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NAVIDAD
EN EL CARMELO TIEMPO
DE ADVIENTO CICLO A 2007 P. Julio Gonzalez Carretti OCD Para: Caminando con Jesus Pedro Sergio Antonio Donoso Brant |
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TIEMPO DE NAVIDAD Del
17 al 24 de Diciembre a.-
Gn. 49, 2. 8-10: No se apartará de Judá el cetro. b.-
Mt. 1, 1-17: Jesucristo, hijo de David. c.-
S. Juan de la Cruz: “Con esta buena esperanza/ que de arriba les venía, / el
tedio de sus trabajos/ mas leve se les hacía; / pero la esperanza larga; / y
el deseo que crecía/ de gozarse con su Esposo continuo les afligía;/ por lo
cual con oraciones,/ con suspiros y agonía, con lágrimas y gemidos/ le
rogaban noche y día /que ya se determinase / a les dar compañía” Romance
acerca de la creación (vv. 170-175). La
profecía de Jacob está por cumplirse: la soberanía de esta tribu alcanza su
esplendor en la persona de David y Salomón, que pertenecieron a este
conglomerado, pero que alcanza su cenit en Jesucristo, el león de la tribu de
Judá, a El pertenece el cetro, a El harán homenaje todos los pueblos (Gn. 49,
10). Es el retoño de David (Gn.49, 9), el Mesías- Rey, el que podrá abrir el
libro y sus siete sellos (Ap. 5, 5). La genealogía tanto de Mateo y de
Lucas, buscan establecer los antepasados naturales y judíos de Jesús. El
primero, parte de Abraham hasta José, esposo de María (Mt. 1, 1-17); mientras
tanto Lucas, comienza con José y termina en Adán (Lc. 3, 23-38). Lo
importante es conocer cómo Jesús es descendiente de Adán, cuyo creador es
Dios y como el Mesías no tiene padre de hombre alguno, sino que Dios es su
único Padre; por lo mismo es Hijo del
hombre, y con María inaugura un nuevo linaje humano (Jn. 1-18). Jesucristo
verdadero hombre y verdadero Dios es el nuevo Adán (Rm. 5, 12). Entre sus
antepasados hay personas ilustres para la fe judía y otros menos edificantes por su conducta respecto
a Dios. Vemos así como Jesucristo queda insertado en la humanidad justa y pecadora,
pero así y todo, Dios sigue actuando y orientando a la humanidad hacia la
plenitud, en el reino de los cielos. Jesucristo, hombre nuevo, se convierte en el
modelo de todo hombre que viene a este mundo, de toda la humanidad. Por ser el hombre nuevo,
esclarece el misterio del hombre, sólo a la luz de la Palabra hecha carne, el
hombre se descubre como tal. Adán, primer hombre, es figura del que tenía que
venir. El Cristo, como nuevo Adán, es rostro del amor del Padre, imagen del
Dios invisible (Col. 1,15) y su revelación total; su Persona manifiesta al
hombre lo que deber ser y le muestra la grandeza de su vocación (GS 22). Con la Encarnación del
Verbo, Dios se hace profano, se humaniza, para que el hombre entre en lo
sagrado, se divinice convirtiéndose en hijo de Dios. María Inmaculada, es la tierra
virgen donde Dios encuentra el apoyo humano para la maternidad divina de su
Hijo. María une el cielo y la tierra; en su seno se realizó el portento más
maravilloso: Dios se encuentra con el hombre en forma personal; personal
porque el hijo de Dios se hace hombre en María y se inserta en la humanidad.
Sin fe, esto puede sonar a otra cosa. Tan grande misterio se realizó en el
más absoluto silencio. A callar, y contemplar estos días, esa es la
motivación. El místico nos introduce en su
poesía pidiéndonos, que nos unamos a este coro que eleve oraciones para que
verdaderamente el Esposo, el Mesías venga a la vida de cada orante, de
aquellos que lo esperan con deseos de recibirlo como salvación en sus vidas.
La esperanza es larga si la conversión la acompaña. a.-
Jer. 23, 5-8: Suscitaré un germen
justo: Jahvé, justicia nuestra b.-
Mt. 1, 18-24: Jesucristo, engendrado en María por el Espíritu Santo. c.-
San Juan de la Cruz: “ Unos decían: “¡Oh si fuese /en mi tiempo el alegría!”
