|
|
MENSAJE DEL PAPA
BENEDICTO XVI PARA LA JORNADA
MUNDIAL DEL ENFERMO |
|
Pedro Sergio Antonio Donoso
Brant DEDICADO AL PAPA BENEDICTO XVI |
|
|
Queridos hermanos y hermanas: El
11 de febrero de 2007, día en que la Iglesia celebra la memoria litúrgica de
Nuestra Señora de Lourdes, tendrá lugar en Seúl, Corea, la XV Jornada mundial
del enfermo. Se llevarán a cabo una serie de encuentros, conferencias,
asambleas pastorales y celebraciones litúrgicas con representantes de la
Iglesia en Corea, con el personal de la asistencia sanitaria, así como con
los enfermos y sus familias. Una
vez más la Iglesia vuelve sus ojos a quienes sufren y llama la atención hacia
los enfermos incurables, muchos de los cuales están muriendo a causa de
enfermedades terminales. Se encuentran presentes en todos los continentes,
particularmente en los lugares donde la pobreza y las privaciones causan
miseria y dolor inmensos. Consciente de estos sufrimientos, estaré
espiritualmente presente en la Jornada mundial del enfermo, unido a los
participantes, que discutirán sobre la plaga de las enfermedades incurables
en nuestro mundo, y alentando los esfuerzos de las comunidades cristianas en
su testimonio de la ternura y la misericordia del Señor. La
enfermedad conlleva inevitablemente un momento de crisis y de seria
confrontación con la situación personal. Los avances de las ciencias médicas
proporcionan a menudo los medios necesarios para afrontar este desafío, por
lo menos con respecto a los aspectos físicos. Sin embargo, la vida humana
tiene sus límites intrínsecos, y tarde o temprano termina con la muerte. Esta
es una experiencia a la que todo ser humano está llamado, y para la cual debe
estar preparado. A pesar
de los avances de la ciencia, no se puede encontrar una curación para todas
las enfermedades; por consiguiente, en los hospitales, en los hospicios y en
los hogares de todo el mundo nos encontramos con el sufrimiento de numerosos
hermanos nuestros enfermos incurables y a menudo en fase terminal. Además,
muchos millones de personas en el mundo viven aún en condiciones insalubres y
no tienen acceso a los recursos médicos necesarios, a menudo del tipo más
básico, con el resultado de que ha aumentado notablemente el número de seres
humanos considerados "incurables". La
Iglesia desea apoyar a los enfermos incurables y en fase terminal reclamando
políticas sociales justas que ayuden a eliminar las causas de muchas
enfermedades e instando a prestar una mejor asistencia a los moribundos y a
los que no pueden recibir atención médica. Es necesario promover políticas
que creen condiciones que permitan a las personas sobrellevar incluso las
enfermedades incurables y afrontar la muerte de una manera digna. Al respecto,
conviene destacar una vez más la necesidad de aumentar el número de los
centros de cuidados paliativos que proporcionen una atención integral,
ofreciendo a los enfermos la asistencia humana y el acompañamiento espiritual
que necesitan. Se trata de un derecho que pertenece a todo ser humano y que
todos debemos comprometernos a defender. Deseo
apoyar los esfuerzos de quienes trabajan diariamente para garantizar que los
enfermos incurables y en fase terminal, juntamente con sus familias, reciban
una asistencia adecuada y afectuosa. La
Iglesia, siguiendo el ejemplo del buen samaritano, ha mostrado siempre una
solicitud particular por los enfermos. A través de cada uno de sus miembros y
de sus instituciones, sigue estando al lado de los que sufren y de los
moribundos, tratando de preservar su dignidad en esos momentos tan
significativos de la existencia humana. Muchas de esas personas
-profesionales de la asistencia sanitaria, agentes pastorales y voluntarios-
e instituciones en todo el mundo sirven incansablemente a los enfermos, en
hospitales y en unidades de cuidados paliativos, en las calles de las
ciudades, en proyectos de asistencia a domicilio y en parroquias. Ahora
me dirijo a vosotros, queridos hermanos y hermanas que sufrís enfermedades
incurables y terminales. Os animo a contemplar los sufrimientos de Cristo
crucificado, y, en unión con él, a dirigiros al Padre con plena confianza en
que toda vida, y la vuestra en particular, está en sus manos. Confiad en que
vuestros sufrimientos, unidos a los de Cristo, resultarán fecundos para las
necesidades de la Iglesia y del mundo. Pido
al Señor que fortalezca vuestra fe en su amor, especialmente durante estas
pruebas que estáis afrontando. Espero que, dondequiera que estéis, encontréis
siempre el aliento y la fuerza espiritual necesarios para alimentar vuestra
fe y acercaros más al Padre de la vida. A través de sus sacerdotes y de sus
agentes pastorales, la Iglesia desea asistiros y estar a vuestro lado,
ayudándoos en la hora de la necesidad, haciendo presente así la misericordia
amorosa de Cristo hacia los que sufren. Por
último, pido a las comunidades eclesiales en todo el mundo, y particularmente
a las que se dedican al servicio de los enfermos, que, con la ayuda de María,
Salus infirmorum, sigan dando un testimonio eficaz de la solicitud amorosa de
Dios, nuestro Padre. Que
la santísima Virgen María, nuestra Madre, conforte a los que están enfermos y
sostenga a todos los que han consagrado su vida, como buenos samaritanos, a
curar las heridas físicas y espirituales de quienes sufren. Unido a cada uno
de vosotros con el pensamiento y la oración, os imparto de corazón mi
bendición apostólica como prenda de fortaleza y paz en el Señor. Vaticano,
8 de diciembre de 2006 ©
Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana |
|