Reflexión desde las Lecturas del Domingo de La Sagrada Familia, Ciclo B

Autor: Pedro Sergio Antonio Donoso Brant


1.    LA SAGRADA FAMILIA

Pertenencia exclusiva de Dios: «Llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor». Jesús es ofrecido, consagrado a Dios. María y José saben que Jesús es santo (Lc 1,35), que ha sido consagrado por el Espíritu Santo. No necesita ser consagrado, pues ya está consagrado desde el momento mismo de su concepción. Sin embargo, realizan este pacto para ratificar públicamente que Jesús pertenece a Dios, que es pertenencia exclusiva del Padre y por consiguiente sólo a sus cosas se va a dedicar (Lc 2,49).

También nosotros estamos consagrados a Él por el bautismo. No es cuestión de que nos consagremos a Dios, sino de tomar conciencia de que ya lo estamos y que cuando no vivimos así, estamos profanando y degradando nuestra condición y nuestra dignidad de hijos de Dios.

«Éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten». Ya desde el inicio Jesús es signo de contradicción. Lo fue durante toda su vida terrena y lo seguirá siendo hasta el fin de los tiempos. También durante este año litúrgico. El Señor se nos irá revelando y conviene tener presente que existe el peligro de que le rechacemos cuando sus planes y sus caminos no coincidan con los nuestros, cuando sus exigencias nos parezcan excesivas, cuando la cruz se presente en nuestra vida... Para que no rechacemos a Cristo necesitamos la actitud de Simón y de Ana, los pobres de Yahvé que lo esperan todo de Dios y que no le ponen condiciones. « ¡Dichoso aquel que no se sienta escandalizado por mí!» (Mt 11,6).

Por otra parte, si Cristo se presenta ya desde el principio como signo de contradicción –que llegará a su culmen en la cruz–, esto nos debe hacer examinar cómo le manifestamos. No debe extrañarnos que el mundo nos odie por ser cristianos (Jn 15,19-20). Más bien debería sorprendernos que nuestra vida no choque ni provoque reacciones en un mundo totalmente pagano. ¿No será que hemos dejado de ser luz del mundo y sal de la tierra?

Modelo de toda familia: En estos versículos del evangelio de la infancia se nos presenta la familia de Nazaret como modelo de toda familia cristiana. En primer lugar, todo el episodio está marcado por el hecho de cumplir la ley del Señor –cinco veces aparece la expresión en estos pocos versículos–. San Lucas subraya cómo María y José cumplen con todo detalle lo que manda la ley santa; lejos de sentirse dispensados, se someten dócilmente a ella. De igual modo, no puede haber familia auténticamente cristiana si no está modelada toda ella, en todos sus planeamientos y detalles, según la ley de Dios, según sus mandamientos y su voluntad.

Por otra parte, para los israelitas, presentar el hijo primogénito en el santuario era reconocer que pertenecía a Dios (Ex 13,2). Más que nadie, Jesús pertenece a Dios, pues es el Hijo del Altísimo (Lc 1,32). Este gesto es muy iluminador para toda familia, que ha de recibir cada nuevo hijo como un don precioso de Dios, que es el verdadero Padre (Mt 23,9), y ha de saber ofrecerle de nuevo a Dios, sabiendo para toda la vida que en realidad ese hijo no les pertenece a ellos, sino a Dios; por lo cual han de educarle según la voluntad del Señor, no la suya propia, de manera que crezca en gracia y sabiduría.

En la vida de la familia de Nazaret también está presente la cruz. Jesús es signo de contradicción y a María una espada le traspasa el alma. ¡Qué consolador para una familia cristiana saber que José, María y Jesús han sufrido antes que ellos y más que ellos! También en esas situaciones de dificultad, de enfermedad, de persecución por sus convicciones y conducta cristiana, lo decisivo es saber que «la gracia de Dios les acompaña».

