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Caminando con Jesús Pedro Sergio Antonio Donoso Brant
COMO CELEBRAR LA NAVIDAD Querido Hermanos y amigos: En estos días ya tan cercanos a
nuestra fiesta más bella, la Natividad de Nuestro Salvador, no nos dejemos
encandilar por luces que ciegan el sentido de lo que debemos celebrar, pero
si dejemos que nuestros corazones se alumbren por la estrella que anuncia la
llegada del amor. Recordemos como sucedido el más
hermoso de los acontecimientos, la Natividad del Redentor. En los tiempos en que César Augusto
era emperador romano y al mismo tiempo que Cirenio era gobernador de Siria y
con el fin de saber cuanta era la población de sus dominios desde Roma se
ordenó un censo. Lo dispuesto por las autoridades de esa fecha fue que todos
los habitantes tenían que inscribirse en sus ciudades de origen, es decir
mandaba a que cada cual fuese al pueblo donde había nacido para ser
empadronado. Así fue como todos acudieron a su
ciudad para inscribirse, teniendo que trasladarse en algunos casos a otros
lugares alejados. José, esposo de María, era de la casa de David que era de
Belén en Judea, sin embargo el vivía en Galilea, para ser más preciso en la
Ciudad de Nazaret, entonces ellos tuvieron que viajar a su pueblo originario
para inscribirse en el censo. Nazaret era un pueblo emplazado en un
escarpado monte, quizás caracterizado por sus casitas blancas, construidas
con piedra y enlucidas de cal. Por aquella época tenía unos 120 habitantes, y
aproximadamente 30 casas. No era una ciudad importante, si un
humilde pueblo ignorado por muchos hombres, pero no por Dios, ya que en el
comienza la historia del Hijo de Dios, Jesús de Nazaret. Para llegar a Belén desde Nazaret, hay
que pasar por las tierras de Samaria y luego pasar por Jerusalén, la
distancia que ellos recorrieron era aproximada a los Entonces María estaba muy próxima a
dar a Luz cuando llegaron a Belén, nuestro Padre quiso que allí se cumplieran
para María los días del alumbramiento. Mucha gente había llegado a Belén y no
había sitio para alojamiento, entonces alguien de buen corazón les presto un
lugar en el que comían algunos animales domésticos, para que allí se
protegieran, es decir se alojaron en un establo, el que recordamos hoy como
un pesebre. Y en ese lugar, quiso Dios, que María
diera a Luz a su hijo primogénito. El Salvador de los hombres no nació en
ningún palacio, ni en una cama especial, por esa razón luego de nacer y
cubrir al niño con pañales, se le acostó en un humilde pesebre. Como ese era un sitio para los animales,
había muchos pastores por aquel lugar, estos velaban y guardaban vigilias en
las noches por sus rebaños. Mientras así sucedía, un ángel del Señor se
presentó ante ellos, por cual fueron sorprendidos y maravillados, porque la
gloria del Señor los rodeó de resplandor. Como es natural en estos casos, en
un instante ellos tuvieron un cierto temor, pues aún no sabían que hermosura
había tenido suceso por ese lugar. Pero el ángel les tranquilizo, y
dulcemente les dijo, Pastorcillos, no temáis, porque les doy muy buenas
noticias, estas son de gozo, entonces les traerá mucha alegría, además esta
será para todo el pueblo. Ellos, sin dejar a un lado la sorpresa, escucharon
atentamente al ángel, quien les dijo luego; hoy, en la ciudad de David, les
ha nacido un Salvador, que es Cristo el Señor. Unos a otros se miraban los pastores,
preguntándose a si mismo, el significado de esta grandiosa noticia. Así es,
como el ángel les dijo; esto les Servirá de señal: Hallarán al niño envuelto
en pañales y acostado en un pesebre. Aún no salían de su asombro, cuando de
repente Apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que
alababan a Dios y Decían: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la
tierra paz entre los hombres de buena voluntad! Entonces aconteció que, cuando los
ángeles se fueron de allí al cielo, los pastores tomaron la decisión de ir a
