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IGNACIO
LOYOLA VASCO
UNIVERSAL De Mundano a Santo |
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Jesús Marti Ballester |
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Era muy buen
escribano, escribe el Padre Rivadeneira, pero los libros le dejaban
indiferente. Más le importaba jugar a los naipes, cuidar su ondulada
cabellera rubia, esgrimir la lanza y galantear. Fue procesado por sus graves
desórdenes; se le vio, en Pamplona, arremeter calle abajo contra una multitud
que no le guardó las debidas consideraciones, "y si no hubiera quien le
detuviera, o matara a algunos de ellos, o le mataran”. Era, dicen los
mismos compañeros de su vida cristiana, hombre metido en todas las vanidades
del mundo, soldado ducho en travesuras juveniles y mozo polido,
amigo de galas y buen vividor. No obstante, se hacía querer de todos,
"porque era recio y valiente, muy animoso para emprender cosas grandes,
de noble ánimo y liberal, y tan ingenioso y prudente en las cosas del mundo,
que en lo que se ponía y aplicaba se mostraba siempre para mucho". La
gran pasión de Íñigo a los veinte años era la
guerra. Guerreando estaba en Pamplona en 1521 como ayudante del duque de Nájera, cuando los franceses sitiaron la ciudad. Tratábase ya en el castillo de rendirse, cuando Loyola se
interpuso defendiendo la resistencia hasta la muerte. Resistió,
efectivamente, como un héroe, hasta que una bala de cañón le dejó destrozada
una pierna y herida la otra. Obligado a
capitular, el herido fue colocado en una litera y conducido a Loyola. Allí
empezó la cura de los cirujanos. Quisieron atarle, Como se acostumbraba en
semejantes operaciones, pero él no lo consintió; sereno e inmóvil, aguantó la
espantosa carnicería. Sólo un momento se le vio apretar fuertemente los
puños. Pronto advirtió que debajo de la rodilla le quedaba un hueso saliente,
y no estuvo dispuesto a sufrirlo. Le advirtieron que su desaparición le
produciría dolores atroces, pero no estaba dispuesto a hacer el ridículo en
los torneos y en las fiestas cortesanas. Y por segunda vez ofreció su pierna
a la sierra con valor estoico, y la oyó rechinar en su cuerpo sin inmutarse;
"todo -dice Rivadeneira-, poder traer una bota muy justa y muy polida, como entonces se usaba". EL
RENACIMIENTO Cuando entre los
años 1491-1556, la corrupción del Renacimiento invadía hasta la misma cátedra
de Pedro, cuando el fermento de EL
PODER DE LOS LIBROS Para entretener el
ocio de la convalecencia, pidió que le trajesen libros de caballerías, el Amadís, o algún otro de los que hacían las delicias de la
juventud, pero en casa del señor de Loyola no se encontraban estas obras
profanas, y, por darle algo, le ofrecieron un “Flos
Sanctorum” y la “Vida de Cristo”, del Cartujano. Estas lecturas
empezaron a despertar en su alma sentimientos de noble emulación. Inclinado a
las más quiméricas empresas, veía abrirse ante sus ojos un mundo de heroísmos
más vasto que el que se vivía en Europa. ¿Por qué no había de hacer él lo que
hicieron los santos? ¿Por qué no había de vestir de saco, comer hierbas y
sufrir los tormentos de los mártires? Entusiasmado con su lectura, se le oía
exclamar: “Santo Domingo hizo esto, pues yo lo tengo de hacer; San Francisco
hizo esto, pues yo lo tengo de hacer." Pero apenas cerraba el libro,
caía sobre él el tumulto de los pensamientos mundanos, y se pasaba largas
vigilias soñando hazañas, fantasías y vanidades. Estaba enamorado. La señora
de sus pensamientos era mujer de alta alcurnia, cuyo nombre nunca quiso
descubrir, aunque hay quien dice que era la viuda del Rey don Fernando el
Católico, Germana de Foix. "Tan poseído en
ella tenía el seso, que se estaba embebido en pensar en ella dos, tres y
cuatro horas sin sentirlo, imaginando lo que habría de hacer en su servicio;
los medios que tomaría para poder ir a la tierra donde ella estaba; los
motes, las palabras que le diría; los hechos de armas que haría por ella; y
