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El Camino de los Santos Pedro Sergio Antonio Donoso Brant |
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SAN JUAN DIEGO UN MODELO DE HUMILDAD 9 de diciembre "Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido." (Mt 11, 25-26) |
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En
abril de 1990 Juan Diego fué beatificado por el papa Juan Pablo II en el
Vaticano. Al siguiente mes, en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en
la ciudad de México, durante su segunda visita al Santuario, Su Santidad
presidió la solemne ceremonia de beatificación. En
Julio 2002 fue canonizado en una ceremonia presidida por Juan Pablo II,
realizada en la Basilica de Guadalupe. QUIÉN
ERA JUAN DIEGO? La
mayoría de los estudiosos concuerdan que Juan Diego nació en 1474 en el
calpulli de Tlayacac en Cuauhtitlán, el que fué establecido en 1168 por la
tribu nahua y posteriormente conquistado por el jefe Azteca Axayacatl en
1467; y estaba localizado Su
nombre de nacimiento fue Cuauhtlatoatzin, que podría ser traducido como
"el que habla como águila" o "águila que habla". El
Nican Mopohua lo describe como un "macehualli", o "pobre
indio", es decir uno que no pertenecía a ninguna de las categorías
sociales del Imperio, como funcionarios, sacerdotes, guerreros, mercaderes,
etc., es decir que pertenecía a la mas numerosa y baja clase del Imperio
Azteca, pero no a la clase de los esclavos. Hablándole a Nuestra Señora él se
describe como "un hombrecillo" o un don nadie, y atribuye a ésto su
falta de credibilidad ante el Obispo. El
trabajaba duramente la tierra y fabricaba matas las que luego vendía. Era
dueño de su pedazo de tierra y tenía una pequeña vivienda en ella. Estaba
casado pero no tenía hijos. En
los años 1524 o 1525 se produce su conversión al cristianismo y fue
bautizado, así como su esposa, recibiendo el nombre cristiano de Juan Diego y
su esposa el nombre de María Lucía. Fueron bautizados por un fraile
Franciscano, el padre Peter da Gand, uno de los primeros misionarios
franciscanos en arrivar a Mexico. De
acuerdo a la primera investigación formal realizada por la Iglesia sobre los
sucesos, las Informaciones Guadalupanas de 1666, Juan Diego parece haber sido
un hombre muy devoto y religioso, aún antes de su conversión. Era muy
reservado y de un místico carácter, afecto a largos silencios y frecuentes
penitencias, y que solía caminar desde su poblado hasta Tenochtitlán, a Su
esposa María Lucía enferma y luego fallece en 1529. Juan Diego entonces se
translada a vivir con su tío Juan Bernardino en Tolpetlac, que le quedaba mas
cerca de la iglesia en Tlatilolco - Tenochtitlán, solo El
caminaba cada sábado y domingo a la iglesia, partiendo a la mañana muy
temprano, antes que amaneciera, para llegar a tiempo a la Santa Misa y a las
clases de instrucción religiosa. Caminaba descalzo, como la gente de su clase
macehualli, ya que solo los miembros de las clases superiores de los aztecas
usaban cactlis, o sandalias, confeccionadas con fibras vegetales o de pieles.
En esas frías madrugadas usaba para protegerse del frío una manta, tilma o
ayate, tejida con fibras del maguey, el cactus típico de la región. El
algodón era solo usado por los aztecas mas privilegiados. APARICION DE LA VIRGEN A JUAN DIEGO Durante
una de sus caminatas camino a Tenochtitlán, caminatas que solían tomar unas
tres horas y medias a través de montañas y poblados, ocurre la primera
aparición de Nuestra Señora, en el lugar ahora conocido como "Capilla
del Cerrito", donde la Santísima Virgen le habló en su idioma, el
náhuatl. Ella se refirió a él con grandísimo cariño, llamándolo
"Juanito, Juan Dieguito", "el mas
pequeño de mis hijos", "hijito mío". Juan
Diego tenía 57 años en el momento de las apariciones, ciertamente una edad
avanzada en un lugar y época donde la expectativa de vida masculina apenas
sobrepasaba los 40 años. Luego
del milagro de Guadalupe Juan Diego fue a vivir a un pequeño cuarto pegado a
la capilla que alojaba la santa imagen, luego de dejar todas sus pertenencias
a su tío Juan Bernardino, pasando el resto de su vida completamente dedicado
a la difusión del relato de las apariciones entre la gente de su pueblo. Juan
Diego muere el 30 de mayo de Su
Santidad Juan Pablo II alabó en Juan Diego su simple fé enriquecida por la
catequesis y lo definió (a aquél que le dijo a la Santísima Virgen: "soy
solo un hombrecillo, soy un cordel, soy una escalerilla de tablas, soy cola,
soy hoja, soy gente menuda..") como un modelo
de humildad para todos nosotros.
