Fr. Julio González C. OCD

 

CUARESMA-2008

 

PALABRA Y ESPIRITUALIDAD

Pastoral de Espiritualidad

Frailes Carmelitas

Viña del Mar - Chile

                         

QUINTO DOMINGO

LUNES   MARTES   MIERCOLES   JUEVES   VIERNES   SABADO


 

QUINTA SEMANA DE CUARESMA

(Ciclo A)

 

DOMINGO DE LA QUINTA  DE CUARESMA

Lecturas:

a.- Ez. 37, 12-14: Os infundiré mi espíritu y viviréis.

b.- Rm. 8, 8-11: Tenemos el Espíritu de Dios que resucitó a Jesús.

c.- Jn. 11, 1-45: Resurrección de Lázaro.

San Juan de la Cruz: Comentando los versos: “Decidle que adolezco, peno y muero” de la segunda estrofa de Canto Espiritual, el místico comenta: “Las hermanas de Lázaro le enviaron a decir, no que sanase a su hermano, sino que mirase que al que amaba estaba enfermo: “Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo” (Jn. 11, 3). Y esto por tres cosas: la primera, porque mejor sabe el Señor lo que nos conviene que nosotros; la segunda, porque más se compadece el amado viendo la necesidad del que lo ama y su resignación; la tercera, porque más seguridad lleva el alma acerca del amor propio y propiedad en representar la falta que en pedir lo que a su parecer le falta. Ni más ni menos hace acá ahora el alma representando sus tres necesidades; y es como si dijera: Decid a mi Amado que adolezco y él sólo es mi salud, que me dé mi salud, y que pues peno y él sólo es mi gozo, que me dé mi gozo, y que pues muero y él sólo es mi vida, que me dé vida” (CB 2,8).

La primera lectura corresponde a la visión de los huesos secos de Ezequiel. La infusión del Espíritu en la vida del creyente, es verdadera vida nueva, y desde la tradición litúrgica, posee una referencia bautismal esta lectura que hoy la Iglesia nos propone. El hombre sin esperanza puede estar destinado a ser, como Israel, hombre de huesos secos, es decir, un muerto en vida. Sólo la vida que viene de la gracia divina es el camino de comunión con Dios y comienzo de la vida teologal.

El Señor Jesús, comunica la vida a Lázaro, su amigo íntimo, signo de la vida que nos da el Espíritu Santo por la fe y el Bautismo; anticipo y garantía de nuestra resurrección (Rm. 8,11), cumplimiento de la profecía de Ezequiel, el que estaba muerto recobra la vida por intervención del Espíritu de Dios.           

A la declaración de Jesús: “Jesús le respondió: “Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás” (Jn. 11, 25-26), sigue el portento de la resurrección de Lázaro. Jesús, acoge la fe de Marta en su calidad de Cristo e Hijo de Dios que debía venir (v. 27).         

En esta narración, queda claro que Jesús es el Hijo de Dios, pero al mismo tiempo la parte humana del hombre que se conmueve. Proclama su filiación divina, vida y resurrección, que queda patentado con el signo de darle vida a un muerto, también conmueve verlo triste, llorar y sollozar por la muerte de un amigo. Lo humano y lo divino de Jesucristo, es lo que Juan nos quiere comunicar en este largo relato, donde la fe de sus hermanas Marta y María también son recogidas como testimonio de su fe en el Cristo y en su poder. Es su condición de Hijo de Dios que lo acerca al dolor humano y a la causa de la muerte, fruto del pecado. Aquí se encuentra la vinculación con todo hombre al que Jesús quiere darle vida y resurrección, si como Marta, cree en ÉL.

En todo este relato y el movimiento de personajes, no hay que olvidar la motivación de Jesús y la de Juan al redactar su evangelio: suscitar la fe. Sin fe en Cristo Jesús, no hay vida, ni resurrección. A Marta le requirió este dato fundamental: “¿Crees esto?” (v. 26), y el apóstol Juan al finalizar su evangelio, dice refiriéndose a sus escritos: “Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn. 20, 31). Desde ahora el que vive en Cristo vive más allá de la muerte y si muere vivirá espiritualmente (v.25). El creyente que vive espiritualmente, nunca morirá espiritualmente. Jesús, vida y resurrección, por lo tanto el que vive a este lado de la muerte, vive en el espíritu (cfr. Jn. 3, 6; 5, 24-25). Y el que cree ahora, vive al otro lado de la muerte física (cfr. Jn. 5,28-29; 6,40-54). La clave del creyente está en responder como Marta: ¿Crees esto?  

