MISA DIARIA DE CAMINANDO CON JESÚS

Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

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Miércoles 2° de Adviento. Semana II del Salterio - San Juan Diego de América. (MO). Blanco.

 

San Juan Diego de América

Nació en Tlayácac, en 1474, a unos 20 kms. de la ciudad de México. Su familia era de la clase baja del pueblo azteca. Se casó con una azteca, y no tuvieron hijos, por lo cual adoptaron a un niño. A los 52 años, junto con su mujer y su tío Juan Bernardino, fue bautizado, tomando el nombre de Juan Diego, y su esposa el de María Lucía. Fue uno de los primeros convertidos al cristianismo por los misioneros franciscanos españoles. Trabajaba el campo y tejía mantas. A la muerte de su esposa, en 1529, se fue a vivir con su tío Juan Bernardino. Juan Diego se distinguía por su sencillez y humildad. Tenía gran avidez de instruirse en la fe cristiana, y la vivía hasta el heroísmo. La madrugada del sábado 9 de diciembre del 1531, iba hacia la ciudad pasando al pie del cerro Tépeyac, donde se veneraba una deidad pagana. De repente escuchó un canto suave y encantador, y luego oyó que lo llamaban por su nombre. Era la Virgen María, que le manifestó su vivo deseo: «Mucho deseo que en este lugar me levanten un templo en el que daré a las gentes todo mi amor». Así empezaron las apariciones de la Virgen en Guadalupe, que dieron un gran impulso a la evangelización de aquellas tierras. Juan Diego murió a los 74 años, el 12 de junio de 1548 y fue sepultado, junto con su tío Juan Bernadino, en la primera ermita dedicada a la Virgen de Guadalupe, donde había vivido desde su construcción sirviendo a la Virgen, a la que llamaba con ternura «la más pequeña de mis hijas». Juan Pablo II lo canonizó en su quinto viaje a México, el 31 de julio del 2002. Es el primer indio canonizado.

 

ANTÍFONA DE ENTRADA Sal 91, 13-14

El justo crecerá como la palmera, se alzará como los cedros del Líbano: trasplantado en la casa del Señor, florecerá en los atrios de nuestro Dios.

ORACIÓN COLECTA

Dios nuestro, que por medio de san Juan Diego quisiste mostrar a tu pueblo el amor de Santa María de Guadalupe, concédenos, por su intercesión, que, dóciles al consejo de nuestra Madre, nos esforcemos en cumplir siempre tu voluntad.

Por nuestro Señor Jesucristo.

LECTURA Is 40, 25-31

Lectura del libro de Isaías.

Dice el Santo: «¿A quién me van a asemejar, para que yo me iguale a Él?». Levanten los ojos a lo alto y miren: ¿quién creó todos estos astros? El que hace salir a su ejército uno por uno y los llama a todos por su nombre: ¡su vigor es tan grande, tan firme su fuerza, que no falta ni uno solo! ¿Por qué dices, Jacob, y lo repites tú, Israel: «Al Señor se le oculta mi camino y mi derecho pasa desapercibido a mi Dios»? ¿No lo sabes acaso? ¿Nunca lo has escuchado? El Señor es un Dios eterno, él crea los confines de la tierra; no se fatiga ni se agota, su inteligencia es inescrutable. Él fortalece al que está fatigado y acrecienta la fuerza del que no tiene vigor. Los jóvenes se fatigan y se agotan, los muchachos tropiezan y caen. Pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, despliegan alas como las águilas; corren y no se agotan, avanzan y no se fatigan.

Palabra de Dios.

COMENTARIO

El Dios del Antiguo y Nuevo Testamento, es superior a todos los dioses, ya que los demás son ídolos y hechura de manos humanas o son creación de la mente y sentimientos de los hombres. Yavé en cambio, se manifiesta y actúa, está cerca de su pueblo: salva, cuida y fortalece

SALMO Sal 102, 1-4. 8. 10

R. ¡Bendice, alma mía, al Señor!

Bendice al Señor, alma mía, que todo mi ser bendiga a su santo Nombre; bendice al Señor, alma mía, y nunca olvides sus beneficios. R.

