Fr. Julio González C. OCD

 

CUARESMA-2008

 

PALABRA Y ESPIRITUALIDAD

Pastoral de Espiritualidad

Frailes Carmelitas

Viña del Mar - Chile

                         

PRIMER DOMINGO

LUNES   MARTES   MIERCOLES   JUEVES   VIERNES   SABADO


 

Introducción

PRIMERA SEMANA DE CUARESMA

(Ciclo A)

 

PRIMER DOMINGO

Lecturas bíblicas:

a.- Gn. 2,7-9; 3, 1-7: Creación y pecado de los primeros padres.

b.- Rm. 5, 12-19: Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia.

c.- Mt. 4,1-11: Jesús ayuna y es tentado por el demonio.

San Juan de la Cruz: “Tenga fortaleza en el corazón contra todas las cosas que le movieren a lo que no es Dios y sea amiga de la pasión de Cristo” (D 99).  

Estamos al inicio de la historia de la humanidad, por lo tanto, de la salvación. La delicadeza del autor sagrado al narrar con lujo de detalles la creación del hombre nos habla de la dedicación del Creador con su criatura: el soplo de vida, aliento divino, lo convierte en ser vivo. La naturaleza acompaña a este ser y queda a su servicio; en ella la serpiente, animal lleno de astucia, miente y engaña a la mujer: No moriréis. Comieron y el resto ya lo conocemos. Adán y Eva quisieron ser como Dios, no sólo conocer el bien y el mal sino decidir qué era bueno y qué era malo.

Este hombre que nace de las manos de Dios, vive inocente la convivencia con su Creador, más aún ha sido hecho a su imagen y semejanza (Gn. 1, 26). El demonio mentiroso y envidioso del bien del hombre, recién creado, lo engaña en lo que Dios ha establecido para su felicidad. Pone la duda sobre la verdad de la Palabra de Dios, es decir, la incredulidad, acerca de su muerte si desafía el mandato; le hace creer que será como Dios, soberbia, hacerse igual a su Creador y finalmente todo lo anterior desencadena la desobediencia. (Cfr. Gn. 2,17; 3, 4-5). El hombre buscó fuera del proyecto de Dios su felicidad, su realización personal, por lo mismo arruinó en cierto modo el plan divino. Fruto de estas actitudes: pecado para él y su descendencia.

A esta caída inicial se contrapone la salvación prometida por Dios en el paraíso (Gn. 3, 15), manifestada en Cristo Jesús. En la segunda lectura Pablo nos habla de cómo Jesucristo con su obediencia al proyecto al Padre, como nuevo Adán, repara la incredulidad, la soberbia y desobediencia de Adán. Fidelidad y obediencia a la voluntad del Padre hasta la muerte en Cruz por la salvación del género humano. Donde hubo pecado, ahora sobreabunda la gracia y la salvación para todo el que cree en Jesús y en su evangelio son constituidos justos (Cfr. Rm. 5, 19- 20). Con este modelo de filiación dado por Jesús, el cristiano también puede vencer al enemigo y permanecer amigo de Dios.      

Así como Adán, también Jesús fue tentado en el desierto, tierra de propicia para la oración y el diálogo de amor con Dios; campo de batalla del demonio y del hombre sometido a tentación. Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para preparar su labor apostólica con la fuerza de la oración y el proyecto de salvación en su voluntad dispuesto a realizarlo. El demonio presenta casi las mismas tentaciones que había hecho en el paraíso a Adán: la desobediencia engendra no creer en el poder la palabra, en el mesianismo del Siervo que sufre, y no adorar a Dios como es debido. Lo insidioso de las propuestas: “Si eres Hijo de Dios di que estas piedras se conviertan en panes…Si eres Hijo de Dios tírate abajo…todo esto te daré si  postrándote  me adoras” (Rm. 4, 3-9). Ante la incredulidad de la palabra de Dios, Jesús responde, precisamente con pasajes bíblicos: “No sólo de pan vive el hombre vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios… a sus ángeles te encomendará, y en tus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna… Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto” (Rm. 4, 4. 6. 10). Será la voluntad de Dios la vía que recorra Jesús como Siervo sufriente, con la humildad, la kénosis de su gloria y finalmente la pasión salvadora. Comienza la derrota definitiva del demonio cuya victoria en el paraíso acabará sometido por la fuerza del Crucificado del Gólgota; jardín donde triunfa el amor redentor.  

