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Fr. Julio González C. OCD CUARESMA-2008 PALABRA Y ESPIRITUALIDAD Pastoral de Espiritualidad Frailes Carmelitas Viña del Mar - Chile |
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LUNES MARTES MIERCOLES JUEVES VIERNES SABADO Introducción PRIMERA
SEMANA DE CUARESMA (Ciclo A) Lecturas
bíblicas: a.- Gn.
2,7-9; 3, 1-7: Creación y pecado de los primeros padres. b.- Rm. 5,
12-19: Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. c.- Mt.
4,1-11: Jesús ayuna y es tentado por el demonio. San Juan de Estamos al inicio de la historia de la humanidad,
por lo tanto, de la salvación. La delicadeza del autor sagrado al narrar con
lujo de detalles la creación del hombre nos habla de la dedicación del
Creador con su criatura: el soplo de vida, aliento divino, lo convierte en
ser vivo. La naturaleza acompaña a este ser y queda a su servicio; en ella la
serpiente, animal lleno de astucia, miente y engaña a la mujer: No moriréis.
Comieron y el resto ya lo conocemos. Adán y Eva quisieron ser como Dios, no
sólo conocer el bien y el mal sino decidir qué era bueno y qué era malo. Este hombre que nace de las manos de Dios, vive
inocente la convivencia con su Creador, más aún ha sido hecho a su imagen y
semejanza (Gn. 1, 26). El demonio mentiroso y envidioso del bien del hombre,
recién creado, lo engaña en lo que Dios ha establecido para su felicidad. Pone
la duda sobre la verdad de A esta caída inicial se contrapone la salvación
prometida por Dios en el paraíso (Gn. 3, 15), manifestada en Cristo Jesús. En
la segunda lectura Pablo nos habla de cómo Jesucristo con su obediencia al
proyecto al Padre, como nuevo Adán, repara la incredulidad, la soberbia y
desobediencia de Adán. Fidelidad y obediencia a la voluntad del Padre hasta
la muerte en Cruz por la salvación del género humano. Donde hubo pecado,
ahora sobreabunda la gracia y la salvación para todo el que cree en Jesús y
en su evangelio son constituidos justos (Cfr. Rm. 5, 19- 20). Con este modelo
de filiación dado por Jesús, el cristiano también puede vencer al enemigo y
permanecer amigo de Dios. Así como Adán, también Jesús fue tentado en el
desierto, tierra de propicia para la oración y el diálogo de amor con Dios;
campo de batalla del demonio y del hombre sometido a tentación. Jesús fue
llevado por el Espíritu al desierto para preparar su labor apostólica con la
fuerza de la oración y el proyecto de salvación en su voluntad dispuesto a
realizarlo. El demonio presenta casi las mismas tentaciones que había hecho
en el paraíso a Adán: la desobediencia engendra no creer en el poder la
palabra, en el mesianismo del Siervo que sufre, y no adorar a Dios como es
debido. Lo insidioso de las propuestas: “Si eres Hijo de Dios di que estas
piedras se conviertan en panes…Si eres Hijo de Dios tírate abajo…todo esto te
daré si postrándote me adoras” (Rm. 4, 3-9). Ante la
incredulidad de la palabra de Dios, Jesús responde, precisamente con pasajes
bíblicos: “No sólo de pan vive el hombre vive el hombre, sino de toda palabra
que sale de la boca de Dios… a sus ángeles te encomendará, y en tus manos te
llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna… Al Señor tu Dios
adorarás, y sólo a él darás culto” (Rm. 4, 4. 6. 10). Será la voluntad de
Dios la vía que recorra Jesús como Siervo sufriente, con la humildad, la
kénosis de su gloria y finalmente la pasión salvadora. Comienza la derrota
definitiva del demonio cuya victoria en el paraíso acabará sometido por la
fuerza del Crucificado del Gólgota; jardín donde triunfa el amor
redentor. Dejar todo lo que no es Dios en la vida del
cristiano no es una opción sino toda una exigencia de la vida teologal.