Él perdona todas tus culpas y sana todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de amor y de ternura. R.

El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas. R.

ALELUYA

Aleluya. El Señor viene a salvar a su pueblo. Felices los preparados para salir a su encuentro. Aleluya.

EVANGELIO Mt 11, 28-30

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo.

Jesús tomó la palabra y dijo: - Vengan a mi todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana -.

Palabra del Señor.

COMENTARIO

El Señor, modelo absoluto de humildad y sencillez, es camino de seguimiento, para vivir la verdad sobre nosotros mismos. Vivamos de acuerdo a la verdad como creaturas de Dios, totalmente dependientes de él y pongamos nuestras vidas confiadamente en sus manos.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Señor, al ofrecer en tu altar estos dones, te pedimos que nos concedas aquel amor que infundiste en san Juan Diego para que con un corazón puro y ferviente nos acerquemos a tus misterios, y celebremos un sacrificio agradable a ti y de provecho para nosotros.

Por Jesucristo nuestro Señor.

ANTÍFONA DE COMUNIÓN Mt 11, 28

Dice el Señor: -Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré-.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Señor y Dios nuestro, te rogamos que estos misterios celebrados en la conmemoración de san Juan Diego, nos obtengan la paz y la salvación eterna.

Por Jesucristo nuestro Señor.

 

REFLEXIÓN BÍBLICA

 

 

"Soy manso y humilde de corazón"

Mt 11, 28-30:

Autor: Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

1. VENGAN A MÍ TODOS LOS QUE ESTÁN AFLIGIDOS Y AGOBIADOS

Con estas palabras, que resuenan de un modo dulce y tierno en nosotros, Jesús hace una invitación a todos los que trabajan con cansancio y están con una carga que los agobia, pero no se esta refiriendo a la labor física, sino que a esa presiones a las que estamos sometidos por alguna condición especial de la vida cotidiana, aunque tomar el yugo, es una expresión conocida y que aparece en el Antiguo Testamento, y significa que el hombre está sometido a ellos como el esclavo a su trabajo (cf. Jer c.28; Is 58:6; etc.).

Los fariseos de aquellos tiempos, con sus prácticas doctrinarias llenas de preceptos asfixiantes, hacían una vida insoportable. Esta forma de ser era una intolerable servidumbre, con tratados y prescripciones minuciosas. Así era como, se encontraban imposibilitados de dejar su casa, tomar alimento, hacer una labor cualquiera sin exponerse a un sinnúmero de contravenciones. Vivian llenos de temor de caer en infracciones, que se les paralizaba el espíritu. Entonces su religión degeneraba en un formalismo miserable. De este modo, estaban fatigados y agobiados de toda esa absurda e inaguantable reglamentación. Entonces Jesús, bondadoso, magnánimos, compasivo por naturaleza, les dice que vengan a El, y El, con su doctrina de amor, les aliviará, concretamente descansarán, con un descanso restaurador.

2. CARGUEN SOBRE USTEDES MI YUGO Y APRENDAN

Frente a este fastidio, Jesús les invita a tomar su yugo, una expresión usual entre los judíos como sinónimo de la Ley, pero en este caso, el yugo de Jesús es su doctrina, por eso les dice aprendan de mi, de sus enseñanzas, de su escuela, que se dejen instruir por EL, que es y se proclama Maestro. Como tal, les ofrece paciencia y humildad de corazón, afecto, conducta suave y amorosa, mansedumbre, oposición a la ira y la soberbia.

Jesús les ofrece a los tomen su yugo, el descanso para sus almas, porque no sólo su yugo es suave y su carga liviana, sino que da vida abundante (Jn 10:10), y, con ella, la gracia, la vida se restaura, se expansiona, se hace sobrenaturalmente gozosa.

3. YO LOS ALIVIARÉ

Jesús llama al corazón, cuando hace el llamado con el “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré”, El nos muestra que conoce bien el corazón de los hombres, es así como estas son unas palabras muy alentadoras, muy gratificante. Jesús sabe que es allí donde se vive la fatiga, la aflicción, el dolor y la desesperanza.