Nuestra Señora de Guadalupe cobijando a Juan Diego (y a
todos sus hijos) bajo su manto. "No se turbe tu corazón; no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad o angustia. ¿No estoy yo aquí? ¿No soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué mas has menester? No te apene ni te inquiete otra cosa." (Palabras de Nuestra Señora a Juan Diego) LA BIOGRAFIA QUE PUBLICA LA PAGINA DEL VATICANO El
Beato Juan Diego, que en 1990 Vuestra Santidad llamó «el confidente de la
dulce Señora del Tepeyac» (L'Osservatore Romano, 7-8 maggio 1990, p. 5),
según una tradición bien documentada nació en 1474 en Cuauhtitlán, entonces
reino de Texcoco, perteneciente a la etnia de los chichimecas.Se llamaba
Cuauhtlatoatzin, que en su lengua materna significaba «Águila que habla», o
«El que habla con un águila». Ya
adulto y padre de familia, atraído por la doctrina de los PP. Franciscanos
llegados a México en 1524, recibió el bautismo junto con su esposa María
Lucía. Celebrado el matrimonio cristiano, vivió castamente hasta la muerte de
su esposa, fallecida en 1529. Hombre de fe, fue coherente con sus
obligaciones bautismales, nutriendo regularmente su unión con Dios mediante
la eucaristía y el estudio del catecismo. El
9 de diciembre de 1531, mientras se dirigía a pie a Tlatelolco, en un lugar
denominado Tepeyac, tuvo una aparición de María Santísima, que se le presentó
como «la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios». La
Virgen le encargó que en su nombre pidiese al Obispo capitalino el
franciscano Juan de Zumárraga, la construcción de una iglesia en el lugar de
la aparición. Y como el Obispo no aceptase la idea, la Virgen le pidió que
insistiese. Al día siguiente, domingo, Juan Diego volvió a encontrar al
Prelado, quien lo examinó en la doctrina cristiana y le pidió pruebas objetivas
en confirmación del prodigio. El
12 de diciembre, martes, mientras el Beato se dirigía de nuevo a la Ciudad,
la Virgen se le volvió a presentar y le consoló, invitándole a subir hasta la
cima de la colina de Tepeyac para recoger flores y traérselas a ella. No
obstante la fría estación invernal y la aridez del lugar, Juan Diego encontró
unas flores muy hermosas. Una vez recogidas las colocó en su «tilma» y se las
llevó a la Virgen, que le mandó presentarlas al Sr. Obispo como prueba de
veracidad. Una vez ante el obispo el Beato abrió su «tilma» y dejó caer las
flores, mientras en el tejido apareció, inexplicablemente impresa, la imagen
de la Virgen de Guadalupe, que desde aquel momento se convirtió en el corazón
espiritual de la Iglesia en México. El
Beato, movido por una tierna y profunda devoción a la Madre de Dios, dejó los
suyos, la casa, los bienes y su tierra y, con el permiso del Obispo, pasó a
vivir en una pobre casa junto al templo de la «Señora del Cielo». Su
preocupación era la limpieza de la capilla y la acogida de los peregrinos que
visitaban el pequeño oratorio, hoy transformado en este grandioso templo,
símbolo elocuente de la devoción mariana de los mexicanos a la Virgen de
Guadalupe. En
espíritu de pobreza y de vida humilde Juan Diego recorrió el camino de la
santidad, dedicando mucho de su tiempo a la oración, a la contemplación y a
la penitencia. Dócil a la autoridad eclesiástica, tres veces por semana
recibía la Santísima Eucaristía. En
la homilía que Vuestra Santidad pronunció el 6 de mayo de 1990 en este
Santuario, indicó cómo «las noticias que de él nos han llegado elogian sus
virtudes cristianas: su fe simple [...], su confianza en Dios y en la Virgen;
su caridad, su coherencia moral, su desprendimiento y su pobreza evangélica.
Llevando una vida de eremita, aquí cerca de Tepeyac, fue ejemplo de humildad»
(Ibídem). Juan
Diego, laico fiel a la gracia divina, gozó de tan alta estima entre sus
contemporáneos que éstos acostumbraban decir a sus hijos: «Que Dios os haga
como Juan Diego». Circundado
de una sólida fama de santidad, murió en 1548. Su
memoria, siempre unida al hecho de la aparición de la Virgen de Guadalupe, ha
atravesado los siglos, alcanzando la entera América, Europa y Asia. El
9 de abril de 1990, ante Vuestra Santidad fue promulgado en Roma el decreto
«de vitae sanctitate et de cultu ab immemorabili tempore Servo Dei Ioanni
Didaco praestito». El
6 de mayo sucesivo, en esta Basílica, Vuestra Santidad presidió la solemne
celebración en honor de Juan Diego, decorado con el título de Beato. Precisamente
en aquellos días, en esta misma arquidiócesis de Ciudad de México, tuvo lugar
un milagro por intercesión de Juan Diego. Con él se abrió la puerta que ha
conducido a la actual celebración, que el pueblo mexicano y toda la Iglesia viven
en la alegría y la gratitud al Señor y a María por haber puesto en nuestro
camino al Beato Juan Diego, que según las palabras de Vuestra Santidad,
«representa todos los indígenas que reconocieron el evangelio de Jesús»
(Ibídem). Beatísimo
Padre, la canonización de Juan Diego es un don extraordinario no sólo para la
Iglesia en México, sino para todo el Pueblo de Dios. Fuentes:
vatican.va
CANONIZACIÓN DE JUAN DIEGO CUAUHTLATOATZIN HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Ciudad de México, Miércoles 31 de julio de 2002 1.