Necesitamos descubrir la ruina que producen los pecados que Juan de LUNES DE Lecturas
bíblicas: Lv.
19,1-2.11-18: Seréis santos porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo. Mt. 25,31-46:
Venid benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros. San Juan de La primera lectura nos habla de la santidad de Dios
que configura el comportamiento de su pueblo Israel. Lo plantea como
fundamento y exigencia para ser lo que es y lo que está llamado a ser: pueblo
de Dios. Esta ley de santidad (Lev.17-26), es proclamada para enseñarle la
vía de acceso a la santidad de Dios y a la plena realización de su condición
de pueblo escogido, amado, por Dios. Los preceptos de esta ley de
santidad se realizan en el servicio al
prójimo, como forma concreta para ser santo, ante la presencia del Dios de
Israel. El prójimo es llamado pariente, hermano, conciudadanos; es el hombre
que vive en comunidad en la cual todos son objetos de derechos y deberes. El
sano cumplimiento de los deberes hace que el prójimo obtenga todos sus
derechos; Dios exige este cumplimiento. En este códice no hay sólo preceptos sino actitudes y sentimientos de los cuales
florecen las obras. De evitar el odio, el rencor y la venganza; para vivir la
santidad se necesita la corrección fraterna con amor. Las actitudes negativas
destruyen a quien las sostiene, en cambio, la corrección de quien busca el
bien y la justicia salva al prójimo y a sí mismo. El amor al prójimo es
criterio y medida en la relación con el prójimo: amar al otro como a sí
mismo; es un gran desafío en la relación el otro. Este precepto compromete al
hombre en su relación con Dios, principio de santidad para él y con el
conjunto de actitudes y obras que realice. Jesús reconoce en este precepto lo
esencial de la ley y la pone como centro de su mensaje evangélico (cfr. Mc.
12,31). El evangelio nos sitúa en el día del juicio final
y cómo todos seremos examinados en el amo al prójimo manifestación de
acercamiento al amor y santidad de Dios Padre. El centro de este juicio son
las actitudes que hayamos tenido para con ÉL en esta vida. El marco del
relato recurre a la apocalíptica judía y como el cumplimento de las promesas
del AT. (cfr. Za. 14, 5). Esta epifanía nos presenta a Jesús como Rey y Juez,
ante se presentan todos los pueblos, supone la resurrección de los muertos,
unos a la derecha, otros a la izquierda. Esta disposición hace pensar que el
juicio ya está hecho, el Juez debe leer la sentencia y las razones que la
motivan. Los de la derecha son entran a heredar el reino preparado para ellos
desde el inicio del mundo. Estos entran porque han hecho del amor al prójimo
y a Dios ley de sus vidas, no porque estén predestinados a ello. Las razones
para entrar en el reino del Hijo son obras de caridad a favor de los hermanos
más pequeños de Jesús (Mt. 25, 40). Estas obras son exigidas por el AT (Is.
58, 7; Job 22, 6-7; 31, 17. 19. 21), se presentan como lo esencial de la
piedad hacia el prójimo y hacia Dios. Jesús pone en énfasis en estas obras
que sean fruto del precepto del amor y no simplemente filantropía. Hay que evitar una relación comercial con Dios: te
doy, tú me das; una relación más que de amor, de comercio de obras y premios.
En el fondo estas obras no fueron hechas por Dios sino por el premio; es
tergiversar el sentido de la religión y de la fe en Dios. Las obras de
caridad, en la predicación de Jesús, se harán sólo porque el cristiano ve en
el necesitado al propio Jesús necesitado, enfermo, encarcelado, hambriento,
etc. La sentencia de Jesús y los motivos de la misma,
causan admiración y maravilla en ambos grupos y se dirigen a ÉL: “cuando te
vimos…” (Mt. 25, 37.44), las obras hechas por amor al prójimo escapan a la casuística del valor; se premian las
obras hechas al prójimo necesitado. La
sentencia a los que están a la izquierda indica que no entran en su reino y quedan separados de Jesús para
siempre sin que esto suponga estar predestinados a la condenación. La condena
es por la falta de amor en sus vidas y en sus obras, por eso la pena eterna.
