Fr. Julio González C. OCD

 

TIEMPO DE PASCUA

2008

 

PALABRA Y ESPIRITUALIDAD

Pastoral de Espiritualidad

Frailes Carmelitas

Viña del Mar – Chile

 

                         

SEGUNDA SEMANA DE PASCUA

CICLO A

DOMINGO

LUNES     MARTES     MIERCOLES     JUEVES     VIERNES     SABADO


 

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

(Ciclo A)

Lecturas:

a.- Hch. 5, 12-16: Crecía el número de los creyentes.

b.- 1Pe. 1,3-9: No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis.

c.- Jn. 20, 19-31: A los ocho días vino Jesús de nuevo.

d.- San Juan de la Cruz: “Y a Santo Tomás, (lo reprendió) porque quiso tomar experiencia en sus llagas, cuando le dijo que eran bienaventurados los que no viéndole le creían” (3S 31,8).

Este Evangelio, está centrado en la fe en la resurrección de Jesucristo en forma personal y comunitaria, que provocan sus apariciones. Éstas tienen un carácter pedagógico por que confirman el dato del sepulcro vacío y la manifestación de fe de los apóstoles y la comunidad eclesial en el hecho de la resurrección de Cristo.

Las apariciones son un contacto personal con Jesucristo, experiencias de fe y transformación de la propia vida, signo manifiesto de la vida nueva del resucitado, para quien contacta con Jesús vivo y actual.

Compartir con los hermanos es signo de vida nueva, esos que reconocen en la resurrección, el hito que los transformó para hacer suya: la vida común, la palabra de Dios y la eucaristía. Vida eclesial que produce el prodigio de amarse como hermanos y compartir las penas y alegrías en el Señor. Este estilo de vida hecho de la presencia viva de Jesús, en sus signos y en los hermanos, era una fuerte llamada a la conversión y muchos por el testimonio de los apóstoles abrazaban la fe.

El apóstol Pedro nos invita a revivir la esperanza que por la fe en Jesucristo, hemos adquirido, que nos ha hecho nacer de nuevo, esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, reservada en el cielo (vv. 3-4). La vida de Dios en nosotros es la que custodia nuestra fe, a pesar de las pruebas que tenemos que sufrir por dar testimonio de la resurrección de Jesús, en un mundo dominado por la muerte. Salir victorioso de la prueba por la fuerza de Dios finalmente convertirá la propia existencia cristiana en vida de alabanza a Dios. El gozo de amar a Jesucristo, a quien no hemos visto, asegura nuestra salvación, siempre por medio de la fe.

El primer fruto de la resurrección de Jesucristo es la paz. Así se presenta Jesús a sus discípulos y les enseña las manos y el costado herido, con las huellas que habían dejado los clavos y la lanza. Estos son signos que aporta Jesús para que crean en él, es el mismo que vieron crucificar, ahora resucitado. Inmediatamente los envía a predicar la nueva noticia: el Maestro está vivo para perdonar los pecados y alcanzar la salvación por la fe en su resurrección. A la paz, como don, sigue el perdón de los pecados,  fruto de su misterio pascual: “Y dicho esto exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quien se los retengáis, les quedan retenidos” (vv. 22-23). Paz entre Dios y los hombres, perdón de los pecados, que levanta al caído con misericordia. Aquí encontramos el fundamento bíblico para lo que será el sacramento de la reconciliación en la comunidad eclesial.

Tomás, no cree en la visita de Jesús al grupo ni que está vivo, hasta que compruebe tal acontecimiento. La comunidad apostólica afirma: “Hemos visto al Señor” (v. 24), es todo un signo de la fe en la resurrección, que empieza a normar la vida de la comunidad. La comprobación a la que somete el resucitado a Tomás, habla de cómo Jesús quiere que esté dentro de la comunidad, es decir, dentro de la fe eclesial. La respuesta del apóstol: “Señor mío y Dios mío” (v. 28), es no sólo adhesión plena, sino el comienzo de conversión a la vida nueva de resucitado, dentro de la comunidad. Las palabras de Jesús: “Dichosos los que crean sin haber visto” (v.29), es propio de Juan evangelista quien escribe para que sus lectores de todos los tiempos, tengan en la fe y el amor el camino expedito para el encuentro personal con el Jesús resucitado: “Estos (signos) se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre” (v. 31).

