|
NAVIDAD
EN EL CARMELO P. Julio Gonzalez Carretti OCD Para: Caminando con Jesus Pedro Sergio Antonio Donoso Brant |
|
TIEMPO DE NAVIDAD SOLEMNIDADES Y FIESTAS DEL TIEMPO DE NAVIDAD a.- Si. 3, 3-7. 14 -17: El teme al Señor honra a sus padres. b.- Col. 3, 12-21: La vida de familia vivida en el Señor. c.- Mt. 2, 13-15. 19-23: Toma al Niño y a su Madre y huye a Egipto. d.- Teresa de Lisieux: “¡Oh Reina de los mártires…Ya te ves obligada /a abandonar el suelo de tu patria
/por escapar, huyendo, /del furor sanguinario de un envidioso rey./ Jesús
duerme tranquilo/ bajo los suaves pliegues de tu velo/ cuando José te
advierte que hay que partir aprisa. /Y es pronta tu obediencia:/ tú partes
sin demora y sin razonamientos…/ ¿Qué te importa el destierro? ¿No es, acaso,
Jesús la patria de las patrias, la más bella? / Poseyéndole a él, tú posees
el cielo” (P. 54 Por qué te amor, María)
El libro del Sirácida
canta las alabanzas y bendiciones del
hijo que honra a su padre y a su madre. Cada uno de los versículos detalla
las actitudes que los hijos han de tener con sus progenitores. Quien los
honra, tendrá estos beneficios: se salvará, expiará sus pecados, acumulará
tesoros, recibirá a su vez alegría de sus propios hijos, su oración será
escuchada, tendrá larga vida, será bendecido, sus atenciones no serán
olvidadas por Dios y le servirá para reparar sus pecados, en la tribulación
el Señor se acordará de él. Este precioso texto
nos interpela a considerar a nuestros progenitores una verdadera bendición de
Dios para nuestras vidas, desde el momento que eran hombres y mujeres de fe y
con su existencia dejaron trasparentar la vida de Dios en ellos. Si no fue
así todavía estamos a tiempo de convertirnos, en perdonarles sus debilidades,
partiendo por reconocer la propia, y orar por ellos si ya no están; pero si
todavía se les puede asistir y ayudar en su ancianidad hay que hacerlo,
leyendo sus vidas desde el amor de Dios
y del prójimo. En estos últimos decenios
los lazos familiares están tan deteriorados que constatamos el total abandono
de que son objeto los ancianos que ha tenido que ser el Estado u otras
asociaciones de iglesia quienes los acogen y cuidan de sus necesidades más
básicas. Esta realidad afecta a países ricos y pobres, porque los hijos con
el afán materialista de asegurarse el futuro para ellos y sus hijos dejan de
lado a los padres ancianos en los hogares. Pagan para que los atiendan, pero
ellos los olvidan y muchos mueren sin el cariño de sus hijos, a quienes su
actitud resulta un verdadero interrogante. Después que lo dieron todo por
ellos, la ingratitud, es el pago que reciben. Cuidar niños y ancianos es
cuidarse es invertir en la propia familia y en su futuro. Pablo exhorta a la
familia cristiana a vivir su realidad hecha de fortalezas y debilidades a la
luz del Señor, es decir en su presencia buscando siempre lo que le agrada.
Las virtudes a practicar son válidas para todo cristiano: la misericordia, la
bondad, la humildad, mansedumbre, paciencia. Soportarse y perdonarse como el
Señor nos ha perdonado, no sin antes
revestirse de su infinito amor, para vivir lo enunciado al comienzo.