Jesús ama también hoy en sus
discípulos porque los acerca a Dios. La sentencia del místico nos enseña a amar en este
mundo, dejando nuestra condición egoísta y pecadora para que imitando a
Jesucristo podamos superar el examen al final de nuestros días y al final de
la historia de la salvación de cada creyente y de la humanidad. Hoy más que
nunca o se ama o se es egoísta; se es solidario o no; no hay términos medios.
La esperanza de la vida eterna y el dolor de los necesitados deben hacernos
caminar en el compromiso de amor al hermano necesitado haciendo presente el
dolor, el hambre, la enfermedad, etc. de Jesucristo; la fe hace descubrir la presencia y visita
no formal de Dios. MARTES DE Lecturas
bíblicas: a.- Is. 55,
10-11: b.- Mt. 6, 7-15: Padre nuestro… San Juan de Palabra de Dios
y oración, ambos son medios eficaces para acercarnos a Dios y a
nuestro mundo interior, vínculo con toda la realidad que nos circunda. Estos
últimos versículos del libro de Creer en la palabra de Dios porque es eficaz,
porque es verdad; como la lluvia fecunda la tierra, así su palabra no vuelve
a ÉL sin que primero se cumpla. La palabra de Dios revelas sus deseos, sus
grandes deseos para el hombre, su salvación la expresa en palabras sentidas y
profundas, designios que se manifiestan y realizan en Cristo, palabra del
Padre eterno, hecha carne. Juan evangelista, nos dice como el “Verbo se hizo
carne y puso su morada entre nosotros” (Jn. 1, 14), para estar en medio de
los hombres y comunicarles los deseos del Padre, es decir, la salvación
eterna por medio de su palabra. A diferencia de la versión de Lucas, en que los
discípulos le piden a Jesús les enseñe a orar (Lc. 11, 1-14), como el
Bautista les había enseñado a sus discípulos, ÉL les enseña el Padre nuestro.
En el AT a Dios se le llamaba Padre de Israel por sus prodigios en Egipto y
con signos relevantes mostró su predilección con su pueblo. Si Jesús es su
Hijo, sus discípulos y que lo tienen como maestro se unen a su oración
participan de modo especial en su filiación divina; somos hijos en el Hijo.
Llamar a Dios como Padre y dirigirse a ÉL como su padre es quizás una de las
características de la predicación de Jesús y que la tradición cristiana
recoge en su predicación. La oración del Padre nuestro es la oración de los
hijos de Dios: Padre nuestro. El nombre de Dios es el mismo Dios, hay una
identificación entre el nombre y la persona: Dios es el tres veces santo,
trascendente. Este Dios totalmente otro, se ha manifestado y se ha dado a
conocer. Le pedimos que se manifieste, que se haga conocer, que mantenga sus
promesas y permanezca con nosotros para siempre. Por esto decimos:
Santificados sea tu nombre. Que venga su reino es una de los temas esenciales
de la predicación de Jesús, reino que transforma la realidad y los valores de
este reino: la justicia la verdad, la paz y el amor son caminos para que el
hombre construya la civilización del amor. Donde está Jesús está presente
este reino, la comunidad eclesial, es inicio de este cambio de la sociedad y
de la mente y los corazones que necesita ser reconocido hoy y se espera su
plena realización. Hacer la voluntad de Dios en la vida del cristiano
no es una opción, es una obligación en el sentido de saber que siempre el