Juan de la Cruz, precisamente hablando de quienes gustan de fenómenos sobrenaturales, lejos de la revelación y de la tradición apostólica, pone el caso de Tomás que quiso comprobar la resurrección, antes de creer. Le debió bastar la fe de la comunidad, de la Iglesia, ahí se aprende a creer y amar este misterio de vida y salvación.


 

LUNES DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA

Lecturas:

a.- Hch. 4, 23-31: Oración de los apóstoles.

b.- Jn. 3, 1-8: Nacer del agua y del Espíritu.

c.- San Juan de la Cruz:“No dio poder a ningunos de estos para poder ser hijos de Dios, sino a los que son nacidos de Dios, esto es, a los que, renaciendo por gracia, muriendo primero a todo lo que es hombre viejo (cf. Ef. 4, 22), se levantan sobre sí a lo sobrenatural, recibiendo de Dios la tal renacencia y filiación, que es sobre todo lo que se puede pensar. Porque, como el mismo san Juan (3, 5) dice en otra parte: “El que no renaciere en el Espíritu Santo, no podrá ver este reino de Dios, que es el estado de perfección”. Y renacer en el Espíritu Santo en esta vida, es tener un alma simílima (semejantísima) a Dios en pureza, sin tener en sí alguna mezcla de imperfección, y así se puede hacer pura transformación por participación de unión, aunque no esencialmente” (2S 5, 5).

Oración y kerigma, uno lleva al otro, porque el  anuncio hay que orarlo no sólo para proclamarlo sino para vivirlo. Se trata de vivir en la propia carne el misterio pascual de Jesucristo, el Señor. De un modo u otro los apóstoles vivieron la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, el Señor, en su existir cristiano, dando magnifico testimonio  de fe. Fue la fuerza arrolladora del Espíritu quien los colmó de valentía para proclamar la palabra, sanar los enfermos, y realizar prodigios en el santo Nombre de Jesús; también hoy esta oración de los apóstoles debe resonar en nuestro orar cotidiano.

El evangelio nos presenta el diálogo de Jesús con Nicodemo, un admirador de Jesús. Se trata de una extensa catequesis bautismal, Jesús cuenta con el reconocimiento de Nicodemo y de otros fariseos, como alguien que viene de Dios, por los signos que realiza, nadie puede hacer algo semejante si Dios no está con él (v. 2). “Nacer del Espíritu” que propone Jesús, es nacer de nuevo, no del vientre materno, como supone Nicodemo, sino de la fe. Hay que abandonar la pretensión de salvarse por sí mismo, que sería querer lograrlo por la carne, con todo lo que encierra de fragilidad humana, semejante osadía. En cambio,  nacer del Espíritu, se concibe como  un don de lo alto, en absoluta dependencia  de Dios por medio de la fe. Todos los que viven en la fe su nuevo nacimiento, no han nacido de sangre, ni de amor carnal, enseña el propio Juan, ni de amor humano, sino de Dios (Jn. 1,13).   

La fuerza del Espíritu, en Lucas, el autor de los Hechos, encontramos toda una teología de la acción del Espíritu y de la Iglesia misionera, que extendió su trabajo más allá de los judíos, o sea a los paganos. La primera comunidad no pide ser librada de la persecución, pues sigue el camino de Jesús, sino valentía para anunciar la palabra de Dios. Escuchada la oración de los apóstoles por Dios Padre, hace sentir un terremoto,  que anuncia la presencia y acción del Espíritu Santo: los llenó a todos y anunciaban la palabra con valentía.