La muerte es un misterio que hay que asumir. ¿Cómo? Ahí está la cuestión. Si no tenemos fe a la muerte se la ignora hasta que llega, como una visita imprevista, indeseable, o que no queremos que llegue. Detrás de todas estas visiones está el temor, el horror, la nada, etc., la sociedad crea paraísos terrenales para que el hombre no piense en su destino eterno, más aún, piensa por él  y le enseña qué debe pensar al respecto, reduciendo todo a una visión materialista: después de la muerte no hay nada.

Sólo Jesucristo es la repuesta válida para el hombre respecto a la muerte. La vida cristiana desde el bautismo, los sacramentan alimenta la vida eterna en el creyente, la Palabra de Dios y la oración, fecundan de sentido la vida y la muerte desde Dios. La vida eterna comienza en la pila bautismal y encuentra su plenitud en la presencia de Dios para siempre en su Reino. El creyente en Cristo, está salvado, del pecado del demonio y finalmente de la muerte eterna. La muerte biológica es irrenunciable, pero el miedo al sinsentido de la vida que acaba en la nada, desaparece si el hombre cree en Jesús, quien conoció la muerte pero resucitó para darnos vida verdadera. La muerte no tiene la última palabra, sino la vida del Resucitado, que por el bautismo y su misterio pascual, es vida nuestra. Es el Hijo de Dios quien nos invita a la vida desde hoy y para siempre en ÉL, con ÉL y para ÉL.           

La invitación de Juan de la Cruz, es la saber presentar nuestras necesidades al Amado para que disponga lo que mejor conviene. Pidámosle a Jesús de Nazaret, la poseer vida verdadera, que viene de su propia existencia de resucitado y que el Espíritu Santo actualiza continuamente en la contemplación,  vida que nos regala cada jornada.

 


LUNES DE LA QUINTA SEMANA DE  CUARESMA

Lecturas:

a.- Dan. 13, 1-62: La casta Susana

b.- Jn. 8, 1-11: La mujer adúltera.

San Juan de la Cruz: “Pero aunque Dios se olvida de la maldad y pecado después de perdonado una vez, no por eso le conviene olvidar sus pecados primeros al alma, pues dice el Sabio (207): “Del pecado perdonado no quieras estar sin miedo”; y esto por tres cosas: la primera, para tener siempre ocasión de no presumir; la segunda, para tener materia de siempre agradecer; la tercera, para que le sirva de más confiar para más recibir; porque si estando en pecado recibió de Dios tanto bien, cuando está puesta en tanto bien en amor de Dios y fuera de pecado, ¿cuánto mayores mercedes podrá esperar?” (CB 33,1).

La narración de la primera lectura nos lleva a considerar hasta donde puede llegar la maldad de quien se deja guiar por sus pasiones, en este caso concreto, la lujuria de los dos ancianos. La oportuna intervención del profeta Daniel en el juicio que le presentan a Susana y a su casa, la salva de morir lapidada por adulterio, ese día se salvó una vida inocente (v. 62). Susana, había sido criada en la fe de sus padres y en la Ley de Moisés, por lo que supo orar diciendo: “Oh Dios eterno, que conoces los secretos, que todo lo conoces antes que suceda, tú sabes que éstos han levantado contra mí falso testimonio. Y ahora voy a morir, sin haber hecho nada de lo que su maldad ha tramado contra mí”. El Señor escuchó su voz” (vv. 42-44). De los ancianos se esperaba cordura y virtud, en cambio, escondían pasiones, que en definitiva, los llevaron a la muerte. La virtud de Susana, su castidad matrimonial, Dios la preservó, porque ella la defendió  con valentía y una oración confiada a Yahvé.