Padre busca lo mejor para sus hijos. Voluntad de Dios que su Hijo nos ha
transmitido por el Evangelio y que el cristiano conoce precisamente para
hacer la realidad en su existencia de cada día. Esta voluntad, en la lucha
contra nuestro egoísmo, resulta siempre purificadora pero tiene la tarea de
hacer comprender que lo que dispone Dios es lo mejor; ahí está el secreto de
comprenderla y hacerla nuestra. La oración debe ser el vehículo que abra el
corazón de Dios y nos presente su deseo para que con la fuerza de ese
encuentro poder asumirla día a día. La voluntad de Dios debería ser el
alimento, el pan de cada día, para trabajar y ganar el sustento y cubrir
todas las necesidades; la comunión eucarística es camino de unión con Dios y
de fe viva para hacer su voluntad. El ejercicio de misericordia cuando Dios perdona nuestras culpas debe ser también
nuestro deber a la hora de perdonar a los hermanos sus ofensas. Vivimos en
“su gracia”, es decir, su perdón cuando ve el arrepentimiento y el firme propósito
de no volver a pecar está condicionado al perdón que nosotros damos a quienes
nos han ofendido. La tarea de los confesores en este campo será educar a los
penitentes en este sano ejercicio de liberación a fuerza de oración al
Espíritu Santo para que sea el amor de Dios quien perdone en el corazón del
penitente a su hermano de fe, sobre todo. No caer en tentación y librarnos del mal depende
de Dios y del hombre, entendiendo la tentación como una prueba teniendo muy
en cuenta la reacción a ella. El cristiano debe abrazar el escudo de la fe
para vencer siempre como enseña Pablo y la oración son armas con las que
siempre se debe contar a la hora de enfrentar al enemigo: mundo, demonio y
carne siempre serán enemigas del alma cristiana (Ef. 6, 10-20). El místico carmelita enseña a relacionarse con el
Padre, el Hijo y el Espíritu Santo por medio de la vida teologal; una fe
oscura y luminosa que revive lo que
enseña en la oración, una esperanza de vida eterna que vacía de toda
seguridad terrenal y una caridad que asimila la propia voluntad en la de Dios
enriqueciéndola hasta unirse plenamente. MIERCOLES DE a.- Jon. 3,
1-10: Los ninivitas creyeron en Dios b.- Lc. 11,
29-32: Aquí hay uno que es más que Jonás. San Juan de La predicación de Jonás, con la fuerza de la
palabra y del Espíritu Santo, logró la conversión de los ninivitas por medio
de la penitencia. ¿En qué consistió la conversión? Fue la conversión de su
mala vida y de las injusticias cometidas; la piedad que muestra Dios con este
pueblo es porque vio sus buenas obras fruto del cambio de vida, es decir, de
su conversión. Del mismo tono es la denuncia de Jesús de la
generación en la que vive y la denomina, perversa. Solo vale para esa
generación el signo de Jonás es decir, la predicación y la conversión, lo
mismo será el Hijo de Dios para su tiempo. La alusión a la reina de Saba y a la sabiduría de Salomón, es para decir
que aquí hay uno más grande que Salomón. La palabra de Jesús, su sabiduría
eterna, es luz y vida para los hombres. Como la sociedad de los ninivitas,
nuestra generación también es perversa, no sólo porque es indiferente a Dios
y su salvación son porque el hombre va camino de su propia autodestrucción.
