la relajación. Por ejemplo, en el convento de Avila
había 140 religiosas.
Santa Teresa comenta más tarde: "La
experiencia me ha enseñado lo que es una casa llena de mujeres. ¡Dios nos guarde de ese mal" Ya que tal estado de
cosas se aceptaba como normal, las religiosas no caían generalmente en la
cuenta de que su modo de vida se apartaba mucho del espíritu de sus
fundadores. Así, cuando una sobrina de Santa Teresa, que era también
religiosa en el convento de la Encarnación de Avila,
le sugirió la idea de fundar una comunidad reducida, la santa la consideró
como una especie de revelación del cielo, no como una idea ordinaria.
Teresa, que llevaba ya veinticinco años en el convento, resolvió poner en
práctica la idea y fundar un convento reformado. Doña Guiomar de Ulloa, que
era una viuda muy rica, le ofreció ayuda generosa para la empresa.
San Pedro de Alcántara, San Luis Beltrán
y el obispo de Avila, aprobaron el proyecto, y el
P. Gregorio Fernández, provincial de las carmelitas, autorizó a Teresa a
ponerlo en práctica. Sin embargo, el revuelo que provocó la ejecución del
proyecto hizo que el provincial retirase el permiso y Santa Teresa fue
objeto de las críticas de sus propias hermanas, de los nobles, de los
magistrados y de todo el pueblo. A pesar de eso, el P. Ibañez,
dominico, alentó a la santa a proseguir la empresa con la ayuda de Doña
Guiomar. Doña Juana de Ahumada, hermana de Santa Teresa, emprendió con su
esposo la construcción de un convento en Avila en
1561, pero haciendo creer a todos que se trataba de una casa en la que
pensaban habitar. En el curso de la construcción, una pared del futuro convento
se derrumbó y cubrió bajo los escombros al pequeño Gonzalo, hijo de Doña
Juana, que se hallaba ahí jugando. Santa Teresa tomó en brazos al niño, que
no daba ya señales de vida, y se puso en oración; algunos minutos más
tarde, el niño estaba perfectamente sano, según consta en el proceso de
canonización. En lo sucesivo, Gonzalo solía repetir a su tía que estaba
obligada a pedir por su salvación, puesto que a sus oraciones debía el
verse privado del cielo.
Por entonces, llegó de Roma un breve que
autorizaba la fundación del nuevo convento. San Pedro de Alcántara, Don
Francisco de Salcedo y el Dr. Daza, consiguieron ganar al obispo a la
causa, y la nueva casa se inauguró bajo sus auspicios el día de San
Bartolomé de 1562. Durante la misa que se celebró en la capilla con tal
ocasión, tomaron el velo la sobrina de la santa y otras tres novicias.
La inauguración causó gran revuelo en Avila. Esa misma tarde, la superiora del convento de la Encarnación
mandó llamar a Teresa y la santa acudió con cierto temor, "pensando
que iban a encarcelarme". Naturalmente tuvo que explicar su conducta a
su superiora y al P. Angel de Salazar, provincial
de la orden. Aunque la santa reconoce que no faltaba razón a sus superiores
para estar disgustados, el P. Salazar le prometió que podría retornar al
convento de San José en cuanto se calmase la excitación del pueblo.
La fundación no era bien vista en Avila, porque las gentes desconfiaban de las novedades
y temían que un convento sin fondos suficientes se convirtiese en una carga
demasiado pesada para la ciudad. El alcalde y los magistrados hubiesen
acabado por mandar demoler el convento, si no los hubiese disuadido de ello
el dominico Báñez. Por su parte, Santa Teresa no
perdió la paz en medio de las persecuciones y siguió encomendando a Dios el
asunto; el Señor se le apareció y la reconfortó.
Entre tanto, Francisco de Salcedo y
otros partidarios de la fundación enviaron a la corte a un sacerdote para
que defendiese la causa ante el rey, y los dos dominicos, Báñez e Ibáñez, calmaron al obispo y al provincial.
Poco a poco fue desvaneciéndose la tempestad y, cuatro meses más tarde, el
P. Salazar dio permiso a Santa Teresa de volver al convento de San José,
con otras cuatro religiosas de la Encarnación.
