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¡Señor mío
y Dios mío! Jn 20, 19-31 Autor: Pedro
Sergio Antonio Donoso Brant El
Evangelio de san Juan, destaca por su gran importancia, las apariciones de
Jesús a los apóstoles. La primera tiene lugar en la tarde del mismo día de la
resurrección. Los once apóstoles están juntos; acaso hubiese con ellos otras
gentes que no se citan, como tampoco se dice en que lugar; creíblemente
podría ser en el cenáculo (Act 1:4.13). Los sucesos de aquellos días, siendo
ellos los discípulos del Crucificado, les tenían temerosos. Por eso les hacía
ocultarse y cerrar las puertas, para evitar una intromisión inesperada de sus
enemigos. Pero la entrega de este detalle tiene también por objeto demostrar
el estado glorioso en que se halla Cristo resucitado cuando se presenta ante
ellos. En esta
aparición del Señor a los apóstoles no estaba el apóstol Tomás, de
sobrenombre el mellizo. Si aparece, por una parte, el hombre de corazón y de
arranque que relata san Juan 11:16. En el capitulo 14:5 san Juan lo muestra
un tanto escéptico. Entonces se diría que es lo que va a reflejarse aquí. No
solamente no creyó en la resurrección del Señor por el testimonio de los
otros diez apóstoles, y no sólo exigió para ello el verle él mismo, sino el
comprobarlo. Es así como el necesitaba ver las llagas de los clavos en las
manos del Señor, y aún mas, meter su dedo en ellas, lo mismo que su mano en
la llaga del costado de Cristo, la que había sido abierta por el golpe de
lanza del centurión. Entonces, sólo a este precio creerá. Pero a los
ocho días se realizó otra vez la visita del Señor. Estaban los apóstoles
juntos, probablemente en el mismo lugar, y Tomás con ellos. Y vino el Señor
otra vez, cerradas las puertas. San Juan relata esta escena muy sobriamente.
Y después de desearles la paz "¡La paz esté con ustedes!", se
dirigió a Tomás y le dijo: Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos y le mandó
que cumpliese en su cuerpo la experiencia que él exigía diciéndole: Acerca tu
mano, métela en mi costado. En adelante, no seas incrédulo, sino hombre de
fe. No dice
explícitamente el relato si Tomas llegó a introducir el dedo en las llagas
para cerciorarse, al contrario lo exceptúa al decirle Cristo: Ahora crees,
porque me has visto. La evidencia de la presencia de Cristo había de deshacer
la obstinación de Tomás. Tomas exclamo:
¡Señor mío y Dios mío! Esta exclamación encierra una riqueza teológica
grandiosa y hermosísima. Esta es un reconocimiento de Cristo, es un
afirmación de quién es El. Es, además, esta enunciación, uno de los pasajes
del evangelio de san Juan junto con el prólogo, en donde explícitamente se
proclama la divinidad de Cristo. Dado el lento proceso de los apóstoles en ir
valorando en Cristo su divinidad hasta la gran clarificación de Pentecostés,
sin duda la frase es una explicitación de san Juan a la hora de la
composición de su evangelio. Pero supone el acto de fe de Tomás. Dice el
Señor: ¡Bienaventurados los que creen sin haber visto! La respuesta de Cristo
a esta confesión de Tomás acusa el contraste, se diría un poco irónico, entre
la fe de Tomás y la visión de Cristo resucitado, para proclamar
bienaventurados a los que creen sin ver. No es censura a los motivos
racionales de la fe y la credibilidad, como tampoco lo es a los otros diez
apóstoles, que ocho días antes le vieron y creyeron, pero que no plantearon
exigencias ni condiciones para su fe, ya que ellos no tuvieron la actitud de
Tomás, que se negó a creer a los testigos para admitir la fe si él mismo no
veía lo que no sería dable verlo a todos, ni por razón de la lejanía en el
tiempo, ni por haber sido de los elegidos por Dios para ser testigos de su
resurrección (Act 2:32; 10:40-42). Es la bienaventuranza de Cristo a los
fieles futuros, que aceptan, por tradición ininterrumpida, la fe de los que
fueron elegidos por Dios para ser testigos oficiales de su resurrección y
para transmitirla a los demás. Es lo que Cristo pidió en Tomás fue
reprochado, no porque el ver para creer sea malo, sino por haber rechazado el
testimonio de los otros apóstoles que vieron. Para creer hay que verlo
directamente, como los apóstoles, o indirectamente, como nosotros, que nos
apoyamos en el ver y en la predicación solemne y pública de los apóstoles. La fe es un
don de Dios, pero tiene también sus bases humanas, como es el estudio y el
testimonio de los testigos. Este
Evangelio nos enseña una lección de fe y, nos invita a no esperar signos
visibles para creer. Pero también es comprensible que Tomás quisiera
experimentar por si mismo, del mismo modo como nos gusta a nosotros
experimentar por nosotros mismos, por que a Cristo se le debe experimentar en
primera persona. Es cierto que la ayuda de los amigos como los consejos de
nuestro director espiritual son validos, pero al final solo depende de
nosotros mismos dar ese gran paso a la fe, y entregarnos con toda confianza a
los brazos del Señor. El Señor
permite a Tomás esta experiencia, se aparece a los apóstoles e inmediatamente
le habla, me imagino la emoción de Tomás al verle, tal vez entristecido por
haber dudado, pero al mismo tiempo agradecido por este actitud de Cristo y,
así, el hace ese hermoso reconocimiento a la divinidad de Jesús con esta
hermosa oración de alabanza: Señor mío y Dios mío. Oración: Señor mío y
Dios mío, quítame todo lo que me aleja de ti. Señor mío y Dios mío, dame todo
lo que me acerca a ti. Señor mío y Dios mío, despójame de mi mismo para darme
todo a ti. (S. Nicolás de Flüe,). Pedro
Sergio Antonio Donoso Brant |
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Caminando con Jesus |