“Dame de beber”

Jn 4, 5-42

Autor: Pedro Sergio Antonio Donoso Brant


1.    JESÚS, FATIGADO DEL CAMINO, SE SENTÓ, SIN MÁS JUNTO AL POZO

Jesús retornando a Galilea, al atravesar por Samaría, llega a una ciudad llamada Sicar, próxima a las tierras que dio Jacob a José, su hijo, donde estaba el pozo de Jacob. José, antes de morir, pidió que, cuando Dios liberase a su pueblo de Egipto, llevasen con ellos sus restos (Gen 50:24-26), lo cual cumplieron los suyos, y sus restos “fueron enterrados en Siquem” (Jos 24:32). Una tradición que llega a Eusebio de Cesárea (Escritor y prelado cristiano griego. fue elegido obispo de Cesárea en el año 313) muestra allí la tumba de José. El evangelista señala con igual precisión que en estas tierras estaba el “pozo de Jacob.” La Escritura recuerda varios pozos excavados por este patriarca (Gen 26:18.32). Una fuente o un pozo en Oriente es un tesoro.

Jesús, fatigado del camino, se sentó, sin más junto al pozo. Una larga caminata bajo el sol palestino debe ser agotadora. Se dice que en esos lugares, se suele caminar con el alba para defenderse del excesivo calor.  A Juan le gusta acusar este aspecto humano de Cristo, creo que a nosotros también. Nuevamente san Juan, por la precisión que hace, parece acusarse como un testigo presencial, era la hora del medio día.

Fue sobre esta hora del mediodía cuando llega al pozo “una mujer de Samaría”, ella viene “a sacar agua.” San Juan justificará poco después que Cristo no tenía con qué sacar agua y los discípulos habían ido a la ciudad más próxima “a comprar alimentos.

2.    JESÚS LE DICE: DAME DE BEBER.

Estaba, pues, a obsequio de aquella mujer el calmar de su sed. El evangelista quiere destacar, en la misma narración literaria, un simbolismo maravilloso que palpita en toda la escena, una mujer samaritana aparece en este momento como la que puede calmar a Cristo la sed del cuerpo, ignorando que también Él le calmará a ella su sed del alma, cuando ella le calme a él su sed de Salvador.

Así es como a la llegada de esta “mujer de Samaría”, que venía a sacar agua de un pozo, Cristo, Jesús, verdaderamente sediento de sed física, le pide a aquella mujer que le saque agua para beber, pues Él no tenía con qué. Es algo que a nadie se niega, no obstante, por el tono de extrañeza que va a usar con él la Samaritana, indica la sorpresa de dirigirse un judío diciendo, ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, mujer samaritana?, esto lo explica más adelante Juan al relatar “porque lo judíos no se tratan con los samaritanos”. En ese sentido tiene un gran valor la actitud de esta mujer samaritana, lo mismo que toda la escena de bondad y enseñanza salvadora que Cristo tiene con ella.

3.    EL “AGUA VIVA” DE LA “FUENTE

Pero Jesús, que no venía tanto a pedir como a dar, va al objetivo de su misión salvadora, diciéndole: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’ tú misma se lo hubieras pedido, y Él te habría dado agua viva”. El “don de Dios” aquí es el don expresado por el “agua viva,” El “agua viva,” como imagen, es el agua de la fuente, a diferencia de las aguas estancadas o quietas de cisternas o pantanos (Jer 2:13). Es agua con nacimiento, con energía: con “vida.” Ante esta manifestación de Cristo, los papeles se cambian, y el que pide, pide también ser pedido; y el que suplica agua, ofrece a su vez “agua viva.”

Ella le dijo: “Señor, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo”. La mujer aquella, demasiado humana, recibe un primer golpe de sorpresa, no niega el encontrarse ante algo que, porque ella no lo alcance, no sea verdad. Acaso piensa en algún tipo de agua mágica, misteriosa, o en un procedimiento, milagroso o mágico, con que poder sacar de aquel pozo “profundo” el “agua viva” de la “fuente,” que mana en su fondo. Por eso le dice, extrañada, que, siendo el pozo profundo y no teniendo él con que sacarla, “¿De dónde sacas esa agua viva?” Pero, no obstante esto, algo queda en ella que le deja presentir cosa insólita. “¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?” Esta contraposición con Jacob dice bien de aquel algo de misterioso presentimiento que ve en aquel excepcional judío que está junto a ella.

Pero Cristo no le responde directamente a su objeción, en su enseñanza hará ver que Él es superior al poder de los patriarcas. Porque: “El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que Yo le daré se convertirá en el manantial que brotará hasta la Vida eterna”.