13. CONVENTO DE SAN JOSÉ
La santa estableció la más estricta
clausura y el silencio casi perpetuo. El convento carecía de rentas y
reinaba en él la mayor pobreza; Las religiosas vestían toscos hábitos,
usaban sandalias en vez de zapatos (por ello se les llamó "descalzas")
y estaban obligadas a la perpetua abstinencia de carne. Santa Teresa no
admitió al principio más que a trece religiosas, pero más tarde, en los
conventos que no vivían sólo de limosnas sino que poseían rentas, aceptó
que hubiese veintiuna.
Teresa, la gran mística, no descuidaba
las cosas prácticas sino que las atendía según era necesario. Sabía
utilizar las cosas materiales para el servicio de Dios. En una ocasión
dijo: "Teresa sin la gracia de Dios es una pobre mujer; con la gracia
de Dios, una fuerza; con la gracia de Dios y mucho dinero, una
potencia".
14. MAS FUNDACIONES
En 1567, el superior general de los
carmelitas, Juan Bautista Rubio (Rossi), visitó el convento de Avila y quedó encantado de la superiora y de su sabio
gobierno; concedió a Santa Teresa plenos poderes para fundar otros
conventos del mismo tipo (a pesar de que el de San José había sido fundado
sin que él lo supiese) y aun la autorizó a fundar dos conventos de frailes
reformados ("carmelitas contemplativos"), en Castilla.
Santa Teresa pasó cinco años con sus
trece religiosas en el convento de san José, precediendo a sus hijas no
sólo en la oración, sino también en los trabajos humildes, como la limpieza
de la casa y el hilado. Acerca de esa época escribió: "Creo que fueron
los años más tranquilos y apacibles de mi vida, pues disfruté entonces de
la paz que tanto había deseado mi alma . . . Su
Divina Majestad nos enviaba lo necesario para vivir sin que tuviésemos
necesidad de pedirlo, y en las raras ocasiones en que nos veíamos en necesidad,
el gozo de nuestras almas era todavía mayor".
La santa no se contenta con
generalidades, sino que desciende a ejemplos menudos, como el de la
religiosa que plantó horizontalmente un pepino por obediencia y la cañería
que llevó al convento el agua de un pozo que, según los plomeros, era
demasiado bajo.
En agosto de 1567, Santa Teresa se
trasladó a Medina del Campo, donde fundó el segundo convento, a pesar de
las múltiples dificultades que surgieron. A petición de la condesa de la Cerda se fundo un convento
en Malagón. Después siguieron los de Valladolid y
Toledo. Esta última fue una empresa especialmente difícil porque la santa
sólo tenía cinco ducados al comenzar; pero, según escribía, "Teresa y
cinco ducados no son nada; pero Dios, Teresa y cinco ducados bastan y
sobran".
Una joven de Toledo, que gozaba de gran
fama de virtud, pidió ser admitida en el convento y dijo a la fundadora que
traería consigo su Biblia. Teresa exclamó: "¿Vuestra Biblia? ¡Dios nos
guarde! No entréis en nuestro convento, porque nosotras somos unas pobres
mujeres que sólo sabemos hilar y hacer lo que se nos dice". No es que la santa rechazare la Biblia, sino que supo
descubrir que esta se habría convertido en un pretexto para faltar en
humildad.
15. LA REFORMA DE LOS
RELIGIOSOS CARMELITAS
La santa había encontrado en Medina del
Campo a dos frailes carmelitas que estaban dispuestos a abrazar la reforma:
uno era Antonio de Jesús de Heredia, superior del convento de dicha ciudad
y el otro, Juan de Yepes, más conocido con el
nombre de San Juan de la
Cruz.
Aprovechando la primera oportunidad que
se le ofreció, Santa Teresa fundó un convento de frailes en el pueblecito
de Duruelo en 1568; a este siguió, en 1569, el convento de Pastrana. En
ambos reinaba la mayor pobreza y austeridad. Santa Teresa dejó el resto de
las fundaciones de conventos de frailes a cargo de San Juan de la Cruz.