Quien ora tiene la posibilidad de oír la voz del Espíritu Santo, quien nos guiará más allá de donde pensábamos ir o también donde él quiere, fruto de la vida que está surgiendo en nosotros. Signo claro de esta acción del Espíritu, es hacer vida la palabra de Jesús, tener sus actitudes y sentimientos, como lo hicieron los primeros apóstoles y santos de todos los tiempos. Creer en la resurrección, es creer firmemente en el poder de la vida sobre la muerte, experiencia emergente hasta alcanzar el estado de vida nueva del resucitado. Es la humanidad nueva, que trabaja por un mundo nuevo, son los cristianos que buscan la semejanza con Dios por los caminos por ÉL establecidos que no son otros que la configuración con su Hijo (Rm.8,29), por medio de la fe y el amor, como enseña Juan de la Cruz, nacidos a pureza de divino amor transformante.            


MARTES DE LA OCTAVA DE PASCUA

Lecturas:

a.- Hch. 4, 32-37: Todos pensaban y sentían lo mismo.

b.- Jn. 3, 11-15: Jesús: El que bajó del cielo vuelve al seno del Padre.

c.- S. Juan de la Cruz: Comentado los versos: “Y luego me darías, / allí tú, vida mía,/ aquello que me diste el otro día” escribe el místico: “Llamando a el otro día al estado de la justicia original, en que Dios le dio en Adán, gracia e inocencia, o el día del bautismo, en que el alma recibió pureza y limpieza total, la cual dice aquí el alma en estos versos que luego se la daría en la misma unión de amor. Y eso es lo que entiende por lo que dice en el verso postrero, es a saber: aquello que me diste el otro día; porque, como habemos dicho, hasta esta pureza y limpieza llega el alma en este estado de perfección” (CA 37, 5).

La primera lectura nos presenta  la primitiva comunidad de Jerusalén, lo que era y su ideal o meta por alcanzar. En esas coordenadas hay que leer esta primera lectura. A la luz de esa experiencia se podría decir que una comunidad cristiana debe ser signo de Cristo resucitado, llena de su Espíritu en cada uno de sus miembros. La primera columna que sostiene esta realidad eclesial, es que sea una comunidad de fe en la escucha de la palabra de Dios. Fuente de espiritualidad, trasmitida por los apóstoles, donde en dato fundamental es que Cristo está vivo. La fe vivida en comunidad genera hombres y mujeres valientes en vivir el evangelio y anunciarlo a los demás. Es la fe en la escucha de la palabra la que crea cohesión interna, junto a sus legítimos pastores, crea la comunidad de fe en Cristo resucitado: vida para ellos y para el mundo entero.

Otra característica de esta experiencia, es la vida en común, es decir compartir los bienes según las necesidades de cada uno. Es un ideal al que hay que tender para que no sea una organización benéfica la comunidad, sino donde se comparta la vida y el amor verdaderos, desde Cristo Jesús: vivir unidos, saber aceptarse, con todas las virtudes y defectos. Siempre será amar, lo esencial del cristianismo, lo esencial del evangelio de Jesús, su mandamiento previo a su muerte en el Calvario.

La comunidad cristiana, no se entiende si no es desde la celebración comunitaria de la Eucaristía y la oración. Ser constantes en la fracción del pan  y en la oración supone más que una costumbre, un revivir lo mandado por el Señor: “Haced esto en memoria mía” (Mt. 22,19). La eucaristía es la fuente del culto cristiano, conmemorar la muerte y resurrección de Jesús hasta que vuelva, es  hacer presente su misterio pascual, de ahí la importancia de celebrarla con frecuencia. Sin eucaristía no hay comunidad, lo mismo se puede decir de la oración, ambas son necesarias, pues ambas tocan lo esencial del misterio de Jesús resucitado. La oración comunitaria abre el espíritu para la celebración de la Eucaristía, mientras que ésta lleva la oración a su vértice más alto, que es la comunión con Dios.