Otros: “¡Acaba, Señor; al que has de enviar, envía!” Otros: “¡Oh si ya
rompieses esos cielos, y vería/ con mis ojos que bajases, y mi llanto
cesaría” “Regad, nubes de lo alto, que la tierra lo pedía, / y ábrase ya la
tierra/ que espinas producía/ y produzca aquella flor/ con que ella
florecería!” Romance acerca de la creación (vv. 180-190). En este evangelio de las dudas de
José respecto a la maternidad de María su mujer, fijaremos la mirada
contemplativa, precisamente en él y en Ella, la madre virgen, esposa del
Espíritu Santo. El Germen justo entra en el linaje de David por medio de
José, cumpliéndose la palabra de Jeremías: ese Germen se llamará Dios es
nuestra justicia, es decir nuestra salvación. El ángel lo llamó precisamente
Jesús, es decir, Salvador, ese será su nombre, lo que define su misión. Ese mismo Espíritu que revoloteaba
sobre las aguas al comienzo del Génesis 1, 2, es el mismo que ahora, todo lo
hace nuevo en el seno purísimo de María Santísima. Es el Dios con nosotros,
la nueva creación con una nueva humanidad (Mt. 1, 20). José y María son
depositarios de estos misterios que nos dieron nueva vida, de ahí la veneración de la Iglesia por estos
esposos santos y por el sentido de la familia cristiana de la cual son
modelo, a seguir hoy y siempre. En este evangelio más que destacar
las dudas, legítimas de José, hay que alegrarse por la fe y la obediencia a
la misma que dieron él y María en el momento de la concepción del Mesías. El
anuncio del ángel a José establece que la criatura viene del Espíritu Santo y
que él será su padre legal (Mt. 1, 24). ÉL conocía la honradez de María, no
pudo dudar ni un instante desde del anuncio angélico. Quizá pensó que si los
planes de Dios eran esos, él no podía interferir; más aún si va a ser la
Madre del Mesías. ¿Qué papel cumplía él en todo este plan? Será el padre
legal, le responde el ángel, del hijo de su mujer, enviado para salvar al
pueblo de sus pecados (Mt. 1, 25). Vemos así como la fe vence a la duda, de
este modo José no sólo era parte de la genealogía o dinastía mesiánica de
David por la sangre, sino también por el dinamismo de la fe. José aparece como modelo de fe a la
hora de creer a la palabra de Dios por medio del ángel. La duda fue vencida
por la obediencia a la fe lo que equivale a entrar en el misterio de Dios,
oscuro pero no menos real. Su actitud lo convierte en modelo de fe bíblica,
es decir, en creyente que se adhiere al plan de Dios sólo porque ÉL se lo
pide. La vida del cristiano ha de ser un confiarse plenamente en la voluntad de
Dios, sin pedir garantías, es el modo más sublime de ejercitar nuestra fe.
José aprendió a convertir su existencia en una autentica vida teologal; el dinamismo que encierran las virtudes lo
hizo grande a los ojos de Dios. Las cualidades de este esposo son modelo para
todo creyente: fidelidad a la palabra de Dios; respeto a la economía
salvífica de Dios obrado en María, su mujer; laboriosidad y honradez; oración
y silencio; el vacío de sí mismo y
quizás lo más importante, su disponibilidad interior para aceptar la vocación
y misión que el Padre y el Espíritu Santo le confiaron. A nosotros también se nos confía el
mismo misterio que a José recibir a su Hijo en nuestra vida, convirtiéndola
en otro Nazaret, junto con María por la práctica de la Palabra de vida y el
amor a Dios y al prójimo. La esperanza del místico la hacemos nuestra desde
el momento que entramos en el camino de la vida cristiana, es decir, le
pedimos al Padre nos envíe a su Hijo cada día, en la Eucaristía: como Palabra
y como Pan de vida. El ruego de los hombres, hecho verso
por el místico, pronto será realidad: la tierra ya no producirá cardos y
espinas sino la única flor que convertirá en edén el corazón de los hombres
donde ÉL se recree. a.- Jc.