Nuevas fundaciones, dificultades y
gracias extraordinarias
La santa fundó también en Pastrana un
convento de carmelitas descalzas. Cuando murió Don Ruy Gómez de Silva,
quien había ayudado a Teresa en la fundación de los conventos de Pastrana,
su mujer quiso hacerse carmelita, pero exigiendo numerosas dispensas de la
regla y conservando el tren de vida de una princesa. Teresa, viendo que era
imposible reducirla a la humanidad propia de su profesión, ordenó a sus
religiosas que se trasladasen a Segovia y dejasen a la princesa su casa de
Pastrana.
En 1570, la santa, con otra religiosa,
tomó posesión en Salamanca de una casa que hasta entonces había estado
ocupada por ciertos estudiantes "que se preocupaban muy poco de la
limpieza". Era un edificio grande, complicado y ruinoso, de suerte que
al caer la noche la compañera de la santa empezó a ponerse muy nerviosa.
Cuando se hallaban ya acostadas en sendos montones de paja ("lo
primero que llevaba yo a un nuevo monasterio era un poco de paja para que
nos sirviese de lecho"), Teresa preguntó a su compañera en qué
pensaba. La religiosa respondió: "Estaba yo pensando en qué haría su
reverencia si muriese yo en este momento y su reverencia quedase sola con
un cadáver". La santa confiesa que la idea la sobresaltó, porque,
aunque no tenía miedo de los cadáveres, la vista de ellos le producía
siempre "un dolor en el corazón". Sin embargo, respondió
simplemente: "Cuando eso suceda, ya tendré tiempo de pensar lo que
haré, por el momento lo mejor es dormir".
En julio de ese año, mientras se hallaba
haciendo oración, tuvo una visión del martirio de los beatos jesuitas
Ignacio de Azevedo y sus compañeros, entre los que se contaba su pariente
Francisco Pérez Godoy. La visión fue tan clara, que Teresa tenía la
impresión de haber presenciado directamente la escena, e inmediatamente la
describió detalladamente al P. Alvarez, quien un
mes más tarde, cuando las nuevas del martirio llegaron a España, pudo
comprobar la exactitud de la visión de la santa.
16. NOMBRADA SUPERIORA DE LA ENCARNACIÓN
Por entonces, San Pío V nombró a varios
visitadores apostólicos para que hiciesen una investigación sobre la
relajación de las diversas órdenes religiosas, con miras a la reforma. El
visitador de los carmelitas de Castilla fue un dominico muy conocido, el P.
Pedro Fernández. El efecto que le produjo el convento de La Encarnación
de Avila fue muy malo, e inmediatamente mandó llamar
a Santa Teresa para nombrarla superiora del mismo. La tarea era
particularmente desagradable para la santa, tanto porque tenía que
separarse de sus hijas, como por la dificultad de dirigir una comunidad
que, desde el principio, había visto con recelo sus actividades de
reformadora.
Al principio, las religiosas se negaron
a obedecer a la nueva superiora, cuya sola presencia producía ataques de
histeria en algunas. La santa comenzó por explicarles que su misión no
consistía en instruirlas y guiarlas con el látigo en la mano, sino en
servirlas y aprender de ellas: "Madres y hermanas mías, el Señor me ha
enviado aquí por la voz de la obediencia a desempeñar un oficio en el que
yo jamás había pensado y para el que me siento muy mal preparada
. . . Mi única intención es serviros . . . No temáis mi gobierno.
Aunque he vivido largo tiempo entre las carmelitas descalzas y he sido su
superiora, sé también, por la misericordia del Señor, cómo gobernar las
carmelitas calzadas". De esta manera se ganó la simpatía y el afecto
de la comunidad y le fue menos difícil restablecer la disciplina entre las
carmelitas calzadas, de acuerdo con sus constituciones. Poco a poco
prohibió completamente las visitas demasiado frecuentes (lo cual molestó
mucho a ciertos caballeros de Avila), puso en
orden las finanzas del convento e introdujo el verdadero espíritu del
claustro. En resumen, fue aquella una realización característicamente
teresiana.
17. SEVILLA
En Veas, a donde había ido a fundar un
convento, la santa conoció al P. Jerónimo Gracián,
quien la convenció fácilmente para que extendiese su campo de acción hasta
Sevilla. El P. Gracián era un fraile de la
reforma carmelita que acababa precisamente de predicar la cuaresma en
Sevilla.