estaba con esto tan envanecido, que no miraba cuán imposible era poderlo
alcanzar: porque la señora no era de vulgar nobleza, ni condesa, ni duquesa,
mas era su estado más alto que ninguno de estos." Solicitado por ideas
tan diversas, empezó a examinarlas y compararlas entre sí, notando que las
del mundo, aunque le deleitaban, dejaban su corazón triste y vacío, mientras
que las de Dios le llenaban de consuelo y alegría. Poco a poco la gracia iba
trabajando su espíritu, hasta que vino al fin la resolución irrevocable, una
resolución como sabía tomarlas aquella voluntad indomable. Una noche, se
levantó del lecho, se postró de rodillas ante una imagen de EL DON
DE Escribe en su
Autobiografía: “Y ya se le iban olvidando los pensamientos pasados con estos
santos deseos que tenía, los cuales se le confirmaron con una visitación, de
esta manera. Estando una noche despierto, vio claramente una imagen de
nuestra Señora con el Santo Niño Jesús, con cuya vista por espacio notable
recibió consolación muy excesiva, y quedó con tanto asco de toda la vida
pasada, y especialmente de cosas de carne, que le parecía habérsele quitado
del ánima todas las especies que antes tenía en ella pintadas. Así, desde
aquella hora hasta el agosto de 53, que esto se escribe, nunca más tuvo ni un
mínimo consenso en cosas de carne; y por este efecto se puede .juzgar haber
sido la cosa de Dios, aunque él no osaba determinarlo, ni decía más que afirmar
lo susodicho. Mas así su hermano, como todos los demás de casa, fueron
conociendo por lo exterior la mudanza que se había hecho en su ánima
interiormente”. Comenta el Padre
Victoriano Larrañaga: “Esta gracia extraordinaria tuvo lugar estando en su
cama enfermo. Así lo indica la circunstancia de la hora: "Estando una
noche despierto." Y lo confirma el hecho, poco después registrado, de
cuando comenzó a levantarse un poco por casa. Una transformación radical y
perpetua en materia de pureza, unida a una "consolación muy
excesiva", fue el sello sobrenatural que quiso poner el cielo a la
conversión de San Ignacio: desde ese momento pasaba a ser la casa-torre de
Loyola "la santa casa" que venerarán los siglos. Los efectos
producidos interiormente en su alma se inician visibles aun a los ojos de sus
familiares, y el tiempo que con ellos conversaba "todo lo gustaba en
cosas de Dios, con lo cual hacia provecho a sus ánimas". Es entonces
también cuando empieza a dedicar parte de las 'horas del día a la oración a
tomar los apuntes de las vidas de Cristo y de los Santos. EL
PEREGRINO. Después de muchos
meses de forzado encierro, empieza su mística aventura. Se arrodilla primero
ante El 24 de marzo de
1522 halló un pobre andrajoso, le dio sus vestidos de caballero, y se vistió
un traje que consistía en un saco de cáñamo, un pedazo de cuerda para ceñirlo
y una alpargata de esparto para el pie derecho, que era el de la herida. Con
estas galas y en la mano el bordón rematado en una calabaza, pasó una noche
al pie del altar de EN
TIEMPOS DE TURBACIÓN Después de cuatro
meses de una serenidad imperturbable, entra su alma en los más terribles
combates de la vida interior. Va a empezar su noviciado. El enemigo le decía:
"¿Quién resiste una vida semejante durante treinta años?". Pero
esta prueba se le desvanece con esta sencilla respuesta: "¿Quién me
asegura que voy a vivir una sola hora?". No tardó en advertir en medio
de la oración olas terribles de tedio y amargura, que empezaron a hacerle
dudar sobre el camino que había emprendido. Siguieron después los escrúpulos
sobre su confesión, acompañados de tales congojas, que hasta tuvo la
tentación de arrojarse por un barranco. Se le veía llorando en su habitación
y pidiendo a gritos el socorro de la divina misericordia. En aquel terrible
trance, resolvió no comer ni beber hasta recobrar la calma. Después de una
semana, le echaron de menos unas mujeres piadosas que escuchaban sus
consejos, y tras muchas pesquisas le encontraron en una ermita de Después se sintió