La adúltera, si era culpable, y la Ley manda, apedrearla hasta morir. Pasamos de la inocencia y castidad de Susana al pecado de adulterio por parte de una mujer casada sorprendida en flagrante rompimiento de la fidelidad matrimonial. Jesús esa noche la había pasado en compañía de su Padre, en oración, en el huerto de los Olivos y cuando volvía al Templo a enseñar, le presentan el caso de la adúltera nada menos que los fariseos. Ellos saben lo que dice la Ley pero capciosamente le piden su opinión: “Tú que dices” (v. 5). Jesús escribe en el suelo, calla; ante su insistencia dice: “Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra” (v.7). Todos se marcharon, comenzando por los viejos, hasta quedar sólo Jesús y la mujer: “Mujer ¿Nadie te ha condenado? …Tampoco yo te condeno. Vete en adelante no peques más” (vv. 10-11). En este texto bíblico como en el anterior, se salva no sólo una vida sino la dignidad personal, en el primer caso recurriendo a la justicia, en el segundo a la misericordia del Maestro de Nazaret. Lo que no sabemos es cuál fue el motivo del adulterio de esta mujer, Jesús, pasó por sobre todo ello y salvó a la adúltera de la muerte y la devolvió a la vida nueva, rehabilitó su existencia con su perdón. La actitud hipócrita, la encontramos en los fariseos, puesto que aplican la ley sólo a la mujer, mientras que también se debía aplicar al varón, realidad que tampoco se tuvo en cuenta en el caso de Susana (cfr. Lev. 20, 10; Dt. 22, 23). La actitud de Jesús fue una verdadera absolución, para que arrepentida, tenga vida (Ez. 33,11); se cumple aquello de que por Jesucristo nos vino la gracia y la verdad (Jn. 1,17). 

Si se lee con atención sobre todo a Juan, vemos que estos encuentros con sus enemigos, los fariseos, van enardeciendo los ánimos contra el  maestro, el profeta, el Mesías, se van descubriendo las verdaderas intenciones del corazón de los hombres ante este signo de contradicción, bandera discutida, hombre de fe y milagros llamado Jesús de Nazaret. A su vez se levanta el velo del misterio que está por revelarse: misterio pascual para la humanidad pecadora y salva.

Con su Evangelio, Dios quiere rescatarnos de la levadura del pecado, de juzgar, en esta caso, creyéndonos buenos y santos (cfr. Mt.7, 1). Su perdón nos devuelve la vida y la dignidad de personas. Necesitamos el perdón para iniciar el camino de perdonarnos y perdonar al prójimo los errores cometidos. Sólo el amor de Dios salva y sana nuestras heridas, levanta al caído y lo ayuda a caminar en fe.

La exhortación de Juan de la Cruz, es a vivir pendientes del querer de Dios por tanta bondad demostrada al perdonar tanto pecado que su gracia nos ayudó a superar e iniciar el camino de perfección.

 


MARTES DE LA QUINTA SEMANA CUARESMA

Lecturas:

a.- Núm. 21, 4-9: La serpiente signo de salud y perdón.

b.- Jn. 8, 21-30: ¿Quién eres tú? Yo soy.

San Juan de la Cruz: “Esto es, debajo del favor del árbol de la cruz, que aquí es entendido por el manzano, donde el Hijo de Dios consiguió victoria, y por consiguiente desposó consigo la naturaleza humana, y consiguientemente a cada alma, dándole él gracia y prendas en la cruz; y así, dice: Allí conmigo fuiste desposado. Allí te di la mano” (CB 23, 3).

El pueblo de Israel se queja, como muchas veces en su travesía por el desierto, esta vez por la carencia de alimentos y agua. Dios Padre providente y educador en la fe de su pueblo les envía serpientes venenosas, para exhortarlos al arrepentimiento, por haber hablado contra ÉL y su enviado Moisés. El pueblo reconoce su pecado y Moisés intercede, la respuesta de Dios es el perdón y la serpiente de bronce un signo del mismo, con el cual sanaba sus picaduras. Bastaba mirar la serpiente de bronce y recobrar la salud.