El sitio que le da a la Palabra de Dios es fundamental: habite en vosotros
con toda su riqueza. La Palabra está llamada a desplegarse en la realidad familiar para enriquecerla como
experiencia humana y cristiana. Sólo así se consiguen familias comprometidas
con su fe y con miras a ser heredada por sus hijos como un tesoro para el
futuro. La huida a Egipto revela
el drama de muchas familias cristianas que deben abandonar su patria por
motivos políticos y sociales. Esto supone un inmenso sufrimiento y desgaste
humano que si las personas no están fuertes en valores y en su fe, es muy
difícil que puedan surgir. María y José deben huir con el Niño a Egipto,
convertida en tierra prometida, como Moisés, que huye de la persecución que
se teje contra él. Esta familia está llamada a ser semilla del nuevo Israel,
la nueva estirpe y maravilloso ejemplo para todo el pueblo cristiano. ¿Qué
hay que imitar de ellos? Las virtudes
domésticas de las que hablaba Pablo y sobre todo de la unión en el
amor. Se debe seguir formando a los cristianos para vivir en familia, en
comunidad. Los jóvenes que habitualmente vienen de buenas familias
cristianas, son semilla de buenos matrimonios y nuevos núcleos familiares
cristianos. Incluso, la experiencia lo enseña, nacen excelentes vocaciones a
la vida de la Iglesia: matrimonios santos, sacerdocio, vida religiosa,
misioneros. Si bien el cambio de
modelo de familia patriarcal al moderno, por así llamarlo, es fundamental
reconocerlo, pero también es necesario
preguntarse por los valores que en uno y otro caso queramos salvar, renovar, más aún agregar, porque la realidad, la situación lo amerita,
lo exige. Todo cambia, mas hay valores
que rescatar si queremos salvar a la familia con miras al futuro. La familia
de Nazaret nos enseña la necesidad vital que tenemos de comunión en la vida y
en el amor. Estos valores son fundamentales, sin los cuales no hay verdadera
familia. La familia es el
mejor espacio para el crecimiento humano y social, basado en un amor que se
traduce en entrega, donación de la vida propia por el otro, esposos e hijos;
familia sin amor no se puede llamar tal en cristiano, ni siquiera en lo
meramente humano porque falta lo básico: la búsqueda de la felicidad del
otro. Lo contrario es amor egoísta que ve su necesidad para recibir y no da
nada a cambio; el egoísmo está haciendo estragos en el matrimonio y en la familia, en las
relaciones entre padres e hijos. Necesitamos relaciones interpersonales
basadas en el amor exclusivo, único, fiel, proyectado para toda la vida. El
verdadero amor solo se alimenta de sacrificios diarios, continuos por cada
integrante de la familia. Los hijos son de
Dios, primero, luego de los padres, fruto precioso de un amor unitivo y
abierto a la vida; su tarea, educarlos para vivir su libertad con
responsabilidad. Hacer de los hijos una propiedad, tomando decisiones por
ellos, o querer asegurase el futuro con ellos, es destruirlos. Hay que
estimularlos a vivir los valores del Evangelio, primero, con el propio
ejemplo, los padres, abiertos a la proyección del amor en lo social y
político. Es revivir en cada hogar cristiano, la Iglesia doméstica, verdadera
levadura en la masa de la humanidad (LG 31). Aquí está la misión de la
familia en la Iglesia y en la sociedad. La pequeña Teresa,
Doctora de la Iglesia, nos enseña que con Jesús, lo tenemos todo, en el
sentido, que es ÉL, quien da sentido a nuestro ser familia de Dios, si
tenemos en cuenta su Evangelio. 2.- SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS. a.- Núm. 6, 22-27: Bendición sobre el pueblo b.- Gál. 4, 4-7: Nacido de una mujer. c.- Lc. 2, 16-21: Le pusieron por Nombre Jesús. d.- Isabel de la Trinidad: “La actitud observada por la Virgen
durante los meses que trascurrieron entre la Anunciación y la Navidad debe
ser el ideal de las almas interiores, de esos seres que Dios ha elegido para
vivir dentro de sí, en el abismo sin fondo. ¡Con qué paz, con qué
recogimiento se sometía y se entregaba María a todas las cosas! Hasta las más
vulgares quedaban divinizadas en Ella pues la Virgen permanecía siendo la