“¡Yo te alabo, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y
entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! ¡Gracias, Padre, porque
así te ha parecido bien!” (Mt 11, 25). Queridos
hermanos y hermanas: Estas palabras de Jesús en el evangelio de hoy son para
nosotros una invitación especial a alabar y dar gracias a Dios por el don del
primer santo indígena del Continente americano. Con
gran gozo he peregrinado hasta esta Basílica de Guadalupe, corazón mariano de
México y de América, para proclamar la santidad de Juan Diego
Cuauhtlatoatzin, el indio sencillo y humilde que contempló el rostro dulce y
sereno de la Virgen del Tepeyac, tan querido por los pueblos de México. 2.
Agradezco las amables palabras que me ha dirigido el Señor Cardenal Norberto
Rivera Carrera, Arzobispo de México, así como la calurosa hospitalidad de los
hombres y mujeres de esta Arquidiócesis Primada: para todos
mi saludo cordial. Saludo también con afecto al Cardenal Ernesto
Corripio Ahumada, Arzobispo emérito de México y a los demás Cardenales, a los
Obispos mexicanos, de América, de Filipinas y de otros lugares del mundo.
Asimismo, agradezco particularmente al Señor Presidente y a las Autoridades
civiles su presencia en esta celebración. Dirijo
hoy un saludo muy entrañable a los numerosos indígenas venidos de las
diferentes regiones del País, representantes de las diversas etnias y
culturas que integran la rica y pluriforme realidad mexicana. El Papa les
expresa su cercanía, su profundo respeto y admiración, y los recibe
fraternalmente en el nombre del Señor. 3.
¿Cómo era Juan Diego? ¿Por qué Dios se fijó en él? El libro del Eclesiástico,
como hemos escuchado, nos enseña que sólo Dios “es poderoso y sólo los
humildes le dan gloria” (3, 20). También las palabras de San Pablo
proclamadas en esta celebración iluminan este modo divino de actuar la
salvación: “Dios ha elegido a los insignificantes y despreciados del mundo;
de manera que nadie pueda presumir delante de Dios” (1 Co 1, 28.29). Es
conmovedor leer los relatos guadalupanos, escritos con delicadeza y empapados
de ternura. En ellos la Virgen María, la esclava “que glorifica al Señor” (Lc
1, 46), se manifiesta a Juan Diego como la Madre del verdadero Dios. Ella le
regala, como señal, unas rosas preciosas y él, al mostrarlas al Obispo,
descubre grabada en su tilma la bendita imagen de Nuestra Señora. “El
acontecimiento guadalupano -como ha señalado el Episcopado Mexicano-
significó el comienzo de la evangelización con una vitalidad que rebasó toda
expectativa. El mensaje de Cristo a través de su Madre tomó los elementos
centrales de la cultura indígena, los purificó y les dio el definitivo
sentido de salvación” (14.05.2002, n. 8). Así pues, Guadalupe y Juan Diego
tienen un hondo sentido eclesial y misionero y son un modelo de
evangelización perfectamente inculturada. 4.
“Desde el cielo el Señor, atentamente, mira a todos los hombres” (Sal 32,
13), hemos recitado con el salmista, confesando una vez más nuestra fe en
Dios, que no repara en distinciones de raza o de cultura. Juan Diego, al
acoger el mensaje cristiano sin renunciar a su identidad indígena, descubrió
la profunda verdad de la nueva humanidad, en la que todos están llamados a
ser hijos de Dios en Cristo. Así facilitó el encuentro fecundo de dos mundos y
se convirtió en protagonista de la nueva identidad mexicana, íntimamente
unida a la Virgen de Guadalupe, cuyo rostro mestizo expresa su maternidad
espiritual que abraza a todos los mexicanos. Por ello, el testimonio de su
vida debe seguir impulsando la construcción de la nación mexicana, promover
la fraternidad entre todos sus hijos y favorecer cada vez más la
reconciliación de México con sus orígenes, sus valores y tradiciones. Esta
noble tarea de edificar un México mejor, más justo y solidario, requiere la
colaboración de todos. En particular es necesario apoyar hoy a los indígenas
en sus legítimas aspiraciones, respetando y defendiendo los auténticos
valores de cada grupo étnico. ¡México necesita a sus indígenas y los
indígenas necesitan a México! Amados
hermanos y hermanas de todas las etnias de México y América, al ensalzar hoy
la figura del indio Juan Diego, deseo expresarles la cercanía de la Iglesia y
del Papa hacia todos ustedes, abrazándolos con amor y animándolos a superar
con esperanza las difíciles situaciones que atraviesan. 5.
En este momento decisivo de la historia de México, cruzado ya el umbral del
nuevo milenio, encomiendo a la valiosa intercesión de San Juan Diego los
gozos y esperanzas, los temores y angustias del querido pueblo mexicano, que
llevo tan adentro de mi corazón. ¡Bendito
Juan Diego, indio bueno y cristiano, a quien el pueblo sencillo ha tenido
siempre por varón santo! Te pedimos que acompañes a la Iglesia que peregrina
en México, para que cada día sea más evangelizadora y misionera. Alienta a
los Obispos, sostén a los sacerdotes, suscita nuevas y santas vocaciones,
ayuda a todos los que entregan su vida a la causa de Cristo y a la extensión
de su Reino. ¡Dichoso
Juan Diego, hombre fiel y verdadero! Te encomendamos a nuestros hermanos y
hermanas laicos, para que, sintiéndose llamados a la santidad, impregnen
todos los ámbitos de la vida social con el espíritu evangélico. Bendice a las
familias, fortalece a los esposos en su matrimonio, apoya los desvelos de los
padres por educar cristianamente a sus hijos. Mira propicio el dolor de los
que sufren en su cuerpo o en su espíritu, de cuantos padecen pobreza,
soledad, marginación o ignorancia. Que todos, gobernantes y súbditos, actúen
siempre según las exigencias de la justicia y el respeto de la dignidad de
cada hombre, para que así se consolide la paz. ¡Amado
Juan Diego, “el águila que habla”! Enséñanos el camino que lleva a la Virgen
Morena del Tepeyac, para que Ella nos reciba en lo íntimo de su corazón, pues
Ella es la Madre amorosa y compasiva que nos guía hasta el verdadero Dios.
