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Fr. Julio González C. OCD TIEMPO DE PASCUA 2008 PALABRA Y ESPIRITUALIDAD Pastoral de Espiritualidad Frailes Carmelitas Viña del Mar – Chile |
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SEGUNDA
SEMANA DE PASCUA CICLO A LUNES MARTES MIERCOLES JUEVES VIERNES SABADO (Ciclo A) Lecturas: a.- Hch. 5, 12-16: Crecía el número de los
creyentes. b.- 1Pe. 1,3-9: No habéis visto a Jesucristo, y lo
amáis. c.- Jn. 20, 19-31: A los ocho días vino Jesús de
nuevo. d.- San Juan de Este Evangelio, está centrado en la fe en la
resurrección de Jesucristo en forma personal y comunitaria, que provocan sus
apariciones. Éstas tienen un carácter pedagógico por que confirman el dato
del sepulcro vacío y la manifestación de fe de los apóstoles y la comunidad
eclesial en el hecho de la resurrección de Cristo. Las apariciones son un contacto personal con
Jesucristo, experiencias de fe y transformación de la propia vida, signo
manifiesto de la vida nueva del resucitado, para quien contacta con Jesús
vivo y actual. Compartir con los hermanos es signo de vida nueva,
esos que reconocen en la resurrección, el hito que los transformó para hacer
suya: la vida común, la palabra de Dios y la eucaristía. Vida eclesial que
produce el prodigio de amarse como hermanos y compartir las penas y alegrías
en el Señor. Este estilo de vida hecho de la presencia viva de Jesús, en sus
signos y en los hermanos, era una fuerte llamada a la conversión y muchos por
el testimonio de los apóstoles abrazaban la fe. El apóstol Pedro nos invita a revivir la esperanza
que por la fe en Jesucristo, hemos adquirido, que nos ha hecho nacer de
nuevo, esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera,
reservada en el cielo (vv. 3-4). La vida de Dios en nosotros es la que
custodia nuestra fe, a pesar de las pruebas que tenemos que sufrir por dar
testimonio de la resurrección de Jesús, en un mundo dominado por la muerte.
Salir victorioso de la prueba por la fuerza de Dios finalmente convertirá la
propia existencia cristiana en vida de alabanza a Dios. El gozo de amar a
Jesucristo, a quien no hemos visto, asegura nuestra salvación, siempre por
medio de la fe. El primer fruto de la resurrección de Jesucristo
es la paz. Así se presenta Jesús a sus discípulos y les enseña las manos y el
costado herido, con las huellas que habían dejado los clavos y la lanza.
Estos son signos que aporta Jesús para que crean en él, es el mismo que vieron
crucificar, ahora resucitado. Inmediatamente los envía a predicar la nueva
noticia: el Maestro está vivo para perdonar los pecados y alcanzar la
salvación por la fe en su resurrección. A la paz, como don, sigue el perdón
de los pecados, fruto de su misterio
pascual: “Y dicho esto exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el
Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a
quien se los retengáis, les quedan retenidos” (vv. 22-23). Paz entre Dios y
los hombres, perdón de los pecados, que levanta al caído con misericordia.