repentinamente inundado de paz y alegría. Llegaron los días de los regalos y
las consolaciones. Escribirá en sus Ejercicios: “En tiempo de turbación, no
hacer mudanza”. Según él mismo lo declara, "Dios trataba a su siervo de
la misma manera que un maestro trata a un niño de la escuela a quien
instruye". "Aunque no existieran los libros santos –añadía- estaría
dispuesto a dar la vida por las verdades que en ellos se enseñan, sólo por lo
que en la contemplación se me ha comunicado." Un día, contemplando las
cosas divinas en las cercanías de Manresa, se sentó en el camino, que pasa a
la ribera del río Cardoner, y estuvo mirando el
agua. "Allí -dice el
Padre Laínez- aprendió en una hora más de lo que
hubieran podido enseñarle todos los sabios del mundo." Recuerda aquellos
versos del Doctor Místico: “Este saber no sabiendo es de tan alto poder Que los sabios arguyendo jamás le pueden vencer que no llega su saber a no entender entendiendo, toda ciencia trascendiendo”. Tenía visiones,
coloquios con los bienaventurados y raptos de ocho días. Se había convertido
en un maestro de la vida espiritual, y un grupo de mujeres, que los
maliciosos llamaban las “Iñigas”, practicaban los
Ejercicios espirituales bajo su dirección. EL LIBRO
DE LOS EJERCICIOS Así nació un librito
breve y compendioso, escrito en un lenguaje sencillo e inteligible. Así nació
el Libro de los Ejercicios. Sumergido en la meditación de las verdades
eternas, o zarandeado por las tempestades interiores, Ignacio no cesaba de
estudiar y analizar los diversos estados de su espíritu. "El Peregrino
-decía más tarde a uno de sus compañeros -observaba en su alma ya éstos, ya
aquellos afectos y se aprovechó de ello, y por ahí vino a pensar que podrían
bien aprovechar a otros, y por eso escribió los Ejercicios”. Al principio, lo
único que le importaba era conocer la voluntad divina y cumplirla
perfectamente; después coordinó sus experiencias, y al salir de la gruta
completamente transformado, se encontró con un método espiritual que podría
obrar en los otros una transformación análoga a la suya. La sustancia de esa
obra, que resume el trabajo íntimo realizado en su alma, data de estos días
de Manresa. Más tarde, los experimentos que hizo con los otros le permitieron
perfeccionar su sistema, que siguió enriqueciendo con nuevas aportaciones
durante sus estudios teológicos y en el período italiano de su vida. EFICACIA
MARAVILLOSA La experiencia de
los siglos ha confirmado su eficacia maravillosa para transformar y educar a
las almas. Las causas de esta influencia, aparte del poder de la gracia, hay
que buscarlas en la combinación y ordenación lógica de los diversos
ejercicios, en el método, en la sabia disposición de las materias, fruto de
un estudio profundo del alma humana. Escuela incomparable de hombres, de
cristianos y de apóstoles, los Ejercicios no son para leídos, sino para
practicados. Entonces es cuando tienen su eficacia, cuando producen corazones
como los de San Francisco Javier, San Francisco de Regis, San Francisco de
Sales, San Carlos Borromeo o San Pedro Canisio y un
largo etcétera. Críticos de todas las ideas han reconocido en ellos un
edificio de armonioso, una verdadera obra de arte, de unidad perfecta, un
género enteramente nuevo y peculiar. Todo resumido en la
invitación de Cristo: "Toma tu cruz y sígueme.", cuya esencia es el
“abneget”, la renuncia. Sin embargo, lejos de
abatir las fuerzas naturales, las intensifican, purificándolas de lo inferior
y bestial, dirigiéndolas hacia un ideal más alto, y potenciándolas con la
ayuda de la gracia. Si dan la paz al alma, no es por el aniquilamiento de la
voluntad personal; ya que su efecto es siempre un robustecimiento de la
personalidad, orientada y polarizada en Dios. Son la obra maestra de una
pedagogía. Se ha reprochado la excesiva importancia que se da en ellos al
razonamiento, se ha dicho que la meticulosidad de las reglas es contraria a
la operación del Espíritu. Pero es que San Ignacio ve en el razonamiento la
