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“AGÁPE”, AMOR INCONDICIONAL

Autor: Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

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1.        AGÁPE

Agápe, es un término griego para describir un tipo de amor incondicional y reflexivo, donde el que ama, sólo tiene en cuenta el bien del ser amado. Algunos filósofos griegos del tiempo de Platón emplearon el término para designar con esta palabra el amor universal, entendido como amor a la verdad o a la humanidad.

Los primeros cristianos emplearon la palabra ágape para referirse al amor especial por Dios, al amor de Dios para con el hombre, e incluso a un amor que incluye el sacrifico que cada ser humano debía sentir hacia los demás, es así, como nos lo dice san Juan; “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. (Jn 3,16)

Por otra parte, en los primeros tiempos del cristianismo, “ágape”, era una palabra utilizada para hablar de una comida en común, hoy es un banquete, pero el sentido era una manifestación de amor, de dar algo con caridad, entregando algo sin esperar recibir nada a cambio.

Dios es ágape, porque Dios es amor, Dios es caridad plena y total, como los dice San Juan: “Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1Jn 4,16b) y nosotros, hemos conocido ese ágape, por eso como cristianos podemos decir: “Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él.  (1Jn 4, 16a).

2.        EL EROS DEL HOMBRE

El “eros” de los hombres, hoy es una gran incongruencia con el amor verdadero. Los filósofos contemporáneos, a diferencia de Platón, vienen a plantearnos que este eros, se presenta como enquistado en el corazón, por ese deseo de amarse a si mismo y lejos del sacrificio por los demás, por tanto es un gran contraste entre ambos amores, el del ágape y del eros.

El eros al que me refiero, es ese tipo de amor que busca y desea la recompensa, que no es capaz de dar amor gratuito. Y este eros, no afecta solo a ciertos paganos, ateos, agnóstico e irreligioso, también esta muy dentro de muchos que se sienten cristianos, que dan siempre esperando una recompensa y desean el ágape para disfrutar de inconcebibles deleites personales. Esa ambición de recompensa en algunos casos, es la motivación que caracteriza a muchos que se nos presentan como hermanos y que gustan de mostrase como seguidores del Señor, pero no le imitan en la caridad, y como dice san Pablo; “aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy”.  (1 Corintios 13). Sin embargo, el amor eros no es precisamente malo, según Platón, el “eros” representa la fuerza interior, que arrastra al hombre hacia todo lo que es bueno, verdadero y bello, por otra parte, tampoco es un error desear la recompensa, ya que para todos, a modo de ejemplo, es una gran esperanza ir al cielo, el punto es que el eros del hombre de hoy no consigue producir una caridad paciente y servicial, y es un eros que lleva consigo la envidia, la jactancia y es engreído, nos es decoroso, busca solo su interés, en otras palabras, es absolutamente contrario a lo que San Pablo nos ha enseñado; (1Corintios 13, 1-13) y que nos concluye que lo mas importante de todos, es la caridad; Pero la mayor de todas ellas es la caridad. (1Corintios 13,13)

3.        EL INCOMPARABLE ÁGAPE DE CRISTO 

Una pregunta muy interesante, es ¿Puedo yo llegar a tener un amor incondicional por los hombres pensando solo en el bien de ellos?, o preguntarse, ¿Puede el ser humano tener ágape en su corazón?, quizás podamos responder, que es algo difícil, o que no somos capaces de atesorar un ágape en nosotros, no obstante el Señor, nunca nos ha pedido algo que no podamos hacer y así es como nos pide; “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros”. (Jn 13,34). Por tanto, es posible responder que si podemos, y para ello, solo basta dar amor como lo dio y como lo sigue entregando Cristo, y San Pablo nos da la receta: “Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo” (Filip 2,5). Y sigue con el gran ágape de Cristo; “El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre;  y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz.” (Filip 2, 6-8)

No me parece difícil conocer el incomparable ágape de Dios, pero lo arduo es que podamos imitar el ágape, como cuando se nos pide: “Amaos intensamente unos a otros con corazón puro”, (1Pe 1,22) o bien; “tened todos unos mismos sentimientos, sed compasivos, amaos como hermanos, sed misericordiosos y humildes”. (1Pe 3,8). Contemplar el amor incomparable de Cristo mostrado en su peregrinación por la tierra, su natural inclinación por hacer el bien, su compasión por los hombres, su amor sus amigos; “Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro”. (Jn 11,5), su humanidad y su llanto de amor: Jesús se echó a llorar. Los judíos entonces decían: Mirad cómo le quería”.  (Jn 11, 35), toda la vida de Jesús, desde el mismo día que nace en un sencillo pesebre de Belén, hasta la cruz del Calvario, es un amor que atrae, enternece y conquista el alma. El incomparable ágape de Cristo, es un amor extremo que llena el corazón de los le contemplan, los que oyen su voz, y le siguen, reconociendo en Cristo al buen Pastor da su vida por las ovejas.