adoradora del don de Dios en todos sus actos” (El cielo en la tierra. Día
décimo) . Comienzo del año
civil con María, Madre de Dios; jornada universal de oración por la paz en el
mundo. La bendición
israelita es una evocación de la perenne bendición de Dios para quienes buscan su Rostro, es lo que recibirán como
recompensa: el don de la paz y ÉL le será
propicio en su vida. Pablo, aporta el dato
histórico de la presencia de María, Madre de Dios, en la historia de la
salvación. El Verbo de Dios se ha insertado en el tejido de la historia
humana y por ello “nacido de mujer” (Gál. 4, 4). La filiación divina en
Cristo es una experiencia de vida, hijos de Dios, constituidos como tales por
el amor manifestado en Jesucristo de parte de Dios Padre, y no desde una
actitud de esclavos, puesto que su Espíritu es quien nos hace exclamar: Abbá,
Padre. Como hijos también herederos por voluntad de Dios. En María se realiza
el encuentro de Dios con la nueva humanidad, representada por Ella, para ser
rescatados por el Hijo, de la esclavitud de la Ley, y recibir la dignidad de
hijos de Dios. La Maternidad divina
de María, es dogma de fe. El Concilio de Éfeso definió lo que el pueblo de
Dios creía desde siempre. Condenó la doctrina de Nestorio: negaba lo humano
de Cristo creando una división entre el Jesús de Nazaret y el Hijo de Dios.
El problema no era mariano, sino cristológico, la encarnación del Verbo de
Dios, hacía a Cristo, Hijo de Dios, pero nacido de una mujer; esto fue causa
de error para Nestorio. Se afirma la única persona de Cristo con dos
naturalezas, la humana y la divina; concluye el concilio de Éfeso: que María
es Madre de Dios, por ser ella quien le dio la naturaleza humana a Cristo
Jesús. El Papa Pablo VI, en
su carta Marialis Cultus, afirma que el tiempo de Navidad constituye una
continua memoria de la maternidad divina, virginal y salvadora de María.
Celebramos el aporte humano de María
en la historia de la salvación y exaltar la dignidad que goza la Santa Madre
de Dios, por la cual recibimos al Autor de la vida (cfr. MC 5). La maternidad divina
de María, supone en ella un acto dinámico de fe y de obediencia a la voluntad
de Dios. Su participación es libre en la historia de la salvación de los
hombres; no es sólo pasividad en las manos del Padre, al contrario, coopera
activamente en su plan de salvación para la humanidad. María primero es Madre
de Dios por la fe, de ahí la alabanza de Isabel: Dichosa tú que has creído.
María primero creyó, luego concibió en su seno. Será San Agustín
quien subraya la estrecha relación que existe entre la fe de María y la concepción
del Hijo de Dios: María es más dichosa por haber concebido a su Hijo primero
por la fe, en su alma, antes que en su seno; tiene más dicha por ser
discípula de Cristo, haciendo la voluntad el Padre, que por haber sido la madre de Jesús.
Porque primero brotó en su corazón por la fe, luego lo concibió en su seno
como enseña el Concilio Vaticano II (LG
53. 56). La maternidad divina
es la razón por la se explica la grandeza y dignidad sin igual de María y la
clave que explica el misterio de Cristo y la Iglesia. Es la realidad más
profunda que explica el sentido de su vida y su participación en la misión
dentro del plan de economía de Dios Padre. El ángel le explica en la
Anunciación esa tarea, de su Sí,
depende buena parte del dinamismo salvífico de Dios para con la humanidad.
Los privilegios de la que fue objeto María de Nazaret, no se explican si no
es en función de esa maternidad divina: inmaculada concepción, virginidad
perpetua, asunción gloriosa a los cielos; prototipo de la Iglesia, madre espiritual
de la Iglesia; la devoción fiel del pueblo cristiano que acude a su Madre en
los momentos de gozo y de dolor; su oración perenne ante su Hijo por la
humanidad es reconocida por todos los cristianos. Si Dios se hace
hombre, es para el hombre, por participación, sea también divinizado en
Cristo Jesús, es decir, hijo de Dios en ÉL. El cimiento de toda esta realidad
está en la maternidad divina de María, que hace de estas realidades tan
distintas y distantes, tienda del encuentro entre Dios y el hombre caído.
