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CONFESIONES DEL OBISPO DE DE HIPONA
San Agustín, con
su vida nos muestra la misericordia de Dios en los hombres, el fue un
pecador como mucho de todos nosotros, con su vida, relatada tan
honestamente por el en el libro confesiones, nos enseña que el camino a
la santidad comienza cuando se reconoce la grandeza y majestad de Dios y
se enciende en deseos de alabarle.
Decía
San Agustín: “Grande sois, Señor, y muy
digno de toda alabanza, grande es vuestro poder, e infinita vuestra
sabiduría: y no obstante eso, os quiere alabar el hombre, que es una
pequeña parte de vuestras criaturas: el hombre que lleva en sí no
solamente su mortalidad y la marca. De su pecado, sino también la prueba
y testimonio de que Vos resistís a los soberbios. Pero Vos mismo lo
existáis a ello de tal modo, que hacéis que se complazca en alabaros;
porque nos criasteis para Vos, y está inquieto nuestro corazón hasta que
descanse en Vos.
Pero enseñadme,
Señor, y haced que entienda si debe ser primero el invocaros que el
alabaros, y antes el conoceros que el invocaros. Mas ¿quién os invocará
sin conoceros?, porque así se expondría a invocar otra cosa muy diferente
de Vos, el que sin conoceros os invocara y llamara. O decidme, si es
menester antes invocaros, para poder conoceros.
Mas ¿cómo os han
de invocar, sin haber antes creído en Vos?, y ¿cómo han de creer, si no
han tenido quien les predique y les dé conocimiento de Vos? Pero también
es cierto que alabarán al Señor los que te buscan: porque los que le
busquen, le hallarán, y luego que le hallen, le alabarán. Pues
concededme, Señor, que os busque yo invocándoos, y que os invoque
creyendo en Vos, pues ya me habéis anunciado y predicado. Mi fe, Señor,
os invoca: la fe, digo, que Vos me habéis dado e inspirado por la
humanidad de vuestro santísimo Hijo, y por el ministerio de vuestros
apóstoles y predicadores.
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1.
BIOGRAFIA
Su nombre fue Aurelio
Agustín y nació en Tagaste (hoy
Souk-Arhas, en Argelia), ciudad de Numidia, en el África romana, es
hijo de padre pagano y madre cristiana (Santa
Mónica)
Fue educado en Tagaste y
Madaura (aproximadamente a 28
km de Tagaste) y estudió retórica (Arte de hablar y
escribir bien y de emplear el lenguaje de manera eficaz para deleitar,
persuadir o conmover) en Cartago; leyendo a Cicerón se inició en la
filosofía y se cuenta que uno de sus diálogos, el Hortensius, hoy perdido,
le llevaría más tarde a convertirse al cristianismo. En su juventud fue
seguidor del maniqueísmo, (Doctrina de Manes, teólogo persa del siglo III
que defiende la existencia de dos principios creadores contrarios entre sí,
uno para el bien y otro para el mal, todo es bueno o malo, sin grados
intermedios) en el que inicialmente le pareció hallar
respuesta a sus dudas sobre el mal en el mundo. Desencantado de la secta,
se dirigió a Roma, donde se adhirió al escepticismo (Incredulidad,
desconfianza o duda sobre la verdad o la eficacia de algo) de la Academia nueva y al
epicureísmo, (Doctrina filosófica expuesta por Epicuro, filósofo griego del
siglo IV a. C., que considera que la felicidad humana consiste en disfrutar
de los placeres evitando los sufrimientos) y donde enseñó retórica, para
pasar luego a Milán. Leyó por esta época a algunos autores neoplatónicos y
probablemente las Enéadas de Plotino.
La posesión de la verdad
sólo la encontró Agustín en el cristianismo, al que se convirtió, por
influencia del obispo Ambrosio, de Milán, en el año 387. Ordenado sacerdote
(391) y luego (396) obispo de Hipona (Annaba,
ciudad de Argelia), inició su producción literaria de mayor
importancia, como defensor y expositor de la fe cristiana, al escribir
primero contra los maniqueos: Sobre el libre arbitrio (388 y 391-395), La
verdadera religión (390); contra los donatistas, cristianos puritanos que
hacían depender la validez de los sacramentos de la intención del ministro:
Contra Gaudencio, obispo de los donatistas; y contra los pelagianos,
seguidores de Pelagio, para quien el hombre, al no tener pecado original,
podía él solo, sin la gracia divina, realizar obras buenas: El espíritu y
la letra (412), Sobre las hazañas de Pelagio (417). A esta época pertenecen
también otras grandes obras y tratados: La trinidad (399-419), Confesiones
(397), obra literariamente importante, y su gran obra apologética La ciudad
de Dios (413-427). En Retractaciones (426-427), Agustín revisa algunas
doctrinas anteriores. Su muerte acaeció en el año 430, mientras los
vándalos sitiaban Hipona, cuando desaparecía el Imperio Romano de
Occidente.
2.
EL PEQUEÑO AGUSTÍN, LA
INFANCIA
3.
LA FAMILIA
La ciudad donde nació
Agustín era pequeña, en tiempos de la África romana, es parte de el Afrecha
que mira hacia el Mar Mediterráneo, su padres fueron tenia una posición
económica intermedia, se dice que el padre de Aurelio Agustín, Patricio,
fue un pagano de temperamento violento, pero, gracias al ejemplo y a la
prudente conducta de su esposa, quien fue Santa Mónica, se bautizó poco
antes de morir. Sabemos que Agustín
tenía otros hermanos, uno de ellos fue Navigio, quien murió joven dejando
varios hijos al morir, sabemos de una hermana que consagró su virginidad al
Señor. El padre de Agustín murió en 371, Santa Mónica murió ahí en
noviembre de 387
4.