Aquí encontramos el fundamento bíblico para lo que será el sacramento de la
reconciliación en la comunidad eclesial. Tomás, no cree en la visita de Jesús al grupo ni
que está vivo, hasta que compruebe tal acontecimiento. La comunidad
apostólica afirma: “Hemos visto al Señor” (v. 24), es todo un signo de la fe
en la resurrección, que empieza a normar la vida de la comunidad. La
comprobación a la que somete el resucitado a Tomás, habla de cómo Jesús quiere
que esté dentro de la comunidad, es decir, dentro de la fe eclesial. La
respuesta del apóstol: “Señor mío y Dios mío” (v. 28), es no sólo adhesión
plena, sino el comienzo de conversión a la vida nueva de resucitado, dentro
de la comunidad. Las palabras de Jesús: “Dichosos los que crean sin haber
visto” (v.29), es propio de Juan evangelista quien escribe para que sus
lectores de todos los tiempos, tengan en la fe y el amor el camino expedito
para el encuentro personal con el Jesús resucitado: “Estos (signos) se han
escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que,
creyendo, tengáis vida en su Nombre” (v. 31). Juan de LUNES DE Lecturas: a.- Hch. 4, 23-31: Oración de los apóstoles. b.- Jn. 3, 1-8: Nacer del agua y del Espíritu. c.- San Juan de Oración y kerigma, uno lleva al otro, porque
el anuncio hay que orarlo no sólo para
proclamarlo sino para vivirlo. Se trata de vivir en la propia carne el
misterio pascual de Jesucristo, el Señor. De un modo u otro los apóstoles
vivieron la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, el Señor, en su
existir cristiano, dando magnifico testimonio
de fe. Fue la fuerza arrolladora del Espíritu quien los colmó de
valentía para proclamar la palabra, sanar los enfermos, y realizar prodigios
en el santo Nombre de Jesús; también hoy esta oración de los apóstoles debe
resonar en nuestro orar cotidiano. El evangelio nos presenta el diálogo de Jesús con
Nicodemo, un admirador de Jesús. Se trata de una extensa catequesis
bautismal, Jesús cuenta con el reconocimiento de Nicodemo y de otros
fariseos, como alguien que viene de Dios, por los signos que realiza, nadie
puede hacer algo semejante si Dios no está con él (v. 2). “Nacer del
Espíritu” que propone Jesús, es nacer de nuevo, no del vientre materno, como
supone Nicodemo, sino de la fe. Hay que abandonar la pretensión de salvarse
por sí mismo, que sería querer lograrlo por la carne, con todo lo que encierra
de fragilidad humana, semejante osadía. En cambio, nacer del Espíritu, se concibe como un don de lo alto, en absoluta
dependencia de Dios por medio de la
fe. Todos los que viven en la fe su nuevo nacimiento, no han nacido de
sangre, ni de amor carnal, enseña el propio Juan, ni de amor humano, sino de
Dios (Jn. 1,13). La fuerza del Espíritu, en Lucas, el autor de los
Hechos, encontramos toda una teología de la acción del Espíritu y de Quien ora tiene la posibilidad de oír la voz del
Espíritu Santo, quien nos guiará más allá de donde pensábamos ir o también
donde él quiere, fruto de la vida que está surgiendo en nosotros. Signo claro
de esta acción del Espíritu, es hacer vida la palabra de Jesús, tener sus
actitudes y sentimientos, como lo hicieron los primeros apóstoles y santos de
todos los tiempos. Creer en la resurrección, es creer firmemente en el poder
de la vida sobre la muerte, experiencia emergente hasta alcanzar el estado de
vida nueva del resucitado. Es la humanidad nueva, que trabaja por un mundo
nuevo, son los cristianos que buscan la semejanza con Dios por los caminos
por ÉL establecidos que no son otros que la configuración con su Hijo
(Rm.8,29), por medio de la fe y el amor, como enseña Juan de MARTES DE Lecturas: a.- Hch. 4, 32-37: Todos pensaban y sentían lo
mismo. b.- Jn. 3, 11-15: Jesús: El que bajó del cielo
vuelve al seno del Padre. c.- S. Juan de La primera lectura nos presenta la primitiva comunidad de Jerusalén, lo que
era y su ideal o meta por alcanzar. En esas coordenadas hay que leer esta
primera lectura. A la luz de esa experiencia se podría decir que una
comunidad cristiana debe ser signo de Cristo resucitado, llena de su Espíritu
en cada uno de sus miembros. La primera columna que sostiene esta realidad
eclesial, es que sea una comunidad de fe en la escucha de la palabra de Dios.