Entonces se entiende que la participación de María, como Madre de Dios, sea
un servicio gratuito a toda la humanidad, por esto todas las generaciones
felicitarán a María a lo largo de la historia. Al respecto el Pablo VI
enseñaba: que María es verdadera hija de Eva, pero alejada de la mancha de la
madre y, nuestra hermana, que ha
compartido nuestra condición de pobreza y humildad (Marialis Cultus 56). Santa Madre de Dios, ruega por
nosotros, que somos pecadores. La Virgen del
Adviento, de la que habla Isabel de la Trinidad, es modelo de las almas orantes y
contemplativas que en María aprenden a dialogar con el Verbo de Dios en lo
interior de sus almas. Silencio, adoración, diálogo amoroso, son todas
cualidades para entablar una alabanza por el don de Dios hecho en Cristo
Jesús. Hacer de la existencia una adoración del don de Dios, es el éxtasis
del amor divino, en el alma del orante contemplativo. a.- Is. 60, 1-6: La gloria del Señor amanece sobre ti. b.- Ef. 3, 2-3. 5-6: También los gentiles son coherederos. c.- Mt. 2, 1-12: Venimos de Oriente para adorar al Rey. d.- Isabel de la Trinidad: “He visto brillar la estrella luminosa…la
voz del ángel me dijo: Recógete, es en tu alma donde el misterio se ha
cumplido. Jesús, esplendor del Padre, se ha encarnado en ti. Con la Virgen
Madre estrecha a tu Amado, El es tuyo” (P. 86
Navidad de 1902). La Epifanía es la
manifestación de Dios a todos los
pueblos de la tierra. Es la fiesta de los Reyes, la Epifanía del Señor; la universalidad de la salvación para todos
los hombres y naciones. Fiesta que
pasó a la iglesia latina en el s. IV desde la iglesia de Oriente. Isaías, nos presenta
su visión de apertura de la salvación más allá de las fronteras de Israel. La
gloria de Dios se manifiesta sobre Jerusalén, lugar de reunión de todos los
pueblos. Son los magos de Oriente quienes hoy representan a todos esas
naciones paganas llamadas a la fe, guiados por una estrella, vienen a adorar
al rey de los judíos. Se cumple en Cristo, la palabra de Isaías, también los
pueblos paganos pueden recibir el cumplimiento de las promesas hechas a
Israel. Pablo, ha sido
constituido en ministro del misterio de Cristo Jesús, por medio de la
revelación hecha camino a Damasco: también los gentiles están llamados a la
salvación, más aún, coherederos, miembros del cuerpo y partícipes de la
promesa en Cristo por medio del Evangelio (cfr. Gál. 3, 6). Es la gran
noticia de Pablo al mundo gentil: el Evangelio es también para los no judíos,
también ellos pueden ser discípulos de Cristo si lo aceptan en su vida. Esta
noticia es tan actual como por primera vez la comunica y escribe el apóstol:
Cristo está vivo y sigue convocando a su Iglesia a todos los hombres de la
tierra. Oírla vale la pena porque está abierta la posibilidad cierta que el
hombre de hoy encuentre la felicidad que tanto ansía, los valores perenne que
dan sentido a su existencia… El evangelio nos
presenta a estos sabios de Oriente preguntando: “¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Vimos
su estrella en Oriente y venimos adorarle” (Mt. 2, 1-2). Llama la atención
que sean paganos quienes vengan a adorar al Niño Dios, pero no es el único
ejemplo en la Biblia: Balaam anuncia la estrella de Jacob y el cetro de
Israel (Nm. 24,17) y la reina de Saba viene a conocer la sabiduría de Salomón
(1Re.10). Pero si esto nos llama la atención, la fe de los magos y de los
pastores, más extraña es la falta de
fe del pueblo elegido, las autoridades religiosas, Herodes, etc. La luz de la