Fuera de la fundación del convento de
San José de Avila, ninguna otra fue más difícil
que la de Sevilla; entre otras dificultades, una novicia que había sido
despedida, denunció a las carmelitas descalzas ante la Inquisición
como "iluminadas" y otras cosas peores.
18. LA PERSECUCIÓN LLEVA
A LA
SEPARACIÓN ENTRE CALZADOS Y DESCALZOS
Los carmelitas de Italia veían con malos
ojos el progreso de la reforma en España, lo mismo que los carmelitas no
reformados de España, pues comprendían que un día u otro se verían
obligados a reformarse. El P. Rubio, superior general de la orden, quien
hasta entonces había favorecido a santa Teresa, se pasó al lado de sus
enemigos y reunió en Plasencia un capítulo general que aprobó una serie de
decretos contra la reforma. El nuevo nuncio apostólico, Felipe de Sega,
destituyó al P. Gracián de su cargo de visitador
de los carmelitas descalzos y encarceló a San Juan de la Cruz en un monasterio;
por otra parte, ordenó a Santa Teresa que se retirase al convento que ella
eligiera y que se abstuviese de fundar otros nuevos.
La santa, al mismo tiempo que
encomendaba el asunto a Dios, decidió valerse de los amigos que tenía en el
mundo y consiguió que el propio Felipe II interviniese en su favor. En
efecto, el monarca convocó al nuncio y le reprendió severamente por haberse
opuesto a la reforma del Carmelo.
En 1580 obtuvo de Roma una orden que
eximía a los carmelitas descalzos de la jurisdicción del provincial de los
calzados. "Esa separación fue uno de los mayores gozos y consolaciones
de mi vida, pues en aquellos veinticinco años nuestra orden había sufrido
más persecuciones y pruebas de las que yo podría escribir en un libro.
Ahora estábamos por fin en paz, calzados y descalzos, y nada iba a
distraernos del servicio de Dios".
19. AGUILA Y PALOMA
Indudablemente Santa Teresa era una
mujer excepcionalmente dotada. Su bondad natural, su ternura de corazón y
su imaginación chispeante de gracia, equilibradas por una extraordinaria
madurez de juicio y una profunda intuición, le ganaban generalmente el
cariño y el respeto de todos. Razón tenía el poeta Crashaw
al referirse a Santa Teresa bajo los símbolos aparentemente opuestos de
"el águila" y "la paloma". Cuando le parecía necesario,
la santa sabía hacer frente a las más altas autoridades civiles o
eclesiásticas, y los ataques del mundo no le hacían doblar la cabeza. Las
palabras que dirigió al P. Salazar: "Guardaos de oponeros al Espíritu
Santo", no fueron el reto de una histérica sino la verdad. Y no fue un
abuso de autoridad lo que la movió a tratar con dureza implacable a una
superiora que se había incapacitado a fuerza de hacer penitencia. Pero el
águila no mata a la paloma, como puede verse por la carta que escribió a un
sobrino suyo que llevaba una vida alegre y disipada: "Bendito sea Dios
porque os ha guiado en la elección de una mujer tan buena y ha hecho que os
caséis pronto, pues habíais empezado a disiparos desde tan joven, que
temíamos mucho por vos. Esto os mostrará el amor que os profeso". La
santa tomó a su cargo a la hija ilegítima y a la hermana del joven, la cual
tenía entonces siete años: "Las religiosas deberíamos tener siempre
con nosotras a una niña de esa edad".
20. INGENIO Y FRANQUEZA
El ingenio y la franqueza de Teresa
jamás sobrepasaban la medida, ni siquiera cuando los empleaba como un arma.
En cierta ocasión en que un caballero indiscreto alabó la belleza de sus
pies descalzos, Teresa se echó a reír y le dijo que los mirase bien porque
jamás volvería a verlos. Los famosos dichos "Bien sabéis lo que es una
comunidad de mujeres" e "Hijas mías, estas son tonterías de
mujeres", demuestran el realismo con que la santa consideraba a sus
súbditas.
Criticando un escrito de su buen amigo
Francisco de Salcedo, Teresa le escribía: "El señor Salcedo repite
constantemente: 'Como dice el Espíritu Santo', y termina declarando que su
obra es una serie de necedades. Me parece que voy a denunciarle a la Inquisición".