BAUTISMO NO RECIBIDO
Aunque Agustín ingresó en
el catecumenado desde la infancia, no recibió por entonces el bautismo, de
acuerdo con la costumbre de la época. En su juventud se dejó arrastrar por
los malos ejemplos y, hasta los treinta y dos años, llevó una vida
licenciosa, aferrado a la herejía maniquea. Su Madre, Mónica, había enseñado a orar a su hijo desde
niño y le había instruido en la fe, de modo que el mismo Agustín que cayó
gravemente enfermo, pidió que le fuese conferido el bautismo y su madre
hizo todos los preparativos para que lo recibiera; pero la salud del joven
mejoró y el bautismo fue diferido. Agustín, condenó más tarde, con mucha
razón, la costumbre de diferir el bautismo por miedo de pecar después de
haberlo recibido.
5.
LA EDUCACIÓN PRIMARIA
"Mis padres me
pusieron en la escuela para que aprendiese cosas que en la infancia me
parecían totalmente inútiles y, si me mostraba yo negligente en los
estudios, me azotaban. Tal era el método ordinario de mis padres y, los que
antes que nosotros habían andado ese camino nos habían legado esa pesada
herencia". Agustín daba gracias a Dios porque, si bien las personas
que le obligaban a aprender, sólo pensaban en las "riquezas que
pasan" y en la gloria perecedera", la Divina Providencia
se valió de su error para hacerle aprender cosas que le serían muy útiles y
provechosas en la vida.
Agustín se reprochaba por
haber estudiado frecuentemente sólo por temor al castigo y por no haber
escrito, leído y aprendido las lecciones como debía hacerlo, desobedeciendo
así a sus padres y maestros. Algunas veces pedía a Dios con gran fervor que
le librase del castigo en la escuela; sus padres y maestros se reían de su
miedo, axial es como el comenta: "Nos castigaban porque jugábamos; sin
embargo, ellos hacían exactamente lo mismo que nosotros, aunque sus juegos
recibían el nombre de “negocios”. El continuaba diciendo: Reflexionando
bien, es imposible justificar los castigos que me imponían por jugar, alegando
que el juego me impedía aprender rápidamente las artes que, más tarde, sólo
me servirían para jugar juegos peores". Agustín añade: "Nadie
hace bien lo que hace contra su voluntad" y observa que el mismo
maestro que le castigaba por una falta sin importancia, "se mostraba
en las disputas con los otros profesores menos dueño de si y más envidioso
que un niño al que otro vence en el juego". Agustín estudiaba con
gusto el latín, que había aprendido en conversaciones con las sirvientas de
su casa y con otras personas; no el latín "que enseñan los profesores
de las clases inferiores, sino el que enseñan los gramáticos". Desde
niño detestaba el griego y nunca llegó a gustar a Homero, porque jamás
logró entenderlo bien. En cambio, muy pronto tomó gusto por los poetas
latinos.
6.
UN ADOLESCENTE INQUIETO
Agustín es un adolécesete
inquieto, agitado, sin tranquilidad ni reposo, interesado por descubrir o
conocer cosas nuevas. Fue a Cartago a fines del año 370, cuando acababa de
cumplir diecisiete años. Pronto se distinguió en la escuela de retórica y
se entregó ardientemente al estudio, aunque lo hacía sobre todo por vanidad
y ambición. Poco a poco se dejó arrastrar a una vida licenciosa, pero aún
entonces conservaba cierta decencia de alma, como lo reconocían sus propios
compañeros. No tardó en entablar relaciones amorosas con una mujer y,
aunque eran relaciones ilegales, supo permanecerle fiel hasta que la mandó
a Milán, en 385. Con ella tuvo un hijo, llamado Adeodato, el año 372.
Agustín prosiguió sus estudios en Cartago. La lectura del
"Hortensius" de Cicerón le desvió de la retórica a la filosofía.
También leyó las obras de los escritores cristianos, pero la sencillez de
su estilo le impidió comprender su humildad y penetrar su espíritu. Por
entonces cayó Agustín en el maniqueísmo. Aquello fue, por decirlo así, una
enfermedad de un alma noble, angustiada por el "problema del
mal", que trataba de resolver por un dualismo metafísico (la metafísica es la rama de la filosofía
que estudia la esencia del ser, sus propiedades, sus principios y sus
causas primeras) y religioso, afirmando que Dios era el principio de
todo bien y la materia el principio de todo mal. La mala vida lleva siempre
consigo cierta oscuridad del entendimiento y cierta torpeza de la voluntad;
esos males, unidos al del orgullo, hicieron que Agustín profesara el
maniqueísmo hasta los veintiocho años. Agustín confiesa: "Buscaba yo por el orgullo lo que
sólo podía encontrar por la humildad. Henchido de vanidad, abandoné el
nido, creyéndome capaz de volar y sólo conseguí caer por tierra".
San Agustín dirigió
durante nueve años su propia escuela de gramática y retórica en Tagaste y
Cartago. Entre tanto, su madre, confiada en las palabras de un santo obispo
que, le había anunciado que "el hijo de tantas lágrimas no podía
perderse", no cesaba de tratar de convertirle por la oración y la
persuasión. Después de una discusión con Fausto, el jefe de los maniqueos,
Agustín empezó a desilusionarse de la secta. El año 383, partió
furtivamente a Roma, a impulsos del temor de que su madre tratase de
retenerle en África. En la
Ciudad Eterna abrió una escuela, pero, descontento por la
perversa costumbre de los estudiantes, que cambiaban frecuente de maestro
para no pagar sus servicios, decidió emigrar a Milán, donde obtuvo el puesto
de profesor de retórica.