4.        EL AGAPE A NUESTRO PROJIMO

Cristo fue drástico con su intimo amigo Pedro, le reprocho enérgicamente por pensar es si mismo y  dijo a Pedro: “¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres! (Mt 16, 23). Nuestro Señor, quiere de cualquier forma, que no pensemos en nosotros mismo; “Entonces dijo Jesús a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. (Mt 16, 24)

En efecto, Jesús, nos enseñó el amor a Dios y al prójimo, cuando el le preguntaron; “Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley? El le dijo: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” (Mateo 22, 37-38). San Agustín dice; “Con todo tu corazón, esto es, con toda tu memoria, todas tus acciones y todos tus deseos. Con toda tu alma, esto es, que estén preparados a ofrecerla por la gloria de Dios. Con toda tu inteligencia, esto es, no profiriendo más que lo que pertenezca a Dios.  (Catena aurea ES 5234), es decir, Jesús de ningún modo enseñó el amor a uno mismo con mentalidad egoísta, y se mostró contrario a este principio.

Y añade Jesús: “Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.  (Mt 22, 38-40)

No debemos olvidar que tenemos que considerar como prójimo a todo hombre, sin discriminación y que por lo tanto con nadie se debe obrar mal. Es además nuestro prójimo aquel a quien se debe favorecer con nuestro ágape, caridad, y el Señor no es tibio al pedirnos de qué modo tenemos obligación de amar al prójimo, como aquel que él nos presenta tendido y medio muerto en el camino, la parábola del Buen Samaritano, Lc 10, 25-36, donde los religiosos le negaron la ayuda que necesitaba.

San Agustín, (de doctrina christiana, 1, 22), nos aclara lo que es amarse a si mismo: “Amarte a ti mismo, no es por ti, sino por aquél a quien debe encaminarse tu amor, como a fin rectísimo; no se extrañe nadie, si le amamos también por Dios. El que ama con verdad a su prójimo, debe obrar con él de modo que también ame a Dios con todo su corazón. (Catena aurea ES 5234)

5.        JESÚS, MOTIVADO POR EL AGAPE A LOS HOMBRES

“En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él.” (1 Jn 4,9) No tenemos ninguna duda, Jesús, fue motivado por el ágape, y lo llevó a morir en la cruz, por cada uno de nosotros; “Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados.” (1 Jn 4,10), “se entregó a sí mismo por nuestros pecados, para librarnos de este mundo perverso, según la voluntad de nuestro Dios y Padre”  (Gál 1, 4), como había profetizado Isaías, “¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus llagas hemos sido curados.  (Is 53, 4-5)

Ciertamente, el amor de Cristo, fue un amor incondicional, donde el solo tuvo en cuenta el bien de los hombres que él amo hasta el extremo.  Es así, como San Pablo nos invita a reflexionar en el Libro a los Romanos: “Nosotros, los fuertes, debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles y no buscar nuestro propio agrado. Que cada uno de nosotros trate de agradar a su prójimo para el bien, buscando su edificación; pues tampoco Cristo buscó su propio agrado, antes bien, como dice la Escritura: Los ultrajes de los que te ultrajaron cayeron sobre mi. En efecto todo cuanto fue escrito en el pasado, se escribió para enseñanza nuestra, para que con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza. (Rom 15, 1-3)

6.        VIVIR NUESTRO AGAPE, NOS HACE VIVIR PARA CRISTO

“Y murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos”. (2 Cor 5, 15)

Muchos le pidieron a Jesús un signo, hoy seguimos esperando signos, pero el mayor de todos, el más grande de los milagros, es la resurrección, por cuanto, cada vez que miramos la Cruz, tal cual es, con todos sus dolores y sacrificios, estamos presenciando el milagro del ágape, del que dio la vida por amor. Cristo Jesús, desde la cruz nos invita a transformarnos desde el corazón, para que seamos otros hombres y vayamos a cambiar el mundo; Esos que han revolucionado todo el mundo se han presentado también aquí,  (Hech 17,6).

El ágape de Cristo, nos necesita para que vivamos para los demás, nos pide que no sigamos viviendo para nosotros mismos y nos hace vivir para Cristo. No seremos consecuentes, si nuestra caridad, no es el centro principal de nuestra vida, por lo que necesitamos ensanchar nuestro corazón, para llenarlo de ágape, para producir el cambio que esperamos y que proclamamos mirando la cruz, la misma cruz donde se establece la definición del amor, de ese ágape que extendido en el madero, revolucionó al mundo.

“Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total Plenitud de Dios.  (Ef 3, 17-19)

Unidos en la oración

Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

Mayo 2012

Fuentes; Textos, Sagrada Biblia de Jerusalén

Conceptos: Diccionario Teológico RAVASI, Editorial San Pablo

Editado en este Link: REFLEXIONES INTIMAS EN AMISTAD CON DIOS

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