Finalmente esta comunidad debe ser misionera. Comunicar la fe como comunidad es esencial al mensaje cristiano: es la evangelización, el kerigma, es decir el anuncio y el testimonio de Cristo redentor, que nos libra de nuestra condición de pecadores y nos reconcilia con el Padre (Jn. 20, 21-23). La comunidad obedece el mandato de evangelizar y bautizar dado por Cristo resucitado, con la fuerza del Espíritu Santo, otro don dado por Jesús a su Iglesia, a su pueblo nuevo (Mt. 28,18-20). Su acción en la Iglesia ha llevado a hombres y mujeres a dedicar su vida a evangelizar todas las naciones en hazañas misioneras por todos conocidas.

El evangelio continúa el diálogo de Jesús y Nicodemo, donde lo medular es creer en el enviado del Padre para tener vida eterna. La teología de Juan se centra en la vida eterna que se otorga al que cree en Jesús. El lenguaje de estos versículos es algo oscuro cuando se refiere a ese saber y haber visto y de lo cual se da testimonio. ¿A que se refiere Jesús? Hay dos lenguajes, el del reino de Dios del habla Jesús y el humano de Nicodemo; el bautismo como realidad tangible, es de la tierra, con elementos propios, en cambio, el Espíritu viene de lo alto, vida nueva para el que acepta a Jesús como Hijo de Dios, cree en ÉL y entra en el mundo de lo divino, las cosas del cielo, en el reino de Dios.

Entre los hombres, el único que posee la experiencia de la vida del cielo o del reino, es el Hijo de Dios (Jn. 1,18) porque viene de Dios, es su enviado y sube al cielo  (v.13). El título de Hijo de Dios, es Aquel, en el que se unen en una admirable combinación lo humano y lo divino, lo de arriba y lo de abajo, la Encarnación es el misterio que está de trasfondo. Si ha venido de lo alto y vuelve allí ¿cómo ha sucedido? Esto ha sucedido por la elevación del Hijo del hombre (vv.14-15), a la cruz, por una parte y  su exaltación en ella, por otra. Para Juan, la crucifixión de Jesús es su gloria. Así como Moisés elevó la serpiente en el desierto (Nm. 21, 8-9), como un signo de salvación (Sb.16, 5-7), así ahora ese signo adquiere su sentido pleno en Cristo mirando a Jesús, contemplándolo en su misterio pascual, se obtiene la salvación, la vida eterna.

El bautismo, inicio de nuestro existir para las cosas del cielo, es para el místico, el comienzo de la unión con Dios, unión que posee la semilla de la perfección en el ejercicio de la vida teologal que nos regala el sacramento y que el cristiano aumenta con su adhesión personal al misterio que vive dentro de sí.    


 

MIERCOLES DE LA OCTAVA DE PASCUA

Lecturas:

a.- Hch. 5, 17-26: Pedro es liberado de la cárcel

b.- Jn. 3, 16-21: Tanto amó Dios al mundo.

c.- S. Juan de la Cruz: “El amor no se paga sino de sí mismo” (CB 9,7).

La encarcelación primera de Pedro y Juan, fue por hablar de Jesús resucitado en público (Hch. 4,3) cosa que les prohibió hacer el Sanedrín, ahora nuevamente van a prisión por sus actividades públicas, a favor de la nueva fe. Los saduceos los persiguen porque hablan de la resurrección de Jesús, cosa que ellos niegan y por ir contra de los fariseos, de ahí tanto “celo” por  combatir a los apóstoles. Lucas, ve la fe en la resurrección de Jesús, como el  punto de encuentro entre judíos, fariseos, y todos aquellos que aceptan este misterio de fe.

La liberación de la cárcel de los apóstoles, habla de la protección divina de aquellos que anuncian el mensaje del evangelio, es decir, Dios estaba con ellos, con lo cual se entiende que todo obstáculo desaparece a su paso.