21. SELECCIÓN DE NOVICIAS
La intuición de Santa Teresa se
manifestaba sobre todo en la elección de las novicias. Lo primero que exigía,
aun antes que la piedad, era que fuesen inteligentes, es decir,
equilibradas y maduras, porque sabía que es más fácil adquirir la piedad
que la madurez de juicio. "Una persona inteligente es sencilla y
sumisa, porque ve sus faltas y comprende que tiene necesidad de un guía.
Una persona tonta y estrecha es incapaz de ver sus faltas, aunque se las
pongan delante de los ojos; y como está satisfecha de sí misma, jamás se
mejora". "Aunque el Señor diese a esta joven los dones de la
devoción y la contemplación, jamás llegará a ser inteligente, de suerte que
será siempre una carga para la comunidad". ¡Que Dios nos guarde de las
monjas tontas!"
22. ÚLTIMOS AÑOS
En 1580, cuando se llevó a cabo la
separación de las dos ramas del Carmelo, Santa Teresa tenía ya sesenta y
cinco años y su salud estaba muy debilitada. En los dos últimos años de su
vida fundó otros dos conventos, lo cual hacía un total de diecisiete. Las
fundaciones de la santa no eran simplemente un refugio de las almas
contemplativas, sino también una especie de reparación de los destrozos
llevados a cabo en los monasterios por el protestantismo, principalmente en
Inglaterra y Alemania.
Dios tenía reservada para los últimos
años de vida de su sierva, la prueba cruel de que interviniera en el
proceso legal del testamento de su hermano Lorenzo, cuya hija era superiora
en el convento de Valladolid. Como uno de los abogados tratase con rudeza a
la santa, ésta replicó: "Quiera Dios trataros con la cortesía con que
vos me tratáis a mí". Sin embargo, Teresa se quedó sin palabra cuando
su sobrina, que hasta entonces había sido una excelente religiosa, la puso
a la puerta del convento de Valladolid, que ella misma había fundado. Poco
después, la santa escribía a la madre de María de San José: "Os suplico,
a vos y a vuestras religiosas, que no pidáis a Dios que me alargue la vida.
Al contrario, pedidle que me lleve pronto al eterno descanso, pues ya no
puedo seros de ninguna utilidad".
En la fundación del convento de Burgos,
que fue la última, las dificultades no escasearon. En julio de 1582, cuando
el convento estaba ya en marcha, Santa Teresa tenía la intención de
retornar a Avila, pero se vio obligada a
modificar sus planes para ir a Alba de Tormes a visitar a la duquesa María
Henríquez. La Beata Ana
de San Bartolomé refiere que el viaje no estuvo bien proyectado y que Santa
Teresa se hallaba ya tan débil, que se desmayó en el camino. Una noche sólo
pudieron comer unos cuantos higos. Al llegar a Alba de Tormes, la santa
tuvo que acostarse inmediatamente. Tres días más tarde, dijo a la Beata Ana: "Por
fin, hija mía, ha llegado la hora de mi muerte". El P. Antonio de
Heredia le dio los últimos sacramentos y le preguntó donde quería que la
sepultasen. Teresa replicó sencillamente: "¿Tengo que decidirlo yo?
¿Me van a negar aquí un agujero para mi cuerpo?" Cuando el P. de
Heredia le llevó el viático, la santa consiguió erguirse en el lecho, y
exclamó: "¡Oh, Señor, por fin ha llegado la
hora de vernos cara a cara!" Santa Teresa de Jesús, visiblemente
transportada por lo que el Señor le mostraba, murió en brazos de la Beata Ana a las 9 de
la noche del 4 de octubre de 1582.
Precisamente al día siguiente, entró en
vigor la reforma gregoriana del calendario, que suprimió diez días, de
suerte que la fiesta de la santa fue fijada, más tarde, el 15 de octubre.
Santa Teresa fue sepultada en Alba de
Tormes, donde reposan todavía sus reliquias.
Su canonización tuvo lugar en 1622.
El 27 de septiembre de 1970 Pablo VI le
reconoció el título de Doctora de la Iglesia.
En la actualidad, las carmelitas
descalzas son aprox. 14.000 en 835 conventos en el mundo. Los carmelitas
descalzos son 3.800 en 490 conventos.
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