Dejar todo lo que no es Dios en la vida del cristiano no es una opción sino toda una exigencia de la vida teologal. Necesitamos descubrir la ruina que producen los pecados que Juan de la Cruz afirma: cansan, atormentan, oscurecen,  ensucian, enflaquecen y llagan al alma (1S 6,1). También nosotros sufrimos las mismas tentaciones: soberbia, desobediencia y lo más grave no creer en la Palabra de Dios. Sólo Jesús  con su salvación y su amor que verdaderamente sana nos puede dar la unidad interior, la armonía para construir el hombre nuevo a imagen y semejanza de ÉL.

 

LUNES DE LA PRIMERA SEMANA

Lecturas bíblicas:

Lv. 19,1-2.11-18: Seréis santos porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo.

Mt. 25,31-46: Venid benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros.

San Juan de la Cruz: “A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado y deja tu condición” (D 59)

La primera lectura nos habla de la santidad de Dios que configura el comportamiento de su pueblo Israel. Lo plantea como fundamento y exigencia para ser lo que es y lo que está llamado a ser: pueblo de Dios. Esta ley de santidad (Lev.17-26), es proclamada para enseñarle la vía de acceso a la santidad de Dios y a la plena realización de su condición de pueblo escogido, amado, por Dios. Los preceptos de esta ley de santidad  se realizan en el servicio al prójimo, como forma concreta para ser santo, ante la presencia del Dios de Israel. El prójimo es llamado pariente, hermano, conciudadanos; es el hombre que vive en comunidad en la cual todos son objetos de derechos y deberes. El sano cumplimiento de los deberes hace que el prójimo obtenga todos sus derechos; Dios exige este cumplimiento.

En este códice no hay sólo  preceptos sino  actitudes y sentimientos de los cuales florecen las obras. De evitar el odio, el rencor y la venganza; para vivir la santidad se necesita la corrección fraterna con amor. Las actitudes negativas destruyen a quien las sostiene, en cambio, la corrección de quien busca el bien y la justicia salva al prójimo y a sí mismo. El amor al prójimo es criterio y medida en la relación con el prójimo: amar al otro como a sí mismo; es un gran desafío en la relación el otro. Este precepto compromete al hombre en su relación con Dios, principio de santidad para él y con el conjunto de actitudes y obras que realice. Jesús reconoce en este precepto lo esencial de la ley y la pone como centro de su mensaje evangélico (cfr. Mc. 12,31).        

El evangelio nos sitúa en el día del juicio final y cómo todos seremos examinados en el amo al prójimo manifestación de acercamiento al amor y santidad de Dios Padre. El centro de este juicio son las actitudes que hayamos tenido para con ÉL en esta vida. El marco del relato recurre a la apocalíptica judía y como el cumplimento de las promesas del AT. (cfr. Za. 14, 5). Esta epifanía nos presenta a Jesús como Rey y Juez, ante se presentan todos los pueblos, supone la resurrección de los muertos, unos a la derecha, otros a la izquierda. Esta disposición hace pensar que el juicio ya está hecho, el Juez debe leer la sentencia y las razones que la motivan. Los de la derecha son entran a heredar el reino preparado para ellos desde el inicio del mundo. Estos entran porque han hecho del amor al prójimo y a Dios ley de sus vidas, no porque estén predestinados a ello. Las razones para entrar en el reino del Hijo son obras de caridad a favor de los hermanos más pequeños de Jesús (Mt. 25, 40). Estas obras son exigidas por el AT (Is. 58, 7; Job 22, 6-7; 31, 17. 19. 21), se presentan como lo esencial de la piedad hacia el prójimo y hacia Dios. Jesús pone en énfasis en estas obras que sean fruto del precepto del amor y no simplemente filantropía.