Ahí fue muy bien acogido y
el obispo de la ciudad, San Ambrosio, le dio ciertas muestras de respeto.
Por su parte, Agustín tenía curiosidad por conocer a fondo al obispo, no
tanto porque predicase la verdad, cuanto porque era un hombre famoso por su
erudición. Así pues, asistía frecuentemente a los sermones de San Ambrosio,
para satisfacer su curiosidad y deleitarse con su elocuencia. Los sermones
del obispo eran más inteligentes que los discursos del hereje Fausto y
empezaron a producir impresión en la mente y el corazón de Agustín, quien
al mismo tiempo, leía las obras de Platón y Plotino. "Platón me llevó
al conocimiento del verdadero Dios y Jesucristo me mostró el camino".
Su madre, que le había seguido a Milán, quería que Agustín se casara; por
otra parte, la madre de Adeodato, hijo de Agustín, retornó al África y dejó
al niño con su padre. Pero nada de aquello consiguió mover a Agustín a
casarse o a observar la continencia y la lucha moral, espiritual e
intelectual continuó sin cambios.
7.
UN LLANTO AMARGO EN LA ADOLESCENCIA
En el libro II de Confesiones, llora amargamente al decimosexto
año de su edad, en que apartado de los estudios estuvo en su casa y se dejo
llevar de los halagos de la lascivia y se entrego a una vida derramada y
licenciosa, es así como, en el capitulo I y II, De su adolescencia y vicios
de aquella edad, dice:
“Quiero traer a la memoria mis fealdades pasadas y las torpezas
carnales que causaron la corrupción de mi alma; no porque las ame ya, Dios
mío, sino para excítame más a vuestro amor. Correspondiendo a vuestro amor
hago esto, recorriendo mis perversos caminos con pena y amargura de mi
alma; para que Vos, Señor seáis dulce para mi dulzura verdadera. Dulzura
felicísima y segura; y me reunáis y saquéis de la disipación y
distraimiento que ha dividido mi corazón en tantos trozos como objetos ha
amado diferentes, mientras he estado separado de Vos, que sois la eterna y
soberana Unidad. En algún tiempo de mi adolescencia deseaba ardientemente
sáciame de estas cosas de acá abajo, y al modo que un árbol nuevo brota por
todas partes espesas y frondosas ramas, yo también me entregué osadamente a
varios y sombríos afectos y pasiones, con 10 cual se afeó la hermosura de
mi alma, y agradándome a mi mismo. y deseando agradar y parecer bien a los
ojos de los hombres. Vine a ser hediondez y corrupción en los vuestros”.
“¿Y qué era lo que me
deleitaba sino amar y ser amado? Pero en esto no guardaba yo el modo que
debe haber en amarse las al- mas mutuamente, que son los limites claros y
lustrosos a que se ha de ceñir la verdadera amistad, sino que levantándose
nieblas y vapores del cenagal de mi concupiscencia y pubertad, anublaban y
oscurecían mi corazón y espíritu de tal modo, que no discernía entre la
clara serenidad del amor casto y la inquietud tenebrosa del amor impuro.
Uno y otro hervían confusamente en mi corazón, y entrambos arrebataban mi
flaca edad, llevándola por unos precipicios de deseos desordenados, y me
sumergían en un piélago de maldades. Vos, Señor, estabais muy irritado
contra mi, y yo no lo advertía ni reflexionaba.”
8.
EL EJEMPLO DE LOS SANTOS INFLUYE
Agustín tenia treinta y
dos años, entonces por el año 386, dice en el Libro VIII, capitulo I,
“Entonces me pusiste en el corazón un pensamiento que me pareció prudente,
el de buscar a Simplicianos, que en mi concepto era un buen servidor tuyo”.
Así fue como San Simpliciano le había hecho en uno de sus relatos, la
conversión de Victorino, el profesor romano neoplatónico, le impresionó
profundamente. Poco después, Agustín y su mejor amigo, Alipio, recibieron
la visita de Ponticiano, un africano. Viendo las epístolas de San Pablo
sobre la mesa de Agustín, Ponticiano les habló de la vida de San Antonio y
quedó muy sorprendido al enterarse de que no conocían al santo. Después les
refirió la historia de dos hombres que se habían convertido por la lectura
de la vida de San Antonio. Las palabras de Ponticiano conmovieron mucho a
Agustín, quien vio con perfecta claridad las deformidades y manchas de su
alma. En sus precedentes intentos de conversión Agustín había pedido a Dios
la gracia de la continencia, pero con cierto temor de que se la concediese
demasiado pronto: "En la aurora de mi juventud, te había yo pedido la
castidad, pero sólo a medias, porque soy un miserable. Te decía yo, pues:
“Concédeme la gracia de la castidad, pero todavía no”; porque tenía yo
miedo de que me escuchases demasiado pronto y me librases de esa enfermedad
y lo que yo quería era que mi lujuria se viese satisfecha y no
extinguida". Avergonzado de haber sido tan débil hasta entonces,
Agustín dijo a Alipio en cuanto partió Ponticiano: (Libro VIII, capitulo
VIII, “¿Por qué tenemos que aguantar todo esto?, ¿Te das cuenta cabal de lo
que hemos oído?, ¡Mira como los indoctos (ignorante), se levantan y
arrebatan el reino de los Cielos, mientras nosotros, llenos de saber pero
sin corazón, nos estamos revolcando en la carne y en la sangre!, ¿No
queremos seguirlos nada mas porque nos han tomado la delantera?, ¿Y mayor
vergüenza, ni siquiera intentamos seguirlos?