Amén. Antes
de impartir la bendición, el Vicario de Cristo dirigió las siguientes
palabras: Al
concluir esta canonización de Juan Diego, deseo renovar el saludo a todos los
que habéis podido participar, algunos desde esta basílica, otros desde los
aledaños y muchos más a través de la radio y la televisión. Agradezco de
corazón el afecto de cuantos he encontrado en las calles que he recorrido. En
el nuevo santo tenéis el maravilloso ejemplo de un hombre de bien, recto de
costumbres, leal hijo de la Iglesia, dócil a los pastores, amante de la
Virgen, buen discípulo de Jesús. Que sea modelo para vosotros que tanto lo
amáis, y que él interceda por México para que sea siempre fiel. Llevad a
todos el mensaje de esta celebración y el saludo y el afecto del Papa a todos
los mexicanos. SS
JUAN PABLO II LAS APARICIONES
Y EL MILAGRO Todos
los relatos modernos de las apariciones de Nuestra Señora a Juan Diego están
inspirados en el Nican Mopohua, o Huei Tlamahuitzoltica, escrito en Nahuatl,
el idioma azteca, a mediados del siglo XVI por el erudito indio Antonio
Valeriano. Desafortunadamente
el original de esta obra no ha sido encontrado. Una copia fué publicada en
nahuatl por primera vez por Luis Lasso de la Vega en 1649 en la ciudad de
México. Su portada es la que vemos aquí.
A continuación una traducción al español: En
orden y concierto se cuenta aquí cómo hace poco se apareció milagrosamente la
perfecta Virgen Santa María Madre de Dios, nuestra Reina, en el Tepeyacac,
que se nombra Guadalupe. Primero
se dejó ver de un pobre indio llamado Juan Diego; y después se apareció su
preciosa imagen delante del nuevo Obispo Don fray Juan de Zumárraga. Diez
años después de tomada la ciudad de México, se suspendió la guerra y hubo paz
en los pueblos, así como empezó a brotar la fe, el conocimiento del verdadero
Dios, por quien se vive. A
la sazón, en el año de mil quinientos treinta y uno, a pocos días del mes de
diciembre, sucedió que había un pobre indio, de nombre Juan Diego, según se
dice, natural de Cuautitlán. Tocante a las cosas espirituales en un todo
pertenecía a Tlatilolco. PRIMERA
APARICION "Era
sábado muy de madrugada cuando Juan Diego venía en pos del culto divino y de
sus mandatos a Tlatilolco. Al
llegar junto al cerrito llamado Tepeyacac, amanecía; y oyó cantar arriba del
cerro; semejaba canto de varios pájaros; callaban a ratos las voces de los
cantores; y parecía que el monte les respondía. Su canto, muy suave y
deleitoso, sobrepasaba al del coyoltótotl y del tzinizcan y de otros pájaros
lindos que cantan. Se
paró Juan Diego para ver y dijo para sí: “Por ventura soy digno de lo que
oigo?, Quizás sueño?, Me levanto de dormir?, Dónde
estoy?, Acaso en el paraíso terrenal, que dejaron dicho los viejos, nuestros
mayores?, Acaso ya en el cielo?” Estaba
viendo hacia el oriente, arriba del cerrillo, de donde procedía el precioso
canto celestial. Y
así que cesó repentinamente y se hizo el silencio, oyó que le llamaban de
arriba del cerrito y le decían: “Juanito, Juan Dieguito.” Luego
se atrevió a ir a donde le llamaban. No se sobresaltó un punto, al contrario,
muy contento, fue subiendo el cerrillo, a ver de dónde le llamaban. Cuando
llegó a la cumbre vió a una señora, que estaba allí de pie y que le dijo que
se acercara. Llegado
a su presencia , se maravilló mucho de su
sobrehumana grandeza: su vestidura era radiante como el sol; el risco en que
posaba su planta, flechado por los resplandores, semejaba una ajorca de
piedras preciosas; y relumbraba la tierra como el arco iris. Los mezquites,
nopales y otras diferentes hierbecillas que allí se suelen dar parecían de
esmeralda; su follaje, finas turquesas; y sus ramas y espinas brillaban como
el oro. Se
inclinó delante de ella y oyó su palabra, muy suave y cortés, cual de quien
atrae y estima mucho. Ella
le dijo: “Juanito, el mas pequeño de mis hijos, dónde vas?” El
respondió: Señora y Niña mía, tengo que llegar a tu casa de México
Tlatilolco, a seguir las cosas divinas, que nos dan y enseñan nuestros
sacerdotes, delegados de Nuestro Señor”. Ella
luego le habló y le decubrió su santa voluntad. Le dijo: “Sabe y ten
entendido, tú el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen
María, Madre del verdadero Dios por quien se vive: del Creador cabe quien
está todo: Señor del cielo y de la tierra. Deseo vivamente que se me erija
aquí un templo, para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y
defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre, a tí, a todos vosotros juntos los
moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mi
confíen; oír allí sus lamentos y remediar todas sus miserias, penas y
dolores. Y
para realizar lo que mi clemencia pretende, ve al
palacio del Obispo de México y le dirás cómo yo te envío a manifestarle lo
que deseo, que aquí me edifique un templo: le contarás puntualmente cuanto
has visto y admirado, y lo que has oído. Ten por seguro que te lo agradeceré