Hay, sin embargo, un resto de creyentes que oran y acogen la salvación, la
predicación para su continua conversión. Los signos de conversión las debemos dar en la
vida de cada día. La penitencia consistirá en saber reaccionar a las diversas
situaciones que nos ofrece para dejarnos encontrar con Dios. Superar las
debilidades de nuestro carácter cuando la realidad lo exigen con la ayuda de
las otras virtudes; vencer nuestro egoísmo cuando la caridad nos exige una obra
de servicio al prójimo; afrontar con fe y fortaleza las adversidades diarias;
ser prudentes en nuestras apreciaciones luchando contra la crítica que
destruye y ofende al prójimo; si perdonamos de corazón a quien nos hizo
alguna faena y hacemos el bien quizás a quien no nos trató bien en alguna
oportunidad, etc. Todos estos son signos de conversión que se pueden dar en
la vida si verdaderamente hay un deseo de superar en la fe la propia
indigencia espiritual. Pablo nos enseña: “Los judíos exigen signos, los
griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo Crucificado,
escándalo para los judíos y necedad para los griegos, pero para los llamados
en Cristo fuerza y sabiduría de Dios” (1Cor. 1,22ss). El seguimiento de Cristo, para el místico carmelita
comienza con la determinación de convertirse, Dios cual amorosa madre lo
acoge y comienza la obra de purificación de todo aquello que impide la
verdadera unión de conocimiento y voluntad en el amor. “Lo primero traiga un
ordinario apetito de imitar a Cristo en todas sus cosas, conformándose con su
vida, la cual debe considerar para saberla imitar y haberse en todas las cosas como se hubiera
él” (1S 13, 3). JUEVES DE a.- Ester
14, 1. 3-5. 12-14: Protégeme tú, Señor, que lo sabes todo. b.- Mt. 7,
7-12: Vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden. San Juan de Como una bellísima flor literaria en un jardín de
otras preces bíblicas hechas por otras heroínas, aparece esta oración de la
reina Ester, dirigida a Dios, en un momento de gran aflicción. Ante un
decreto de extinción del pueblo judío, Ester eleva su oración donde queda
claro que Dios no es sólo el rey de Israel sino también el Dios omnipotente
que se ha manifestado en la creación, en la historia de la salvación a favor
de su pueblo. ¿Hay alguien que se oponga a sus designios salvíficos para
Israel, su pueblo? La oración de Ester, en la que peligra su vida y
la de su pueblo, la reina busca protección en Dios. En esta plegaria Dios
aparece como el único Señor y único rey de Israel. Luego se conjuga estar
sola en este conflicto y como el único
y solo Dios a puede ayudar. Esto dicho de Dios, significa que es expresión de
unidad, de infinito y de omnipotencia, sin embargo, aplicado a la reina
Ester, es expresión de abandono e impotencia. Con audacia toma una decisión
riesgosa, para salvar a su pueblo del exterminio y a su vida. Las palabra armoniosas que pide Ester son para
presentarse ante el rey Asuero y alcanzar su fin: la salvación de su vida y
la de pueblo; la ruina de Aman y sus secuaces. Finalmente la oración de la
reina de Ester es escuchada y el cuando se presenta ante el rey deslumbrante
de belleza, Dios ablandó el corazón del rey salvó a Ester y a su pueblo y el
culpable Amán perece en la horca que había preparado para Mardoqueo (Est. 7-
8). Esta oración y petición tiene una fuerte carga nacionalista, con la cual
obra la gesta de nuevamente salvar a su pueblo rehabilitándolo entre las
naciones. El evangelio nos presenta el tema de la oración
constante y confiada, como la de Ester, con las características propias
del testimonio de Jesús en el NT. La
idea central de ese evangelio lo encontramos al final: “Pues si vosotros, que
sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro
Padre del cielo dará cosas buenas a los que se las pidan?” (Mt. 7, 11). La
oración no se puede reducir a sólo pedir, como podría parecer haciendo una
lectura ligera del texto, hay otros pasos, como el buscar y llamar al corazón
de Dios y al propio corazón. Si pido es para recibir. ¿Qué cosa pedir? El
Espíritu Santo, lo dará a todos a quienes se lo pidan (Lc. 10, 13). Es el