2.    PRIMERA LECTURA

Gn15, 1-6; 17,5; 21, 1-3

Lectura del libro del Génesis.

En aquellos días, la palabra del Señor llegó a Abrám en una visión, en estos términos: ”No temas, Abrám. Yo soy para ti un escudo. Tu recompensa será muy grande” Señor, respondió Abrám, ¿para qué me darás algo, si yo sigo sin tener hijos y el heredero de mi casa será Eliezer de Damasco?”. Después añadió: “Tú no me has dado un descendiente, y un servidor de mi casa será mi heredero”. Entonces el Señor le dirigió esta palabra: “No, ese no será tu heredero; tu heredero será alguien que nacerá de ti”. Luego lo llevó afuera y continuó diciéndole: “Mira hacia el cielo y, si puedes, cuenta las estrellas”, Y añadió: “Así será tu descendencia”. Abrám creyó en el Señor, y el Señor se lo tuvo en cuenta para su justificación. Y le dijo: “Ya no te llamarás más Abrám: en adelante tu nombre será Abraham, para indicar que Yo te he constituido Padre de la multitud de naciones”. El Señor visitó a Sara como lo había dicho, y obró con ella conforme a su promesa. En el momento, anunciado por Dios, Sara concibió y dio un hijo a Abraham, que ya era ansia. Cuando nació el niño que le dio Abraham le puso el nombre de Isaac

Palabra de Dios.

2.1         TU RECOMPENSA SERÁ MUY GRANDE

En el momento de llamar a Abraham, había hecho Dios una promesa al patriarca. Después de los sucesos pasados, el Señor se la quiso ratificar con un rito solemne. El historiador presenta a Abraham como un profeta que recibe una comunicación divina directa. La aparición “en visión” es característica de los escritos profetices. A las ansias e incertidumbres íntimas del patriarca, Dios le dice en una “visión”: ”No temas, Abrám. Yo soy para ti un escudo. Tu recompensa será muy grande”. Quizá las palabras aludan a los peligros superados por Abraham. La recompensa será la posesión de la tierra prometida. Pero el patriarca expresa con tristeza el poco provecho que saca de la simple “promesa”: ¿para qué me darás algo, si yo sigo sin tener hijos y el heredero de mi casa será Eliezer de Damasco?”. Ante esta triste realidad, nada de lo que puede prometerle tiene valor, ya que su heredero será su siervo Eliezer. ¿De qué le servirá que Dios le haga rico y poseedor de la tierra de Canaán, si no tiene hijos? Al morir le sucederá como heredero su siervo, que se convertirá en hijo “adoptivo.” Según la costumbre que imperaba en las relaciones jurídico-sociales, no serían los parientes próximos a Abraham (como su sobrino Lot) los herederos, sino su siervo, “hijo de su casa” o nacido en ella. Ahora Dios le asegura que le heredará uno salido de sus entrañas;  “No, ese no será tu heredero; tu heredero será alguien que nacerá de ti”, la promesa no especifica quién ha de ser la madre. Sara propondrá que sea Agar la que dé hijos a Abraham, ya que ella no tiene esperanzas. Para confirmarle en su promesa, Dios sacó al campo a Abraham para que contemplara el cielo estrellado, y le invitó a contar las innumerables estrellas, que son un símbolo de la innumerable descendencia que le está reservada; “Mira hacia el cielo y, si puedes, cuenta las estrellas”, Y añadió: “Así será tu descendencia”. Abraham creyó ciegamente en las palabras de Dios, y le fue reputado por justicia, es decir, su acto extraordinario de fe dio la medida de la justicia o “santidad” del patriarca. En ello Dios reconoció que era “justo” y recto. San Pablo comenta las palabras divinas: “Abraham, contra toda esperanza, creyó que había de ser padre de muchas naciones, según lo dicho: “Así será tu descendencia,” y no flaqueó en la fe al considerar su cuerpo sin vigor, pues era casi centenario y estaba amortiguado el seno de Sara, sino que, ante la promesa de Dios, no vaciló, dejándose llevar de la incredulidad; antes, fortalecido por la fe, dio gloria a Dios, convencido de que Dios era poderoso para cumplir lo que había prometido, y por esto le fue computado a justicia. Y no sólo por él está escrito, sino también por nosotros, a quienes se otorga la justicia mediante la fe en Jesucristo.” (5 Rom 4:18-28) Es el mejor y más autorizado comentario. Este acto de fe era más meritorio que el de la obediencia hecha al salir por orden de Dios de su parentela para entrar en Canaán. Matatías recuerda a sus hijos al morir este texto del Génesis. (1 Mac 2:52)