bien y lo pagaré, porque te haré feliz y merecerás mucho que yo recompense el
trabajo y fatiga con que vas a procurar lo que te encomiendo. Mira que ya has
oído mi mandato hijo mío el mas pequeño, anda y pon todo tu esfuerzo." Juan
Diego contestó: "Señora mía, ya voy a cumplir tu mandato; por ahora me
despido de ti, yo tu humilde siervo." Luego
bajó, para ir a hacer su mandato; y salió a la calzada que viene en línea
recta a México." SEGUNDA
APARICION “Habiendo
entrado sin delación en la ciudad, Juan Diego se fué en derechura al palacio
del obispo que era el prelado que muy poco antes había venido y se llamaba
Fray Juan de Zumárraga, religioso de San Francisco. Apenas
llegó trató de verle; rogó a sus criados que fueran a anunciarle. Y pasado un
buen rato, vinieron a llamarle, que había mandado el señor Obispo que
entrara. Luego
que entró, en seguida le dió el recado de la Señora del Cielo; y también le
dijo cuanto admiró, vió y oyó. Después de oír toda su plática y su recado,
pareció no darle crédito. El Obispo le respondió; “Otra vez vendrás, hijo
mío, y te oiré más despacio; lo veré muy desde el principio y pensaré en la
voluntad y deseo con que has venido.” Juan Diego salió y se vino triste,
porque de ninguna manera se realizó su mensaje. En
el mismo día se volvió; se vino derecho a la cumbre del cerrito, y acertó con
la Señora del Cielo, que le estaba aguardando, allí mismo donde le vió la
primera vez: “Señora, la mas pequeña de mis hijas. Niña mía, fuí a donde me
enviaste a cumplir tu mandato, le vi y le expuse tu mensaje, así como me
advertiste; me recibió benignamente y me oyó con atención; pero en cuanto me
respondió, apareció que no lo tuvo por cierto. Me
dijo: Otra vez vendrás, te oiré mas despacio, veré
muy desde el principio el deseo y voluntad con que has venido. Comprendí
perfectamente en la manera que me respondió que piensa que es quizás
invención mía que tú quieres que aquí te hagan un templo y que acaso no es de
orden tuya; por lo cual te ruego encarecidamente, Señora y Niña mía, que a
alguno de los principales, conocido y respetado y estimado, le encargues que
lleve tu mensaje, para que le crean; porque yo soy solo un hombrecillo, soy
un cordel, soy una escalerilla de tablas, soy cola, soy hoja, soy gente
menuda, y tú, Niña mía, la mas pequeña de mis hijas, Señora, me envías a un
lugar por donde no ando y donde no paro. Perdóname que te cause pesadumbre y
caiga en tu enojo, Señora y Dueña mía.” Le
respondió la Santísima Virgen: “Oye, hijo mío el mas pequeño, ten entendido
que son muchos mis servidores y mensajeros a quienes puedo encargar que
lleven mi mensaje y hagan mi voluntad; pero es de todo punto preciso que tu
mismo solicites y ayudes y que con tu mediación se cumpla mi voluntad. Mucho
te ruego, hijo mío el mas pequeño, y con rigor te
mando, que otra vez vayas mañana a ver al Obispo. Dale parte en mi nombre y
hazle saber por entero mi voluntad: que tiene que poner por obra el templo
que le pido. Y otra vez dile que yo en persona, la siempre Virgen Santa
María, Madre de Dios, te envía.” Respondió
Juan Diego: “Señora y Niña mía, no te cause yo aflicción; de muy buena gana
iré a cumplir tu mandato; de ninguna manera dejaré de hacerlo ni tengo por
penoso el camino. Iré a hacer tu voluntad, pero acaso no seré oído con
agrado; o si fuese oído, quizás no me creerá. Mañana en la tarde cuando se
ponga el sol vendré a dar razón de tu mensaje, con lo que responda el prelado.
ya me despido, Hija mía, la mas pequeña, mi Niña y
Señora. Descansa entretanto.” Luego
se fue él a descansar a su casa. TERCERA
APARICION “Al
día siguiente, domingo muy de madrugada, salió de su casa y se vino derecho a
Tlatilolco a instruirse de las cosas divinas y estar presente en la cuenta
para ver en seguida al prelado. casi a las diez, se
aprestó, después de que se oyó Misa y se hizo la cuenta y se dispersó el
gentío. Al punto se fue Juan Diego al palacio del señor Obispo. Apenas
llegó, hizo todo empeño para verle: otra vez con mucha dificultad le vió; se
arrodilló a sus piés; se entristeció y lloró al exponerle el mandato de la
Señora del Cielo, que ojalá que creyera su mensaje y la voluntad de la
Inmaculada de erigirle su templo donde manifestó que lo quería. El
señor Obispo, para cerciorarse le preguntó muchas cosas, donde la vió y cómo
era; y el refirió todo perfectamente al señor Obispo. Más aunque explicó con
precisión la figura de ella y cuanto había visto y admirado, que en todo se decubría
ser ella la siempre Virgen Santísima Madre del Salvador Nuestro Señor
Jesucristo; sin embargo, el (Obispo) no le dió crédito y dijo que no
solamente por su plática y solicitud se había de hacer lo que pedía; que,
además, era muy necesaria alguna señal para que se le pudiera creer que le
enviaba la misma Señora del cielo. Así
que lo oyó dijo Juan Diego al Obispo: “Señor, mira cual ha de ser la señal
que pides; que luego iré a pedírsela a la Señora del Cielo que me envió acá.”