base sólida de toda convicción. Para él no puede existir renovación sin
convicción profunda. Por lo demás, su método, con todas las apariencias de
regularidad mecánica, es siempre respetuoso con los movimientos del Espíritu,
“que mueve a su ánima devota”. Hay que tener también presente que él sólo
establece el método de la oración ordinaria. Aunque conocía las alturas de la
contemplación, no se ocupa en lanzar el alma hacia ellas. Para él la
perfección de la vida espiritual no consiste propiamente en la unión con Dios
por medio de la oración. Solía decir que, de cien personas de oración, las
noventa vivían engañadas. Consideraba que se daba más gloria a Dios con la
imitación perfecta de Cristo en la vida apostólica, y a esta imitación dirige
los Ejercicios, haciéndola consistir en la renuncia al bienestar del cuerpo y
en la mortificación total del amor propio y del amor del mundo. CONTEMPLATIVO
EN El período místico
de Manresa sólo fue un episodio en la vida militante de San Ignacio. Hombre
de acción, se lanzó en busca de su destino. No ha llegado a verlo todavía con
claridad. Durante algún tiempo se cree llamado a predicar la fe entre los
infieles. Visita los Santos Lugares y decide permanecer en Oriente enseñando
a los mahometanos, pero el provincial de San Francisco en Jerusalén le obliga
a venir a Europa, temiendo que su celo provocase algún conflicto. En 1524
reaparece en Barcelona estudiando latín con los niños de la escuela.
Comprendiendo su necesidad de instrucción religiosa y humanística, se entregó
ardorosamente a conseguirla, a pesar de que el demonio le acometía con toda
clase de pensamientos devotos y dulzuras interiores cuando cogía ESTUDIANTE
Y BUSCADOR DE ALMAS Pero a la vez que
estudiante, era un fogoso apóstol. Un grupito de gentes piadosas escuchaba
sus consejos e imitaban su vida. Algunos de sus compañeros y devotos
caminaban descalzos como él y vestían el mismo sayal pardo y grosero, que les
valió el apodo de ensayalados. En los círculos
eclesiásticos y universitarios se discutía al extraño penitente, que producía
repentinos cambios de vida. Unos le veneraban como a santo, otros empezaban a
sospechar si sería uno de aquellos alumbrados fanáticos que, entre supuestas
revelaciones, sembraban los más absurdos errores. No tardó en estallar la
persecución: Ignacio tuvo que teñir su sayo, disolver su grupo, calzar sus
pies y resignarse a vestir como los demás. A todo obedeció puntualmente; pero
habiéndose reproducido las sospechas, se le abrió un proceso canónico y se le
encerró en la cárcel, donde permaneció dos meses. Él rehusaba defenderse pero
hablaba a los inquisidores con la libertad propia de su carácter. –“¿Qué mal
habéis hallado en mí, después de tanto ínquirir?”
preguntaba al Vicario de Alcalá. –“Nada -contestó el interpelado-; si algo se
hallara en vos, os castigaran y aún os quemaran”. Respondió Iñigo: -“Así os
quemaran a vos si errárades”. –“Es anssí” -replicó secamente el Vicario. Reconocida su
inocencia, Ignacio pasó de Alcalá a Salamanca. Allí también fue acusado,
procesado y encarcelado veintidós días en un aposento viejo, destartalado,
sucio y maloliente, con una cadena de doce palmos a los pies, y sin poder
dormir "por la gran multitud de bestias varias". “¡No sabía, dijo,
que fuera tan peligroso predicar a Cristo a los cristianos!”. Absuelto una vez más
por las autoridades eclesiásticas, dejó aquella Universidad y se dirigió a la
de París, montado en un asno, que llevaba sus libros y cartapacios. Llegó el
2 de febrero de 1528, y pasó aún siete años escuchando a los doctores de MONTMARTRE El 15 de agosto de
1534, seguido por estos seis, en la colina de Montmartre,
en una capilla, dedicada a San Dionisio, perteneciente a las monjas
benedictinas, oyeron la misa celebrada por Pedro Fabro,
que era el único sacerdote. A la comunión, Fabro se
volvió a sus companeros con la sagrada Hostia en la
mano. Arrodillados los seis en torno del altar, fueron pronunciando uno a uno