Espíritu quien nos enseña a orar, es por medio de él que nos unimos a la
oración de Jesús al eterno Padre. Más aún, Pablo enseña, que nadie dice Señor
Jesús si no es por la acción y fuerza del Espíritu Santo (1Cor. 12, 3). Nos
conduce a la verdad plena de nuestra condición de hijos de Dios para desde
esta filiación divina definir nuestra relación con el Padre. Relación que
crece por medio del seguimiento de Cristo y el sano cumplimiento de su
voluntad en nuestra existencia cotidiana. Aquí es donde la oración tiene una
palabra que decir S. Teresa de Jesús: “Que no es otra cosa oración mental, a
mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con
quien sabemos nos ama” (V 8,5). ¿Quién nos ama sólo por lo que somos? Dios
Padre, que nos ama en su Hijo, con el amor del Espíritu Santo. Nos ama con
amor de Padre que cuida de cada uno de sus hijos. Nos ama en su Hijo y sólo
en la medida en que nos conformemos a su imagen (Rm. 8, 29), seremos gratos y
más amados por el Padre que con s amor vive a habitar a nuestra vida de
bautizados (Jn. 14, 23). Si busco a Dios es para encontrarlo. ¿Dónde
buscarlo? Donde siempre está: en la comunidad eclesial, con su Palabra y los
medios sacramentales, en la oración litúrgica y personal. Si llamo a la puerta es para que me abra. ¿Qué
puerta tocar? La única en la que siempre está el dueño de casa: Jesucristo es
la puerta de las ovejas (Jn. 10, 7) por la que entro en comunión con el Padre
y su Santo Espíritu, con toda Si buscamos leyendo, hallaremos meditando;
llamemos orando y se nos abrirá contemplando, nos enseña el místico
carmelita. En este “Dicho de luz y amor”, S. Juan de VIERNES DE a.- Ez. 18,
21-28: Dios no quiere la muerte del pecador. b.- Mt. 5,
20-26: Reconciliación con el hermano. San Juan de Ezequiel nos llama a la responsabilidad personal
frente a Dios. Vida o muerte; amistad con Dios o maldad y perversión lejos de
ÉL, pero de todas maneras, responsable de su pecado o e su justicia. Dios
quiere que el hombre viva, para eso lo creó, para que viva feliz en su
presencia; pero si el hombre escoge equivocadamente el camino de la
injusticia morirá a no ser que recapacite y se convierta y viva. Estas palabras de Ezequiel resuenan en un tiempo
que no podían ser peor: la deportación a Babilonia. La alianza rota, el
templo destruido, Jerusalén en ruinas y sin culto ni víctimas. La voz de
Ezequiel se alza para sembrar una nueva esperanza hecha de responsabilidad
personal: “El que peca ese morirá” (Ez. 18, 20). Cada uno debe ser
responsable ante Dios de sus actitudes en relación con ÉL (cfr. Jer. 31, 29;
2Re. 14, 6; Dt. 24, 16; Dt. 30,15). Los pecados del pasado, no es una
herencia fatal sino como afirma el profeta: Dios no quiere la muerte del
pecador sino que se convierta y viva (Ez. 18, 23). Dios quiere la conversión
total del pecador, para que viva, guardando la alianza y la voluntad de Dios.
Decir, como los pecadores, que Dios no es justo, es no responder a su
invitación, y buscar excusas, cuando reconocer que nosotros no hemos sido
fieles a Dios es iniciar el camino de la reconciliación y conversión.
Quedémonos con las palabras últimas de este capítulo: “Convertíos y vivid”
(Rm. 18, 32). El evangelio también nos habla de las actitudes
que debemos tener con nuestro hermano. Es el discurso de las antítesis en que
Mateo presenta Jesús como Maestro y nuevo Legislador: “Habéis oído que se
dijo…pero yo os digo” (Mt. 5, 21-22; cfr. Mt. 27-28; 31-32; 33-34; 38-39;
43-44). Nuestra reflexión se centra en el quinto mandamiento: no matarás
(cfr. Ex. 20, 13; Dt. 5, 17). La nueva visión de este mandamiento que
proclama Jesús va más allá de entender este mandamiento literalmente de
quitarle la vida a otro. Jesús enseña que la ira, la cólera contra alguien,
el insulto grave al hermano debe convidarse, como un verdadero homicidio. En
su tiempo, quien cometía homicidio era llevado a los tribunales, en cambio
quien ofendía gravemente al hermano nadie lo juzgaba. En el fondo es el mismo
pecado a los ojos de Dios, puesto que en ambos se le quita la vida en la
propia existencia, es decir, lo matas en tu corazón. Las ofrendas en el templo eran frecuentes ya sea