9.
LA VIRTUD DE LA CASTIDAD EN SAN
AGUSTIN
San Agustín, en el Capítulo XII de la VI parte de sus Confesiones
nos relata su desconcierto y esclavitud en que le tiene encadenada la
lujuria. Dejaré sus palabras casi textualmente porque ellas de por sí tienen
más fuerza de la que puedan recibir de fuera y hoy, cuando el mundo y la Iglesia se están ya
hace tiempo, desangrando lastimosamente, en palabras del Cardenal Oddi, son
muy necesarias y ejemplarizantes porque nos muestran a un hombre de buena
voluntad esclavizado por completo, que no quiere luchar para librarse de
las cadenas y, como en el reinado de Felipe VII en España, gritaba
desesperado: ¡”Vivan las cadenas”!
10.
“NONDUM AMABAM ET AMARE AMABAM”
Vio a Agustín su padre en el baño y se dio cuenta de que ya era
púber y se llenó de alegría. De entonces son las palabras de Agustín:
“Nondum amabam et amare amabam”, “aún no amaba y deseaba amar”, sin darme
cuenta de las tribulaciones, celos, angustias que trae el amor.
11.
EL CELIBATO IMPOSIBLE PARA AGUSTIN, AGUSTÍN DISCUTE CON
ALIPIO EL MATRIMONIO Y EL CELIBATO.
Alipio me impedía el que me casase, alegando que era absolutamente
imposible, si me casaba, que viviésemos los dos juntos dedicados quieta y
seguramente al amor y estudio de la sabiduría, como había mucho tiempo que
deseábamos. Porque él aun en aquella edad era castísimo, y tanto que
causaba admiración, pues aunque a la entrada de su juventud comenzó a
experimentar el vicio opuesto, en lugar de atollarse en aquel lodo, quedó
muy arrepentido y despreció de tal suerte los deleites de la sensualidad,
que desde entonces vivía con muy grande continencia.
Mas yo le contradecía, oponiendo contra su sentencia los ejemplos
de aquéllos que siendo casados habían continuado el estudio de la
sabiduría, habían servido a Dios y conservado y amado fielmente a sus
amigos. Pero a la verdad, estaba yo muy lejos de la grandeza de ánimo de
aquéllos que citaba: atado a la dolencia de mi carne con el mortífero
deleite que me tenía esclavizado, arrastraba mi cadena temiendo ser
desatado de ella; y al modo que una llaga se estremece sólo con que la
toque la mano que va a curarla, así desechaba yo los buenos consejos y
palabras de Alipio, que eran como la mano que me iba a desatar de mi
cadena. Yo le decía a Dios: “Dame la castidad, pero ahora no”. La serpiente
infernal se valía de mi boca para hablar a Alipio; por medio de mi lengua
tejía dulces lazos y los esparcía en el camino de su vida, para que se
enredasen en ellos aquellos pies tan libres como honestos.
Admirándose Alipio de que un hombre como yo, a quien él tenía en
gran concepto, estuviese tan preso con la liga de aquel deleite, que
siempre que hablábamos de esto, le decía que de ningún modo me era posible
el vivir sin casarme, y viendo también que yo me defendía al mismo tiempo
que él se admiraba diciéndole que había mucha diferencia entre lo que él
había experimentado muy ligera y furtivamente (de lo cual apenas ya se
acordaba y por eso podía despreciarlo fácilmente y sin trabajo alguno), y
los deleites de mi larga costumbre, que si se cohonestaron con el
matrimonio, no tendría razón de maravillarse de que yo me hallase
imposibilitado de mirar aquella vida con desprecio; comenzaba ya él también
a desear casarse, no vencido ni por asomo de aquel deleite, sino únicamente
movido de la curiosidad. Porque decía que solamente deseaba saber qué
delicias venían a ser las de aquel estado sin las cuales mi vida, que él
amaba tanto, no me parecía vida, sino tormento. Y es que su ánimo, como
estaba libre de aquella prisión, se espantaba de la esclavitud del mío y
admirándose de ella caminaba por el deseo de experimentarla, hasta llegar a
la experiencia misma, para caer acaso en la misma esclavitud que en mí
admiraba, porque esto sería contratar con la muerte, pues quien ama el peligro
caerá en él. Ni a él ni a mí nos movía mucho al estado conyugal lo que hace
decoroso y recomendable el matrimonio, como es la buena dirección de una
familia y la procreación de los hijos, sino que lo que a mí me llevaba
principalmente y con vehemencia era la costumbre de saciar la insaciable
concupiscencia que me tenía cautivo y me atormentaba, y al otro la
admiración era lo que le traía a ser cautivo.
12.
SU MADRE Y AGUSTIN NO PUEDE RESISTIR
Me instaban fuertemente a que me casase. Ya había llegado a pedir a
una joven para que se casase conmigo, y ya también me la habían prometido,
procurándolo principalmente mi madre. La joven no tenía la edad, le
faltaban casi dos años para cumplir
los que se requieren para el matrimonio, y porque aquélla parecía buena ocasión
por su posición, esperábamos hasta que cumpliese la edad competente.