Mirado desde fuera y a la distancia de siglos nos parece un rito mágico, pero Dios se valió de ese signo para encaminar al pueblo de Israel a la fe. En ello hay vestigios del culto que la serpiente tenía en Oriente, como dios de la  salud (Sb. 16,6), será Exequias quien suprima el culto que todavía daban los israelitas a la serpiente de bronce (cfr. 2Re. 18,4); los griegos y romanos luego la veneraron como Esculapio o Asclepios y a su templo en Epidauro, acudían enfermos de toda Grecia a escuchar su oráculo. Juan en su evangelio relaciona la serpiente de bronce con la Cruz de Cristo, para tener, vida eterna (Jn. 3, 14).

El “Yo soy” de Jesucristo es la clave para comprender este evangelio (cfr. Ex. 3,14). Las disputas ya habituales entre Jesús y los judíos,  se centran, en si creen en Yo soy, es decir, si creen en ÉL, si o no. Todas estas disputas levantan el velo del misterio que hay en la persona de Jesús y revelan de su parte, su origen y condición divina, con sus palabras y signos,  pero ellos se niegan a ver y creer. El juicio, la hora de Jesús se acerca inexorablemente y tendrá muchos de estos elementos. Los judíos son de aquí abajo, de la tierra, mientras Jesús, es de arriba, del cielo; mientras ellos son de este mundo, Jesús, no es de este mundo; si no creen en ÉL, perecerán, como sus padres en el desierto (vv. 23-24). Pasar de una esfera a otra es cosa de vida o de muerte. Si los hombres rechazan a Jesús, que se ha revelado como el agua de vida eterna y la luz del mundo, morirán en su pecado, porque no creen en ÉL (cfr. Jn. 4,10; 8,12).

Cuando ÉL sea alzado, alusión clara a la crucifixión y exaltación de Cristo, entonces sabrán quién es ÉL: “Soy el que soy”. Con ello se identifica con el Yo soy del libro de Éxodo (Ex. 3,14), con lo que declara su condición divina. Muchos creyeron en ÉL, otros lo rechazaron; los primeros buscaban la verdad, los judíos permanecieron en su ceguera ante el Mesías. Bandera discutida, signo de contradicción, eso es Cristo Jesús, para el hombre de ayer y de hoy; estamos con ÉL o contra Él, sólo que la postura que tomemos tiene sus repercusiones en forma definitiva. Su rechazo supone las tinieblas y la ruina eterna porque no elevaron sus ojos de este mundo; en cambio, quien mira la Cruz, con fe y amor hacia el Crucificado, como los israelitas en el desierto, obtienen la salud eterna, la salvación. Mirar a Jesucristo, es para imitarle, escucharle para obrar como ÉL, amarlo es entrar en su intimidad con el Padre, nuestro Padre desde ÉL, hacer su voluntad. Progreso, avance en la entrega mutua, entre Dios y el hombre, es signo de sana vida espiritual.

San Juan de la Cruz nos sitúa en dos planos: junto al árbol de la caída de nuestros primeros padres, Adán y Eva, y junto al árbol de la Cruz, donde la vida empieza; uno fue causa de violación de la naturaleza humana, por el pecado, en el otro  fue redimida, en la Cruz, por lo mismo desposada, dándole la gracia y prenda, “allí te di la mano” dice Cristo resucitado al alma santificada. Volver a revivir la experiencia de nuestro bautismo y volver al Calvario, más aún al Crucificado, son tarea de todo cristiano en este camino cuaresmal.

 


MIERCOLES DE LA QUINTA SEMANA DE CUARESMA

Lecturas:

a.- Dan. 3, 14-20,91-92.95: Los tres jóvenes fieles a la alianza.

b.- Jn. 8, 31-42: Jesús y Abraham.

San Juan de la Cruz: “Si tú en tu amor, ¡oh buen Jesús!, no suavizas el alma, siempre perseverará en su natural dureza” (D 35).