Hay que evitar una relación comercial con Dios: te doy, tú me das; una relación más que de amor, de comercio de obras y premios. En el fondo estas obras no fueron hechas por Dios sino por el premio; es tergiversar el sentido de la religión y de la fe en Dios. Las obras de caridad, en la predicación de Jesús, se harán sólo porque el cristiano ve en el necesitado al propio Jesús necesitado, enfermo, encarcelado, hambriento, etc.   

La sentencia de Jesús y los motivos de la misma, causan admiración y maravilla en ambos grupos y se dirigen a ÉL: “cuando te vimos…” (Mt. 25, 37.44), las obras hechas por amor al prójimo escapan  a la casuística del valor; se premian las obras hechas al prójimo necesitado.  La sentencia a los que están a la izquierda indica que no entran en  su reino y quedan separados de Jesús para siempre sin que esto suponga estar predestinados a la condenación. La condena es por la falta de amor en sus vidas y en sus obras, por eso la pena eterna. Jesús  ama también hoy en sus discípulos porque los acerca a Dios. 

La sentencia del místico nos enseña a amar en este mundo, dejando nuestra condición egoísta y pecadora para que imitando a Jesucristo podamos superar el examen al final de nuestros días y al final de la historia de la salvación de cada creyente y de la humanidad. Hoy más que nunca o se ama o se es egoísta; se es solidario o no; no hay términos medios. La esperanza de la vida eterna y el dolor de los necesitados deben hacernos caminar en el compromiso de amor al hermano necesitado haciendo presente el dolor, el hambre, la enfermedad, etc. de Jesucristo;  la fe hace descubrir la presencia y visita no formal de Dios. 

 

MARTES DE LA PRIMERA SEMANA

Lecturas bíblicas:

a.- Is. 55, 10-11: La Palabra no vuelve a mí vacía  

b.- Mt. 6, 7-15: Padre nuestro…

San Juan de la Cruz: “Como el que tan bien conocía su condición y sólo les enseñó aquellas siete peticiones del Pater noster, en que se incluyen todas nuestras necesidades espirituales y temporales, …. porque bien sabía nuestro Padre celestial lo que nos convenía (Mt. 6, 7­8). Sólo encargó, con muchos encarecimientos, que perseverásemos en oración, es a saber, en la del Pater noster” (3S 44,4).                                                                                

Palabra de Dios  y oración, ambos son medios eficaces para acercarnos a Dios y a nuestro mundo interior, vínculo con toda la realidad que nos circunda. Estos últimos versículos del libro de la Consolación, son una invitación a  la conversión mientras hay tiempo, un volver a Dios. El regreso de los pueblos a Sión, vienen atraídos por el Santo de Israel, por la santidad de su pueblo en la fidelidad a la nueva alianza. Será un caminar en la voluntad de Dios de los redimidos y perdonados. La libertad de la humillación de la esclavitud signo de la presencia de Dios y de la salvación.

Creer en la palabra de Dios porque es eficaz, porque es verdad; como la lluvia fecunda la tierra, así su palabra no vuelve a ÉL sin que primero se cumpla. La palabra de Dios revelas sus deseos, sus grandes deseos para el hombre, su salvación la expresa en palabras sentidas y profundas, designios que se manifiestan y realizan en Cristo, palabra del Padre eterno, hecha carne. Juan evangelista, nos dice como el “Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros” (Jn. 1, 14), para estar en medio de los hombres y comunicarles los deseos del Padre, es decir, la salvación eterna por medio de su palabra.    

A diferencia de la versión de Lucas, en que los discípulos le piden a Jesús les enseñe a orar (Lc. 11, 1-14), como el Bautista les había enseñado a sus discípulos, ÉL les enseña el Padre nuestro. En el AT a Dios se le llamaba Padre de Israel por sus prodigios en Egipto y con signos relevantes mostró su predilección con su pueblo. Si Jesús es su Hijo, sus discípulos y que lo tienen como maestro se unen a su oración participan de modo especial en su filiación divina; somos hijos en el Hijo. Llamar a Dios como Padre y dirigirse a ÉL como su padre es quizás una de las características de la predicación de Jesús y que la tradición cristiana recoge en su predicación. La oración del Padre nuestro es la oración de los hijos de Dios: Padre nuestro.