ver cual era la maravilla que se les había hecho saber. Así es como se
acercaron hasta aquel lugar donde había sucedido tan hermosa natividad, y ver
con sus ojos lo que el Señor les había dado a conocer. Los pastores se apresuraron, y nada
los detuvo hasta llegar a un establo, tradicional lugar cubierto en el que se
encierra y se guarda el ganado. Tímidamente, pero decididos, se asomaron y
hallaron a María y a José, y al niño recién nacido acostado en el pesebre. José, hombre de buen corazón, les dio
la bienvenida, y los hizo pasar, María, como siempre con su dulce mirada, les
sonrió para que se sintieran en confianza, así, ellos se acercaron. Ellos a
su vez, le dieron a conocer lo que les había sido dicho acerca de este
nacimiento por el ángel. Todos pusieron mucha atención al
relato de los pastores, así es como al oír tan bellas expresiones se
maravillaron. Además los pastores comentaron con gran detalle todo los que
les había sucedido. Sin embargo, María guardaba todas estas cosas,
meditándolas en su Corazón. Así es como los pastores, se
volvieron, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y por
todo cuanto habían visto, tal como a ellos se les había dicho. Así es como aconteció la natividad de
nuestro Salvador, en un pesebre, en un establo. No sabemos que animales
habían en aquel momento, pero en nuestra imagen del pesebre, representamos la
escena con una vaca, un burrito, un camello, un par de ovejas, animales
mansos y serviciales, también incorporamos a los pastores y a tres de los
reyes magos, todos ellos observando a la Virgen María y a su Esposo José, que
tiernamente adoran al niños Jesús. No nació el Hijo de Dios bajo un pino
o un abeto, por ese motivo este noble arbolito no representa nuestro
atractivo por los belenes o nacimientos, tampoco nos enternecen sus adornos,
ni menos nos conmueve la humildad en la cual nació Jesús, evitemos que las
ramas de estos árboles navideños no nos dejen ver las maravillas de nuestro
Salvador. Es así como le invito a que tengamos
en nuestros hogares un pesebre que nos recuerde el nacimiento del Hijo de
Dios, y oremos con alegría junto a el y que seamos como los pastores,
sencillos y humildes, acudiendo al pesebre a adorar a Jesús, e impidiendo que
las adornos de los abetos, no nos dejen ver la hermosa escena que nos
recuerda a nuestro Salvador. Les invito también, a celebrar la
fiesta del Nacimiento del Redentor, con mucho gozo y alegría, sin olvidar la
sobriedad con la cual el nació, sin un consumismo excesivo, especialmente
cuando hay muchos hermanos que sobreviven con lo imprescindible o con menos
de los que gastamos por esta fechas. No estoy tratando de decir que nos
abstengamos de consumir, solo que nos moderemos en hacerlo y que nuestra cena
navideña sea más solidaria con los que no pueden hacerlo. No dejaremos de
celebrar por ello el nacimiento de nuestro Salvador, sin embargo realizaremos
un gesto dotado de hermosura de compartir las alegrías y las penas de los que
no pueden cenar y hacer llegar no lo que nos sobre, si no lo que podamos
compartir a los que nada o poco tienen. Es un hecho que la Navidad nos
enternece el corazón, del mismo modo lo hace la publicidad utilizando con
frecuencia esta especial afinidad a lo sensible que todos tenemos en estas en
navidades. En efecto, nos volvemos más sensibles, más cariñosos, mas tiernos,
nos decimos cosas hermosas y nos deseamos los mejor, todo esto esta bien,
pero lo triste es que pasadas las fiestas estas manifestaciones vuelven a lo
ordinario de la vida. Entonces no olvidemos que un buen
regalo de navidad es regalar amor de verdad y duradero, y ese regalo no es
material. Este obsequio, será el mejor que recibirá nuestro Señor, que vino
al mundo solo para hacer el bien. Que la paz del Señor, les colme de
alegría y les haga regalar mucho amor, verdadero y por siempre. Con mucho amor para todos Pedro Sergio Antonio Donoso Brant Diciembre de 2005 |