La mirada del profeta, desde una situación de persecución con Antíoco IV Epifanes, escribe su obra (s. II a.C), con la intención de mantener la fidelidad de la comunidad judía, y para ello vuelve al destierro babilónico y narra la historia, como ejemplo, el testimonio de los tres jóvenes se en el horno ardiente (s.VI a.C ). Si bien Nabucodonosor había reconocido al Dios de Israel como el único Dios (Dan. 2,46-49), cambia su actitud y exige adoración de su estatua, bajo pena de muerte al que se resista a ello (vv.1-8). Los compañeros de Daniel, Sidra, Misac y Abdénego son condenados a muerte por negarse a adorar un ídolo, Dios siempre providente, premia su fidelidad librándolos del fuego (v. 46). El cántico de los jóvenes es todo un himno a la acción creadora de Dios y finalmente el rey Nabucodonosor, reconoce que Yahvé obró a favor de sus fieles (vv. 24-30).

Este pasaje bíblico nos quiere enseñar que en la persecución a causa de la fe, el justo se mantiene fiel a Dios, en la lucha entre el bien y el mal, manteniene su libertad interior, a pesar de la opresión, conserva ese espacio donde Dios reina hasta ver coronados sus esfuerzos por la acción de Dios. El testimonio admirable de estos tres jóvenes, fue un gran aliciente para la naciente Iglesia romana, se identificó con ellos,  en la  persecución, mantuvo la adoración al único Dios, no abandonó la alabanza divina y la celebración de la eucaristía. 

“La verdad os hará libres” (v. 32). ¿Qué nueva verdad hay que aceptar o creer? Se preguntan los judíos al oír a Jesús. ¿Acaso no es completa la fe que nos viene de Abraham, transmitida por la Ley y los profetas? Ellos ya son libres, desde Moisés, entonces a qué viene hablar de esclavitud, este leguaje de Jesús escandaliza a sus oyentes. La respuesta de ellos a sus argumentos: “Nosotros somos descendencia de Abraham” (v. 32). La referencia a Abraham, es como padre de la fe, para toda su descendencia, al cual le había hecho Dios muchas promesas, todas ellas cumplidas para bien de su pueblo y no para otros. En el NT, viven sujetos al poder romano, sin embargo, conservan su dignidad como pueblo y la libertad suficiente, para practicar su religión, lo que los hace, distintos a otras naciones.

Las palabras de Jesús, no son comprendidas por sus auditores judíos, cuando habla de quien comete pecado, es esclavo de su pecado y que la verdad no se identifica con la lealtad, fidelidad, honestidad o lo que sería más difícil de comprender a privilegios. La verdad es Dios mismo, comunicada a los hombres por los patriarcas, la Ley de Moisés y los profetas; es un principio de libertad para el hombre de fe. La verdad es aquella que Jesucristo proclama y que consiste en la relación armónica con Dios, relación que sólo puede crear. Jesús es la verdad, el camino y la vida que conduce al Padre (Jn. 14,6).

Pero Jesús declara que sus adversarios no son descendientes de Abraham, entendida por ellos en sentido físico, sanguíneo, más bien, las promesas hechas a Abraham no están ligadas a la descendencia tribal, sino a una vida recta y de fe. Ser parte de la familia de Dios, viene por la vía teologal y moral: vida de fe, de justicia, de apertura a Dios, aceptar el testimonio de Quien viene en su nombre. Si fueran sus hijos lo imitarían; querer matar un inocente porque dijo la verdad, no es el mejor modo, de imitar a su padre Abraham. Finalmente, los judíos no son hijos de Dios, porque si lo fueran reconocerían a Jesús, lo amarían, pues que dice aquello que ha visto y oído a su Padre. No recibir a Jesús es rechazar a su Padre. Por esto los fariseos no son hijos de Dios sino del demonio y por eso quieren matarlo ya que prefieren la mentira a la verdad.

Sólo quien es propiedad de Dios por el Bautismo y vive su fe, escucha y acepta a Jesús como enviado del Padre; sin fe no pertenecemos al reino de Dios. La dureza del alma que denuncia Juan de la Cruz, es propia del hombre que por causa del pecado se ha hecho impermeable a la luchar contra el pecado sólo la misericordia, la divina gracia y el amor de Cristo por el caído puede romper muros, hacer caer las escamas no solo de los ojos, como a Pablo, sino las del alma, es el triunfo de la luz del amor que atraviesa las tinieblas del pecado para quedar en su morada de iluminar la vida del hombre.   