El nombre de Dios es el mismo Dios, hay una identificación entre el nombre y la persona: Dios es el tres veces santo, trascendente. Este Dios totalmente otro, se ha manifestado y se ha dado a conocer. Le pedimos que se manifieste, que se haga conocer, que mantenga sus promesas y permanezca con nosotros para siempre. Por esto decimos: Santificados sea tu nombre.

Que venga su reino es una de los temas esenciales de la predicación de Jesús, reino que transforma la realidad y los valores de este reino: la justicia la verdad, la paz y el amor son caminos para que el hombre construya la civilización del amor. Donde está Jesús está presente este reino, la comunidad eclesial, es inicio de este cambio de la sociedad y de la mente y los corazones que necesita ser reconocido hoy y se espera su plena realización.

Hacer la voluntad de Dios en la vida del cristiano no es una opción, es una obligación en el sentido de saber que siempre el Padre busca lo mejor para sus hijos. Voluntad de Dios que su Hijo nos ha transmitido por el Evangelio y que el cristiano conoce precisamente para hacer la realidad en su existencia de cada día. Esta voluntad, en la lucha contra nuestro egoísmo, resulta siempre purificadora pero tiene la tarea de hacer comprender que lo que dispone Dios es lo mejor; ahí está el secreto de comprenderla y hacerla nuestra. La oración debe ser el vehículo que abra el corazón de Dios y nos presente su deseo para que con la fuerza de ese encuentro poder asumirla día a día. La voluntad de Dios debería ser el alimento, el pan de cada día, para trabajar y ganar el sustento y cubrir todas las necesidades; la comunión eucarística es camino de unión con Dios y de fe viva para hacer su voluntad.

El ejercicio de misericordia cuando Dios  perdona nuestras culpas debe ser también nuestro deber a la hora de perdonar a los hermanos sus ofensas. Vivimos en “su gracia”, es decir, su perdón cuando ve el arrepentimiento y el firme propósito de no volver a pecar está condicionado al perdón que nosotros damos a quienes nos han ofendido. La tarea de los confesores en este campo será educar a los penitentes en este sano ejercicio de liberación a fuerza de oración al Espíritu Santo para que sea el amor de Dios quien perdone en el corazón del penitente a su hermano de fe, sobre todo.

No caer en tentación y librarnos del mal depende de Dios y del hombre, entendiendo la tentación como una prueba teniendo muy en cuenta la reacción a ella. El cristiano debe abrazar el escudo de la fe para vencer siempre como enseña Pablo y la oración son armas con las que siempre se debe contar a la hora de enfrentar al enemigo: mundo, demonio y carne siempre serán enemigas del alma cristiana (Ef. 6, 10-20).  

El místico carmelita enseña a relacionarse con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo por medio de la vida teologal; una fe oscura y luminosa que  revive lo que enseña en la oración, una esperanza de vida eterna que vacía de toda seguridad terrenal y una caridad que asimila la propia voluntad en la de Dios enriqueciéndola hasta unirse plenamente.

 

MIERCOLES DE LA PRIMERA SEMANA

a.- Jon. 3, 1-10: Los ninivitas creyeron en Dios

b.- Lc. 11, 29-32: Aquí hay uno que es más que Jonás.

San Juan de la Cruz: “ Es, pues, de saber que el alma, después que determinadamente se convierte a servir a Dios, ordinariamente la va Dios criando en espíritu y regalando, al modo que la amorosa madre hace al niño tierno, al cual al calor de sus pechos le calienta, y con leche sabrosa y manjar blando y dulce le cría, y en sus brazos le trae y le regala” (1N 1,12).

La predicación de Jonás, con la fuerza de la palabra y del Espíritu Santo, logró la conversión de los ninivitas por medio de la penitencia. ¿En qué consistió la conversión? Fue la conversión de su mala vida y de las injusticias cometidas; la piedad que muestra Dios con este pueblo es porque vio sus buenas obras fruto del cambio de vida, es decir, de su conversión.

