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MENSAJE DEL SANTO
PADRE BENEDICTO XVI AL DIRECTOR GENERAL
DE LA FAO CON MOTIVO DE LA
JORNADA MUNDIAL DE LA ALIMENTACIÓN (2006) |
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Pedro Sergio Antonio Donoso
Brant DEDICADO AL PAPA BENEDICTO XVI |
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Al señor JACQUES DIOUF Director general de la Organización de las Naciones
Unidas para la alimentación y la
agricultura (FAO) La
celebración anual de la Jornada mundial de la alimentación, patrocinada por
la Organización de las Naciones Unidas para la alimentación y la agricultura
(FAO), es una oportunidad para revisar las numerosas actividades de esta
Organización, sobre todo con respecto a su doble misión: proporcionar una alimentación adecuada a
nuestros hermanos y hermanas en todo el mundo y afrontar los
obstáculos que se oponen a esta
tarea a causa de situaciones difíciles
y actitudes contrarias a la solidaridad. El
tema elegido para este año ―"Invertir en la agricultura para la
seguridad alimentaria"― pone en el centro de nuestra atención el
sector agrícola y nos invita a reflexionar en los diferentes factores que
dificultan la lucha contra el hambre, muchos de los cuales son provocados por
el hombre. No se presta la suficiente atención a las necesidades de la
agricultura, y esto no sólo trastorna el orden natural de la creación sino
que también pone en peligro el respeto de la dignidad humana. En
la tradición cristiana el trabajo agrícola tiene un significado más profundo,
no sólo a causa del esfuerzo y los sacrificios que implica, sino también
porque ofrece una experiencia privilegiada de la presencia de Dios y de su
amor a sus criaturas. Cristo mismo usa imágenes de la agricultura para hablar
del Reino, mostrando así un gran respeto por esta forma de trabajo. Hoy
pensamos especialmente en quienes han tenido que abandonar sus tierras de
cultivo a causa de conflictos, de desastres naturales y del abandono por
parte de la sociedad del sector agrícola. A la Iglesia "le interesa sobremanera
trabajar por la justicia esforzándose por abrir la
inteligencia y la voluntad a las exigencias del bien" (Deus caritas est,
28). Hace
ahora diez años mi venerable predecesor el Papa Juan Pablo II inauguró la
Cumbre mundial de la alimentación. Este aniversario nos brinda la oportunidad
de mirar hacia atrás y constatar la inadecuada atención que se ha prestado al
sector agrícola y los efectos que esto tiene en las comunidades rurales. La
solidaridad es la clave para identificar y eliminar las causas de la pobreza
y el subdesarrollo. Con
frecuencia la acción internacional para combatir el hambre ignora el factor
humano, y en cambio se da prioridad a los aspectos técnicos y socioeconómicos.
Es necesario implicar a las comunidades locales en las opciones y decisiones
que atañen al uso de la tierra, pues las tierras de cultivo se están
orientando cada vez más hacia otros objetivos, provocando a menudo efectos
dañinos en el ambiente y en la viabilidad de la tierra a largo plazo. Si la
persona humana es considerada como protagonista, resulta claro que las
ganancias a corto plazo deben situarse dentro del contexto de la
planificación a largo plazo para la seguridad alimentaria, teniendo en cuenta
tanto la cantidad como la calidad. El
orden de la creación exige que se dé prioridad a las actividades humanas que
no causan daños irreversibles a la naturaleza, sino que, por el contrario, se
integran en el entramado social, cultural y religioso de las diferentes
comunidades. De este modo, se logra un balance sobrio entre el consumo y la
sostenibilidad de los recursos. La
familia rural necesita recuperar su lugar en el corazón del orden social. Los
principios morales y los valores que lo gobiernan pertenecen a la herencia de
la humanidad, y deben tener prioridad sobre la legislación. Se refieren a la
conducta individual, a las relaciones entre marido y mujer y entre
generaciones, y al sentido de la solidaridad familiar. La inversión en el
sector agrícola debe permitir a la familia asumir su propio lugar y función,
evitando las consecuencias dañinas del hedonismo y del materialismo que
pueden poner en peligro el matrimonio y la vida familiar. Los
programas de educación y formación en las áreas rurales deben generalizarse,
financiarse adecuadamente y dirigirse a los grupos de todas las edades. Es
necesario prestar atención particular a los más vulnerables, especialmente a
las mujeres y a los jóvenes. Es importante transmitir a las futuras
generaciones no sólo los aspectos técnicos de la producción, la alimentación
y la protección de los recursos naturales, sino también los valores del mundo
rural. La
FAO, cumpliendo fielmente su mandato, realiza una inversión vital en la
agricultura, no sólo a través de un adecuado apoyo técnico y especializado,
sino también ampliando el diálogo que tiene lugar entre las agencias
nacionales e internacionales implicadas en el desarrollo rural. Las
iniciativas individuales deben incorporarse en estrategias más amplias orientadas
a combatir la pobreza y el hambre. Esto puede ser de importancia decisiva si
las naciones y las comunidades implicadas realizan programas coherentes y
trabajan con vistas a un objetivo común. Hoy,
más que nunca, ante las crisis recurrentes y la búsqueda del mero interés
personal, tiene que haber cooperación y solidaridad entre los Estados, cada
uno de los cuales debe prestar atención a las necesidades de sus ciudadanos
más débiles, que son los primeros que sufren a causa de la pobreza. Sin esta
solidaridad, existe el riesgo de limitar o incluso de impedir el trabajo de
las organizaciones internacionales que se proponen luchar contra el hambre y
la desnutrición. De este modo, promueven eficazmente el espíritu de justicia,
armonía y paz entre los pueblos: "Opus iustitiae pax" (cf. Is 32,
17). Con
estos pensamientos, director general, deseo invocar las bendiciones del Señor
sobre la FAO, sobre sus Estados miembros y sobre todos los que trabajan con
tanto empeño para apoyar el sector agrícola y promover el desarrollo rural. Vaticano,
16 de octubre de 2006 ©
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