Por fin llega el ansiado cumplimiento de la promesa, pues visitó el Señor a Sara, es decir, le otorgó su gracia y bendición. El niño Isaac fue circuncidado al octavo día, como estaba prescrito en el pacto.

3.    SALMO

Sal 104, 1-6. 8-9

R. El Señor, se acuerda eternamente de su Alianza.

Den gracias al Señor, invoquen su Nombre, hagan conocer entre los pueblos sus proezas; canten al Señor con instrumentos musicales, pregonen todas sus maravillas! R.

Gloríense en su santo Nombre, alégrense los que buscan al Señor! ¡Recurran al Señor y a su poder, busquen constantemente su rostro! R.

¡Recuerden las maravillas que Él obró, sus portentos y los juicios de su boca! Las promesas del Señor a los Patriarcas Descendientes de Abraham, su servidor, hijos de Jacob, su elegido. R.

Él se acuerda eternamente de su Alianza, de la palabra que dio por mil generaciones, del pacto que selló con Abraham, del juramento que hizo a Isaac. R.

3.1         LA FIDELIDAD DE DIOS

En este salmo se trata de cantar la fidelidad de Dios al pacto contraído con Abraham relativo a la posesión de la tierra de Canaán por su descendencia. El poeta señala las diversas vicisitudes del pueblo hebreo desde los tiempos patriarcales hasta la instalación en la tierra prometida, pasando por la dura esclavitud de Egipto y su maravillosa liberación bajo la égida de Moisés. Pero la posesión de la tierra de Canaán no constituye más que las primicias de otro dominio más amplio sobre los pueblos por parte de la progenie de Abraham. Esta historia privilegiada exige por parte de los israelitas una fidelidad extrema a los preceptos de su Dios. El salmista no relata los castigos que a través de los siglos sufrió la comunidad hebrea, como aparece en otras composiciones del Salterio, sino que se limita a destacar la benevolencia y protección divina hacia el pueblo elegido. Así, pues, este salmo es fundamentalmente de acción de gracias y de instrucción para los israelitas. El salmo siguiente, en cambio, es de penitencia. Es como el reverso de éste, pues en él se describen las rebeldías contra Yahvé del pueblo a través de la historia, las infidelidades a su vocación excepcional.

El primer verso, “Den gracias al Señor, invoquen su Nombre, hagan conocer entre los pueblos sus proezas; canten al Señor con instrumentos musicales, pregonen todas sus maravillas!”, está tomado de Is 12:4 y refleja el estado eufórico del poeta, que quiere recordar las maravillas del Señor en favor de su pueblo. “¡Recuerden las maravillas que Él obró, sus portentos y los juicios de su boca!.” Insistentemente invita a sus compatriotas a alegrarse en el Señor y a vivir vinculados a Él, pues forman la porción selecta entre todos los pueblos. Las sentencias de su boca son los decretos punitivos que ha decidido contra los enemigos de Israel a través de la historia. Esta conducta no es sino la confirmación de la alianza que había hecho con el gran antepasado Abraham, en la que iba implicada una promesa de protección y bendición a través de las generaciones; “Las promesas del Señor a los Patriarcas Descendientes de Abraham, su servidor, hijos de Jacob, su elegido.” Pero, además, en el pacto con Abraham le prometió dar a sus descendientes la tierra de Canaán. Esta promesa fue confirmada a Isaac y a Jacob.