13, 2-7. 24-25: Concebirás y darás a luz un hijo: Sansón. b.-
Lc. 1, 5-25: Isabel, tu mujer te dará un hijo: Juan, el Bautista. c.-
San Juan de la Cruz: “Otros decían: “¡Oh dichoso/ el que en tal tiempo sería/
que merezca ver a Dios/ con los ojos tenía/ y tratarle con sus manos/ y andar
en su compañía y andar y gozar de los misterios/ que entonces ordenaría”
Romance acerca de la creación (vv. 195-200). Nos vamos de anuncios y
maternidades, queridas por Dios, en las lecturas bíblicas de hoy. Con Juan el
Bautista se concluye una serie de intervenciones divinas en relación a la
maternidad en futuras madres estériles o ancianidad. Ejemplos tenemos varios:
Sara, esposa de Abraham, da a luz a Isaac (Gn. 17, 18-22; 21, 1-8); Ana,
madre de Samuel (1Sam. 1-2); la esposa de Menoaj, era estéril, será madre de
Sansón (Jc. 13,1-25). Todos estos niños serán consagrados al servicio divino
por expresa voluntad de Dios; son un don del cielo. Las lecturas nos hablan de dos
mujeres estériles y ancianas que reciben el anuncio de la futura maternidad
de dos hijos, que son un don de Dios para su pueblo: Sansón y Juan el
Bautista. El primero será un baluarte contra los filisteos, por la fuerza
extraordinaria que Yahvé le concedió; el otro será el Precursor del Mesías
redentor; con un carisma especial: tendrá la fuerza y el espíritu de Elías,
para preparar un pueblo bien dispuesto para la venida de Cristo Jesús. Se confirma la preferencia de Dios
por los pobres y pequeños a la hora de elegir sus colaboradores en su plan de
salvación: mujeres ancianas y estériles. Eran no bien vistas en la sociedad
de aquel tiempo, sin embargo, Dios las introduce en la historia de la
salvación, no por sus méritos, sino que transforma su vergüenza en fuente de
vida y de alegría para ellas y los suyos. Eran pobres instrumentos pero en
las manos de Dios se transforman en eximias colaboradoras de sus designios.
En la debilidad de estos pobres instrumentos Dios manifiesta su poder y
gloria, su gratuidad en amarnos porque sólo El es bueno y santo. La actitud de estas mujeres es la de
quien se abre al don gratuito de Dios con fe y confianza generosa. La
exigencia de este tiempo de Adviento para recibir a este Hijo de lo alto, don
del Padre, deberá ser de apertura al
don gratuito que se nos otorga y de fe confiada y generosa. El don recibido,
se debe manifestar en la vida del creyente, en el testimonio diario, de quien
cree y confía en Dios y no duda que ese Hijo que viene de lo alto, siempre
seguirá viniendo a nuestra existencia cristiana. No podemos dudar, como Zacarías, del
amor de Dios a favor nuestro. Su duda nace de las circunstancias en que se
podría dar esa maternidad: su mujer anciana y estéril (Lc. 1, 18). Por haber creído a medias, se quedó mudo
hasta el nacimiento de Juan, su hijo. La actitud incrédula de Zacarías y de
otros favorecidos con este don de un hijo, contrasta con el Sí incondicional de María a la voluntad del
Padre: Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Mayor
gratuidad de parte de Dios se observa en este caso en que la Virgen María no
pide explícitamente ser la madre del Salvador, a Ella le es ofrecida la
posibilidad de serlo. Su Sí abre el misterio a su plena realización. Como Juan también nosotros estamos
llamados a ser embajadores de Dios en la sociedad, para que con alegría
nacida de la fe y del amor salvador
conduzcamos los hombres y mujeres de hoy a Cristo Jesús. En medio de
vosotros está Uno a quien vosotros no conocéis, decía Juan a los de su tiempo
(Jn. 1, 26-27), nosotros ya le conocemos por eso nuestro apostolado
consistirá en conducir a las gentes a
la fuente de nuestra fe y felicidad. Profetas mudos nunca sirvieron al Señor;
los que hablaron lo hicieron desde el Señor, es decir, acogieron sus designios. La esperanza de la que habla el místico