4.    “VE, LLAMA A TU MARIDO Y VUELVE AQUÍ”

La Samaritana, al llegar a este punto, debe de tomar todo aquello como una cosa fantástica. Ni lo comprende, ni le interesa interrogar más sobre ello, ni sabría seguir por aquel camino y lo entiende en su sentido material, y, con un tono irónico, le pide que le dé de esa agua prodigiosa para que no tenga sed ni tenga necesidad de volver a sacarla de este pozo que les dio Jacob diciéndole: “Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla”. Aquella mujer estaba derramando aquella “agua viva” que le estaba ofreciendo el que tenía sed de salvarla. Pero un golpe certero a su conciencia la haría comprender mejor quién era el que le hablaba y qué es lo que quería decirle.

Entonces le dice Jesús: “Ve, llama a tu marido y vuelve aquí” La mujer respondió: “No tengo marido”. No le costó nada a aquella mujer disimular su situación marital, diciéndole que no tenía marido. Pero el Señor leía en lo más profundo del alma. Y la pregunta no iba sin intención estratégica. No es que la hubiese mandado ir por su marido, que ella que lo trajese a su presencia; ni trataba Cristo de afrentar a la que venía a salvar. Era evocarle aquel “marido” al juicio de su conciencia, pues ante él iba a escuchar muy en breve la condena de su vida quizás irregular. Su respuesta: “No tengo marido,” era tan verdadera como podía ser hábil, y era ambigua. Porque podría ser que no lo tuviese por celibato, por viudez o por repudio.

Jesús, le puso delante, como testimonio de su lectura del corazón, la vida irregular que llevaba. Porque había tenido cinco maridos, y el que ahora estaba con ella no era su marido legítimo. ¿Lo habían sido los otros? La contraposición que parecería establecerse entre este “marido” y los otros, como se verá, no es de gran fuerza. Aunque podrían algunos haberse muertos y otros haberla repudiada, resulta poco verosímil, conforme al ambiente, el que una mujer se hubiese desposado, sucesiva y legítimamente, con cinco maridos.

5.    “SEÑOR, VEO QUE ERES PROFETA

Pero al discernir toda esta serie minuciosa de maridos, legítimos o ilegítimos, lleva a la Samaritana a ver en Cristo, lo que él buscaba, un hombre de Dios: “Señor, veo que eres profeta”. No dice “el Profeta esperado” (Jn 1:21.25; 6:14), y que para el pueblo venía a ser sinónimo del Mesías, pero sí un “profeta de Dios,” puesto que sondea su corazón. Más, al llegar a este punto, la samaritana aprovecha aquella oportunidad, o para plantearle una cuestión religiosa que afectaba a samaritanos y judíos: “Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar”.

Cristo a nada de esto había de responder porque era El precisamente el profeta en el que se cumplían las profecías. Y, puesto que la Samaritana recurre a Él como a profeta, la invita a “creer” en su palabra. Llega la “hora,” y es ésta — la hora mesiánica que El inaugura —, en la que no se adorará a Dios, al Padre, solo con la exclusividad de Jerusalén o de este monte diciéndole: “Créeme, mujer llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén ustedes adorarán al Padre”

Y dice el señor: “Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos.” Jesús en un pequeño paréntesis previo advierte que la dogmática judía es la verdadera, y no la samaritana. Estos “adoran lo que no conocen.” Los samaritanos, al no aceptar como fuente de revelación nada más que el Pentateuco y rechazar el resto de los libros santos, mutilaban e interrumpían la revelación. Los samaritanos negaban incluso una creencia tan fundamental como es la resurrección de los muertos. En cambio, los judíos “adoramos lo que conocemos, porque la salud viene de los judíos.” A ellos fueron hechas las promesas proféticas; ellos tenían la revelación en el canon de las Escrituras; tenían el legítimo templo y el culto, y de ellos saldría el Mesías (Rom 9:4-5; cf. 3:1ss).

6.    DIOS ES ESPÍRITU, Y LOS QUE LO ADORAN DEBEN HACERLO EN ESPÍRITU Y EN VERDAD”.

Le añade Jesús a la Samaritana; “Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad”. Es la hora en que hay que adorar al Padre “en espíritu y en verdad.” Esto hace ver que el sentido de las palabras de Cristo es más profundo. Y la razón es que “Dios es espíritu.” “Dios es luz” (1 Jn 1:5) o “Dios es amor” (Jn 4:8), en cuanto expresa que ilumina al hombre en la verdad, o en cuanto su acción nace del amor e impulsa el amor al hombre. En esta línea, “Dios es espíritu” en cuanto infunde en el hombre el Espíritu (Rom 8:26). Por eso, por “ser espíritu,” en el sentido como lo dice aquí San Juan, es por lo que hay que “adorarlo en espíritu y en verdad.”