 


JUEVES DE LA QUINTA SEMANA DE CUARESMA

Lecturas:

Gén. 17, 3-9: Alianza de Dios con Abraham.

Jn. 8, 51-59: Antes de Abraham existo yo.

San Juan de la Cruz: Comentado los versos de Cántico espiritual escribe: “Y luego me darías, / allí, tú, ¡vida mía!/, aquello que me diste el otro día”  Por aquel otro día entiende el día de la eternidad de Dios, que es otro que este día temporal; en el cual día de la eternidad predestinó Dios al alma para la gloria, y en ese determinó la gloria que le había de dar, y se la tuvo dada libremente sin principio antes que la criara, y de tal manera es ya aquello propio de tal alma, que ningún caso ni contraste alto ni bajo bastará a quitárselo para siempre, sino que aquello para que Dios la predestinó sin principio, vendrá ella a poseer sin fin. Y esto es aquello que dice le dio el otro día, lo cual desea ella poseer ya manifiestamente en gloria” (CB 38,6).

Un ramillete de promesas de parte de Yahvé donde se declara el contenido de la Alianza: Abraham será padre de una muchedumbre de  pueblos, establece una alianza eterna, donde Yahvé será su Dios, para él y las generaciones que vendrán,  y recibirá la tierra de Canaán, tierra que heredarán sus descendientes. Como padre de muchos pueblos la alianza que Dios hace con Abraham, es con toda la humanidad. ÉL cree a la palabra del Señor, contra toda esperanza, aquí está el valor de su fe y de su testimonio para todos sus descendientes. Gracias a su fe hoy creemos, más aún su fe creó vida y bendición en Isaac, hijo de sus entrañas, pero que en Cristo Jesús, la vida y bendición alcanzan su plenitud.

El evangelio habla precisamente de Jesús, como descendiente de Abraham, bendición y vida nueva del Dios de la alianza para el hombre que se debate entre la vida y la muerte. Su misterio pascual vence a la muerte y en su victoria, el creyente queda habilitado para la vida nueva de fe y esperanza, en una sociedad que muere sin valores o que no tiene una visión trascendente del hombre y permanece sólo en lo material.

El problema que presenta el evangelio sobre el  origen de Jesús y la filiación divina, sus palabras revelan su relación con su Padre y  los signos,  glorifican su poder salvador. Los judíos no conocen al Padre, si bien lo llaman su  Dios, no lo conocen y por lo mismo, no conocen a Jesús. Siempre será  necesaria la fe para encontrar a Jesús, sólo ella nos lo presenta como Hijo de Dios, revela su misterio y su persona; el conocimiento y el amor será siempre quien nos conduzcan a Cristo. 

Su palabra vence a la muerte para quien la guarda, la cumple, porque lo reconoce y lo ama. Quien guarda su palabra no morirá (v. 51). Si la verdad nos hace libres, esta genera libertad frente al pecado y a la muerte, esto es lo que garantiza ahora Jesús. Los judíos entienden la declaración de Jesús en sentido literal y lo acusan de ser un endemoniado, porque no comprenden que quien cree a Jesús aunque muera vivirá (Jn. 11, 25), mientras que los judíos lo entienden sólo como quien experimenta la muerte física. Esta declaración supera a Abraham y a los profetas que murieron, lo que afirma Jesús, le viene dado por el Padre que lo glorifica, más aún, dice que el patriarca vio sus días y se alegró (Gn. 24,1), cosa que acentúa la incredulidad de los judíos.  

Jesús, afirma finalmente, su preexistencia, su ser divino y eterno:” Yo soy”. Juan Bautista, lo había afirmado, existía antes que él (Jn. 1, 30.34), el mismo Abraham nació y murió, mas Jesús como palabra del Padre, como Señor, está sobre el tiempo aunque viene a nosotros en el tiempo (v. 58). Esta declaración le ganó a Jesús el título de blasfemo y sus adversarios aplican la ley reservada a los blasfemos (Lev. 24,16), es decir, la condena a muerte. Como no había llegado su hora (Jn.7, 30), Jesús se retira, el tiempo sigue a la luz, se recoge en ÉL.