conduce al creyente hasta Belén donde queda cumplida toda esperanza. Si es
cierta nuestra espera, cierta debe ser también nuestra conversión, convertir
la propia existencia en otra Belén, donde
la Vida con rostro de Niño la recibimos de unas manos cariñosas, que nos lo ofrecen para que lo sostengamos,
para que lo acojamos con amor. Es tan pequeño y frágil…sin embargo es la
fuerza redentora de Dios. El místico nos invita a ver con los
ojos de la fe a Jesucristo presente en su Iglesia, en su Palabra, en su
Eucaristía, en el hermano. Ahí se encuentra
el mismo Jesús, que vieron y
contemplaron los ojos de sus contemporáneos; a diferencia de ellos nosotros
lo vemos y contemplamos a la luz de su misterio pascual. Revivirlo es todo el
desafío de la vida cristiana comprometida desde que nacimos a la gracia en la
fuente bautismal. El vivirlo y permanecer en él, es puro don y pura gracia,
nuestro esfuerzo humilde colaboración, porque esto también es dádiva divina. a.-
Is. 7, 10-14: La virgen va a dar a luz un hijo y le pondrá por nombre
Emmanuel. b.-
Lc. 1,26-38: La Anunciación. c.-
San Juan de la Cruz: “En aquellos y otros ruegos/ gran tiempo pasado había;
/pero en los postreros años/ el fervor mucho crecía, / cuando el viejo Simeón/
en deseo se encendía, / rogando a Dios que quisiese/ dejadle ver este día”
Romance acerca de la creación (vv. 205-210). El anuncio de Isaías a Acaz, es
porque busca realizar alianza con Asiria para librarse de la amenaza que
significan los reyes de Damasco en Aram y de Efraín en Samaría. No confiaba
en Dios; ese niño, el hijo que nacerá asegurará la dinastía davídica según la
promesa hecha por Dios por boca de Natán. El cumplimento inmediato de la
profecía es el nacimiento del hijo de Acaz, pero la plenitud de la profecía
se encuentra en Cristo Jesús. Mateo une esta profecía a María, la madre de
Jesús: “Todo esto sucedió para que cumpliese lo que había dicho el Señor por
el profeta: Mirad, la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por
nombre Emmanuel, lo que significa Dios con nosotros” (Mt.1, 22). Debido a
esto este pasaje del profeta y del evangelista siempre han tenido un sentido cristológico
y mariano. El Concilio Vaticano II, comentando el Sí de María y maternidad
divina busca presentar el paralelismo: Eva–María, pecado-salvación,
desobediencia-obediencia, libertad para el pecado y la redención (LG 56). La escena de la Anunciación quizás
no es historia sino la lectura pascual de la primera comunidad apostólica.
Quizá la experiencia de María se volcó a la escritura de ahí que nace la
escena evangélica salpicada de citas bíblicas. Como haya sido, para nosotros
cristianos, es dato de fe y debemos creer el misterio de la Encarnación. ¿Qué
nos dice este entrañable pasaje evangélico? Nos presenta un Padre que quiere
que su Hijo nazca de una mujer virgen por la fuerza creadora del Espíritu de
Dios. Por otra parte a la virgen se le
solicita ser madre de ese Hijo de Dios, la joven objeta el modo: no conoce varón,
el Espíritu será quien fecunde su seno. Para Dios no hay nada imposible; su
prima Isabel es la mejor prueba, siendo anciana y estéril, espera a Juan.
Este es, junto al misterio pascual, el
más grande misterio de la fe cristiana. De rodillas debemos adorar este
misterio admirable. El Sí de María, encierra el misterio
de nuestra salvación y su vocación en la historia de la misma. El “hágase” lo
vive en un continuo presente puesto que así va descubriendo los caminos
luminosos y oscuros de la fe. También la Iglesia y el cristiano en particular
hacen de su profesión de fe un “hágase” que debe permanecer vivo en el tiempo
para que la espiritualidad de la Encarnación no se convierta en mito sino en
historia de salvación hoy y siempre.