El ángel del Señor les ordena seguir predicando en el templo,  todo un desafío para el judaísmo. El evangelio, se entiende, viene a sustituir la Ley; se pone fin a todos lo privilegios judíos, del cual el templo era el principal. Jesús, nuevo templo y nuevo sacrificio. Ellos habían hecho de la religión un modo de vida, se servían de la religión pero quizás no todos servían a Dios en ella. El ángel les ordena predicar ese modo de vida, esa vida nueva (v. 20). Se trata de la vida que genera la predicación de la palabra, que es vida y salvación para quien la acepta. Es la vida nueva inaugurada por Cristo que había enseñado que había venido para que tengan vida y la tengan en abundancia (Jn. 10,10). La palabra engendra vida, porque ella en sí misma es vida, vida de Dios para el hombre.

El evangelio nos anuncia en amor incondicional del Padre por la humanidad manifestado en su Hijo, al cual entrega, para que los hombres tengan vida y nadie perezca (Jn. 3,16). Dios ama al hombre, en Cristo tanto que lo hace signo de ese amor en su misterio de la encarnación y en su misterio pascual. La Encarnación y su muerte en cruz no se explican sino desde el amor de Dios Padre al hombre pecador, de ahí que Jesús no viene a condenar al mundo sino a salvar al mundo (v.17). Todo este amor por la humanidad caída y pecadora, es porque Dios es amor, que se entrega, se da así mismo en su Hijo siempre. La salvación de Dios, ofrecida en Cristo, es perenne en la comunidad de fe, en la celebración de los sacramentos, en que Dios obra hoy la salvación y redención del hombre.

La respuesta del hombre ha esta oferta maravillosa no puede ser otra que nazca sino de un amor agradecido. Conociendo Dios el corazón del hombre y el uso que hace de su libertad, se arriesga a que su respuesta sea el desprecio, la indiferencia o la plena adhesión a su plan de salvación. Si la opción es el pecado, hay ruptura de la alianza, si nunca el hombre la hizo, escoge las tinieblas, una vida opuesta a Dios. El que cree, ya posee la salvación, el que no cree, ya está condenado por no creer en el Hijo único de Dios (v.18). Creer o no creer, anticipan el juicio definitivo del hombre por parte de Dios. Es la escatología ya realizada, propia de Juan, del hombre y su destino respecto a la fe en el Hijo de Dios.

El evangelista nos insta a la opción personal por Jesús: aceptación o rechazo, opción por las obras nacidas de la luz o las provocadas por las tinieblas, por la verdad o la mentira, el amor o egoísmo, por el bien o por el mal o el pecado contra la gracia. La causa de la condena es ésta: “que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a ella para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz para que se vea que sus obras están hechas según Dios” (Jn. 3, 19-21). 

Juan de la Cruz, comentando los versos de Cántico Espiritual: “¿Y no tomas el robo que robaste?” o sea, el corazón que robaste, enseña que el alma enamorada quiere llevar a la perfección la obra que ha comenzado el amor en ella. Porque su obra es amar, quiere el fin y cumplimiento de amar a Dios, hasta alcanzar el salario de amar a su Amado, a Cristo, o sea la perfección en el amor, la santidad. A tanto amor recibido de Dios corresponde responder con amor, una vida de continuo amor en el servicio de Dios y los hombres. ¿Amor, porque no tomas el corazón que llenas, que hartas, que acompañas y sanas, hasta darle asiento y  reposo cumplido en ti, Señor?


 

JUEVES DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA

Lecturas:

a.- Hch. 5, 27-33: Testigos somos nosotros y el Espíritu Santo.

b.- Jn. 3, 31-36: El Padre ama el Hijo y todo lo puso en su mano.

c.- San Juan de la Cruz: “Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma” (D 104).

Pedro y Juan, comparecen ante el Sanedrín por haber desobedecido  la orden de no predicar en el nombre de Jesús (v. 27; Hch. 4,18-19) y por acusarlos y hacerlos responsables de la muerte de Cristo a ellos los jefes de Israel (v. 28). Era un desafío, un desprecio a la autoridad del Sanedrín y por lo mismo sujetos de castigo. Pedro, responde diciendo, que es más importante obedecer a Dios que a los hombres  y ellos obedecen, predicando aquello que Dios ha hecho en Cristo Jesús, para la salvación de los hombres (vv. 29-30).