La vida del hombre en, Juan de la Cruz, hay que entenderla en clave de eternidad, ahí encuentra su origen, ahí su destino eterno, porque esa es la vocación que recibió y fue llamado desde el principio por la Trinidad beata.

 


VIERNES DE LA QUINTA SEMANA DE CUARESMA

Lectura:

a.- Jer. 20, 10-13: Confesiones de Jeremías.

b.- Jn. 10, 31-42: Jesús se declara Hijo de Dios.

San Juan de la Cruz: “Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar” (2S 22,3).

Estas confesiones de Jeremías unen sus crisis interiores y las amenazas exteriores, la persecución y el odio de sus más cercanos. A pesar de todo se siente seguro en su interior, porque Yahvé está a su lado como un fuerte campeón (v.11). El profeta se ve como objeto de un nuevo complot para acabar con su vida; sólo esperan la ocasión propicia. Lo mismo sucederá siglos más tarde, con Jesús de Nazaret, será vendido por uno de sus amigos.

Jeremías, no se queja con Yahvé, le recuerda la promesa del día en que lo llamó a  servirlo. Dios conoce su intimidad, por lo tanto espera con fe y seguridad la derrota de todos los que atentan contra su vida (v.12). Detrás de esta esperanza está la idea de la retribución terrena, muy propia del AT; el pobrecillo será salvado una vez más por la mano poderosa de Yahvé.

Jesús y el Padre son una sola realidad (v.30). La pregunta de si es o no el Mesías, parece innecesaria. ÉL es mucho más que el Mesías que esperaban los judíos, es el Hijo de Dios. La declaración de Cristo provoca las iras de los judíos y traen piedras para matarlo, el motivo es siempre declararse Hijo y de ser uno con el Padre. Las obras hablan por ÉL y atestiguan a su condición, tanto que uno de los propios judíos habla en su favor: ¿acaso un endemoniado puede dar vista a un ciego? (Jn. 10,21). Para los judíos, el declararse igual a Dios, les parece blasfemia (v.34). La réplica de Jesús se basa en las palabras del Salmo 82,6: “Yo he dicho: sois dioses, sois todos hijos del altísimo”. Si a ellos les fue confiada  la ley, la palabra de Dios y el poder de interpretarla y aplicarla, los llama dioses, con cuanta mayor razón el Hijo de Dios, el único enviado, aquel que es la Palabra de Dios. Insiste Jesús: “Cómo le decís que blasfema por haber dicho: Yo soy Hijo de Dios?” (v.36)

Si la mima palabra otorga la divinidad a quien acoge la Palabra de Dios, con cuanta mayor razón se la puede atribuir la propia Palabra de Dios. La historia de Israel y la conducta que mantuvieron respecto a Yahvé los hacía indignos de tanto honor, en cambio, las obras de Jesús demuestran que es el Hijo de Dios, el enviado del Padre, el camino y la puerta que conduce a Dios.

El místico carmelita, nos invita a dejarnos atravesar por esta suave luz de amor que nace de la Sabiduría, del Verbo de Dios, que hecho hombre por nosotros, y la única Palabra de Dios, que habla y dialoga, nos enseña que por el camino de la fe llegamos a la unión con Dios, es decir, igualdad de voluntad y amor, la misma que ÉL, posee con su Padre.


SABADO DE LA QUINTA SEMANA DE CUARESMA

Lecturas:

a.- Ez. 37,21-28: Serán mi pueblo y yo seré su Dios.

b.- Jn. 11, 45-56: Para reunir a los hijos de Dios.

San Juan de la Cruz: “Dar a entender cómo el Hijo de Dios nos alcanzó este alto estado y nos mereció este subido puesto de poder ser hijos de Dios; y así lo pidió al Padre él mismo por San Juan, diciendo: “Padre, quiero que los que me has dado, de donde yo estoy, ellos también estén conmigo para que vean la claridad que me diste; es a saber, que hagan por participación en nosotros la misma obra que yo por naturaleza, que es aspirar el Espíritu Santo….  Que es comunicándoles el mismo amor que al Hijo…por unidad y transformación de amor” (CB 39, 5).