El Sí de María encierra la vida nueva del cristiano que llevada a su plenitud
en el misterio pascual de Cristo, es herencia para aquel que quiere ser hijo
de Dios y miembro de una comunidad llamada a ser fermento de la nueva
humanidad. El anciano Simeón, del que habla el
místico, es testigo de esperanza para
el que cree y ama en lo que está por venir, es decir, el cumplimiento de las
promesas y un cambio radical en nuestra vida cristiana. El orante si no es
testigo de espera y de esperanza no es verdadero orante cristiano. a.-
Cant. 2, 8-14: ¡La voz de mi Amado viene! Miradlo aquí llega. b.-
Lc. 1,39- 45: La Visitación. c.-
San Juan de la Cruz: “Y así el Espíritu Santo/ al buen viejo respondía/ que
le daba su palabra/ que la muerte no vería/ hasta que vida viese/ que de
arriba descendía, / y que él en sus mismas manos tomaría/ y le pondría en sus
brazos/ y consigo abrazaría” Romance acerca de la creación (vv. 215-220). La visitación de María a Isabel su
prima encierra varias revelaciones acerca del misterio de Aquella que está
llamada a ser Madre del Mesías. Isabel alaba la fe de María por haber creído
(Lc.1, 45). Es dichosa porque ha creído lo dicho por el Altísimo: se
cumplirá. Es una fe sin mácula de duda, toda luz, envuelta sí en las
tinieblas del cómo se realizará. Su avanzar es de verdad en verdad, de luz en
luz, que hace que el camino sea un avanzar en el misterio, empujada por la
fuerza del Espíritu, viento recio de un amor inspirado y correspondido,
deseado y vigoroso, que no conocía y no sabía que se podía dar en el corazón
humano. Tanto amor recibido y doblemente correspondido porque ama con el
mismo amor con que la ama Dios Trinidad. El amor divino provoca el gozo de
quien descubre la aurora de la salvación, el Amado está cerca, ya llega, de
ahí el gozo de Isabel y Juan en su vientre (Lc. 1, 41). Porque lo lleva en su
purísimo seno, es bendita entre todas las mujeres, y bendito es el fruto. Cristo, germen de
justicia y de paz, está por fructificar, por nacer, es el esperado por
generaciones: desde Adán pasando por Abraham, los profetas y justos, verán
dentro de poco florecidas sus esperanzas de redención y salvación (Lc. 1,
42). Isabel y María, tarde en caída y
aurora en todo su fulgor, son bendecidas con el don de la maternidad,
significativas por sus hijos, simbolizan ambos testamentos que unidos por el
misterio del Mesías que nacerá se abren a su pleno cumplimiento. Ambas
simbolizan la salvación hecha esperanza y espera; María es el cumplimiento de
la promesa, mujer nueva de la humanidad que será redimida. Es Arca de la
Nueva Alianza, que porta a Dios y la salvación en Ella, a semejanza del Arca
llevada a Jerusalén (cfr. 2 Sam.6).
Ambas están unidas más que por lazos familiares, por los lazos de la fe en
Dios y en el cumplimiento de sus promesas, de las cuales ambas, son humildes
instrumentos. Ambas han creído sin haber visto. Si bien la bienaventuranza va
dirigida a María, las dos han creído en la sola Palabra de Dios y por lo
mismo Jesús después de su resurrección considerará tales a todos los que sólo
por la fe creerán en Él , como le declaró al incrédulo Tomás (Jn.20, 29). En la realización del misterio de la
Encarnación es fundamental la cooperación de María su fe traducida en un Sí
generoso y fecundo. María, como enseña Agustín, es primero madre de Cristo
por la fe, aceptación del proyecto del Padre, antes que en su cuerpo; mayor
mérito es haber sido primero discípula de Cristo cumpliendo la voluntad del Padre,
que el haber sido la madre natural de Jesús (LG 53). María, es bienaventurada por la fe y
la palabra, porque cree y cumple la palabra del Señor. Bendita por el fruto
de su vientre, pero Jesús agregará, mucho más dichosa por haber escuchado y
cumplido la palabra de Dios (Lc.11, 27). El Sí de una criatura singular, por
cierto, le permite a Dios hacer historia su proyecto de salvación universal.