Pero Agustín no pude resistir y sustituye la primera amante que se
volvió a África, por otra mujer. Entretanto se iban multiplicando mis
pecados, y siendo violentamente arrancada de mi lado como estorbo para mi
casamiento aquella mujer con quien yo tenía relaciones y en quien tenía
puesto mi corazón, me quedó éste tan lastimado y herido que la daga todavía
estaba fluyendo sangre. Ella, después de hacer a Vos el voto de no conocer otro
varón en toda su vida, se había vuelto al África, dejando en mi compañía un
hijo natural que tuve de la misma. Pero yo, infeliz, que aún no tuve valor
para imitar el de una mujer, pareciéndome mucha dilación la de dos años que
habían de pasar antes de recibir la que había pretendido por mi mujer
legítima, por no aguardar tanto tiempo y porque no era tan amante del
matrimonio como esclavo del deleite lascivo, tomé amistad con otra, para
que la continuación de mi mala costumbre conservase la enfermedad de mi
alma y me la hiciese llevar entera o más agravada cuando llegase al estado
matrimonial. Ni por eso se me curó la llaga que se había hecho en mi
corazón con el apartamiento de la primera amiga; antes bien, además de
haberme causado agudísimos dolores con el ardor primero, después,
empobreciéndose la llaga, cuanto más fría estaba, tanto dolía más
insufrible y desesperadamente.
13.
¡“TARDE TE AME”
!Hasta que llegara el día de la luz: “¡Tarde te amé, Hermosura tan
antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y
así por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas
hermosas que tú creaste… Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera;
brillaste, resplandeciste, y curaste
mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de
ti y ahora tengo hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz
que procede de ti”
Hasta que los hombres no lleguen a esta meta, todo será perdido,
caer y levantarse, angustia y guerra. Si queremos triunfar en este campo de
batalla hemos de empezar por donde ha terminado Agustín, porque “Nos has
hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse
en ti”.
14.
LA GRACIA Y LA MISERICORDIA
En el Libro VIII, Agustín
comienza el capitulo I diciendo: “Recuerdo yo mi vida, Señor, dándote
gracias y confieso tus muchas misericordias para con migo”.
En el capitulo VIII,
Agustín nos cuenta como se levantó y
salió al jardín. Alipio le siguió, sorprendido de sus palabras y de su
conducta. Ambos se sentaron en el rincón más alejado de la casa. Agustín
era presa de un violento conflicto interior, desgarrado entre el llamado
del Espíritu Santo a la castidad y el deleitable recuerdo de sus excesos.
En el capitulo XII, dice Agustín, “se levanto en mi una inmensa tempestad,
que desencadeno un torrente de lágrimas, … y me aparte de Alipio, para
llorar, y fui a tenderme, no recuerdo como debajo de una higuera; solté rienda a las lágrimas y de mis ojos
salieron como sacrificio aceptable para ti ríos enteros. Y muchas cosas te
dije; "¿Hasta cuándo, Señor? ¿Vas a estar siempre airado? ¡Olvida mis
antiguos pecados!" Y se repetía con gran aflicción: "¿Hasta
cuándo? ¿Hasta cuándo? ¿Hasta mañana? ¿Por qué no hoy? ¿Por qué no voy a
poner fin a mis iniquidades en este momento?" En tanto que se repetía
esto y lloraba amargamente, oyó la voz de un niño que cantaba en la casa
vecina una canción que decía: "Tolle lege, tolle lege" (Toma y
lee, toma y lee). Agustín empezó a preguntarse si los niños acostumbraban repetir
esas palabras en algún juego, pero no pudo recordar ninguno en el que esto
sucediese.
Entonces le vino a la
memoria que San Antonio se había convertido al oír la lectura de un pasaje
del Evangelio. Interpretó pues, las palabras del niño como una señal del
cielo, dejó de llorar y se dirigió al sitio en que se hallaba Alipio con el
libro de las Epístolas de San Pablo. Inmediatamente lo abrió y leyó en
silencio las primeras palabras que cayeron bajo sus ojos: "No en las
riñas y en la embriaguez, no en la lujuria y la impureza, no en la ambición
y en la envidia: poneos en manos del Señor Jesucristo y abandonad la carne
y la concupiscencia". Ese texto hizo desaparecer las últimas dudas de
Agustín, que cerró el libro y relató serenamente a Alipio todo lo sucedido.
Alipio leyó entonces el siguiente versículo de San Pablo: "Tomad con
vosotros a los que son débiles en la fe". Aplicándose el texto a sí
mismo, siguió a Agustín en la conversión. Ambos se dirigieron al punto a
narrar lo sucedido a Santa Mónica, la cual alabó a Dios "que es capaz
de colmar nuestros deseos en una forma que supera todo lo imaginable".
15.
EL NUEVO CAMINO DE AGUSTÍN
Agustín
renunció inmediatamente al profesorado y se trasladó a una casa de campo en
Casiciaco, cerca de Milán, que le había prestado su amigo Verecundo. Su
madre, Santa Mónica, su hermano Navigio, su hijo Adeodato, San Alipio y
algunos otros amigos, le siguieron a ese retiro, donde vivieron en una
especie de comunidad. Agustín se consagró a la oración y el estudio y, aun
éste era una forma de oración por la devoción que ponía en él. Entregado a
la penitencia, a la vigilancia diligente de su corazón y sus sentidos,
dedicado a orar con gran humildad, Agustín se preparó a recibir la gracia
del bautismo, que había de convertirle en una nueva criatura, resucitada
con Cristo. "Demasiado tarde, demasiado tarde empecé a amarte.