Fuente de espiritualidad, trasmitida por los apóstoles, donde en dato
fundamental es que Cristo está vivo. La fe vivida en comunidad genera hombres
y mujeres valientes en vivir el evangelio y anunciarlo a los demás. Es la fe
en la escucha de la palabra la que crea cohesión interna, junto a sus
legítimos pastores, crea la comunidad de fe en Cristo resucitado: vida para
ellos y para el mundo entero. Otra característica de esta experiencia, es la
vida en común, es decir compartir los bienes según las necesidades de cada
uno. Es un ideal al que hay que tender para que no sea una organización
benéfica la comunidad, sino donde se comparta la vida y el amor verdaderos,
desde Cristo Jesús: vivir unidos, saber aceptarse, con todas las virtudes y
defectos. Siempre será amar, lo esencial del cristianismo, lo esencial del
evangelio de Jesús, su mandamiento previo a su muerte en el Calvario. La comunidad cristiana, no se entiende si no es
desde la celebración comunitaria de Finalmente esta comunidad debe ser misionera.
Comunicar la fe como comunidad es esencial al mensaje cristiano: es la
evangelización, el kerigma, es decir el anuncio y el testimonio de Cristo
redentor, que nos libra de nuestra condición de pecadores y nos reconcilia
con el Padre (Jn. 20, 21-23). La comunidad obedece el mandato de evangelizar
y bautizar dado por Cristo resucitado, con la fuerza del Espíritu Santo, otro
don dado por Jesús a su Iglesia, a su pueblo nuevo (Mt. 28,18-20). Su acción
en El evangelio continúa el diálogo de Jesús y
Nicodemo, donde lo medular es creer en el enviado del Padre para tener vida
eterna. La teología de Juan se centra en la vida eterna que se otorga al que
cree en Jesús. El lenguaje de estos versículos es algo oscuro cuando se
refiere a ese saber y haber visto y de lo cual se da testimonio. ¿A que se
refiere Jesús? Hay dos lenguajes, el del reino de Dios del habla Jesús y el
humano de Nicodemo; el bautismo como realidad tangible, es de la tierra, con
elementos propios, en cambio, el Espíritu viene de lo alto, vida nueva para
el que acepta a Jesús como Hijo de Dios, cree en ÉL y entra en el mundo de lo
divino, las cosas del cielo, en el reino de Dios. Entre los hombres, el único que posee la
experiencia de la vida del cielo o del reino, es el Hijo de Dios (Jn. 1,18)
porque viene de Dios, es su enviado y sube al cielo (v.13). El título de Hijo de Dios, es
Aquel, en el que se unen en una admirable combinación lo humano y lo divino,
lo de arriba y lo de abajo, El bautismo, inicio de nuestro existir para las
cosas del cielo, es para el místico, el comienzo de la unión con Dios, unión
que posee la semilla de la perfección en el ejercicio de la vida teologal que
nos regala el sacramento y que el cristiano aumenta con su adhesión personal
al misterio que vive dentro de sí. MIERCOLES DE Lecturas: a.- Hch. 5, 17-26: Pedro es liberado de la cárcel b.- Jn. 3, 16-21: Tanto amó Dios al mundo. c.- S. Juan de La encarcelación primera de Pedro y Juan, fue por
hablar de Jesús resucitado en público (Hch. 4,3) cosa que les prohibió hacer
el Sanedrín, ahora nuevamente van a prisión por sus actividades públicas, a
favor de la nueva fe. Los saduceos los persiguen porque hablan de la
resurrección de Jesús, cosa que ellos niegan y por ir contra de los fariseos,
de ahí tanto “celo” por combatir a los
apóstoles. Lucas, ve la fe en la resurrección de Jesús, como el punto de encuentro entre judíos, fariseos,
y todos aquellos que aceptan este misterio de fe. La liberación de la cárcel de los apóstoles, habla
de la protección divina de aquellos que anuncian el mensaje del evangelio, es
decir, Dios estaba con ellos, con lo cual se entiende que todo obstáculo
desaparece a su paso. El ángel del Señor les ordena seguir predicando en