Es la redención que toca fondo humano y rescata lo humano para hacerlo
divino, desde el seno y del corazón de una mujer. María, mujer de fe y de
palabra, que cambia la historia personal de todo creyente, desde un Sí total
a Dios. La promesa del Espíritu para Simeón
es vida, porque podrá abrazar la salvación de Israel, como nos enseña en
verso Juan de la Cruz. Con la misma atención de este testigo de esperanza
debemos abrazar la vida teologal que nuestra condición de bautizados y
discípulos de Cristo nos proporciona: creer, esperar y amar son nuestra
tarjeta de embarque hacia la vida eterna. No la perdamos por el camino…por
otras de menor cuantía. a.-
1Sam. 1, 24-28: Ana favorecida por el nacimiento de Samuel. b.-
Lc. 1, 46-55: El Magnificat. c.-
San Juan de la Cruz: “Ya que el tiempo era llegado/ en que hacerse convenía /
el rescate de la esposa/ que en duro yugo servía/ debajo de aquella ley/ que
Moisés dado le había,/ el Padre con tierno amor/ de esta palabra decía: “Ya
ves, Hijo, que a tu esposa/ a tu imagen hecho había/ y en lo que a ti se
parece/ contigo bien convenía;/ pero difiere en la carne/ que en tu simple
ser no había. / En los amores perfectos/ esta ley se requería: que se haga
semejante/ el amante a quien quería; / que la mayor semejanza/ más deleite
contenía; el cual, sin duda, en tu esposa/ grandemente crecería/ si te viere
semejante/ en la carne que tenía” Romance acerca de la Encarnación (vv.
225-245). Hoy las lecturas nos hablan de
agradecimiento por las maravillas que obra el Señor en los humildes: Ana y
María. Ambas en diversas circunstancias elevan a Dios su “Canto” de
agradecimiento por las maravillas obradas en ellas. La razón de ambas son
los hijos que Dios les ha concedido en
forma portentosa: la estéril que da a luz a Samuel; la otra es madre del
Mesías por obra del Espíritu Santo. Ana vuelve al santuario de Silo,
después de haber pedido un hijo a Yahvé (1Sam 1, 11) y haber prometido que si
se lo concedía lo consagraba a su servicio; ahora Ana ya tiene al pequeño
Samuel entre sus brazos (v. 20) y lo presenta al Señor para consagrarlo a su
santo servicio (v. 28). Irrumpe luego en un canto de reconocimiento por el
portento obrado por el Señor en su vida: “Mi corazón exulta en Yahvé, mi
fuerza se apoya en Dios, mi boca se burla de mis enemigos, porque he gozado
de tu socorro…” (1Sam. 2, 1). Este
cántico de Ana, la madre de Samuel, es
prototipo del Magnificat de María, la madre de Jesús. En él encontramos la esperanza de los
humildes convertida en salmo de la época monárquica, que concluye con la
evocación del rey-mesías, el Úngido del Señor que vendrá (cfr. Sof. 2, 3). El
Magnificat en labios de María es mucho más personal; si bien recoge pasajes
de antiguos textos bíblicos que cantan la predilección de Dios por los más
pobres y desvalidos. Este cántico del Magnificat en
Adviento personifica a Quien se ha hecho Adviento por la espera gozosa de su
amado Hijo y recoge las esperanzas de la humanidad caída y levantada por la
dichosa espera de la redención que María encierra en su existencia de cara a
Dios. Hay que leerlo y meditarlo teniendo en cuenta la esperanza bíblica del
antiguo Israel, pero también con la luz pascual que la primitiva comunidad
cristiana le dio toda su altura,
anchura y profundidad. Será Jesucristo, quien lleve a cumplimiento el canto
de libración mesiánica que su Madre pronuncia a favor de los pequeños de
todos los tiempos. Serán los humildes ahora los protagonistas de la historia
de Dios con la humanidad y no los soberbios y poderosos de la tierra. Es el
nuevo pueblo de Dios que camina por vías de luz y oscuridad, pero que avanza
sostenido por la fuerza del Espíritu Santo, en la vía que Cristo abrió con su
cruz y resurrección. Este canto anuncia la liberación
hoy, de todos los males que sufre la humanidad. Ellos provienen de las
estructuras de injusticia que nacen de los sistemas políticos, ideológicos y
económicos. El Dios liberador busca establecer un orden nuevo de justicia, la
solidaridad y de paz universal. Es un proceso lento que invierte el orden