Viendo el Obispo que ratificaba todo sin dudar ni retractar nada, le
despidió. Mandó
inmediatamente unas gentes de su casa, en quienes podía
confiar, que le vinieran siguiendo y vigilando mucho a dónde iba y a quién
veía y hablaba. Así
se hizo. Juan Diego se vino derecho y caminó la calzada; los que venían tras
él, donde pasa la barranca, cerca del puente del Tepeyacac, le perdieron; y
aunque más buscaran por todas partes, en ninguna le vieron. Así
es que se regresaron, no solamente porque se fastidiaron, sino también porque
les estorbó su intento y les dió enojo. Eso
fueron a informar al señor Obispo, inclinándose a que no le creyera: le
dijeron que nomas le engañaba; que nomas forjaba lo que venía a decir, o que
únicamente soñaba lo que decía y pedía; y en suma discurrieron que si otra
vez volvía le habían de coger y castigar con dureza, para que nunca más
mintiera y engañara. Entre
tanto, Juan Diego estaba con la Santísima Virgen, diciéndole la respuesta que
traía del señor Obispo; la que oída por la Señora le dijo: “Bien está hijito
mío, volverás aquí mañana para que lleves al Obispo la señal que te ha
pedido; con esto te creerá y acerca de esto ya no dudará ni de tí sospechará;
y sábete, hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y el trabajo y cansancio
que por mí has emprendido; ea, vete ahora, que mañana aquí te aguardo.” CUARTA
APARICION “Al
día siguiente, lunes, cuando tenía que llevar Juan Diego alguna señal para
ser creído, ya no volvió. Porque cuando llegó a su casa, a un tío que tenía,
llamado Juan Bernardino, le había dado enfermedad, y estaba muy grave.
Primero fué a llamar a un médico y le auxilió; pero ya no era tiempo, ya
estaba muy grave. Por
la noche, le rogó su tío que de madrugada saliera y viniera a Tlatilolco a
llamar a un sacerdote, que fuera a confesarle y disponerle, porque estaba muy
cierto de que era tiempo de morir y que ya no se levantaría ni sanaría. El
martes, muy de madrugada, se vino Juan Diego de su casa a Tlatilolco a llamar
al sacerdote; y cuando venía llegando al camino que sale junto a la ladera
del cerrillo del Tepeyacac, hacia el poniente por donde tenía costumbre de
pasar, dijo: “Si me voy derecho, no sea que me vaya a ver la Señora, y en
todo caso me detenga, para que lleve la señal al prelado, según me previno;
que primero nuestra aflicción nos deje y primero llame yo de prisa al
sacerdote; el pobre de mi tío lo está ciertamente aguardando.” Luego
dió vuelta al cerro; subió por entre él y pasó al otro lado, hacia el
oriente, para llegar pronto a México y que no le detuviera la Señora del Cielo. Pensó
que por donde dió la vuelta no podia verle la que está mirando bien a todas
partes. La vió bajar de la cumbre del cerrillo y que estuvo mirando hacia
donde antes él la veía. Salió a su encuentro a un lado del cerro y le dijo:
“Que hay, hijo mío el mas pequeño? a dónde vas?” Se
apenó él unpoco, o tuvo verguenza, o se asustó. Se inclinó delante de ella y
la saludó, diciendo: “Niña mía, la mas pequeña de mis hijas. Señora, ojalá
estes contenta. Como has amanecido? estás bien de
salud, Señora y Niña mía? Voy a causarte aflicción: sabe, Niña mía, que está
muy malo un pobre siervo tuyo, mi tío: le ha dado la peste, y está para
morir. Ahora voy presuroso a tu casa de México a llamar a uno de los
sacerdotes amados de Nuestro Señor, que vaya a confesarle y disponerle;
porque desde que nacimos vinimos a aguardar el trabajo de nuestra muerte.
Pero sí voy a hacerlo, volveré luego otra vez aquí, para ir a llevar tu
mensaje. Señora y Niña mía, perdóname, ténme por ahora paciencia; no te
engaño. Hija mía la mas pequeña, mañana vendré a toda prisa.” Después
de oír la plática de Juan Diego, respondió la piadosísima Virgen: “Oye
y ten entendido hijo mío el mas pequeño, que es nada lo que te asusta y
aflije; no se turbe tu corazón; no temas esa enfermedad, ni otra alguna
enfermedad y angustia. No estoy yo aquí? No soy tu
Madre? No estás bajo mi sombra?
No soy yo tu salud? No estás por ventura en mi
regazo? Qué mas has menester?