¡Hermosura siempre antigua y siempre nueva, demasiado tarde empecé a
amarte! Tú estabas conmigo y yo no estaba contigo. Yo estaba lejos,
corriendo detrás de la hermosura por Tí creada; las cosas que habían
recibido de Tí el ser, me mantenían lejos de Tí. Pero tú me llamaste. Me
llamaste a gritos, y acabaste por vencer mi sordera. Tú me iluminaste y tu
luz acabó por penetrar en mis tinieblas. Ahora que he gustado de tu
suavidad estoy hambriento de Tí. Me has tocado y mi corazón desea
ardientemente tus abrazos". Los tres diálogos "Contra los
Académicos", "Sobre la vida feliz" y "Sobre el
orden", se basan en las conversaciones que Agustín tuvo con sus amigos
en esos siete meses.
16.
AGUSTÍN SE BAUTIZA
La víspera de la Pascua del año 387, San
Agustín recibió el bautismo, junto con Alipio y su querido hijo Adeodato,
quien tenía entonces quince años y murió poco después. En el otoño de ese
año, Agustín resolvió retornar a África y fue a embarcarse en Ostia con su
madre y algunos amigos. Poco tiempo después muere su madre. Agustín
consagra seis conmovedores capítulos de las "Confesiones" a la
vida de su madre. Viajó a Roma unos cuantos meses después y, en septiembre
de 388, se embarcó para África. En Tagaste vivió casi tres años con sus
amigos, olvidado del mundo y al servicio de Dios con el ayuno, la oración y
las buenas obras. Además de meditar sobre la ley de Dios, Agustín instruía
a sus prójimos con sus discursos y escritos. Agustín y sus amigos habían
puesto todas sus propiedades en común y cada uno las utilizaba según sus
necesidades. Aunque Agustín no pensaba en el sacerdocio, fue ordenado el
año 391 por el obispo de Hipona, Valerio, quien le tomó por asistente. Así
pues, Agustín se trasladó a dicha ciudad y estableció una especie de
monasterio en una casa próxima a la iglesia, como lo había hecho en
Tagaste. San Alipio, San Evodio, San Posidio y otros, formaban parte de la
comunidad y vivían "según la regla de los santos Apóstoles". El
obispo, que era griego y tenía además cierto impedimento de la lengua,
nombró predicador a Agustín. En el oriente era muy común la costumbre de
que los obispos tuviesen un predicador, a cuyos sermones asistían; pero en
el occidente eso constituía una novedad. Más todavía, Agustín obtuvo
permiso de predicar aun en ausencia del obispo, lo cual era inusitado.
Desde entonces, Agustín no dejó de predicar hasta el fin de su vida. Se
conservan casi cuatrocientos sermones de San Agustín, la mayoría de los
cuales no fueron escritos directamente por él, sino tomados por sus
oyentes. En la primera época de su predicación, Agustín se dedicó a
combatir el maniqueísmo y los comienzos del donatismo y consiguió extirpar
la costumbre de efectuar festejos en las capillas de los mártires. Agustín
predicaba siempre en latín, a pesar de que los campesinos de ciertos
distritos de la diócesis sólo hablaban el púnico y era difícil encontrar
sacerdotes que les predicasen en su lengua.
17.
OBISPO DE HIPONA

El año 395, San Agustín
fue consagrado obispo coadjutor de Valerio. Poco después murió este último
y Agustín le sucedió en la sede de Hipona. Procedió inmediatamente a
establecer la vida común regular en su propia casa y exigió que todos los
sacerdotes, diáconos y subdiáconos que vivían con él renunciasen a sus
propiedades y se atuviesen a las reglas. Por otra parte, no admitía a las
órdenes sino a aquellos que aceptaban esa forma de vida. San Posidio, su
biógrafo, cuenta que los vestidos y los muebles eran modestos pero decentes
y limpios. Los únicos objetos de plata que había en la casa eran las
cucharas; los platos eran de barro o de madera. Agustín era muy
hospitalario, pero la comida que ofrecía era frugal; el uso mesurado del
vino no estaba prohibido. Durante las comidas, se leía algún libro para
evitar las conversaciones ligeras. Todos los clérigos comían en común y se
vestían del fondo común. Como lo dijo el Papa Pascual XI, "San Agustín
adoptó con fervor y contribuyó a regularizar la forma de vida común que la
primitiva Iglesia había aprobado como instituida por los Apóstoles".
Agustín fundó también una comunidad femenina. A la muerte de su hermana,
que fue la primera "abadesa", escribió una carta sobre los
primeros principios ascéticos de la vida religiosa. En esa epístola y en dos
sermones se halla comprendida la llamada "Regla de San Agustín",
que constituye la base de las constituciones de tantos canónigos y
canonesas regulares. Agustín obispo empleaba las rentas de su diócesis,
como lo había hecho antes con su patrimonio, en el socorro de los pobres.
Posidio refiere que, en varias ocasiones, mandó fundir los vasos sagrados
para rescatar cautivos, como antes lo había hecho San Ambrosio. San Agustín
menciona en varias de sus cartas y sermones la costumbre que había impuesto
a sus fieles de vestir una vez al año a los pobres de cada parroquia y,
algunas veces, llegaba hasta a contraer deudas para ayudar a los
necesitados. Su caridad y celo por el bien espiritual de sus prójimos era
ilimitado. Así, decía a su pueblo, como un nuevo Moisés o un nuevo San
Pablo: "No quiero salvarme sin vosotros". "¿Cuál es mi
deseo? ¿Para qué soy obispo? ¿Para qué he venido al mundo? Sólo para vivir
en Jesucristo, para vivir en El con vosotros. Esa es mi pasión, mi honor,
mi gloria, mi gozo y mi riqueza".