Epifanía brilla sobre las tinieblas de la falta de fe. Si nos preguntaran:
¿Dónde está tu Dios? ¿Cuál sería nuestra respuesta? Ellos, los sabios,
preguntaron y se pusieron en camino en busca del mesías-rey. ¿Qué
encontraron? Un Niño en brazos de su madre. El ambiente era humilde y pobre,
sin embargo, lo homenajearon como hombre y como rey. Los maestros de la Ley
de Jerusalén sabían donde iba a nacer, en Belén, pero no fueron en su busca y
cuando se manifestó a Israel, tampoco le creyeron. ¿Cuál es la imagen que
presentamos de Jesús al que lo busca hoy, como los sabios de Oriente? Ideas
acerca de Cristo, conceptos fríos, devociones…El hombre de hoy quiere un
contacto real, vivo palpable con Jesús de Nazaret. No sea que, en lugar de
ser un testimonio de Cristo nuestra
vida, sea todo lo contrario, una velación o desfiguración de la revelación
hecha por Jesucristo (cfr. GS 19). Seamos como la estrella que guíe a los
hombres hacia el Señor, tienda de encuentro y no de dispersión. Si nuestra existencia
cristiana no es manifestación de un Cristo vivo, entonces todas nuestras
celebraciones litúrgicas, son culto vacío, puro ritualismo sin el sentido profundo del misterio del Dios
hecho Hombre. La vida del cristiano debe ser una continua manifestación del
misterio de Dios hecho carne por nosotros. A los cristianos se nos confió el
Evangelio y su predicación, se confió la comunidad eclesial, recinto donde se
encuentra a Dios vivo en la celebración de los misterios de la fe, a nosotros se nos confió la misión de
anunciar el Kerigma a los hombres de todos los tiempos. El discípulo es
imagen de Dios y lugar de encuentro para el que no cree, pero busca a
Dios. Los discípulos son
sal, luz, levadura para la comunidad y
la humanidad, si dejan de serlo: ¿Dónde encontrarán los hombres los signos visibles
de Dios si no es en ellos? Si dejamos de ser luz, sal y levadura, los hombres
no encontrarán nada y se volverán cada uno por su camino desesperanzados,
defraudados de los cristianos y del Dios nuestro. Sólo el dinamismo del
testimonio de los discípulos de Cristo hace visible a Dios en nuestra
sociedad y teniendo claro que los valores del reino: justicia, verdad, amor,
paz, reconciliación, etc. son el mejor patrimonio del testigo a la hora de
querer evangelizar. Ser profetas de lo invisible y de Jesucristo el Señor nos
convierte en embajadores del Evangelio para los hombres de hoy. Queda latente la
pregunta: ¿Soy manifestación de Dios para la sociedad en la que vivo?
¿Encontrarán los sabios de este mundo en mi testimonio, una sabiduría mayor
que los guía a Dios? El autentico discípulo siempre es manifestación de Dios vivo, hoy con rostro de Niño adorable:
un Niño nos ha nacido, un Hijo se nos ha dado (Is. 9, 5). De la luz de su mirada que se releja en los
nuestros, pende todo testimonio que de
ÉL podamos dar hoy. Isabel de la Trinidad
nos exhorta a hacer nuestro el misterio celebrado: hemos visto nacer su
estrella en el firmamento de nuestra
fe ahora abrazar el misterio es descubrirlo en lo interior de nuestras
existencias iluminándolas, pero sobre todo amándonos. Luz y calor en lo interior vida nueva en todo
nuestro ser. a.- Is. 42, 1-4. 6-7: Mirad a
mi siervo a quien prefiero. b.- Heb. 10, 34-38: Dios ungió a Jesús con la fuerza del Espíritu. c.- Mt. 3, 13-17: Bautismo de
Jesús. d.- Isabel de la Trinidad: “Mis queridas sobrinitas…vuestra tía os
contempla a la luz de la fe, descubre en vosotras una impronta de grandeza
infinita porque Dios os tuvo presente en su pensamiento desde la eternidad.