Respecto a la segunda acusación de hacer responsable a los judíos de la muerte de Cristo, Pedro se detiene en el nombre que dan ellos a Jesús, “ese hombre” (v. 28). De ese hombre habla toda Jerusalén, fruto de la predicación apostólica: “A éste  lo ha exaltado Dios con su diestra como Jefe y Salvador, para conceder a Israel la conversión y el perdón de los pecados” (v. 31). Es el reconocimiento y glorificación de Jesús, pero eso también significa la condena pública de esos que se opusieron a su palabra y obras durante su vida hasta colgarlo en la cruz, fariseos y saduceos. Los apóstoles son testigos, sin embargo, de las maravillas que el Señor hace por medio de su predicación y el Espíritu Santo se da a los que obedecen y aceptan la fe.

El evangelio nos presenta otra síntesis de Juan: El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos. El que cree en el Hijo posee vida eterna; el que resiste al Hijo, no verá la vida sino que conocerá la ira divina (vv. 35-36). Creer y vivir están en íntima relación en Juan, es el dilema, que presenta al hombre de ayer y de hoy.

ÉL viene de lo alto, habla de lo que ha visto y oído, sin embargo, no todos aceptan su mensaje (Jn. 1, 11), pero quien lo acepta descubre en Dios la verdad. Los hombres no aceptan su palabra porque aman al mundo y sus realidades (Jn. 15, 19), las palabras de Jesús, le resultan de otro mundo (Jn. 8, 43). Acoger su palabra significa descubrir la veracidad entre el enviado y su palabra; aceptarlo a Él significa aceptar lo que Dios quiere comunicarle al hombre; y acoger su palabra significa testimoniar la veracidad de Dios. Hoy más que nunca necesitamos, luego de un serio análisis, descubrir la verdad de la mentira, debemos también aceptar la palabra de Jesús como verdadera, porque viene de Dios. Nadie acepta aquello que es falso; si aceptamos algo, es porque lo consideramos verdadero. Quien acepta al Hijo tiene este testimonio dentro de sí, quien lo rechaza hace a Dios un mentiroso, porque significa que no cree en el testimonio que Dios ha dado a favor de su Hijo unigénito (1Jn. 5, 10-11). 

En la palabra de Aquel que ha sido enviado, habla Dios mismo, lo que confirma la clara identidad entre el mensajero y el mensaje, entre la Palabra y las palabras que anuncia. Jesús y sus palabras son una misma realidad, sus palabras poseen valor en sí mismas porque pronunciadas por la Palabra. El Verbo se hizo carne, sus palabras y acción reflejan el querer de Dios Padre.

El evangelista confirma esta realidad con otro dato a tener en cuenta: Dios Padre le ha entregado al Hijo, el Espíritu sin medida, es decir, en su plenitud. La revelación que revela Jesús, es completa, total, sin nada que añadir. Esta es la única Palabra que posee el Padre y la comunica al hombre. Toda la existencia de Jesús, es una revelación, no se aplica aquello de distinguir entre lo que es revelación y no lo es, sería en cierto modo, medir, la comunicación divina. Las verdades que encierra la Palabra no son un fin en sí mismo, sino el medio para conocer y transmitir la verdad que salva al hombre (DV 1).

Verdaderamente el Padre ha puesto todas las cosas en las manos del Hijo, se hace presente y obra por medio de ÉL, le comunica sus secretos, y éste lo representa, tiene su misma autoridad. De esto se desprende que aceptar o no a Jesús como Hijo de Dios tiene consecuencias decisivas: la aceptación supone la vida divina, el rechazo trae consigo vivir bajo la ira de Dios. La fe lleva a la vida plena, la incredulidad a la muerte eterna; decidir si aceptamos a Aquel que ha sido enviado por el Padre o lo rechazamos abre un juicio donde se juega el hombre su destino definitivo. La decisión hay que tomarla hoy, porque a lo mejor mañana puede ser muy tarde.