porque los mandaba Siempre necesitamos conversión en el amor y en el
perdón de las ofensas que hacemos al prójimo y por ende a Dios. El verdadero
sacrificio, como enseña San Juan de SABADO DE a.- Dt. 26,
16-19: Serás un pueblo consagrado al Señor, tu Dios. b.- Mt. 5,
43-48: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. San Juan de El texto presenta un contrato entre Dios y su pueblo Israel a la hora de
establecer sus relaciones: Dios quiere ser el Dios de Israel e Israel debe
ser el pueblo de Dios (cfr. Ex. 6, 7; Jer. 31, 33; Ez. 36,28). Dios se
compromete con ser el Dios de Israel y exige de su pueblo obediencia a su
voluntad manifestada en su alianza; Israel acepta la ley de la alianza y pide
ser el pueblo santo de Dios. Si bien el texto tiene un carácter jurídico, el
contenido no puede expresar la realidad
de lo que contiene porque no es un contrato entre iguales ni tampoco
nace de esta declaración este contrato de la alianza. Es Dios quien ha creado
esta relación de amor con su pueblo, es su creador y salvador, fruto de su
iniciativa divina de su amor, amor gratuito por los patriarcas y sus
descendientes hasta hoy. Las obligaciones de Israel son una respuesta al amor de Dios, cumpliendo su alianza,
se constituye en lo que está llamado a
ser: el pueblo amado del Dios de Israel. El Deuteronomio va constatar que si bien Yahvé es
el Dios de Israel, el pueblo no siempre será fiel, es decir, que Israel
deberá tomar conciencia de este compromiso que no sólo llevará tiempo, sino
que tendrá que vivirlo en esperanza. Hay que destacar la libertad en que el
pueblo acepta el compromiso con un tipo de
vida que le da un sentido a su existencia, pero desde el momento en
que no vive la alianza, es decir, no responde al compromiso, lo deja libre a
su suerte. La salvación de Israel está en vivir el compromiso ser el pueblo
de Yahvé (Os. 2, 25; Jr. 13, 11; 33, 9). El amor a los enemigos es una autentica novedad en
la enseñanza de Jesús. La ley del talión consistía en el principio de
retribución, es decir, devolver la misma ofensa que se había recibido a quien
la había realizado. Jesús se opone a este principio, sus discípulos deben
aceptar sufrir la injusticia, la humillación que se ha cometido contra ellos.
Esta enseñanza de Jesús es el primero en vivirla desde el momento que sufre
la injusticia: cuando es arrestado, pide explicaciones (Mc. 14, 48) lo mismo
cuando es abofeteado ante el Sumo Sacerdote porque ha dicho la verdad (Jn.
18, 23), más aún les manda protegerse de quien los quiera atacara fuerza de
una espada (Lc. 22, 36). Librarse de la violencia de los violentos es una
tarea, la otra labor consiste en no entrar en la espiral de violencia del
otro, cosa que sería muy fácil de hacer, pero que no entra en el querer de
Dios. El amor al prójimo en el AT consistía en amar a
todos los miembros del pueblo de Israel (Lev. 19, 18); sin embargo lo de
“odiar al enemigo”, no fue escrita por el autor sagrado. Es una
interpretación de los escribas deducida o tomada como conclusión del primer
principio: los extranjeros eran todos idólatras, y por los mismo enemigos de
Yahvé, por lo tanto de Israel. A pesar de toda esta historia de amor y odio
tribal de siglos, Jesús eleva el amor al prójimo a todos los hombres de la
tierra. Su precepto de amar al prójimo sea enemigo o no, adquiere categoría
universal sin distinción de ningún
tipo, por lo mismo hacer lo contrario, es actuar como los publícanos y
paganos que sólo aman a los suyos, no
hacen nada de extraordinario. El discípulo de Cristo esta llamado a actuar como Dios que ama a todos buenos y malos,
hace salir el sol y derrama su lluvia sobre justos e injustos. Es una nueva
visión de contemplar las relaciones entre los hombres y mujeres, buenos y
malos, justos e injusto, por tanto se espera que no sólo actuemos como Dios
sino que seamos como ÉL: sed santos y perfectos como vuestro Padre, manda
Jesús, el Maestro. El místico nos invita a fijar nuestra mirada en
Jesucristo, el único santo y perfecto como su Padre, para ser verdaderos
hijos de Dios. Fr. Julio
González C. OCD |
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