Del mismo tono es la denuncia de Jesús de la generación en la que vive y la denomina, perversa. Solo vale para esa generación el signo de Jonás es decir, la predicación y la conversión, lo mismo será el Hijo de Dios para su tiempo. La alusión a la reina de Saba  y a la sabiduría de Salomón, es para decir que aquí hay uno más grande que Salomón. La palabra de Jesús, su sabiduría eterna, es luz y vida para los hombres. Como la sociedad de los ninivitas, nuestra generación también es perversa, no sólo porque es indiferente a Dios y su salvación son porque el hombre va camino de su propia autodestrucción. Hay, sin embargo, un resto de creyentes que oran y acogen la salvación, la predicación para su continua conversión.

Los signos de conversión las debemos dar en la vida de cada día. La penitencia consistirá en saber reaccionar a las diversas situaciones que nos ofrece para dejarnos encontrar con Dios. Superar las debilidades de nuestro carácter cuando la realidad lo exigen con la ayuda de las otras virtudes; vencer nuestro egoísmo cuando la caridad nos exige una obra de servicio al prójimo; afrontar con fe y fortaleza las adversidades diarias; ser prudentes en nuestras apreciaciones luchando contra la crítica que destruye y ofende al prójimo; si perdonamos de corazón a quien nos hizo alguna faena y hacemos el bien quizás a quien no nos trató bien en alguna oportunidad, etc. Todos estos son signos de conversión que se pueden dar en la vida si verdaderamente hay un deseo de superar en la fe la propia indigencia espiritual. Pablo nos enseña: “Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo Crucificado, escándalo para los judíos y necedad para los griegos, pero para los llamados en Cristo fuerza y sabiduría de Dios” (1Cor. 1,22ss).

El seguimiento de Cristo, para el místico carmelita comienza con la determinación de convertirse, Dios cual amorosa madre lo acoge y comienza la obra de purificación de todo aquello que impide la verdadera unión de conocimiento y voluntad en el amor. “Lo primero traiga un ordinario apetito de imitar a Cristo en todas sus cosas, conformándose con su vida, la cual debe considerar para saberla imitar y  haberse en todas las cosas como se hubiera él” (1S 13, 3). 

 

JUEVES DE LA PRIMERA SEMANA

a.- Ester 14, 1. 3-5. 12-14: Protégeme tú, Señor, que lo sabes todo.

b.- Mt. 7, 7-12: Vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden.

San Juan de la Cruz: “Buscad leyendo y hallaréis meditando; llamad orando y abriros han contemplando” (D 162).

Como una bellísima flor literaria en un jardín de otras preces bíblicas hechas por otras heroínas, aparece esta oración de la reina Ester, dirigida a Dios, en un momento de gran aflicción. Ante un decreto de extinción del pueblo judío, Ester eleva su oración donde queda claro que Dios no es sólo el rey de Israel sino también el Dios omnipotente que se ha manifestado en la creación, en la historia de la salvación a favor de su pueblo. ¿Hay alguien que se oponga a sus designios salvíficos para Israel, su pueblo?

La oración de Ester, en la que peligra su vida y la de su pueblo, la reina busca protección en Dios. En esta plegaria Dios aparece como el único Señor y único rey de Israel. Luego se conjuga estar sola en este conflicto y como  el único y solo Dios a puede ayudar. Esto dicho de Dios, significa que es expresión de unidad, de infinito y de omnipotencia, sin embargo, aplicado a la reina Ester, es expresión de abandono e impotencia. Con audacia toma una decisión riesgosa, para salvar a su pueblo del exterminio y a su vida.  

