¡Glorifica al Señor, Jerusalén!

Reflexión desde el Salmo Sal 147, 12-15. 19-20

Autor: Pedro Sergio Antonio Donoso Brant ocds


R. ¡Glorifica al Señor, Jerusalén!

¡Glorifica al Señor, Jerusalén, alaba a tu Dios, Sión! El reforzó los cerrojos de tus puertas y bendijo a tus hijos dentro deti. R.

Él asegura la paz en tus fronteras y te sacia con lo mejor del trigo. Envía su mensaje a la tierra, su palabra corre velozmente. R.

Revela su palabra a Jacob, sus preceptos y mandatos a Israel: a ningún otro pueblo trató así ni le dio a conocer sus mandamientos. R.

Este Salmo es un himno que nos propone un canto de acción de gracias por la paz y la prosperidad de Jerusalén, y, sobre todo, por haberle dado el Señor la Ley por la que se distingue de todas las naciones, y que es prueba de la predilección divina por Israel.

Este himno eucarístico consta de tres partes: En la primera parte, se hace alabanza del Señor por haber restaurado a Sión, mostrando a la vez su omnipotencia como Creador y Gobernador del mundo (versículos 1-6), en la segunda parte se hace  proclamación de las magnificencias de la Providencia en las criaturas (versículos 7-11) y la tercera parte que se canta en la Liturgia de hoy, es una acción de gracias por la paz y la prosperidad, y, sobre todo, por haber dado la Ley a Israel, por la que se distingue de todas las naciones (versículos 12-20).

Aunque no son pocas las dependencias literarias de otras composiciones bíblicas, el salmo tiene una gran fuerza expresiva. El optimismo con que está redactado parece reflejar una situación de paz después de la repatriación. Algunos autores suponen que fue compuesto con motivo de la dedicación de las murallas de Jerusalén en tiempos de Nehemías. Pero nada en el salmo garantiza plenamente esta hipótesis.

En la versión de los LXX, el salmo está dividido en dos: 1-11 (Sal 146) y 12-20 (Sal 147), llevando ambos el título de Aleluya; de Ageo y Zacarías. La última parte se refiere a Jerusalén, mientras que en la sección primera se habla de la Providencia en general. Por ello, algunos comentaristas suponen que primitivamente eran dos composiciones independientes, que fueron acopladas posteriormente por exigencias del canto litúrgico.

“¡Glorifica al Señor, Jerusalén, alaba a tu Dios, Sión! El reforzó los cerrojos de tus puertas y bendijo a tus hijos dentro de ti” En este fragmento de los versículos que hoy cantamos, 12-20, los israelitas tienen una obligación especial de entonar alabanzas al Señor por haber fortalecido las murallas de la ciudad — reforzando las cerraduras de sus puertas — y difundiendo sus bendiciones sobre sus habitantes. “Él asegura la paz en tus fronteras y te sacia con lo mejor del trigo. Envía su mensaje a la tierra, su palabra corre velozmente.” Conforme a las antiguas promesas, el Señor  ha dado paz a su pueblo, asegurando sus fronteras y proporcionándole trigo de la mejor calidad.

El salmista pondera el mayor beneficio recibido por el pueblo elegido: la Ley, en la que se manifiesta concretamente y de modo minucioso la voluntad divina. El mismo Dios, que dirige el curso de la naturaleza, se ha dignado escoger a Israel como “heredad” suya particular, entregándole sus estatutos para su mejor gobierno y para asegurar el camino de la virtud, que merece las bendiciones del Omnipotente. Ningún pueblo puede gloriarse de haber sido objeto de tal predilección por parte del Creador. (1)

Revela su palabra a Jacob, sus preceptos y mandatos a Israel: a ningún otro pueblo trató así ni le dio a conocer sus mandamientos.  Entonces se pasa al tercer momento, el último, de nuestro himno de alabanza. Se vuelve al Señor de la historia, del que se había partido. La Palabra divina trae a Israel un don aún más elevado y valioso, el de la Ley, la Revelación. Se trata de un don específico: a ningún otro pueblo trató así ni le dio a conocer sus mandamientos.  Por consiguiente, la Biblia es el tesoro del pueblo elegido, al que debe acudir con amor y adhesión fiel. Es lo que dice Moisés a los judíos en el Deuteronomio: “Y ¿cuál es la gran nación cuyos preceptos y normas sean tan justos como toda esta Ley que yo os expongo hoy? (Deuteronomio 4,8)

Del mismo modo que hay dos acciones gloriosas de Dios, la creación y la historia, así existen dos revelaciones: una inscrita en la naturaleza misma y abierta a todos; y la otra dada al pueblo elegido, que la deberá testimoniar y comunicar a la humanidad entera, y que se halla contenida en la sagrada Escritura. Aunque son dos revelaciones distintas, Dios es único, como es única su Palabra. Todo ha sido hecho por medio de la Palabra -dirá el Prólogo del evangelio de san Juan- y sin ella no se ha hecho nada de cuanto existe. Sin embargo, la Palabra también se hizo «carne», es decir, entró en la historia y puso su morada entre nosotros (cf. Jn 1,3.14). (2)

Por eso, cada día debe subir al cielo nuestra alabanza, para bendecir al Señor de la vida y la libertad, de la existencia y la fe, de la creación y la redención diciendo: R. ¡Glorifica al Señor, Jerusalén!

 

Pedro Sergio

www.caminando-con-jesus.org

caminandoconjesus@vtr.net

Fiesta deL  Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, 2011

Fuentes: Algunos comentarios están tomados de la Biblia de Nácar-Colunga

(1)(Maximiliano García Cordero, en la Biblia comentada de la BAC)

(2) (Juan Pablo II, Audiencia general del Miércoles 5 de junio de 2002)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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