4.    SEGUNDA LECTURA

Lectura de la carta a los Hebreos. 11,8. 11-12. 17-19

Hermanos: Por la fe, Abraham, obedeciendo al llamado de Dios, partió hacia el lugar que iba a recibir en herencia, sin saber a dónde iba. También la estéril Sara, por la fe, recibió el poder de concebir, a pesar de su edad avanzada, porque juzgó digno de fe al que se lo prometía. Y por eso, de un solo hombre, y de un hombre ya cercano a la muerte, nació una descendencia numerosa como las estrellas del cielo e incontable como la arena que está a la orilla del mar. Por la fe, Abraham, cuando fue puesto a prueba, presentó a Isaac como ofrenda: él ofrecía a su hijo único, al heredero de las promesas, a aquel de quien se había anunciado: De Isaac nacerá la descendencia que llevará tu nombre. Y lo ofreció, porque pensaba que Dios tenía poder, aun para resucitar a los muertos. Por eso recuperó a su hijo, y esto fue como un símbolo.

Palabra de Dios.

4.1         POR LA FE DE ABRAHAM

Entre los patriarcas ocupa un lugar del todo singular Abraham, y de él se habla aquí de modo especial, al que se unen los nombres de Sara, su mujer, y los de Isaac, Jacob y José (cf. Gen n, 27-50:26). Por lo que respecta a Abraham, se alaba su fe en tres momentos sobre todo de su vida: al abandonar su patria para ir a morar en tierra extraña; Por la fe, Abraham, obedeciendo al llamado de Dios, partió hacia el lugar que iba a recibir en herencia, sin saber a dónde iba”, al recibir junto con Sara el anuncio de que tendrían un hijo; “Por la fe, Abraham, obedeciendo al llamado de Dios, partió hacia el lugar que iba a recibir en herencia, sin saber a dónde iba.”, al exigírsele que inmolase a ese hijo; “Por la fe, Abraham, cuando fue puesto a prueba, presentó a Isaac como ofrenda: él ofrecía a su hijo único, al heredero de las promesas, a aquel de quien se había anunciado”. Respecto a Isaac, se alaba su fe en las promesas de Dios cuando, ya moribundo, bendice a sus hijos (Gen 27:1-40); igual se hace respecto de Jacob, bendiciendo a los hijos de José (Gen 48:1-20). Por lo que toca a José, resplandece claramente esa misma fe en sus disposiciones finales poco antes de morir (Gen 50:24-25).

De todos ellos, en reflexión de conjunto, se dice que “murieron sin recibir las promesas, pero viéndolas de lejos y saludándolas” (v.13). Esas promesas, lo mismo por lo que se refería a la posesión material de la tierra de Canaán que por lo que se refería a la salud mesiánica, se cumplirían sólo muchos años más tarde; sin embargo, su fe no viene a menos, sino que de lejos las ven cumplidas en sus descendientes y se alegran (cf. Jn 8:56).

Por la fe estaba seguro de que el Señor habría sido incluso «capaz de resucitar a los muertos: por esto lo recobró y fue como un símbolo: “Y lo ofreció, porque pensaba que Dios tenía poder, aun para resucitar a los muertos. Por eso recuperó a su hijo, y esto fue como un símbolo.” Toda la existencia de Abraham, de Sara y de los demás patriarcas está determinada por su fe. Y esta fe encuentra su fundamento en el hecho de que ellos se consideraron huéspedes y peregrinos sobre la tierra, aspirando sólo a la ciudad que Dios les había preparado.