No te apene ni te inquiete otra cosa; no te aflija la enfermedad de tu tío,
que no morirá ahora de ella; está seguro de que sanó.” (Y entonces sanó su
tío, según después se supo). Cuando
Juan Diego oyó estas palabras de la Señora del Cielo consoló mucho; quedó
contento. Le rogó que cuanto antes se despachara a ver al señor Obispo, a
llevarle alguna señal y prueba, a fin de que creyera. La
Señora del Cielo le ordenó luego que subiera a la cumbre del cerrito, donde
antes la veía. Le dijo: “Sube, hijo mío el mas pequeño, a la cumbre del
cerrito; allí donde me viste y te dí órdenes, hallarás que hay diferentes
flores; córtalas, júntalas, recógelas; en seguida baja y tráelas a mi
presencia.” Al
punto subió Juan Diego al cerrillo. Y cuando llegó a la cumbre, se asombró
mucho de que hubieran brotado tantas varias exquisitas rosas de Castilla,
antes del tiempo en que se dan, porque a la sazón se encrudecía el hielo. Estaban
muy fragantes y llenas del rocío de la noche, que semejaba perlas preciosas.
Luego empezó a cortarlas; las juntó todas y las hechó en su regazo. La
cumbre del cerrito no era lugar en que se dieran ningunas flores, porque
tenía muchos riscos, abrojos, espinas, nopales y mezquites; y si se solían
dar hierbecillas, entonces era el mes de diciembre, en que todo lo come y
echa a perder el hielo. Bajó
inmediatamente y trajo a la Señora del Cielo las diferentes flores que fue a
cortar; la que, así como las vió, las cogió con su mano y otra vez se las
echó en el regazo, diciéndole: “Hijo mío el mas pequeño, esta diversidad de
flores es la prueba y señal que llevarás al Obispo. Le dirás en mi nombre que
vea en ella mi voluntad y que él tiene que cumplirla. Tú eres mi embajador,
muy digno de confianza. Rigurosamente te ordeno que sólo delante del Obispo
despliegues tu manta y descubras lo que llevas. Contarás bien todo; dirás que
te mandé subir a la cumbre del cerrito, que fueras a cortar flores, y todo lo
que viste y admiraste, para que puedas inducir al prelado a que dé su ayuda,
con objeto de que se haga y erija el templo que he pedido.” Después
que la Señora del Cielo le dió su consejo, se puso en camino por la calzada
que viene derecho a México; ya contento y seguro de salir bien, trayendo con
mucho cuidado lo que portaba en su regazo, no fuera que algo se le soltara de
las manos, gozándose en la fragancia de las variadas hermosas flores. EL MILAGRO
DE LA IMAGEN Al
llegar Juan Diego al palacio del Obispo salieron a su encuentro el mayordomo
y otros criados del prelado. Les
rogó que le dijeran que deseaba verle; pero ninguno de ellos quiso, haciendo
como que no le oían, sea porque era muy temprano, sea porque ya le conocían,
que solo los molestaba, porque les era inoportuno; además ya les habían
informado sus compañeros que le perdieron de vista, cuando habían ido en su
seguimiento. Largo
rato estuvo esperando. Ya que vieron que hacía mucho que estaba allí, de pie,
cabizbajo, sin hacer nada, por si acaso era llamado; y que al parecer traía
algo que portaba en su regazo, se acercaron a él, para ver lo que traía y
satisfacerse. Viendo
Juan Diego que no les podía ocultar lo que traía, y que por eso le habían de
molestar, empujar y aporrear, descubrió un poco que eran flores; y al ver que
todas eran diferentes, y que no era entonces el tiempo en que se daban, se
asombraron muchísimo de ello, lo mismo de que estuvieran muy frescas, y tan
abiertas, tan fragantes y tan preciosas. Quisieron coger y sacarle algunas;
pero no tuvieron suerte las tres veces que se atrevieron a tomarlas; porque
cuando iban a cogerlas ya no se veían verdaderas flores, sino que les
parecían pintadas o labradas o cosidas en la manta. Fueron
luego a decirle al señor Obispo lo que habían visto y que pretendía verle el
indito que tantas veces había venido; el cual hacía mucho que por eso
aguardaba, queriendo verle. Cayó,
al oírlo, el señor Obispo en la cuenta de que aquello era la prueba, para que
se certificara y cumpliera lo que solicitaba el indito. En seguida mandó que
entrara a verle. Luego
que entró, se humilló delante de él, así como antes lo hiciera, y contó de
nuevo todo lo que había visto y admirado, y también su mensaje. (Juan
Diego)le dijo: “Señor, hice lo que me ordenaste, que
fuera a decir a mi Ama, la Señora del Cielo, Santa María preciosa Madre de
Dios, que pedías una señal para poder creerme que le has de hacer el templo
donde ella te pide que lo erijas; y además le dije que yo te había dado mi
palabra de traerte alguna señal y prueba, que me encargaste, de su voluntad.