Pocos hombres han poseído
un corazón tan afectuoso y fraternal como el de San Agustín. Se mostraba
amable con los infieles y frecuentemente los invitaba a comer con él; en
cambio, se rehusaba a comer con los cristianos de conducta públicamente
escandalosa y les imponía con severidad las penitencias canónicas y las
censuras eclesiásticas. Aunque jamás olvidaba la caridad, la mansedumbre y
las buenas maneras, se oponía a todas las injusticias sin excepción de
personas. San Agustín se quejaba de que la costumbre había hecho tan
comunes ciertos pecados que, en caso de oponerse abiertamente a ellos,
haría más mal que bien y seguía fielmente las tres reglas de San Ambrosio:
no meterse a hacer matrimonios, no incitar a nadie a entrar en la carrera
militar y no aceptar invitaciones en su propia ciudad para no verse
obligado a salir demasiado. Generalmente, la correspondencia de los grandes
hombres es muy interesante por la luz que arroja sobre su vida y su
pensamiento íntimos. Así sucede, particularmente con la correspondencia de
San Agustín. En la carta quincuagésima cuarta, dirigida a Januario, alaba
la comunión diría, con tal de que se la reciba dignamente, con la humildad
con que Zaqueo recibió a Cristo en su casa; pero también alaba la costumbre
de los que, siguiendo el ejemplo del humilde centurión, sólo comulgan los
sábados, los domingos y los días de fiesta, para hacerlo con mayor
devoción. En la carta a Ecdicia explica las obligaciones de la mujer
respecto de su esposo, diciéndole que no se vista de negro, puesto que eso
desagrada a su marido y que practique la humildad y la alegría cristiana
vistiéndose ricamente por complacer a su esposo. También la exhorta a
seguir el parecer de su marido en todas las cosas razonables,
particularmente en la educación de su hijo, en la que debe dejarle la
iniciativa. En otras cartas, Agustín habla del respeto, el afecto y la
consideración que el marido debe a la mujer. La modestia y humildad de San
Agustín se muestran en su discusión con San Jerónimo sobre la interpretación
de la epístola a los Gálatas. A consecuencia de la pérdida de una carta,
San Jerónimo, que no era muy paciente, se dio por ofendido. San Agustín le
escribió: "Os ruego que no dejéis de corregirme con toda confianza
siempre que creáis que lo necesito; porque, aunque la dignidad del
episcopado supera a la del sacerdocio, Agustín es inferior en muchos
aspectos a Jerónimo". Agustín obispo lamentaba la actitud de la
controversia que sostuvieron San Jerónimo y Rufino, pues temía en esos
casos que los adversarios sostuviesen su opinión más por vanidad que por
amor de la verdad. Como él mismo escribía, "sostienen su opinión
porque es la propia, no porque sea la verdadera; no buscan la verdad, sino
el triunfo".
18.
LA DEFENSA DE LA FE CATÓLICA CONTRA
MUCHAS HEREJÍAS
Durante los treinta y
cinco años de su episcopado, San Agustín tuvo que defender la fe católica
contra muchas herejías. Una de las principales fue la de los donatistas,
quienes sostenían que la
Iglesia católica había dejado de ser la Iglesia de Cristo por
mantener la comunión con los pecadores y que los herejes no podían conferir
válidamente ningún sacramento. Los donatistas eran muy numerosos en África,
donde no retrocedieron ante el asesinato de los católicos y todas las otras
formas de la violencia. Sin embargo, gracias a la ciencia y el infatigable
celo de San Agustín y a su santidad de vida, los católicos ganaron terreno
paulatinamente. Ello exasperó tanto a los donatistas, que algunos de ellos
afirmaban públicamente que quien asesinara al santo prestaría un servicio
insigne a la religión y alcanzaría gran mérito ante Dios. El año 405, San
Agustín tuvo que recurrir a la autoridad pública para defender a los
católicos contra los excesos de los donatistas y, en el mismo año, el
emperador Honorio publicó severos decretos contra ellos. Agustín desaprobó
al principio esas medidas, aunque más tarde cambió de opinión, excepto en
cuanto a la pena de muerte. En 411, se llevó a cabo en Cartago una
conferencia entre los católicos y los donatistas que fue el principio de la
decadencia del donatismo. Pero, por la misma época, empezó la gran
controversia pelagiana.
Pelagio era originario de la Gran Bretaña.