Con el vengan a mí, Jesús nos invita de esa manera a todos los oprimidos, a los que tienen pesar, a los que sufren de la miseria, ¿Dónde más puede el hombre encontrar palabras tan esperanzadoras como estas? ¿Dónde podríamos encontrar más alivio y consuelo?

4. SER CRISTIANO ES QUERER VIVIR COMO CRISTO

Ser cristiano es querer vivir como Cristo, tener sus mismos sentimientos, ¿existe un plan de vida mejor?, respondamos amorosamente que no, entonces dispongámonos a vivir como es Jesús, tener sus mismos sentimientos, mirar a los hombres con sus ojos, aprender de su corazón a vivir del amor del Padre y a entregar ese amor a nuestros hermanos en gestos pequeños y humildes.

Es este un hermoso texto del Evangelio, son hermosas palabras para la meditación y para acogerlas plenamente en nuestras vidas, el Vengan a mí, es buscar una frecuente intimidad con Jesús, es querer sanar nuestras heridas, es pedir perdón, es querer la reconciliación, es estar preparados para recibir la gracia.

5. VAYAMOS A JESÚS, CON INTENSOS MOMENTOS DE ORACIÓN

Vengan a mi, una gran invitación para disfrutar la compañía de Jesús, para encontrar paz, para aliviar nuestros dolores y penas, son palabras suaves, pero con gran calor de comprensión y afecto.

Vayamos a Jesús, con intensos momentos de oración, digámosle nuestros proyectos y necesidades, presentémosle nuestros anhelos y contémosle nuestras angustias.

Jesús busca y quiere hacernos partícipes de su misma vida: Aprendan de mí. Es una oportunidad para experimentar el gozo de la Trinidad, el gozo de saberse el Hijo amado del Padre, el gozo del Espíritu Santo que consuela y anima y fortalece.

Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, dulce oportunidad para poner el hombro bajo la cruz, tomar la propia cruz, cargar con los sufrimientos que nos agobian y nos afligen, la misma Cruz que cargó el Señor, entonces estaremos sostenidos por su Espíritu y que llevaremos su misma vida. El sentido de la cruz, es el fin del mal, allí el Señor venció la muerte, y no regaló una vida nueva.

El Señor les Bendiga

Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

 

LECTIO DIVINA

 

Paciente y humilde de corazón

El fragmento inmediatamente anterior, (Mt 11,25-27), ,esta estrechamente vinculado con el texto evangélico de hoy, Jesús aclara que el verdadero conocimiento de Dios como Padre es posible porque el Hijo es quien introduce en esta familiaridad a sus propios discípulos. Pero éstos, para acoger de verdad esta paternidad divina y la amistad del Hijo, deben hacerse “pequeños”  y Jesús nos indica quién es el verdaderamente “pequeño”: sólo el que crea que el estilo de Jesús, “Paciente y humilde de corazón”, es el único camino para introducirnos en los secretos de Dios, y que para aprender este estilo se acerque a él iniciando un camino de seguimiento. Como la Sabiduría en el Antiguo Testamento (cf. Eclo 5 1,26-27; 6,24ss) invita a su escuela prometiendo «descanso», es decir, esa plenitud capaz de sosegar el corazón inquieto de la humanidad, así Jesús, capaz de sosegar el corazón inquieto de la humanidad, invita a su apasionante escuela en la que descubrimos que somos hijos de Dios.

Por consiguiente, es necesario entrar en su escuela, acercándonos a él que habla del Padre a los propios amigos y descubrir que la familiaridad con Jesús es una escuela exigente y continua, pero también capaz de sanar, de dar paz al corazón. Ciertamente Jesús no exime al discípulo del compromiso pleno y perseverante en la observancia de la ley de Dios, como aparece cuando nos habla de «yugo» y de «carga». Pero promete que será un peso proporcionado, adecuado a quien lo debe llevar y que a la postre se manifestará como una experiencia de libertad.