¿Cuál es el sentido de esta frase?, es el espíritu que hace nacer a la vida divina (Jn 3:5). Así, éste será movido y hecho “en Espíritu,” al ser movido por el Espíritu Santo. Y “en verdad,” porque es el único que responde a la plena revelación que Dios hace de sí mismo — el Padre — en Cristo (1 Jn 4:6; 3 Jn 3). Así sería: los verdaderos adoradores son los que rinden culto al Padre creyendo la revelación de Cristo y movidos por el Espíritu Santo. “Esos son los adoradores que quiere el Padre”.

Es la especial providencia de Dios en los días mesiánicos. No es este adorar a Dios “en espíritu y en verdad” un simple querer o un simple deseo humano. Estas iniciativas vienen siempre de Dios. Pues “nadie puede venir a mí si el Padre no lo trae” (Jn 6:44; 15:16; 1 Jn 4:10).

7.    “SOY YO, EL QUE HABLA CONTIGO”.

Lo qué no sospechaba la Samaritana es que hubiese venido ya el Mesías, ni que estuviese ya enseñando “todas las cosas” que ellos esperaban saber, entonces ella le dice a Jesús: “Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando Él venga, nos anunciará todo”. Jesús le respondió: “Soy Yo, el que habla contigo”. Solemne y abiertamente Cristo se proclama el Mesías ante aquella mujer samaritana.

Algo que llama la atención, en los Evangelios sinópticos, cuando le aclaman Mesías, les manda callar, e incluso lo preceptúa (Mc 8:30 par.), y El mismo lo evita (Jn 6:15), y, en cambio, aquí El mismo se proclama el Mesías. ¿Por qué hizo el Señor esto con ella? Nuevamente nos queda la profunda convicción, Jesús traspasa con su mirada a los hombres, el ve en nuestros corazones, Él se da cuenta que la mujer está preparada para oír eso de Él, y se lo revela con más claridad que al mismo Nicodemo o a los miembros del Sanedrín. Le está revelando a la samaritana claramente su mesianidad y veladamente su divinidad.

Dios habla y la samaritana  acepta con fe la palabra de Jesús. Cuándo Él nos habla, ¿Cómo la recibimos nosotros?

8.    “VENGAN A VER A UN HOMBRE QUE ME HA DICHO TODO LO QUE HICE. ¿NO SERÁ EL MESÍAS?”

Sus discípulos y quedaron sorprendidos al verlo hablar con una mujer. Al llegar a este punto de la conversación, regresaron los discípulos de comprar provisiones de la ciudad, probablemente Sicar. Al encontrarse con que Cristo “hablaba con una mujer,” quedaron sorprendidos, ya que en las costumbres judías rabínicas era un tema muy repetido la prohibición de hablar en público un hombre con una mujer.

A esta extrañeza profunda, nacida de costumbres y exageraciones rabínicas, se sobrepuso en los discípulos la majestad de Cristo. Nadie se atrevió a preguntarle sobre: “Qué quieres de ella?” o “,Por qué hablas con ella?”, suponiendo que necesitara alguna cosa.

La Samaritana, con el alma fuertemente conmocionada, “dejó su cántaro” y fue, corriendo sin duda a su ciudad y dijo a la gente: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el Mesías?”. La conmoción que debió llevar la Samaritana fue tal, que, a pesar de su vida irregular, logró convencer a los suyos  y vinieron a ver a Cristo.

9.    “YO TENGO PARA COMER UN ALIMENTO QUE USTEDES NO CONOCEN”.

En el intervalo de la partida de la Samaritana y la llegada de los samaritanos de Sicar, el evangelista presenta una conversación de Cristo con sus discípulos. Estos, que estaban guardando un profundo respeto ante Cristo, intervienen para rogarle reiteradamente que comiese.

Este intervenir ellos para que coma supone en El una fuerte emoción, como lo confirmará el resto del relato. Cuando pidió agua para beber, es que tenía sed verdadera, pues se sentó “fatigado.” Pero ahora, cuando el cansancio debe ser reparado por la comida, ante la invitación instante de los discípulos, les dice que no necesita aquel ofrecimiento que le hacen, pues: “Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen”. El evangelista consigna la reacción ingenua de los discípulos, en la misma línea psicológica de los sinópticos, que lo creyeron, y se preguntaban entre sí si alguien le había traído de comer. Al murmullo de esta inquietud de los discípulos, Cristo les dice en qué consiste esa comida: “Mi comida es hacer la voluntad de Aquél que me envió y llevar a cabo su obra.”