el templo, todo un desafío para el
judaísmo. El evangelio, se entiende, viene a sustituir El evangelio nos anuncia en amor incondicional del
Padre por la humanidad manifestado en su Hijo, al cual entrega, para que los
hombres tengan vida y nadie perezca (Jn. 3,16). Dios ama al hombre, en Cristo
tanto que lo hace signo de ese amor en su misterio de la encarnación y en su
misterio pascual. La respuesta del hombre ha esta oferta maravillosa
no puede ser otra que nazca sino de un amor agradecido. Conociendo Dios el
corazón del hombre y el uso que hace de su libertad, se arriesga a que su
respuesta sea el desprecio, la indiferencia o la plena adhesión a su plan de
salvación. Si la opción es el pecado, hay ruptura de la alianza, si nunca el
hombre la hizo, escoge las tinieblas, una vida opuesta a Dios. El que cree,
ya posee la salvación, el que no cree, ya está condenado por no creer en el Hijo
único de Dios (v.18). Creer o no creer, anticipan el juicio definitivo del
hombre por parte de Dios. Es la escatología ya realizada, propia de Juan, del
hombre y su destino respecto a la fe en el Hijo de Dios. El evangelista nos insta a la opción personal por
Jesús: aceptación o rechazo, opción por las obras nacidas de la luz o las
provocadas por las tinieblas, por la verdad o la mentira, el amor o egoísmo,
por el bien o por el mal o el pecado contra la gracia. La causa de la condena
es ésta: “que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a
la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente
detesta la luz, y no se acerca a ella para no verse acusado por sus obras. En
cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz para que se vea que sus
obras están hechas según Dios” (Jn. 3, 19-21). Juan de JUEVES DE Lecturas: a.- Hch. 5, 27-33: Testigos somos nosotros y el
Espíritu Santo. b.- Jn. 3, 31-36: El Padre ama el Hijo y todo lo
puso en su mano. c.- San Juan de Pedro y Juan, comparecen ante el Sanedrín por
haber desobedecido la orden de no
predicar en el nombre de Jesús (v. 27; Hch. 4,18-19) y por acusarlos y
hacerlos responsables de la muerte de Cristo a ellos los jefes de Israel (v.
28). Era un desafío, un desprecio a la autoridad del Sanedrín y por lo mismo
sujetos de castigo. Pedro, responde diciendo, que es más importante obedecer
a Dios que a los hombres y ellos obedecen,
predicando aquello que Dios ha hecho en Cristo Jesús, para la salvación de
los hombres (vv. 29-30). Respecto a la segunda acusación de hacer
responsable a los judíos de la muerte de Cristo, Pedro se detiene en el
nombre que dan ellos a Jesús, “ese hombre” (v. 28). De ese hombre habla toda
Jerusalén, fruto de la predicación apostólica: “A éste lo ha exaltado Dios con su diestra como
Jefe y Salvador, para conceder a Israel la conversión y el perdón de los
pecados” (v. 31). Es el reconocimiento y glorificación de Jesús, pero eso
también significa la condena pública de esos que se opusieron a su palabra y
obras durante su vida hasta colgarlo en la cruz, fariseos y saduceos. Los
apóstoles son testigos, sin embargo, de las maravillas que el Señor hace por
medio de su predicación y el Espíritu Santo se da a los que obedecen y
aceptan la fe. El evangelio nos presenta otra síntesis de Juan:
El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos. El que cree en el Hijo
posee vida eterna; el que resiste al Hijo, no verá la vida sino que conocerá
la ira divina (vv. 35-36). Creer y vivir están en íntima relación en Juan, es
el dilema, que presenta al hombre de ayer y de hoy. ÉL viene de lo alto, habla de lo que ha visto y
oído, sin embargo, no todos aceptan su mensaje (Jn. 1, 11), pero quien lo
acepta descubre en Dios la verdad. Los hombres no aceptan su palabra porque