San Jerónimo le describía como un hombre alto y gordo, repleto de avena de
Escocia". Algunos historiadores afirman que era irlandés. En todo
caso, lo cierto es que había rechazado la doctrina del pecado original y
afirmaba que la gracia no era necesaria para salvarse; como consecuencia de
su opinión sobre el pecado original, sostenía que el bautismo era un mero
título de admisión en el cielo. Pelagio pasó de Roma a África el año 411,
junto con su amigo Celestio y aquel mismo año, el sínodo de Cartago condenó
por primera vez su doctrina. San Agustín no asistió al concilio, pero desde
ese momento empezó a hacer la guerra al pelagianismo en sus cartas y
sermones. A fines del mismo año, el tribuno San Marcelino le convenció de
que escribiese su primer tratado contra los pelagianos. Sin embargo,
Agustín no nombró en él a los autores de la herejía, con la esperanza de
así ganárselos y aun tributó ciertas alabanzas a Pelagio: "Según he
oído decir, es un hombre santo, muy ejercitado en la virtud cristiana, un
hombre bueno y digno de alabanza". Desgraciadamente Pelagio se obstinó
en sus errores. San Agustín le acosó implacablemente en toda la serie de
disputas, subterfugios y condenaciones que siguieron. Después de Dios, la Iglesia debe a San
Agustín el triunfo sobre el pelagianismo. A raíz del saqueo de Roma por
Alarico, el año 410, los paganos renovaron sus ataques contra el
cristianismo, atribuyéndole todas las calamidades del Imperio. Para
responder a esos ataques, San Agustín empezó a escribir su gran obra, “La Ciudad de Dios",
en el año de 413 y la terminó hasta el año 426. “La Ciudad de Dios" es,
después de las "Confesiones", la obra más conocida de Agustín. No
se trata simplemente de una respuesta a los paganos, sino de toda una
filosofía de la historia providencial del mundo.
19.
LAS CONFESIONES
En las “Confesiones"
San Agustín había expuesto con la más sincera humildad y contrición los
excesos de su conducta. A los setenta y dos años, en las
"Retractaciones", expuso con la misma sinceridad los errores que
había cometido en sus juicios. En dicha obra revisó todos sus numerosísimos
escritos y corrigió leal y severamente los errores que había cometido, sin
tratar de buscarles excusas. A fin de disponer de más tiempo para terminar
ése y otros escritos y para evitar los peligros de la elección de su
sucesor, después de su muerte, Agustín propuso al clero y al pueblo que
eligiesen a Heraclio, el más joven de sus diáconos, quien fue efectivamente
elegido por aclamación, el año 426. A pesar de esa precaución, los últimos
días de San Agustín fueron muy borrascosos. El conde Bonifacio, que había
sido general imperial en África, cayo injustamente en desgracia de la
regente Plácida, e incitó a Genserico, rey de los vándalos, a invadir
África. Agustín escribió una carta maravillosa a Bonifacio para recordarle
su deber y el conde trató de reconciliarse con Placidia. Pero era demasiado
tarde para impedir la invasión de los vándalos. San Posidio, por entonces
obispo de Calama, describe los horribles excesos que cometieron y la
desolación que causaron a su paso. Las ciudades quedaban en ruinas, las
casas de campo eran arrasadas y los habitantes que no lograban huir, morían
asesinados. Las alabanzas a Dios no se oían ya en las iglesias, muchas de
las cuales habían sido destruidas. La misa se celebraba en las casas
particulares, cuando llegaba a celebrarse, porque en muchos sitios no había
alma viviente a quien dar los sacramentos; por otra parte, los pocos
cristianos que sobrevivían no encontraban un solo sacerdote a quien
pedírselos. Los obispos y clérigos que sobrevivieron habían perdido todos
sus bienes y se veían reducidos a pedir limosna. De las numerosas diócesis
de África, las únicas que quedaban en pie eran Cartago, Hipona y Cirta,
gracias a que dichas ciudades no habían sucumbido aún.
El conde Bonifacio huyó a
Hipona. Ahí se refugiaron también San Posidio y varios obispos de los
alrededores. Los vándalos sitiaron la ciudad en mayo de 430. El sitio se
prolongó durante catorce meses. Tres meses después de establecido, San
Agustín cayó presa de la fiebre y desde el primer momento, comprendió que
se acercaba la hora de su muerte. Desde que había abandonado el mundo, la
muerte había sido uno de los temas constantes de su meditación. En su
última enfermedad, Agustín habló de ella con gozo: "¡Dios es
inmensamente misericordioso!" Con frecuencia recordaba la alegría con que
San Ambrosio recibió la muerte y mencionaba las palabras que Cristo había
dicho a un obispo que agonizaba, según cuenta San Cipriano: "Si tienes
miedo de sufrir en la tierra y de ir al cielo, no puedo hacer nada por
ti". Agustín escribió entonces: "Quien ama a Cristo no puede
tener miedo de encontrarse con El. Hermanos míos, si decimos que amamos a
Cristo y tenemos miedo de encontrarnos con El, deberíamos cubrirnos de
vergüenza". Durante su última enfermedad, pidió a sus discípulos que
escribiesen los salmos penitenciales en las paredes de su habitación y los
cantasen en su presencia y no se cansaba de leerlos con lágrimas de gozo.
San Agustín conservó todas sus facultades hasta el último momento, en tanto
que la vida se iba escapando lentamente de sus miembros. Por fin, el 28 de
agosto de 430, exhaló apaciblemente el último suspiro, a los setenta y dos
años de edad, de los cuales había pasado casi cuarenta consagrado al
servicio de Dios. San Posidio comenta: "Los presentes ofrecimos a Dios
Agustín sacrificio por su alma y le dimos sepultura". Con palabras muy
semejantes había comentado Agustín la muerte de su madre. Durante su
enfermedad, Agustín había curado a un enfermo, sólo con imponerle las
manos. Posidio afirma: "Yo sé de cierto que, tanto como sacerdote que
como obispo, Agustín había pedido a Dios que librase a ciertos posesos por
quienes se le había encomendado que rogase y los malos espíritus los
dejaron libres".

PEDRO
SERGIO ANTONIO DONOSO BRANT- JESUS MARTI BALLESTER
Bibliografía
Las Confesiones,
de San Agustín
Vidas
de los Santos de Butler, edición española
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