Las palabra armoniosas que pide Ester son para presentarse ante el rey Asuero y alcanzar su fin: la salvación de su vida y la de pueblo; la ruina de Aman y sus secuaces. Finalmente la oración de la reina de Ester es escuchada y el cuando se presenta ante el rey deslumbrante de belleza, Dios ablandó el corazón del rey salvó a Ester y a su pueblo y el culpable Amán perece en la horca que había preparado para Mardoqueo (Est. 7- 8). Esta oración y petición tiene una fuerte carga nacionalista, con la cual obra la gesta de nuevamente salvar a su pueblo rehabilitándolo entre las naciones.

El evangelio nos presenta el tema de la oración constante y confiada, como la de Ester, con las características propias del  testimonio de Jesús en el NT. La idea central de ese evangelio lo encontramos al final: “Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que se las pidan?” (Mt. 7, 11). La oración no se puede reducir a sólo pedir, como podría parecer haciendo una lectura ligera del texto, hay otros pasos, como el buscar y llamar al corazón de Dios y al propio corazón. 

Si pido es para recibir. ¿Qué cosa pedir? El Espíritu Santo, lo dará a todos a quienes se lo pidan (Lc. 10, 13). Es el Espíritu quien nos enseña a orar, es por medio de él que nos unimos a la oración de Jesús al eterno Padre. Más aún, Pablo enseña, que nadie dice Señor Jesús si no es por la acción y fuerza del Espíritu Santo (1Cor. 12, 3). Nos conduce a la verdad plena de nuestra condición de hijos de Dios para desde esta filiación divina definir nuestra relación con el Padre. Relación que crece por medio del seguimiento de Cristo y el sano cumplimiento de su voluntad en nuestra existencia cotidiana. Aquí es donde la oración tiene una palabra que decir S. Teresa de Jesús: “Que no es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (V 8,5). ¿Quién nos ama sólo por lo que somos? Dios Padre, que nos ama en su Hijo, con el amor del Espíritu Santo. Nos ama con amor de Padre que cuida de cada uno de sus hijos. Nos ama en su Hijo y sólo en la medida en que nos conformemos a su imagen (Rm. 8, 29), seremos gratos y más amados por el Padre que con s amor vive a habitar a nuestra vida de bautizados (Jn. 14, 23).

Si busco a Dios es para encontrarlo. ¿Dónde buscarlo? Donde siempre está: en la comunidad eclesial, con su Palabra y los medios sacramentales, en la oración litúrgica y personal. La Iglesia es el lugar, la tienda del encuentro para el cristiano, en particular en la Eucaristía.

Si llamo a la puerta es para que me abra. ¿Qué puerta tocar? La única en la que siempre está el dueño de casa: Jesucristo es la puerta de las ovejas (Jn. 10, 7) por la que entro en comunión con el Padre y su Santo Espíritu, con toda la Iglesia. Si alguien entra en el reino por medio de ÉL será salvo, es decir encontrará la vida en abundancia que ha venido a traer a todos los que crean (Jn. 10, 10).

Si buscamos leyendo, hallaremos meditando; llamemos orando y se nos abrirá contemplando, nos enseña el místico carmelita. En este “Dicho de luz y amor”, S. Juan de la Cruz, encierra buena parte del proceso que hay que seguir para llegar a la perfecta unión con Dios.

 

VIERNES DE LA PRIMERA SEMANA

a.- Ez. 18, 21-28: Dios no quiere la muerte del pecador.

b.- Mt. 5, 20-26: Reconciliación con el hermano.

San Juan de la Cruz: Quien “quiere subir a este Monte a de hacer de sí mismo un altar en él, en que ofrezca a Dios sacrificio de amor puro y alabanza y reverencia pura, que, primero que suba a la cumbre del monte, ha de haber perfectamente hecho las dichas tres cosas: arroje todos los dioses ajenos… purifique el dejo que han dejado los apetitos…y poner en el alma un nuevo entender a Dios en Dios, dejando el viejo entender del hombre, y un nuevo amar a Dios en Dios” (1S 5,7).

Ezequiel nos llama a la responsabilidad personal frente a Dios. Vida o muerte; amistad con Dios o maldad y perversión lejos de ÉL, pero de todas maneras, responsable de su pecado o e su justicia. Dios quiere que el hombre viva, para eso lo creó, para que viva feliz en su presencia; pero si el hombre escoge equivocadamente el camino de la injusticia morirá a no ser que recapacite y se convierta y viva.