Condescendió a tu recado y acogió benignamente lo que pides, alguna señal y
prueba para que se cumpla su voluntad. Hoy
muy temprano me mandó que otra vez viniera a verte; le pedí la señal para que
me creyeras, según me había dicho que me la daría; y al punto lo cumplió; me
despachó a la cumbre del cerrillo, donde antes ya la viera, a que fuese a
cortar varias flores. Después que fuí a cortarlas las traje abajo; las cogió
con su mano y de nuevo las echó en mi regazo, para que te las trajera y a ti
en persona te las diera. Aunque
yo sabía bien que la cumbre del cerrillo no es lugar para que se den flores,
porque solo hay muchos riscos, abrojos, espinas, nopales y mezquites, no por
eso dudé. Cuando fuí llegando a la cumbre del cerrillo ví que estaba en el
paraíso, donde había juntas todas las varias y exquisitas rosas de castilla,
brillantes de rocío, que luego fuí a cortar. Ella
me dijo por qué te las había de entregar; y así lo hago, para que en ellas
veas la señal que me pides y cumplas su voluntad; y también para que aparezca
la verdad de mi palabra y de mi mensaje. Hélas
aquí: recíbelas.” Desnvolvió
luego su manta, pues tenía en su regazo las flores; y así que se esparcieron
por el suelo todas las diferentes flores, se dibujó en ella de repente la
preciosa imagen de la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, de la manera
que está y se guarda hoy en su templo del Tepeyacac, que se nombra Guadalupe.
Luego
que la vió el señor Obispo, él y todos los que allí estaban, se arrodillaron;
mucho la admiraron; se levantaron a verla, se entristecieron y acongojaron,
mostrando que la contemplaron con el corazón y el pensamiento. El
señor Obispo con lágrimas de tristez oró y le pidió perdón de no haber puesto
en obra su voluntad y su mandato. Cuando se puso de pie desató del cuello de
Juan Diego, del que estaba atada, la manta en que se dibujó y apareció la
Señora del Cielo. Luego
la llevó y fue a ponerla en su oratorio. Un día mas
permaneció Juan Diego en la casa del Obispo, que aún le detuvo. Al
día siguiente le dijo: “Ea, a mostrar dónde es voluntad de la Señora del
Cielo que le erijan su templo.” Inmediatamente se invitó a todos para
hacerlo. APARICION
A JUAN BERNARDINO No
bien señaló Juan Diego dónde había mandado la Señora del Cielo que se
levantara su templo, pidió licencia de irse. Quería ahora ir a su casa a ver
a su tío Juan Bernardino; el cual estaba muy grave cuando le dejó y vino a
Tlatilolco a llamar un sacerdote, que fuera a confesarle y disponerle, y le
dijo la Señora del Cielo que ya había sanado. Pero
no le dejaron ir solo, sino que le acompañaron a su casa. Al llegar vieron a
su tío que estaba muy contento y que nada le dolía. Se
asombró mucho de que llegara acompañado y muy honrado su sobrino; a quien
preguntó la causa de que así lo hicieran y que le honraran mucho. Le
respondió su sobrino que, cuando partió a llamar al sacerdote que le
confesara y dispusiera, se le apareció en el Tepeyacac la Señora del Cielo;
la que, diciéndole que no se afligiera que ya su tío estaba bueno, con mucho
se consoló, le despachó a México, a ver al señor Obispo, para que le
edificara una casa en el Tepeyacac. Manifestó su tío ser cierto que entonces
le sanó y que la vió del mismo modo en que se aparecía a su sobrino; sabiendo
por Ella que le había enviado a México a ver al Obispo. También
entonces le dijo la Señora de cuando él fuera a ver al Obispo, le revelara lo
que vió y de que manera milagrosa le había sanado; y que bien le nombraría,
así como bien había de nombrarse su bendita imagen, la siempre Virgen Santa
María de Guadalupe. Trajeron
luego a Juan Bernardino a presencia del señor obispo; a que viniera a
informarle y atestiguar delante de él. A
ambos, a él y a su sobrino, los hospedó el Obispo en su casa algunos días,
hasta que se erigió el templo de la Reina en el Tepeyacac, donde la vió Juan
Diego. El
señor Obispo trasladó a la Iglesia Mayor la santa imagen de la amada Señora
del Cielo: la sacó del oratorio de su palacio donde estaba, para que toda la
gente viera y admirara su bendita imagen. La
ciudad entera se conmovió: venía a ver y admirar su devota imagen y a hacerle
oración. Mucho le maravillaba que se hubiese aparecido por milagro divino;
porque ninguna persona de este mundo pintó su preciosa imagen. Fuentes
y agradecimiento a: http://www.sancta.org/juandiego_s.html ORACION
¡Dichoso Juan Diego, hombre fiel y verdadero! Te encomendamos a nuestros hermanos y hermanas laicos, para que, sintiéndose llamados a la santidad, impregnen todos los ámbitos de la vida social con el espíritu evangélico. Bendice a las familias, fortalece a los esposos en su matrimonio, apoya los desvelos de los padres por educar cristianamente a sus hijos. Mira propicio el dolor de los que sufren en su cuerpo o en su espíritu, de cuantos padecen pobreza, soledad, marginación o ignorancia. Que todos, gobernantes y súbditos, actúen siempre según las exigencias de la justicia y el respeto de la dignidad de cada hombre, para que así se consolide la paz. ¡Amado Juan Diego, “el águila que habla”! Enséñanos el camino que lleva a la Virgen Morena del Tepeyac, para que Ella nos reciba en lo íntimo de su corazón, pues Ella es la Madre amorosa y compasiva que nos guía hasta el verdadero Dios. Amén. S.S. Juan Pablo II Oración pronunciada en la Ceremonia de Canonización de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin 31 de julio del Año del Señor 2002 El Camino de los Santos Pedro Sergio Antonio Donoso Brant |