establecido aboliendo la prepotencia, la explotación y el dominio; se busca
que las bienaventuranzas de Cristo sean la bandera de trabajo y punto de partida
de la tarea social de los cristianos. El canto de María inserta a
Jesucristo, su Hijo, entre los humildes de la tierra, entre los pobres de
Dios, los preferidos o mejor preparados para recibir la salvación mesiánica
que anunció el propio Jesús de Nazaret. El Magnificat es un canto subversivo
y revolucionario, si se quiere, pero que lucha, no con las armas, que otro tipo de
revoluciones violentas y sanguinarias ha conocido la historia, sino con las armas de la fe y
la profecía. Las primeras quizá han liberado ha algunos, pero sin Dios,
fijando sus aspiraciones a realidades justas pero sin horizontes
trascendentes; la revolución del amor cristiano tiene a Dios por inspirador y
al hombre como centro; busca su plenitud
en lo humano y espiritual, es decir la comunión definitiva con Dios en el
amor. El místico nos introduce en el
diálogo entre el Padre y el Hijo; se encarnará el Hijo para hacerse
semejante, de carne, a la esposa que como Verbo, desposaría. Semejante sería el amante a la
esposa que quería y cuanto mayor sea la semejanza, mayor el amor que
encontraría, en Aquel que por ella se encarnaba, y en vuelo de amor su naturaleza asumiría. a.-
Mal. 3, 1-4. 23-24: Anuncio de la llegada del mensajero del Señor. b.-
Lc.1, 57-66: El mensajero ya está aquí. Nacimiento de Juan, el Bautista. c.-
San Juan de la Cruz: “Mi voluntad es la tuya/ el Hijo le respondía/ y la
gloria que yo tengo/ es tu voluntad ser mía;/ y a mí me conviene, Padre, / lo
que alteza decía, / porque de esta manera/ tu bondad más se vería;/ veráse tu
gran potencia, / justicia y sabiduría; / irélo a decir al mundo/ y noticia le
daría/ de tu belleza y dulzura/ de tu soberanía” (vv. 245-255). Anuncio y cumplimiento son las
características de estas lecturas bíblicas. Anuncio del profeta Malaquías,
que escribe contra los malos pastores de Israel. Tiempo de Esdras,
restauración religiosa del posexilio, hacia el s. V antes de Cristo. Vendrá
el mensajero del Señor, para prepararle el camino. Va a restaurar el culto,
como fuego que purifica y como lejía
que limpia; a los hijos de Leví, los acrisolará como oro y plata. Entonces
ofrecerán sacrificios legítimos a Yahvé (vv. 1-3). Elías vendrá antes del día del Señor,
reconciliando a los padres con los hijos, cumpliendo la Ley de Moisés. Su
misión será convertir los hombres a Dios y evitar así el desastre que podría
producir la ira divina. El evangelio ve en la figura de
Juan, según Jesús, cumplida la función de Elías, en la misión y actividades
llevadas a cabo por el Precursor. Favor de Dios significa su nombre, y
verdaderamente en él se resumen todos los favores de Dios a su pueblo: es el
último de los profetas del AT, orientados todos ellos a Cristo Jesús. La
propia existencia de Juan como Precursor está orientada a ÉL hasta dar
testimonio de sangre por Cristo Jesús porque lo conoció, lo presentó al
pueblo, lo reconoció como el Cordero sin mancha que quita los pecados del
mundo (Jn. 1,19-34). Con el poder de Elías viene Juan a este mundo, para
preparar un pueblo bien dispuesto a acoger al Mesías redentor. A un día de la llegada de nuestra
salvación aún estamos a tiempo para convertirnos y preparar el camino del
Señor hacia nuestra vida: ÉL viene. Abajemos la soberbia, el orgullo,
mediante la humildad; el sincero reconocimiento de nuestra condición
pecadora, y con la esperanza teologal
levantarnos a esperar nuestra salvación que viene. Si nos hemos preparado y
lo hemos esperado a nivel personal ciertamente será para convertirnos en mejores personas, mejores cristianos. A
nivel social significará trabajar por los derechos humanos, evitando todo
aquello que ofende la dignidad del ser humano. La conversión del Adviento pasa por
el cambio de mentalidad y de corazón; volver a beber en las fuentes del amor
y de la justicia, que germinan la paz para todos los hombres que Dios ama.