Estas palabras de Ezequiel resuenan en un tiempo que no podían ser peor: la deportación a Babilonia. La alianza rota, el templo destruido, Jerusalén en ruinas y sin culto ni víctimas. La voz de Ezequiel se alza para sembrar una nueva esperanza hecha de responsabilidad personal: “El que peca ese morirá” (Ez. 18, 20). Cada uno debe ser responsable ante Dios de sus actitudes en relación con ÉL (cfr. Jer. 31, 29; 2Re. 14, 6; Dt. 24, 16; Dt. 30,15). Los pecados del pasado, no es una herencia fatal sino como afirma el profeta: Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva (Ez. 18, 23). Dios quiere la conversión total del pecador, para que viva, guardando la alianza y la voluntad de Dios. Decir, como los pecadores, que Dios no es justo, es no responder a su invitación, y buscar excusas, cuando reconocer que nosotros no hemos sido fieles a Dios es iniciar el camino de la reconciliación y conversión. Quedémonos con las palabras últimas de este capítulo: “Convertíos y vivid” (Rm. 18, 32).

El evangelio también nos habla de las actitudes que debemos tener con nuestro hermano. Es el discurso de las antítesis en que Mateo presenta Jesús como Maestro y nuevo Legislador: “Habéis oído que se dijo…pero yo os digo” (Mt. 5, 21-22; cfr. Mt. 27-28; 31-32; 33-34; 38-39; 43-44). Nuestra reflexión se centra en el quinto mandamiento: no matarás (cfr. Ex. 20, 13; Dt. 5, 17). La nueva visión de este mandamiento que proclama Jesús va más allá de entender este mandamiento literalmente de quitarle la vida a otro. Jesús enseña que la ira, la cólera contra alguien, el insulto grave al hermano debe convidarse, como un verdadero homicidio. En su tiempo, quien cometía homicidio era llevado a los tribunales, en cambio quien ofendía gravemente al hermano nadie lo juzgaba. En el fondo es el mismo pecado a los ojos de Dios, puesto que en ambos se le quita la vida en la propia existencia, es decir, lo matas en tu corazón.

Las ofrendas en el templo eran frecuentes ya sea porque los mandaba la Ley de Moisés  o por agradecimiento o expiación de los pecados, Jesús, propone que la reconciliación con el hermano al que he ofendido vale más que estos sacrificios porque en esa actitud se manifiesta el amor y la misericordia de Dios que brilla en el corazón de quien ha conocido el perdón. Sólo quien ha vivido el arrepentimiento profundo de sus pecados y valorado la reconciliación que magnánimamente Dios le ha otorgado aprenderá perdonar.

Siempre necesitamos conversión en el amor y en el perdón de las ofensas que hacemos al prójimo y por ende a Dios. El verdadero sacrificio, como enseña San Juan de la Cruz será convertir el propio corazón donde se ofrezca el sacrifico diario de Cristo en la Cruz, participando de él en la Eucaristía para desechar los ídolos y las actitudes como el rencor, las ofensas, las palabras hirientes, etc., al hermano que matan la caridad si el pecado es grave, o la debilita, si es venial; convertir el propio corazón en un trono para Jesucristo es tarea de todo buen cristiano donde se ofrezca el sacrificio de la oración diaria acompañada de la ofrenda del amor fraterno hecho de renuncias y esfuerzos por permanecer en la amistad con Dios y los hermanos a pesar de nuestra debilidades, pero teniendo en cuenta que sólo la  reconciliación con el prójimo  asegura el perdón de nuestros pecados de parte de Dios Padre.    

 

SABADO DE LA PRIMERA SEMANA

a.- Dt. 26, 16-19: Serás un pueblo consagrado al Señor, tu Dios.

b.- Mt. 5, 43-48: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.

San Juan de la Cruz: “Nunca tomes por ejemplo al hombre en lo que hubieres de hacer, por santo que sea, porque te pondrá el demonio delante sus imperfecciones, sino imita a Cristo, que es sumamente perfecto y sumamente santo y nunca errarás” (D 161).