Os predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo Jesucristo (Rm. 8,
29), os revistió de ÉL en el santo Bautismo y, de este modo os hizo a la vez,
sus hijas y sus templos vivos (Col. 3, 9; Ef. 1, 4; 1 Cor. 3, 16)” (Cta. 220). Las lecturas son un retrato de lo que es Jesucristo, el
Hijo de Dios, el Mesías, el Señor. El Bautismo de Jesús, posee dos testigos,
el eterno Padre y el Espíritu Santo en el cielo y Juan el Bautista, en la
tierra. Ese bautismo es figura de nuestra incorporación a Cristo Jesús, es
decir, de nuestro bautismo, inicio de nuestra filiación divina e
incorporación en la comunidad eclesial y por lo mismo herederos de la vida
eterna. Isaías nos anuncia la
figura y la misión del Siervo de Yahvé. Sus cualidades son ser manso y
paciente, fiel y justo; será alianza para su pueblo, luz de las naciones,
liberador de aquellos que sufren. Jesús de Nazaret, es el Siervo de Yahvé que anuncia el
profeta. Es en el Evangelio donde encontramos el
mayor y mejor testimonio sobre Jesús de
parte de Juan Bautista, el Espíritu Santo y él Padre eterno. Es Juan
quien lo reconoce en la fila de los pecadores para bautizarse. El Precursor
contempla frente a sí al Mesías de Dios y el abrirse los cielos para que
descienda el Espíritu Santo en forma de paloma, sobre Jesús. La voz
inconfundible del Padre: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco”.
Asistimos a la investidura de Jesús de Nazaret como Mesías, como Salvador;
estamos al inicio de su misión profética. Esta fiesta del
Bautismo de Jesús, tiene otra connotación importante, la de manifestar la
riqueza del misterio del nuevo bautismo realizado en agua y con Espíritu
Santo. Meditemos en forma personal y eclesial acerca de nuestra condición de
bautizados, en una sociedad pagana como la nuestra. Consideremos que por el
Bautismo participamos en el misterio pascual de Cristo, misterio hecho de
muerte y resurrección, de reconciliación y de gracia. Misterio pascual hecho
de muerte al pecado en nuestra carne y de resurrección, la vida nueva del
resucitado en nosotros por medio de la Eucaristía. Este bautismo que
hemos recibido cuando niños o adultos, confirmado por nuestro sí personal
luego en el sacramento del mismo nombre, es nuestra carta de identidad ante Dios, la Iglesia y sobre todo ante la
sociedad. La vida en Dios que nos posibilita el Bautismo, es puro don de Dios
y de nuestros progenitores que quisieron lo mejor para nosotros. Que te has
bautizado de mayor, mejor decisión todavía, pero el mismo don y gracia que
todos los bautizados. El amor infinito de Dios y e de nuestros padres nos
precedió en la vida natural y la vida sobrenatural o de gracia. El mayor
regalo que nos hicieron nuestros padres, además de darnos la vida, fue
hacernos bautizar, ser cristianos, para ser contado en esa muchedumbre de
testigos que desde el cielo nos estimulan a ser también nosotros, en nuestro
tiempo: testigos de Jesús resucitado. La mirada luminosa de
fe que hay en los ojos de Isabel de la Trinidad, le permite contemplar el
misterio trinitario habitando el alma de sus pequeñas sobrinas. Se han
convertido en templos del Amor divino e hijas de Dios. Revestidos de
Jesucristo y llamados a ser conformes a ÉL, para ser reconocidos por el Padre en el amor y
en la herencia prometida por el Hijo. P. Julio Gonzalez Carretti OCD Para: Caminando con Jesus |