 

VIERNES DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA

Lecturas:

a.- Hch. 5, 34-42: Contentos de sufrir por Cristo.

b.- Jn. 6, 1-15: Multiplicación de los panes.

c.- San Juan de la Cruz: “Aquesta eterna fonte está escondida / en este vivo pan por darnos vida, / aunque es de noche. / Aquesta viva fuente que deseo / en este pan de vida yo la veo, / aunque es de noche” (Poesía 4 Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe).

La defensa de Pedro deja claro que los responsables directos de la muerte de Cristo se debe a la intervención de los judíos, como también queda claro que la desobediencia de los apóstoles responde a una exigencia de la fe en Dios. La intervención de Gamaliel, hombre docto, rabino descendiente de Hilel, había adquirido sabiduría y gran celebridad entre el partido de los fariseos. Quizás era favorable al naciente movimiento, por la predicación de la resurrección que estos hacían, en abierta oposición a los saduceos que negaban esta realidad. El nuevo movimiento tenía en cuenta las Escrituras, no tenía carácter político ni usaban las armas, como los nombres que menciona en su intervención, por todo esto los fariseos no podían ignorar estos datos a la hora de querer excluirlos de la sociedad judía. Era prudente esperar. Los hasta ahora movimientos mesiánicos habían fracasado, si este movimiento cristiano es sólo cosa de hombres, fracasará como los anteriores. Ahora si este movimiento es  de Dios, oponerse es inútil. “No sea que os encontréis luchando contra Dios” (v. 39). El Sanedrín aceptó este razonamiento, bien pensado por lo demás.

Los discípulos fueron azotados, se les conminó a no hablar en nombre de Jesús, al contrario de lo que se podía pensar, consideraron un honor sufrir por el Nombre de Jesús (v. 41). Se confirmaban sus palabras  respecto a las persecuciones que sufrirían por su Nombre, ser bienaventurados, más aún, ser configurados con Cristo (cfr. Mt. 10, 17; 23,34; 5, 11-12; 15,15; Jn. 19,1; Rm. 8,29). A pesar de la prohibición y los ultrajes sufridos, lejos de retraerse, adquieren mayor vigor y celo para  predicar, que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, resucitado entre los hombres para darles vida nueva.

Este milagro es uno de los más importantes que hizo Jesús, por las narraciones que dejaron los evangelistas y por su significado: Jesús, pan de vida eterna para el que cree y lo recibe. Este signo posee un valor mesiánico y anuncio de la llegada del reino de Dios para los pobres, que veían los prodigios que hacía, lo que provocaba un entusiasmo colectivo. Ven en ÉL al profeta prometido, le quieren proclamar rey (v.15).   

Este signo tiene también un carácter eucarístico muy claro desde el momento que los gestos de partir el pan en esta multiplicación de los panes y los de la  última cena, son exactamente los mismos: partir el pan, acción de  gracias y repartirlo a los suyos. Una segunda lectura del signo de multiplicar los panes, es el anuncio del misterio de la Eucaristía, discurso que sigue a la narración del prodigio.

La referencia a los panes quiere señalar la condición itinerante de la comunidad eclesial. Así como el maná sació el hambre del pueblo de Israel en el desierto, ahora Jesús, nuevo pan de vida, será el alimento del nuevo pueblo de Dios en el futuro, en camino hacia Dios. El Maestro confía a la Iglesia, repartir hoy a la humanidad, al pueblo, el pan para saciar su hambre  material, solidaridad, pero también para saciar su hambre de felicidad interior.

Jesucristo, es el pan bajado del cielo para saciar el hambre de Dios, hambre de su palabra, hambre de su amor y misericordia que el hombre de hoy y de siempre tiene  su inscrito en su ser. El problema está en que muchos sacian su hambre  con lo que no es Dios, no así quien conoce y se nutre de Jesús, pan vivo para el mundo.