aman al mundo y sus realidades (Jn. 15, 19), las palabras de Jesús, le
resultan de otro mundo (Jn. 8, 43). Acoger su palabra significa descubrir la
veracidad entre el enviado y su palabra; aceptarlo a Él significa aceptar lo
que Dios quiere comunicarle al hombre; y acoger su palabra significa
testimoniar la veracidad de Dios. Hoy más que nunca necesitamos, luego de un
serio análisis, descubrir la verdad de la mentira, debemos también aceptar la
palabra de Jesús como verdadera, porque viene de Dios. Nadie acepta aquello
que es falso; si aceptamos algo, es porque lo consideramos verdadero. Quien
acepta al Hijo tiene este testimonio dentro de sí, quien lo rechaza hace a
Dios un mentiroso, porque significa que no cree en el testimonio que Dios ha
dado a favor de su Hijo unigénito (1Jn. 5, 10-11). En la palabra de Aquel que ha sido enviado, habla
Dios mismo, lo que confirma la clara identidad entre el mensajero y el
mensaje, entre El evangelista confirma esta realidad con otro
dato a tener en cuenta: Dios Padre le ha entregado al Hijo, el Espíritu sin
medida, es decir, en su plenitud. La revelación que revela Jesús, es
completa, total, sin nada que añadir. Esta es la única Palabra que posee el
Padre y la comunica al hombre. Toda la existencia de Jesús, es una
revelación, no se aplica aquello de distinguir entre lo que es revelación y
no lo es, sería en cierto modo, medir, la comunicación divina. Las verdades
que encierra Verdaderamente el Padre ha puesto todas las cosas
en las manos del Hijo, se hace presente y obra por medio de ÉL, le comunica
sus secretos, y éste lo representa, tiene su misma autoridad. De esto se
desprende que aceptar o no a Jesús como Hijo de Dios tiene consecuencias
decisivas: la aceptación supone la vida divina, el rechazo trae consigo vivir
bajo la ira de Dios. La fe lleva a la vida plena, la incredulidad a la muerte
eterna; decidir si aceptamos a Aquel que ha sido enviado por el Padre o lo
rechazamos abre un juicio donde se juega el hombre su destino definitivo. La
decisión hay que tomarla hoy, porque a lo mejor mañana puede ser muy tarde. VIERNES DE Lecturas: a.- Hch. 5, 34-42: Contentos de sufrir por Cristo. b.- Jn. 6, 1-15: Multiplicación de los panes. c.- San Juan de La defensa de Pedro deja claro que los
responsables directos de la muerte de Cristo se debe a la intervención de los
judíos, como también queda claro que la desobediencia de los apóstoles
responde a una exigencia de la fe en Dios. La intervención de Gamaliel,
hombre docto, rabino descendiente de Hilel, había adquirido sabiduría y gran
celebridad entre el partido de los fariseos. Quizás era favorable al naciente
movimiento, por la predicación de la resurrección que estos hacían, en
abierta oposición a los saduceos que negaban esta realidad. El nuevo
movimiento tenía en cuenta las Escrituras, no tenía carácter político ni
usaban las armas, como los nombres que menciona en su intervención, por todo
esto los fariseos no podían ignorar estos datos a la hora de querer
excluirlos de la sociedad judía. Era prudente esperar. Los hasta ahora
movimientos mesiánicos habían fracasado, si este movimiento cristiano es sólo
cosa de hombres, fracasará como los anteriores. Ahora si este movimiento
es de Dios, oponerse es inútil. “No
sea que os encontréis luchando contra Dios” (v. 39). El Sanedrín aceptó este
razonamiento, bien pensado por lo demás. Los discípulos fueron azotados, se les conminó a
no hablar en nombre de Jesús, al contrario de lo que se podía pensar,
consideraron un honor sufrir por el Nombre de Jesús (v. 41). Se confirmaban
sus palabras respecto a las
persecuciones que sufrirían por su Nombre, ser bienaventurados, más aún, ser
configurados con Cristo (cfr. Mt. 10, 17; 23,34; 5, 11-12; 15,15; Jn. 19,1;