El simbolismo de los dos leños quiere significar la unidad que Dios busca establecer  para su pueblo; en un leño lleva escrito el nombre de Judá y en el otro el de José e Israel, luego los une y camina por la ciudad con ellos en las manos. ¿Qué significa esto? Volviendo la mirada a los comienzos del reinado de David, él promete n nombre de Dios, el regreso a la tierra prometida bajo la guía de un nuevo David. Es verdad que David reunió bajo su cayado a todas las tribus, artífice de unidad para Israel.        Su tiempo corresponde, como elegido por el Señor, al tiempo ideal de la teocracia de Israel. La división que se provocó a la muerte de Salomón, en dos reinos, Judá e Israel, no sólo quitó la unidad sino también que Dios fuera el centro de todo, conociendo incluso el destierro de la tierra prometida.

Ezequiel, anuncia la reunificación en la tierra prometida, es decir, el regreso a la patria, donde reinará un nuevo David, bajo una sola nación. En el futuro no habrá divisiones, fruto del pecado, la idolatría, por citar un desorden en que cayó Israel.  Elemento fundamental de la reunificación será  purificar al país  y los corazones de la idolatría  para la realización de una nueva alianza, que Cristo Jesús sellará con su sangre, en los tiempos mesiánicos. Este nuevo David es el único pastor de su pueblo, reinará sobre ellos, obedecerán la voluntad de Dios, observarán sus preceptos. La insistencia del “para siempre” es de resaltar porque en el fondo Dios se está comprometiendo con una alianza que garantiza perpetuidad, eternidad con valores como la paz, vivir en la tierra prometida, los multiplicará y su santuario estará en medio de ellos (vv. 25-28). Este nuevo David es príncipe perpetuo de su pueblo (v.25), lo vemos realizado sólo en Cristo Jesús,, en la plenitud de los tiempos mesiánicos. Finalmente “sabrán las naciones” (v.28), Israel se convierte en profeta, anuncio e intermediario entre todos los pueblos, instrumento de la revelación de Dios, testimonio de la presencia divina, vocación que el Concilio Vaticano II, atribuye a la Iglesia, convertida en sacramento de salvación universal (cfr. LG 48), el nuevo Israel, querido y revelado por Dios Padre.

Verdaderamente son insondables los caminos del Señor cuando quiere que se cumpla su economía de salvación. Un hombre debe morir por el pueblo. Este ese el argumento de los judíos, luego de la resurrección de Lázaro.  Su temor, la reacción romana en contra de la nación, porque Jesús realiza muchos signos y muchos creerán en ÉL. La “solución” viene de Caifás, Sumo Sacerdote aquel año: es mejor que muera un solo hombre y no toda la nación (v. 50). Esos signos producían reacciones a favor, creían en Jesús, otros rechazo y hostilidad. Los judíos temen que con tantos signos, la gente admita que es el Mesías político y religioso y Roma reaccionaría afectando el culto y la existencia del pueblo. Las palabras del Sumo Sacerdote son una profecía: Jesús morirá por “la nación y no sólo por la nación sino para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (vv. 51-52). Aquí se cumple las palabras de Isaías, un solo pastor un solo pueblo, una sola nación. De la muerte de Cristo de su costado nace la Iglesia como verdadero pueblo elegido de Dios, en la que ingresan no sólo judíos sino todos los pueblos de la tierra, por los cuales Jesucristo muere y resucita para darles vida nueva de hijos de Dios. Ahora es Jesús, nuevo Sumo Sacerdote, quien ofrece el sacrificio, no por sí mismo como hasta ahora hacía Caifás, una vez al año, sino por todos los hombres, para obtener la unidad de todos los hijos de Dios dispersos. 

Cuidemos con una vida santa, la unidad de la Iglesia, trabajando  la propia unidad entre la vida y la fe que nos une a Jesucristo y a los hermanos en el mismo camino. Hoy muchos cristianos viven como hijos de Dios dispersos, lejos de la vida eclesial, a estos hay que traerlos al rebaño para que bajo el cayado del Pastor de nuestras almas caminemos hacia la vida eterna, habiendo luchado por evitar toda disensión en la propia sociedad  y en su Iglesia.

Fr. Julio González C.  OCD

 

 

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