Abraham, cuando pidió a los Hititas un terreno donde sepultar a su esposa Sara declaró que él «era forastero y de paso en aquella tierra» (Gn 23,4). Los patriarcas jamás pensaron retomar a su tierra de origen, la patria terrena de Mesopotamia, porque aspiraban sólo a la patria que Dios había preparado para ellos.

La fe de los patriarcas es seguridad del cumplimiento de la esperanza (cf. Heb 10,19-25), es comprender la vida con la mirada puesta en Dios y no sobre nuestro pequeño mundo

5.    EVANGELIO

Lc 2, 22-40

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas.

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en Él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo: “Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones pagas y gloria de tu pueblo Israel”. Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de Él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: “Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos”. Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con El.

Palabra de Señor

5.1 LO HICIERON PARA DARNOS UN EJEMPLO A NOSOTROS, QUE SOMOS PECADORES Y PENITENTES.

El Evangelio nos relata la purificación de la Santísima Virgen, y la presentación de Jesús en el templo. Ellos no estaban obligados a hacerlo, es decir obligado a estas leyes, entonces San Bernardo nos da una explicación de que lo hicieron no por necesidad de ser purificados, o el ser circuncidado, lo hicieron para darnos un ejemplo a nosotros, que somos pecadores y penitentes.

5.2 “CUANDO LLEGÓ EL DÍA FIJADO POR LA LEY DE MOISÉS PARA LA PURIFICACIÓN”.

A fin de comprender mejor este fragmento del evangelio, comento lo siguiente: dice al comienzo, “Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación”. En Levíticos, 12, 1-8, están fijadas la obligaciones a las que se refieren, que cuando una mujer concibe y da a luz a un hijo Varón, es considerada impura por un período siete días, al octavo debe circundar al hijo, y luego debe permanecer treinta y tres días más impura, no debe tocar nada santo ni puede concurrir al santuario. Si da a luz una hija, el tiempo aumenta a ochenta días. Luego continúa "Cuando se cumplan los Días de su Purificación, por un hijo o por una hija, Llevará al sacerdote un cordero de un año para el holocausto, y un Pichón de paloma o una Tórtola para el sacrificio por el pecado. Pero si no tiene lo suficiente para un cordero, traerá dos Tórtolas o dos pichones de paloma, el uno para el holocausto y el otro para el sacrificio por el pecado. El sacerdote hará expiación por ella, y quedará purificada."

Este es el caso de María, que además era pobre. Estas ofrendas, una era sacrificada en holocausto de adoración, y la otra por el “pecado”. Pero no se refiere a un “pecado mortal”, sino a algo legal, por el hecho del alumbramiento, en donde se habla de estos sacrificios de expiación por haber transgredido algo prohibido “legalmente”, como por ejemplo tocar un cadáver o un reptil prohibido, y si lo hiciese incluso sin darse cuenta, debe confesar su pecado.

5.3 LLEVARON AL NIÑO A JERUSALÉN PARA PRESENTARLO AL SEÑOR

Sigue el evangelio: “Llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: “Todo varón primogénito será consagrado al Señor”. “Conságrame todo primogénito” (Ex 13,2) Al principio los “primogénitos” estaban destinados al culto, pero luego se sustituyó este sacerdocio por la tribu de Leví y quedó establecido un simbólico “rescate” de estos primogénitos. María aprovechó para llevar consigo al Niño y hacer que José, seguramente, pagase allí el “rescate” por el mismo, consistente en cinco siclos. Aunque se dice que sus “padres” le llevaron a Jerusalén, los que están en situación son el Niño, al que hay que “rescatar,” y su madre, que va a obtener la declaración “legal” de su purificación. El término usado para “presentarlo al Señor” es término usado para llevarlo al altar.