El texto presenta un contrato entre  Dios y su pueblo Israel a la hora de establecer sus relaciones: Dios quiere ser el Dios de Israel e Israel debe ser el pueblo de Dios (cfr. Ex. 6, 7; Jer. 31, 33; Ez. 36,28). Dios se compromete con ser el Dios de Israel y exige de su pueblo obediencia a su voluntad manifestada en su alianza; Israel acepta la ley de la alianza y pide ser el pueblo santo de Dios.

Si bien el texto tiene un carácter jurídico, el contenido no puede expresar la realidad  de lo que contiene porque no es un contrato entre iguales ni tampoco nace de esta declaración este contrato de la alianza. Es Dios quien ha creado esta relación de amor con su pueblo, es su creador y salvador, fruto de su iniciativa divina de su amor, amor gratuito por los patriarcas y sus descendientes hasta hoy. Las obligaciones de Israel son una respuesta al  amor de Dios, cumpliendo su alianza, se  constituye en lo que está llamado a ser: el pueblo amado del Dios de Israel.

El Deuteronomio va constatar que si bien Yahvé es el Dios de Israel, el pueblo no siempre será fiel, es decir, que Israel deberá tomar conciencia de este compromiso que no sólo llevará tiempo, sino que tendrá que vivirlo en esperanza. Hay que destacar la libertad en que el pueblo acepta el compromiso con un tipo de  vida que le da un sentido a su existencia, pero desde el momento en que no vive la alianza, es decir, no responde al compromiso, lo deja libre a su suerte. La salvación de Israel está en vivir el compromiso ser el pueblo de Yahvé (Os. 2, 25; Jr. 13, 11; 33, 9).

El amor a los enemigos es una autentica novedad en la enseñanza de Jesús. La ley del talión consistía en el principio de retribución, es decir, devolver la misma ofensa que se había recibido a quien la había realizado. Jesús se opone a este principio, sus discípulos deben aceptar sufrir la injusticia, la humillación que se ha cometido contra ellos. Esta enseñanza de Jesús es el primero en vivirla desde el momento que sufre la injusticia: cuando es arrestado, pide explicaciones (Mc. 14, 48) lo mismo cuando es abofeteado ante el Sumo Sacerdote porque ha dicho la verdad (Jn. 18, 23), más aún les manda protegerse de quien los quiera atacara fuerza de una espada (Lc. 22, 36). Librarse de la violencia de los violentos es una tarea, la otra labor consiste en no entrar en la espiral de violencia del otro, cosa que sería muy fácil de hacer, pero que no entra en el querer de Dios.

El amor al prójimo en el AT consistía en amar a todos los miembros del pueblo de Israel (Lev. 19, 18); sin embargo lo de “odiar al enemigo”, no fue escrita por el autor sagrado. Es una interpretación de los escribas deducida o tomada como conclusión del primer principio: los extranjeros eran todos idólatras, y por los mismo enemigos de Yahvé, por lo tanto de Israel. A pesar de toda esta historia de amor y odio tribal de siglos, Jesús eleva el amor al prójimo a todos los hombres de la tierra. Su precepto de amar al prójimo sea enemigo o no, adquiere categoría universal sin distinción  de ningún tipo, por lo mismo hacer lo contrario, es actuar como los publícanos y paganos que sólo aman a  los suyos, no hacen nada de extraordinario.

El discípulo de Cristo esta llamado a actuar  como Dios que ama a todos buenos y malos, hace salir el sol y derrama su lluvia sobre justos e injustos. Es una nueva visión de contemplar las relaciones entre los hombres y mujeres, buenos y malos, justos e injusto, por tanto se espera que no sólo actuemos como Dios sino que seamos como ÉL: sed santos y perfectos como vuestro Padre, manda Jesús, el Maestro. 

El místico nos invita a fijar nuestra mirada en Jesucristo, el único santo y perfecto como su Padre, para ser verdaderos hijos de Dios.

Fr. Julio González C.  OCD

 

 

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