El alma humana de Cristo tenía todas las rectas emociones humanas. Una emoción profunda fácilmente amortigua la necesidad del alimento corporal. Esto es lo que, probablemente, sucede aquí a Cristo. Su misión es salvar almas. El contacto misionero dé Cristo con esta alma produjo tal emoción en la suya, que ésta repercutiendo en su organismo, amortigua la necesidad de restaurar su “fatiga” por el alimento corporal. En otras ocasiones narra el Evangelio cómo la atención a cumplir su misión no le dejaba ni tiempo para atender a su comida (Mc 3:20). La misión de Cristo, y en cuya ocupación se sumerge su alma, “es hacer la voluntad de Aquél que me envió y llevar acabo su obra.” Es la “voluntad” salvífica de los hombres (Jn 3:17; 6:39ss) y la “obra” que el Padre confió al Hijo (Jn 17:4). Este final va a llevar a Cristo a exponer una doctrina maravillosa sobre la unidad de la obra apostólica y sobre la función de los apóstoles misioneros. Es la doctrina del Cuerpo místico en el apostolado.

10.  LEVANTEN LOS OJOS Y MIREN LOS CAMPOS

En Señor les manda alzar los ojos y que “vean” los campos ya “blancos,” maduros para la siega. (En Palestina, por efecto de la sequía y del excesivo calor, las cosechas tienen un color blanco –plateado lo que en otros lugares es dorado). Es parte de la pedagogía de Cristo, como se ve en esta misma conversación con la Samaritana: gusta elevarse en su enseñanza de los fenómenos de la naturaleza a enseñanzas religiosas.

“Uno siembra y otro cosecha” le dice el Señor. Entre la siembra y la siega han de pasar algunos meses. Antes de esto, la mies no madura; y antes hace falta sembrarla. Sembrador y segador son necesarios para obtenerla. Jesús les dice: “Yo los envié a cosechar adonde ustedes no han trabajado; otros han trabajado, y ustedes recogen el fruto de sus esfuerzos”, para que no se olviden que otros los sembraron y cultivaron antes. ¿Quién preparó este trabajo del que han de aprovecharse los apóstoles? Eran Moisés, la Ley, los Profetas, toda la vida religiosa del A.T. los que habían preparado el campo “sembrado” — lo que ellos ahora iban a recoger, “segar” —. Recoger, que era también “sembrar” la buena nueva, pero ya preparado el campo para ella por toda la anterior preparación paleo testamentaria.

Por eso, esta obra de apostolado no se ha de valorar por la sola cosecha actual, puesto que ésta no rendiría si antes no hubiese tenido la preparación de la “siembra.” Y así, el “que siega recibe su salario y recoge el fruto para la vida eterna.” Por todo ello, el que “siega” que se alegre. Pero que sepa que “de igual manera,” “también” se va a alegrar el “sembrador” por su “salario” y por la parte que le corresponde en este “fruto” que ahora ingresa en el reino. El apóstol de Cristo no puede olvidarse de esto; será para él una actitud de modestia, y también de esperanza, cuando a él le toque la vez de ser sembrador. No hay más que un campo a fructificar, y no hay más que un esfuerzo único conjunto. El apóstol es miembro de un Cuerpo místico de apóstoles.

11.  SABEMOS QUE ÉL ES VERDADERAMENTE EL SALVADOR DEL MUNDO

La Samaritana, regenerada, convertida, es tan sincera que no repara en aducir la penetración de su vida descubierta como prueba de la grandeza del Mesías que encontró. “¿No será el Mesías?”. Esta interrogación que hace no es falta de fe. La mejor prueba de que la Samaritana estaba convencida es que ella supo persuadir. Pues sólo por la palabra de ella salieron de la ciudad y se acercaron a Jesús.

Relata san Juan que “Muchos samaritanos de esa ciudad habían creído en Él por la palabra de la mujer, que atestiguaba: “Me ha dicho todo lo que hice”. Por eso, cuando los samaritanos se acercaron a Jesús, le rogaban que se quedara con ellos, y Él permaneció allí dos días. Muchos más creyeron en Él, a causa de su palabra. Y decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que Él es verdaderamente el Salvador del mundo”,

Estos samaritanos reconocen a Cristo como el verdadero “Salvador del mundo.” Este título de “Salvador” estaba muy divulgado entre los paganos. No deja de extrañar la universalidad de este título aquí en boca de los samaritanos. La Samaritana sólo lo anuncia como el “Mesías.”

Después de pasar “dos días” de apostolado fructífero entre los samaritanos de Sicar, Jesús continuó su camino para Galilea.

El Señor les Bendiga

Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

III Domingo de Cuaresma Ciclo “A”

 

 

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