5.4 “VIVÍA ENTONCES EN JERUSALÉN UN HOMBRE LLAMADO SIMEÓN”

Sigue el evangelio, “Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón”. El evangelio presenta en escena un hombre santo: “justo”, que cumplía los preceptos de Dios, y “piadoso”, hombre de fe viva, religioso. Estos adjetivos acusan esmero por cumplir los deberes morales. Vivía en Jerusalén, y se llamaba Simeón, nombre usual judío. Era un hombre que debía de pertenecer a los “círculos” religiosos y que animaban su esperanza con la próxima venida del Mesías, tan acentuada por entonces en aquel medio ambiente. El Espíritu Santo estaba “sobre él”; gozaba de carismas sobrenaturales. Debía de ser de edad avanzada. Y tenía la promesa del Espíritu Santo, de que no moriría sin haber visto al Cristo del Señor, al Mesías, es decir, la “consolación” de Israel, que él esperaba.

5.5  ERA UN HOMBRE SANTO, QUE GOZABA DE CARISMAS.

El Espíritu Santo, comenzó en el anciano Simeón, su acción espiritual para que conociera a Jesús y lo recibieran como el Mesías prometido. Impulsado por el Espíritu, vino al templo cuando los padres traían al Niño. Era un hombre santo, que gozaba de carismas. Y tomándolo en sus brazos, “bendijo” a Dios. Los rabinos tomaban a los niños en brazos para bendecirlos. Conforme a la revelación tenida, Simeón ha visto al Mesías. Su vida sólo aspiró a esto: a gozar de su venida y visión, que era el ansia máxima para un israelita. Por eso lo puede dejar ya ir “en paz,” es decir, con el gozo del mesianismo, en el que estaban todos los bienes cifrados. El Mesías es “tu salvación”, la que Dios envía: Jesús (Is 40:5).

5.6 “SU PADRE Y SU MADRE ESTABAN ADMIRADOS”

Pero este Mesías tiene dos características: es un Salvador universal: “para todos los pueblos”; es el mesianismo profético y abrahámico; y es un mesianismo espiritual, no de conquistas políticas, sino “luz” para “iluminar a las gentes” en su verdad. Pero siempre quedaba un legítimo orgullo nacional: el Mesías sería siempre “gloria de tu pueblo, Israel,” de donde ha salido. También San Pablo, en Romanos, mantendrá este privilegio de Israel.

Relata san Lucas; “Su padre y su madre estaban admirados”, ante esto. Era la admiración ante el modo como Dios iba revelando el misterio del Niño, y la obra que venía a realizar. De nadie sino del Espíritu le podía venir este conocimiento profético.

5.7   ESTE NIÑO SERÁ CAUSA DE CAÍDA Y DE ELEVACIÓN PARA MUCHOS EN ISRAEL

Simeón los “bendijo.” Con alguna fórmula, invocó la bendición de Dios sobre ellos. No es extraño este sentido de “bendición” en un anciano y un profeta. Pero, dirigiéndose especialmente a su madre, le dijo proféticamente: “Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción” Va a ser “signo” (Is 8:18) de contradicción. La vida de Cristo ha sido esto: desde tenerlo por endemoniado hasta confesarlo por Mesías. Como dirá San Pablo, su doctrina fue “escándalo” para los judíos (1 Cor 1:23) 38. Jesús será la señal de contradicción. En Efecto, unos lo amarán, otros lo odiarán; unos estarán dispuestos a morir por El, mientras otros no cesarán en su esfuerzo por hacerlo desaparecer de la historia y de la faz de la tierra.

5.8 “Y A TI MISMA UNA ESPADA TE ATRAVESARÁ EL CORAZÓN”

Sigue luego: “Y a ti misma una espada te atravesará el corazón” Esto es algo trágico, “Una espada de dolor atravesará tu alma.” No será sólo para ella el dolor de una madre por la persecución, calumnia y muerte de su hijo. Observo que en el texto no se dirige a San José, que, sin duda, está allí presente, pues “Simeón los bendijo”. Esta profecía, dirigida personal y exclusivamente a ella, debe de tener un mayor contenido. Se diría que se ve a la Madre especialmente unida al Hijo en esta obra. María es “Hija de Sión,” entonces lleva dentro de sí el destino espiritual de su pueblo, destacándose aquí el dolor de sus entrañas por lo que significaba Cristo, signo de contradicción.