SABADO DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA    

Lecturas:

a.- Hch. 6,1-7: Institución de los siete diáconos.

b.- Jn. 6,16-21: Jesús camina sobre las aguas.

c.- San Juan de la Cruz: Explica el místico los versos: “Por la secreta escala, disfrazada” del poema de la Noche oscura, y lo hace con este salmo: “En el mar está tu vía y tus sendas en muchas aguas, y tus pisadas no serán conocidas” (Sal.77,19-20), es decir, que este camino de ir a Dios es tan secreto y oculto para el sentido del alma…Que esta propiedad tienen los pasos y pisadas que Dios que va dando en las almas que Dios quiere llegar a sí, haciéndolas grandes en la unión de su Sabiduría que no conocen….Queda, pues, claro que esta contemplación, que va guiando al alma Dios, es sabiduría secreta” (2N 17,7-8).

Primeros problemas de la comunidad de Jerusalén. Los judíos de habla griega, se quejan de que sus viudas son discriminadas a la hora de recibir ayuda como pobres que eran. La respuesta de los apóstoles es acogida por la comunidad y consiste en elegir a siete varones que se encarguen de la administración, quedando así ellos liberados para dedicarse a la predicación y oración. Todos los elegidos son griegos, se les imponen las manos orando, nace así un nuevo servicio eclesial: el diaconado. La administración de los bienes, no les quitó responsabilidad en la evangelización y predicación de la palabra de Dios, como hacen Esteban y Felipe, por lo que sabemos.

Es la naciente organización eclesial, reparto de responsabilidades, fruto de la colegialidad apostólica. Palabra, sacramentos y caridad, elementos básicos de la comunidad. La atención a los pobres, las viudas en este caso, habla de la atención que desde siempre la Iglesia ha tenido por ellos; queda claro, además que la autoridad eclesial es servicio de amor a la comunidad, a los hermanos. Este servicio de los apóstoles a los hermanos lo hemos visto en la multiplicación de los panes, cuando Jesús, les encomienda repartir a ellos el pan (Jn. 6, 11).

“Soy yo. No temáis” (v.20). Una verdadera epifanía de Jesucristo para sus discípulos que en Juan adquiere un significado especial: la autorevelación del Hijo mediante la fórmula “Soy yo”, que tiene sus raíces en el “Soy el que Soy” del AT (Ex. 3, 14). La intención del evangelista es dejar en claro que Jesús lejos de ser un taumaturgo y milagrero, es el Hijo de Dios.

Caminar sobre las aguas vendría a significar la estrecha relación entre el pasaje del Mar rojo y la Pascua, la entrega del maná con el paso del Mar rojo. Esta sería la razón por la cual coloca este pasaje luego de la multiplicación de los panes y como gran introducción al discurso del pan de vida o Jesús, nuevo maná venido del cielo. Este portento de caminar sobre las aguas lo hace Jesús, para librar a sus discípulos de la muerte que el pecado de la incredulidad puede provocar en el hombre. ÉL nos rescata de las aguas de la muerte por medio de la fe.

El miedo de los discípulos, sin Jesús, en la barca zarandeada por el fuerte viento de tempestad, la Iglesia lo ha vivido desde los primeros tiempos, pero con Jesús a bordo la Iglesia, la barca, llega a puerto de luz. Cuando Mateo escribe su evangelio, el que más profundiza este milagro, la comunidad eclesial ya conocía de dificultades en el camino de la fe y del seguimiento de Cristo. Luego de veinte siglos, a pesar  las diversas crisis por las que ha atravesado, la Iglesia no ha conocido, el zozobrar de la nave, pues confía en la promesa del Señor: Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20).

En las horas más oscuras del caminar eclesial y personal debemos como los apóstoles escuchar al Señor que dice “Soy yo. No temáis” (v. 20). Fe y oración, pan vivo para el mundo, son nuestra fortaleza como comunidad eclesial y como discípulos.

Sabiduría secreta, es la que necesitamos para, a decir del místico Juan de la Cruz, nos guíe Dios, dejando que dé pisadas y pasos en nuestras vidas, almas dice él, para llegarnos a Sí, es decir, a su unión de sabiduría y amor, por el mar de la vida y de fe, en la nave de su Iglesia.

Fr. Julio González C.  OCD

 

 

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