Escuchando la invitación de Jesús de ir a él

Siento la necesidad de repetir a mi corazón la verdad de mi filiación porque me queda la sospecha del amor de Dios. Es la sospecha que la serpiente envidiosa de nuestra dignidad sembró en nuestros corazones humanos desde el comienzo. Se trata de una sospecha que se alimenta continuamente al presentarme un rostro de Dios enemigo de nuestra libertad, celoso de nuestra felicidad, juez duro y severo, incapaz de comprender nuestra flaqueza.

Escuchando la invitación de Jesús de ir a él, se me exhorta a volver al gran amor con que Dios me ha amado para poder considerarme tal y como soy en realidad, es decir, su amigo e hijo del Padre. Para comprender mi filiación y la paternidad de Dios en mis relaciones, debo acercarme al corazón de Jesús. Así podré escuchar esas palabras suyas que desbordan la plenitud de su corazón (cf. Mt 12,34). De lo contrario, mi religiosidad será mercenaria, un cansancio ímprobo y estéril de prácticas y observancias incapaces de pacificar mi corazón.

En la contemplación y escucha de Jesús “Paciente y humilde de corazón”, es donde me libero del peso de una religión tejida únicamente de méritos, obras, deberes, porque en Jesús se manifiesta el rostro amable de Dios, capaz de saciar mis más profundos deseos. La fe se convierte entonces en experiencia de ser revestido de la fuerza de lo alto, de un correr sin fatigarse, porque soy como aupado sobre las alas de un águila al encuentro de un amor preexistente y, precediéndome, me enseña a desear tu promesa.

Oración

Señor Jesús, tú nos invitar a ir a ti. Qué hermoso es descubrir que nos quieres cercanos, alumnos de tu escuela, que deseas hacemos partícipes del misterio de tu Padre, reconociéndonos amados y hermanos tuyos.

¡Ir a ti! Ir a tu escuela exigente y fascinante. Ira ti para aprender de ti que eres manso y humilde de corazón.

¡Ir a ti! No con nuestros méritos sino con nuestros cansancios y opresiones. Ir a ti sin fingimientos, sin ocultar nuestras miserias y debilidades. Ir a ti para poder abrirte nuestro corazón y contarte nuestras fatigas y nuestras culpas.

¡Ir a ti! Y en ti recobrar las fuerzas y encontrar la paz tan ansiada. Tu querer no nos aplasta porque tu yugo es suave y tu carga ligera.

Realmente es espléndida tu promesa, por la que te alabamos y bendecimos. (Giorgio Zevini y Pier Giordano Cabra (Eds.)

De Corazón

Pedro Sergio

SANTORAL

 

SAN JUAN DIEGO CUAUHTLATOATZIN

(1474-1548)

“su confianza en Dios y en la Virgen;

su caridad, su coherencia moral,

su desprendimiento y su pobreza evangélica.

Llevando una vida de eremita, aquí, cerca deL

Tepeyac, fue ejemplo de humildad.”

Juan Pablo II,  6 de mayo de 1990

Su Historia

San Juan Diego, que en 1990 Vuestra Santidad llamó «el confidente de la dulce Señora del Tepeyac» (L'Osservatore Romano, 7-8 maggio 1990, p. 5), según una tradición bien documentada nació en 1474 en Cuauhtitlán, entonces reino de Texcoco, perteneciente a la etnia de los chichimecas.Se llamaba Cuauhtlatoatzin, que en su lengua materna significaba «Águila que habla», o «El que habla con un águila».

Ya adulto y padre de familia, atraído por la doctrina de los PP. Franciscanos llegados a México en 1524, recibió el bautismo junto con su esposa María Lucía. Celebrado el matrimonio cristiano, vivió castamente hasta la muerte de su esposa, fallecida en 1529. Hombre de fe, fue coherente con sus obligaciones bautismales, nutriendo regularmente su unión con Dios mediante la eucaristía y el estudio del catecismo.

El 9 de diciembre de 1531, mientras se dirigía a pie a Tlatelolco, en un lugar denominado Tepeyac, tuvo una aparición de María Santísima, que se le presentó como «la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios». La Virgen le encargó que en su nombre pidiese al Obispo capitalino el franciscano Juan de Zumárraga, la construcción de una iglesia en el lugar de la aparición. Y como el Obispo no aceptase la idea, la Virgen le pidió que insistiese. Al día siguiente, domingo, Juan Diego volvió a encontrar al Prelado, quien lo examinó en la doctrina cristiana y le pidió pruebas objetivas en confirmación del prodigio.