La Santísima Virgen está asociada a la obra redentora de Cristo. No hay redención sin dolor, y el alma de la Santísima Virgen, será traspasada por la espada del dolor, por todo lo que ella luego sufrió en su corazón por la pasión de su Hijo Jesús.

5.9 “ASÍ SE MANIFESTARÁN CLARAMENTE LOS PENSAMIENTOS ÍNTIMOS DE MUCHOS”

Finalmente el evangelio nos relata; “Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos”. Este término, se entronca con la finalidad que va a seguirse de esa “contradicción” de Cristo: que “se descubran los pensamientos de muchos corazones.” Habrá de tomarse partido por El o contra El: hay que abrir el alma ante la misión de Cristo.

Jesús, venció al mundo y nos advirtió sabiamente, “En el mundo habrá tribulación, pero ánimo, Yo he vencido al mundo”

5.10 UNA PROFETISA LLAMADA ANA

Continua el Evangelio, relatando que había también allí una profetisa llamada Ana, “la profetisa”, es sin duda una mujer muy especial, por esa razón aparece como una figura destacada en este fragmento del evangelio. Ella es una “profetisa,” es decir una mujer consagrada a Dios, con un específico carisma, dada a la piedad y a la animación de estos días donde se realizan estas especiales doctrinas. San Lucas, hace una descripción detallada de la biografía de ella y sus actividades. Su viudez parece un “celibato consagrado”. Su obra no fue al menos exclusivamente, en el templo, pues ella “hablaba” a todos los que esperaban la “liberación” por obra mesiánica. Debió de recibir un fuerte impacto en aquel episodio del templo.

Ana, es como las figura de los laicos comprometidos, que con el testimonio de su palabra, anuncia proféticamente la evangelización en su ambiente, aportando además con un testimonio de vida, con caminos hacia la santidad, con prácticas de constantes oraciones y penitencias.

Ana da un testimonio sobre el Niños Jesús, en un instante de inspiración y dirigida por el Espíritu de Dios. Su actuación, consagrada a la oración, al sacrificio, observando las obligaciones que se deben cumplir, la convierte en una destacada mujer.

5.11 “EL NIÑO IBA CRECIENDO Y SE FORTALECÍA, LLENO DE SABIDURÍA, Y LA GRACIA DE DIOS ESTABA CON ÉL.”

El Niño en el templo, es una escena que nos atrae y nos invita a percibir en el relato diversos motivos a este propósito. En este relato, es la primera palabra que aparece de Cristo en los evangelios. Además, en forma sutil, nos habla de la inteligencia de Cristo, porque dice crece en “sabiduría.” Produce esta escena admiración, porque luego veremos como en los evangelios de “discusión” de Cristo con fariseos y doctores los hace callar. Aquí tiene su preludio y “justificación” al estar demostrando su saber bíblico ante los doctores de la Ley en sus mismas escuelas del templo. Ellos le rinden allí, imparcialmente y aún sin prejuicios, homenaje a su saber.

“El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.” La gracia porque a Jesús, hombre, le fue concedida la gran gracia de que desde que empezó a ser hombre fuese perfecto y fuese Dios. Todavía siendo niño, tenía la gracia de Dios, para que, como todas las cosas en El eran admirables, lo fuese también su niñez, y se cumpliese así la sabiduría de Dios.

Por eso el Hijo de Dios, al hacerse hombre, quiso progresar "en sabiduría, en estatura y en gracia"

El Señor les Bendiga

Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA

Publicado en este link: PALABRA DE DIOS


Fuentes Bibliográficas:

Biblia Nácar Colunga y Biblia de Jerusalén


www.caminando-con-jesus.org

caminandoconjesus@vtr.net

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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