Llega Dios con una sonrisa de Niño; es Jesús, el Salvador, se merece la mejor
de las acogidas. El místico quiere que recibamos los regalos que este Niño
trae de lo alto: la belleza y la sabiduría; la potencia y la justicia de
Aquel que a su Hijo tanto quería. La noticia de su nacimiento a la humanidad
admirada dejaría, y la voluntad del Padre quedó así cumplida; y la esperanza
abrió los cielos para que descendiera el Verbo al seno de María, trayendo paz
y alegría. 8.-
DÍA 24 DE DICIEMBRE
a.- 2
Sam. 7, 1-5. 8-11.16: La dinastía de David durará para siempre. b.-
Lc. 1, 67-79: Canto de Zacarías: el Benedictus. c.-
S. Juan de la Cruz: “Iré a buscar a mi esposa/ y sobre mí tomaría/ sus
fatigas y trabajos/ en que tanto padecía; y porque ella vida tenga/ yo por
ella moriría/ y sacándola del lago/ a ti te la volvería. / Entonces llamó a
un arcángel /que san Gabriel se decía /y enviólo a una doncella /que se
llamaba María, /de cuyo consentimiento
/el misterio se hacía; /en el cual la Trinidad/ de carne al Verbo vestía; /y
aunque tres hacen la obra, / en el uno se hacía; y quedó el Verbo encarnado/
en el vientre de María” Romance acerca de la Encarnación (vv. 260-280). Hasta mediodía estamos todavía en
Adviento. Se celebra esta palabra que asegura la dinastía de David para siempre; y el canto de Zacarías evoca
al Sol que viene de lo alto, Dios viene a visitar a su pueblo. La profecía de Natán, asegura que
será Dios, y no David, quien le edifique
una casa y esta será para siempre mediante una dinastía: un reino
eterno. La profecía tiene un sentido, claramente mesiánico (2Sam. 7, 16). El Benedictus cantado por Zacarías a
Dios, una vez que recupera el habla, es porque se cumple la palabra de Dios:
el nacimiento de Juan. Este cántico, como el Magnificat, es un himno de
bendición y agradecimiento, culminando con una esperanzadora visión de lo que
viene con la actividad de Juan, el Precursor: preparar los caminos al Señor
Jesús. El Sol que viene de lo alto
iluminará esta noche santa: su
nacimiento es luz que brilla para los que viven en las tinieblas y en sombras
de muerte. Dios visita a su pueblo y la misma luz es sólo semejante a la que
brillará en el día de Pascua de Resurrección. A mayor indigencia en el
espíritu, mayor es el aprecio de la salvación que brilla en lo alto del
cielo. El Benedictus es un canto que
refleja la alegría de saber que Dios está entre los hombres, Dios redentor y
salvador. El hombre posmoderno parece tener hoy la felicidad en sus manos, al
menos, esa es la imagen que nos presenta la sociedad de consumo, sin embargo,
la imagen está muy lejos de la realidad, porque detrás de ella está el hombre necesitado de amor, de
un sentido para su vida… El pesimismo reinante no puede vencer la esperanza
cristiana que se canta en el Benedictus y el Magnificat, más aún, el
amor de Dios y el creer en él, la
respuesta necesaria a su amor, lo hace destinatario de su benevolencia y
misericordia. Servirle en su presencia con
santidad y justicia para siempre (Lc. 1, 74-75), es nuestra vocación
en la vida cristiana. Él guiará nuestros pasos por caminos de paz que nosotros le ayudamos a construir en
medo de la violencia generalizada que amenaza a la sociedad. Hoy el encuentro con Dios hecho
hombre viene a nuestra vida. Todas las generaciones bíblicas hasta Juan no
vieron al Mesías, después del precursor si han tenido la oportunidad que
venga Jesús a sus vidas, nosotros la tenemos hoy. El místico nos habla de
como el Verbo se viste de nuestra
naturaleza, de nuestra carne para venir a nuestro encuentro. Asume todo lo
humano, menos el pecado, para rescatar a la esposa, es decir, a la humanidad.
Con María y José, recibamos a Jesús…vamos hacia Belén ahí nos espera. P. Julio Gonzalez Carretti OCD Para: Caminando con Jesus |