Rm. 8,29). A pesar de la prohibición y los ultrajes sufridos, lejos de
retraerse, adquieren mayor vigor y celo para
predicar, que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, resucitado entre
los hombres para darles vida nueva. Este milagro es uno de los más importantes que
hizo Jesús, por las narraciones que dejaron los evangelistas y por su
significado: Jesús, pan de vida eterna para el que cree y lo recibe. Este
signo posee un valor mesiánico y anuncio de la llegada del reino de Dios para
los pobres, que veían los prodigios que hacía, lo que provocaba un entusiasmo
colectivo. Ven en ÉL al profeta prometido, le quieren proclamar rey (v.15). Este signo tiene también un carácter eucarístico
muy claro desde el momento que los gestos de partir el pan en esta
multiplicación de los panes y los de la
última cena, son exactamente los mismos: partir el pan, acción de gracias y repartirlo a los suyos. Una
segunda lectura del signo de multiplicar los panes, es el anuncio del
misterio de La referencia a los panes quiere señalar la
condición itinerante de la comunidad eclesial. Así como el maná sació el
hambre del pueblo de Israel en el desierto, ahora Jesús, nuevo pan de vida,
será el alimento del nuevo pueblo de Dios en el futuro, en camino hacia Dios.
El Maestro confía a Jesucristo, es el pan bajado del cielo para saciar
el hambre de Dios, hambre de su palabra, hambre de su amor y misericordia que
el hombre de hoy y de siempre tiene su
inscrito en su ser. El problema está en que muchos sacian su hambre con lo que no es Dios, no así quien conoce
y se nutre de Jesús, pan vivo para el mundo. SABADO DE Lecturas: a.- Hch. 6,1-7: Institución de los siete diáconos. b.- Jn. 6,16-21: Jesús camina sobre las aguas. c.- San Juan de Primeros problemas de la comunidad de Jerusalén.
Los judíos de habla griega, se quejan de que sus viudas son discriminadas a
la hora de recibir ayuda como pobres que eran. La respuesta de los apóstoles
es acogida por la comunidad y consiste en elegir a siete varones que se
encarguen de la administración, quedando así ellos liberados para dedicarse a
la predicación y oración. Todos los elegidos son griegos, se les imponen las
manos orando, nace así un nuevo servicio eclesial: el diaconado. La
administración de los bienes, no les quitó responsabilidad en la
evangelización y predicación de la palabra de Dios, como hacen Esteban y
Felipe, por lo que sabemos. Es la naciente organización eclesial, reparto de
responsabilidades, fruto de la colegialidad apostólica. Palabra, sacramentos
y caridad, elementos básicos de la comunidad. La atención a los pobres, las
viudas en este caso, habla de la atención que desde siempre “Soy yo. No temáis” (v.20). Una verdadera epifanía
de Jesucristo para sus discípulos que en Juan adquiere un significado
especial: la autorevelación del Hijo mediante la fórmula “Soy yo”, que tiene
sus raíces en el “Soy el que Soy” del AT (Ex. 3, 14). La intención del
evangelista es dejar en claro que Jesús lejos de ser un taumaturgo y
milagrero, es el Hijo de Dios. Caminar sobre las aguas vendría a significar la
estrecha relación entre el pasaje del Mar rojo y El miedo de los discípulos, sin Jesús, en la barca
zarandeada por el fuerte viento de tempestad, En las horas más oscuras del caminar eclesial y
personal debemos como los apóstoles escuchar al Señor que dice “Soy yo. No
temáis” (v. 20). Fe y oración, pan vivo para el mundo, son nuestra fortaleza
como comunidad eclesial y como discípulos. Sabiduría secreta, es la que necesitamos para, a
decir del místico Juan de Fr. Julio
González C. OCD |
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Caminando con Jesus |
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