sus votos. Después, bajaron y se sentaron alrededor de una fuente y
celebraron un frugal banquete con pan y agua. La alegría era tan grande y el
fervor tal, que se les pasaron las horas sin sentir alabando a Dios,
manifestando los afectos de sus corazones. Al año siguiente,
Ignacio se dirigió por última vez a su tierra para restablecer su quebrantada
salud. Aún no saben qué es lo que Dios quiere ellos. Por de pronto, deciden
ir en peregrinación a Tierra Santa. Los iñiguistas de PERSECUCIONES
Y APROBACIÓN En Roma, frialdades,
indiferencias y persecuciones. En los pulpitos se desautorizaba a aquella
compañía de "sacerdotes reformados”. La causa de Ignacio parecía
perdida, cuando vino en su ayuda la influencia de algunos hombres poderosos,
ganados por la práctica de los Ejercicios. Príncipes, cardenales y
embajadores empezaban a sentirse transformados por la magia de aquel libro
prodigioso. El mismo Papa Paulo III se sintió impresionado por la grandeza
moral del fundado y en sus conversaciones con el pontífice, empezó a esbozar
el plan de una Orden nueva, que abarcase la actividad apostólica en todas sus
formas, la enseñanza literaria y teológica en todos sus grados, las obras de
caridad en todos los aspectos, las misiones entre fieles e infieles,
considerando el mundo entero campo de su acción. Tal era el gran ideal en que
había cuajado definitivamente la ambición desaforada del hidalgo español. El
27 de septiembre de 1540 aparecía la bula por la cual el Papa Paulo III
aprobaba la nueva fundación, y el comienzo de EN EL
GESU DE ROMA Los quince años
últimos de su vida los dedica Ignacio en el Gesú de
Roma, a perfilar, acrecentar y completar la gran obra de su vida. Escribe las
Constituciones, forma a los novicios en el Colegio Romano, envía sus teólogos
al Concilio de Trento, esparce sus discípulos por todas las partes del mundo,
escribe cartas, legisla, ordena, vigila. Quiere que el alma de su milicia
espiritual sea la obediencia, una obediencia consciente, voluntaria y alegre;
una obediencia ciega. El religioso debe ser como un cadáver, o como el bastón
en la mano del anciano. Escribiendo a San Francisco Javier, le ordenaba
volver a las Indias: "Os lo ordeno en nombre de Jesucristo. Y a fin de
que vos podáis exponer los motivos de vuestra partida a aquellos que quieren
reteneros, os diré las razones que me han decidido." Su mandato era a la
vez firme y suave, razonado y autoritario. Medía el límite de
su autoridad, como antes había medido el límite de su obligación a obedecer.
Durante el proceso de Salamanca, preguntado por los jueces cómo se atrevía a
enseñar, falto de estudios teológicos, contestó: "O es verdad, o no es
verdad lo que enseño. Si no es verdad, condénenme; si es verdad, déjenlo
estar." Y cuando le leyeron la sentencia, por la cual le declaraban
inocente y ortodoxo, mandándole al mismo tiempo que no se metiese en honduras
y distinciones sutiles, declaró que obedecería en aquello que estaba dentro
de la jurisdicción de los jueces; pero que no era justo, puesto que no se
encontraba delito en su conducta ni error en su doctrina, impedirle servir a
las almas, privándole del derecho de hablar de las cosas de Dios con
libertad. Era natural que el odio se cebase en un hombre que se presentaba
como el aguafiestas del Renacimiento, como el censor de la moral fácil de los
falsos reformadores, como el campeón de la disciplina cuando el mundo se
indisciplinaba. SU
RETRATO La pasión ha hecho
de aquel gran hombre un enigma o una paradoja. Ya los pintores empiezan por
desconcertarnos: el Ignacio de Valdés Leal parece un San Juan de Toda la vida de
Ignacio está en el lema que señaló a DON DE
LÁGRIMAS Su don de lágrimas
es tan excepcional que pocas veces habrá sido igualado en la hagiografía
católica ni por los mayores santos contemplativos de |
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Jesús
Marti Ballester |
Pedro
S.A. Donoso Brant |
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