El 12 de diciembre, martes, mientras el Juan Diego se dirigía de nuevo a la Ciudad, la Virgen se le volvió a presentar y le consoló, invitándole a subir hasta la cima de la colina de Tepeyac para recoger flores y traérselas a ella. No obstante la fría estación invernal y la aridez del lugar, Juan Diego encontró unas flores muy hermosas. Una vez recogidas las colocó en su «tilma» y se las llevó a la Virgen, que le mandó presentarlas al Sr. Obispo como prueba de veracidad. Una vez ante el obispo el Beato abrió su «tilma» y dejó caer las flores, mientras en el tejido apareció, inexplicablemente impresa, la imagen de la Virgen de Guadalupe, que desde aquel momento se convirtió en el corazón espiritual de la Iglesia en México.

Juan Diego, movido por una tierna y profunda devoción a la Madre de Dios, dejó los suyos, la casa, los bienes y su tierra y, con el permiso del Obispo, pasó a vivir en una pobre casa junto al templo de la «Señora del Cielo». Su preocupación era la limpieza de la capilla y la acogida de los peregrinos que visitaban el pequeño oratorio, hoy transformado en este grandioso templo, símbolo elocuente de la devoción mariana de los mexicanos a la Virgen de Guadalupe.

En espíritu de pobreza y de vida humilde Juan Diego recorrió el camino de la santidad, dedicando mucho de su tiempo a la oración, a la contemplación y a la penitencia. Dócil a la autoridad eclesiástica, tres veces por semana recibía la Santísima Eucaristía.

En la homilía que Vuestra Santidad pronunció el 6 de mayo de 1990 en este Santuario, indicó cómo «las noticias que de él nos han llegado elogian sus virtudes cristianas: su fe simple [...], su confianza en Dios y en la Virgen; su caridad, su coherencia moral, su desprendimiento y su pobreza evangélica. Llevando una vida de eremita, aquí cerca de Tepeyac, fue ejemplo de humildad» (Ibídem).

Juan Diego, laico fiel a la gracia divina, gozó de tan alta estima entre sus contemporáneos que éstos acostumbraban decir a sus hijos: «Que Dios os haga como Juan Diego».

Circundado de una sólida fama de santidad, murió en 1548.

Su memoria, siempre unida al hecho de la aparición de la Virgen de Guadalupe, ha atravesado los siglos, alcanzando la entera América, Europa y Asia.

En abril de 1990, en una solemne ceremonia en la Basílica de Guadalupe en México, el Santo Padre Juan Pablo II le declaró Beato, ante Vuestra Santidad fue promulgado en Roma el decreto «de vitae sanctitate et de cultu ab immemorabili tempore Servo Dei Ioanni Didaco praestito».

El 6 de mayo sucesivo, en esta Basílica, Vuestra Santidad presidió la solemne celebración en honor de Juan Diego, decorado con el título de Beato.

Precisamente en aquellos días, en esta misma arquidiócesis de Ciudad de México, tuvo lugar un milagro por intercesión de Juan Diego. Con él se abrió la puerta que ha conducido a la actual celebración, que el pueblo mexicano y toda la Iglesia viven en la alegría y la gratitud al Señor y a María por haber puesto en nuestro camino al Beato Juan Diego, que según las palabras de Vuestra Santidad, «representa todos los indígenas que reconocieron el evangelio de Jesús» (Ibídem).

Beatísimo Padre, la canonización de Juan Diego es un don extraordinario no sólo para la Iglesia en México, sino para todo el Pueblo de Dios.

 Juan Pablo II proclamó públicamente la santidad de Juan Diego en una Solemne Misa de Canonización en la Basílica de la Virgen de la Guadalupe en México el 31 de julio, 2002. Su fiesta la fijó el mismo Santo Padre el 9 de diciembre porque ése "fue el día en que vió el Paraíso" (día de la primera aparición).

 

PETICIÓN DE ORACIÓN

 

 

 

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